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Los límites de la discrepancia

LOS efectos de la radicalización política de la pasada legislatura no van a desaparecer por arte de magia. Las formas, por el momento, han mejorado en alguna medida pero la situación sigue siendo preocupante. La idea de reproducir en esta legislatura, con el mismo «dramatis personae», la misma dialéctica, que hemos venido sufriendo durante largos años, genera desconsuelo, inquietud y sobre todo un profundo aburrimiento. Sería -no lo será- verdaderamente cansino.

La radicalización se ha instalado en el conjunto de la sociedad española con una sola e importantísima excepción que hay que destacar desde el primer momento: el diálogo social, un diálogo en el que los sindicatos y los empresarios vienen dando un esplendoroso ejemplo de convivencia civilizada y eficaz. Son dos estamentos que merecen un especial reconocimiento porque están ayudando de una forma decisiva a nuestro desarrollo económico. Sin el clima que han sabido crear -y recrear cuando ha sido necesario- nuestra situación actual no sería ciertamente la misma sino claramente peor. Mirando al futuro, ese buen diálogo, es uno de nuestros activos más sólidos y más serios.

Los ejemplos negativos desgraciadamente son muchos. Los más importantes afectan a tres áreas: lucha antiterrorista, política exterior y justicia. Vamos a ver si en todos ellos podemos cambiar la deriva actual porque si tuviéramos éxito, España daría un salto de gigante en todos los órdenes. ¿Cómo hacerlo? Empecemos por recordar que el derecho a discrepar, siendo como es un derecho básico en política, no es un derecho absoluto entre otras cosas porque ningún derecho lo es. Hay temas en los que, al estar afectado el interés público de una forma directa, clara, intensa y dramática, ese derecho a discrepar desaparece o se limita substancialmente. Tenemos que volver a recordar, en este sentido, que la democracia no es un sistema que permita que todos estamos de acuerdo, sino justamente a convivir en desacuerdo. Y en ese ejercicio de convivencia la obligación de consensuar habrá que respetarla y asumirla cuando llegue el momento. Y el momento ha llegado y parece, además, muy propicio.

En el tema del terrorismo se ha llegado a límites de ceguera e irresponsabilidad absolutas. El símbolo más doloroso es la existencia de organizaciones rivales de apoyo a las víctimas que se han radicalizado aún más que los propios partidos políticos. Pero el problema más grave es, desde luego, la ausencia de un pacto contra el terrorismo, y es ahí donde deben centrarse todos los esfuerzos para un consenso amplio y sincero. Ya no es cuestión de buscar inocentes o culpables. La única cuestión es llegar a un acuerdo sin más excusas ni dilaciones. Lo exige la ciudadanía en su conjunto y en su consecuencia los dos partidos mayoritarios tendrán que ponerse a ello en el plazo más breve posible y si no logran el objetivo habrá que organizar, desde la sociedad civil con el apoyo de los medios de comunicación, la presión necesaria para recordarles, sin cesar, su compromiso. Tienen que sentirse forzados a hacer lo que irremediablemente tendrán que hacer. Es una obligación política y ética.

En materia de política exterior parece claro que es el Gobierno a quien corresponde fijar las prioridades y las estrategias pero aún así -y parece que se está en ello- tiene que buscarse un consenso en las áreas principales: apoyo a países subdesarrollados con especial atención a África e Iberoamérica; impulso a las relaciones con los países del eje del Pacífico que van a ser la clave económica decisiva en las próximas décadas; mayor y mejor presencia política en Europa; normalización completa de las relaciones con los EE.UU., un país con el que deberíamos colaborar en Iberoamérica, Europa y Medio Oriente de forma intensa; cuidado especial de los vínculos con nuestros países vecinos; acentuar el aspecto económico de nuestras relaciones exteriores; desarrollar por fin una diplomacia parlamentaria seria.

La politización de la justicia está creando situaciones aberrantes y peligrosas. No es, desde luego, un tema fácil de resolver pero al igual que en el caso de la lucha contra el terrorismo, los partidos políticos no tienen otro remedio que llegar a acuerdos estables y el estamento judicial tendrá que colaborar iniciando un proceso autocrítico profundo. Están sucediendo cosas que dañan todo el sistema institucional en su conjunto y generan una imagen triste de nuestro país. No podemos tolerar que las cosas continúen así. Si los partidos no son capaces de encontrar soluciones con prontitud habrá que buscar otros caminos que incluyan, por ejemplo, fórmulas de arbitraje.

Hay sin duda otros muchos temas (entre ellos emigración, nacionalismos, estrategia económica) en los que la radicalización política está generando daños a la convivencia ciudadana y al interés del país. Esa radicalización no es un ejercicio sin consecuencias. No es algo gratuito. La sociedad civil española tendrá que organizarse para evitar estos abusos del estamento político que parece incapacitado para reaccionar con un mínimo de sentido común y de grandeza. Para que se produzca alguna reacción positiva los medios de comunicación van a tener que cumplir un papel radicalmente diferente al actual y recuperar la pasión por lo objetivo y por lo justo. Se han convertido, sin excepción, en instrumentos multiplicadores de actitudes sectarias y mejoran con mucho la agresividad y la violencia verbal de los líderes políticos. Lo que agrava esta situación es que ni los medios de comunicación ni los partidos políticos toleran la más mínima neutralidad en el conflicto. O se está con ellos del todo dándoles la razón absoluta o se está contra ellos y se pagan -como ya saben algunos- las consecuencias. Un país como Alemania, al sentir que los problemas económicos y sociológicos complicaban su posición en el mundo, buscó en la «grosse koalitionem» una solución radical que, por el momento, les va dando resultados muy positivos. No es cuestión de sugerir una solución similar en España -aunque a mucha gente le gustaría- pero sí de plantearnos en serio cómo recuperar un funcionamiento político razonable. Vamos a vivir una época difícil. El largo proceso de crecimiento económico va a dar paso a una desaceleración cuya profundidad y consecuencias es muy difícil de valorar. Ello puede añadir -démoslo por seguro- más dificultades y más tensiones. No juguemos más con fuego. La ciudadanía española -lo digo con el mayor convencimiento- no se lo merece.

