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Problemas y cosas a aclarar

Un problema es una cuestión dudosa que se trata de aclarar o un conjunto de circunstancias que dificultan la consecución de un fin. Lo que tenemos en España son problemas: cosas que aclarar (el uso de las lenguas oficiales, por ejemplo) y circunstancias, por ejemplo, económicas, que dificultan nuestros fines. Situaciones que no se resuelven con pesimismo ni con optimismo, sino con estadísticas, razonamientos ordenados que despejen dudas, y, claro está, con medidas adecuadas que, por lo menos, atenúen las circunstancias adversas.

Nadie dice que sea fácil, pero desde luego suele ser menos difícil si se va al centro del asunto y no se pierde demasiado tiempo en discusiones periféricas, poco relacionadas con los problemas en cuestión.

En el caso español, se diría que hay cada vez más asuntos enfocados de manera periférica y muy poco interés, no sólo por parte de los políticos, sino también de otros sectores de la sociedad, por promover debates públicos sobre esos asuntos centrales que, bien mirado, son los que más afectan a la vida de los ciudadanos.

Quienes creemos que la transparencia ayuda a atraer la atención sobre debates importantes, estamos de acuerdo con la publicación de las balanzas fiscales. Es bueno que quienes vivimos en una u otra zona del territorio español sepamos dónde está la riqueza y cómo se mueven los flujos para reducir las disparidades económicas y sociales. Es bueno que se abra un debate público sobre cómo compaginar los legítimos intereses de comunidades autónomas que son ricas, como Cataluña (pero también como Madrid o Baleares), con comunidades que precisan, también legítimamente, un fuerte trasvase de fondos, sin el que no sería posible garantizar la cohesión territorial del conjunto del Estado.

El problema en España no es que se publiquen las balanzas fiscales, sino que no se publiquen más estadísticas y balanzas sobre esas y otras cuestiones. El problema es que el Ministerio de Sanidad se niega a publicar las listas de espera para operaciones quirúrgicas por comunidades, que los diferentes ministerios no promueven ni proporcionan estadísticas comparables sobre la vida y la situación de los ciudadanos en diferentes territorios del Estado.

A lo mejor con todos esos datos en la mano desaparecerían muchos debates falsos y muchos políticos especialistas en calcular a ojo de buen cubero. Seguro que un extremeño comprendería (es un ejemplo hipotético, no un dato) que no es razonable que un catalán espere tres veces más que él para operarse de una cadera o que un catalán estaría de acuerdo en que se dedicaran más recursos a la enseñanza en Andalucía, en el caso de que sean muchos más los jóvenes andaluces que abandonaran la enseñanza superior que los jóvenes catalanes. (Y si no estuvieran de acuerdo, por lo menos se les podría reprochar, con toda razón, su falta de solidaridad).

Lo mismo sucede en el caso del uso de las diferentes lenguas oficiales del Estado. El debate central no es quién decide si en Cataluña se deben estudiar dos o tres horas de español a la semana, sino si los ciudadanos que viven en Cataluña quieren que sus hijos aprendan bien el español, su gramática y su literatura en la escuela pública. ¿Alguien les ha preguntado a los expertos si reducir su enseñanza a dos horas pone en peligro ese correcto conocimiento? Una cosa es que los niños hablen español en el patio del colegio (¿por qué inquieta eso tanto a la Generalitat?) y otra que aprendan a escribirlo y a disfrutarlo.

El aprendizaje de dos lenguas en el sistema escolar no debería formar parte de los dogmas políticos. El bilingüismo es una cuestión muy estudiada, aunque en España, Cataluña incluida, no existan aún suficientes informes técnicos sobre los resultados de nuestras propias políticas lingüísticas. Es muy probable que si unos y otros aceptáramos planteamientos más científicos, la enseñanza de las dos lenguas dejaría de ser tan polémica y tan discutida.

La realidad es que el debate central que se está planteando, de forma muy encubierta, no es el bilingüismo, sino saber si se quiere imponer identidades nacionales a través de la disciplina que supone el uso preferente de una lengua u otra o si se aceptan identidades plurales. Los catalanes hablan indistintamente en cualquiera de las dos lenguas oficiales y es evidente que entre ellos no existe problema para el uso de español. Los inconvenientes, que sí existen, no los ponen los ciudadanos, sino sus representantes políticos. Sin preguntarles siquiera su opinión.

