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La casa tomada

La casa tomada

por Fernando Savater

Como no soy jurista –y cada vez entiendo menos el guirigay de quienes lo son- no puedo decir nada relevante sobre la sentencia del Tribunal Supremo que parte salomónicamente por la mitad a ANV, éstos si, aquellos no, pasemisí, pasemisá. Lo único claro es que el brazo político de ETA (que adopta nombres distintos pero practica siempre la misma obediencia) va a estar ampliamente presente en las elecciones y luego en las instituciones vascas, salvo una intervención de última hora del Tribunal Constitucional. Y también resulta indudable que la Ley de Partidos hubiera autorizado otras salidas legales para impedir real y totalmente esa presencia. ¿Qué no había plazo para una impugnación de ANV? Si usted lo dice, le creeré, pero resulta raro que se nos haya echado el tiempo encima cuando la estrategia de ETA se conoce desde hace meses: primero un partido en clara continuidad con Batasuna como señuelo, luego reactivar la cáscara vacía de otro partido “dormido” en la legalidad y dotarlo milagrosamente de militantes, medios etc…de modo que permita el avance travestido de los de siempre. Larvatus prodeo, que diría Descartes. ¿Qué ANV rechaza desde 1930 el recurso a la violencia? Parece que a estas alturas y mediando un reciente atentado con víctimas habría que exigir un deslinde del terrorismo etarra más explícito a quienes tan a las claras provienen de él: si no le entendí mal, se lo oí decir al propio Fernández Bermejo en una entrevista con Iñaki Gabilondo en la Cuatro.

¡Ah, pero es que lo realmente infumable es la Ley de Partidos! Ahora se oye por todas partes: en el País Vasco lo dicen desde el consejero Azkárraga, ese espejo de juristas, hasta el rejuvenecido Alfonso Sastre, cuyas ideas políticas siempre han sido un poco peores que sus obras de teatro, háganse una idea. Pongo la radio y en la tertulia escucho a un mequetrefe que compara esa ley aprobada por amplia mayoría parlamentaria con las dictadas por Franco: es que prohibe cosas y nuestro héroe es partidario caiga quien caiga (él no caerá, descuiden) del prohibido prohibir. Supongo que de genialidades como ésta le viene el descrédito a Mayo del 68. Acudiendo a fuentes mas serias, me deja perplejo leer en un editorial de “EL PAIS” (7 de mayo) que “es una ley excepcional y de muy problemática aplicación, en la medida en que es limitativa de derechos”. Hombre, muchas leyes limitan derechos… pero siempre los de quienes los utilizan para lesionar o impedir el ejercicio de los de otros. Como explica a continuación el propio editorial, es el caso de quienes impiden la libre competencia democrática apoyando la eliminación física o la intimidación permanente de sus adversarios políticos. La Ley de Partidos defiende el ejercicio de los derechos políticos de todos, menos de los que quieren simultanear política y crimen para ganar a dos bandas. ¿Y “excepcional”? ¿Por qué es excepcional, si no fue dictada por decreto del ejecutivo sino aprobada en la sede legislativa adecuada? Claro que siempre contó con la oposición de los nacionalistas de toda laya y desde luego hoy mantener una ley que contraríe a los nacionalistas es algo realmente excepcional… ¡Ha sido recurrida en el Tribunal de Estrasburgo! Bueno, no sabemos si prosperará el recurso, pero existe algún precedente orientativo. Por ejemplo, cuando se ilegalizó el Partido de la Prosperidad turco –al que pertenecía entonces el islamista Gül y que contaba con seis millones de votos- por apoyar la violencia separatista y atentar contra la laicidad de Estado, el Tribunal de Estrasburgo ratificó tal medida dictaminando que “la democracia representa un valor fundamental en el orden público europeo pero si se demuestra que los responsables de un partido político incitan a la violencia o mediante mecanismos ilegítimos buscan la destrucción de la propia democracia su disolución puede considerarse justificada” (citado por R. Navarro Valls, “Las dos almas de Turquía”, el Mundo, 3-V-07).

Puede ser que la culpa de todo la tenga, en última instancia, el obstruccionismo del PP a la buena voluntad pacificadora gubernamental. Es lo que parece dar a entender, entre otros miles, John Carlin en su artículo “Es la hora de gobernar juntos” (El PAIS, 6-V-07). Compara la oposición inicial de Ian Paisley a sentarse junto al Sinn Feinn, sus actuales socios de gobierno, con declaraciones semejantes de Mariano Rajoy o María San Gil respecto al reconocimiento de Batasuna. Entre otras diferencias que sería obvio señalar (los dos extremos irlandeses en colisión tenían mutuos lazos con grupos violentos, mientras que en España el brote de terrorismo antiterrorista no vino precisamente de los populares), omite Carlin que la intransigencia de Paisley no ha cesado porque sí, sino porque IRA ha entregado las armas y el Sinn Feinn a reconocido finalmente la policía y la magistratura norirlandesas. Puede que el feroz clérigo haya cambiado, pero sólo cuando también han cambiado las circunstancias, tras una suspensión del parlamento autonómico y una renovada actitud de firmeza del siempre oportunista Blair. Muchas cosas pueden objetarse a la política del PP, sin duda, pero ahora que la valiosa y valerosa María San Gil se ha visto apartada momentáneamente de la política por enfermedad, conviene recordar en su honor y en el de su partido que cualquier concejal del PP en el País Vasco ha hecho más por la defensa de las libertades constitucionales de ustedes y mías que todos los intelectuales abajofirmantes que luchan contra la derechización del mundo desde sus cómodos negocios artísticos o académicos.

Aunque duela decirlo y dejando a un lado la pureza de las intenciones iniciales, ejem, lo indudable ya es que el Gobierno de Zapatero ha fracasado en toda regla en el supuesto “proceso de paz”. Una ETA acorralada, políticamente cortocircuitada y que podía haber sido eliminada en año y medio de haber seguido la política conjunta PP-PSOE de finales del ejecutivo anterior (según afirma la policía francesa) se encuentra hoy revitalizada, rearmada y dispuesta a actuar en cualquier momento. Batasuna no ha cambiado ni un ápice sus planteamientos políticos, ha pasado de fuerza marginal y casi mendicante a interlocutor político privilegiado, además de volver como fuerza electoral y recuperar probablemente sus posiciones perdidas en muchos municipios claves para su financiamiento y reafirmación estratégica. Ha aumentado la presencia radical en los medios de comunicación vascos, sigue la coacción sobre los ciudadanos disidentes y desde luego la extorsión a empresarios y profesionales, contra la que por lo visto nada puede hacerse (¿se imaginan lo que sería saber que cientos de empresas, comercios, restaurantes, profesionales, etc… están pagando mensualmente cantidades importantes a Al Qaeda pero que nada puede intentarse penalmente contra ellos porque bastante sufren ya los pobrecillos?). De Juana Chaos se pasea tranquilo por el mundo y dentro de poco tendrá problemas de sobrepeso, por lo que habrá que mandarle a su domicilio para que haga régimen.