Antonio Garrigues Walker es jurista.

Más pobres que nunca

Más pobres que nunca


Paul Collier, profesor de economía en Oxford, explica en ’El club de la miseria’ (editorial Turner) por qué, pese a que el progreso llega también al Tercer Mundo, hay aún mil millones de personas que viven en condiciones de extrema pobreza


El Tercer Mundo se ha reducido. Durante los últimos cuarenta años, el desafío del desarrollo consistió en el enfrentamiento entre un mundo rico de mil millones de personas y otro pobre de cinco mil millones. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio fijados por las Naciones Unidas para supervisar el progreso en materia de desarrollo hasta 2015 sintetizan ese enfoque. Sin embargo, cuando lleguemos a 2015, esta forma de considerar el desarrollo se habrá quedado obsoleta. La mayoría de esos cinco mil millones, un 80%, vive en países que, efectivamente, están desarrollándose, y con frecuencia a una velocidad increíble. El verdadero desafío del desarrollo viene planteado por la permanencia en los últimos puestos de la economía mundial de un grupo de países rezagados y, en no pocos casos, sumidos en un estrepitoso fracaso.

Este auténtico club de la miseria convive con el siglo XXI, pero su realidad es la del siglo XIV: guerras civiles, epidemias, ignorancia. La inmensa mayoría de sus miembros se concentra en África y Asia central, a los que hay que añadir algunos casos aislados en otras latitudes. Incluso en la década de 1990, que en retrospectiva se antoja una etapa dorada entre el final de la guerra fría y los atentados del 11 de septiembre, las rentas en ese grupo disminuyeron en un 5%. Tenemos que acostumbrarnos a invertir las cifras a las que estábamos habituados: ahora hay un total de cinco mil millones de personas que ya son prósperas o, cuando menos, van camino de serlo, y mil millones que están estancadas en la miseria.

Es un problema importante, y no sólo para esos mil millones de personas que viven y mueren en condiciones propias de la Edad Media, sino también para nosotros. El mundo del siglo XXI, este mundo de bienestar material, viajes internacionales e interdependencia económica, será cada vez más vulnerable ante estas grandes bolsas de caos económico y social. Y el problema es importante ahora mismo, pues, a medida que los países del club de la miseria se vayan descolgando de una economía mundial cada vez más compleja, la integración les resultará cada vez más difícil. Sin embargo, éste es un problema que los que se dedican al desarrollo, tanto en su vertiente empresarial como en la propagandística, se niegan a reconocer. La vertiente empresarial la integran los organismos de cooperación y las compañías que obtienen los contratos para los proyectos de las primeras. Ambos se oponen, con tenacidad de burócratas que ven peligrar su estatus, a la tesis que vengo formulando, pues prefieren que las cosas se queden tal como están. Una definición de desarrollo que englobe a cinco mil millones de personas les da vía libre para introducirse en todas partes o, mejor dicho, en todas partes menos en el club de la miseria. Ahí, en el furgón de cola de la economía mundial, las condiciones son bastante duras. Todos los organismos de desarrollo tienen dificultades para que su personal acepte trabajar en Chad o en Laos; los destinos más glamourosos son China o Brasil. El Banco Mundial tiene grandes oficinas en todos los países de renta media de cierta importancia, pero ni un solo funcionario en la República Centroafricana. Así pues, que nadie espere que el brazo empresarial del desarrollo vaya a cambiar de enfoque por iniciativa propia.

La propaganda del desarrollo la generan las estrellas de rock, los famosos y las ONG, y, dicho sea en su honor, sirve para centrar la atención en la situación desesperada de los miembros del club de la miseria. Gracias a su labor, África figura en la agenda del G-8. Sin embargo, este brazo propagandístico del desarrollo, obligado a generar eslóganes, imágenes e indignación, no tiene más remedio que simplificar sus mensajes. Por desgracia, aunque la penosa situación de los mil millones más pobres del mundo se presta a simplezas moralizantes, las soluciones exigen algo más. Estamos ante un problema que debe abordarse mediante varias medidas simultáneas, algunas de ellas aparentemente contrarias al sentido común, y no podemos basar la estrategia en esta especie de farándula del desarrollo, que en ocasiones es todo corazón y nada de cabeza.

Por lo que respecta a los Gobiernos de los países más pobres, las condiciones imperantes propician los casos extremos. A veces sus dirigentes son psicópatas que han llegado al poder mediante el asesinato, otras veces son sinvergüenzas que lo han hecho a base de comprar a todo el mundo, y otras son personas valerosas que, por increíble que parezca, se empeñan en construir un futuro mejor para su país. En estos Estados, la apariencia de gobierno moderno no es en ocasiones más que una simple fachada, como si sus dirigentes representasen un papel teatral. Se sientan a las mesas de negociación internacionales, como la Organización Mundial de Comercio, pero no tienen nada que negociar. Ni siquiera cuando sus sociedades se van a pique dejan de ocupar esos sillones: años después de que el Gobierno de Somalia dejara de existir como tal, sus "representantes" oficiales todavía se presentaban en los foros internacionales. Por consiguiente, no cabe esperar que los Gobiernos de los países del club de la miseria vayan a unirse para formular estrategias de tipo práctico: se encuentran divididos entre héroes y villanos, y de algunos apenas si puede decirse que ejerzan un poder real. Para que en el futuro nuestro mundo sea habitable, los héroes deberán hacerse con la victoria, pero los villanos cuentan con las armas y con el dinero, y por ahora van ganando. Así seguirán las cosas a menos que cambiemos radicalmente de enfoque.

