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La policía británica, a examen

La policía británica, a examen

Los países libres necesitan unas fuerzas de seguridad fuertes contra el crimen y el terrorismo, pero los agentes no pueden violar las libertades individuales en el desempeño de sus funciones

www.timothygartonash.com

Hay dos clases de países: aquellos en los que la gente normal y decente tiene miedo a los criminales, pero confía en la policía, y aquellos en los que la gente normal y decente tiene miedo a los criminales y a la policía. He pasado mucho tiempo en países de este segundo tipo, que seguramente siguen siendo mayoritarios en el mundo. En cambio, crecí con una idea muy de clase media británica de que mi país era un ejemplo clásico del primer grupo, más afortunado. En los últimos años, como muchos otros británicos, he empezado a dudarlo.

Ahora han ocurrido dos cosas que me han arrebatado cualquier resto de conformismo que pudiera tener. Una es el vídeo de aficionado en el que se ve al pacífico quiosquero Ian Tomlinson arrojado al suelo por un miembro del Grupo de Apoyo Territorial de la Policía Metropolitana el día de la reunión del G-20 en Londres. Aunque no supiéramos que Tomlinson murió poco después, la violencia de la agresión, repentina y sin provocación, ya sería de por sí indignante. Es como si el policía en cuestión pensara que arrojar a ciudadanos corrientes al suelo es lo más normal del mundo. Me gustaría saber si alguna persona es capaz de ver el vídeo y no sentirse conmocionada.

El otro suceso es la detención, por parte de agentes de la sección de Operaciones Especializadas de la Policía Metropolitana (y en concreto, al parecer, su Mando Antiterrorista), del portavoz del Partido Conservador en materia de inmigración, Damian Green: la intromisión que supuso el registro de su casa, sus papeles privados, su cama, su despacho parlamentario y sus ordenadores, incluida la búsqueda de las claves para obtener correos electrónicos a o de gente como Shami Chakrabati, de la organización Liberty -que no tenían nada que ver con las filtraciones que estaban investigándose- y que justificaron por lo que, según ha concluido ahora un comité parlamentario formado por todos los partidos, fue una alegación falsa de la Oficina del Gabinete -el órgano de coordinación ministerial del Gobierno- de que existía una amenaza contra la "seguridad nacional".

Es para pensar: si le puede ocurrir algo así a un destacado parlamentario de la oposición, si le puede ocurrir algo así a un transeúnte inocente, entonces le puede suceder a cualquiera. Seguramente, una persona de clase media que vive confortablemente debería tener más imaginación y saber extrapolar a partir de la experiencia de otros que sufren la brutalidad o las intimidaciones de la policía, pero los seres humanos, en general, no son capaces de eso, y la mayor parte del tiempo estamos pensando en otras cosas. Ahora, de pronto, más gente ha adquirido conciencia del problema. El presidente de la Federación Británica de Policía dice que sus colegas se sienten aplastados por una caravana de críticas antipoliciales. Críticas que no sólo proceden de los órganos de la izquierda, sino también de The Daily Telegraph, The Economist, The Spectator y The Daily Mail, publicaciones que no son precisamente bolcheviques ni suelen atacar a los polis.

Alguien puede decir que la culpa es de los propios policías. No es del todo cierto. Por supuesto, siempre hay que preocuparse por las líneas maestras de actuación, la formación y la cultura interna de unidades como el Grupo de Apoyo Territorial y el Mando Antiterrorista. Hasta en los Estados más democráticos y respetuosos con la ley existe el peligro de que los hombres y mujeres de esas unidades desarrollen una mentalidad de acoso o de guerra, se distancien de los valores y el sentido común de la sociedad que les rodea. Pero el partido político que ocupa el poder desde hace 12 años (se cumplen la semana que viene) y los funcionarios que teóricamente trabajan de manera imparcial para asegurar un buen gobierno son también responsables.

Desde 1997, el nuevo laborismo de Tony Blair y después de Gordon Brown ha estado inmerso en una especie de carrera armamentística con los conservadores para demostrar a la opinión pública lo duro que puede ser contra el crimen. Desde 2001 ha incorporado una agenda de "guerra contra el terrorismo" y se ha inclinado prácticamente siempre más hacia el lado de las restricciones que hacia el de las libertades. Hace poco, un grupo formado fundamentalmente por estudiantes paquistaníes fue objeto de una detención espectacular y acusado, nada menos que por el primer ministro, de participación en "una trama muy importante". Cuando resultó que no había pruebas suficientes para justificar los cargos, ni siquiera con arreglo a nuestras vagas leyes antiterroristas, el comisario jefe de Manchester dijo que eran "inocentes", pero, aun así, decidieron deportarlos. Se pueden imaginar las reacciones paquistaníes. ¿De verdad sacrificar su libertad ha servido para aumentar nuestra seguridad? ¿O tal vez, a largo plazo, la ha puesto todavía más en peligro?

A la policía no le ha ido mal estando en primera línea de ambas campañas, contra el crimen y contra el terrorismo. Como dijo Blair en 2004, "preguntamos a la policía qué poderes quería, y se los dimos". Se ha trazado una línea continua entre las cuestiones de seguridad nacional y la seguridad individual. Se ha llegado a pensar que la clave de la seguridad residía en tender la mayor red posible para obtener información, una red que abarcara también a personas no sospechosas de ningún delito ni propósito terrorista.

Con demasiada frecuencia, en una cultura burocrática basada en los asesores políticos y la manipulación de la información, las autoridades y los oficiales de policía no han sabido distinguir con claridad entre los intereses genuinos de la seguridad nacional y los intereses del partido que ocupa el Gobierno. ¿Cómo, si no, se explica una carta del director de seguridad de inteligencia de la Oficina del Gabinete, Chris Wright, en la que pedía una investigación policial (en vez de la habitual investigación de la propia oficina) sobre las filtraciones -políticamente embarazosas- vinculadas a Damian Green, con la hiperbólica afirmación de que "no tenemos la menor duda de que ya se ha causado un daño considerable a la seguridad nacional"?

