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Peligro de desglobalización

Peligro de desglobalización

El nuevo nacionalismo económico está amenazando la economía mundial - El divorcio entre el discurso correcto y la realidad populista levanta nuevas fronteras donde ya había libertad

Pascal Lamy, director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC), policía y árbitro de los intercambios comerciales, recurre a las enseñanzas de Mahatma Gandhi para cargar contra los distintos disfraces que en estos meses viste el proteccionismo por doquier en el mapa mundi. "Gandhi dijo que, con el ojo por ojo, el mundo entero se vuelve ciego. Hoy podríamos decir nosotros que, con un trabajo (de aquí) por otro trabajo (de fuera), lo que tenemos es paro masivo".

Los líderes de las principales economías del mundo -de China a Estados Unidos, pasando por Francia, Reino Unido, Brasil, Alemania, la India o incluso Rusia- proclaman a cada rato su fe en el libre comercio como estímulo de la recuperación económica. De hecho, hasta ahora han sido relativamente consecuentes con esa fe en los mercados abiertos: según el Banco Mundial, de media, los aranceles han bajado en los últimos 30 años desde niveles superiores al 25% a menos del 10%. Desde mediados de los noventa, el comercio aumentó, de media, a un ritmo anual cercano al 6%, superior al crecimiento económico.

La misma fe en los beneficios del comercio sin trabas se mantuvo imperturbable en la cumbre del G-20 que, el año pasado, en Washington, empezó a orquestar una respuesta global y coordinada al enemigo llamado recesión.

Sin embargo, el divorcio entre el discurso de los líderes políticos y la medicina que éstos aplican para intentar curar una economía gravemente enferma está dejando traslucir brotes de ceguera comercial, de discriminación a los productos del vecino, de trabas que vuelven. Si el libre comercio es una de las señas de identidad de la globalización, son muchos los economistas que la ven amenazada por esta crisis indomable y el modo de combatirla.

"Las investigaciones académicas nos dicen que una de las variables clave por las que los países cambian de rumbo en sus políticas comerciales son las crisis fuertes. Las crisis fuertes dan lugar, por un efecto péndulo, a un intento de cambio del statu quo. Y hoy, el statu quo se caracteriza por haber desarrollado un amplio proceso de liberalización", explica desde Washington Daniel Lederman, economista senior del Banco Mundial experto en desarrollo. Lederman añade: "En el caso además de las recesiones en los países avanzados que se asocian a la deflación (caída generalizada de los precios), las crisis suelen incrementar el proteccionismo. Hoy la amenaza proteccionista es real".

Los ejemplos proliferan como las setas. Hace dos meses, Rusia decidió elevar del 5% al 30% el gravamen para los coches importados. También ha introducido aranceles a la carne de ave y de cerdo. India ha anunciado que durante los próximos seis meses prohibirá la importación de juguetes de China (la mitad de los que importa). Claro que el Gobierno chino antes elevó las deducciones de los impuestos a la exportación de sus juguetes en un 14% para ayudar a sus fabricantes nacionales.

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha aclarado que las ayudas a las empresas de automóviles no son para que se instalen en países con menores costes para vender coches en Francia. "Se trata es de ayudar a frenar la huida de empleo de Francia".

Estados Unidos ha salido a apoyar a sus gigantes del motor de Detroit, pero sólo para que salven sus plantas en el país. No ha tenido gestos con las multinacionales extranjeras instaladas en su territorio. A su vez, EE UU ha sugerido que China juega la carta de una moneda (yuan) competitiva.

"Cuanto mayor es el pánico, mayor es la tentación de caer en la retórica nacionalista, y, sobre todo, de caer en la demagogia más baja, porque la presión social es fortísima", reflexiona Pablo Videla, director del departamento de Economía de la escuela de negocios IESE. Coincide con él -"el pánico hace que todos reaccionen con un sálvese quien pueda", dice, y desde una perspectiva bien distinta-, el catedrático de Economía y presidente de Justicia y Paz Arcadi Oliveras, para quien el proteccionismo en los países ricos "está fuera de lugar" pero quien lo ve "imprescindible para crecer" en los menos desarrollados.

Los peligros de la retórica nacionalista se han evidenciado en el Reino Unido, con la revuelta social que le ha estallado a la cara al primer ministro, Gordon Brown, a raíz del reclutamiento de mano de obra italiana y portuguesa en la refinería de Lindsey y dos años después de haber azuzado con lemas como "empleos británicos para trabajadores británicos". El debate ha salido salpicado de acusaciones de xenofobia. "Pero las empresas no actúan como lo han hecho porque no quieran a británicos, sino porque los otros cobran menos. Buscan menos costes", centra el problema Videla, quien, sin embargo, confía en las lecciones de la Gran Depresión y en que no volverá el repliegue.

"A finales del siglo XIX, el comercio equivalía al 25% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial. En los años treinta, cayó a casi el 14%. Es lo que ocurre cuando se culpa al resto del mundo de todo. Llegamos a los cincuenta con un mundo cerrado que generó probreza y conflicto", repasa la historia Videla. Hoy, el nivel ha vuelto al 25%.

Tras el crash del 29, la ley Smoot-Hawley en EE UU fue el pistoletazo de salida de una carrera de aranceles y barreras comerciales que encontró ecos de represalia inmediatos. Las importaciones estadounidenses bajaron de 4.400 millones de dólares a 1.500 millones entre 1929 y 1932. Las exportaciones de EE UU cayeron en el mismo periodo de 5.400 millones a 2.100. La contracción del comercio y de la generación de riqueza mundial fue rotunda.