En su día, todas las sociedades fueron pobres, pero la mayoría está levantando cabeza; ¿por qué las demás no lo consiguen? La respuesta está en las trampas. La pobreza en sí no es una trampa; de lo contrario, todos seguiríamos siendo pobres. Visualicemos, por un momento, el desarrollo como una serie de toboganes y escaleras. En el moderno mundo globalizado existen algunas escaleras fabulosas: la mayoría de las sociedades las está utilizando para subir. Pero también hay unos cuantos toboganes, por los que se precipitan ciertas sociedades. Los países más pobres son una minoría sin suerte, y además están estancados. (...)

Esta brecha entre los mil millones de miserables y los demás países en vías de desarrollo, ¿ha existido siempre o se ha abierto porque los primeros se han quedado atrapados? Para averiguarlo hay que desglosar las estadísticas que se han venido usando en la descripción de aquellos que venimos catalogando como "países en vías de desarrollo". Pongamos un ejemplo hipotético. Prosperia es un país con una boyante economía que crece a un ritmo del 10%, pero tiene pocos habitantes. Catastrofia tiene una pequeña economía que decrece a un 10%, pero su población es numerosa. El método habitual, el que usa, por ejemplo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su publicación bandera, el World Economic Outlook, es calcular el promedio de cifras relacionadas con el tamaño de la economía de un país. En virtud de este método, la economía de Prosperia, grande y pujante, introduce un sesgo al alza y hace que suba la media, de tal forma que, considerados a la par, los dos países aparecen como economías en crecimiento. El problema es que este método describe lo que ocurre desde el punto de vista de la unidad de renta, no desde la perspectiva del individuo. La mayoría de las unidades de renta están en Prosperia, pero la mayoría de las personas están en Catastrofia. Si lo que queremos es describir cómo vive el habitante tipo de los países del club de la miseria, tendremos que manejar cifras basadas en la población de un país, no en su renta. ¿No da lo mismo? Si, tal y como sostengo en este libro, los países más pobres están efectivamente descolgándose del resto, la respuesta es que no, no da lo mismo, porque los promedios en función de la renta niegan toda importancia a estos países. La experiencia de sus habitantes no cuenta gran cosa precisamente porque son pobres: su renta es insignificante.

Si promediamos los datos como es debido, ¿qué nos encontramos? Los países en vías de desarrollo que no forman parte del club de la miseria, los cuatro mil millones que están en medio, han experimentado un crecimiento rápido y acelerado en materia de renta per cápita. Veámoslo década por década. En la década de 1970 crecieron a un 2,5% anual, un ritmo esperanzador pero no extraordinario. En las décadas de 1980 y 1990, el crecimiento se aceleró hasta llegar a un 4%. Durante los primeros años del presente siglo volvió a acelerarse hasta el 4,5%. Puede que estos índices no resulten sensacionales, pero no tienen precedentes en la historia. Significan que los niños de esos países van a tener unas vidas adultas radicalmente diferentes: siguen siendo pobres, ofrecen motivos para la esperanza: el tiempo juega a su favor.

¿Qué ha ocurrido, en cambio, con los países del club de la miseria? Analicémoslo de nuevo década a década. Durante la década de 1970, su renta per cápita creció un 0,5% anual, de modo que en términos absolutos mejoraban ligeramente, pero a un ritmo apenas perceptible. Dada la elevada inestabilidad de las rentas individuales en estas sociedades, lo más probable es que esa ligera tendencia general hacia la mejora haya quedado sepultada bajo los riesgos individuales. En el clima social habrán pesado más los miedos individuales a caer que la esperanza que pudiera derivarse del progreso de la sociedad en su conjunto. En la década de 1980, el rendimiento de los países más pobres del mundo empeoró muchísimo y sus economías decrecieron un 0,4% anual; en términos absolutos, a finales de esta década habían retrocedido al nivel de 1970. La única experiencia económica de quienes vivieron en estas sociedades durante ese periodo de veinte años fue la volatilidad: a unos les fue bien, y a otros, fatal. Desde el punto de vista del conjunto de la sociedad, no había ningún motivo para la esperanza. Entonces llegó la década de 1990 -ese intervalo entre la guerra fría y el 11 de septiembre-, que, visto ahora, se nos antoja una década dorada: la década de los cielos despejados y los mercados en auge. Para los mil millones del club de la miseria, sin embargo, no fue tan dorada: el ritmo de crecimiento negativo de sus países se aceleró hasta llegar al 0,5% anual, es decir, que al terminar el milenio eran más pobres que en 1870. (...)

No vamos a conseguir que la pobreza "pase a la historia" a menos que las economías de los países del club de la miseria empiecen a crecer, y no van a crecer sólo porque los convirtamos en Cuba. Cuba es un país igualitario, de renta baja y económicamente estancado, que cuenta con buenos servicios sociales. Si los países más míseros imitaran a Cuba, ¿solucionarían así sus problemas? Pienso que la inmensa mayoría de los habitantes de esos países -y hasta la inmensa mayoría de los cubanos- lo consideraría un fracaso sin fin. A mi modo de ver, de lo que se trata en materia de desarrollo es de infundir en la gente la esperanza de que sus hijos van a vivir en una sociedad que se ha puesto al nivel del resto del mundo. Si se acaba con esa esperanza, los individuos más inteligentes no dedicarán sus energías a desarrollar su sociedad, sino a escapar de ella, tal y como han hecho millones de cubanos. Para que esas sociedades alcancen al resto del mundo tendrán que aumentar radicalmente su ritmo de crecimiento. El hecho de que lleven tanto tiempo estancadas indica que va a ser una labor difícil. ¿Qué podemos hacer, aparte de preocuparnos?

El problema de los mil millones de habitantes del club de la miseria es grave, pero se puede solucionar. Es mucho menos imponente que los dramáticos problemas que se superaron en el siglo XX: las enfermedades, el fascismo y el comunismo. Eso sí, como todos los problemas serios, es complicado. El cambio tendrá que originarse en el interior de esas sociedades, pero las medidas y las políticas que nosotros adoptemos ayudarán a que las iniciativas propias tengan más probabilidades de acometerse y fructificar.