Y para colmo todo el mundo asume como inevitable que ETA volverá matar. Digo yo que en cuanto acabemos de desvelar las patrañas y mentiras de la supuesta “conspiración” del 11M, habrá que empezar con las del “proceso de paz”. Denunciar a quienes dijeron que no había negociaciones políticas (lean, lean los documentos incautados al Comando Donosti), a los que aseguraban sin enrojecer que Aznar hizo lo mismo, a los que sacaban la foto de las Azores cada vez que se les señalaba la de Patxi López con Otegi, a los que nos contaron las virtudes humanitarias y los efectos salvadores del tratamiento penal a De Juana, por no mencionar a quienes aseguraban que había “indicios borrosos” de la voluntad de ETA de dejar próximamente las armas… La Cuatro podría hacer otro buen reportaje, muy objetivo, sobre este tema y hasta les sugiero un título, más triste pero no menos verdadero que el del anterior: “La victoria de los embusteros”.

Uno de los mejores cuentos de fantasmas que conozco es “Casa tomada”, de Julio Cortázar. En él, una pareja de hermanos mayores y solteros vive en la casa de sus antepasados. Poco a poco, deben ir cerrando habitaciones y bloqueando puertas de las estancias “tomadas” por entidades que no se precisan pero se presienten… hasta que finalmente tienen que abandonar su hogar invadido por el Mal. En el País Vasco, muchos de quienes hemos luchado contra el expansionismo del nacionalismo obligatorio estamos en la misma tesitura. ETA y adláteres ocupan las localidades pequeñas, luego las medianas, luego barrios de las grandes y espacios públicos comunes: nosotros vamos cerrando puertas y retrocediendo. Cada vez con menos apoyos y más críticas de quienes se impacientan por nuestras quejas. Los socialistas vascos por ejemplo nos tienen por “miserables”, cuando no por extremistas de derechas (con el PSE pasa lo que con la Ertzaintza, aunque peor: en sus filas hay gente decente y combativa, pero con los mandos actuales no hay manera). Y aún eso es preferible a los que nos muestran su “solidaridad humana” por las amenazas que sufrimos, para acto seguido criticar la Ley de Partidos o recomendar el diálogo como solución de nuestros males. No, que quede claro: no queremos solidaridad “humana” sino política. La “humana” que se la guarden los simpáticos dónde mejor les encaje…

Y habrá que irse, claro. Ya no podemos hacer más. Ustedes, nuestros conciudadanos, tienen la palabra. Si refrendan electoralmente lo que hasta ahora se viene haciendo, sólo nos queda salir a la intemperie y buscar refugio dónde sea. “Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”.

Fernando Savater

Comparar o aprender


Por Joseba Arregui

Aunque a los políticos se les llene la boca hablando de la sociedad del conocimiento y la necesidad de que la educación se convierta en un proceso para aprender a aprender, lo cierto es que el debate político organizado en frentes impide cualquier aprendizaje. En lugar de ello, el frentismo político se basa en la convicción de estar en posesión de la verdad, o de la moral histórica, lo que lleva no al diálogo como aprendizaje, sino a la condena de quien no participa de las mismas convicciones. Y, así, en lugar de aprender de lo que pasa en el mundo para avanzar en la solución de los problemas propios, la comparación se lleva la palma: hay que hacer lo mismo que lo que en otros lugares parece haber conducido al éxito. Pero solo se toman los sucesos que permiten apuntalar las propias convicciones, o, de los sucesos de otros lugares, solo se toman los elementos que permiten reforzar la posición propia y condenar la del adversario.

NO TIENE nada de raro que el jefe de un Estado con un problema de terrorismo, el rey de España, sienta sana envidia de la foto de estos días en el Ulster: en lugar del terror intercomunitario, los representantes políticos de las dos comunidades, sentados juntos, dispuestos a compartir las tareas de gobierno. Es normal que diga que, visto el éxito, el empeño ha merecido la pena. Y también es normal que, visto nuestro fracaso con nuestro terrorismo, añada que las situaciones, quiere decir los problemas, no son comparables.

Alguno ha afirmado que, de tanto comparar la situación de Euskadi con la de Irlanda del Norte, terminaríamos importando no la solución, sino el problema: la división de comunidades, algo que todavía, a pesar de todo, no se ha producido del todo en Euskadi. Algunos miran al proceso de paz norirlandés para subrayar el largo tiempo que ha sido necesario para llegar a buen término. Otros miran a la tenacidad que ha sido necesaria para superar las dificultades que se han ido planteando en el camino. También ha habido quienes han mirado al Ulster para comparar el comportamiento del partido que ha estado en la oposición para utilizarlo como espejo crítico en referencia a la situación española, y en Gran Bretaña les ha tocado a los dos grandes partidos, al laborista y al conservador, ser oposición en algún momento el largo proceso.

Todos esos puntos son importantes y conviene tenerlos en cuenta: ningún proceso de estas característica es coser y cantar. Puede durar mucho tiempo, aunque tampoco sea un dogma indiscutible que siempre tenga que ser así, y exige entonces mucha tenacidad. Y que el problema de acabar con el terror esté fuera del debate político del día a día en sus rasgos fundamentales para poder llegar a buen término es algo que permite comparación, aunque salgamos mal parados. Pero también es importante describir y analizar las diferencias para que las comparaciones fáciles no se conviertan, ellas mismas, en artillería que ahonda las diferencias y el debate estéril, en lugar de inducir a seguir el ejemplo.