Lecciones aparte, la interconexión de la economía es hoy tal que la cosa aún se complica más. Pensemos en el rescate de bancos. La banca española, que no ha requerido inyecciones de capital público, acusa de "competencia desleal" a los bancos extranjeros que sí han resultado fortalecidos por las autoridades de sus países: compiten con ellos sin complejos con agresivas estrategias comerciales. El Reino Unido exhorta a la banca a dar crédito a las empresas británicas. Y, en el plano de las finanzas, un agravante: a diferencia de lo que ocurre con el comercio, para el que existe el mencionado policía y árbitro que es la OMC, no existe una autoridad financiera mundial. Es uno de los retos que deberán abordar el G 20 cuando se reúna este abril en Londres.

Pese a la tentación proteccionista, algunos gobiernos ya han comprobado que las medidas pueden ser como un tiro por la culata. Le ha ocurrido al ruso: para ayudar a su industria nacional del automóvil subió los aranceles de los coches de importación, pero ahora ha tenido que lidiar con revueltas en Vladivostok, ciudad portuaria cuyos empleos dependen de la venta de esos coches.

También lo ha descubierto el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Barak Obama. Su controvertida cláusula Compre Americano -que prohíbe el uso de hierro y acero extranjero en la construcción de infraestructuras financiadas con los más de 800.000 millones de dólares de su plan de reactivación económica- no sólo ha puesto el dedo en el gatillo de las denuncias ante la OMC por socios comerciales de EE UU como la Unión Europea o Canadá. También se quejaron, por temor a represalias, las multinacionales General Electric y Caterpillar, o la Cámara de Comercio de EE UU.

En los últimos 15 días, el acero ha hecho asomar al planeta al abismo de una auténtica guerra comercial. Pero, tras su paso por el Senado, la prohibición se aplicará "de manera coherente con las obligaciones de EE UU bajo los acuerdos comerciales", como los pactos firmados bajo el paraguas de la OMC. Ha sido un gesto político apreciado especialmente en Alemania, México y Canadá (primer país al que Obama viajará este mes y que vende a EE UU el 40% del acero que produce). La UE ha bombardeado con cartas a congresistas, senadores y miembros del Gobierno federal animándoles a "dar ejemplo" porque "unos mercados abiertos siguen siendo prerrequisito esencial para una recuperación rápida".

Un proteccionismo leve y temporal puede reactivar la economía americana, puede pensarse. "Eso sería cierto si se pudiera asegurar que efectivamente sería temporal y que nadie más lo aplicaría. Pero las represalias y una espiral proteccionista sería inevitable", opina Lederman.

"Iniciar una guerra comercial no interesa a nadie, pero Obama está focalizado en crear o preservar tres millones de empleos en su país y es difícil explicarle al contribuyente americano que hay que poner dinero en algo que no sirva para crear puestos de trabajo en casa", explica el presidente de la Cámara de Comercio de EE UU en España, Jaime Malet, tras regresar de Washington y entrevistarse con senadores, empresarios y algunos cargos de la nueva Administración. "La política americana es muy dura y toda iniciativa política donde no hay disciplina de partido requiere una negociación durísima", explica.

Pero el proteccionismo no sólo refleja choques de intereses entre países. "En realidad, la crisis hace aflorar el auténtico choque, el de siempre, entre los intereses de los productores, que desean preservar su mercado de los competidores de fuera, y, por otra parte, los exportadores", subraya la catedrática de Economía Aplicada Miren Etxezarreta, miembro de la Red Europea de Economistas Críticos y partidaria de "un proteccionismo oficializado y programado".

Y es que está comúnmente aceptado que "EE UU y los países más avanzados han practicado siempre decisiones proteccionistas", apunta Marta Garrich, miembro del Secretariado del Forum Ubuntu, que no pierde la esperanza de que cuando se retomen las negociaciones para la liberalización del comercio de la Ronda de Doha (fracasaron en diciembre una vez más, pese a los llamamientos del G 20) se aborde la introducción de un impuesto global sobre las transacciones de divisas. "La cuestión es para qué se utiliza el proteccionismo. Tal vez esta crisis sea una oportunidad para que los países más pobres desarrollen sus propias agendas de desarrollo, y también porque se constata que deben replantearse los modelos imperantes hasta ahora en el crecimiento".

Desde la óptica de América Latina, las presiones proteccionistas son encajadas como "una pésima noticia", declara la secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Alicia Bárcena. "Nuestros países desmantelaron gradualmente su estructura de protecciones, disminuyeron sus barreras arancelarias y entablaron negociaciones a nivel bilateral y multilateral para abrir sus economías", recuerda, y, además, si la crisis se alarga mucho, la región puede topar con dificultades de financiación del comercio, "condición necesaria para mantener nuestras economías abiertas".

Según Zoellick, no serán las economías más desarrolladas las que sufrirán una retracción comercial, sino las emergentes. Por ejemplo, China. "La economía china no depende del consumo interno, sino de la inversión extranjera y de las exportaciones. Por eso está sufriendo mucho la caída de consumo en Occidente", enfatiza Amadeu Jensana, director de Programas Económicos y Cooperación de Casa Asia. En diciembre pasado, las exportaciones del gigante asiático sufrieron su peor desplome en una década (2,8%). "Más de la mitad de lo que exporta China lo fabrican empresas occidentales, así que éstas también se ven perjudicadas", apostilla.

La amenaza proteccionista sobrevuela la economía justo cuando la propia crisis desinfla la demanda y el comercio. "Para que el PIB de los países avanzados crezca al 3%, el comercio internacional debe hacerlo al 8%", señala José Antonio Herce, socio director de Economía de Analistas Financieros Internacionales (AFI), que considera "una aberración" la retórica proteccionista -también el llamamiento a consumir productos españoles por parte del ministro de Industria, Miguel Sebastián- porque "de la retórica es fácil pasar a las medidas".

