Libres
Un artículo de Elvira Lindo...
Éste es el país donde se exige la gratuidad de la cultura aunque no se tenga el más mínimo interés en consumirla
Cuando nombran ministra a alguien que tú conoces siempre hay gente que piensa que vas a pillar cacho
Tres personas me escribieron la semana pasada para preguntarme si el nombramiento de la nueva ministra de cultura me podía beneficiar en algo. Ole, ése es mi país. Nunca decepciona. Nombran ministra a alguien que tú conoces e inmediatamente hay gente que no sólo piensa que puedes pillar cacho sino que vas a estar dispuesta a ello. No me sorprende. Cuando mi marido era director del Instituto Cervantes de Nueva York había ciudadanos que me preguntaban cómo era nuestra residencia oficial. ¡Residencia, ja! Había otros que pensaban que necesitabas el puesto para salir de pobre. ¡Ja, ja! Había algún grupo en cuyas filas se comentaba que si había aceptado ese carguillo sería porque aspiraba a uno mayor. Si no de qué. Y hubo incluso un escritor (lo cual ya me parece más grave) que en este mismo periódico expresó públicamente su indignación porque alguien que se había beneficiado de las instituciones se permitiera luego criticarlas (¡ja, ja, ja!). De tal afirmación se deducen dos lugares comunes, a cual más grave: primero, que toda persona que acepta un cargo público lo hace con la sola idea de forrarse y, segundo, que lo natural de quien ostenta un cargo público es que sea dócil para siempre jamás con el partido bajo el que fue nombrado. De alguna manera, ese escritor pasó a limpio lo que tristemente piensan muchos españoles, porque la relación que ha tenido Españita con la cultura ha sido siempre complicada. Decía Fernán-Gómez que nuestro pecado no es la envidia sino el desprecio. Desprecia cuanto ignora, decía Machado. Estos días, a cuenta de la procedencia cinematográfica de la nueva ministra los blogs y demás medios digitales hervían con la cantinela de siempre: no hay actor en España ni director ni guionista que no sea un chorizo. En los escritores se fijan menos, son menos visibles, pero ahí está flotando la preguntita irónica cada vez que uno gana el Planeta: "¿Qué va a hacer usted con esa cantidad de millones?". En el fondo, se digiere mejor que los futbolistas ganen cantidades extravagantes o que las ganen las estrellas de la tele, los arquitectos estrella, los cocineros michelín o los diseñadores de moda. Durante todos estos años pasados a nadie se le ocurrió preguntar, por cierto, a la pandilla de especuladores inmobiliarios que destrozaban la costa en colaboración estrecha con los ayuntamientos, de dónde sacaban tanto. A nadie le molestó la ostentación de los GilyGiles. En nuestro país se ve natural que un zopenco se lo lleve crudo. Da igual que destroce el mundo. Dadas las reacciones que se leen en los periódicos o la participación de numerosos opinadores internautas, consideramos infinitamente más peligroso a un individuo que recibe una subvencioncita para montar una obra de teatro que a un tío que ha untado a un ayuntamiento para conseguir que se recalifique un terreno protegido. España y la cultura no se llevan bien. Y no es de ahora. Así se quejaba amargamente Galdós, "éste es un país donde un solo ejemplar lo leen cuatrocientas personas". Sí, sí, éste es el país donde se exige la gratuidad de la cultura, aunque uno no tenga el más mínimo interés en consumirla. Sólo por si aca. Recuerdo una discusión airada que mantuve con un camarada en "aquellos maravillosos años". Se indignaba el camarada porque habían anunciado una subida en la entrada del Museo del Prado. Perdimos como dos horas dándole vueltas al célebre derecho del pueblo a acceder libremente al patrimonio cultural. Hasta que harta de aquella discusión interminable, le dije, "pero tú, ¿cuántas veces has ido al Prado en los últimos cinco años? Si el único museo que tú visitas es el Museo del Jamón". Ahí está la clave. A la gente parece no importarle la subida de precios en los museos jamoneros. Pagamos con gusto. E incluso invitamos. ¡Ésta la pago yo! Somos de natural flamenco. Ése es mi pueblo. Cada uno según sus posibilidades, claro, pero bares y restaurantes, un viernes por la tarde, están que se salen. Eso sí, deme usted gratis la cultura. En eso se pone de acuerdo parte de la derecha y parte de la izquierda. El odioso populismo. Libros de texto gratis para todos y todas. Cine gratis ("encima de la mierda que es, dicen, vamos a tener que pagarlo"). Ah, y que a los profesores no se les ocurra mandarle a los niños libritos de literatura. Sí, queridos amigos, yo he viajado por Españita dando charlas y he visto muchas cosas. He visto que los mismos padres que compraban en masa a una compañía americana un tipo de mochilas absurdas con ruedas (carísimas, claro), que les daban dinero a los críos para cien mil chucherías y que se dejaban una pasta en el convite de la comunión, ponían luego el grito en el cielo cada vez que un pobre maestro recomendaba una novelita. Recuerdo hace diez años, en el colegio de un pueblo rico, el de las mochilas americanas: una criatura se levantó para hacerme una pregunta sobre mis personajes. La niña, inocente y candorosa, me dijo que había tenido la suerte de conseguir toda la colección de mis libros gratis. ¿Te la regalaron?, le pregunté. "No, me la fotocopió mi papá, que es teniente de alcalde del ayuntamiento". Qué mona, estaba en esa edad en la que crees que tu padre es un héroe, aunque sea un pirata. -
Elvira Lindo
Ciertos pescadores sacaron del fondo
una botella.