Vamos a necesitar un abanico de herramientas políticas para animar a los países más míseros a adoptar medidas que propicien el cambio. Hasta ahora hemos usado mal esas herramientas, luego hay un amplio margen para la mejora. El principal reto es que requieren la participación de diversos agentes gubernamentales, y éstos no siempre se muestran dispuestos a colaborar. Las cuestiones de desarrollo se han encomendado tradicionalmente a los organismos de cooperación, que ocupan uno de los últimos lugares en la jerarquía de casi todos los Gobiernos. El Departamento de Defensa de Estados Unidos no está dispuesto a seguir las recomendaciones de su Agencia de Desarrollo Internacional. El Ministerio de Comercio e Industria británico no va a hacer caso al de Desarrollo Internacional. Para llevar a cabo una política coherente de desarrollo hará falta adoptar un enfoque que englobe a todo el Gobierno. Este nivel de coordinación exige que los jefes de gobierno presten atención al problema, y comoquiera que el éxito depende de muchos más factores que de lo que haga Estados Unidos o cualquier otro país por separado, será necesaria la acción conjunta de los principales Gobiernos del mundo. El único foro donde los líderes de estos Gobiernos se reúnen de manera periódica es el G-8. Abordar el problema de los mil millones de miserables es un asunto ideal para el G-8, pero supone emplear todo el abanico de políticas disponibles y, en consecuencia, ir más allá de lo acordado en la cumbre de Gleneagles de 2005, donde los líderes de los ocho países miembros se comprometieron a duplicar los programas de ayuda. África volvió a figurar en la agenda de la cumbre que el G-8 celebró en Alemania en 2007. "África +" debería permanecer en la agenda del G-8 hasta que los países del club de la miseria se liberen de las trampas que impiden su desarrollo. Este libro establece un plan de acción eficaz para el G-8. -

Paul Collier es profesor de economía en Oxford.


Una visita a Fleet Street

Una visita a Fleet Street

He leído estos días un interesante debate sobre el papel de los medios de comunicación en la sociedad británica y me he atrevido a resumirlo para esta columna. El debate apareció en las páginas el diario The Guardian, un periódico progresista de calidad acreditada.

La historia comenzó a primeros de este mes cuando Nick Davies, un periodista de reconocido prestigio, abrió fuego con un artículo que el diario resumía así en su título y sumario: "Nuestros medios de comunicación se han convertido en fabricantes masivos de distorsión. Un sector cuya tarea debería ser filtrar las falsedades se ha convertido en un conducto para la propaganda y las noticias de segunda mano".

Davies sostenía sus acusaciones en una investigación realizada para su libro, Flat Earth News, en el que llegó a la conclusión de que la tendencia a "reciclar la ignorancia es mucho peor que nunca". Davies había encargado una investigación a especialistas de la Universidad de Cardiff. Examinaron 2.000 informaciones en cuatro diarios de calidad -Times,Telegraph, Guardian, Independent- y Daily Mail. Las conclusiones eran devastadoras: al rastrear las fuentes de los "hechos", vieron que sólo el 12% de las informaciones contenían material que los propios periodistas hubieran investigado por completo. Con un 8% no podían estar seguros y con el restante 80% descubrieron que eran noticias elaboradas total o parcialmente con material de segunda mano, procedente de agencias de noticias y despachos de relaciones públicas. "El segundo dato fue que, al buscar pruebas de que se habían verificado exhaustivamente los ’hechos’, vieron que sólo había sido así en el 12% de los casos", afirmaba en su artículo.

Que los periodistas se hubieran convertido en procesadores de material facilitado por otras fuentes y no comprobado se debía, en opinión del autor y sus investigadores de la Universidad de Cardiff, a que los periodistas tenían que llenar hoy tres veces más de espacio del que llenaban en 1985. "En general, no buscan las noticias, ni comprueban su contenido, sencillamente porque no tienen tiempo". Y terminaba su artículo con una conclusión desoladora: "Si a ello se añaden los límites tradicionales con los que se encuentran los periodistas cuando quieren averiguar la verdad, es posible comprender por qué los medios de masas, en general, han dejado de ser una fuente fiable de información".

La respuesta, casi un contraataque, lo dieron en las mismas páginas de Guardian dos pesos pesados del periodismo británico. Peter Preston, que fue editor de Guardian durante veinte años (1975-1995), y Simon Jenkins, que fue editor del Times en los años noventa y ahora es columnista de Guardian.

Jenkins subrayó el cliché que supone afirmar que los periódicos están tan mal y han caído tanto que no merecen "ninguna defensa contra los bárbaros de Internet que asoman a sus puertas". Recordó que en los periódicos serios las quejas por el descenso de la calidad son una constante, lo que no significa que cualquier tiempo pasado fue mejor.Las hemerotecas son, en ese sentido, testigos implacables.

Jenkins no entraba a discutir los datos de los investigadores de la Universidad de Cardiff, y estaba dispuesto a aceptar que los periódicos son muchas veces chapuceros, llenos de errores y poco dignos, sin que ello empañase el papel que en su conjunto desempeñan como colectivo en la democracia británica. Y citaba a un sociólogo de Oxford, Stein Ringen, que había calificado la prensa de las islas como "independiente, irreverente, entretenida, a menudo divertida y, gracias a Dios, entrometida". Es decir, concluía Jenkins, que "esa diversidad de conjunto es más importante para la democracia que los fallos de las partes".

Por su parte, Paul Preston dio la réplica en una crítica al libro de Davis, Flat Earth News. Y no fue una crítica piadosa. Diseccionó con acidez las contradicciones que encontró en el texto y, en su opinión, los ajustes de cuentas personales del autor con el establishment de Fleet Street. "Un punto ineludible en relación con el periodismo es que, bajo o elevado, despiadado o idealista, es un lío, y siempre lo ha sido. Lo cual no debe impedir que intentemos limpiarlo poco a poco, problema a problema. No podemos permitirnos el lujo de no ser serios a propósito de nuestro serio oficio".