Los dirigentes del Sinn Féin eran los dirigentes del IRA: tenían mando en ambas plazas. Nunca ha tenido sentido pedir que en Batasuna surgiera algún Gerry Adams: la petición correcta hubiera sido tomar a ETA como destinataria de la petición. En el caso norirlandés no ha sido el Sinn Féin quien ha convencido al IRA de la necesidad de deponer las armas: ha sido un proceso de convencimiento al unísono. Pero, en el caso vasco, esa identidad de dirección en ambas organizaciones no se ha dado nunca, ni creo que ETA vaya a permitir que se dé alguna vez. Entender esta diferencia es vital para no equivocarse en el destinatario de los esfuerzos por buscar el fin de la violencia: pensar que el interlocutor sea Batasuna es perder el tiempo. Pero parece que no terminamos de aprender.

EN SEGUNDO lugar: la violencia y el terror en Euskadi son unidireccionales. Y es unidireccional además de dirigirse contra decisiones que cuentan con legitimidad democrática. En el Ulster ha habido violencia y terror católicos contra los protestantes, y violencia y terror protestante contra los católicos. Y además ha existido una situación en la que los católicos se encontraban en situación de indigencia social, económica e incluso política. En el Ulster ha habido, y sigue habiendo, división entre comunidades. En Euskadi, no. En el Ulster tienen por delante la superación de las divisiones comunitarias. En Euskadi, ese paso ya está básicamente dado. En el Ulster llegan a algo parecido, aunque de lejos, al Estatuto de autonomía. Nosotros lo poseemos, de forma democráticamente legítima, desde hace casi 30 años.

La vía abierta a la autodeterminación en los acuerdos de Stormont está condicionada al consenso entre ambas partes, es decir, está heterocondicionada. Londres no ha dudado, cuando ha habido problemas, en suspender la autonomía del Ulster. A partir de todas esas diferencias es preciso aprender una cosa fundamental: o el interlocutor es el mando militar, o no hay interlocución. El resto es perder el tiempo. Los guiños a Batasuna con las listas de ANV no conducirán a nada –otra cosa es el galimatías jurídico en el que nos hemos metido–. Y con la interlocución armada solo se puede hablar de presos. Cualquier referencia en ese contexto a la normalización, a las cuestiones políticas, es condenar al fracaso la posibilidad de terminar con el terrorismo.

Joseba Arregui

Tarancón, un cardenal reconciliador

Tarancón, un cardenal reconciliador

Por José María Martín Patino sj

Hace un siglo nacía en Burriana Vicente Enrique y Tarancón. Un muchacho travieso y vivaracho que desde los ocho años pensó en ser sacerdote y nada más que sacerdote. A los diez años ingresó en el seminario de Tortosa regido por los Operarios Diocesanos para quienes siempre guardó un gran afecto. No quiso ser misionero, ni jesuita, ni dominico, ni de ninguna orden religiosa. Dijo muy claramente a sus superiores que él sólo aspiraba a ser un cura como los demás. Su fino oído denunció pronto su facilidad y afición por la música. Le aconsejaron que dejara el piano para ser un cura «normal». Sin embargo, su primer nombramiento, una vez ordenado sacerdote a los 23 años, fue el de coadjutor-organista de la parroquia de Vinaroz. Andando los años, después de presenciar muchas entrevistas del cardenal con distintas personalidades, pude comprobar la admiración que suscitaba aquel «hombre esponja» que, sin pronunciarse sobre las cuestiones propiamente políticas, orientaba perfectamente a sus interlocutores. También, desde el comienzo, mostró una gran facilidad para expresarse por escrito y colaboró desde la adolescencia en el periódico tortosino «Times».

Los dos teclados, el de la máquina de escribir y el del piano, iban a marcar profundamente sus ratos de trabajo y de ocio dentro del agobio de los problemas acumulados. Los cientos de veces que acudí por oficio a su despacho, lo encontré entregado a uno de esos teclados. Cuando llegaron las horas difíciles, ya de cardenal de Madrid, yo le repetía la broma: «Haga gimnasia de hombros y no se preocupe tanto: usted sabe muy bien aparcar de oído». Esta costumbre de escuchar a todo el mundo, sin prodigar su propio parecer sobre la opinión del otro, fue uno de sus mejores recursos para ganarse muchos amigos.

Me bastan estos datos obligados para situar a Tarancón en la historia de la Iglesia española. Le han llamado «El Cardenal del Cambio» por sus intervenciones más sonadas como presidente de la Conferencia Episcopal y por tener que representar al Episcopado ante un Gobierno que mostraba una apreciable ceguera para entender el curso de la historia de la Iglesia. Quisiera destacar en esta memorable fecha centenaria su espíritu reconciliador.

Durante el último trienio de la Segunda República recorrió casi todas la diócesis españolas como propagandista de Acción Católica y miembro de la Casa del Consiliario, una obra ideada por D. Ángel Herrera, entonces presidente nacional de aquella organización distinguida por Pío X como participación en el apostolado jerárquico. Aquel mensaje optimista de un grupo de sacerdotes entusiastas chocaba con el pesimismo dominante en el clero español. «La Segunda República española brindó a la izquierda republicana y a su principal aliado político, el partido socialista, el momento que durante décadas habían estado esperando para hacer realidad sus sueños de progreso y modernización» (M. Álvarez Tardío). La fe en el progreso se presentaba como radicalmente incompatible con la cristiana. Tarancón llegó a persuadirse de que la guerra civil era inevitable. En vez de dialogar con la secularización y el laicismo, se quejaban de estos movimientos como si fueran huracanes de otros meridianos que atentaban contra la esencia de España.

Freno de exaltados

A Don Vicente le sorprendió la contienda en Tuy, donde suplía a su gran amigo Casimiro Morcillo en un curso de Acción Católica a sacerdotes. Allí se contagió, como el propio obispo de la diócesis, de los ideales de una supuesta cruzada que pretendía justificarse con argumentos medievales. En Galicia se mantuvo, sin embargo, a una cierta distancia. Pudo trasladarse a Burgos, donde su amigo Emilio Bellón había logrado reunir a un núcleo de jóvenes que trataba de dar nueva vida a la revista católica «Signo». En sus Recuerdos de Juventud destaca dos notas de esa breve estancia en la capital de la España nacional. Confiesa que tuvo que batirse en serio para serenar la exaltación de aquellos redactores: «La Acción Católica, como organización oficial de la Iglesia, no podía ser causa de división entre los cristianos y corríamos el riesgo de hacer imposible la tarea de reconciliación que la Iglesia había de asumir ineludiblemente cuando terminase la contienda».