Había en la botella un papel,
y en el papel estas palabras:
"¡Socorro!, estoy aquí.
El océano me arrojó a una isla desierta.
Estoy en la orilla
y espero ayuda.
¡Dense prisa. Estoy aquí!"
-No tiene fecha.
Seguramente es ya demasiado tarde.
La botella pudo haber flotado mucho tiempo,
dijo el pescador primero.
-Y el lugar no está indicado.
Ni siquiera se sabe en qué océano,
dijo el pescador segundo.
-Ni demasiado tarde ni demasiado lejos.
La isla "Aquí" está en todos lados,
dijo el pescador tercero.
El ambiente se volvió incómodo,
cayó el silencio.
Las verdades generales
tienen ese problema.
Wislawa Szymborska
El modelo de proximidad democratizó la educación superior, pero hoy está en cuestión - 290 titulaciones apenas tienen aspirantes - El reto es mejorar la calidad
Entre las universidades de Zaragoza, Salamanca y Valladolid sumaron 30 estudiantes nuevos en la carrera de Estadística el curso pasado. En más de 290 titulaciones de otras tantas facultades publicas entraron menos de 20 alumnos nuevos el año pasado. En un centenar de esos casos se matricularon menos de 10. Teniendo en cuenta que en España hay 47 universidades públicas presenciales con 117 campus, a las que hay que sumar 23 universidades privadas con 48 campus, pueden hacer ustedes mismos la prueba de dividir todo eso entre las 50 provincias españolas y las dos ciudades autónomas. El resultado que puede dar a primera vista es que hay demasiadas facultades, y por eso, en un contexto de descenso demográfico, algunas se quedan, casi literalmente, sin alumnos.
Sin embargo, en España hay 1,7 universidades por cada millón de habitantes, tasa parecida a la que hay, por ejemplo, en Inglaterra, por lo que para muchos expertos no es que haya demasiadas, es que son demasiado iguales y todas ofrecen todas las titulaciones (hasta más de 3.000 veces se llegaron a repetir las 140 carreras que existían en España en 2007). Así que la lectura se complica y más aún si se introduce la siguiente idea del rector de la Universidad de Castilla-La Mancha, Ernesto Martínez: "La cuestión no es si hay muchas o no, sino si son buenas o no".
En cualquier caso, con todos estos elementos, lo que parece claro entre los responsables universitarios es que en el camino para modernizar los campus españoles se hace necesario reordenar esa oferta dispersa y, por tanto, ineficiente, con recursos (profesores) también mal repartidos. Un contexto complicado, con un modelo de "proximidad", como dijo en un informe de 2007 el Consejo de Coordinación Universitaria -esto es, que todo el que quiera pueda estudiar lo que quiera lo más cerca posible de su casa-, que si bien presenta ahora problemas, también ha tenido efectos muy positivos.
En los últimos 30 años, el acceso a la Universidad ha dejado de ser elitista. España amplió el sistema en los ochenta y noventa del siglo pasado de tal manera que el porcentaje de jóvenes, de todas las clases sociales, que estudian hoy en los campus está al nivel o por encima de la mayoría de los países desarrollados (el 26% de españoles de 25 a 34 años tiene carrera, la media de la OCDE es del 25%).