Soledad Gallego-Díaz

El toro y Manhattan

El toro y Manhattan


La calle 14. Si ha habido alguna vez un lugar en Nueva York en el que vibrara algo parecido a una colonia española, sucedió alrededor de la calle 14. Aún quedan restos de aquellos locales en los que Cuba, España y México se daban la mano. En parte, porque hay una cercanía evidente, y en parte, porque los dueños de restaurantes se tomaron al pie de la letra la confusión que tienen los americanos con el mapa, y en los restaurantes populares, de esos en los que el menú se escribe con tiza, se anunciaban la paella y los tacos, como si tal cosa. México y España inventaron la comida fusión, en esa zona de Chelsea, mucho antes incluso de que existiera el concepto tan pijo para la comida oriental, que también nació, por cierto, de nuestra incapacidad para distinguir a un chino de un vietnamita. Propongo un nuevo término, comida con-fusión, y un movimiento culinario, el con-fusionismo. Pero a lo que iba, la colonia española se extinguió, aunque aún quedan los ecos. Hay un eco en el hotel Chelsea, con ese restaurante Don Quijote que Andy Warhol entendía como la celebración máxima de lo kitsch, pero que para usted y para mí, que hemos padecido una infancia de bares de carretera, es una suerte de paroxismo cañí: el mítico gotelé (goterones tan grandes que rozarte contra ellos es dejarte la piel a tiras), bodegones posvelazqueños, vírgenes de esas que consiguieron que odiáramos a Murillo, cuando el hombre no tenía la culpa de nada, y unos molinos con aspas giratorias como si fueran ventiladores. La decoración llama a pedirse un bocadillo de calamares goteando aceite y una sangría, bebida que, por cierto, se ha puesto de moda este verano; es la bebida estrella de esta tendencia con-fusión. Te la sirven en cualquier antro hispano, y te coges una toña, a lo tonto, que yo calificaría como "toña de chiringuito". Saben de lo que les hablo. Hay otro punto de la antigua colonia, La Nacional, una especie de bar, restaurante y punto de encuentro desde 1863, que en estos días ve amenazada su existencia y está intentando recabar apoyos para que continúe abierta. El domingo, después del brunch, esa comida americana que suena tan fina en la que se comen cosas tan bastas (huevos, salchichas, hamburguesas y bizcochos), el eco de la 14 nos llegó al corazón. Hablo en plural porque éramos un grupo de españoles de todas las Españas deseando encontrar un bar para unirnos así a esa especie de catarsis que ha supuesto la final de la Eurocopa. Con nosotros iba el más español de todos, ese al que llamamos Boris, pensando que es un seudónimo, pero que en realidad se llama así porque fue un capricho de su mamá, en homenaje a Boris Godunov. Boris era para nosotros como Casillas para la selección. Tras él entramos en La Nacional, abarrotada de gente fundamentalmente joven que en algún lugar de su anatomía lucía una bandera española. Estudiantes, científicos, médicos, arquitectos, ancianos de la vieja colonia, turistas..., todo el abanico de la presencia española en la ciudad estaba allí sudando, saltando, bebiendo cerveza, y en medio, nuestro Boris, que se dejó fotografiar, sin perder la sonrisa, con toda esa sudorosa afición. Boris por aquí, Boris por allá. Había una especie de locura, que se acentuaba por la falta de aire acondicionado. El gol llegó, y tras él los momentos de tensión hasta el último minuto. Una lluvia de goterones gordos, una ducha literal, cayó del cielo, y la gente salió a oxigenarse y a cantar la victoria. Yo, refugiada en un rincón, no daba crédito. Un grupillo de gente joven empezó a cantar Que viva España (la canción, por cierto, que más odia Manolo Escobar), y un hombretón sacó a bailar a Boris el pasodoble. Reconozcamos, de una puñetera vez, que después de tantos años de evitar decir la palabra España, de considerar la bandera como símbolo franquista, de ser incapaces de vivir con naturalidad el hecho de ser españoles, que no es un orgullo, sino una evidencia, un pasaporte, una cercanía familiar con toda su diversidad, aunque sólo sea porque, coño, somos un país más pequeño que Tejas; reconozcamos, digo, que las escenas del domingo fueron inauditas y tuvieron algo de liberadoras. Los jóvenes llevaban toros de Osborne en las banderas. ¡Toros! Dios mío, hace sólo tres meses me llamaron de un periódico italiano para preguntarme a qué se debía ese rechazo a un símbolo popular carente de ideología. Se debe, dije, a que somos como somos. Un coñazo, francamente.