Es preciso que ocurran varias cosas para restablecer el equilibrio. En primer lugar, la policía debe poner orden en sus propias filas. Tras las investigaciones que ya están en marcha, debe volver a descubrir cómo llevar a cabo la tarea que verdaderamente le corresponde, resumida por el inspector jefe Denis O’Connor con las palabras de la reina grabadas en la medalla de la policía: "Proteged a mi pueblo". "Mi pueblo" significa nosotros, los que vivimos en el Reino Unido; no significa que la policía se proteja a sí misma ni ahorre vergüenzas al ministro del Interior. Hay que eliminar cualquier politización incipiente de la Administración y la policía.

Es necesario reforzar el escrutinio independiente de la policía. En esta crisis, la Comisión Independiente de Quejas a la Policía debe hacer honor verdaderamente a esa I de independiente. Tendrá que haber procesamientos si las pruebas lo justifican. The Economist informa de que "nunca se ha condenado a ningún policía por asesinato ni homicidio tras una muerte producida por contacto entre la policía y la gente, pese a que sólo en los últimos 10 años ha habido más de 400 muertes de ese tipo". De ello se deriva una cuestión constitucional más amplia: necesitamos una separación de poderes como es debido en el Reino Unido, con una legislatura elegida democráticamente y un poder judicial independiente que tengan unas potestades más fuertes y más definidas para controlar a un Ejecutivo excesivamente poderoso.

En los casos recientes, esa función de control la han ejercido sobre todo los medios de comunicación, con la ayuda de ciudadanos que han hecho fotografías con sus cámaras digitales y sus teléfonos móviles. La prensa ha hecho honor a su nombre de cuarto poder. Esta colaboración positiva entre los ciudadanos y los medios independientes es algo que hay que aprovechar, no limitar. Recordemos que este Gobierno pretende convertir en delito el hecho de hacer fotos de agentes de policía, con la excusa de que podrían ser útiles para los terroristas. No cuesta nada imaginar cómo un policía enardecido habría podido abusar de ese poder y haber confiscado la cámara que grabó la agresión a Ian Tomlinson.

Hagamos estas cosas, y más, y entonces los británicos podremos volver a pensar que vivimos en un país que está en el grupo de los mejores.

Timothy Garton Ash

¿Un nuevo pacto para Europa?

¿Un nuevo pacto para Europa?

Si no existiera la UE habría que inventarla, porque no hay recetas nacionales para retos globales

Si no existiera la Unión Europea, ante la gravedad de la crisis y la magnitud de los retos globales que enfrentamos, seguramente habría muchos responsables políticos tratando de crear ese espacio público compartido para enfrentarlos con más eficacia. Sin embargo, disponemos del instrumento y lo vemos con creciente escepticismo y renacionalización de las políticas.

La necesidad del espacio de la Unión y de pactos entre todos los agentes sería más evidente si asumiéramos la magnitud del desafío que tenemos por delante con todas sus implicaciones: económico-financieras, de sostenibilidad de nuestro modelo de cohesión social, energéticas y de cambio climático. En realidad deberíamos encarar esta situación como si nuestra sociedad y nuestro aparato productivo estuvieran ante una emergencia global. Algo como una guerra incruenta que tenemos que ganar, movilizando nuestras energías contra el cambio climático, contra el paro, el hambre y la enfermedad, con los instrumentos de la sociedad del conocimiento, de la investigación, el desarrollo y la innovación en todos los campos.

Sin embargo, temo que ni la percepción de los actores es ésta ni el estado de ánimo tampoco. Hay, sin duda una grave preocupación ante la crisis y temor e incertidumbre por los efectos para amplias capas de la población. Pero seguimos insistiendo en nuestras peleas en escenarios locales nacionales, ni siquiera europeos, a la búsqueda de los chivos expiatorios sobre los que cargar responsabilidades por el paro, la pérdida de renta, la dificultad de pago de las deudas de familias y empresas.

Por mucho que se insista en la dimensión global de los desafíos, esta persistente ceguera domina nuestros debates nacionales y los medios de comunicación. Por eso, la principal tarea es explicar lo que pasa a la opinión pública, su dimensión en lo global, en lo regional europeo y en cada una de nuestras naciones. Sería un paso adelante que las campañas para los próximos comicios al Parlamento Europeo fueran explicativas y con propuestas para enfrentar la crisis, en lugar de campañas de descalificaciones y consignas arbitristas.

Es cierto que hay que aprovechar y utilizar todos los márgenes disponibles en cada lugar para minimizar las peores consecuencias de esta crisis mundial, pero es inútil creer o confiar en que tenemos recetas locales autónomas para resolver desafíos que son globales. Es cierto que podemos actuar en cada país sobre el fondo de reformas estructurales que nos preparen para un futuro que va a ser diferente a partir de esta crisis. Sistemas educativos y de formación de capital humano, relaciones industriales sobre bases nuevas, políticas que corrijan la deriva demográfica, cambios de fondo en las políticas energéticas

desde la producción hasta la distribución y el consumo.

Pero es imprescindible una política de la Unión Europea como espacio público compartido, concertada con Estados Unidos y con otros actores internacionales como los reunidos en el G-20.

Como no es éste el enfoque, la confusión aumenta y se residencia cada día más en los políticos locales, sean del color que sean, las responsabilidades sobre lo que está ocurriendo, olvidando que ha sido la ausencia de una normativa aplicable global y localmente, lo que está en origen de esta gran burbuja financiera que nos ahoga con su implosión. Enfrentamos una crisis de gobernanza global sin instrumentos para corregirla.

La convicción dominante durante años de que el mercado se autorregulaba a través de su "mano invisible" apartó a la política de su función reguladora como un estorbo para el crecimiento, con la misma fuerza que ahora se exige a los políticos que reparen el desastre. Ya no hay más responsables que los Gobiernos de turno. Ya se habla poco de los autores del desaguisado y menos de las causas profundas que nos han llevado a esta situación. Sólo queda la exigencia de responsabilidad a los Gobiernos, la búsqueda irracional de chivos expiatorios en el ámbito en el que no estaban esos responsables, en el de la política.

El mundo ya cambió y nosotros no. La crisis pone de manifiesto la existencia de un antes y un después que se viene gestando desde hace más de dos décadas, con la revolución tecnológica y la caída del muro de Berlín.

No es racional ni sostenible un sistema financiero que funciona con todas las tecnologías de la sociedad de información, creando productos sin bases reales, sin contabilidad, en un mercado mundial interconectado y permanente que no tiene reglas ni, por tanto, previsibilidad o control. Sus flujos han sido diez veces más que los de la economía real o el comercio.