Hoy, la economía mundial apenas crece. ¿Y el comercio? En 2006, aumentó un 8,5%. Según la OMC, en 2007 el ritmo bajó al 6%. El Banco Mundial augura que el comercio mundial va a caer en 2009 por primera vez en 27 años; en torno a un 2%. O más.

Esta contracción va acompañada de cierto repliegue de movimientos que tienen mucho que ver con la globalización. El turismo mundial, por ejemplo, reculó un 1% en la segunda mitad de 2008 y las previsiones para 2009 contemplan una caída global del 2%. El transporte internacional de mercancías cayó un 13,5% en noviembre y un 22,6% en diciembre. ¿Estaremos desandando en la globalización?

Ariadna Trillas para El País.

De cómo llegué a ser nacionalista y frentista

De cómo llegué a ser nacionalista y frentista

No queremos el Gobierno vasco para imponer nada a nadie, sino para que se deje de imponer

Una de las acusaciones recurrentes de los nacionalistas periféricos contra cualquiera que discuta sus planteamientos y apueste por la unidad española es la de que, en el fondo, uno no hace sino hablar desde otro nacionalismo. Una acusación ésta en la que también se complace un cierto pensamiento de izquierda, para el que sólo existen en la palestra celtibérica nacionalismos en pugna.

Con la acusación de frentista, por lo menos en Euskadi, está pasando algo parecido: si usted defiende que los partidos no nacionalistas pueden legítimamente llegar a apoyarse entre sí en el Parlamento para elegir lehendakari, está usted incurriendo en el mismo vicio que antes criticaba en los nacionalistas que han gobernado los últimos 10 años: es usted un frentista de tomo y lomo, aunque esta vez españolista.

Pasa con estas acusaciones como con aquellas más antiguas que le achacaban por sistema al oponente un pensamiento ideológico: son imposibles de superar. Desde que se popularizó la filosofía de la sospecha y se vulgarizó la fácil crítica marxista de que todo el mundo piensa desde su ideología y desde sus intereses, la tarea de intentar demostrar la objetividad racional del propio pensamiento es una pura pérdida de tiempo: no hay forma de escapar al "piensas así porque eres así".

Visto lo cual, he llegado a la conclusión de que lo mejor que podemos hacer los no nacionalistas vascos es admitir de plano la acusación: sí señor, somos nacionalistas y frentistas españoles. Asumir eso, sí, pero no por ello admitir que seamos iguales que ellos, sino plantear la diferencia de otra manera. Porque hay maneras distintas de ser nacionalista. Y también de ser frentista.

Verán, nuestro nacionalismo español admite de plano la pluralidad nacional que existe en España y no tiene empacho en reconocer que conviven en ella variados sentimientos nacionales, y sobre todo, que debe institucionalizarse políticamente esa realidad mediante un Estado de inspiración federal. ¿Lo admiten ellos para nuestro pequeño país, o más bien afirman que, como decía el Plan Ibarretxe, el pueblo vasco es único y carece de minorías culturales en su seno?

Nuestro españolismo reconoce que la sociedad peninsular no posee homogeneidad cultural, pero considera ese dato como algo valioso que debe conservarse. No creemos que una identidad cultural concreta deba reforzarse ni implantarse en la conciencia de las personas. Al revés, creemos que la libertad de cada uno para crear su identidad con los materiales que escoja es garantía de desarrollo humano pleno.

¿No afirman ellos más bien que es labor esencial del poder público crear en los ciudadanos una concreta conciencia de identidad, como dicen al unísono el artículo 10 del actual Estatuto de Autonomía de Andalucía o el artículo 3-2º de Ley de la Escuela Pública Vasca? Nosotros pensamos que las lenguas son ante todo medios de comunicación, nada menos y nada más, no un objetivo de políticas homogeneizadoras.

Nuestro particular frente no persigue unir a quienes propugnan un modelo nacional concreto, ni a quienes se oponen a otro, sino a quienes defienden que un gobierno, a estas alturas del siglo, no puede legítimamente inspirarse en ninguno de ellos. En nuestro frente se piensa que la política se basa sobre las relaciones de la común ciudadanía, no sobre la unidad de identidad.

¿No dicen ellos, en cambio, que su unión se basa en la defensa del ser o la esencia de este pueblo, sea eso lo que sea? Pensamos que ya desde hace mucho tiempo, desde la modernidad europea, la cohesión de una sociedad no deriva de su homogeneidad sino precisamente del respeto cuidadoso a su genuina heterogeneidad. Que el verdadero objetivo de la política no es tanto el consenso como el preservar y dar cauces al disenso inevitable y fructífero. Queremos el Gobierno no para imponer nada a nadie en el terreno cultural, sino para que se deje de imponer lo que debe ser libremente decidido por cada cual.

Nuestro particular frente agnóstico cree que toda construcción social, incluidas las naciones, no son sino artefactos con fecha de origen y de caducidad, que hemos inventado los seres humanos para facilitar nuestra vida en común. Y que serán arrumbadas cuando se convierten en obstáculo para ella. Admitimos que la secesión de partes de un Estado, por desagradable y humanamente costosa que resulte, es una posibilidad de la que se puede tratar, discutir y encauzar, aunque con algunos requisitos mínimos: seriedad, responsabilidad y claridad. Aunque también pensamos que hoy el concepto político clave no es el de soberanía sino el de interdependencia. Justo lo contrario de lo que decía Iñigo Urkullu: "La transversalidad es un concepto manido y desvirtuado, nunca abandonaremos el soberanismo".

