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Izaskun contra las promesas incumplidas

Izaskun contra las promesas incumplidas

La reserva de puestos de trabajo para discapacitados (un 2%) no se cumple - La pregunta lanzada por la mujer con síndrome de Down a Zapatero pone en evidencia las lagunas del sistema

Las altas tasas de paro entre los jóvenes con discapacidad son una buena noticia. Por más paradójico que resulte, cualquiera puede reconocer la situación que han padecido tradicionalmente los discapacitados físicos y psíquicos en España: una inactividad en casa y en la calle que se mitigaba con paseos del brazo de la madre, una paga caritativa y mucha incomprensión social. Que ahora, cada vez más, salgan al mercado laboral a pedir un trabajo indica que algo está cambiando y que el nivel de formación, directamente relacionado con el empleo, avanza.

Pero ahí se acaban las buenas noticias. Los que trabajan con el colectivo de discapacitados se pasan media vida renombrándolos y contándolos y en ninguna de las dos cosas obtienen grandes éxitos. La subnormalidad pasó a ser minusvalía y la minusvalía, discapacidad... Y qué decir del recuento: la última Encuesta de Discapacidades, Deficiencias y Estado de Salud (EDDS) es de 1999, que ahora se está actualizando. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha visitado 100.000 hogares, y dentro de un año más o menos se presentará una nueva que, cómo no, habrá cambiado de nombre, pero al menos ofrecerá datos frescos.

Mientras tanto, se da por bueno el dato de 3,8 millones de discapacitados en España, un 8,5% de la población. Entre ellos hay que contar a miles de ancianos, y hacerse cargo de que el grado de deficiencia de muchos de los jóvenes incluidos no permitirá sumarlos a las filas del Instituto Nacional de Empleo (Inem). Así que, el número de personas con discapacidad que buscaban empleo en 2007 (con datos del Inem) eran de media 84.893 al mes, un 2,7% de los demandantes; y en 2007 se registraron 164.281 contratos de trabajo a nombre de 90.300 personas con discapacidad. Los datos mensuales señalan una tendencia creciente de demanda de empleo. Pero las tasas de paro entre los discapacitados están muy por encima de las que presenta la población en general.

De 2001 a 2005 los contratos eran decrecientes, pero a partir de ese año la tortilla ha dado la vuelta. Eliminar la discriminación que soportan las mujeres discapacitadas en el acceso al empleo es otro de los grandes retos del colectivo.

Y en éstas, llegó Izaskun, con una aparición triunfal en la tele que la ha elevado al estrellato, por lo menos por unos días. En qué acabará la cosa, no se sabe, pero la muchacha se frota las manos, por algo será. Cuando aún se buscaba a la niña de Rajoy (¿se acuerdan?) aparece la niña de Zapatero: Izaskun Buelta tiene en realidad 32 años y tuvo la oportunidad de preguntarle al presidente del Gobierno esta semana qué está pasando en este país con el empleo entre los discapacitados. Ella tiene síndrome de Down y el desparpajo característico de estos muchachos. ¿Por qué no podía ella, por ejemplo, trabajar en La Moncloa? "Ahí le dejo mi currículo", le espetó al presidente. Y diga lo que diga, más bien, calle lo que calle, Izaskun está esperando una llamada para cambiar su vida. "Yo estoy preparada", le dijo. Y lo está, tiene formación como administrativa pero lleva cuatro años felices trabajando en una pastelería madrileña, Embassy, donde prepara las cajas y las llena de dulces -que come a discreción-. Vive con otras cinco compañeras en unos apartamentos tutelados que la Fundación Aprocor tiene en la Comunidad de Madrid. Es un centro concertado que proporciona formación y ayuda, con tutores, para dar el salto a empleos ordinarios.

-Pero tienes 32 años y Zapatero te llamó niña...

-Pero él puede llamarme así, porque ya me conoce.

Izaskun sacó el viernes a su madre a comer por ahí, con su paga de trabajadora remunerada, y se compra sus ropas, ordena su habitación, prepara algunas cenas y todas organizan algunas fiestas en el piso.

Es una situación privilegiada de la que no deja lugar a dudas la "tremenda" lista de espera que engrosan jóvenes como ella, que quieren independizarse y tener un empleo. Las dificultades no son pocas. Lo saben los trabajadores del centro de Aprocor, pero Izaskun ha querido que el mareo de entrevistas a que se ha visto sometida estos días sirva para ayudar a todos a dar ese salto. Para convencer a las empresas de que no sólo contarán con incentivos, sino que muchos de estos jóvenes están preparados para desempeñar cientos de tareas. Ella, por ejemplo, sabe atender el teléfono y la puerta, repartir el correo, enviar faxes, archivar...

-Y ordenar todos los papeles -apunta la directora del centro, Leticia Avendaño.

-Eso es archivar, zanja Izaskun, la primera de sus hermanas que se ha independizado.

La muchacha se presta una vez más a una sesión de fotos y a las mismas preguntas de los repetitivos periodistas. Nada personal. Llega la hora de comer.

-Tu madre te estará esperando abajo...

-¿Abajo? ¿Y por qué no ha subido?, se revuelve inmediatamente.

Adora a su madre y a sus gatos, y le gusta leer. Ahora va a empezar lo último que ha publicado Boris Izaguirre.

-Bueno, así que querrías ser administrativa... En cualquier empresa, ¿no?

-No, en Moncloa.

Bien, bien.

Lejos de las luces del estrellato hay muchos discapacitados que han conseguido un trabajo. A veces en la Administración Pública, a veces en las empresas. Desde 1982, la LISMI (Ley de Integración Social del Minusválido, entonces se les llamaba así) obliga a las empresas de más de 50 empleados a reservar un 2% de sus puestos de trabajo para discapacitados. No se cumple, y los datos se pierden de nuevo, esta vez en la maraña de 17 comunidades autónomas. Este incumplimiento puede sancionarse con multas que oscilan entre 300 y 90.000 euros, ya sean las faltas leves, graves o muy graves. "Sabemos que ese 2% no se cumple, pero no tenemos todos lo datos, hay comunidades que han hecho un gran esfuerzo, como Canarias, y otras, como Madrid, que el año pasado empezó a insistir e informar a las empresas de más de 500 empleados para que contraten a este colectivo, cuando el tope es 50", explica Nuria García, gerente de la asociación para el empleo de Feaps, la confederación para las personas con discapacidad intelectual, que son los que tienen más dificultades para encontrar empleo.

Otra fundación, Equipara, nacida para fomentar el empleo en este colectivo, asegura que sólo el 14% de las empresas cumple con la reserva de plazas. Son datos que da por buenos el Cermi, la gran plataforma de defensa de estas personas, que aglutina más de 4.500 asociaciones y entidades que representan a los 3,8 millones de discapacitados.

En la Administración Pública la cosa pinta mejor, pero falta por hacer. El Gobierno elevó al 5% la reserva de plazas en las oposiciones, pero las trabas para el colectivo aún son muchas. El Cermi ha pedido que este porcentaje suba hasta el 7% y que los puestos sin cubrir se acumulen para posteriores convocatorias. "Siempre ponemos el mismo ejemplo: para ser bedel se necesita aprender la Constitución, y eso deja fuera a muchos de los nuestros. No hay materiales adaptados para ellos, de lectura fácil, a pesar de que se ha avanzado en medidas de este tipo", asegura Nuria García. Es cierto. Los exámenes suelen diseñarse de tal forma que los aspirantes con discapacidad cuenten con más tiempo para hacerlos o con material adecuado (piensen en sordos o ciegos, por ejemplo).

"Pasar del 2% al 5% en la Administración Pública casi ha triplicado el acceso de estas personas a un empleo", dice la socialista María José Sánchez Rubio, portavoz de su partido para las políticas integrales de la discapacidad. Y cita los 3.700 millones de euros comprometidos hasta 2012 para sacar adelante la Estrategia Global de Acción para el Empleo de Personas con Discapacidad.