La selección entró por la Castellana celebrando la victoria, pero yo me llevé la milésima parte de ese triunfo porque entraba en las tiendas manhatteñas y era felicitada en cuanto un comerciante advertía que era española. Un zapatero egipcio me dijo: "¡Hombre, no va a apoyar un egipcio a Alemania!". Mi portero, o mi superintendente, como dicen aquí, ese hombre que en el telefonillo se anuncia como "Súper Jiménez" (¿no es increíble?), me tuvo una hora en la calle explicándome el golazo; hablándome del Xavi, del niño Torres o de Casillas como si fueran sus primos. Me dijo: "Hicimos barbacoa en Nueva Jersey para ver ganar a España. No conozco a nadie en mi entorno que apoyara a Alemania". "En el mío, sí", le dije, "Urkullu". Pero el hombre no lo entendió. -

Elvira Lindo

El síndrome confederal

El síndrome confederal

En sus explicaciones sobre el pensamiento político del siglo XIX, José Antonio Maravall no ocultaba su simpatía por Francisco Pi y Margall. Su proyecto de organización federal de España, asentado sobre las reformas sociales, le parecía a largo plazo mucho más realista que la centralización y el nacionalismo español conservadores de Cánovas. Había sin embargo un punto débil. Pi no percibía la distinción entre federación y confederación, esto es, entre la articulación de sucesivos niveles de poder hasta configurar un centro último de decisiones, la federación, y la primacía reservada a la "soberanía" de cada uno de los Estados asociados sobre las competencias delegadas a un centro reducido a funciones de coordinación, la confederación.

La descentralización de competencias puede ser muy amplia en la federación, incluso en el nuevo federalismo cabe insistir en la importancia de las funciones compartidas entre el Estado central y los Estados federados, pero el núcleo de las decisiones políticas y la garantía de la igualdad de derechos permanecen en manos del Gobierno y las instituciones federales. La ventaja aparente de la confederación reside en "sentirse cómodos" (Maragall) y su gran inconveniente en que la paridad entre los componentes, así como la simple condición de mediador del centro, impiden que el Estado cree un mecanismo eficaz de resolución de los conflictos. Además, según advirtiera Hamilton en El Federalista, sobre la experiencia de los primeros pasos confederales en Norteamérica, el predominio de los intereses propios daba lugar a verse "alternativamente amigos y enemigos entre sí, con mutuos celos y rivalidades".

Las confederaciones han estallado en los dos últimos siglos una tras otra. Recordemos la trágica explosión de Yugoslavia al hacer valer Milosevic el predominio fáctico de Serbia sobre las reglas confederales establecidas por la Constitución de 1974, empezando por la rotación de la presidencia. En cuanto a la Confederación suiza, por la Constitución de 1999, se autodefine como Estado federal.

En ésta y en otras cuestiones, nuestra clase política no escapa a la calificación establecida por el arbitrista González de Cellorigo, quien en "el tiempo del Quijote" definía a España como "una república de hombres encantados", en estado de permanente disociación respecto de la realidad. Asuntos como la montaña de juicios sin tramitar o la increíble peripecia de los policías tipo Sed de mal en Coslada llevan a la pregunta de si tienen existencia real los ministerios y organismos competentes. Otro tanto cabe decir de los grandes especialistas que hubieran debido ir más allá del tema de la constitucionalidad formal de los nuevos Estatutos, catalán a la cabeza, preguntándose por el curso que iba a adoptar el propio Estado de entrar en vigor esta singular reforma del orden constitucional, socavando la estructura del mismo en nombre del principio de bilateralidad. El Consejo de Estado emitió un notable dictamen de alcance general al que nadie hizo caso. Luego, silencio.

España no se ha roto, pero la aplicación del criterio de la comodidad, un policentrismo de hecho, muestra cómo la deriva confederal introduce crecientes elementos de disociación. "A cada comunidad, su río", de manera que en tiempo de sequía el Estado tiene que acudir a solidaridades de partido y a eufemismos para que el agua disponible llegue a quien la necesita. No es cuestión de conferencias ni de buenas voluntades: la soberanía de una comunidad sobre tales recursos contradice el interés general. Otro tanto cabe decir de la reforma financiera interterritorial. Puede ser necesaria para quienes más pagan como Cataluña (o Baleares, o Madrid), pero lo grave es el planteamiento del president Montilla, que se limita a esgrimir frente al Estado la supuesta imposibilidad de que Cataluña soporte la situación actual, proponiendo la aplicación del principio que ya contenía la Constitución de los confederados en la guerra de Secesión americana: no aportar recursos para disminuir la desigualdad interterritorial. Es la afirmación más nítida de un principio de bilateralidad, que reposa sobre la lógica interna del Estatut, por encima de los remiendos para "constitucionalizarlo": hay una nación, Cataluña, y un Estado español, nunca España. De nuevo conferencias y tratos para salir del paso. Falta un mecanismo constitucional, de carácter federal, que aborde tales conflictos de decisiva importancia.