Vamos a nuestro frente con la conciencia despierta de quienes saben que es su única e irrepetible oportunidad de gobernar bien, que si gobernamos de manera sectaria, como otros lo hicieron, no tendremos las prórrogas y oportunidades que a ellos se les concedieron a manos llenas. Reconocer nuestra provisionalidad es nuestra seña de identidad.

Así es nuestro nacionalismo, nuestro frentismo. Si el suyo es igual, entonces háganme sitio porque mañana mismo me hago nacionalista vasco o catalán. Y si no lo es, como parece que no lo es, tendremos que encontrar nuevas palabras para distinguirnos. Porque no somos iguales. No señor.

José María Ruiz Soroa es abogado.


Personas de ánimo para mucho

Personas de ánimo para mucho


"No os afanéis por recibir mucha gente en la Compañía, sino poca y buena, porque de tales tiene la Compañía necesidad; pues vemos que más valen y hacen pocos y buenos que muchos que no lo son.

No recibáis nunca en la Compañía personas de pocas partes, flacos y para poco, pues la Compañía no tiene de éstos necesidad, sino de personas de ánimo para mucho y de muchas partes"

De una Instrucción de San Francisco Javier al P.Barzeo sobre el modo de proceder en la admisión de nuevos jesuitas (Goa, Abril de 1552)

vocacionesjesuitas

Acoger una vida cerrada

En el camino, tierra pisada,
encontré una semilla rara,
acerada cáscara brillante,
cerrada sobre sí misma,
hermética defensa,
seguro el gesto,
certera la palabra, todas sus costuras bien selladas.

Para saber quién era
y hace vida su secreto estéril,
abandoné la curiosidad del niño
que revienta su juguete,
o la del sabio bisturí que disecciona
y aprende de la muerte,
o la pregunta experta
calculada como un lazo
que atrapa el paso confiado.

La enterré en el mejor rincón
de mi jardín sin alambradas,
la dejé abrazada
por el misterio de la tierra,
del cariño del sol alegre,
y del respeto de la noche.

Y brotó su identidad más escondida.
verdes hojas primero, temblorosas,
asomándose al borde de la tierra
recién resquebrajada.
Pero al fin se afianzó de vida esperanzada.

Al verla toda ella,
renacida al pleno sol,
con su melena de hojas
a todos los vientos despegada,
supimos al fin quién era
todo su secreto vivo, suyo y libre


Benjamín González Buelta

Gente espejo

Gente espejo


El despertador sonó a las 7,30 h. Estiré el brazo para acabar con el ruido estridente que rompía la placidez de mi sueño. En la ducha el agua caía sobre mi piel dormida. Empecé a vestirme a fuego lento y entonces me di cuenta que iba tarde.

Me vestí a toda prisa sin tiempo de ordenar la habitación, salí de casa dando un portazo, fui a por mi vieja moto corriendo, apreté el acelerador sin mirar, aparqué en la puerta y entré al trabajo sin apenas saludar... Al mediodía, en un bar, insistí en que tenía prisa pero no parecieron inmutarse... No pude esperar a que saliera el bocadillo, me fui sin decir nada. Quería llegar puntual a la estación y despedir a una persona querida.

En el trayecto todo se puso en mi contra: un grupo de personas que impedían mi paso, otros conductores inútiles, la grúa municipal que ocupaba todo el carril, los peatones que se tiraban a los pasos de cebra... Mi camino parecía una carrera de obstáculos y la bocina echaba humo.

Cuando llegué, mi amiga ya se había ido y ni se había enterado del esfuerzo que había hecho por llegar a despedirla. Me invadió la rabia. Por un pelo, pero no había llegado. Maldito atasco, malditos municipales, grúa, camareros, peatones… maldita moto descacharrada.

Con desolación me senté en un banco con el cuerpo inclinado para adelante y los codos apoyados en las piernas; mi cabeza daba vueltas como un torbellino. Me sentía mal, me sentía solo. Todo el día había sido un “sinvivir”, todo el día...

Poco a poco una tímida calma empezó a invadirme, me eché hacia atrás... Miré a mi alrededor y me di cuenta que la estación de tren estaba reformada. Habían colocado unos paneles eléctricos, unos bancos modernos y cómodos, una enorme cristalera...

Entonces, al otro lado del cristal de la estación, vi que una mujer embarazada empujaba un coche de niño, intentaba con desesperación subir los tres escalones que tenía ese incómodo andén. Con tensión en su mirada, observaba a la gente pasar a su lado con prisa. Gente joven, como yo, pasaba rozándola y, ciegos en su andar ligero, no se detenían a ayudarla.

Me compré un paquete de maíces tostados y mientras lo comía me di cuenta de que estaba rodeado de “gente-espejo”: personas en quienes las necesidades de los otros sólo se reflejan y no son capaces de desviar un ápice su ruta, personas que en definitiva van a lo suyo, sus prisas, sus citas, sus urgencias, poco permeables a las necesidades y a las historias ajenas.

Recordé que tenía que sacarme unas fotos para el DNI y con las últimas monedas sueltas me metí en la antigua cabina de fotos. Ajusté el asiento, se encendió la luz verde, puse cara seria y el flash me deslumbró. Al cabo de 3 minutos salieron las fotos... ¡Yo no estaba, sólo había un destello!

Gonzalo Serrats Urrecha

La pérdida de la impertinencia

La pérdida de la impertinencia

Interesante artículo de Miguel Ángel Aguilar. Lástima que no aceptara la "impertinencia" de una compañera suya hace unos días en un encuentro del Presidente Zapatero con los periodistas europeos...