Traer a estas columnas una polémica de las páginas de Guardian tal vez denote una confesable envidia por la capacidad de discutir y polemizar sin que nadie se sienta personalmente descalificado. Tal vez, porque la libertad de prensa tiene siglos en el Reino Unido. El periodista más británico de la plantilla de EL PAÍS, John Carlin, definía así la libertad de prensa en un artículo publicado el pasado lunes en la sección Vida & Artes. "Lo que la libertad de prensa significa es el derecho a dar una visión amplia, sin límites y, dentro de lo posible, equilibrada de los hechos. Esto requiere que los periodistas publiquen los puntos de vista de todas las partes involucradas".

Pues eso.

José Miguel Larraya es Defensor del lector del diario El País.

Arrasate, un mundo perfecto

Arrasate, un mundo perfecto


Mondragón-Arrasate es el piso piloto del mundo soñado por el nacionalismo vasco. Allí fue asesinado ayer Isaías Carrasco, trabajador español, nacido en Zamora y militante del Partido Socialista de Euskadi.

A Isaías Carrasco le ha matado ETA. Era un hombre sencillo, sin nada que le hiciera destacable, salvo para sus amigos y su familia, apartado de la política, donde había residido de forma casual (valiente, pero casual) hasta que se cansó, porque prefería, como es razonable, ser un trabajador normalito y pasar la jornada laboral en lo suyo sin tener que llamar la atención ni llegar a casa todos los días encabronado con las cosas de los compañeros del Ayuntamiento.

Pero Isaías reunía dos características que le convertían en un objetivo terrorista: era muy fácil matarle y se parecía a casi cualquier persona de su pueblo. Porque era un trabajador español. De Zamora, para ser exactos. Esto no suele destacarse cuando se cuenta la vida de los que la pierden a manos de los terroristas nacionalistas. O sea, que el muerto tiene que ser español. No del Estado, que es una inconcreción, sino de un país que se menciona poco en el País Vasco. Más preciso, para renuentes al entendimiento: no hacía falta que fuera un patriota español, bastaba con que fuera de ese sitio.

En un lugar como Mondragón (o Arrasate, como cada uno prefiera decirlo), eso no es ninguna tontería. En Arrasate, el concejal de Cultura fue sorprendido por la policía de Tráfico cuando borraba con pintura negra los topónimos que identificaban la localidad con Mondragón, para que quedara sólo el euskaldún. En Arrasate-Mondragón hay una alcaldesa que se presentó detrás de las siglas de ANV y que todo el mundo en el pueblo sabe que era de Herri Batasuna. En Arrasate-Mondragón hay una gran parte de ciudadanos que vienen de Zamora, como Isaías, o de La Serena, en Badajoz, que llegaron allí hace más de cuarenta años y contribuyeron, estudiando, formándose, siendo cada vez más listos y más hábiles, a que el pueblo se hiciera rico, un auténtico emporio, en el que residen empresas como Eroski y sus derivados industriales, como Fagor y otras espléndidas factorías de producción de electrodomésticos y máquinas herramienta.

Mondragón-Arrasate es, en cierta manera, la perfección del soñado mundo del nacionalismo vasco, el piso piloto. Ese mundo donde se aúnan el ingenio de la raza, su capacidad creativa, su inmensa fortaleza de espíritu, con la creencia en la superioridad mítica. Allí, antes de que hubiera industria, crecían valerosos vascones que cazaban osos y se los comían junto con su familia en un entorno idílico que cantan hoy los subvencionados escritores en euskera. Después llegaron los españoles y destrozaron la Arcadia feliz. Pero los vascos originarios supieron imponerse a la insoportable modernización y se hicieron los mejores y más competitivos de todos los habitantes del continente europeo, en el que eran los más antiguos, aunque consiguieron escaparse de enfermedades tan groseras como la romanización. (Esta descripción está en los textos básicos del nacionalismo vasco, no es una invención del articulista).

¿Qué pasa ahora en Arrasate-Mondragón? Pues es muy sencillo, que sobran los Isaías. ETA lo sabe bien, sabe a quién mata. No es sólo que no tenga capacidad mayor, ni es sólo que se vea incapaz de competir con el terrorismo islamista. ETA se carga a Isaías porque sobra, porque no encaja en el esquema del mundo perfecto.

Y con la elección de Isaías está dando un mensaje complejo que tiene como receptores a todos los ciudadanos españoles, a los que quiere contar que sigue existiendo, que tiene capacidad de matar (para lo que hace falta tan sólo una pistola y un tipo que no tenga en su cerebro ni en su corazón nada que se lo impida). Pero también tiene otros receptores, que son los nacionalistas vascos; para ser exactos, todos los nacionalistas que habitan España.

¿Cuál es el mensaje? Es obvio, por mucho que nos siga costando creerlo tras cuarenta años de terrorismo. Se trata de hacer que nos rindamos, de que entremos de una vez por todas en razón. Una cosa es haber nacido en Zamora y otra muy distinta no aceptar, con las condiciones que le pongan a uno, que se forma parte de la comunidad que le ha acogido a uno. Isaías era, pese a su sencilla posición social, un tipo de Zamora que militaba en el Partido Socialista de Euskadi. O sea, que estaba en una empecinada y radical posición que le igualaba a sus compañeros de partido y a los más de mil votantes del Partido Popular que hay en Mondragón-Arrasate, a los que nadie conoce porque nunca se pueden identificar en un bar ni en la tienda de ultramarinos.

Isaías lo cantó en un mal día. Dijo que sí a la propuesta de figurar en una lista electoral. Y no se marchó del pueblo porque pensaba que eso no era suficiente como para que ningún vecino le pegara un tiro en la nuca. Porque él creía que ser concejal y votar las propuestas sobre urbanismo, medio ambiente o la recogida de basuras eran cosas normales, que tenían que ver con la convivencia y el orden cotidiano.