Eso significará incentivos para las empresas, aunque ya los tienen, y en algunos casos las bonificaciones por las cuotas a la Seguridad Social alcanzan el 90% o el 100% si son centros especiales de empleo. Pero también en este asunto parecen pesar como plomo los muchos años en que a los discapacitados se les llamaba por otros nombres. Los empresarios no acaban de verlo. "Hace falta mucha educación y funciona muy bien el boca a boca, porque cuando los contratan se dan cuenta de lo bien que trabajan", dice Nuria García. "Este colectivo tiene menos bajas laborales, en contra de lo que piensa la gente que asocia discapacidad con enfermedad", remacha la socialista Sánchez Rubio. ¿Por qué? "Quizá les ocurre como a las mujeres, que les ha costado tanto tener lo que tienen que se emplean a fondo en ello", aventura.

Por discapacidad perciben las empresas las mayores bonificaciones de todas las que se dan, pero ahí siguen las cifras de paro. De los dos millones de discapacitados en edad de trabajar, apenas un 32% se encuentra en situación activa y soportan una tasa de desempleo del 26%, frente al 16% de la población general. Muchos, ya se dijo, no podrán estar nunca preparados para el trabajo, pero otros tienen que ir saliendo al mundo de los jefes y los compañeros, del café y la comida, y de la vuelta a casa en autobús, o en metro.

Los cinco dedos de la mano derecha le faltan a Nadia Mazzei desde que nació. "Soy discapacitada, pero eso no me incapacita", dice. Y lo confirma su empleo en una empresa de teleoperadores, y otros anteriores en la hostelería, cara al público. "Yo siempre digo que puedo hacerlo todo y luego me busco la vida, lo hago un poco más despacio o pido ayuda, y a veces, lo que no puedo hacer, me empeño y lo hago". Está estudiando Sociología, que la "engancha". Tiene 22 años y acaba de recibir una oferta como administrativa, que aceptará encantada para que el alquiler deje de ahogarla. Cuando era chica, los niños le hacían chuflas en el colegio -"ya sabes lo crueles que son"-, "pero los mayores no se fijan en esos detalles".

Los estudios que menciona Nadia son fundamentales para elevar la tasa de empleo. Pero el colectivo de discapacitados, tanto intelectuales como físicos, no ha gozado nunca de un acceso fluido a las aulas universitarias. Pero baste un dato: los que tienen formación superior alcanzan una tasa de actividad del 62,4% y de empleo del 50,7%. No todos tendrán capacidad para llegar hasta ahí, pero cabría mejorar su formación y ocupación en niveles inferiores. Es especialmente preocupante que en algunos casos sean ciertas barreras físicas las que impidan a personas inteligentes llegar lejos en sus estudios. Eso, como cuando se trata de dificultades económicas, es desperdiciar talento.

Pero durante años, el talento, mucho o poco, se ha medido por la apariencia física, ya sea una silla de ruedas o unos ojos rasgados. Ésa es la razón por la que una muchacha que se levanta para ir al trabajo, que llega a su casa y recuerda a su compañera de piso que no haga tanto ejercicio en la cinta de gimnasia sin haber comido nada, que se pone sus pantuflas y se tiende a ver la tele o a leer un rato (¿alguien se reconoce?), tenga las puertas cerradas cuando busca empleo, por la forma de su cara.

Y que todos estos jóvenes estén condenados aún a ilustrar los calendarios para incentivar la contratación en las empresas. "Se necesita un cambio de mentalidad", recuerda Nuria García. Con el trabajo llegará la integración social.

Izaskun todavía está deslumbrada por los focos, se aturde con las preguntas sobre su pasado o su futuro, interroga con la mirada a las tutoras porque sabe que las preguntas personales no debe contestarlas. Ésas se quedan para ella, su madre -la persona que adora- y sus hermanas. La que está en Tanzania la ha visto en la tele por Internet, pero pronto la verá en persona, porque es el viaje que Izaskun tiene en mente. Si un nuevo empleo como administrativa no le obliga a aplazarlo.

Un reportaje de Carmen Morán para El País.

Un Estado federal incompleto

Un Estado federal incompleto

Los principios presentados por el vicepresidente Solbes como criterios-base para la financiación autonómica parecen haber satisfecho a grandes rasgos la mayoría de las demandas de las comunidades autónomas. El resultado ha sido bueno si consideramos la endiablada concurrencia de intereses territoriales que había que acomodar. Desde luego, el conflicto se ha resuelto por elevación, aumentando la cantidad total de recursos para las comunidades autónomas. De ahí que las más importantes críticas no hayan sido tanto a los criterios del reparto cuanto a sus posibles consecuencias. A saber, la correlativa debilitación de la capacidad financiera del Estado y, por ende, de su capacidad de acción política; al adelgazamiento del Estado y al correspondiente robustecimiento de las comunidades autónomas. Una vuelta de tuerca más en el proceso de federalización de España. Es muy posible que esto haya sido inevitable dada la particular configuración de que hemos dotado a las Autonomías: a mayores competencias, mayor necesidad también de disponer de los recursos suficientes para hacerlas frente. Pura lógica. ¿O es acaso viable que comencemos a desandar el camino que nos ha conducido hasta aquí?

A la espera de nuevas reacciones políticas a medida que se vayan levantando nuevas cartas, algo ya parece claro: el Estado español es un Estado federal. No hay muchos otros países en los que el porcentaje de los Presupuestos públicos en manos de las unidades territoriales sea equiparable al nuestro. Pero es un Estado federal demediado. Carecemos de los instrumentos políticos necesarios para mantener la congruencia debida entre el sistema que hemos creado y su efectiva viabilidad política. Seguramente sea uno de los costes que hemos de pagar por disponer de un modelo en construcción permanente. Pero quizá por eso mismo ha llegado ya el momento de tomar conciencia de este desfase y adoptar las medidas necesarias para alcanzar lo que debe ser el fin último de todo Estado federal: crear un adecuado balance entre una firme lealtad al centro y el legítimo respeto al autogobierno autonómico. ¿Cuáles son los elementos que se oponen a la consecución de este objetivo?

1.- El primero y fundamental es la ausencia de una institución de auténtica representación territorial, un Senado ajustado a lo que realmente somos. O, lo que es lo mismo, una instancia de representación multilateral entre las comunidades autónomas y el Estado. El "bilateralismo a 17" -o a 15 en temas presupuestarios- es un verdadero sinsentido, como se ha visto en el proceso a través del cual se ha pergeñado la nueva financiación. ¿No hubiéramos preferido que se debatiera en una cámara ad hoc en vez de en la prensa y a través de continuas entradas y salidas de diferentes presidentes autonómicos en La Moncloa? Si Rajoy realmente piensa que Zapatero "ha engañado a todos" ¿por qué no promueve un pacto para reformar la conformación constitucional del Senado?

2.- La presencia, también aquí, del código Gobierno/oposición. Se ha roto ya el tópico según el cual los dos grandes partidos nacionales eran quienes facilitaban la vertebración del Estado. La traslación del conflicto político al ámbito de la organización territorial del Estado ha sido permanente. Lo novedoso ha sido que el intento por parte del PSOE y del PP de "agrupar" a sus gobiernos autonómicos en torno a una "posición común" frente o a favor de esta última decisión del Gobierno se ha encontrado con obvias resistencias, como se pudo contemplar en el caso de la Comunidad de Madrid y de la Comunidad Valenciana; o en Cataluña, donde parece primar la propia estabilidad de la coalición gobernante sobre la lealtad de partido.

3.- Nos falta implantar una cultura de "federalismo cooperativo", como lo denomina Ramón Maiz en su imprescindible libro La frontera interior (Ed. Tres Fronteras, 2008). Es decir, eliminar las tentaciones por parte del Estado de erosionar el autogobierno de las comunidades, pero también las de éstas para socavar a la federación mediante la deslealtad, el oportunismo y la no cooperación.