Francisco Ayala, que el próximo lunes, día 16, cumple 103 años, dice en una entrevista con Antonio Lucas, publicada en el diario El Mundo: "Ya no celebro los años, los lamento". Fue prodigioso que Ayala resistiera los fastos de su centenario y aún más que a día de hoy conserve dosis espléndidas de lucidez y mala leche. Conviene leer sus declaraciones por si nos viéramos en ese mismo trance de longevidad y también para paladear algunos de sus dardos, como el que le lleva a señalar que "los periodistas están perdiendo su virtud de impertinencia", y a subrayar a continuación que "además, la prensa de hoy no está bien escrita en general", como consecuencia, imagina, de "que el idioma tampoco esté muy bien hablado". Ayala nos sitúa así ante dos cuestiones de máxima relevancia: la pérdida de la virtud de la impertinencia y la degradación de la escritura, en un medio de influencia rectora.

Vale la pena intentar aquí una aproximación aunque sea en orden inverso. Porque cuidar el idioma es la primera cortesía debida a la audiencia. El periódico -como escribe Thomas W. Lippman en el prefacio del libro de estilo del diario The Washington Post- es un depósito de la lengua y los periodistas tenemos la responsabilidad de tratar el lenguaje con respeto. Por eso, al uso correcto del lenguaje dedica ese volumen más del 70% de su paginación. Hay una línea siempre posible que evita la vulgaridad sin incurrir en el elitismo críptico. Ciertas expresiones sólo deben aceptarse si proceden de autores reconocidos que convierten cuanto escriben en literatura de primera calidad. Los demás deben mantenerse en la contención lingüística y expresarse con claridad sintáctica.

Volvamos ahora al reproche de Ayala, según el cual los periodistas están perdiendo su virtud de la impertinencia, porque merece alguna consideración, más aún en los tiempos de crisis que corren. Se trata aquí de la impertinencia como virtud, a distinguir de la mera actitud de dar la tamborrada. La impertinencia es a estos efectos lo contrario de las actitudes borreguiles propias del ganado lanar. Se manifiesta sobre todo en la formulación de las preguntas porque con Heisenberg aprendimos que no conocemos la realidad, sino la realidad sometida a nuestra forma de interrogarla. Apuntemos también que el atrevimiento proporcionado por la ignorancia para nada es garantía de acierto al plantear interrogantes a los protagonistas de la actualidad. En todo caso, más allá de la pérdida de la virtud de la impertinencia habría que determinar si hay otra pérdida más radical, la de la función que venían llevando a cabo los periodistas, arrumbados, como van quedando por el viento de la historia y de las nuevas tecnologías a la playa de la insignificancia.

Llegados aquí, se recomienda la lectura del libro ¡Ay, Europa!, de Jürgen Habermas (Editorial Trota. Madrid, 2009), donde analiza la razón de la esfera pública y el papel rector de los medios impresos de comunicación para la formación democrática de la opinión y de la voluntad. Señala Habermas que al menos en el ámbito de la comunicación política, esto es, en lo que atañe a los lectores en tanto que ciudadanos, la prensa de calidad desempeña el papel rector entre los medios de comunicación. A su parecer, en las informaciones y comentarios políticos, tanto la radio como la televisión como el resto de la prensa dependen en gran medida de los temas y contribuciones que les anticipa esa clase de publicaciones "razonadoras". De modo que "si la reorganización y el recorte de gastos en esta área nuclear pusiera en peligro los acostumbrados estándares periodísticos, se dañaría la médula misma de la esfera pública política".

A su entender, "la comunicación pública pierde su vitalidad discursiva cuando falta el aflujo de las informaciones que se obtienen mediante costosas investigaciones y cuando falta la estimulación de los argumentos que se basan en un trabajo de expertos que no sale precisamente de balde".

Para Habermas, sin los impulsos procedentes de una prensa que tenga la capacidad de formar opiniones, de informar con fiabilidad y de comentar con escrupulosidad, la esfera pública puede dejar de suministrar ese tipo especial de energía que obliga al sistema político a adaptarse y ser más transparente. Atentos.

Miguel Ángel Aguilar en El País.

Cómo motivar en tiempos revueltos

Cómo motivar en tiempos revueltos

El talento es un bien escaso que en ocasiones se desperdicia - La crisis llena de apatía a muchas empresas, pero puede ser también un acicate


Los trabajadores de Google eligen cada mañana en qué proyectos de la empresa implicarse y cómo hacerlo en función de sus aptitudes. Si no hay ninguno en marcha que les satisfaga, proponen uno para que sus compañeros se sumen. Cada uno gestiona buena parte de su tiempo a su aire. Esta forma de trabajo es uno de los modelos más exitosos de la gestión del talento de los empleados en el mundo. Pero la mayoría de las empresas están a años luz. Las capacidades de los trabajadores quedan muchas veces coartadas por corsés, horarios y una escasa capacidad de motivación. La crisis puede ser una oportunidad de redescubrir y potenciar el talento de los trabajadores, pero también un obstáculo para superar un círculo vicioso: las compañías no sacan todo lo que pueden de los profesionales y éstos no encuentran ámbitos para motivarse y desarrollar sus cualidades.

Un liderazgo fuerte y preparado, una forma adecuada de trasladar los mensajes en la empresa, incluso un plus de humanidad son algunos de los consejos de los expertos para aprovechar al máximo esas virtudes en tiempos revueltos. Como dice Francisco Muro, consejero delegado de la consultora Otto Walters, los enemigos comunes sirven para unir y progresar. Y ahora hay uno de dimensiones gigantes: la crisis. "El problema es que también es fácil meter la pata cuando se está ante ella", matiza.