Isaías no sabía lo que sabe el lehendakari. Porque Ibarretxe lo sabe de sobra. Ibarretxe acudió en su momento a la sala de espera de la UCI donde José Ramón Recalde intentaba salir vivo del tiro que le había machacado la mandíbula, y le explicó a la mujer del ex consejero de Educación del primer Gobierno vasco que era intolerable que en una sociedad donde se podía comer tan bien, se podían contemplar paisajes tan sublimes y había un nivel de vida tan bueno, alguien perturbara la vida cotidiana pegándole tiros a la gente.

La imagen de Ibarretxe saliendo del hospital donde el cuerpo de Isaías había ido a parar era patética: abrazaba con pesar al líder de su partido, Íñigo Urkullu. Estaban los dos al borde de las lágrimas. Y comentaban a la prensa que ETA ha perdido el norte. Porque su mundo perfecto se había quebrado una vez más. Los mensajes posteriores serían los de siempre: los del equilibrio, los del enorme padecimiento que a los vascos de veras les provoca esa simétrica amenaza que son los salvajes asesinos de ETA y los empecinados españoles que no acaban de entender que todo sería más fácil si admitieran de una vez que Euskadi es otra cosa, que Euskadi no es de ellos, sino de los vascos de buena voluntad y Rh negativo, que no vivirían un conflicto tan terrible y sanguinario si no fuera porque unos y otros se empecinan en no reconocer la realidad trascendente de un pueblo.

Ibarretxe es un experto en estos trances: ya nos lo dejó claro cuando unos etarras mataron a Fernando Buesa, o cuando dieron un tiro en la cara a Joseba Pagaza. Él es capaz de sobrevivir a los dos extremismos, al de los que asesinan y al de los que se obstinan en reclamar que lo primero es la libertad y mucho después la identidad.

Isaías se creía que tenía derecho a vivir en libertad en un país como España, donde la ley impera en casi todo el territorio. Pero a él se le olvidó el casi.
Hoy estamos de luto por Isaías. Y ya no discutimos sobre propuestas educativas, de organización de la salud pública, o sobre política exterior. Sólo nos lamentamos por su muerte. Y nos volvemos a pelear en las tabernas en torno a la esencia del "conflicto" vasco. Pero no hablamos de lo de verdad, de lo que tampoco se habla allí en voz alta, de que hay un trozo de Europa donde no hay libertad, donde los que reciben amenazas no están en el Gobierno, sino en la oposición. Y donde los que mandan explican sin sonrojarse que son simétricos el terrorismo y la defensa de la libertad.

Mondragón-Arrasate era el lugar perfecto. Isaías, el blanco adecuado. Porque allí se encarna el mundo perfecto del nacionalismo, donde sobran los Isaías.
De paso, nos han destrozado el final de la campaña. Porque tenían que estar en ella. Y hemos picado.

Jorge M. Reverte es escritor y periodista.

Convención de los heridos de amor

Convención de los heridos de amor

Disposiciones generales:
A. Considerando que el dicho «en el amor y en la guerra todo vale» es completamente verdadero, y

B. Considerando que en lo relativo a la guerra contamos con la Convención de Ginebra, adoptada el 22 de agosto de 1864, que determina cómo debe tratarse a los heridos en el campo de batalla, mientras que hasta hoy no se ha promulgado ningún documento que regule la situación de los heridos de amor, muy superiores en número;

Se decreta que:
Artículo 1. Todos los amantes, independientemente de cuál sea su sexo, quedan advertidos de que el amor, además de ser una bendición, también es algo extremadamente peligroso, imprevisible, que puede acarrear serios daños. Por lo tanto, quien tenga la intención de amar debe ser consciente de que está exponiendo su cuerpo y su alma a heridas de muy diferentes tipos, sin poder culpar por ello a su pareja en ningún momento, puesto que ambos corren el mismo riesgo.

Artículo 2. Una vez alcanzado por una flecha del arco ciego de Cupido, debe solicitarse inmediatamente al arquero que dispare la misma flecha en la dirección opuesta, con el objeto de no sufrir la herida conocida como ‘amor no correspondido’. En el caso de que Cupido se niegue a hacerlo, la convención que en estos momentos se promulga exige del herido que, de manera inmediata, se arranque la flecha del corazón y la tire a la basura. Para llevar esto a buen puerto, debe evitar llamadas telefónicas, mensajes de correo electrónico, envíos de flores (siempre rechazadas) o cualquier otra forma de seducción, pues semejantes medios, si bien pueden dar algún resultado positivo a corto plazo, no resisten el paso del tiempo. La convención decreta, así mismo, que el herido debe buscar sin falta la compañía de otras personas, así como debe imponerse al pensamiento obsesivo que le dice: «Vale la pena luchar por esta persona».

Artículo 3. En el caso de que la herida provenga de un tercero, es decir, que el ser amado se sienta atraído por alguien que no estaba a priori en el guión, queda expresamente prohibida la venganza. En este caso, se permite el uso de lágrimas hasta que los ojos se sequen, así como algunos puñetazos en la pared o en la almohada, o reuniones con amigos donde poder insultar a gusto al antiguo(a) compañero(a), incidiendo en su perfecta falta de gusto, pero sin llegar a difamar su honra. La convención determina que también se aplique en este caso la regla del artículo 2, que mueve a buscar la compañía de otras amistades, sólo que evitando en la medida de lo posible los lugares que la otra persona frecuenta.

Artículo 4. En lesiones leves, clasificadas aquí como pequeñas traiciones, pasiones fulminantes que no duran mucho o falta de interés sexual pasajero, debe aplicarse con generosidad y rapidez el medicamento llamado ‘perdón’. Una vez aplicada tal medicina, no se debe volver atrás bajo ninguna circunstancia y el asunto debe ser definitivamente olvidado, no utilizándolo jamás como argumento en una discusión o en momento de odio.