En ese tiempo, el sistema creció y creció, al abrigo de una demanda imparable y de la transferencia de competencias educativas a las comunidades autónomas; las universidades fueron aumentando, las públicas hasta mediados de los noventa, y las privadas, después. "Al final del proceso, la defensa de la racionalidad fue un total fracaso; los argumentos del café para todos y del agravio comparativo se fueron imponiendo. No había consejero de educación que no lograra en cada mandato el proyecto de una, dos e incluso tres universidades nuevas para su comunidad. Y, por supuesto, nada de planificación. Todo el mundo miraba su propia realidad coyuntural e inmediata y nadie asumía la responsabilidad de reflexionar sobre las consecuencias a medio y largo plazo", dice un ex alto cargo del Ministerio de Educación en los años ochenta.
Pero el medio plazo llegó, con un descenso de la natalidad que mermó la entrada de alumnos a los campus con el nuevo milenio -el número de estudiantes cayó casi un 12% entre 1998 y 2008-, y algunas carreras de algunas facultades empezaron a vaciarse: algunas filologías, Humanidades, Estadística, Matemáticas, distintas especialidades de ingeniería... Además, el proceso de apertura de la Universidad se hizo a costa, a veces, de una masificación que tuvo costes en la calidad, según aseguraba un informe económico sobre España de la OCDE de 2007.
Y en medio de todo eso, llegó también la reforma de las universidades para adaptarse a un esquema común en toda Europa: el proceso de Bolonia. Aprovechando que el cambio obligaba a adaptar las titulaciones, en los últimos años se ha hablado mucho de esa reordenación de la oferta. En 2005, una propuesta del Consejo de Coordinación Universitaria (integrado por el Gobierno y los rectores) pedía reducir el número de carreras, por ejemplo, dejando las 14 filologías existentes en cuatro, o eliminando directamente Historia del Arte o Humanidades.
Las protestas de decanos y estudiantes acabaron con esa idea y, finalmente, el Gobierno optó por cambiar el modelo: en lugar de hacer un catálogo de títulos centralizado, cada universidad diseñará sus propias titulaciones siguiendo unas reglas generales. En cualquier caso, aún no se solucionaba el problema de la oferta repetida, que puede seguir existiendo perfectamente si todas siguen ofreciendo casi todo.
"La reorganización de la oferta depende de cada universidad", dice la secretaria general del Consejo de Coordinación Universitaria, Carmen Fenoll, que no cree que haya muchas universidades, pero sí que una titulación con 10 alumnos nuevos cada año probablemente no es viable, no por ineficiencia económica, insiste, sino porque no es una cifra suficiente como para "crear una masa crítica" necesaria. Fenoll admite que uno de los principales instrumentos del Gobierno para incentivar la reordenación es a través de la financiación, pero eso "está ahora en fase de debate", dice.
De hecho, la necesidad de que las universidades se especialicen, al menos algunas, en lugar de ser la mayoría generalistas, algo que debería mejorar la calidad, se ha repetido en los últimos años como un mantra, muy unido al de la revisión de la financiación universitaria. Un extenso informe redactado en 2007 por el Consejo de Coordinación Universitaria proponía vincular parte de la financiación de los campus públicos a criterios de eficiencia y calidad. Por ejemplo, restarle financiación a las carreras con muy pocos alumnos, a no ser que se justifique un interés estratégico de dicha titulación. Este texto hacía la siguiente lectura de la situación: "La apuesta que se ha realizado por un modelo de proximidad se ha mostrado exitosa para la extensión y democratización de nuestro sistema Sin embargo, la clonación con la que se ha producido el desarrollo institucional hace que en la actualidad ofrezcan una reducida especialización académica".
Casi nadie duda de que las universidades españolas hoy son mucho mejores que en los años setenta, que la producción científica ha aumentado considerablemente, también en ciencias sociales o humanidades. Pero con el nivel de desarrollo económico, las metas se vuelven más ambiciosas, por lo que el hecho de que ningún campus español esté entre los 100 mejores del mundo y sólo uno, la Universidad de Barcelona, esté entre los 100 primeros de Europa en los ranking internacionales escuece, y no poco. Las explicaciones que dicen que estas listas son engañosas, porque miden cosas muy generales, aunque ciertas, no suelen consolar. Así, el equipo de Universidades (el todavía dependiente del Ministerio de Ciencia e Innovación, ahora acaba de regresar a Educación) lanzó el proyecto de campus de excelencia, formados por una o varias universidades, institutos de investigación, centros tecnológicos y otros organismos públicos.