4.- No poseemos tampoco una adecuada percepción ciudadana de lo que significa un verdadero Gobierno multinivel. Los ciudadanos ignoran quién es el responsable por la prestación de qué servicios, y esto afecta decisivamente a la hora de rendir cuentas a los políticos por según qué decisiones. La pedagogía aquí se hace imprescindible para que no paguen tirios por troyanos y la congruencia del reparto del poder se traslade al espacio público.

En definitiva, somos ya una democracia lo suficientemente madura como para no llamar a la cosa por su nombre y actuar en consecuencia.

Fernando Vallespín es catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la UAM.

¿Alerta naranja? Yo no he sido

¿Alerta naranja? Yo no he sido

Las instituciones se acusan por la descoordinación ante el temporal - Los intermediarios de cada aviso se multiplican y complican un sistema que es sencillo, pero no siempre llega al ciudadano

Nieve, lluvia, viento: un plan tentador. Coinciden en ello los viajeros atrapados durante días en Barajas y los conductores que casi abandonan a sus familias para iniciar una nueva vida en carreteras aisladas; también los que se quedaron sin luz por el vendaval de esta semana. Uno de los regalos que deja el temporal es el espectáculo de las Administraciones acusándose mutuamente de inoperancia. El termómetro se ha helado tomando la temperatura de la coordinación estatal. Compañeros de bancada ministerial se han peleado para no ser ellos quienes se queden con la patata caliente.

Una porción importante de los coscorrones ha sido para la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). "Les invito a que miren las previsiones que ofrecieron ayer las televisiones", cargó la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, cuando le acusaron por permitir que las carreteras de medio país se convirtieran en una reserva de pingüinos. La Aemet ha tenido casi que pedir perdón porque todas las borrascas se le desviaban para ir a depositar su nieve a 50 kilómetros de donde estaba previsto.

El blanco ha sido el color de la temporada, pero amarillo y naranja se han ganado un sitio en periódicos, radios y televisiones. La paleta de colores que define las alarmas meteorológicas se ha convertido en parte sustancial del debate político y ciudadano. El Plan Nacional de Predicción de Meteorología Adversa (Meteoalerta) contempla cuatro niveles de alarma. Las cosas se ponen feas a partir del naranja, signo de un riesgo importante. El rojo es el plato fuerte del menú: riesgos meteorológicos extremos por su intensidad, infrecuencia y peligro. Para preservar su sabor apocalíptico, se recomienda no utilizarlo más de una vez al año. El naranja admite hasta cinco o seis usos. Con el amarillo es otra cosa: los mapas de Protección Civil se pintan con alegría de este color. Es una simple llamada para permanecer atento a la predicción meteorológica.

El lenguaje del semáforo se comenzó a utilizar oficialmente hace dos años. Es una de las innovaciones introducidas por el Meteoalerta, punto de encuentro entre la Aemet (dependiente del Ministerio de Medio Ambiente) y Protección Civil (Interior). Este plan de emergencia comprende alertas y planes de actuación para lluvias, nevadas, vientos, tormentas, temperaturas extremas, fenómenos costeros, tormentas de polvo, aludes, galernas cantábricas, rissagas en Baleares, nieblas, deshielos, olas de calor y de frío y tormentas tropicales. Casi nada.

El plan, común para toda Europa, lo impulsó la constatación de que comunicar a la población la cercanía de una alarma meteorológica resultaba más difícil que predecirla. Así, con los colores, la situación se vuelve cristalina: si hay alerta naranja, toca poner cadenas y preparar chaquetones. ¿O más bien beber mucha agua y no exponerse al sol? Todo depende de la estación del año y de los umbrales meteorológicos en cada provincia y comunidad. ¿Queda claro, no? Quizá no tanto.

Los umbrales se fijan siguiendo el principio de que una tormenta no es igual de peligrosa en el Levante -donde no se alcanzaría la alerta roja por lluvias hasta los 90 litros por metro cuadrado gracias a que sus infraestructuras y equipos de emergencia están preparadas para recibir cada año la gota fría- que en Melilla, donde unas precipitaciones de 70 litros por metro cuadrado en octubre sumieron a la ciudad autónoma en el caos.

La intervención ante una emergencia es competencia de las comunidades. Los protocolos de cada autonomía definen cómo se acomete la acción. Por ejemplo, Madrid maneja el Platercam, su propio plan para nevadas. Los gobiernos autonómicos introducen una nueva complicación: las alarmas de colores se convierten en alertas numéricas. Las alertas se fijan teniendo en cuenta elementos puntuales, como la cantidad de quitanieves disponibles, el nivel de los ríos... El resultado es una progresión de cero a cuatro. Nivel 0, preemergencia; nivel 1, el ayuntamiento de turno gestiona la situación; nivel 2, la ayuda de la comunidad es necesaria; y nivel 3, alarma nacional.

Cuando se considera que las situaciones constituyen alarmas nacionales, las comunidades piden ayuda urgente al Ministerio de Interior. En ese momento, además de fuerzas de seguridad y Protección Civil, Interior puede movilizar recursos de otros ministerios, como las Unidades Militares Especiales de Defensa.

A todo esto hay que añadirle los protocolos propios de muchas corporaciones de transportes y gestoras de infraestructuras. AENA o los ferrocarriles tienen los suyos propios. En la DGT, el negro es la cúspide y se alcanza cuando la carretera es intransitable. Luego siguen rojo, verde y amarillo. Toda esta ensalada de números y colores se baraja y se extiende sobre la mesa. El Ministerio de Interior reparte el juego.

Con estos mimbres, la coordinación no siempre resulta sencilla. Por ejemplo, en el caso de las emergencias en carreteras, hay muchos implicados. 26.000 kilómetros (el 15% del total) dependen de Fomento, los otros 140.000 kilómetros de los gobiernos autonómicos, diputaciones forales, consells... Ésa es una de las razones por las que, en su comparecencia de la semana pasada en el Congreso de los Diputados, la ministra Álvarez insistió en la necesidad de repartir responsabilidades. También apuntó la necesidad de fortalecer los sistemas de cooperación entre la Administración central y las autonomías, y establecer planes de acción más directos.

La eterna lucha de las competencias autonómicas produce situaciones difícilmente explicables. En el Departamento de Medio Ambiente y Vivienda de la Generalitat, responsable del Servei Metereològic de Catalunya, reconocen que no guardan absolutamente ningún contacto con la Aemet. Los partes de la agencia nacional llegan a la Generalitat y se van directamente a la papelera. También Galicia y País Vasco cuentan, además de con los correspondientes centros regionales del Aemet, con sus propias agencias meteorológicas. "Pero nosotros estamos obligados por ley a informarles", explica Ángel Rivero, portavoz de Aemet.

Otra cuestión fundamental es averiguar para qué sirven tantas alarmas si, a pesar de todo, los conductores se lanzan a las carreteras con nieve. El 26% reconoce en una encuesta del Real Automóvil Club de España (Race) que sale a carretera pese a los avisos. Ante el discreto éxito que ha tenido el dispositivo de alarmas, el ejecutivo ha anunciado que activará campañas de sensibilización más activas.

La cuestión es fundamental. Mientras las previsiones crecen en precisión, los ciudadanos se desentienden de los boletines o no comprenden qué significan. "El problema está en los sistemas de alerta, no en los de predicción. Ésa fue la gran lección del tsunami", dijo Francisco Cadarso, presidente de la Agencia Española de Meteorología, durante un ciclo de conferencias de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) en 2007. "Las advertencias son útiles únicamente en caso de que la población las crea, comprenda y actúe al respecto", le apoyó Dieter Schiessl, director de la OMM, vinculada a Naciones Unidas.