Arengas militares

Pudo asistir a una manifestación para celebrar la toma de una ciudad por las fuerzas nacionales y quedó muy afectado por el trueque de papeles que se manifestó en los discursos del Capital General y del Arzobispo. «Las palabras del primero fueron como una oración. Dio gracias a Dios porque ayudaba descaradamente a las fuerzas nacionales. Pidió que el pueblo español conservase su fidelidad a la fe y al evangelio para continuar mereciendo la protección del Señor El discurso del Arzobispo se pareció más a una arenga estrictamente militar y guerrera. Y pedía al pueblo que ayudase a los militares para vencer definitivamente a los enemigos de Dios y de la patria».

Cuando se abrió el frente por el Ebro y las tropas llegaron hasta Vinaroz, Tarancón consiguió colarse en un camión militar que le llevó desde Zaragoza. Allí en su antigua parroquia contempló de cerca el odio que se había despertado entre los vencedores y los vencidos. El templo se llenaba de gente, incluso de aquellos que antes presumían de no creer en las prácticas religiosas. Los cristianos vencedores no querían saber nada de los vencidos. El resentimiento había acantonado al pueblo. Le llamaron para que ayudara a los que iban a ser fusilados. Pidió que antes fueran juzgados por un tribunal. Pero le respondieron secamente que la guerra tenía sus normas propias. Aquella noche quedó grabada en su conciencia y más de una vez le oí narrar aquel trágico relato. Le perseguía la duda de si aquellos hombres conservaban todavía una fe infantil, que después se había transformado en resentimiento contra los eclesiásticos.

A los 38 años fue consagrado obispo de Solsona. El obispo más joven del episcopado español se atrevió a publicar en mayo de 1946, dos meses después de su entrada, una pastoral en la que lamenta la confusión reinante. «Hoy se ven nuestras iglesias más concurridas que antes de la guerra, pero se dan muchos más casos que antes de matrimonios desavenidos, de familias rotas, de maridos infieles, de inmoralidades públicas y de muchachas corrompidas». «Parecía como si aquella guerra, que tenía caracteres de verdadera cruzada, hubiese de producir un cambio notable en las convicciones de los hombres . Pero aquella reacción de tipo puramente sentimental pasó presto y las cosas, en el terreno particular y privado, siguieron el mismo rumbo que antes, acentuado, como es natural, por los gérmenes de desorden y desmoralización que lleva consigo toda guerra . Mientras no consigamos que el odio desaparezca completamente, que el abismo se cubra, que los hermanos se entiendan y se amen, no es posible pensar ni en la grandeza material de nuestro pueblo, ni en su reconstrucción espiritual y religiosa».

Horas difíciles en Madrid

Tras cinco años de arzobispo de Oviedo y tres de Primado en Toledo, Pablo VI le pidió personalmente querenunciara al honor de Iglesia Primada y viniera a Madrid, donde le esperaban las grandes tareas señaladas por el Concilio. Aquí tuvo que pasar sus horas más difíciles. Asumió la presidencia de la Conferencia Episcopal por la muerte de D. Casimiro Morcillo (30-5-1971). Fue elegido tres veces, la tercera con más de los dos tercios de los electores. Un récord que no se ha vuelto a repetir.

Si en 1931 la Iglesia mendigaba la libertad que se concedía a todos los ciudadanos, ahora el gobierno franquista se aferraba al Estado confesional. La defensa de la libertad de religión frente a la terquedad de algunos ministros le obligaron a soportar entrevistas en las que el representante del Estado pretendía darle lecciones de catolicismo. El año 1973 fue especialmente duro para él: comenzó con la publicación, el 23 de enero, de la Declaración Colectiva sobre la Iglesia y la Comunidad Política, siguió con la manifestación del 7 de mayo -¡Tarancón al Paredón!-, terminó con los tristes acontecimientos que siguieron al asesinato del Almirante Carrero Blanco y se prolongó hasta marzo de 1974 con los intentos de expulsar de España a Monseñor Añoveros.

En septiembre de 1971 tuvo que presidir la famosa Asamblea Conjunta (obispos-sacerdotes), el más valiente esfuerzo de diálogo de los obispos españoles con sus sacerdotes. Fue precedida de una encuesta con un cuestionario de 268 preguntas a la que respondieron 15.449 sacerdotes, un 85 por 100. Allí se hizo un diagnóstico que reflejaba la falta de formación del clero y su clara oposición al régimen franquista. No gustó nada al gobierno, que utilizó todos sus resortes clericales para lograr un informe que sólo fue desautorizado con una audiencia larga y sincera de Tarancón con Pablo VI y una carta clarificadora del Secretario de Estado.

Durante la transición, el cardenal fue consultado por la inmensa mayoría de los líderes políticos de izquierdas y de derechas. Su homilía ante el Rey en la Iglesia de los Jerónimos marcó la visión nueva del Concilio en las relaciones de la Iglesia con el mundo y el poder político. En varios artículos de la Constitución, pero sobre todo en el 16, se expresa el gran pacto secular entre el Estado Español y la Religión. Creíamos entonces que se había logrado solucionar la secular «cuestión religiosa». Debimos de equivocarnos, porque no ha sido así.

José María Martín Patino sj Presidente de la Fundación Encuentro. Fue secretario del cardenal Tarancón

Religión y política en América Latina

Religión y política en América Latina


Cuando George W. Bush acudió a Roma hace algo más de dos años, a los pocos días de la muerte de Juan Pablo II, no buscó sólo rendir el preceptivo homenaje al pontífice fallecido. Aprovechó la visita para reunirse con alrededor de una decena de cardenales norteamericanos que tenían derecho a participar en el cercano cónclave y, apelándoles a la defensa de los intereses de Estados Unidos, les solicitó que evitaran la elección, como nuevo Papa, de un prelado latinoamericano.

Debemos recordar que la inteligencia de Estados Unidos acusaba a la Iglesia católica, desde finales de la década de los 60, de convertirse en enemiga de sus intereses políticos y económicos en América Latina. El conocido informe Rockefeller y los documentos de Santa Fe, elaborados hace ya unos decenios, con el fin de orientar la política exterior de Estados Unidos en América Latina advertían del peligro que suponía la Iglesia católica, que salía renovada y comprometida con la justicia, después del Concilio Vaticano II (1962-5). Como respuesta, las arcas públicas de Estados Unidos optaron por financiar grupos protestantes -algunos de ellos de carácter sectario- en países de América Latina y en especial en Centroamérica, con la intención de arrebatar terreno al catolicismo.