Artículo 5. En todas las heridas definitivas, también conocidas como ‘rupturas’, el único medicamento que tiene algún efecto se llama ‘tiempo’. De nada sirve buscar consuelo en echadores de cartas (que siempre prometen el regreso del amor perdido), leer libros románticos (que siempre acaban bien), engancharse a una telenovela o cosas por el estilo. Se debe sufrir con intensidad, evitando radicalmente las drogas, los calmantes o las oraciones a los santos. En cuanto al alcohol, sólo serán permitidos dos vasos de vino al día.

Consideraciones finales:
Los heridos por el amor, al contrario de los lastimados en conflictos armados, no son víctimas ni verdugos. Optaron por algo que forma parte de la vida y deben asumir, por consiguiente, la agonía y el éxtasis de su elección. Y los que jamás fueron heridos por el amor nunca podrán decir «he vivido». Porque no vivieron.

Paulo Coelho

El poder y la prensa


Recordemos un mitin famoso de la última campaña del actual presidente Bush. No era ni multitudinario ni definitivo, al aire libre, sobre un entarimado provisional, pero fácil de recordar porque las imágenes fueron emitidas una y otra vez por las televisiones españolas y los comentarios en la prensa repetidos hasta la saciedad. Bush vio, allí, detrás de sus seguidores, a un periodista del New York Times y no pudo aguantarse un comentario a quien le acompañaba en el estrado que resultó fácilmente reconocible: «Mira, allí está el cabrón este...». Dios santo, lo que se pudo escuchar y leer sobre el poco respeto del presidente a la prensa. «En España sería impensable», se escribió también. Si el norteamericano tiene mal genio, el comentarista español era un ingenuo a la vista de cómo son y en qué han derivado buena parte de las relaciones del poder con la prensa. Y si queremos juzgar al comentarista español con menos severidad, sólo se podría añadir que, en realidad, aquí no es necesario un exabrupto como el de Bush. En España, el acompañante del gobernante, un tanto despistado, sí podría comentar: «Cuidado con lo que dices que allí está el cabrón este...», pero el gobernante -más experimentado- podría responderle: «Tranquilo, tranquilo, acércate y recuérdale que estamos pendientes de decidir las licencias de radio y televisión... y que es muy complicado todo esto de la publicidad institucional. O, mejor, déjale en paz y recuérdaselo a su jefe».

La regulación española de radio y televisión y la arbitrariedad de las relaciones del poder con los medios de comunicación son una traba a la libertad de prensa que soportamos en la medida en que somos pusilánimes en la defensa de la democracia, que lo somos mucho. Escuché el otro día la broma de un escritor: «Antes había que afiliarse a un partido; ahora hay que hacerlo a un medio de comunicación». Visto desde dentro, el riesgo -junto al de la falta de educación- es que se borren las fronteras entre el periodismo y la política. No ha habido presidente del Gobierno en España en los últimos decenios que, directa o indirectamente, no haya querido crear o potenciar desde el poder «su» grupo mediático. Ahora se suman los presidentes autonómicos.

La prensa tiene, sin embargo, la posibilidad de zafarse de muchas presiones y cortapisas para ejercer su papel vigilante. No hay dioses al otro lado de las páginas, de los micrófonos o de las cámaras, y a nadie se le puede pedir la utopía absurda de ser «objetivo». Pero sí se puede reclamar, en medio de una maraña política en la que las denuncias tienen más peso que las propuestas, en las que la tensión juega un mayor papel que la pedagogía de las ofertas, la necesaria cuota de honradez. Si hay que elegir entre salirse con la suya (y con los intereses coyunturales) y ser razonable, dice el filósofo alemán Robert Spaemann, la ética del debate público, y de la información, exige elegir el intento de ser razonable. Es decir, huir del dogmatismo y del grito, contemplar las cuestiones candentes con la cuota necesaria de escepticismo e ironía que evita la ceguera, saber que hay cosas sencillas («una noticia es lo que sabemos hoy y no sabíamos ayer», como dicen en la redacción del Washington Post) y otras complicadas que no se pueden obviar: que a veces faltan noticias porque hay quien desea ocultarlas, que a menudo hay noticias que «no nos convienen», que el periodista es depositario de un derecho que es de los ciudadanos, el que tienen a la información y no representa, sin embargo, partidos y políticos.

En 1972, un congreso internacional de periodistas en Roma recordaba otra frase famosa, la de Walter Williams, el decano de la primera escuela de periodismo en Estados Unidos: «no escribas como periodista lo que no dirías como caballero». Cuando no hay caballerosidad en el debate ni en la voracidad pública, no estaría de más que lo hubiera en la prensa.

Germán Yanke

Demonios...

Demonios...


Ignoro si tienen cuernos y son colorados, si viven en infiernos de fuego y azufre o si son malévolas criaturillas dispuestas a envolvernos con sus tretas. No sé si son espíritus o humores intangibles, pero sí sé que son huéspedes incómodos, que cuando se adueñan de nosotros nos convierten en tristes sombras de lo que estamos llamados a ser.

Hay uno muy cruel. Se llama envidia, y si te muerde te incapacita para disfrutar con la alegría compartida. Otro se llama vanidad, y hace que cuanto más alto estés, en lugar de ver mejor aprovechando la perspectiva, conviertas todo en un espejo donde únicamente ves tu propia imagen. Rechazo hace que las personas nos volvamos inseguras, frágiles, y deja heridas difíciles de curar. Genera tanto dolor… Y peor aún es su hermana burla. La muy bruja humilla a los débiles, a los heridos, a los más desprotegidos, aunque suele disfrazarse de humor y buen rollito. Se alimenta de lágrimas tristes y hace duros a quienes la acogen. Intolerancia es muy marrullera, a veces viene pisando fuerte con discursos duros, pero más a menudo se camufla tras justificaciones sutiles. Su obsesión es conseguir que al mirar al otro no veamos un hermano, sino una etiqueta. ¿Y qué decir de rencor? Si le acoges te desgasta hasta las entrañas, y te encierra en una prisión de memorias y agravios que parecen siempre presentes. Soberbia es la reina del cotarro. Seduce a tipos débiles y los viste de reyes. Les escucha y lisonjea hasta que ya no saben hacer otra cosa que hablar, convencidos de poseer todas las verdades. Luego está otro mal bicho que tiene cada vez más casas. Responde al nombre de egoísmo, y constantemente nos susurra al oído una canción pegadiza: “sólo tú importas, chato”.