No es una exageración. Cuando el huracán Katrina arrasó Nueva Orleans, la falta de información emergió como una de las causas de la muerte de más de 1.800 personas.

Estados Unidos no estuvo informativamente a la altura de otros países habituados a sufrir huracanes. La contraposición con Cuba es inevitable. La isla caribeña informa puntualmente ante la proximidad de cualquier fenómeno meteorológico agresivo. Todos los movimientos de las tormentas se radian y los boletines informativos son continuos. A fuerza de escucharla, los niños conocen la escala de huracanes de Saffir-Simpson tan bien como la tabla de multiplicar. O mejor.

El sistema de difusión de información al ciudadano en España se basa en el libre albedrío. La Aemat tiene disponible en su web www.inforiesgos.es todas las alarmas y mapas posibles. Cualquier medio puede acceder a ellos y difundirlos. Sin embargo, mientras los avisos a instituciones y entidades están perfectamente regulados -con horarios, órdenes de boletines cada vez que la situación rebase un umbral...- la radiotelevisión pública es una de las pocas instituciones nacionales a las que Aemet no está obligada a distribuirle sus boletines.

RTVE tampoco está obligada a seguir ningún protocolo. La corporación defiende su cobertura meteorológica y matiza que es importante informar sin crear alarmas innecesarias. "Cuando ha sido preciso, hemos modificado nuestra programación con avances informativos y los contenidos de los espacios de noticias y de actualidad se han adecuado a lo que la situación demandaba", añade un portavoz. Tampoco renuncia al placer de cargar contra otros: "Un incremento de la prevención radica en un buen y detallado pronóstico, más que en una actualización minuto a minuto del fenómeno".

No se pueden crear paralelismos entre la cobertura que requiere un fenómeno tan grave como un huracán y una nevada, pero es cierto que el colapso de las infraestructuras españolas ante un fenómeno relativamente previsible como la nieve en los días más fríos del invierno puede ser poco tranquilizador ante una eventual catástrofe.


Previsiones desbordadas en Sant Boi

Los sistemas de previsión meteorológica son cada vez más precisos. Los datos que recopilan los satélites se complementan periódicamente con radares a pie de tierra y las mediciones de los centros regionales. Aun así, la infalibilidad queda aún lejos y los errores de los sistemas de alerta tienen a menudo consecuencias trágicas.

Cuatro niños murieron el sábado pasado cuando jugaban al béisbol en un campo de entrenamientos cubierto en la localidad catalana de Sant Boi (Baix Llobregat). El techo de la instalación deportiva saltó por los aires y el túnel de bateo se hundió bajo una avalancha de bloques de cemento.

El Servei Metereològic de Catalunya alertó el viernes a los servicios de emergencia de la Generalitat (CECAT) de los riesgos. El CECAT actúa apoyándose en las previsiones de este servicio y no toma en cuenta las del centro catalán de la agencia estatal Aemet. El CECAT avisó de la alerta por temporal al Ayuntamiento de Sant Boi, junto a todos los consistorios catalanes.

Los avisos comenzaron a llegar el mismo viernes por correo electrónico y fax. El boletín de emergencias señalaba que el viento representaba una alerta de nivel 1, es decir, una situación de riesgo con velocidades de hasta 90 kilómetros por hora. En ese momento, nadie previó que las puntas del vendaval alcanzarían los 150 kilómetros por hora. Esa velocidad se puede equiparar a un nivel 2: riesgo alto por vientos superiores a los 125 kilómetros por hora. Cinco minutos después del accidente, con la policía y los bomberos ya desescombrando, volvió a llegar el fax que alertaba sobre vientos de 90 kilómetros por hora.

Fuentes del ayuntamiento de Sant Boi insisten en que, con la información que manejaban, el accidente era inevitable. El dispositivo que activaron comprendió policías locales, bomberos y voluntarios de Protección Civil.

Lo máximo que se preveía eran desprendimientos de tejas y algún árbol derribado. "De haber sabido que el viento sería tan fuerte, habríamos activado un protocolo más exigente", explica la misma fuente. Eso habría incluido avisos a la población para que se resguardaran, llamamientos a colegios, anuncios radiofónicos, patrullajes...

Alarmas y planes de emergencia funcionaron regularmente, pero el vendaval había desbordado las previsiones. Todos los expertos en seguridad ciudadana consultados coinciden en que no hay culpables: las fuerzas de la naturaleza resultan imprevisibles. En privado, algunos responsables autonómicos apuntan que muchos ayuntamientos no siempre disponen de planes de actuación adecuados. En Sant Boi, para despejar cualquier duda, niegan que este sea

"La predicción siempre es una probabilidad", explica Ángel Rivera, portavoz de Aemet. Los boletines de información ya avisan sobre su carácter no infalible. Siempre se comprenden tres grados de probabilidad para cada fenómeno. Muy probable es el que pasará con un 70% de posibilidades; probable, entre un 40% y un 70%; posible, menos del 40%.

El País.

El ala valiente de la televisión

El ala valiente de la televisión

La campaña electoral narrada en ’El ala Oeste de la Casa Blanca’ tiene una sorprendente similitud con la de Barack Obama. Un ejemplo más de la renovación de las series estadounidenses, críticas y audaces


Hubiera querido ser piloto. Los que se cargan más gente son los pilotos. Hubiera querido ser el que lanzó la bomba en Japón. Un par de tíos se cargaron a cientos de miles. Eso sí es la hostia". "Nunca invadimos un país que mole, uno que tenga tías en biquini. ¿Por qué en estos países nunca hacen falta marines? Yo os diré por qué. Es la falta de coños lo que jode los países". Así de clarito y salvaje hablan los soldados norteamericanos de Generation Kill, una miniserie sobre los primeros días de la invasión de Irak. No hay resquicio para la épica. A estos berzotas con ganas de matar sólo les queda la trágica atenuante de ser, también ellos, víctimas de un aparato militar más inoperante de lo que parece y que los envía a una batalla sin sentido.

En la quinta temporada de 24, la mirada sube unos peldaños. Estamos en las habitaciones presidenciales. Los servicios secretos piden permiso para una serie de acciones antiterroristas. Hay que escoger quién y cuántos morirán. El presidente es un ser pusilánime, que se agarra sin criterio al último consejo que recibe y que, como toda la Casa Blanca, tiene una obsesión: que no se entere la prensa, y los ciudadanos, de lo que pasa. El poder se oculta y, encima, está en manos de incompetentes.

La madre traficante de marihuana de Weed vivía en un barrio calcado al de Eduardo Manostijeras. Todos en las mismas casitas, con los mismos horarios y las mismas rutinas. Un retrato deprimente del planeta hogareño. En Dexter, el juego consiste en situar al espectador en una posición moral incómoda. El protagonista es un forense de la policía y sanguinario asesino en serie de sujetos igualmente repulsivos. ¿El televidente se siente culpable de desear ver cada semana las andanzas de Dexter, que se sitúa en el centro del relato, como los grandes héroes? Claro que tampoco son ejemplares los policías de The Shield (Al margen de la ley) de FX, la emisora que creó la socarrona Nip/Tuck o Daños y perjuicios (Damages), una serie sobre abogados con sonrientes villanos. Una serie protagonizada por Glenn Close, emigrada de una industria del cine que apenas da el trono de los repartos a las cincuentonas.

Éstas son unas cuantas buenas producciones televisivas estadounidenses. Aunque no hayan disfrutado de tan merecidos parabienes de otras (desde Los Soprano a The Wire), son un ejemplo de cómo algunos relatos televisivos están circulando por techos argumentales que no se atreve a pisar con idéntica persistencia y categoría estética la industria cinematográfica de Hollywood. Indudablemente, en televisión sigue habiendo insignes y abundantes tonterías, pero el éxito no desdeñable de estas apuestas demuestra que hay una audiencia que busca a quienes se atreven a romper las postizas fronteras de lo decible e indagan en la forma de decirlo con una retórica que evita la repetición de los estilemas más banales. Gracias a estas propuestas, la población de ceja alta ha regresado sin rubor a la televisión para hablar bien de ella. No se trata ahora de renunciar a los discursos severos sobre la televisión porque cobija estos títulos, pero sí de combatir el desprecio que ciertos sectores de la cultura han mostrado hacia el medio, un desprecio que parecía acreditar automáticamente su pertenencia al cielo de los espíritus exquisitos. No todo tiene procedencia anglosajona, pero en las series de ficción la abundancia de títulos norteamericanos explica su tratamiento como fenómeno.

