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House. Una terapia invasiva

House. Una terapia invasiva

House ha vuelto a las noches de Cuatro...


Curar el dolor ajeno, pero ser incapaz de sanar el propio. Desde esta paradoja se cimienta el hilo argumental de House, que en sus ya cuatro temporadas se ha consolidado en las parrillas televisivas como una serie de culto, capaz de convocar a una legión de espectadores entre los que me encuentro.

Frente a otras producciones góticas como Perdidos, construida como una estrella espiral de movimiento infinito, House parte de una estructura narrativa sin estridencias. Una primera trama principal, extendida y climática, ocurre en los boxes de observación y de cuidados intensivos, dando nombre y contenido a todo el capítulo. Y luego existe una segunda, fragmentada y puntual, que sucede en el dispensario de medicina gratuita. Esta actúa como un contrapunto, como un chiste o como un poema breve, actuando como engrase de la primera. No se trata sólo de un divertimiento de los guionistas. Ambas tramas, lineales y acotadas al capítulo, se abrazan y relacionan pero no se confunden, sosteniendo capítulo a capítulo el secreto del éxito de la serie: sus personajes.

Los perfiles humanos que se dibujan son el principal hallazgo de House. Ya desde que nos ponemos frente a la pantalla, nos fascina y nos desborda el trabajo interpretativo de un eficaz Hugh Laurie, capaz de dar vida al antipático doctor y ser, a la vez, el adorable y edulcorado padre del ratoncito Stuart Little. Laurie personifica la metáfora del sanador doliente, pero también la agorafobia hospitalaria; no hay vida más allá de las puertas, la clínica es castigo y a la vez refugio para soportar una existencia miserable. Pero su brutal figura de bastón y moto, su escatología adorable y su despreciable sentido del humor, no ensombrece al resto de quienes conforman el reparto. Son unos secundarios en continua evolución. Nacieron como sparrings necesarios para que el doctor desplegara toda su artillería expresiva, pero capítulo a capítulo han ido creciendo en profundidad, mostrando en ocasiones mejor que el propio House los claroscuros de la mujer y del hombre contemporáneo.

Atmósfera obsesiva. Desde su aparición inicial, Cameron ha dejado de ser una moderna hada caritativa que quiere transformar el dolor en un flujo de bondad, para convertirse en una siniestra y falsamente quebradiza cara de ángel. El rostro triunfante de Chase va perdiendo consistencia, se va cargando de miedos frente al espejo de su jefe. Foreman lucha a duras penas por no convertirse en un House de color, pero a la postre se mimetiza con él, condenado a vivir la misma soledad. Cuddy y Wilson constituyen un mismo personaje duplicado en un hombre y en una mujer. Son su única familia. House los golpea y maltrata, pero ellos lo soportan con la complacencia de una madre y de un padre: lo necesitan para seguir sobreviviendo en esta atmósfera obsesiva.

Estos cinco perfiles han alcanzado una relevancia inusitada a lo largo de toda la serie. Al final de la tercera temporada, los guionistas decidieron dar un giro argumental y disolver el equipo quirúrgico, sustituyendo a los tres acólitos del doctor por un nuevo equipo a partir de un proceso de «selección natural». Pero para todos los espectadores, los fantasmas de Cameron, Chase y Foreman seguían presentes por todo el hospital. Habían alcanzado tal relevancia que la propia serie tuvo que dar una extraña pirueta y reincorporarlos, al menos, al entorno de House. Es verdad que las nuevas incorporaciones constituyen apuestas bien intencionadas, pero aún no acaban de encajar en el engranaje, y en muchos capítulos resultan meros convidados de piedra.

Dentro y fuera. Otro de los aspectos singulares de House es la metáfora de dentro y fuera. Para abordar la enfermedad en su amplitud, no basta con abrir la piel, con extraer un trozo de carne para su análisis en una máquina. Los doctores deben entrar hasta el fondo del paciente, necesitan conocer todos los datos, por muy insignificantes que parezcan. En qué postura hacen el amor, qué tipo de caramelo usan para esconder la halitosis, qué productos de limpieza emplean para limpiar el fregadero. La terapia de House es invasiva. Hay que bucear en el interior para salvar la vida, saltando por encima de las leyes, de las propias convicciones morales, poniendo en juego, si es necesario, su propia integridad física. Si es necesario, hay que inocularse un virus para conocer su eficacia destructiva, probando la terapia de abordaje en su propio cuerpo. Incluso, si no queda otro remedio, hay que subvertir los roles, y dejarse abrir el alma en canal por la propia paciente, como hace el propio House en el capítulo «Un día, Una habitación», dirigido por el argentino Juan José Campanella: debe revelar su propia miseria para poder entrar en la paciente.