Un proyecto muy relacionado con la idea de la especialización, pero también con la cooperación entre instituciones universitarias. Y, a su vez, con ese nuevo modelo de financiación que vincula, al menos parte del dinero, a criterios de calidad (que no tienen por qué ser sólo de eficiencia económica, como temen hoy algunos estudiantes y profesores). Pero aquel informe de 2007 para una nueva financiación del Consejo de Coordinación Universitaria cayó en el olvido durante meses y ahora había sido rescatado como "punto de partida" del debate del que hablaba Fenoll. Con el regreso de las Universidades al Ministerio de Educación, con Ángel Gabilondo a la cabeza -un hombre que como presidente de los rectores había reclamado retomar esa discusión a primeros de 2008-, todo está por ver.
En cualquier caso, la reordenación se torna complicada por varias razones. "Visto a la luz de la actual crisis no es extraño que se empiecen a formular preguntas sobre la sostenibilidad de algunas carreras e incluso de algunas universidades", dice el analista educativo de la OCDE Francesc Pedró. "Económicamente, es preferible una consolidación de las carreras con poca demanda, es decir, que se concentren en unos pocos lugares a los que los estudiantes deberían poder acceder gracias a becas apropiadas. Esta consolidación repercutiría en una mayor calidad de la investigación y probablemente también de la docencia. Políticamente, esto significa enfrentarse a una serie de intereses creados, empezando por la comunidad docente afectada por un eventual cierre o transferencia", añade.
La supresión de alguna universidad o de alguna facultad no parece ser una posibilidad para nadie, ya que, como recuerda Fenoll, una universidad supone un gran beneficio social y económico para la región donde se ubica, sin contar con los puestos de trabajo, docentes y no docentes, que supone. Tampoco parece una posibilidad la desaparición de carreras con baja demanda, como se vio cuando se propuso la eliminación de Historia del Arte o Humanidades. Así que una de las soluciones que se barajan es la reagrupación. Por ejemplo, en lugar de ofrecer Filología Románica en cinco facultades, donde se matricularon el año pasado 21 alumnos nuevos, ofrecerla en una o dos; o Estadística, a la que accedieron 203 alumnos nuevos en toda España, en lugar de impartirse en 13 facultades, que se ofrezca en menos. Otra posibilidad es la de unir varias carreras en los primeros cursos, para separarse después.
Ambas las llevará a cabo la Generalitat de Cataluña para las titulaciones con menos de 30 alumnos nuevos al año. Por ejemplo, las filologías con menos demanda, explica un portavoz de la Generalitat, como Románica, Clásica o Eslava, se concentrarán en las universidades de Barcelona y Autónoma de Barcelona. La medida de eliminar títulos con menos de 30 alumnos nuevos al año también se acaba de aprobar en el País Vasco, con las consiguientes protestas de los afectados.
Sin embargo, en las comunidades con una única universidad, no tanto las grandes con varios campus repartidos -como Aragón, Castilla-La Mancha o Extremadura-, sino otras más pequeñas, como las de La Rioja, Oviedo o Cantabria, esta reorganización territorial se torna más compleja. El rector de la Universidad de Castilla-La Mancha, Ernesto Martínez, es el actual responsable del Grupo G-9, que representa a todas esas instituciones superiores públicas únicas en su comunidad. Martínez dice que el tema se ha debatido en el G-9, y habla de acuerdos como el de las universidades de Oviedo, País Vasco y Zaragoza para que los posgrados de Matemáticas de todas sus facultades sean complementarios y no se pisen. Precisamente, Francesc Pedró se decanta por "un modelo en el que los grados universitarios básicos (no todos, sólo los genéricos como en derecho, economía, ciencias, etcétera) se pudieran cursar en cualquier lugar, pero que con los másteres se creara un mapa de titulaciones que repartiera juego en el territorio".
Pero el rector Ernesto Martínez también insiste en que no está nada claro cuál es el número mínimo de alumnos adecuado para una titulación y que, en cualquier caso, habría grandes dificultades para desplazar a profesores funcionarios. En este punto, Pedró se pregunta: "¿Qué incentivos se pueden ofrecer a los docentes e investigadores para que se desplacen a otro lugar o encuentren trabajo fuera de la Universidad?" Una pregunta complicada en un momento de crisis económica, en el que se está discutiendo el estatuto del profesorado universitario y en el que está por ver cómo se desarrollan lo cambios legales que permiten flexibilizar las funciones docentes, hoy muy circunscritas a su especialidad.