Esta última es la postura de Santiago Álvarez de Mon, profesor de la escuela de negocios IESE. Piensa que las cosas, en general, se están haciendo mal: "En lugar de templar sobre el talento, te empuja a correr, nos volvemos todos histéricos, exigiendo prestaciones gigantes en un mecanismo impulsivo, primitivo, como el de un equipo de fútbol a punto de bajar a segunda división". Piensa que deberíamos pararnos a pensar, a analizar la situación y a sacar conclusiones en frío. "No conozco ninguna persona sin talento en nada, pero sí a mucha gente desubicada. La crisis cultiva la impaciencia, los nervios, puede bloquear ese talento. En lugar de crear un clima en el que aflore, se hace lo contrario", añade Álvarez de Mon.

Volvamos al extremo opuesto: Google. Las iniciativas de los trabajadores son casi todo en la empresa y eso les sirve de acicate para seguir aportándolas. Una red interna informa sobre proyectos de todo tipo y el personal que requiere. Si a alguien se le ocurre diseñar un sistema determinado necesitará programadores, diseñadores, expertos en usabilidad... Publica su proyecto esta intranet y los compañeros deciden si tienen el tiempo y la motivación para participar en él o prefieren decantarse por otros con los que se sientan más identificados.

Es una tendencia cooperativa a la que se está tendiendo en muchas empresas que estaban marcadas por un enorme individualismo. Pilar Jericó, autora del libro La nueva gestión del talento (Prentice Hall), lo ha detectado en la banca. "Hay más colaboración y menos competitividad interna, el talento se centra ahora más en el equipo que en llegar a ser el número uno". Pone como ejemplo de cambio de mentalidad el caso de Banesto, donde jefes jóvenes que no habían vivido ninguna situación tan crítica están acudiendo a cursillos guiados por veteranos que les guían con su experiencia. Estamos, dice, en el momento para la coherencia de la empresa, que se tiene que encargar de generar un compromiso que lleva mucho tiempo reclamando a los trabajadores.

Eso puede resultar fácil de decir, pero ¿cómo se hace? La propia Jericó responde: "La capacidad de liderar no puede ser tan dura, tiene que haber una parte afectiva, porque los resultados no serán tan fáciles de conseguir como antes. El liderazgo debe ser más colaborativo y hay que saber encajar los fracasos. Los directivos tienen que mostrarse más humanos, porque van a aumentar los índices de estrés".

También crece el pesimismo. Es fácil que caiga la motivación incluso en ciudadanos cuyos puestos de trabajo no peligran, según indica la psicóloga del trabajo Elena Tomás. "Es un principio universal", dice, "están viendo cómo todo se desploma a su alrededor". Al igual que Jericó, destaca que es importante fomentar el colaboracionismo y desterrar la ambición por destacar a toda costa. Pero, además, es fundamental aprovechar el talento que hay dentro de las organizaciones. "En general, todos los estudios que se han realizado sobre motivación y talento muestran que hay que ofrecer posibilidades, retos, desafíos. En principio, cada persona debe tener un trabajo de acuerdo con sus habilidades, competencias, relacionado al máximo con lo que son capaces de hacer. Si encaja en la línea de negocio de la empresa, el camino viene rodado".

Para eso, además de contar con especialistas, como psicólogos del trabajo, que usan las herramientas para detectar estas habilidades -como cuestionarios o encuestas-, es imprescindible partir del talento directivo, según coinciden la mayoría de los expertos. Francisco Muro pone el ejemplo del Real Madrid en la época galáctica, cuando contaba con los mejores jugadores del mundo: "Se equivocaron porque ponían a segundones a dirigir a la crème de la crème. Una persona de gran valía no puede estar a las órdenes de un cualquiera que no tiene ni idea, que no vale como interlocutor. Lo primero que intentará es irse de ahí. El talento lo mínimo que necesita es aprecio y respeto".

El buen liderazgo tiene muchas facetas. Ahora, según Muro, es fundamental que "la presión esté fuera de la empresa". Cuenta que no hay que meter "ni un gramo de complicación por estupidez personal". "Cualquier desliz o mensaje mal dado, cualquier noticia mal comunicada es suficiente para que se forme revuelo. Pero volvemos al talento. Hay que dirigir muy bien. El año pasado, hasta haciéndolo mal se podía ganar dinero. Ahora, incluso dirigiendo muy bien es fácil perderlo", añade.

Pero la motivación, el talento, no sólo aflora en función de las coyunturas internas de la empresa. Luis Urbano es uno de los responsables de elaborar cada año el mapa global del talento en la empresa Heidrik & Struggles. Asegura que las condiciones ambientales del país o la región son muy influyentes. Pone el ejemplo de los investigadores: "Si en tu entorno hay más empresas donde trabajar, estarás más motivado para mejorar porque sabes que hay alternativas. Si hay inversión en I+D es más fácil que afloren estas cualidades personales".

Para realizar el mapa del talento, Heidrick mide una serie de parámetros, que van desde la natalidad -cuantos más niños más fácil será que alguno se convierta en un profesional brillante-, hasta inversión en innovación, nivel educativo o números de escuelas de negocio de calidad. Una vez objetivados todos estos parámetros, hacen una lista liderada por Estados Unidos, seguida de Canadá y Holanda. España no entra en los 10 países con más talento, según esta clasificación. Es la undécima. Y, según su último mapa publicado, que predice la situación de 2012, estaremos igual dentro de tres años, cuando Estados Unidos seguirá liderando la tabla. El puesto que ocupa es algo mejor en cuanto a la capacidad de atraer talento, donde España está en el octavo lugar del mundo. Sin embargo, desde que se hizo este último estudio en 2007, la coyuntura ha variado mucho. Urbano explica que la inversión es fundamental para generar y mantener el talento y que la crisis no ayuda. Volvemos a un círculo vicioso difícil de superar. "Si ese talento no aflora te conviertes en poco atractivo para la inversión", subraya.