En el fondo, a lo largo de la convivencia televisiva con el fenómeno, comprendemos que más allá de la vocación sanadora, House actualiza desde una visión contemporánea el conflicto medieval entre norma y conocimiento. Pero también ahí existe un regusto amargo. Pese al triunfo de la intuición y la inteligencia, persiste una angustia posmoderna de quienes saben que ni siquiera aquel que vence los designios de la naturaleza, aquel que alcanza las máximas cota de prestigio y realización profesional, tiene en su mano la posibilidad de ser feliz. Por eso la trama necesita la cojera, la barba de ocho días, el dolor constante y los narcóticos.

LLagas profundas. Esta mirada plural, ese juego continuo de contrastes, desemboca también en un final contradictorio. En House, la curación de un enfermo no supone la eliminación completa de su dolencia. El tratamiento revela otras llagas más profundas que el equipo de la clínica no podrá sanar. No son dioses, tienen inteligencia pero no la gracia divina. Por eso no es un final feliz, es principio de un relato mucho más complejo que queda levemente apuntado. Será el espectador quien deberá construirlo.

Pablo García Casado

La verdadera historia de los Reyes Magos

La verdadera historia de los Reyes Magos

Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:

- ¿Papa?

- Sí, hija, cuéntame

- Oye, quiero… que me digas la verdad

- Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido

- Es que… -titubeó Blanca

- Dime, hija, dime.

- Papá, ¿existen los Reyes Magos?

El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.

- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?

La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:

- ¿Y tú qué crees, hija?

- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.

- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero…

- ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!

- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca .

- Entonces no lo entiendo. papá.

- Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.

Blanca se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:

- Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:

- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.

- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.

Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:

- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.

Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:

- Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?

- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero. no podemos tener tantos pajes., no existen tantos.

- No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.

- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.

- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.

- Sí, claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes.

- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?

- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres.

- Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?

Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:

- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.

Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:

- Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.

Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:

- No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.

Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

El atronador silencio de Salinger

El atronador silencio de Salinger


El autor de ’El guardián entre el centeno’ cumple 90 años rodeado de misterio - Recluido desde mediados de los cincuenta, no ha publicado una línea desde 1965


Jerome David Salinger, el más íntimo de los escritores famosos contemporáneos, cumplió ayer 90 años. Es un autor escondido, pero genera una industria popular de fanáticos, críticos y comentadores, la Industria Salinger, de la que alguna vez habló George Steiner. Mítico desde la publicación de The Catcher in the Rye en 1951 (El guardián entre el centeno, 1978, traducción de Carmen Criado), ha demostrado la voluntad violenta de mantenerse a salvo del fervor público, hasta desaparecer en defensa de su vida privada. En tiempos de manía publicitaria, exhibicionista, J. D. Salinger ha eludido combativamente la intromisión espectacular de periódicos y televisiones. Ha pleiteado contra sus biógrafos. Ha sufrido las indiscreciones autobiográficas de mujeres que lo tuvieron cerca y han practicado con el escritor el género Kiss and tell, o "besa al famoso para después contarlo", incluso desde un punto de vista filial.

Fue un niño neoyorquino de 1919, hermano de Doris, nacida en 1911, hijos de padre americano de religión judía y madre de ascendencia irlandesa-escocesa. El padre, dedicado a la importación de jamones, fundó una familia bien en Park Avenue. No destacó en los estudios el joven Salinger, que acabó en una academia militar de Pensilvania, donde escribió un himno para la entrega anual de diplomas. Completó su formación en Europa: Viena, París, Londres y Varsovia. Se preparaba para heredar los negocios del padre, pero fundamentalmente escribía cuentos rechazados por las mejores revistas. Pasó nueve semanas en una universidad menor del este de los EE UU, escribiendo críticas de cine para la revista estudiantil. Antes de irse a la guerra, le vendió a la revista The New Yorker un relato que no sería publicado hasta 1946. Soldado voluntario, prestó servicios de contraespionaje en Inglaterra, desembarcó en Normandía el 6 de junio de 1944, y persiguió agentes de la Gestapo y colaboracionistas franceses.