Pero aunque se resolvieran todas las dificultades anteriores aún quedaría otra más, y no pequeña. Si por fin se especializan las universidades, si se reordena la oferta y se reagrupan las carreras con menos demanda en algunos campus, habrá que conseguir desplazar a los alumnos hasta el centro que ofrece lo que buscan. La secretaria general del Consejo de Coordinación Universitaria, Carmen Fenoll, insiste en que la baja tasa de movilidad estudiantil -sólo el 11,5 % de los nuevos universitarios se matricula fuera de su comunidad- tiene un fuerte componente "cultural", es decir, que a los españoles les cuesta moverse lejos de los suyos para estudiar o trabajar. Es cierto, pero el hecho es que ese modelo de proximidad del que hablaba el Consejo de Coordinación Universitaria en el informe de 2007 también "parece haber afectado al nivel de inversión aplicado a la movilidad estudiantil [...] Del esfuerzo presupuestario realizado, una tercera parte se ha destinado a financiar las tasas de matrícula, quedando las dos terceras partes restantes para financiar un amplio abanico de ayudas entre las que figuran muy minoritariamente las específicas de movilidad".
Aunque es cierto que la cuantía de las becas de movilidad ha aumentado en los últimos años (llegan hasta los 5.700 euros anuales para las rentas más bajas), los expertos coinciden que ese nuevo esquema requeriría mucho más esfuerzo. Y por supuesto, vencer esas resistencias culturales a la movilidad.
Siempre he creído que lo verdaderamente precioso para nosotros es nuestra fundamental semejanza
En mi primer libro, Nihilismo y acción (1970), incluí un ensayito sobre Moby Dick cuya lectura aún sigo soportando sin mayor sonrojo. Empezaba así. "Cada hombre se parece más a todos los hombres que a ese arbitrario y simple fantasma que llamamos él mismo". Expresa una convicción que he ido reforzando con los años. Aunque ahora esté de moda insistir en que la riqueza humana es nuestra inagotable diversidad y hasta nuestras irreductibles diferencias culturales, siempre he creído que lo verdaderamente precioso para nosotros -intelectual y prácticamente- es nuestra fundamental semejanza. Gracias a ella podemos comprender las necesidades y anhelos de los otros, colaborar con ellos y aprender de todos, traducir ideas y compartir las historias o los poemas. Somos seres simbólicos y por tanto hechos para resultar inteligibles los unos para los otros. Nuestras distintas formas -Holderlin dijo: "el espíritu gusta darse formas"- son la vivacidad de nuestra condición, pero lo que tenemos en común es su fundamento. Por ejemplo, es mucho más esencial que todos los humanos posean lenguaje que el que hablen esta o aquella lengua...
Parece hoy haber una pugna tenaz entre las identidades culturales y la aspiración a una universalidad humana. Desde postulados de la Ilustración, que tan bien conoce, Tzvetan Todorov sostiene en su último libro -El miedo a los bárbaros (Galaxia Gutenberg)- que la auténtica barbarie consiste en regatear a los distintos su plena humanidad, mientras que la civilización es descubrir lo que compartimos bajo la diversidad folclórica. Aunque nadie tiene el monopolio de ninguna de estas calificaciones: "lo bárbaro y lo civilizado son los actos y las actitudes, no los individuos y los pueblos". En cuanto al tema de las identidades que cada cual endosamos (y que son múltiples, salvo que alguna haga metástasis y se convierta en maníaca), Todorov distingue tres: la identidad cultural (lengua, religión, tradiciones), la identidad cívica (pertenencia a un Estado como ciudadano) y la adhesión a un proyecto común de valores universales. Las tres son compatibles, pero no intercambiables. Y no todas podemos "sentirlas" por igual: "Amamos (u odiamos) nuestra lengua, el lugar donde crecimos, la comida que nos preparaban en casa, pero no amamos nuestra Seguridad Social, nuestro fondo de pensiones o el Ministerio de Educación. Sólo les pedimos poder confiar en ellos".
Sobre la cuestión de las identidades el mejor libro que he leído en mucho tiempo es el de Amy Gutman, La identidad en democracia (ed. Katz). Estudia las ventajas que las identidades colectivas pueden aportar a quienes las adoptan y a la promoción de ciertas ideas o formas de vida, pero señala también que "el respeto por las personas implica no respetar la tiranía que ejercen las mayorías o las minorías culturales y no considerar a las culturas como todos homogéneos". En democracia, la supervivencia de grupos o tradiciones culturales no se puede comprar al precio de la limitación de elección de los individuos. Éstos deben ser educados para poder optar por cambiar de fidelidades y para salir sin perjuicio o trauma de la que en un principio les tocó en suerte.