Porque, con o sin crisis, el talento se cotiza, según casi todos los expertos en este asunto, sobre el que se han escrito cientos de libros y del que existe toda una cultura. La decana de la escuela de negocios IE, Gaylle Allard, explica que "hay una competencia feroz" incluso en momentos malos. "Las personas con más talento suelen tener idiomas y destrezas exportables y los países compiten con los países". Por eso las empresas deben de ser muy cuidadosas con el que tienen dentro y no desaprovecharlo por una posible falta de motivación. Allard cree que todo mejoraría con un mercado laboral más flexible: "Los trabajadores fijos tienen un incentivo un poco perverso para no ser más productivos por estar bastante protegidos. Esta protección tiene su parte positiva por cuanto favorece el capital humano, pero también puede tener el efecto pernicioso de la falta de incentivos. Por otro lado, en España tienes un colectivo enorme de temporales en cuya productividad no se invierte. Tienen incentivos para ser más productivos, pero como saben que no se van a quedar pierden motivación".

Lo que cuenta Allard tiene mucho que ver con una idea cada vez más debatida en Europa conocida como flexiseguridad. La idea se basa en que los despidos sean baratos y que al mismo tiempo se invierta mucho dinero en formación de los trabajadores para que tengan grandes oportunidades de encontrar empleo. De esta forma, según la teoría, la motivación en el trabajo crecería tanto por el temor a un despido como por la facilidad para encontrar otro con más oportunidades. Supone una desprotección a los empleados que el Gobierno español rechaza de plano, pero que se extiende en países como Dinamarca u Holanda.

Pero hay otras formas de retener y hacer brotar el talento sin necesidad de desproteger a los empleados. Pablo Sagnier, director de la consultora Egon Zehnder, cree que hay que cuidarlos, asegurarse que se contrata a los mejores y que se retiene y desarrolla a los más válidos dentro de la organización. Lamenta que todavía hoy haya empresas que le dan importancia relativa al talento porque creen que tienen otros activos más importantes. "A largo plazo, está demostrado que las compañías más sofisticadas y exitosas son las que le están dando una importancia creciente, ya que es un activo escaso", añade.

Esta escasez se palia desde la escuela. Javier Tourón, profesor de la Universidad de Navarra y director del Centro para Jóvenes con Talento, dice que en España existe una legislación que posibilita el aprovechamiento de ese talento, pero que en la práctica no es real. Según sus datos, un 98% de los niños con alta capacidad no reciben un tratamiento especial que la potencie. "Igualdad de oportunidades es dar a cada uno lo mejor en función de sus posibilidades. Estos chavales en ese sentido están discriminados", dice. En su opinión, la fuga de cerebros empieza desde la escuela. Y los fallos continúan en niveles superiores. Para Borja Peleato, investigador de Stanford University, las universidades están muy desconectadas de las empresas, lo que propicia un nuevo obstáculo para aprovechar el talento.

Con todo, en muchas ocasiones la competencia de los trabajadores está ahí y sólo hace falta sacarla a la luz. En Google, donde son expertos en eso, inventaron G-Mail a raíz de su sistema de propuestas de empleados. Hoy es uno de los mejores sistemas de correo electrónico del mundo.

Pablo Linde en El País.

Un pacto económico nacional

Un pacto económico nacional

El gasto público es necesario pero no suficiente para salir de la recesión. Se precisan reformas estructurales que eleven la productividad y recuperen la competitividad. El Gobierno debe impulsar un amplio consenso

Atención a las ideas de uno de los principales asesores del Presidente Zapatero en materia de economía...

La economía española, tras 14 años de crecimiento elevado e ininterrumpido, apoyado en dos choques externos positivos, primero la contundente caída de los tipos de interés reales al entrar en la Unión Monetaria y posteriormente la llegada de más de cuatro millones de inmigrantes en siete años, tenía que entrar en recesión. Los bajos tipos de interés incentivaron a familias y a empresas a endeudarse en exceso y provocaron una gran burbuja de la vivienda, reforzada por la mayor demanda de la población inmigrante y de extranjeros comunitarios.

La coincidencia de la crisis financiera internacional y la explosión de la burbuja inmobiliaria hacen esta recesión más grave y duradera que las anteriores. La primera ha hecho que la financiación del abultado endeudamiento privado con ahorro externo se haya encarecido, cuando no secado. La segunda ha hecho que los precios de la vivienda estén cayendo progresivamente y que la construcción residencial se haya colapsado.

Finalmente, dado el bajo crecimiento de la productividad entre 1995 y 2006, la economía española ha sufrido una pérdida de competitividad, medida por los costes laborales unitarios, de un 30% frente a la Zona Euro (ZE), área que absorbe más del 60% de nuestras exportaciones, produciéndose una notable apreciación del tipo de cambio real español frente a dicha zona. Tradicionalmente, ante una apreciación real se devaluaba el tipo de cambio nominal de la peseta (cuatro veces entre 1992 y 1994). Dado que esto es hoy imposible, la única forma de conseguir una devaluación real es mediante un crecimiento menor de nuestros costes de producción y márgenes de beneficios y un crecimiento mayor de nuestra productividad que los de la ZE.

Frente a estos tres retos (financiero, inmobiliario y de productividad), una fuerte expansión fiscal pública para compensar la caída de la demanda privada, como la que el Gobierno español está ya acometiendo de forma contundente (2% del PIB), no es suficiente para salir de la recesión. Son también necesarias políticas de oferta para elevar la productividad y recuperar la competitividad perdida. Dado que el Gobierno ha dado a entender que sólo acometerá reformas estructurales si hay consenso con los agentes sociales, parece imprescindible un pacto nacional entre el Gobierno, los Ejecutivos autonómicos y los agentes sociales que consensúe una serie de medidas que den confianza a los ciudadanos y permitan una recuperación más robusta.