No es racional ni sostenible el modelo productivo basado en el consumo masivo de energías no renovables que nos abocan a una crisis de oferta inevitable y que aceleran el cambio climático hasta lo irreversible.

No es racional ni sostenible una distribución del ingreso tan desigual entre los seres humanos, más allá de la incorporación en esos años de una parte considerable de la humanidad al consumo, porque estallarán los conflictos, ahora agudizados por el incremento de la pobreza y la marginalidad.

La Unión Europea como tal y los países que la componen tienen que hacer un esfuerzo, acompañado de acuerdos sociales, económicos y políticos con todos los actores. Para incrementar las medidas anticíclicas, que rescaten y saneen el sistema financiero, capitalizándolo, y que aumenten la inversión pública generadora de empleo, porque la recesión sigue profundizándose y pocas áreas económicas tienen márgenes para cambiar la tendencia. Tiene razón Obama cuando pide ese esfuerzo mayor y coordinado.

Para revisar ya la Agenda de Lisboa, activando negociaciones para un pacto por la productividad y la competitividad en la economía global. Con políticas que mejoren en capital humano y orienten la formación hacia más y mejor investigación, desarrollo e innovación. Y ese pacto para avanzar hacia el frustrado objetivo de la Agenda de convertir a Europa en potencia económica y tecnológica de primer orden debe ir ligado al modelo de cohesión social que deseamos preservar y que debemos poder financiar sosteniblemente con una estructura productiva para el siglo XXI.

Para desarrollar una política energética nueva, que aumente nuestra autonomía y seguridad, mejore la eficiencia y cumpla los objetivos de aumentar la participación de las energías limpias y renovables, hasta producir un modelo cargado de oportunidades tecnológicas y de empleo, capaz de combatir eficazmente el cambio climático.

Para desarrollar políticas migratorias más allá de la coyuntura en la que se asuma su necesidad, teniendo en cuenta nuestra demografía, se implementen políticas de frontera, de cooperación para el desarrollo de los países emisores y de lucha contra el tráfico de personas.

Para conseguir estos objetivos necesitamos una política exterior y de seguridad que nos haga relevantes ante el mundo y contribuya a luchar contra el crimen organizado, el terrorismo internacional y las situaciones de conflicto.

El nuevo Parlamento Europeo y las demás instituciones que se habrán de renovar tienen la oportunidad de impulsar estas políticas y superar la desconfianza y el distanciamiento de los ciudadanos de la Unión.

Felipe González es ex presidente del Gobierno español.

Cultura para todas y todos

Cultura para todas y todos

Un artículo de Elvira Lindo...

Éste es el país donde se exige la gratuidad de la cultura aunque no se tenga el más mínimo interés en consumirla

Cuando nombran ministra a alguien que tú conoces siempre hay gente que piensa que vas a pillar cacho


Tres personas me escribieron la semana pasada para preguntarme si el nombramiento de la nueva ministra de cultura me podía beneficiar en algo. Ole, ése es mi país. Nunca decepciona. Nombran ministra a alguien que tú conoces e inmediatamente hay gente que no sólo piensa que puedes pillar cacho sino que vas a estar dispuesta a ello. No me sorprende. Cuando mi marido era director del Instituto Cervantes de Nueva York había ciudadanos que me preguntaban cómo era nuestra residencia oficial. ¡Residencia, ja! Había otros que pensaban que necesitabas el puesto para salir de pobre. ¡Ja, ja! Había algún grupo en cuyas filas se comentaba que si había aceptado ese carguillo sería porque aspiraba a uno mayor. Si no de qué. Y hubo incluso un escritor (lo cual ya me parece más grave) que en este mismo periódico expresó públicamente su indignación porque alguien que se había beneficiado de las instituciones se permitiera luego criticarlas (¡ja, ja, ja!). De tal afirmación se deducen dos lugares comunes, a cual más grave: primero, que toda persona que acepta un cargo público lo hace con la sola idea de forrarse y, segundo, que lo natural de quien ostenta un cargo público es que sea dócil para siempre jamás con el partido bajo el que fue nombrado. De alguna manera, ese escritor pasó a limpio lo que tristemente piensan muchos españoles, porque la relación que ha tenido Españita con la cultura ha sido siempre complicada. Decía Fernán-Gómez que nuestro pecado no es la envidia sino el desprecio. Desprecia cuanto ignora, decía Machado. Estos días, a cuenta de la procedencia cinematográfica de la nueva ministra los blogs y demás medios digitales hervían con la cantinela de siempre: no hay actor en España ni director ni guionista que no sea un chorizo. En los escritores se fijan menos, son menos visibles, pero ahí está flotando la preguntita irónica cada vez que uno gana el Planeta: "¿Qué va a hacer usted con esa cantidad de millones?". En el fondo, se digiere mejor que los futbolistas ganen cantidades extravagantes o que las ganen las estrellas de la tele, los arquitectos estrella, los cocineros michelín o los diseñadores de moda. Durante todos estos años pasados a nadie se le ocurrió preguntar, por cierto, a la pandilla de especuladores inmobiliarios que destrozaban la costa en colaboración estrecha con los ayuntamientos, de dónde sacaban tanto. A nadie le molestó la ostentación de los GilyGiles. En nuestro país se ve natural que un zopenco se lo lleve crudo. Da igual que destroce el mundo. Dadas las reacciones que se leen en los periódicos o la participación de numerosos opinadores internautas, consideramos infinitamente más peligroso a un individuo que recibe una subvencioncita para montar una obra de teatro que a un tío que ha untado a un ayuntamiento para conseguir que se recalifique un terreno protegido. España y la cultura no se llevan bien. Y no es de ahora. Así se quejaba amargamente Galdós, "éste es un país donde un solo ejemplar lo leen cuatrocientas personas". Sí, sí, éste es el país donde se exige la gratuidad de la cultura, aunque uno no tenga el más mínimo interés en consumirla. Sólo por si aca. Recuerdo una discusión airada que mantuve con un camarada en "aquellos maravillosos años". Se indignaba el camarada porque habían anunciado una subida en la entrada del Museo del Prado. Perdimos como dos horas dándole vueltas al célebre derecho del pueblo a acceder libremente al patrimonio cultural. Hasta que harta de aquella discusión interminable, le dije, "pero tú, ¿cuántas veces has ido al Prado en los últimos cinco años? Si el único museo que tú visitas es el Museo del Jamón". Ahí está la clave. A la gente parece no importarle la subida de precios en los museos jamoneros. Pagamos con gusto. E incluso invitamos. ¡Ésta la pago yo! Somos de natural flamenco. Ése es mi pueblo. Cada uno según sus posibilidades, claro, pero bares y restaurantes, un viernes por la tarde, están que se salen. Eso sí, deme usted gratis la cultura. En eso se pone de acuerdo parte de la derecha y parte de la izquierda. El odioso populismo. Libros de texto gratis para todos y todas. Cine gratis ("encima de la mierda que es, dicen, vamos a tener que pagarlo"). Ah, y que a los profesores no se les ocurra mandarle a los niños libritos de literatura. Sí, queridos amigos, yo he viajado por Españita dando charlas y he visto muchas cosas. He visto que los mismos padres que compraban en masa a una compañía americana un tipo de mochilas absurdas con ruedas (carísimas, claro), que les daban dinero a los críos para cien mil chucherías y que se dejaban una pasta en el convite de la comunión, ponían luego el grito en el cielo cada vez que un pobre maestro recomendaba una novelita. Recuerdo hace diez años, en el colegio de un pueblo rico, el de las mochilas americanas: una criatura se levantó para hacerme una pregunta sobre mis personajes. La niña, inocente y candorosa, me dijo que había tenido la suerte de conseguir toda la colección de mis libros gratis. ¿Te la regalaron?, le pregunté. "No, me la fotocopió mi papá, que es teniente de alcalde del ayuntamiento". Qué mona, estaba en esa edad en la que crees que tu padre es un héroe, aunque sea un pirata. -