Estados Unidos temía que los intereses de las corrientes políticas de izquierda -incluso marxistas- confluyeran con los de la Iglesia católica, en una época en que las teologías de la liberación estaban en auge. Pero este anticatolicismo no era nuevo en la historia de Estados Unidos, en donde las clases hegemónicas o dirigentes, los ‘wasp’, se han caracterizado siempre por ser de raza blanca, anglosajonas y protestantes. No olvidemos que una de las dificultades que John Fitzgerald Kennedy encontró para ganar las elecciones presidenciales en 1960 fue profesar la religión católica.

Al ser elegido Joseph Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II, Bush consiguió su propósito. Aunque estoy convencido de que todos los cardenales norteamericanos que le escucharon aquel día en Roma, en vísperas del cónclave, hicieron caso omiso a los deseos de su presidente. Es muy probable que algunos de ellos se decidieran a votar a un cardenal de América Latina. Y es un secreto a voces que en el pasado cónclave, por primera vez en la historia, un cardenal latinoamericano tuvo posibilidades reales de convertirse en Papa. El arzobispo de Buenos Aires, el jesuita Jorge María Bergoglio, estuvo a punto de bloquear la elección de Ratzinger. Lo que también anticipa que el próximo papa tiene ya muchas posibilidades de proceder, por fin, de América Latina. Algo que sería del todo lógico, si tenemos en cuenta que aproximadamente la mitad de los católicos de todo el mundo residen en países de esta región.

Hoy, el Papa Benedicto XVI comienza en Brasil su primer viaje a América Latina y fuera de Europa. Acude a participar en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que busca marcar las directrices de la Iglesia católica para los próximos años. La secularización de la sociedad de América Latina es un proceso que no se ha detenido en las últimas décadas, al igual que en el continente europeo. A lo que hay que añadir que, en tanto la Iglesia católica va perdiendo todos los años cientos de miles de fieles en estos países, las distintas iglesias protestantes los van ganando.

Eso sí, la Iglesia católica conserva, en América Latina, un prestigio y una presencia social mucho más relevantes que en Europa. La Iglesia católica emerge a menudo como máxima autoridad moral en buena parte de Latinoamérica, en donde los gobiernos corruptos y autoritarios no dejan de sucederse. Pese a todo, esto no ha evitado hace unos días, por ejemplo, la despenalización del aborto en México D.F. en las doce primeras semanas de gestación; a lo cual la Iglesia católica ha respondido, sin miramientos, anunciando la excomunión de los políticos que apoyaron esta iniciativa.

Benedicto XVI visita hoy un continente en donde la izquierda política está accediendo al gobierno de un número de países cada vez mayor. En algunos de ellos, como Venezuela o Bolivia, las relaciones con la jerarquía de la Iglesia católica pasan, con frecuencia, por momentos muy tensos. Lo que no es óbice para que dirigentes como Hugo Chávez, con su singular estilo, juren su cargo «por Cristo, primer socialista». En cambio, es impensable que un dirigente europeo de izquierdas tome de este modo posesión de su cargo.

Me parece que no es mera coincidencia que la crítica dirigida a las obras teológicas del jesuita Jon Sobrino, por parte de la Santa Sede, haya tenido lugar tan sólo unas semanas antes de la celebración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Sobrino es uno de los más destacados representantes de las teologías de la liberación y la notificación enviada por la Congregación para la Doctrina de la Fe reconoce la extensa divulgación en América Latina de las publicaciones de este jesuita de origen vasco.

Podemos estar de acuerdo o no con el contenido de la evaluación del Vaticano a las obras de Sobrino. Pero no podemos interpretar en ella una desatención de la Santa Sede a la causa de los pobres, como muchos se han apresurado a deducir y propagar durante las pasadas semanas. La opción preferencial por los más pobres no se agota en las teologías de la liberación, afortunadamente. No es necesario recurrir a ellas para comprometerse, por entero, con los colectivos sociales más desfavorecidos.

Las teologías de la liberación no son tampoco, ni mucho menos, un cuerpo doctrinal excesivamente específico o uniforme. Más que de la teología de la liberación, es necesario hablar de teologías de la liberación. A mitad de la década de los 80, el entonces cardenal Ratzinger ceñía su crítica, fundamentalmente, a la teología de la liberación que se alimentaba del pensamiento marxista. Por lo tanto, tampoco es justo acusar a la jerarquía de la Iglesia católica de oponerse a la teología de la liberación. En 1980 el general de la Compañía de Jesús, el bilbaíno Pedro Arrupe, también se oponía, en una de sus cartas hoy ya olvidadas, al empleo del análisis marxista en la teología. Sin embargo, los decretos de la Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús, cuya redacción el propio Arrupe lideró a mediados de los años 70, vinculados con la promoción de la fe y la justicia, es común identificarlos como textos inspirados en la teología de la liberación.

No me cabe la menor duda de que las teologías de la liberación han aportado más luces que sombras a la historia reciente de la Iglesia católica y de América Latina. Fernando Cardenal, jesuita y ministro de Educación en el Gobierno sandinista, reconocía los riesgos de las implicaciones políticas de las teologías de la liberación: «Es posible que esté equivocado, pero déjenme equivocarme en favor de los pobres, ya que la Iglesia se ha equivocado durante muchos siglos en favor de los ricos». Su hermano Ernesto, sacerdote, poeta y ministro de Cultura en el mismo Gabinete, fue amonestado públicamente por Juan Pablo II en su visita a Nicaragua, en 1983.

Mientras que Juan Pablo II se opuso con rotundidad a la participación directa de los sacerdotes en la vida política de América Latina, no se mostró ni mucho menos tan contundente en el caso de Polonia. El apoyo que Juan Pablo II y los obispos polacos brindaron al sindicato Solidaridad de Lech Walesa, en la lucha contra el comunismo, fue más que evidente. ¿Acaso lo que le preocupaba a Juan Pablo II era que los sacerdotes de América Latina tendían a participar más a menudo en movimientos políticos y sociales de corte izquierdista? Benedicto XVI no descubrirá hoy un continente tan convulsionado y una Iglesia tan dividida como los que su predecesor se topó en los primeros años de su pontificado. El Papa debe ayudar a la Iglesia católica a discernir cuál es su misión en América Latina, sabedora de que las líneas de actuación que se proponga asumir tendrán, como ya ha ocurrido en el pasado, una incidencia posterior en la trayectoria política, cultural y social de todo el continente.