Su primer éxito fue el cuento Día perfecto para el pez plátano, de 1948, siempre en su revista, The New Yorker, y en torno a su gran héroe, Seymour Glass, veterano de guerra y suicida inocente. Salinger ha escrito de la alegría de la victoria y la depresión después de la acción. Venían tiempos de guerra fría, opresión silenciosa y cacería de izquierdistas sospechosos de no estar contentos con la realidad obligatoriamente feliz. Renunció desde el principio a la vida pública de escritor. No quería giras de presentación de libros, ni conferencias, ni congresos universitarios o municipales. Le cayó encima el irritante triunfo de El guardián... Siguió fabulando sobre la desastrosamente luminosa familia Glass, hasta su último relato conocido, de 1965, Hapworth, 16, 1924.

Empezaron a circular ediciones piratas, perseguidas a instancias de Salinger, secuestradas por los jueces. Su única entrevista fue concedida por teléfono a un periodista del New York Times, en 1974. Salinger, que había solicitado hablar con el periódico a propósito de su silencio, declaró que editar sus cuentos sin permiso suponía "una terrible invasión de mi vida privada". Amenazó con acciones legales a las universidades que, al otorgarle un premio, usaban su nombre. Cuando lo fotografiaron a la salida de un supermercado reaccionó airadamente contra quien se atrevía a molestarlo.

Inventó una generación silenciosa de jóvenes felices, con dinero, los primeros consumidores natos, incómodos en el nuevo bienestar de masas y urbanización de clase media, paraíso de hipermercado, patria, familia, patrimonio y religión. Escribió alegremente una historia de la intimidad nacional. Nueva York y Nueva Inglaterra se convirtieron en el sueño universal. John Updike dijo que Salinger prestaba atención extrema al gesto y al tono. Lo compararon con Mark Twain y Nathaniel Hawthorne, con Herman Melville y Scott Fitzgerald. Contaba la tragedia y la comedia de la imparable pérdida de la inocencia, la imposibilidad de crecer sin dolor, sin romperse. Madurar era caer en la corrupción insensible de los adultos. Creó, como todo escritor esencial, un lenguaje nuevo, infantilmente radical, que separaba tajantemente lo bueno y lo malo, según los dictados del joven Holden, héroe y narrador de El guardián... Todo es phony (falso, gastado, hipócrita, insoportable, repugnante) o nice (bueno, divertido). Hizo la primera crónica de la adolescencia con dinero, consumidora de productos industriales y lenguajes que se venden como productos, antecedente de la rebelión juvenil y universitaria de los años sesenta y setenta.

Su último relato fue la carta que desde Hapworth, campamento de verano, manda Seymour Glass a sus padres. Le duele a Seymour no estar en su casa, y la obligación de aprender a ser mayor en contacto con seres de su edad, porque los niños de Salinger son criaturas prodigio, escritores y actores precoces, políglotas con superpoderes, campeones del baile y el deporte, desgraciados, futuros suicidas. "Pocos de estos niños magníficos, saludables y a veces muy guapos, madurarán. La mayoría -doy mi desgarradora opinión- se limitará a envejecer", escribía Seymour, a sus siete años.

Justo Navarro es escritor.

Europa, parque temático

Europa, parque temático


"Creemos que en el año 2025, Europa habrá hecho escasos progresos a la hora de lograr ser un actor cohesionado, integrado e influyente, capaz de emplear de forma autónoma un amplio rango de instrumentos políticos, económicos y militares en apoyo de sus intereses y valores". Ésta es la visión del futuro de Europa plasmada en el informe del Consejo Nacional de Inteligencia estadounidense, hecho público recientemente. A la CIA se le pudo pasar por alto el colapso de la Unión Soviética, no anduvo muy fina en tiempos de la invasión de Kuwait y tampoco es que hilara muy fino en la reciente guerra entre Rusia y Georgia. Eso sí, el declive europeo no les va a pillar desprevenidos. Una de dos: o la CIA ha tenido un fogonazo de clarividencia o los europeos disimulamos muy mal. Juzguen ustedes.