Ya sólo faltaba para aumentar todavía más el aprecio hacia ellas que la vida real las copiara. La campaña demócrata en la serie El ala Oeste de la Casa Blanca que narraron en las temporadas 2004-2006 tiene unas sorprendentes cercanías con la protagonizada por Barack Obama. El candidato demócrata, el hispano Matthew Santos (interpretado por Jimmy Smits), triunfa en las primarias de su partido contra un político que estuvo dos legislaturas con el presidente saliente. Y luego gana a un maduro contrincante republicano. No es casualidad. Los guionistas han admitido haberse inspirado, hace cuatro años, en un joven político de Illinois, Obama. Smits ha participado en su campaña y en un juego de fusión total entre realidad y ficción, The New York Times publicó un encuentro entre Obama y el personaje del presidente saliente de la serie, Jed Bartlet. Lo escribió Aaron Sorkin, el creador de la misma.

En los noventa, Karl Popper, preocupado por la indignidad de la televisión, cuya bazofia veía como un peligro para la democracia, proponía que todos sus empleados necesitaran, para trabajar, poseer una licencia que se les podría retirar si participaban en un programa basura. La necesitarían todos, desde los productores a los "camarógrafos", como él decía. Eran los tiempos en que no se discutía la metáfora de la "caja tonta". Estos días se ha publicado en España un libro cuyo titular combate este adjetivo tan instalado y que, administrado indiscriminadamente, pierde su sentido. Se trata de La caja lista: televisión norteamericana de culto (Laertes), que reúne una serie de voces, mayoritariamente universitarias, que desmenuzan, defendiéndolos, algunos de los títulos señeros. Popper convertía a los productores en los principales sospechosos de la ignominia televisiva. Ahora, los nombres propios que reconoce cualquier televidente exigente son, precisamente, el de los productores que se han empeñado en este reto: contradecir los imaginarios sociales más bucólicos y engañosos. Desde la ficción están dibujando paisajes humanos que no escapan a ningún tema y siembran sólidas dudas sobre la posticería que alimenta a las series del montón. Hay un merecido ensalzamiento de estos profesionales -los productores y, de paso, las emisoras que los respaldan- que recuerda el rescate que los chicos de Cahiers du Cinéma, en los años cincuenta del siglo pasado, hicieron de cineastas como Ford y Hawks tratándoles de autor cuando apenas eran reconocidos como artesanos y acreditándolos en las academias culturales. Un sistema de trabajo, el de estas emisoras y productores, que se acerca a la etapa más fructífera de los estudios hollywoodienses.

No es una apuesta cómoda. Este año, los premios Emmy, por ejemplo, han reconocido los méritos de Mad men, que en Estados Unidos empezó teniendo apenas 900.000 espectadores y ahora sobrepasa los dos millones. Muchos de estos productos nacen en televisiones de pago y llegan a España gracias a las plataformas digitales con más paciencia y capacidad de riesgo. Cuando entran en el ámbito de las generalistas, sus audiencias no llegan a los casi seis millones de espectadores que ha dado algún minuto de oro de Escenas de matrimonio, pero, por ejemplo, House ha rondado en más de una ocasión los cuatro. Perdidos o 24 han fracasado relegadas a horarios inhóspitos, acumulando la emisión de capítulos y sin estabilidad en la parrilla. Y sus seguidores abandonan el televisor para cazar en la Red el último episodio que, encima, algún internauta ha subtitulado gratuitamente en una noche. Una producción televisiva cuyas ediciones por temporadas en DVD palian el descenso que vive el mercado de cine enlatado. En 2006, las series de televisión, incluyendo las de dibujos animados, ya representaban el 21% de todos los DVD vendidos en España, según Gfk. Mientras que las emisoras abiertas norteamericanas restringieron la distribución de su material por DVD para no estrangular su mercado de la sindicación, los canales de cable optaron por él para obtener un segundo rendimiento a sus producciones. Según Concepción Cascajosa, en su libro Prime Time (Calamar Ediciones), no fue hasta que en septiembre de 2002 "la primera temporada de 24 se comercializó con éxito cuando se convirtió en habitual que las series fueran editadas poco después de su emisión para promocionar el estreno de nuevas tandas de capítulos".

Indudablemente, el recuento de horas que supone la emisión de estas espléndidas piezas televisivas no hace sombra a la oferta más estandarizada, pero son un síntoma de que existe otra televisión y que tiene un público. Su mayoritaria procedencia norteamericana y la acidez de su mirada hacia lo doméstico hace pensar en la escena final del filme En el valle de Elah (en el cine sigue habiendo excelentes obras) en la que el personaje de Tommy Lee Jones iza al revés la bandera norteamericana. Según los códigos de la vexilología... se trata de una señal de socorro. En cualquier caso, una sociedad donde hay gente que ilumina sus rincones menos presentables, que sabe mirarse sin mucha cosmética demuestra que no ha perdido vigor ni salud democrática.

Tomàs Delclós en El País.

Callar, nunca

Callar, nunca


Instituciones como el Parlamento británico o la CNMV cuestionan la libertad de prensa ante el pánico en los mercados - Renace el fantasma de la censura previa

Para unos se trata de la vieja pataleta de matar al mensajero; para otros un recorte de derechos excepcional pero necesario. La crisis económica ha puesto en la picota la labor de los medios de comunicación. El Parlamento británico ha llegado a abrir una reflexión acerca de si en tiempos de turbulencias los periodistas económicos deben actuar bajo algún tipo de restricción para impedir que sus informaciones disparen el pánico entre inversores y consumidores. Además, la CNMV ha publicado una circular con los criterios para evitar la difusión de noticias o rumores que puedan alterar el precio de las cotizaciones. La CNMV quiere que las compañías eviten las filtraciones para que la información en el mercado sea simétrica. En este sentido advierte que cualquier maniobra de este tipo supone un delito de información privilegiada.

La pretensión de silenciar la labor de los medios con el pretexto de salvaguardar la seguridad de algún colectivo no se limita sólo a la información económica; se da también en otros ámbitos como el terrorismo, la violencia de género o la cobertura de catástrofes. ¿Deben los periodistas callar en estas circunstancias? ¿O es precisamente en momentos de crisis cuando su labor se hace más necesaria?

Algo está claro: si los medios hicieran caso a los Gobiernos y otros poderes, numerosos asuntos relevantes no habrían llegado jamás a la opinión pública. La hemeroteca es la prueba.

El Comité de Economía de la Cámara de los Comunes estudia una serie de reformas regulatorias para evitar que se vuelva a dar un colapso financiero como el que padecemos desde hace ya 18 meses. Entre las alternativas que este organismo ha llegado a barajar se encuentra examinar el papel de los medios en la estabilidad financiera, para determinar si los periodistas deberían "operar bajo algún tipo de restricción durante las crisis bancarias".

El simple hecho de hablar de cualquier mecanismo de censura previa espanta a los colectivos de informadores. Otra cuestión es que desde las propias asociaciones profesionales se haga autocrítica acerca de cómo se está cubriendo la crisis económica.

"Imponer cualquier tipo de limitación sería un auténtico disparate", advierte Magis Iglesias, presidenta de la Asociación de Periodistas de España (FAPE). "En esta crisis, en la que han fallado todos los mecanismos de control, la prensa se erige en la única garantía de la verdad. Si aquellos que han cometido errores que le están costando millones de euros a los ciudadanos quieren un silencio cómplice por parte de los medios de comunicación, están equivocados", añade.