Elvira Lindo

Pugna de identidades

Pugna de identidades

Siempre he creído que lo verdaderamente precioso para nosotros es nuestra fundamental semejanza


En mi primer libro, Nihilismo y acción (1970), incluí un ensayito sobre Moby Dick cuya lectura aún sigo soportando sin mayor sonrojo. Empezaba así. "Cada hombre se parece más a todos los hombres que a ese arbitrario y simple fantasma que llamamos él mismo". Expresa una convicción que he ido reforzando con los años. Aunque ahora esté de moda insistir en que la riqueza humana es nuestra inagotable diversidad y hasta nuestras irreductibles diferencias culturales, siempre he creído que lo verdaderamente precioso para nosotros -intelectual y prácticamente- es nuestra fundamental semejanza. Gracias a ella podemos comprender las necesidades y anhelos de los otros, colaborar con ellos y aprender de todos, traducir ideas y compartir las historias o los poemas. Somos seres simbólicos y por tanto hechos para resultar inteligibles los unos para los otros. Nuestras distintas formas -Holderlin dijo: "el espíritu gusta darse formas"- son la vivacidad de nuestra condición, pero lo que tenemos en común es su fundamento. Por ejemplo, es mucho más esencial que todos los humanos posean lenguaje que el que hablen esta o aquella lengua...

Parece hoy haber una pugna tenaz entre las identidades culturales y la aspiración a una universalidad humana. Desde postulados de la Ilustración, que tan bien conoce, Tzvetan Todorov sostiene en su último libro -El miedo a los bárbaros (Galaxia Gutenberg)- que la auténtica barbarie consiste en regatear a los distintos su plena humanidad, mientras que la civilización es descubrir lo que compartimos bajo la diversidad folclórica. Aunque nadie tiene el monopolio de ninguna de estas calificaciones: "lo bárbaro y lo civilizado son los actos y las actitudes, no los individuos y los pueblos". En cuanto al tema de las identidades que cada cual endosamos (y que son múltiples, salvo que alguna haga metástasis y se convierta en maníaca), Todorov distingue tres: la identidad cultural (lengua, religión, tradiciones), la identidad cívica (pertenencia a un Estado como ciudadano) y la adhesión a un proyecto común de valores universales. Las tres son compatibles, pero no intercambiables. Y no todas podemos "sentirlas" por igual: "Amamos (u odiamos) nuestra lengua, el lugar donde crecimos, la comida que nos preparaban en casa, pero no ’amamos’ nuestra Seguridad Social, nuestro fondo de pensiones o el Ministerio de Educación. Sólo les pedimos poder confiar en ellos".

Sobre la cuestión de las identidades el mejor libro que he leído en mucho tiempo es el de Amy Gutman, La identidad en democracia (ed. Katz). Estudia las ventajas que las identidades colectivas pueden aportar a quienes las adoptan y a la promoción de ciertas ideas o formas de vida, pero señala también que "el respeto por las personas implica no respetar la tiranía que ejercen las mayorías o las minorías culturales y no considerar a las culturas como todos homogéneos". En democracia, la supervivencia de grupos o tradiciones culturales no se puede comprar al precio de la limitación de elección de los individuos. Éstos deben ser educados para poder optar por cambiar de fidelidades y para salir sin perjuicio o trauma de la que en un principio les tocó en suerte.

Filósofo y también sinólogo reputado, Françóis Jullien ha escrito un tratado De l’universel (ed. Fayard). Distingue entre lo universal y lo uniforme, que para él es sólo una exigencia de la producción estándar de bienes elevada a categoría moral. Para evitar la hipóstasis de fetiches etnocéntricos, lo universalmente humano debe ser una aspiración y una exploración, no algo fijo de antemano según patrones excluyentes. Incluso los derechos humanos tienen más fuerza virtual como motivo de resistencia frente a atropellos que como código cerrado de una vez por todas. Un debate apasionante que sigue abierto... salvo para quienes se arrellanan en la poltrona de sus dogmas.

Fernando Savater

Defendiendo la verdad y la razón

Defendiendo la verdad y la razón


Es difícil, aunque no imposible, imaginar un periodismo sin diarios impresos. No es tan difícil, en cambio, imaginar diarios sin el periodismo de calidad indispensable para la salud de una sociedad democrática


El debate sobre el futuro de los diarios contiene una preocupación de fondo por el devenir del periodismo. La alternativa digital, sumada a la competencia audiovisual, incide sobre algo más que la pervivencia de los formatos impresos, también sobre los contenidos y la función social de los medios.