Pero no es sólo la CIA quien piensa así, sino también el resto del mundo. Recientemente, la Fundación Bertelsmann hizo una encuesta a 8.999 ciudadanos de nueve países: Alemania, Brasil, China, Estados Unidos, Francia, India, Japón, Reino Unido y Rusia. En una de las preguntas, los encuestados tenían que responder qué países creían que iban a ser potencias mundiales en el año 2020. La respuesta fue para sonrojarse: sólo el 9% de los indios, el 10% de los brasileños, el 13% de los rusos, el 20% de los japoneses, el 25% de los estadounidenses o el 29% de los chinos creían que Europa iba a ser un actor global en 2020. Raro acuerdo respecto a Europa, pero también, lógicamente, respecto a China en sentido inverso, ya que todo el mundo descontaba que China sí sería una potencia en 2020.

No es un secreto que China también ha percibido la debilidad que emana de la división europea y que, como vienen haciendo los rusos desde algún tiempo, está comenzando a cogerle el gusto a esto de observar a los europeos pelearse entre ellos por ver quién da más a cambio de menos. Esta semana pasada, China tomó la decisión de cancelar la cumbre UE-China, de importancia estratégica para Europa en un momento de aguda crisis económica. Pekín ha alegado que la reunión de Nicolas Sarkozy con el Dalai Lama es una ofensa mayúscula a su soberanía. Sin embargo, la decisión china no sólo es sorprendente, sino absurda.

En primer lugar, Sarkozy estaba invitado a una reunión en Varsovia con premios Nobel de la Paz, lo que obviamente incluye al Dalai Lama que, por cierto, es el líder mundial mejor valorado. En segundo lugar, ningún país europeo apoya otra cosa que un diálogo entre el Dalai Lama y las autoridades chinas que lleve a la concesión de un régimen de autonomía para Tíbet, todo ello en un marco de renuncia expresa a la violencia (en realidad, ni siquiera el Dalai Lama reclama ya la independencia de Tíbet). Peor aún, la decisión china se ha producido justo unos días después de que el Gobierno británico anunciara públicamente el cambio de su posición histórica sobre Tíbet, reconociendo la pertenencia de este territorio a China. Un cambio de 180 grados, a cambio de nada, gratis total. Una vez más, Pekín pone de manifiesto que le encanta enseñar los dientes a quien puede, no a quien quiere, porque Bush también recibe al Dalai Lama y, sin embargo, China no adopta represalia alguna contra Washington.

Según las estimaciones de la consultora Goldman Sachs, la economía china alcanzará a la alemana en 2010 y a la japonesa en 2015 (de hecho, ya ha alcanzado a la italiana, francesa y británica). La cosa cambia cuando consideramos a Europa en su conjunto, ya que entonces China no estaría en condiciones de igualar económicamente a la UE, ni a Estados Unidos, hasta el año 2035. No hay que ser muy perspicaz para ver que EE UU tiene todavía por delante más de 25 años para intentar influir sobre China mientras que Europa carece de margen en tanto no actúe unida.

2020-2025 es el horizonte analítico que se ha planteado el Grupo de Reflexión sobre el futuro de la UE que lidera Felipe González. El Grupo tendrá que presentar sus conclusiones durante la presidencia española de la UE, en el primer semestre del año 2010. Lo primero que debería plantearse el Grupo y a su vez trasladar a la opinión pública europea es una pregunta muy simple: ¿quiere usted que Europa sea relevante en el mundo de 2020? ¿O se conforma con ser un parque temático de la diversidad cultural y el gasto social para el resto del mundo?

José Ignacio Torreblanca

Pérdidas y ganancias

Pérdidas y ganancias


El Roto

Aún lejos de un verdadero Estado federal

Aún lejos de un verdadero Estado federal

Tras treinta años de Constitución, en la cultura política española domina el regateo bilateral. El federalismo sólo llegará cuando se asuma la primacía de la cooperación multilateral en beneficio de todos


Se cumplen tres décadas de vigencia de la Constitución de 1978 y ya se dispone de perspectiva suficiente para analizar el grado de eficacia de un modelo de Estado compuesto que para algunos es casi federal y para otros sencillamente muy descentralizado. Culminado el proceso de actualización de los estatutos, de no mediar sentencia del Tribunal Constitucional que modifique sustancialmente el contenido del de Cataluña, y por analogía otros, y tras la futura revisión del modelo de financiación, podrá decirse que el Estado autonómico será formalmente más federal que antes de las reformas. Sin embargo, sigue faltando mucho para un funcionamiento realmente más federal entre las partes que son Estado.