La cobertura que se está haciendo en España sobre la crisis económica está siendo "buena", según la opinión de Magis Iglesias. "Es evidente que hay algunos aprovechados que abrazan el amarillismo para vender más periódicos, pero son siempre casos aislados, como también hay malos taxistas o malos médicos", matiza la presidenta de la FAPE.

En los últimos actos en los que ha intervenido en diferentes provincias españolas, a Fernando González Urbaneja, presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), los empresarios locales le pedían su opinión acerca del tratamiento que están dando los medios de la crisis, ya que en su opinión se estaban cometiendo ciertos excesos. "Por eso creo que el debate que se ha generado en el Reino Unido no está mal traído. Sin embargo, no me parece buena idea que la labor de la prensa se discuta en el espacio político. El poder, ya sea político o económico, suele estar cabreado con los periodistas y le gustaría tenernos más controlados. Los profesionales debemos resistirnos a cualquier tipo de limitación más allá de la que fija la Constitución, porque la libertad de expresión y el derecho a la información pertenecen a la sociedad", argumenta.

Aunque González Urbaneja se opone a que se implanten mecanismos de censura previa, "nuestra labor es informar de todo y a los políticos no hacerles mucho caso", insiste. Eso sí, reconoce que los medios de comunicación sí que deberían tener mayor nivel de autocrítica porque se están dando tendencias peligrosas en la profesión.

"Cuando la Bolsa cayó un 9% el pasado 10 de octubre, las palabras más repetidas en los titulares fueron hundimiento y desplome. A la siguiente sesión el Ibex 35 rebotó un 10% y los periódicos no sabían qué adjetivo usar. Hay demasiada ansiedad, y esta circunstancia genera un exceso de gusto por lo raro, lo extraño y lo extraordinario, pasiones que amenazan la calidad del periodismo".

¿Se discute en las redacciones sobre si las cosas se están haciendo bien? "Me temo que no mucho. Lo que más me preocupa es que hay un deslizamiento en la prensa de calidad hacia el tratamiento sexy de la información, y a veces se corre el riesgo de caer en inexactitudes o mentiras", concluye González Urbaneja.

Ángel Boixadós, presidente de la Asociación de Periodistas de Información Económica (APIE), pide que no se busquen responsabilidades donde no las hay. "Lo que tiene que haber es una buena práctica profesional. No ser ni muy dramático cuando las cosas van mal, ni olvidar el espíritu crítico cuando las cosas marchan bien. Los medios contribuimos al estado de ánimo, y en la marcha de la economía influye mucho la psicología. Pero de ahí a descargar toda la responsabilidad en los medios me parece un poco exagerado. ¿O acaso no debemos informar de la estafa de Madoff?".

Hace tres años, en España hubo un intenso debate acerca de la información económica que publicaban los medios. El entonces presidente de la CNMV, Manuel Conthe, sugirió que los medios de comunicación desvelaran sus fuentes cuando personas interesadas les filtrasen noticias que pudieran originar una manipulación en el precio de las cotizaciones. Los medios se negaron acogiéndose al secreto profesional. Conthe también promovió que las compañías cotizadas informaran al supervisor del contenido de todas las reuniones que mantuviesen con periodistas.

"Tratamos de incorporar códigos deontológicos en las empresas periodísticas para evitar que de forma involuntaria contribuyeran a difundir rumores interesados. El Tribunal Constitucional defiende la libertad de expresión, pero su jurisprudencia exige a los medios que se cercioren de los datos que les proporcionan para no dar pábulo a intoxicaciones", explica Conthe.

¿Y qué opina el ex presidente de la CNMV de la iniciativa que se ha puesto en marcha en el Reino Unido? "Creo que los medios tienen un sesgo espontáneo hacia el dramatismo porque las noticias trágicas tienen mayor difusión. Esa tendencia hace que el lector vea una imagen del mundo escorada hacia lo extremo. Dicha forma de actuar, en una época de crisis económica, puede contribuir a minar la confianza de la gente. El periodismo riguroso es difícil, caro y necesita tiempo. Por ese motivo a veces suele estar reñido con la competencia por ser los primeros en dar la noticia".

Otro de los defectos que según Manuel Conthe deberían corregir los medios de comunicación es lo que él denomina como efecto aureola. "La prensa suele ser muy dada a ensalzar a aquellas personas que están en la cúspide y ser poco críticas con ellas. Las personas influyentes, bien por su poder, bien por su dinero, suelen tener una protección tácita de los periodistas".

Juan Iranzo, director general del Instituto de Estudios Económicos (IEE), no es partidario de poner límites a la labor de los periodistas. "Sólo habrá que perseguir aquellos casos en los que quede demostrado que hayan falseado la realidad". Iranzo se muestra a favor de la libertad de expresión, aunque apela a la ética de los periodistas, "porque en este momento de crisis la sensibilidad de la gente es muy alta". En su opinión, las turbulencias económicas se están cubriendo de forma asimétrica por parte de la prensa. "La actual crisis tiene muchos orígenes, pero es fundamentalmente una crisis de confianza, y hay medios de comunicación que responden de forma profesional y otros de forma irresponsable".

Damian Tambini, profesor de la London School of Economics, señala que hace falta un nuevo sistema regulatorio para la prensa económica. A su juicio, los códigos de conducta de los periodistas financieros se centran en su vinculación con una empresa, pero no en el impacto de las noticias en el sentimiento del mercado. "Dentro del nuevo sistema normativo que va a emerger tras la crisis económica, una pequeña parte debe dedicarse a determinar el papel del periodismo financiero".

El debate acerca de si los medios deben guardar silencio en determinadas ocasiones no se limita sólo al ámbito económico. La cadena de televisión pública británica BBC tuvo que retirar a principios de diciembre unos reportajes sobre la piratería en Somalia por petición del Ministerio de Exteriores, lo que según los comités de redacción ha dañado seriamente la independencia de la cadena. El Gobierno británico justificó su decisión en que la emisión del reportaje podría haber dañado los esfuerzos para liberar el petrolero saudí que había sido secuestrado.

Para Magis Iglesias, los Gobiernos no pueden decidir de forma aleatoria cuándo conviene y cuándo no emitir una información. En el caso de España, la presidenta de la FAPE recuerda que la Constitución ya fija límites para la libertad de expresión y de información. Éstos son el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la vida.

"Si con una información puedes poner en peligro la vida de un secuestrado se está infringiendo la ley. Por eso creo que la autorregulación es la solución. No pasa nada por retrasar esa información unas horas o unos días", indica. Ahora bien, Iglesias reconoce que en los últimos años "determinadas empresas periodísticas han olvidado que es precisamente el prestigio lo que les garantiza el futuro, y han mirado más a la cuenta de resultados, adelgazando las redacciones y limitando las condiciones de trabajo en ellas". "Precisamente, en situaciones de crisis", añade, "es cuando aflora el buen periodismo, porque es cuando hace falta un profesional que sea cómo se trabaja en situaciones complejas".

Esta visión es compartida por Ángel Boixadós. "En la APIE nos preocupa que algunos editores opten por redacciones de bajo coste. Es posible que se esté rompiendo la cadena intergeneracional de conocimientos".

David Fernández en El País.

La magnitud del desconcierto

La magnitud del desconcierto


En Davos se ha visto este año la magnitud del desconcierto. Estamos ante una crisis que alcanza a todo el planeta, encoge la economía global y presiona hacia el proteccionismo y la desglobalización. Pero ha costado mucho llegar a reconocerla. La Agenda Global para 2009, preparada por más de un millar de expertos, ha recurrido a la imagen de los pájaros utilizados por los mineros antes de entrar en el pozo para describir lo que ha sucedido en 2008, el año de los tres canarios, que son el precio de los alimentos, el incremento y volatilidad del precio del petróleo y la crisis financiera. Hace un año, en esta misma reunión, todavía no había salido de la mina el cuerpecillo de ninguno de los pajarillos y eran muy pocos los economistas capaces de preverlo.