Ese debate informal y sostenido tiene su origen más reciente en la aparición de Internet, hace 15 años, pero la radio y la televisión ya lo habían abierto mucho antes. El control inicial de los gobiernos sobre el audiovisual, así como el tiempo necesario para su perfeccionamiento técnico, retrasaron el estallido de la competencia entre los medios hasta la segunda mitad del siglo XX. El periodismo ha sido absorbido por una industria de la comunicación en la que el espectáculo y la sensación son el mayor reclamo para asegurar los niveles de difusión y audiencia exigidos por la publicidad, fuente de financiación común a todos.

La distinta naturaleza de los medios de comunicación ha otorgado posibilidades y límites diferentes a cada uno de ellos. Hija a la vez de la hoja volante y del libro, y constreñida en espacio y tiempo, la prensa diaria ya había rozado sus lindes con el sensacionalismo amarillo de William Randolph Hearst, el cinematográfico ciudadano Kane, en cuyo deshonor Edward Godkin entonó la "vergüenza pública de que los hombres puedan hacer tanto mal con el objeto de vender más periódicos".

Hijas sucesivas del telégrafo sin hilos de Marconi, de la siembra de mensajes al viento (broadcast) de Lee de Forest y de la electrónica industrial, la radio y la televisión no han conocido otros límites que los que la política haya podido imponerles y los que el comercio no haya logrado traspasar. En su caso, los umbrales de vergüenza aún no han dejado de sorprender.

Preguntarse en qué medida los medios audiovisuales mantienen el trinomio originario información-formación-entretenimiento es una buena manera de ver el marco en que se mueve hoy el periodismo. La acentuada decantación hacia el entretenimiento más espectacular, en demérito de la formación, puede arrastrar en exceso la información hacia formatos y lenguajes impropios, por coloquiales, subjetivos y ambivalentes. La imitación de los modelos gráficos instantáneos de las noticias audiovisuales tiende a producir, además, un empobrecimiento informativo de los diarios, en cuyas páginas también gana espacio el entretenimiento.

De confirmarse esa tendencia, estaríamos ante el riesgo de una disolución del periodismo en la industria de la comunicación, mientras que Internet parecería proclamar su pura y simple obsolescencia. Hija no esperada de la informática y las telecomunicaciones, esa red global, instantánea y omnicomprensiva, de naturaleza aparentemente ilimitada, ha abierto la puerta a un periodismo más participativo y autogestionado por el ciudadano, hasta poner en duda la necesidad originaria del mensajero y mediador. Como si el periodismo agotara su ciclo histórico.

¿Lo está agotando? No se agota, en todo caso, la necesidad del periodismo como selección, elaboración e información de los hechos, de acuerdo con criterios de interés público, como investigación y presentación de los problemas de la sociedad, como análisis y crítica con aportación de opiniones fundamentadas.

La pregunta es si habrá lugar para el periodismo así entendido -y no como una mera repetición de noticias e impactos- en el espacio vacío que pudiera resultar de la acentuación de esas tendencias, entre su disolución en la industria de la comunicación y la procelosa navegación de los lectores por los mares virtuales de Internet.

Otra pregunta es si hay una conciencia clara de estas amenazas, agravadas por una crisis que ha reducido la publicidad que financia todos los medios, que ha cortado el potente despegue de los diarios gratuitos y que afecta también a los de pago. Una tercera pregunta sería si podría sobrevivir el periodismo a una eventual desaparición de los diarios impresos.

El orden inverso de las respuestas no alterará el sentido de la explicación.

Es difícil, aunque no imposible, imaginar un periodismo sin periódicos. Los periódicos son la referencia histórica del periodismo y su cultura profesional, por ser el más antiguo de los medios y el único específico, creados expresamente para la función de informar y crear opinión, ligados en su evolución al progreso de la libertad y de la democracia, víctimas primeras y genuinas de cualquier regresión política. De los periódicos han tomado la radio, la televisión e Internet principios, valores y géneros informativos, así como el nombre mismo de la actividad -periodismo- y las tareas que ejercen sus redactores o periodistas.

No es tan difícil, en cambio, imaginar periódicos sin el periodismo bien entendido al que nos referimos. Hemos sufrido esa extraña situación en España durante gran parte del franquismo y la siguen sufriendo en muchos países. Si sucede por razones políticas, podría suceder también -y, de hecho, comienza- por razones económicas. La tradición periodística anglosajona, que es la más acreditada por su continuidad, coherencia y vinculación originaria con la libertad de prensa, ofrece una conciencia de lo que hay que defender y cómo, frente a esas tendencias de disolución del periodismo, más fuerte y clara que otras tradiciones afectadas por su vinculación originaria al poder y por los accidentes derivados de la historia política. En España, el corte profundo de la Guerra Civil y el franquismo rompió la continuidad de la frágil tradición liberal y ha dejado el periodismo en una situación de escasez de referentes personales y culturales. Con una conciencia más difusa de las amenazas y una situación de debilidad conceptual para la defensa del lugar del periodismo en el futuro de los medios.

Sirva el periodismo norteamericano como referencia, no sólo para explicar las causas de los cambios y amenazas, sino también para construir los argumentos de la defensa. Un periodismo que reconoce la verdad como primera obligación y cuya primera lealtad es con los ciudadanos, de acuerdo con Bill Kovach y Tom Rosenstiel, que expresaron en The Elements of Journalism (2001, actualización y revisión en 2007; en español, Los elementos del periodismo, EL PAÍS, 2003), fruto de un extenso trabajo de investigación y debate profesional. Un periodismo que no desatiende el concepto de objetividad, sino que lo plantea como método en una disciplina esencial de verificación de las noticias.

Hay una razón histórica, si se quiere elemental, para creer en la pervivencia de los periódicos impresos: contrariamente a lo que se pensó en momentos parecidos del pasado, los nuevos medios no han comportado la desaparición de los antiguos, sino su transformación y adaptación. Tampoco afrontan todos los periódicos los mismos riesgos, más acentuados para los que dependen de las grandes campañas de publicidad que para los ligados a contenidos y recursos locales.