Lo primero que hay que constatar es que, pese a todo, el proceso seguido en España, original por cuanto se han modificado estatutos de autonomía sin modificar la Constitución, supone avances positivos y que las reformas propuestas por los Parlamentos regionales han contado con amplio apoyo. Pero ese proceso sigue sin concitar consenso, ni en la valoración de sus consecuencias ni en su interpretación. Para algunas expresiones nacionalistas en Cataluña no es más que una etapa más, insuficiente, y ya anuncian nuevas iniciativas y demandas. Por su parte, los nacionalistas vascos ni siquiera consideran la posibilidad de reforma del actual Estatuto de Gernika como su mejor opción a medio plazo, sino que incluso han llegado a proponer un escenario de consultas dentro de un supuesto "derecho a decidir del pueblo vasco" que no tiene precedente en las democracias maduras occidentales, se aleja del marco establecido en la Constitución española (así lo ha entendido el Tribunal Constitucional) y recuerda más bien el largo contencioso canadiense. Y para algunas expresiones del nacionalismo español este proceso supone la ruptura de España como nación, por lo que anuncian riesgos de fragmentación e incluso "balcanización".

No obstante, ha prevalecido la opción de quienes pensaban que la perspectiva de décadas de experiencia, como miembro de la Unión Europea y como Estado compuesto, la propia jurisprudencia del Tribunal Constitucional y la velocidad de los cambios sociales y económicos en curso aconsejaban una amplia puesta al día.

Un proceso tan ambicioso de reforma de estatutos de autonomía no está exento de riesgos e incertidumbres. En primer lugar, los gobiernos locales han quedado, de nuevo, al margen y siguen esperando su particular transición y acomodo en el nuevo Estado autonómico. En segundo lugar, el establecimiento en los estatutos de compromisos de asignación de inversión regionalizada del Estado en algunas comunidades, sea como porcentaje del PIB, sea como porcentaje de población u otros, contribuye al desarrollo de discursos de agravio comparativo y de asignación de recursos que dependerán mucho de la coyuntura y de compromisos políticos bilaterales. En tercer lugar, la inclusión de cláusulas estatutarias que de facto suponen intentos de "blindaje" imposibles por distintas comunidades autónomas en materia de gestión de recursos hídricos, poco tiene que ver con la forma en la que se abordan estas cuestiones en Estados federales de larga tradición. En cuarto lugar, el proceso de reforma estatutaria no ha sido aprovechado para abordar de forma simultánea una reforma profunda de la propia Administración General del Estado y para haber alcanzado un amplio consenso político sobre la creación o consolidación de anclajes federales claros y aceptados por todos.

Pero el riesgo mayor es que prevalezca la relación bilateral Gobierno central-comunidad autónoma en detrimento de visiones y actitudes más acordes con la existencia de gobiernos multinivel y con contextos crecientemente interdependientes. Esta circunstancia puede contribuir a devaluar figuras esenciales como la Conferencia de Presidentes o las Conferencias Sectoriales Intergubernamentales, o incluso a hablar de posible debilitamiento del marco federal (multilateral por definición) en favor de un escenario de relaciones bilaterales de aroma "confederalizante".

Seguimos instalados en la cultura de la relación (o la confrontación) bilateral. Casi todos viven mejor en ese ambiente. A corto plazo simplifica el proceso de toma de decisiones a los gobiernos concernidos y la opacidad favorece la discrecionalidad. Pero a medio plazo pueden consolidarse prácticas, decisiones y compromisos que resten coherencia a las políticas y a los procesos de toma de decisiones. Y ésta es una deriva tan persistente como preocupante. Por eso, cualquier avance en el ámbito de una cultura verdaderamente federal será positivo. Es un recorrido que habrá que hacer sin dramatismos ni apelaciones a esencialismos. Con normalidad y pragmatismo. Como ocurre en otros Estados de tradición federal que afrontan debates sobre competencias, financiación, fiscalidad o gestión de recursos hídricos. Y en todo caso, siempre cabe el recurso de la revisión consensuada de aquellos aspectos que supongan pérdida de eficacia o incluso riesgo de bloqueo a medio plazo y, por supuesto, siempre es posible apelar en última instancia al órgano jurisdiccional para delimitar competencias.

Sea como fuere, ello no habilita a nadie para anunciar de forma anticipada riesgos de fragmentación del Estado o situaciones irresolubles derivadas de la aplicación de los estatutos reformados. Todo lo contrario. El camino hasta ahora recorrido en la construcción de un Estado compuesto desde la existencia de un modelo de Estado-nación tradicional adquiere trascendencia histórica y ahora se ha dado un paso más en la dirección adecuada. Pero como todo proceso abierto no ha estado exento de dificultades, desencuentros y conflictos. Y así será en el futuro.