Borja Vivanco Díaz es Doctor en Economía y Licenciado en Psicología

Teresa de Ávila y España

Teresa de Ávila y España


Fue una mujer fuerte. Carismática, de espiritualidad radiante, organizadora eficaz, persuasiva. Y una escritora magistral en el análisis y expresión de sus elevados sentimientos. De una gran lucidez para comprender y hacerse comprender. En esta obra, Joseph Pérez nos cuenta cómo una mujer como ella pudo imponerse en el mundo masculino de la España de su tiempo...

Este libro no es una nueva biografía de Teresa de Jesús. Lo que el autor se propone es reinstalar a la carmelita de Ávila en la España de su tiempo. ¿Cómo pudo imponerse una mujer en un mundo masculino que tan receloso se mostraba ante las ideas y las prácticas religiosas que se apartaban de la norma común? El éxito de Teresa se debe a su personalidad y al rechazo a dejarse encerrar en el marco mental de una sociedad dinámica, pero inquieta. Nos ocuparemos solo accesoriamente de las razones que condujeron al Papa Pablo VI, el 27 de septiembre de 1970, a proclamar a santa Teresa Doctora de la Iglesia universal; dejamos estos aspectos a la apreciación de los católicos, pero nos interesaremos en las lecciones que se pueden sacar de esta experiencia. Teresa de Ávila tenía un elevado concepto de sí misma; se creía llamada a grandes empresas; rechazaba la mediocridad. Veremos cómo esta ambición no es incompatible, según ella, con la virtud de la humildad. Teresa de Ávila invita a sus contemporáneos y, aún más allá, a los lectores del siglo XXI, a un esfuerzo de inteligencia, de lucidez y de voluntad.

Teresa no era rica, pero era guapa. Y lo sabía. Hubiera podido casarse, ocuparse de su hogar y de sus hijos y convertirse en esa «perfecta casada» que en 1583 fray Luis de León propondrá como modelo a las mujeres del mundo. Teresa no se resignó con ese destino. Prefirió ingresar en un convento. Fue una elección dolorosa; por poco le cuesta la vida y arruinó su salud definitivamente. En el carmelo de la Encarnación, la regla está mitigada, es decir, que no se aplica. Sin duda, las religiosas asisten a los oficios y a las horas canónicas; están enclaustradas, pero disponen de celdas que pueden acondicionar para recibir amigas; no tienen prohibido salir, por ejemplo, para acudir en ayuda de un familiar enfermo o para hacerle compañía a una dama que acaba de perder a su marido; también pueden recibir visitas y charlar en el locutorio picoteando dulces... Teresa se rebeló contra la mediocridad de esta existencia. Se ha entregado a Dios y se propone asumir esa decisión en todo su rigor. Se «descalza»; obtiene de las autoridades el permiso para reformar el Carmelo; convence a otras religiosas para que la sigan. Hubiese podido contentarse con eso y vivir lejos del mundo una experiencia espiritual de una calidad excepcional, pero la mística de Teresa de Ávila es más exigente que el futuro quietismo de la señora Guyon. La reformadora se revela mujer de acción. Quiere que la espiritualidad carmelitana irradie; es su contribución a la renovación de la vida religiosa en la España de Felipe II.

El régimen franquista le hizo un flaco favor a santa Teresa al proclamarla «santa de la raza». El régimen perpetró un secuestro parecido confiscando a Isabel la Católica, convertida, muy a su pesar, en el símbolo de la nueva España. Tras la muerte de Franco, la izquierda española no se atrevió a cuestionar y denunciar estas amalgamas que vinieron a interrumpir una tradición muy distinta. Hasta 1936, en efecto, los liberales y sus herederos -la izquierda republicana, por ejemplo-, incluso cuando eran ferozmente anticlericales, nunca dejaron de admirar a Isabel la Católica y a Teresa de Ávila. Veían en la primera a la soberana que había metido en vereda a los señores feudales, que había preparado la unidad de la Península y convertido a España en una potencia europea y mundial; gracias a estos méritos, le perdonaban la creación de la Inquisición y la expulsión de los judíos. Estos mismos liberales admiraban a santa Teresa como intelectual y como a uno de los escritores españoles más profundos. Durante más de un siglo se podía, pues, ser de izquierda sin creerse obligado a denigrar a los Reyes Católicos y a santa Teresa 1. Tras la muerte de Franco, los herederos espirituales del liberalismo asumieron esta situación; no creyeron que debían denunciar una identificación abusiva entre una ideología política y unos personajes históricos que nada tenían que ver con ella. Solo cabe lamentarlo.
[...]

¿Tiene algo que decirles Teresa de Ávila a los hombres de hoy? Si no estuviera convencido de ello, no habría escrito este libro. Al proclamarla Doctora de la Iglesia universal, el Papa Pablo VI animó a los creyentes a tomarla por modelo y guía. En cuanto a los agnósticos, los que admiran a la mística sin compartir su fe, deberían ser sensibles a una obra que, más allá de sus cualidades literarias, da fe de una alianza excepcional entre la contemplación y la acción, la sensibilidad y la inteligencia, la humildad bien entendida y el valor de ser uno mismo.

Los libros que Teresa escribió iban destinados por igual a unos directores espirituales exigentes y a unas religiosas de clausura (la mayoría sin formación). Al dirigirse a eruditos, pero también a incultos, Teresa tuvo que esforzarse por evitar los malentendidos. Nada más explícito que el pasaje de la Vida sobre las tres mercedes: no basta con experimentar sentimientos elevados; también hay que ser capaz de analizarlos y exponerlos. La primera merced designa la experiencia mística y, de forma general, el fervor que se puede sentir ante una causa noble. Teresa era muy dada a esa especie de entusiasmo que se parece a la exaltación, pero sabía volver atrás y examinar ese impulso con la mirada fría de la inteligencia para no dejarse engañar por su corazón. Esta lucidez viene acompañada por un esfuerzo de expresión: comprender y hacerse comprender. No es solo por prudencia respecto a censores e inquisidores por lo que Teresa intenta describir lo más exactamente posible lo que le pasa, aun tratándose de experiencias que son, hablando con propiedad, inefables; necesita ver con claridad en sí misma; el análisis no será completo si no consigue dar cuenta de él de la forma más precisa posible. Así se explica el recurso de las metáforas, las repeticiones, las fórmulas del tipo: «Quisiera que me entendieran bien»; «me gustaría expresarme con más claridad», etc. En su esfuerzo para diferenciar la experiencia del amor de su comprensión y de su expresión, Teresa logró la proeza de iluminar las realidades más complejas de la vida psicológica.