Para el futuro de todos los medios, se requiere una sólida conciencia social y profesional sobre el periodismo que hay que defender. De ahí la necesidad de profundizar en la comprensión y la aplicación del concepto recurrente de periodismo de calidad, de convertirlo en referencia común del ejercicio profesional, de la demanda social y del interés del público. El periodismo de calidad, tomado como condición necesaria pero no suficiente. El problema principal está en su financiación, aún más ahora que la publicidad ha caído en picado y que el horizonte inmediato es de crisis y reducciones de plantillas.

El periodismo de calidad es caro, pero es indispensable para la buena salud de una sociedad democrática. Volvamos a Kovach y Rosenstiel: "El periodismo proporciona algo único en una cultura: la información independiente, fiable, precisa y extensa, que los ciudadanos requieren para ser libres". Evoquemos a Mariano José de Larra, nuestro primer gran periodista, que definió su oficio como un ejercicio genuino de crítica al Gobierno y defensa de la sociedad, que proclamaba como único objetivo del periodismo "contribuir en lo poco que pudiese al bien de mi país", sin necesidad de "defender más que la verdad y la razón".

Jaume Guillamet es catedrático de Periodismo de la Universitat Pompeu Fabra, de Barcelona.

Preguntas sobre Bolonia


1. Las autoridades del Ministerio y de muchas universidades españolas tienen gran empeño en defender -aunque más con eslóganes publicitarios que con argumentos- las bondades de los objetivos del plan Bolonia. Naturalmente, nadie puede estar en contra de promover la compatibilidad de las titulaciones y la movilidad de los estudiantes, de facilitar a estos últimos su inserción en el mercado laboral europeo o de transformar nuestras universidades y volverlas más atractivas para captar estudiantes de otras partes del mundo. ¿Pero es eso lo que previsiblemente se va a producir una vez culminado el proceso de Bolonia? ¿No se les ha ocurrido pensar a nuestras autoridades que una cosa son los efectos deseados y declarados de una determinada política y otra sus efectos reales?

2. El hecho de que algunas carreras universitarias, y no precisamente marginales -como Medicina, Arquitectura y diversas ingenierías "clásicas"-, hayan quedado fuera del proceso y se las haya privado, en consecuencia, de lo que se anuncia como grandes bienes para las otras, da qué pensar. ¿Acaso los anteriores objetivos no son de aplicación a los futuros médicos, arquitectos e ingenieros? ¿Será quizás que alguien ha considerado -lo que no dejaría de ser un alivio- que hay ciertos riesgos que no conviene correr? ¿O será simplemente que hay algunos gremios que siguen contando con una considerable capacidad de presión?

3. Resulta bastante curioso que la homogeneidad que pretende lograrse en el ámbito europeo vaya a hacerse a base de exacerbar la heterogeneidad entre los diversos planes de estudio (para las mismas titulaciones) de las diversas universidades españolas. ¿Son conscientes, las autoridades ministeriales y los rectores, de cómo se están elaborando los planes de estudio en la mayoría (por no decir en la totalidad) de las universidades públicas españolas? ¿Era eso lo que se pretendía cuando se decidió dar libertad total a las universidades a la hora de configurar titulaciones y de diseñar planes de estudio?

4. Fuentes enteramente fidedignas aseguran que no; que lo único que pretendió el ministerio con esa (irresponsable) decisión fue evitarse problemas. ¿Pero no resulta extraño que políticos de ideología socialista no fueran conscientes de los riesgos de semejante desregulación? Y, en todo caso, a la vista de lo que ha pasado con las políticas de desregulación en el ámbito económico y financiero, ¿no sería conveniente aplicarse el cuento en relación con las universidades? ¿Es tan disparatado pensar que la codicia con que ha obrado tanta gente en el mundo de las finanzas tiene un pendant bastante exacto en el deseo de no perder o de aumentar su poder por parte de los numerosos mandarines universitarios?

5. La aplicación que se está llevando a cabo de la Declaración de Bolonia en muchos países europeos se aleja en aspectos importantes de lo que está ocurriendo en España. Por ejemplo, tanto Francia como Italia, Alemania o Reino Unido -o sea, los países cuyas tradiciones jurídicas solemos tener como referencia- han renunciado a estar en el sistema de Bolonia por lo que se refiere a la carrera de Derecho. ¿Habrá que advertir quizás a estos países del gran error que están cometiendo? ¿O será que se han dado cuenta del hecho elemental de que los estudios de Derecho tienen un carácter marcadamente nacional, de manera que tiene escaso sentido hablar aquí de homologación de estudios? ¿Y no ocurrirá algo parecido en relación con otras titulaciones pertenecientes al campo de las ciencias sociales o de las humanidades?

6. Es casi imposible no pensar que lo que la reforma de Bolonia va a producir en un futuro inmediato, con la sustitución de las licenciaturas por grados, es justamente una degradación de los estudios y de las titulaciones; o sea, los graduados de mañana sabrán menos que los licenciados de hoy y tendrán un título que les abrirá menos oportunidades laborales. ¿O alguien cree que por arte de birlibirloque, aun contando con el concurso de pedagogos y psicólogos, lo que antes se aprendía en cinco años va a poder ahora asimilarse en cuatro? Quedan, claro, los estudios de posgrado, pero ¿cuántas universidades estarán en condiciones de ofrecer títulos de master "competitivos en el mercado laboral"? ¿De verdad se cree que va a ser tan fácil, desde el punto de vista económico, acceder a ellos como hoy lo es acceder a una universidad pública? ¿Han pensado los rectores de muchas, de la mayoría, de las universidades públicas las consecuencias que va a tener la conversión de sus instituciones en colleges (como se sabe, en Estados Unidos, los colleges son centros de educación que, aun siendo universitarios, están a mitad de camino entre nuestras universidades y nuestros institutos de enseñanza media)? ¿Es eso lo que quieren?

7. El gran avance en los métodos de enseñanza que, se supone, significa Bolonia no es otra cosa que una imitación del modelo estadounidense. No cabe duda de que algunas de las universidades de ese país constituyen centros de excelencia en cuanto a la investigación y a la docencia y que, por lo tanto, tiene pleno sentido tomarlas como modelo. Lo que ocurre es que cualquiera que conozca mínimamente esas universidades sabe que la excelencia se debe a los medios de financiación con que cuentan y a otros factores "subjetivos" como la calidad de los estudiantes, la dedicación de los profesores y la "cultura institucional" (que haría imposible, por ejemplo, que pudieran aprobarse titulaciones y planes de estudio como los que se están elaborando en nuestras universidades). ¿Cree el ministerio que todo ello se va a conseguir a golpe de Boletín Oficial del Estado y como simple efecto de "la sana competencia entre universidades"? ¿Ignora, por ejemplo, cómo se están confeccionando -con qué "seriedad"- los apartados "metodológicos" de los planes de estudio?