No hablemos de Ibarretxe. Incluso un hombre discreto como Montilla, ex ministro, acepta la falsa evidencia de que es posible pensarlo todo exclusivamente desde Cataluña, que resulta lógica la hegemonía impuesta al modo de Quebec hasta el límite en la enseñanza y en la expresión pública de la "lengua propia" sobre el idioma de todos, que la política de apoyo a los inmigrantes musulmanes, como explica el profesor Moreras, entregada a ERC, tenga por objetivo ganarles para la idea de la independencia de Cataluña, que la idea de solidaridad característica de la izquierda haya sido reemplazada por la defensa a ultranza de los propios intereses económicos.

Claro que Cataluña da muchos votos al PSC y que cualquier lector de su ponencia política puede apreciar el apego del PP a una concepción preconstitucional, unitaria, sin nacionalidades, de la nación española. Petición final: que Montilla, de un lado, y el ponente popular, de otro, dejen de mencionar el nombre de federación contradiciendo su significado.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.


Iglesia católica y poder político en España

Iglesia católica y poder político en España

Ahora chirrían en España las disonancias verbales de algunos ilustres prelados. Pero no todos los derechos democráticos pueden ser utilizados como evangélicos. Por ejemplo, recomendar la desobediencia civil.


Me siento cercano al diagnóstico de Américo Castro: "España es la historia de una creencia". Viene a cuento una experiencia del sacerdote Tarancón cuando contaba 30 años, en plena guerra civil. La sublevación le sorprendió en Tuy. Como era inevitable, allí se dejó contagiar por los primeros fervores de aquel acontecimiento que, a su juicio, tenía "aires de cruzada". Le llamó desde Burgos su amigo Emilio Bellón, que había logrado reunir a un grupo de jóvenes que fundaron la revista católica Signo. El de Burriana llevaba ya en Galicia casi dos años, aislado de sus amigos de Madrid. Corrió cuanto antes a la capital castellana. Cuarenta y seis años más tarde, jubilado en su retiro de Villarreal, escribía Recuerdos de Juventud. Uno de los pasajes más elocuentes de estas páginas es aquel en el que anota su sorpresa por el trueque de papeles que observó entre el Capitán General y el Arzobispo de Burgos. Al final de una gran manifestación patriótica, habló primero el Capitán General. "Sus palabras fueron como una oración. Dio gracias a Dios porque ayudaba descaradamente a las fuerzas nacionales. Pidió que el pueblo español conservase su fidelidad a la fe y al evangelio para continuar mereciendo la protección del Señor". En cuanto al discurso de monseñor Castro, "fue una auténtica arenga en la que pedía al pueblo que ayudase a los militares para vencer definitivamente a los enemigos de Dios y de la patria". A los jóvenes de Acción Católica les reprochó el excesivo entusiasmo por el Alzamiento que se reflejaba en la revista Signo. Según sus palabras, "corríamos el riesgo de hacer imposible la tarea de reconciliación que la Iglesia había de asumir ineludiblemente cuando terminase la contienda".

Cuando todavía en el 38, antes del final de la guerra, Tarancón se encarga de la parroquia y del arciprestazgo de Vinaroz le sorprende, y así lo hace notar en sus Recuerdos, que los curas liberados de la zona republicana reconocieran la mayoría de los errores cometidos en su práctica pastoral durante la República y ahora se aferrasen al poder del nuevo Estado. Entonces, observa don Vicente, se perdió la gran ocasión de hacer "una reflexión seria y profunda en aquellos momentos que podían ser decisivos para el futuro del cristianismo en nuestra patria. Demasiado fácilmente nos acogimos a las seguridades que nos ofrecía la victoria militar".