Es lo que tanto sorprendía a Huysmans: «Que (Teresa) es una admirable psicóloga, no cabe dudarlo; pero qué singular mezcla ofrece también de mística ardiente y de mujer de negocios fría. Así, en conclusión, es de doble fondo; es una contemplativa apartada del mundo y es igualmente un hombre de Estado; es el Colbert femenino de los claustros. En suma, nunca mujer alguna fue una obrera de precisión tan perfecta y una organizadora tan eficiente. Cuando se piensa que fundó treinta y dos monasterios, que los sometió a la obediencia de una regla que es un modelo de sabiduría, de una regla que prevé, que rectifica los errores más velados del corazón, causa perplejidad ver que algunos descreídos la tratan de ¡histérica y de loca!». Teresa se elevó hasta la cima de la vida espiritual, pero siempre conservó la cabeza fría y los pies en la tierra.

En un mundo de hombres, reivindicó el derecho de las mujeres a tener su personalidad y, entre sus contemporáneos, supo convencer a los mejores -Francisco de Borja, Juan de Ávila, Juan de la Cruz, el profesor Báñez...-, a los más temibles -el inquisidor general Quiroga-, a los más poderosos -el Rey Felipe II-. No solo los convenció; los sedujo. Teresa tenía encanto; ella lo sabía; y lo utilizaba. Casi siempre, sus superiores le ordenaron lo que ella ya había decidido hacer; creían tener la iniciativa; no se dieron cuenta de que trataban con una mujer tanto más voluntariosa cuanto que hacía profesión de humildad.

Teresa no es solo una contemplativa; es también una mujer que marcó su época. Marcelle Auclair lo ha señalado con toda razón: Teresa estaba dotada con ese tipo de imaginación que se traduce inmediatamente en actos; era una mujer de impulsos; la chispa de un sentimiento inflamaba un proyecto y su realización se concretaba sin demora. Era un carácter dado a la acción, lo que se demuestra por la frecuencia que surge de su pluma la palabra: determinación. En español, la palabra tiene el mismo significado que en francés -decisión que excluye cualquier vacilación-, pero con un matiz añadido: el valor que se necesita para pasar a la acción. Una vez tomada la decisión, no hay vuelta atrás; es una cuestión de principios y de amor propio; Teresa irá hasta el final a pesar de los obstáculos y de las advertencias de los prudentes o de los pusilánimes: lo que me da miedo, decía, no es el demonio; son los que le temen al demonio.

Teresa, por último, no es ninguna santurrona. Le horripilan las beaterías. Su primer impulso es desconfiar de los éxtasis; tiende a verlos como una consecuencia de la mala alimentación, de penitencias excesivas o, peor aún, de la flaqueza de espíritu. Se niega a confundir arrobamientos y abobamientos, ascesis y masoquismo, humildad y menosprecio de uno mismo. No le gusta ver en torno a ella caras largas; se ríe, canta y quiere que las religiosas también rían y canten. Lo más sorprendente es que este ánimo es el de una mujer que, desde los veinte años, siempre ha estado enferma; eso no le hizo perder la alegría y el sentido del humor.

Elevación del pensamiento y profundidad psicológica, rigor en el análisis, precisión en la expresión, sentido de la medida, humor, estas son algunas de las lecciones que Teresa de Ávila es capaz de darle a los hombres de nuestro tiempo.

Joseph Pérez

La democracia en crisis

Por Juan Pablo Fusi

A.J. P. Taylor, el gran historiador inglés, solía decir que los historiadores ven causas profundas donde muchas veces no hay sino el error de un político, o de unos políticos. «El hombre no quiere aceptar -escribía en 1963- que los grandes acontecimientos tienen causas pequeñas». Lo cierto es que, con frecuencia, ignorancia política, errores de cálculo, decisiones banales, iniciativas torpes, incompatibilidades personales e inmadurez intelectual desencadenan acontecimientos decisivos, situaciones gravísimas -conflictos civiles o militares, crisis nacionales, guerras-, con consecuencias dramáticas, casi siempre irreversibles.

Es lo que ocurre en España. En 2005, hace pues apenas dos años, se conmemoraba que el país cumplía, desde la muerte de Franco en 1975, treinta años de democracia, la etapa democrática más larga y estable en la historia española. El Sexenio Democrático de 1868-74 había naufragado entre cambios de régimen (monarquía de Amadeo de Saboya, I República), insurrección en Cuba, segunda guerra carlista y revolución cantonal; la II República (1931-36), traída por el entusiasmo popular pero pronto desbordada por desórdenes públicos, la reacción de la derecha, el suicidio revolucionario de la izquierda y la amenaza militar, fue destruida por la guerra civil desencadenada por el levantamiento militar de 1936. 1975-2005 era, por el contrario, y pese a conflictos serios (el terrorismo de ETA, el intento de golpe de febrero de 1981), la historia de un éxito, que había hecho de España una democracia estable con una Monarquía popular y una Constitución consensuada; un Estado autonómico donde los nacionalismos vasco y catalán gobernaban en sus respectivos territorios; una economía extraordinariamente desarrollada y dinámica; y un país plenamente europeo y occidental. Los grandes problemas históricos del país -democracia, forma del Estado, atraso económico, organización territorial, papel de España en el mundo- estaban definitivamente resueltos.

O eso parecía. Porque lo cierto es que, a raíz del terrible atentado perpetrado en Madrid por terroristas islámicos el 11 de marzo de 2004, todo cambió de repente y, en 2007, España vive una grave crisis nacional, la peor crisis de la democracia desde 1975. El consenso de la transición no existe. El país está emocional y políticamente dividido; su unidad moral se ha roto. El hecho es por demás flagrante. Lo que ha fallado entre 2004 y 2007 no ha sido ni la sociedad ni el entramado institucional del Estado: toda España asimiló con serenidad admirable el atentado de Madrid. Lo que ha fallado ha sido la política: el gobierno, la oposición, los partidos y sus dirigentes, los medios de comunicación. Fallaron además desde el mismo 11 de marzo de 2004. Vistos ahora con perspectiva la gestión inmediata que de aquel dramático suceso hicieron gobierno y oposición y el clima emocional en que sumió a la opinión, resulta evidente que celebrar elecciones sólo tres días después del atentado fue un tremendo error. La situación debería haber aconsejado la formación de un Gobierno Nacional de los dos grandes partidos, con el mandato de reconducir la crisis y restablecer el pulso moral del país antes de proceder a la consulta electoral. Se hizo exactamente lo contrario: toda la situación posterior a las elecciones de aquel 14 de marzo -no obstante la victoria legal y legítima del PSOE en ellas- nació lastrada por su propia anormalidad de origen.