8. La Declaración de Bolonia fue un mero compromiso que no vincula jurídicamente a los Estados y que se está aplicando de manera muy desigual en los diversos países europeos. A la vista de que es cuando menos plausible que la rápida culminación del proceso en nuestro país puede ocasionar daños graves e irreparables, ¿no sería razonable establecer una moratoria, con independencia de que quienes la están pidiendo desde hace algunos meses sean o no estudiantes "antisistema"?

Manuel Atienza es profesor de Universidad. A su firma se adhieren Juan Ruiz Manero, Josep Aguiló, Juan Manuel Navarro Cordón, Ramón Rodríguez, José Luis Pardo y Fernando Savater.

Lo que está pasando

Lo que está pasando

Para salir de la gravísima crisis económica a la que se enfrenta el mundo hay que acabar con el despilfarro, tenemos que ser más ecológicos y utilizar los recursos de forma muy productiva

Cuál es el escenario en el que nos estamos viendo inmersos, cada día con más certidumbre, cada vez con mayor dramatismo? Los datos son inequívocos. Estancamiento, en el mejor de los casos, o decrecimiento del producto interior bruto (PIB); aumento del desempleo, galopante en varias economías, por ejemplo en la española; caída generalizada de la inversión; hundimiento del consumo; oferta de crédito muy inferior a las necesidades que de crédito existen. ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué está sucediendo?

En la evolución temporal de los sistemas económicos se dan dos tipos de tensiones. Algunas se pueden solucionar con relativa facilidad, pues para hacerles frente es suficiente con variar uno, o a lo sumo dos, parámetros económicos; otras tensiones del sistema económico, en cambio, suelen tener una evolución demoledora.

Las primeras, las recesiones coyunturales, pueden ser puntualmente intensas, pero, cuando menos, tienen la virtud de ser relativamente breves; las segundas, por el contrario, son intensas, prolongadas, dramáticas. A lo largo de la historia, el número de esta segunda clase de tensiones es escaso, pero su duración puede dilatarse largamente en el tiempo. Son las crisis sistémicas.

Las crisis sistémicas se caracterizan porque al estallar afectan al propio funcionamiento del sistema y a fin de salir de ellas es preciso sustituir o modificar en profundidad algunos elementos constitutivos del mismo, de forma que se introduzca en él una nueva forma de operar. La crisis de 1929, que condujo a la Gran Depresión, fue de estas características. La crisis ante la que ahora nos hallamos también lo es.

El crash de 1929 se produjo porque el modo de funcionamiento del sistema se agotó: el incremento tan elevado de la productividad habido a partir de 1923 dio lugar a una oferta que no pudo ser absorbida por la demanda, porque ésta era limitada e insuficiente; los instrumentos que se aplicaron, tratando de revertir la situación, no funcionaron debido precisamente a que eran hijos de la situación que pretendían arreglar y, en consecuencia, estaban viciados por ella. La verdadera solución de esa crisis no llegó en realidad hasta 1950, cuando se dotó al sistema de una nueva forma de funcionar.

Actualmente está sucediendo algo muy semejante. El impulso creado por los cambios introducidos en el sistema a partir de 1950 quedó agotado en 1973, que es el momento en el cual se hizo patente que el precio de las commodities, en especial el precio del petróleo, no iba a continuar siendo tan bajo como hasta entonces. Como reacción, se introdujeron cambios que permitieron mejorar la productividad, pero el resultado de ese incremento fue la desvinculación del crecimiento económico de la creación de empleo, y esta circunstancia acabó incidiendo en el equilibrio entre la oferta y la demanda, en un entorno de creciente inestabilidad monetaria. La solución a este problema no resuelto llegó en 1991 y quedó reforzada en 2002.

Fue ingeniosa y simple: los problemas se resolvieron con un aumento exponencial del volumen de crédito concedido a familias y empresas; y el resultado fue brillante: la inversión aumentó, a la vez que lo hacía el consumo, mientras que el desempleo provocado por la oleada de deslocalizaciones fue en parte enjugado por un sector servicios en constante progresión.

Entre el año 2003 y mediados de 2007, con unos tipos de interés excepcionalmente reducidos, y con una, en la práctica, total liberalización en el tránsito de capitales, el PIB comenzó a crecer empujado por la inversión y por el consumo, a la vez que la deuda privada se disparaba en todas las economías, aunque en unas más que en otras. El desenlace es conocido.

Hoy hemos alcanzado un momento en el que este modo de operar se ha agotado. Y no es que se haya agotado desde una perspectiva sólo financiera, sino que lo ha hecho en un nivel puramente físico: el grado de endeudamiento de las personas y de las empresas ya no puede crecer más. Sin ir más lejos, en el caso de España, el endeudamiento familiar y empresarial supera en dos veces el valor añadido que la economía española genera en un año. Y en el caso de Estados Unidos, el endeudamiento es mayor que el valor de la producción estadounidense correspondiente a bastante más de tres años. No es posible que todo ese volumen de deuda continúe creciendo. Pero a la vez, no es posible que se continúen despilfarrando recursos tal como se han estado despilfarrando hasta ahora. Y no es posible, no sólo desde el punto de vista de la ecología, sino por mera eficiencia del propio sistema.

El actual modo de funcionamiento del sistema productivo, desde su mismo origen, fue altamente despilfarrador. Partía de una base errónea, ya que suponía que la cantidad de recursos de los que podía disponer era ilimitada. De todos los recursos, desde el petróleo hasta el uranio, desde el cobre hasta el agua. Por consiguiente, el modo de producción puesto en funcionamiento por nuestro sistema no se paraba a pensar en la eficiencia en el uso de tales recursos. En todo caso, la preocupación era, tan solo, cómo obtener los recursos precisos al más bajo precio posible. Y debido a que durante muchos años el precio de las commodities fue muy reducido, la eficiencia en el uso de los recursos continuó brillando por su ausencia.