Filósofo y también sinólogo reputado, Françóis Jullien ha escrito un tratado De luniversel (ed. Fayard). Distingue entre lo universal y lo uniforme, que para él es sólo una exigencia de la producción estándar de bienes elevada a categoría moral. Para evitar la hipóstasis de fetiches etnocéntricos, lo universalmente humano debe ser una aspiración y una exploración, no algo fijo de antemano según patrones excluyentes. Incluso los derechos humanos tienen más fuerza virtual como motivo de resistencia frente a atropellos que como código cerrado de una vez por todas. Un debate apasionante que sigue abierto... salvo para quienes se arrellanan en la poltrona de sus dogmas.
Fernando Savater
El hundimiento de la construcción y la alta tasa de empleo temporal son las claves
La crisis y la disminución de la actividad económica es un fenómeno generalizado en Europa, pero en ningún país se está produciendo una destrucción de empleo tan intensa como en España. Entre febrero de 2008 y febrero de 2009, la Unión Europea generó tres millones de parados, y la mitad de ese paro se produjo en España. En materia de empleo, España se desmarca claramente de Europa.
Cuando se conozcan los datos de marzo de toda la UE, lo más probable es que España haya pasado a generar, por sí sola, más de la mitad del paro europeo, a la vista de los 1,8 millones de personas que perdieron su empleo entre marzo de 2008 y marzo de 2009. La situación contrasta con los años anteriores a la crisis en curso, en que la economía española llegó a crear hasta el 40% del empleo de la zona euro. La situación se ha dado la vuelta dramáticamente: España, que en total supera ahora los cuatro millones de desempleados, ocupa el primer puesto de la Unión en paro global (17,3%); también en desempleo juvenil (32%) e igualmente encabeza la tasa de empleo temporal involuntario (26%).
Recesión no es sinónimo automático de paro. El impacto de la crisis es muy distinto en los diferentes países europeos. Alemania, por ejemplo, con unas perspectivas de recesión para este año muy severas (se prevé una contracción del 5,6% del PIB, el doble que en España) está logrando mantener la tasa del desempleo en el 7,4% de su población activa. Otros países con fuerte caída de la actividad, como Holanda y Polonia, han logrado mantener sus tasas de desempleo en 2,7% y 7,4%, respectivamente, según los datos de Eurostat de febrero pasado. La media de desempleo en la UE se mantiene en el 7,9%, es decir, 1,1 puntos más que hace un año.
El último análisis sobre el mercado laboral de los Veintisiete (Quaterly EU Labour Market Review Spring 2009) señala precisamente al "fuerte aumento del desempleo en España" como el principal responsable del incremento del paro en la UE, "junto con más moderados aumentos en Francia, Italia y Reino Unido".
Daniel Gros, director de The Centre for European Policy Studies (CEPS), considera que la intensa caída del empleo en España está relacionada "con el hundimiento del sector de la construcción y actividades vinculadas, y de la demanda, junto con el simultáneo aumento de la población, debido en buena parte a la inmigración". La mezcla de ambos factores explica la situación. Uno de los problemas del mercado laboral español es su excesiva "segmentación", eufemismo de la UE para referirse a la elevada proporción de "trabajadores temporales involuntarios". Según el Joint Employment Report, 2008/2009, de marzo pasado, un 26% de los trabajadores españoles eran temporales involuntarios -aceptan empleos de tiempo limitado porque no tienen otra opción-, frente al 11% en la media de la Unión. "Algunos de los Estados miembros con una proporción grande de empleo temporal involuntario figuran también como los que tiene mercados laborales con un funcionamiento más bajo", afirma.
José Maria Zufiaur, miembro del Comité Económico y Social Europeo, considera que la fuerte pérdida de empleo en España es consecuencia "de la baja productividad y del modelo laboral". Un modelo que "registra una elevada temporalidad, y pese al coste permite despedir con mucha facilidad respecto al resto de Europa". Y añade: "En la mayoría de países europeos el despido improcedente es imposible". La rescisión del contrato "debe ser autorizada por el juez, la Administración o aceptada por los sindicatos".
Para Zufiaur resulta "ridículo" insistir en la reforma laboral como la gran asignatura pendiente de los últimos 30 años, "cuando lo que hay que hacer es concentrar los esfuerzos en crear empleos de calidad, elevar la productividad a base de fomentar la educación, la formación y la investigación". Alemania ha mitigado los efectos de la recesión en el mercado laboral mediante "reducciones temporales de producción y reducciones de jornada, en lugar de recortes de empleo", señala el informe trimestral de empleo de la UE.