Quienes defienden el status quo son tan responsables de una crisis como quienes lo atacan, escribió otro gran historiador británico, E. H. Carr (él se refería a la guerra, pero podemos traducirlo a la política).
Es lo que se ha visto en España desde 2004: de la parte del gobierno, tres años de fragmentación del Estado y de apaciguamiento en política exterior y hacia ETA, y de reapertura de viejas heridas históricas (como la memoria de la guerra); del lado de la oposición, tres años sin más política que la negatividad, y el recurso final, con razón o sin ella, a la movilización emocional de las masas en la calle. Lo más grave es que, con un gobierno débil y carente de liderazgo, la izquierda parece haber perdido -en la reforma territorial del Estado y en la cuestión del terrorismo- el sentido de lo nacional; y que obsesionada por galvanizar al país contra el gobierno, la oposición conservadora no es, para una parte de la democracia española, la alternativa tranquila que precisamente el sentido del Estado requiere en circunstancias como las que vivimos.

Deber de Estado es ahora, por todo lo dicho, recomponer el consenso democrático, tarea que compete ante todo a los dos grandes partidos nacionales, y con ellos a los representantes de grandes sectores de opinión -Convergencia i Unió, Partido Nacionalista Vasco-, líderes autonómicos, ex presidentes del gobierno, círculos empresariales y sindicales, portavoces de las altas magistraturas judiciales y constitucionales y desde luego, a los principales medios de comunicación. Pero tarea que es casi seguro que nadie asumirá. Con raras y valiosísimas excepciones, la política y la prensa españolas se alimentan hoy de lo que Raymond Aron definió como «dogmatismos sumarios».

La reflexión crítica sobre la situación española es, pues, inevitable. No es posible justificar lo que ha ocurrido: que en tres años se haya destruido lo que el país (y al frente, su clase política) construyó en treinta. Somos muchos los que pensamos que la democracia de 1978 respondía a una cierta lógica de la Historia, y que era por ello preciso fundamentarla en valores y principios morales y cívicos indiscutibles; y que su consolidación y funcionamiento iba a requerir que la razón democrática primase siempre sobre la miseria de la política.

La unanimidad nacional -escribía Raymond Aron en 1961- es, en ciertas circunstancias, indispensable. Yo creo que España vive ahora en una de esas circunstancias excepcionales.

Juan Pablo Fusi

Sin estrépito de ley

Hace siglos los juristas decían que había cosas que se podían resolver sin "estrépito de juicio", es decir, sin ostentación, sin observar las solemnidades de un proceso plenario, sino "de plano, breve y sumariamente". Ahora, quizás, se podría hablar de cosas susceptibles de resolverse sin el "estrépito de ley". Sería el caso, por ejemplo, de la proyectada y casi negociada Ley por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura, un texto muy ostentoso que va a servir para resolver muy pocas cosas.

El proyecto de ley, más conocido como de Memoria Histórica, tiene un preámbulo muy llamativo, digno casi de una Constitución: "Es hora de que la democracia española (...) honre y recupere para siempre a todos los que padecieron las injusticias y agravios producidos por unos u otros motivos ideológicos en aquellos dolorosos periodos de nuestra historia".

El articulado no traduce, sin embargo, tan sentidos principios en cuestiones concretas. Más bien, arregla unas cuantas cosas que podrían haberse resuelto "de plano, breve y sumariamente" y deja en el limbo lo único que hubiera tenido sentido, de haber podido hacerse sin vulnerar principios jurídicos en vigor: anular de un plumazo todos los juicios llevados a cabo por la dictadura franquista por "auxilio a la rebelión" (es decir, por auxilio a la legítima República), por asociación política o por delitos de opinión.

"Honrar y recuperar" se va a traducir en una declaración genérica y en dar a los ciudadanos que se sientan implicados el derecho a solicitar una "declaración de reparación y reconocimiento personal" expedida por el Ministerio de Justicia, como si se tratara de un certificado de "no penales". Poco contenido para tanta solemnidad.

Es verdad que la mayoría de los artículos del proyecto de ley se refieren a mejora de prestaciones, como pensiones, asistencia médica y farmacéutica, orfandad, tributación de indemnizaciones y ayudas para localizar e identificar los restos de los fusilados durante y tras la Guerra Civil. Nada de esto necesitaba, sin embargo, el estrépito que ha rodeado y rodea este proyecto de ley, ni desde luego el enfrentamiento político que provoca.

Como muy bien demuestran los documentos anexos al proyecto de ley, elaborados por la propia Presidencia del Gobierno, todo lo relacionado con esas prestaciones e incluso con la localización de fosas comunes ha sido ya aprobado, sin estrépito y por consenso, durante los últimos 30 años.

Como se trata de mantener viva la memoria, convendría resaltar que, de hecho, lo que queda por hacer en ese sentido es minúsculo en comparación con el esfuerzo que ya ha realizado la sociedad española en su conjunto para devolver sus derechos a quienes fueron despojados violentamente de ellos por el golpe de Estado del 18 de julio y por la dictadura franquista subsiguiente. En los últimos 30 años, se han resuelto favorablemente 574.000 expedientes de pensiones e indemnizaciones destinadas a personas que fueron castigadas injustamente por auxiliar a la República y por oponerse a la dictadura, con un valor total de 16.356 millones de euros, salidos del Erario Público. El volumen total de las nuevas ayudas o mejoras, ridículamente inferior, podría haberse aprobado, incluso, en la nueva ley de presupuestos, como se ha hecho en otras ocasiones, por unanimidad.

Algunos opinan que, en el fondo, el objetivo del nuevo proyecto de ley es reiterar y formalizar el reconocimiento del Parlamento a quienes sufrieron prisión, exilio, depuración o persecución por su defensa de los valores de la II República. Se trata de una petición legítima, pero, quizás, quienes asistimos a la aprobación de la Constitución de 1978 no tenemos duda alguna respecto a lo que pasó aquel día: triunfaron los valores que inspiraron la II República y se honró a quienes los defendieron. Aquella sí fue, realmente, la hora de la memoria.

Soledad Gallego-Díaz

Los nadies

Los nadies


SUEÑAN las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en llovisnita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesania.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Eduardo Galeano, "El Libro de los Abrazos" (1989)