Ahora lo que preocupa es conocer cómo encontrar la salida, prever la fecha y localizar los escollos que puedan retrasarla. Y lo más interesante es observar cómo empiezan a imaginar unos y otros el paisaje que aparecerá cuando salgamos del túnel, aquel capitalismo reformado que demandaba con impaciencia el presidente francés, Nicolas Sarkozy. Los conceptos de crisis y de recesión son pobres para describir lo que en realidad enfrentamos, según se desprende de la opinión de los expertos: estamos ante un momento de cambio de modelo económico y social, e incluso de mutación de valores. Los más osados sueñan en una nueva era, de la que saldremos todos, países, Gobiernos y ciudadanos, profundamente transformados.

Necesitamos instituciones globales, mejores que las actuales, que sirvan para prever las crisis y no para acudir a la cabecera del enfermo cuando se halla en muy mal estado. Con un reparto de las responsabilidades más adecuado a la realidad del mundo: el dominio occidental del planeta se ha terminado. La reunión del G-20 el 2 de abril en Londres debe emitir un mensaje muy contundente respecto a la voluntad política de los Gobiernos para poner en marcha esta nueva gobernanza económica global.

El capitalismo reformado debe ser verde y tecnológico. Hay que poner en marcha un mercado internacional de emisiones de CO2, algo que sólo se conseguirá si se implican los grandes contaminadores (China, India, Estados Unidos) y se fijan unos objetivos claros y verificables en cuanto a reducciones, cuestión que tendrá un momento especialmente decisivo el próximo diciembre, en la Cumbre del Clima en Copenhague. Las inversiones en tecnología serán cruciales para poner en marcha esta novísima economía ecológica. No hay que posponer este cambio hasta que haya pasado lo peor, porque entonces lo peor estará todavía por llegar.

Debemos conseguir que el mundo esté gobernado, con economías y monedas coordinadas, sin perder los beneficios de la globalización ni dejarlo varado en el nacionalismo económico y el proteccionismo. Hay que regresar a un juego con reglas, donde no sea posible cambiar de reglamento a mitad de la partida como han venido haciendo los más arriesgados y a veces inmorales. También a la jerarquía de valores más clásica: las finanzas son para financiar, no para convertirse en un fin en sí mismo. Los desequilibrios de riqueza, en constante aumento hasta esta crisis, además de injustos son peligrosos.

Merkel habla de una vía intermedia entre el capitalismo desregulado y los experimentos de socialismo de Estado. Es la vía alemana del canciller Ludwig Erhard, la economía social de mercado, en la que "el Estado es quien vigila el orden económico y social". Lo mismo ha dicho el presidente de la Comisión, José Manuel Durão Barroso, que ha ofrecido a Estados Unidos el modelo europeo: "Nosotros tenemos un servicio de salud universal, un sistema de jubilaciones más generoso, un principio de gratuidad de la universidad y queremos conservarlo".

Son viejas ideas en odres nuevos, dirán algunos, pero no caen en saco vacío. La tradicional cena de los congresistas norteamericanos que acuden a Davos, celebrada este año en la euforia de la elección presidencial, ha sido todo un homenaje al Estado protector, el multilateralismo, el desarme, el sistema sanitario europeo, los impuestos sobre la gasolina y la ayuda al desarrollo. Todos reconocen que hay que someter a revisión el modelo americano de consumo desenfrenado, sobre todo en el capítulo energético.

El quiebro ideológico respecto a 2008 se ha percibido incluso en los temas de moda. La tecnología y la innovación han sido siempre la crema más exquisita de Davos, y la codicia del capitalismo financiero, más o menos confesada, el principal combustible. En esta edición la tecnología ha seguido teniendo una gran consideración, sobre todo con relación al medio ambiente, pero ya no se la concibe como la varita mágica salvadora, como había sucedido anteriormente. Y sin voluntad política ni valores no habrá buenas soluciones. Estos últimos han ocupado incluso debates enteros -uno de ellos presidido por Tony Blair- en los que no han faltado los líderes religiosos. Un teólogo norteamericano recordó el viernes los siete pecados sociales denunciados por Gandhi, que son anillo en el dedo de la actual recesión: política sin principios, comercio sin moral, riqueza sin trabajo, educación sin carácter, ciencia sin humanidad, placer sin consciencia, religión sin sacrificio. Y que, por supuesto, también impugnan la exhibición de riqueza y de poder que se puede ver en Davos.

Un artículo de Lluís Bassets.

¿Me lo vas a publicar?


Un manual para relacionarse bien con los medios


Desde Aristóteles nadie discute que el hombre, como animal político, se distingue sobre todo por su capacidad para comunicarse. Vivimos en la polis porque nos relacionamos. En La retórica, el filósofo teorizó principalmente sobre la persuasión. Ahora el mundo es más complejo. Se ha vuelto más funcional, menos ambicioso de noblezas.

Las masas ya no se rebelan (o casi nunca); muchos creen, incluso, que sólo están ahí para recibir mensajes y obedecerlos. Ciudadanos de un mercadeo universal. El secreto está en usar bien ante esa masa la ya tópica sentencia del gran teórico de la propaganda, Harold Lasswell: quién dice qué a quién, mediante qué canal y con qué resultados. Para que exista comunicación debe haber un emisor, un receptor, un mensaje y un canal a través del cual se enviará ese mensaje.

Antes era sencillo. Llegaba Protágoras a Atenas, corría la voz con emoción -"¡Ha llegado Protágoras!"-, y la gente se amontonaba para regocijarse escuchando al gran sofista. Vivía de su fama y hasta Pericles le hacía encargos. Nada es hoy tan sencillo. Resulta idiota escribir que el trigo ya no se vende en el arca, ni siquiera en el mercado de abastos. Es más fácil (y más frecuente) vender una moto, como suele decirse, que una buena idea, a un candidato respetable o un buen producto.

Tampoco es sencillo saber estar. Hay hombres descorteses por exceso de cortesía, importunos por civilidad, o que por parecer graciosos terminan ejerciendo de bufones de palacio.

La comunicación cambia al ritmo de la sociedad. Las exigencias de emitir y recibir información van parejas a una evolución constante de técnicas y tecnologías. Hablamos de Internet, de la prensa digital, los blogs, la multiplicación de los medios audiovisuales... Todo debería ser hoy más ágil y participativo. La información está al alcance de quien quiera tomarla. Pero la abundancia es una complicación. Lo sufren cada día los gabinetes de comunicación de todo tipo. Este manual de Miguel del Río Martínez ofrece cientos de buenos consejos para relacionarse mejor con los periodistas: saber cómo trabajan, dónde encontrarlos, a qué resortes obedecen mejor...

El título del libro no hace honor a su contenido, porque parecería que es un manual al uso, con más teoría que documentación. Todo lo contrario. Miguel del Río pone el acento, sobre todo, en cómo mejorar la forma de comunicar, utilizando adecuadamente todas las técnicas, y en cómo usarlas en cada momento. El manual tiene muy útiles índices, que se desarrollan en 640 páginas y alrededor de 200 fotografías, imágenes y dibujos.

El primer bloque estudia la figura del jefe de prensa y su relación con los medios: cómo organizar un gabinete y cómo hacerlo eficaz ante las agencias de noticias, los periódicos, las revistas, la radio, la televisión y ante Internet.

Un manual para comunicar bien no puede olvidar, además, las técnicas del buen orador o cómo cuidar la imagen de un hombre público (político, empresario, quien sea que quiera aparecer ante una masa de ciudadanos). Miguel del Río lleva dos décadas al frente del protocolo del Parlamento de Cantabria y conoce o padece de primera mano ese campo. Ha escrito otros libros sobre el asunto.