Andreu Missé en El País.
Es difícil, aunque no imposible, imaginar un periodismo sin diarios impresos. No es tan difícil, en cambio, imaginar diarios sin el periodismo de calidad indispensable para la salud de una sociedad democrática
El debate sobre el futuro de los diarios contiene una preocupación de fondo por el devenir del periodismo. La alternativa digital, sumada a la competencia audiovisual, incide sobre algo más que la pervivencia de los formatos impresos, también sobre los contenidos y la función social de los medios.
Ese debate informal y sostenido tiene su origen más reciente en la aparición de Internet, hace 15 años, pero la radio y la televisión ya lo habían abierto mucho antes. El control inicial de los gobiernos sobre el audiovisual, así como el tiempo necesario para su perfeccionamiento técnico, retrasaron el estallido de la competencia entre los medios hasta la segunda mitad del siglo XX. El periodismo ha sido absorbido por una industria de la comunicación en la que el espectáculo y la sensación son el mayor reclamo para asegurar los niveles de difusión y audiencia exigidos por la publicidad, fuente de financiación común a todos.
La distinta naturaleza de los medios de comunicación ha otorgado posibilidades y límites diferentes a cada uno de ellos. Hija a la vez de la hoja volante y del libro, y constreñida en espacio y tiempo, la prensa diaria ya había rozado sus lindes con el sensacionalismo amarillo de William Randolph Hearst, el cinematográfico ciudadano Kane, en cuyo deshonor Edward Godkin entonó la "vergüenza pública de que los hombres puedan hacer tanto mal con el objeto de vender más periódicos".
Hijas sucesivas del telégrafo sin hilos de Marconi, de la siembra de mensajes al viento (broadcast) de Lee de Forest y de la electrónica industrial, la radio y la televisión no han conocido otros límites que los que la política haya podido imponerles y los que el comercio no haya logrado traspasar. En su caso, los umbrales de vergüenza aún no han dejado de sorprender.
Preguntarse en qué medida los medios audiovisuales mantienen el trinomio originario información-formación-entretenimiento es una buena manera de ver el marco en que se mueve hoy el periodismo. La acentuada decantación hacia el entretenimiento más espectacular, en demérito de la formación, puede arrastrar en exceso la información hacia formatos y lenguajes impropios, por coloquiales, subjetivos y ambivalentes. La imitación de los modelos gráficos instantáneos de las noticias audiovisuales tiende a producir, además, un empobrecimiento informativo de los diarios, en cuyas páginas también gana espacio el entretenimiento.
De confirmarse esa tendencia, estaríamos ante el riesgo de una disolución del periodismo en la industria de la comunicación, mientras que Internet parecería proclamar su pura y simple obsolescencia. Hija no esperada de la informática y las telecomunicaciones, esa red global, instantánea y omnicomprensiva, de naturaleza aparentemente ilimitada, ha abierto la puerta a un periodismo más participativo y autogestionado por el ciudadano, hasta poner en duda la necesidad originaria del mensajero y mediador. Como si el periodismo agotara su ciclo histórico.
¿Lo está agotando? No se agota, en todo caso, la necesidad del periodismo como selección, elaboración e información de los hechos, de acuerdo con criterios de interés público, como investigación y presentación de los problemas de la sociedad, como análisis y crítica con aportación de opiniones fundamentadas.
La pregunta es si habrá lugar para el periodismo así entendido -y no como una mera repetición de noticias e impactos- en el espacio vacío que pudiera resultar de la acentuación de esas tendencias, entre su disolución en la industria de la comunicación y la procelosa navegación de los lectores por los mares virtuales de Internet.
Otra pregunta es si hay una conciencia clara de estas amenazas, agravadas por una crisis que ha reducido la publicidad que financia todos los medios, que ha cortado el potente despegue de los diarios gratuitos y que afecta también a los de pago. Una tercera pregunta sería si podría sobrevivir el periodismo a una eventual desaparición de los diarios impresos.
El orden inverso de las respuestas no alterará el sentido de la explicación.
Es difícil, aunque no imposible, imaginar un periodismo sin periódicos. Los periódicos son la referencia histórica del periodismo y su cultura profesional, por ser el más antiguo de los medios y el único específico, creados expresamente para la función de informar y crear opinión, ligados en su evolución al progreso de la libertad y de la democracia, víctimas primeras y genuinas de cualquier regresión política. De los periódicos han tomado la radio, la televisión e Internet principios, valores y géneros informativos, así como el nombre mismo de la actividad -periodismo- y las tareas que ejercen sus redactores o periodistas.