Le tocó después, a lo largo de 10 años de presidente de la Conferencia Episcopal, enfrentarse al intervencionismo de los políticos en las cosas de la Iglesia y más de una vez advirtió a ministros que se profesaban muy católicos que no se preocuparan tanto por las instituciones eclesiásticas ya que el obispo era él y, como tal, el encargado de defenderlas. El Concilio Vaticano II fue para él la luz definitiva, especialmente cuando votó a favor de la Constitución sobre "La Iglesia y el mundo actual" y del Decreto sobre "La libertad religiosa". Parece que había quedado claro que "la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno" (76).

El Evangelio rechaza, como tentación diabólica, que el poder político sea utilizado para evangelizar. Joseph Ratzinger en su libro Jesús de Nazaret comenta así la victoria de Jesús sobre la tercera tentación, cuando el diablo le ofrece todo el imperio sobre la tierra: "El auténtico contenido de esta tentación se hace visible cuando constatamos cómo va adoptando siempre nueva forma a lo largo de la historia. El imperio cristiano intentó muy pronto convertir la fe en un factor político de unificación imperial. El reino de Cristo debía, pues, tomar la forma de un reino político y de su esplendor. La debilidad de la fe, la debilidad terrena de Jesucristo, debía ser sostenida por el poder político y militar. En el curso de los siglos, bajo diversas formas, ha existido esta tentación de asegurar la fe a través del poder, y la fe ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente por el abrazo del poder. La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha para que el reino de Jesús no pueda ser identificado con ninguna otra estructura política, hay que librarla en todos los siglos" (pág. 65).

El Concilio orientó toda la acción de la Iglesia hacia la evangelización. Si en un momento había prevalecido el carácter apologético como defensa frente a las revoluciones ideológicas de los últimos siglos, ahora había que insistir en el diálogo con el mundo. En la Iglesia comenzó a hablarse claramente de la Segunda Evangelización. Juan Pablo II aprovechó el V Centenario de la Colonización de América, para reconocer el error de la Iglesia y oponer "evangelización" a "colonización". Pablo VI antes de finalizar el Concilio publicó su primera encíclica sobre el diálogo. "La Iglesia debe entablar diálogo con el mundo en el que tiene que vivir. La Iglesia se hace mensaje. La Iglesia se hace coloquio" (n. 60). Y en 1974, al recoger las conclusiones del III Sínodo romano dedicado a la evangelización, avanza notablemente sobre este concepto: "Lo que importa es evangelizar -no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces- la cultura y las culturas" (n. 20). De hecho los que se divorcian o abortan no lo hacen sólo porque lo permitan las leyes, sino porque no han sido debidamente evangelizados. Para el Episcopado francés, la Iglesia tiene que desarrollar una "función de mediación" en esta sociedad violenta y fracturada.

En España chirrían ahora las disonancias verbales de algunos ilustres prelados. Sospecho que no todos los derechos democráticos pueden ser utilizados como evangélicos. Por ejemplo, recomendar la desobediencia civil, abrir procesos de intenciones a propósito de las leyes permisivas de un gobierno laico, apoyar a los que tratan de desacreditar el poder constituido, etc. Ante la Constitución más hostil a la Iglesia y sus instituciones, como fue la de la Segunda República, los obispos españoles en su Declaración Colectiva (1931), dieron ejemplo de acatamiento y respeto al poder constituido, siendo fieles a la tradición de la Iglesia e hicieron serias advertencias en este sentido a todos los fieles. Permítame el lector esta cita: "No olviden jamás que, si la verdad tiene unos derechos, la caridad tiene sus deberes; eviten, por tanto, los escritores católicos vanas e injuriosas polémicas, absteniéndose de aplicar apelaciones despectivas e inconvenientes, que tantas veces se usan para distinguir unos católicos de otros, y no caigan en la temeraria ligereza, con el fin de sostener a un partido político, de hacer sospechosa la ortodoxia de otros, por la sola razón de pertenecer a otro bando, como si la profesión de catolicismo estuviera necesariamente unida a tal o cual partido político... Conviene evitar y apartarse de todo lo que sea y parezca inmoderación intemperancia y violencia de lenguaje... Para la defensa de los sagrados derechos de la Iglesia y de la doctrina católica, no son debates acrimoniosos lo que hace falta, sino la firme, ecuánime y mesurada exposición en que el peso de los argumentos, más que la violencia y aspereza del estilo, da razón al escritor". (IV. 10)