Son legión. Seguro que tú conoces otros muchos. Juegan con nosotros y dejan muchas víctimas en las cunetas. Pero llevan las de perder. Porque muy dentro nuestro está la semilla de un Dios que nos libera en cuanto le dejamos un resquicio. Un Dios que pone Vida donde esas muertes mediocres parecen tener las de ganar. Un Dios que nos invita a esperar contra toda esperanza. Un Dios que llena los vacíos y puebla las soledades cuando su palabra se hace oír entre el barullo de nuestras vidas. Luz que disipa las tinieblas.

José María R. Olaizola

África

Esta semana fue Chad. La semana pasada fue Kenia. Y Darfur lleva años recordándonos que el ¡nunca más! prometido después del holocausto europeo no era en serio. Y antes de Darfur fueron Congo, Costa de Marfil, Liberia y Ruanda, por sólo mencionar algunas de las matanzas que el resto del mundo se ha acostumbrado a observar con una vergonzosa mezcla de espanto y pasividad.

La violencia política en Kenia, uno de los países más exitosos de África, ha producido en pocas semanas más de 1.000 muertos y 300.000 refugiados. La situación de Chad repite tragedias ya conocidas. Desértico y sin acceso al mar, Chad es uno de los países más pobres del planeta y, de acuerdo con la organización Transparencia Internacional, también es el país más corrupto del mundo.

Hace cinco años sus problemas aumentaron: comenzó la explotación de petróleo. Paradójicamente, esta nueva riqueza aumentó las miserias de Chad. El petróleo potenció aún más la corrupción, aumentó el dinero disponible para comprar armas y financiar mercenarios y exacerbó los incentivos para tratar de capturar el botín. El botín, por supuesto, es el Gobierno. Controlarlo garantiza la posibilidad de convertir el dinero del país en dinero propio.

Desgraciadamente, éste es un patrón común: si no es petróleo, es oro y si no, diamantes, uranio, maderas o cualquier otra materia prima que el resto del mundo quiere y África exporta. Casi siempre el papel de descubrir, explotar y exportar esas riquezas naturales -y capturar el mayor margen de ganancias- lo desempeñan empresas extranjeras. Antes, éstas eran casi exclusivamente europeas y estadounidenses, pero ahora se les han unido empresas chinas, rusas, hindúes, coreanas, taiwanesas y hasta algunas latinoamericanas.

La tragedia de Chad, claro está, no es única. Su desastrosa combinación de ingredientes se repite en otras partes de África: abundantes recursos naturales rodeados de un desierto institucional donde tribunales, parlamentos, policías, escuelas, hospitales o ejércitos no funcionan y en vez de ayudar al país lo hunden; un jefe de Estado fuerte, rodeado de un voraz círculo de ladrones que se mantiene en el poder gracias a la represión y al apoyo de intereses económicos y políticos extranjeros. Y una población cada vez más numerosa, pobre, enferma e ignorante.

Olara Otunnu, quien fuera uno de los líderes de la oposición a Idi Amin en Uganda y luego ha dedicado su vida a luchar por los niños víctimas de las guerras africanas, tiene claro que uno de los problemas de su continente son sus élites. Conversando sobre esto me dice: "En demasiadas partes de África, el poder lo concentra una élite poscolonial que se comporta de manera brutalmente colonial con los pobres de su país. Estas élites usan diatribas anticolonialistas y nacionalistas; pero al final lo único que les interesa es su enriquecimiento personal".

En todo esto no hay nada nuevo. Lo nuevo son algunos de los milagros de progreso que florecen en medio de este desastre. Después de una larga guerra civil plagada de atrocidades, hoy en día Liberia es gobernada por una extraordinaria mujer, Ellen Johnson-Sirleaf, quien no sólo es la primera mujer democráticamente electa en Liberia, sino en toda África. Mientras tanto, su predecesor en la presidencia, Charles Taylor, está en la cárcel mientras es juzgado como criminal de guerra por el Tribunal Penal Internacional de La Haya. Tanto la elección democrática de una mujer en un país que hasta hace poco era un infierno, como el encarcelamiento de un ex jefe de Estado procesado por crímenes contra la humanidad en una corte internacional son hechos sin precedentes. Y casi milagrosos. Pero también pueden ser señales tempranas de nuevas tendencias que comienzan a aparecer en África. Otras señales de este tipo son las flores de Kenia y Zimbabue o las camisetas de Lesoto. El 39% de las flores naturales que se venden en Europa provienen de Kenia. Otro 12% viene de Zimbabue. Estos sorprendentes volúmenes han crecido a gran velocidad y se han mantenido a pesar de los graves problemas que aquejan a estos dos países. Otro ejemplo es Lesoto, que se ha convertido en un importante exportador de confecciones textiles. Las exportaciones de productos textiles a EE UU han aumentado siete veces desde 2002. Y los volúmenes podrían ser aún mayores si no fuese porque las ventas a Europa han venido cayendo debido al proteccionismo de la UE.

Por supuesto que los problemas de África, como el sida, la violencia armada, la falta de empleo, la corrupción y muchos otros, son abrumadores. Pero también hay cambios positivos e inesperados. Algunas de las nuevas tendencias sucumbirán asfixiadas por el mal ambiente que las rodea. Otras terminarán siendo sólo buenas noticias pasajeras que no cambian nada. Pero otras crecen y se están transformando en positivas anomalías que vale la pena entender. Y que no hay que perder de vista, ya que pueden llegar a transformar el desconsolador panorama africano.

Moises Naim