El nuevo contexto sitúa a la Administración General del Estado ante un escenario muy diferente. Sus capacidades ejecutivas quedarán sensiblemente reducidas y sus posibilidades para elaborar legislación básica, mucho más acotadas. Verá reducido su espacio de decisión unilateral, el proceso de toma de decisiones será más complejo y ello le obligará a imaginar nuevos métodos de coordinación y cooperación, impulsando con mayor decisión el funcionamiento de los mecanismos multilaterales ya existentes. La Administración General del Estado tendrá que ser capaz de superar su actitud desconcertada y defensiva y adoptar una posición mucho más proactiva acorde con la nueva realidad plasmada en el bloque de constitucionalidad.

Pero este nuevo contexto también exige a las comunidades autónomas el abandono de posiciones victimistas.

Tan contraproducentes resultan comportamientos, aún presentes en la política cotidiana de la Administración General del Estado, del tipo "de España me ocupo yo", como las actitudes de esos representantes de gobiernos autónomos que se comportan como poderes regionales "en burbuja", como "Estados-Región". Son los que no entienden la relación con el Gobierno central más que como mera "relación comercial", pretenden hacer de la Administración General del Estado en su comunidad autónoma una mera rareza "residual" o parecen estar diciendo "ya que no podemos marcharnos de España, hagamos que España se marche de nuestra comunidad autónoma". Unos y otros están muy alejados de la cultura federal. Tendrán que hacer de la coordinación y la cooperación una costumbre y para ello una condición necesaria sería que los partidos abandonasen la estrategia de la polarización política.

La nueva distribución de poder político obliga a explorar y a reforzar el Estado autonómico en clave federal. Se necesitan más gestos federales y más cultura federal. Federal, entendido como sinónimo de cultura del pacto (foedus), de lealtad constitucional e institucional, de coordinación y cooperación vertical y horizontal entre esferas y niveles de Gobierno, de respeto mutuo, de claridad, de transparencia en la información, de multilateralismo, de equidad, de cohesión territorial, de corresponsabilidad, de solidaridad... Pero también de autonomía política y de capacidad para desarrollar políticas públicas diferentes en y desde las distintas esferas de gobierno. Y si el término federal supone algún problema, no importa. Sigamos hablando de Estado autonómico.

Joan Romero es catedrático en la Universidad de Valencia y autor del libro España inacabada.

Combatir la pobreza, construir la paz

Combatir la pobreza, construir la paz

En el mensaje de hoy 1 de enero, Jornada Mundial de la Paz, el papa Benedicto XVI afronta el problema de la pobreza creciente de la mayor parte de la humanidad en un mundo donde el avance de las tecnologías y los intercambios de la globalización permitirían erradicar el hambre con los recursos ya disponibles.

Como venían haciendo los papas anteriores, Benedicto XVI señala con claridad las causas del empobrecimiento de la mayoría de la población mundial: un sistema financiero especulativo, las injustas relaciones comerciales que oprimen a los países productores de materias primas, la exclusión de las nuevas tecnologías y las políticas de los organismos internacionales que apuestan por la eliminación de los pobres mediante políticas de control demográfico, en lugar de por el reparto de la riqueza.

El mensaje del papa destaca por la fuerza de la verdad, basada en la evidencia de los hechos, y por la esperanza que transmite a la Iglesia y a la humanidad. Recuerda que todos los datos muestran que hay recursos suficientes para todos y que basta un cambio ético efectivo hacia la solidaridad entre todos pueblos para poder alcanzar la paz y el desarrollo de todos; para ello es necesaria una profunda reforma de los mecanismos económicos y de la lógica política en que se viene gobernando la tierra. Para alcanzar esta nueva lógica es necesario salir del asistencialismo que relega a los pueblos dejándoles al margen de unos programas de ayuda que no cuentan con su protagonismo, y apostar por el desarrollo integral y solidario protagonizado por la sociedad, como ya apuntaban Pablo VI y Juan Pablo II.

Es necesaria la movilización política de los cristianos y personas de buena voluntad, para llevar adelante esta lucha que el papa señala como una tarea principal de la sociedad fomentando así el protagonismo de los pueblos, frente a la tiranía de Estado y el Mercado.

Mensaje del Papa

2009

2009