Unas de corto plazo, comprometiéndose a que la expansión fiscal sea lo más eficiente posible en términos de empleo y productividad y a conseguir una mayor estabilidad de precios y costes para ganar competitividad. El Gobierno debe explicar cómo va a financiar más adelante la expansión fiscal actual comprometiéndose a financiarla con un menor gasto público futuro, cuando el gasto del sector privado y los ingresos públicos se recuperen, en lugar de con mayores impuestos. El FMI ha demostrado que la inversión pública directa suele ser más eficiente que la reducción de impuestos para aminorar la recesión o evitar la depresión ya que su efecto multiplicador euro por euro es superior.

Ahora bien, una cosa es que no convenga bajar los impuestos y otra diferente es que haya que comprometerse a devolver rápidamente al sector privado todo lo que las administraciones públicas le deben y a que tanto el sector público como el privado establezcan límites razonables a sus plazos de pago. Asimismo, hay que comprometerse a que la expansión fiscal no sólo consiga un impacto real rápido, sino que sea rentable en términos de aumento del empleo a corto plazo y de mejora de la productividad a largo plazo.

La experiencia muestra que, en medio de una recesión, reducir los costes de despido lo único que consigue es que las empresas aprovechen para desprenderse de un mayor número de sus empleados y esperen a que la recuperación sea cierta para contratar a otros nuevos. Ahora bien, en algunos casos ha tenido éxito una reducción de la contribución empresarial a la seguridad social para nuevas contrataciones indefinidas de parados. En este sentido, es positiva la medida del Gobierno de convertir las prestaciones por desempleo pendientes de percibir por parte de los parados en bonificaciones a las cotizaciones de las empresas que los contraten.

Otro acuerdo deseable sería congelar, por dos años, precios, tarifas, márgenes y salarios tanto públicos como privados, aprovechando que la muy baja inflación, producida por la recesión, va a permitir que el sacrificio real sea mínimo. Se daría así una señal clara de que puede aminorarse la destrucción de empleo, reducirse los costes y ganarse competitividad. También habría que conseguir una mayor empleabilidad de los parados, dando un fuerte impulso al empleo a tiempo parcial, como propone el Gobierno, así como mejorar la eficiencia de la formación profesional reglada y ocupacional.

Para mejorar la productividad a largo plazo, habría que consensuar asimismo algunas reformas estructurales pendientes. La primera es la del mercado laboral. La gran diferencia de la economía española respecto a la de otros países desarrollados (e incluso en desarrollo) es que sólo alcanza una tasa de paro razonable cuando crece por encima de su potencial, que luego duplica en las recesiones.

La causa principal es que hoy existen 17 tipos de contratos y 17 costes diferentes de despido, con indemnizaciones que van desde 45 días por año de servicio, para los antiguos contratos indefinidos (57% del total) hasta 33 días para los nuevos contratos de fomento del empleo indefinido (13%) y ocho días, o nada, para los contratos temporales (30%). Esta maraña hace que casi el 90% de los temporales, teniendo a menudo una mejor formación que los fijos, nunca alcancen a ser indefinidos y que sean objeto de una enorme rotación laboral dados sus bajos costes de despido. Es precisamente esta excesiva rotación una causa principal de la elevada tasa de paro, de la baja productividad laboral y posiblemente de la limitada inversión empresarial en formación e I+D, lo que explica la paupérrima productividad total de los factores en España.

Habría que ponerse de acuerdo en fomentar un único contrato laboral para todos los nuevos asalariados, cuyo coste de despido vaya aumentando progresivamente con la antigüedad del trabajador en la empresa hasta llegar a ser similar al actual de fomento de empleo indefinido. Además, los niveles salariales acordados por cada sector en la negociación colectiva son hoy un suelo obligatorio para todas sus empresas. Sería muy conveniente un acuerdo para que puedan acomodarse a la situación específica de cada empresa introduciendo cláusulas más flexibles de descuelgue.

Por otro lado, la globalización y la competencia creciente están haciendo que los países desarrollados tiendan a proteger cada vez más al desempleado que al puesto de trabajo, reduciendo los costes de despido y elevando las prestaciones por desempleo, a cambio de que, tras recibir formación y ayuda en la búsqueda de empleo, dichos parados se vean obligados a aceptar el trabajo razonable que se les ofrezca.

Otro grave problema estructural es el elevado porcentaje de fracaso escolar. El 30% de los alumnos de ESO no la termina, el 30% de los universitarios tampoco acaba licenciándose en nada y sólo el 30% se licencia en tiempo establecido. Este fracaso produce una pérdida anual del 1% del PIB (agregando las subvenciones que se transfieren a los alumnos objeto de fracaso escolar o universitario del sistema público). Urge asimismo reformar la financiación socialmente regresiva de la educación pública universitaria en la que, a pesar de tener una rentabilidad privada tres veces superior a la social, los estudiantes, independientemente de su capacidad económica, apenas financian un 15% de sus costes.

La experiencia de otros países muestra que una mayor capacidad de elección de escuela por los padres con cheques escolares y una mayor competencia entre las entidades educativas resuelve parte del problema. La introducción de exámenes estandarizados basados en el currículo para obtener las credenciales educativas, combinada con la publicación de los resultados medios y de los indicadores de valor añadido de cada centro educativo, así como volver los exámenes centralizados (recuperando las antiguas reválidas) han tenido un efecto positivo en otros países.

Guillermo de la Dehesa es presidente del Centre for Economic Policy Research, CEPR.