La crisis de 1973 concienció a las fuerzas productivas de que la productividad tenía que mejorarse porque el precio de los recursos comenzó a aumentar, pero las fuerzas productivas continuaron actuando como si la cantidad disponible de recursos fuera infinita, lo que no es cierto. No lo era entonces ni lo es ahora. Hoy se sabe que el número de años durante los que podremos disponer de petróleo o de uranio a un precio asumible es muy limitado, y que el agua potable es cada vez más escasa, y que el cobre fácil de obtener no es infinito.

El cambio sistémico que traerá la crisis que estamos comenzando a padecer y que se pondrá de manifiesto de forma especialmente dramática a mediados de 2010 nos hará desembocar en una situación en la que, tarde o temprano, el propio sistema comprenderá que los remedios que se han ido estableciendo desde el año 2007 no sirven de nada.

Y cuando por fin llegue ese momento, la salida de la gravísima y terrible situación a la que el mundo se enfrenta tendrá que consistir en la toma de conciencia de algo que deberíamos haber comprendido hace tiempo. A saber: que la eficiencia en el uso de los recursos debe regir de forma prioritaria la toma de decisiones, y que es a través de la mejora continuada de la productividad como se pueden conseguir los cambios necesarios para ver la salida de la crisis.

Dicho así no suena mal: hay que acabar con el despilfarro, tenemos que ser más ecológicos, debemos utilizar los recursos de forma muy productiva. No suena mal, pero todos, Gobiernos, empresas y ciudadanos, debemos comprender y aceptar que para funcionar de ese modo tenemos que aplicar cambios drásticos y profundos, que afectarán muy notablemente a nuestro modo de vida. Y son unos cambios que tendrán que ser, además, permanentes. Introducir esos cambios, teniendo en cuenta que son de gran calibre, no es sencillo para nadie. Ni sencillo ni agradable, sobre todo al principio.

Santiago Niño Becerra es catedrático de Estructura Económica del IQS (Universitat Ramon Llull), y acaba de publicar El crash del 2010. Toda la verdad sobre la crisis (Los Libros del Lince)

La prueba de los nuevos

La prueba de los nuevos

Menos adjetivos y más argumentos es lo que se espera de ministros y portavoces


Aparte de la salida de Solbes, que es el dato políticamente más relevante de la crisis, es llamativo que el presidente del partido y el vicesecretario general se hayan unido al secretario general en el Gobierno. En tiempos de Felipe González, cuando Narcís Serra sustituyó a Alfonso Guerra como vicepresidente del Ejecutivo, el sustituido tuvo interés en aclarar que no había paralelismo con la situación anterior porque el nuevo número dos del Gobierno no lo era a la vez del partido, como lo había sido él. Luego no podía realizar la misma tarea de coordinación entre ambas instancias. Ahora la situación es inversa: José Blanco sigue siendo el segundo del PSOE, pero no pasa a ocupar el mismo rango en el Gobierno.

Una incógnita es si Blanco seguirá compareciendo cada lunes en nombre de la dirección socialista, en teoría para fijar la agenda de la semana. En realidad, para arremeter de la manera menos matizada contra la oposición, venga o no a cuento. Si no sigue en esa función le sustituirá verosímilmente la Secretaria de Organización, Leire Pajín, número tres, que tiene la misma tendencia.

La remodelación ha vuelto a dejar sin resolver un viejo problema del zapaterismo. Lo que se denominó falta de política informativa del Gobierno, aunque en realidad era otra cosa. Se decía que el Gobierno hacía muchas cosas pero no sabía venderlas: un lugar común de casi todos los partidos, y que en el fondo es una manifestación de vanidad o inyección de autoestima: somos muy buenos pero tímidos para alardear de ello. Sin embargo, más que timidez, lo que se detectó (en medios poco o nada hostiles al PSOE) fue una cierta incapacidad de sus principales portavoces para argumentar políticamente con claridad. Esa incapacidad se manifiesta casi cada miércoles en que hay sesión de control al Ejecutivo, y también en las ruedas de prensa posteriores a los Consejos de Ministros de los viernes.

La vicepresidenta De la Vega es el miembro del Gobierno con mejor imagen y se reconoce su eficacia como coordinadora entre departamentos y apagafuegos del Ejecutivo en relación a los más diversos conflictos. Pero no es una buena portavoz: no tiene facilidad para explicarse; para dar razones de por qué se hace o se deja de hacer algo, o para refutar las acusaciones de la oposición.

Según trascendió hace un año, Zapatero intentó resolver ese problema convirtiendo en portavoz a José Antonio Alonso, que como ministro del Interior y luego de Defensa se había revelado como un pico de oro muy convincente. Pero por razones que (tampoco) supo explicar nadie, el proyecto no fue adelante, lo que acabó llevando a Alonso al Congreso, como portavoz del grupo. Se aprovecharon sus cualidades argumentativas en otra institución, pero para ello tuvo que dejar el Gobierno; seguramente, contra las intenciones iniciales de Zapatero.

La política se hace con el lenguaje, y la política democrática mediante razones. Desde hace algunos años, sin embargo, parece haberse perdido el gusto por argumentar. Se afirma o niega algo, y como mucho se añade un adjetivo que califica o descalifica a alguien, pero apenas se ofrecen razones de ello. En su lugar hay una sobrecarga retórica hecha de principios genéricos y obviedades. En ocasiones, la argumentación se desplaza a la entonación. Se puede observar en las sesiones de control. Las frases más vacías son pronunciadas como si fueran parlamentos de Cicerón, acompañadas de gestos que pretenden subrayar la evidencia.

El asunto ha vuelto a suscitarse a propósito de la falta de aliados que padece el partido del Gobierno desde las elecciones del 1 de marzo. Se dice que hay que limitar las iniciativas a aquellas que puedan ser apoyadas por potenciales socios de ocasión, para evitar derrotas; pero lo que correspondería con la situación actual sería seleccionar iniciativas que por su conveniencia para el interés general sólo podrían no ser apoyadas al precio del descrédito de quien lo pretendiera.

Pero para ello se necesitan políticos con conocimientos de la materia planteada y capaces de defenderla con razones claras: entendibles por la opinión pública. Ésa será una de las pruebas que habrán de pasar los nuevos ministros.

Patxo Unzueta