No es tan difícil, en cambio, imaginar periódicos sin el periodismo bien entendido al que nos referimos. Hemos sufrido esa extraña situación en España durante gran parte del franquismo y la siguen sufriendo en muchos países. Si sucede por razones políticas, podría suceder también -y, de hecho, comienza- por razones económicas. La tradición periodística anglosajona, que es la más acreditada por su continuidad, coherencia y vinculación originaria con la libertad de prensa, ofrece una conciencia de lo que hay que defender y cómo, frente a esas tendencias de disolución del periodismo, más fuerte y clara que otras tradiciones afectadas por su vinculación originaria al poder y por los accidentes derivados de la historia política. En España, el corte profundo de la Guerra Civil y el franquismo rompió la continuidad de la frágil tradición liberal y ha dejado el periodismo en una situación de escasez de referentes personales y culturales. Con una conciencia más difusa de las amenazas y una situación de debilidad conceptual para la defensa del lugar del periodismo en el futuro de los medios.
Sirva el periodismo norteamericano como referencia, no sólo para explicar las causas de los cambios y amenazas, sino también para construir los argumentos de la defensa. Un periodismo que reconoce la verdad como primera obligación y cuya primera lealtad es con los ciudadanos, de acuerdo con Bill Kovach y Tom Rosenstiel, que expresaron en The Elements of Journalism (2001, actualización y revisión en 2007; en español, Los elementos del periodismo, EL PAÍS, 2003), fruto de un extenso trabajo de investigación y debate profesional. Un periodismo que no desatiende el concepto de objetividad, sino que lo plantea como método en una disciplina esencial de verificación de las noticias.
Hay una razón histórica, si se quiere elemental, para creer en la pervivencia de los periódicos impresos: contrariamente a lo que se pensó en momentos parecidos del pasado, los nuevos medios no han comportado la desaparición de los antiguos, sino su transformación y adaptación. Tampoco afrontan todos los periódicos los mismos riesgos, más acentuados para los que dependen de las grandes campañas de publicidad que para los ligados a contenidos y recursos locales.
Para el futuro de todos los medios, se requiere una sólida conciencia social y profesional sobre el periodismo que hay que defender. De ahí la necesidad de profundizar en la comprensión y la aplicación del concepto recurrente de periodismo de calidad, de convertirlo en referencia común del ejercicio profesional, de la demanda social y del interés del público. El periodismo de calidad, tomado como condición necesaria pero no suficiente. El problema principal está en su financiación, aún más ahora que la publicidad ha caído en picado y que el horizonte inmediato es de crisis y reducciones de plantillas.
El periodismo de calidad es caro, pero es indispensable para la buena salud de una sociedad democrática. Volvamos a Kovach y Rosenstiel: "El periodismo proporciona algo único en una cultura: la información independiente, fiable, precisa y extensa, que los ciudadanos requieren para ser libres". Evoquemos a Mariano José de Larra, nuestro primer gran periodista, que definió su oficio como un ejercicio genuino de crítica al Gobierno y defensa de la sociedad, que proclamaba como único objetivo del periodismo "contribuir en lo poco que pudiese al bien de mi país", sin necesidad de "defender más que la verdad y la razón".
Jaume Guillamet es catedrático de Periodismo de la Universitat Pompeu Fabra, de Barcelona.
Puede que guardes una foto, que te haga recordar algún momento intenso;
o quizá una novela, de bolsillo que llaman, que te traslade a mil historias fuera de tus problemas; o puede que metas la cartera, con tu identidad, o tu dinero, manojos de llaves de mil sitios; puedes guardar una carta, o una oración, el móvil; caben también unos caramelos, tu agenda; ahora puedes llevar tu música, o incluso un calendario.
Por un bolsillo puede pasar una vida entera, y sin embargo, en él no cabe más de lo que cabe en una mano. En un bolsillo no puedes acumular, porque sería incómodo caminar.
Si yo fuera bolsillo, me dejaría atravesar por la esencia de las cosas, sin almacenarlas; dejaría que se escribiera mi historia sólo enumerando lo que pasó por mi trozo de tela, incluso me dejaría romper si algún objeto valioso tuviera aristas cortantes. Hay quien pensó que el mundo entero era valioso, y tuvo que partirse en dos para meterlo dentro.
Miguel en pastoralsj.