El manual también incluye detallados consejos para redactar comunicados correctamente, sobre cómo hacer convocatorias de prensa -en qué tipo de salas, con qué iluminación, etcétera-, sobre los medios gráficos y televisivos; como prepararse para las fotos oficiales, o sobre la innovación que supone las pantallas de plasma, los vídeos y los powerpoints. Incluso da buenos consejos sobre las famosas filtraciones, el off the record, el derecho de rectificación y sobre cómo actuar frente a las malas noticias.

Este Manual para comunicar bien da a conocer de forma práctica y gráfica todas estas reglas y técnicas, con consejos, experiencias y dudas. Pero, al final de todo, queda siempre la pregunta al redactor jefe de turno: ¿me vas a publicar lo que te he enviado?

¿Vas a publicar lo que te he enviado? Manual para comunicar. Las técnicas más efectivas para informar en prensa, radio, televisión e internet de Miguel del Río Martínez.

La dificultad de actuar

La dificultad de actuar

Pensar es fácil, actuar, difícil; pero lo más difícil, actuar siguiendo nuestro pensamiento", escribió un Goethe que supo combinar la creación con la actividad político-administrativa.

Para el que disponga de una cierta capacidad intelectual -lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta- y esté algo entrenado -nada se consigue sin constancia-, pese al esfuerzo doloroso que a menudo conlleva, pensar resulta fácil, porque en último término depende de uno mismo. El que se piense solo, aunque siempre en un contexto social, reaccionando ante lo que otros han pensado, facilita mucho las cosas. En cambio, se actúa únicamente con la mediación y el concurso de los otros. La dificultad intrínseca de la acción radica en que realización y resultados dependen de personas que escapan a nuestro control. La acción consiste en motivar a otros a perseguir un objetivo común, que no puede alcanzarse sin el respaldo de los demás.

Influir sobre el comportamiento de los otros suele ser mucho más arduo que hilvanar unas cuantas ideas con pocas probabilidades de que, sea cual fuere la calidad, salgan de un estrecho recinto. Aunque algunas, a veces pasado bastante tiempo, llegan a cambiar el curso de la historia, otorgar la preeminencia al pensar no deja de ser una secuela de la sociedad esclavista griega para la que obrar es el destino de aquellos a los que la naturaleza no los ha dotado de otras facultades. Para unos, lo propio es pensar-mandar, para otros, actuar-obedecer.

La idea de que actuar sea más difícil que pensar sorprende menos si se cae en la cuenta de que la acción rara vez proviene de la iniciativa individual, sino que transcurre por cauces trazados de antemano, que se ajustan a los modos y fines de las instituciones desde las que se actúa. El caso paradigmático es el del funcionario, obligado a someter su acción a normas muy estrictas. El comportamiento del empresario, que suele mencionarse como el opuesto, tampoco escapa a las ideas trilladas ni a los recelos dominantes, por mucho que afirmarlo contradiga los prejuicios que legitiman el orden establecido. Moverse fuera de lo manido suele conducir al fracaso, aunque a veces sea fuente excepcional de éxito.

Tan infrecuentes como los pensamientos originales son las acciones al margen de los canales instalados, pero, nada tan difícil, a la vez que tan raro, como perseguir objetivos que provengan de una reflexión personal. Si además la acción se mueve en el plano de una política que persigue un único afán, llegar al poder y, cuando se ha alcanzado, no perderlo, las complicaciones crecen exponencialmente, alchocar con estructuras consolidadas de poder. Nada más peligroso en política que abandonar la senda marcada para alcanzar objetivos fijados en una reflexión personal. Llega a la cima el político que, ajeno a cualquier originalidad en la acción o en el discurso, se haya identificado por completo con el partido al que pertenece, defendiendo los intereses, pero también estilo y prejuicios de los grupos sociales que representa. Nada perjudica tanto al político profesional, y tal vez no quepa otro tipo, como una acción o un pensamiento fuera de lo esperado, contra los que, no hay cuidado, suele estar muy bien blindado.

La política se ha convertido así en el ámbito del tópico y de la rutina, donde desde un primer momento cabe excluir cualquier sorpresa en el discurso o en los comportamientos. Lo más grave es que esta misma actitud se haya extendido a la información y a los comentarios periodísticos, que se mueven también a piñón fijo. Aumenta así la distancia entre lo que realmente ocurre en un mundo que está cambiando a gran velocidad y la apreciación colectiva que de él se tiene.

Tampoco ha de extrañar que los que han llegado a la cúspide -económica, política, profesional- estén predispuestos a creer firmemente en las ideologías que los favorecen, disponiendo de una amplia gama de mecanismos para difundirlas en todos los niveles. Nos dicen que queda mucho por hacer, que no escasean deficiencias que corregir, incluso inequidades que suprimir, pero en líneas generales, marchamos por el buen camino. El orden social se legitima, si la mayoría cree que es el mejor de los posibles.

Justamente, la distancia creciente entre ideología dominante y realidad vivida explica que las crisis nos pillen de improviso. También a finales de los 80 muy pocos -y la nomenclatura, la que menos- previeron el desplome de la Unión Soviética, "el país más grande y con mayores recursos naturales, con el sistema social más avanzado del mundo", como proclamaban los libros escolares soviéticos.

Vivimos en el mejor mundo posible hasta que de repente asistimos a su derrumbe. Los instrumentos teóricos que sirvieron para apuntalar el orden existente, no valen ya para dar cuenta de su desmoronamiento, y han sido vetados todos aquellos que hubieran podido resultar idóneos. La crisis se manifiesta en que no sabemos lo que pasa de verdad. En los años 30 se conocieron causas y remedios después de haber sufrido grandes catástrofes, la peor la II Guerra Mundial.

Cuanto más alta la posición social de una persona, mayor la desconfianza que ha mostrado en este último tiempo, suspicacia que se ha ido filtrando hacia los estamentos inferiores. La crisis no ha estallado porque los ciudadanos de a pie hayan hecho cola en los bancos para recuperar los depósitos; han sido los bancos, al recelar unos de otros, los que la han puesto de manifiesto. Son los Gobiernos, es decir, los responsables de controlar el sistema financiero, sobre cuya solidez hasta hace bien poco no abrigaban la menor duda, los que han puesto en circulación las mayores sospechas, al anunciar garantías crecientes. Mientras no se conozcan las causas, no cabe recobrar la confianza, y no cabe detectarlas dentro de las coordenadas teóricas que imponen las relaciones de poder que se están desmoronando a ojos vistas.

Entretanto sólo nos queda dejar constancia de algunas paradojas. El Gobierno ultraconservador de Estados Unidos ha cometido el mayor crimen que ha venido denunciado en los últimos decenios: la intervención del Estado en la economía de mercado. Reino Unido no sólo estataliza parte de la banca, sino que el país que con mayor ímpetu ha frenado el proceso de integración, para salir del atolladero defiende ahora una política común europea. El precio del petróleo baja a casi un tercio del que tenía hace dos meses sin detener las continuas oscilaciones de las Bolsas en caída libre.

Veinte años después del desplome de la Unión Soviética, Estados Unidos se tambalea, arrastrando consigo el último resto del mundo bilateral que surgió de la gran crisis de los 30. De la actual saldrá una nueva relación de fuerzas, por lo pronto multilateral, con una mayor presencia de Asia, y sobre todo, nuevas teorías sociales y económicas que respondan mejor al mundo que está emergiendo. Mientras tanto, sin saber cómo capear el temporal, nuestros políticos se han quedado sin discurso, dispuestos incluso a recuperar un keynesianismo imposible en un mundo globalizado, conscientes de que en coyunturas que nadie puede ya prever, perderán el poder, o lo obtendrán, según lo señale la rueda de la fortuna.

Ignacio Sotelo