La Iglesia oficial acepta la "laicidad positiva", aquella en la que se garantiza la libertad de creer y la de no creer; porque no considera que las religiones son un peligro, sino más bien una ventaja, como acaba de decir Sarkozy. El debate sobre la licitud de la ética pública es un tema mayor que merece otro artículo. El contenido semántico de la palabra "laico" se desplaza según la tendencia de quien lo emplea. Norberto Bobbio se negó a firmar el Manifesto laico por "su lenguaje insolente contagiado de anticlericalismo". Existe un laicismo que rechaza toda forma de agresividad y es propenso al diálogo con los católicos sobre cuestiones particularmente delicadas, como el aborto, las uniones de hecho, hetero y homosexual y las investigaciones genéticas. "En la coyuntura político-cultural que se está delineando -escribe el profesor de Turín G. E. Rusconi- la distinción entre laicos y católicos ha llegado a ser más importante que la de izquierda-derecha" (La Stampa, 25.04.02).

José Mª Martín Patino es presidente de la Fundación Encuentro y sacerdote jesuita.

El perdedor

El perdedor

Rajoy tiene un problema. Uno fundamental, que ensombrece los otros que padece. El problema de Rajoy es que no ganó las elecciones. Si hubiera ganado su falta de carácter sería interpretada como mesura; su indefinición, síntoma de prudencia; su carisma deficiente, una demostración de que a veces los votantes saben distinguir entre envoltorio y fondo. Si las hubiera ganado, sus colegas celebrarían sus silencios como la actitud del hombre sabio; sus frases enigmáticas irían de boca en boca hasta que llegara ese intelectual, siempre hay uno, que las pasara a limpio. Si hubiera ganado, los que hoy enseñan los dientes serían ministros, secretarios de Estado, directores generales; eso les tendría definitivamente más calmados y pensarían que el debate sobre la capacidad de un solo partido para albergar a todos los sectores de la derecha puede esperar. También estarían aquellos cuyo nombre sonó para entrar en el Olimpo, pero que, tristemente, se quedaron sin nada. Ésos serían, sin duda, los más entusiastas defensores del jefe, porque no hay fidelidad más grande que la de aquel que está en la cola de los que quieren ser algo. Ay, el poder, qué brillo tiene. Genera tantas ilusiones que son contados los casos en que los ministros se rebelan. Los hombres que ostentan el poder, decía Montaigne, siempre parecen inteligentes. Lo penoso, añade, es que cuando el líder lo pierde, sus acólitos no tardan más de tres días en preguntarse: "¿Cómo tendríamos la cabeza para apoyar a este individuo?". Rajoy tiene muchos problemas, apuntados a diario por los analistas de este melodrama, pero el mayor es que perdió. De Zapatero, el ganador, Felipe González destacó la suerte como una de sus mayores virtudes. Habrá que empezar a creerle, dado que la legislatura ideal para cualquier gobernante es aquella en la que no se habla más que de la oposición.

Elvira Lindo

Lula versus Chávez

Lula versus Chávez

Mientras Hugo Chávez se dedica a insultar a la Interpol, Lula da Silva celebra a Standard &Poor’s. La Interpol existe para combatir el crimen internacional y Standard&Poor’s para evaluar riesgos de inversión. Las dos acaban de emitir importantes informes. Interpol certificó que la información que vincula a Hugo Chávez con los terroristas de las FARC no fue "plantada" por partes interesadas en comprometerlo. Standard& Poor’s certificó que Brasil tiene un clima muy favorable para los inversionistas.

La reacción de ambos estadistas no se hizo esperar. "Corrupto, vago, policía gringo, payaso, ridículo, innoble..." fueron algunos de los calificativos que usó el presidente Chávez para describir a Ronald Noble, el secretario general de Interpol, organismo integrado por 186 países, incluyendo Venezuela. La reacción de Lula da Silva al de Standard&Poor’s fue algo diferente: "Es casi como si fuera un momento mágico para el país... Tenemos que estar felices pero con mucha seriedad y sensatez... no debemos dejar que la euforia nos haga perder la seriedad... hicimos un ajuste fiscal delicadísimo, conseguimos reducir la inflación, aumentar las reservas, aumentar las exportaciones".

Estas dos reacciones no solo reflejan el carácter de los dos presidentes sino también sus muy diferentes estrategias internacionales y sus actitudes hacia la globalización. Mientras el venezolano espanta a los inversores, el brasileño los seduce. Mientras Chávez se dedica a las FARC, a exportar la revolución bolivariana y llamarle nazi a Ángela Merkel, Lula se ocupa de promover las empresas brasileñas en el mundo y a pasar el fin de semana con George W. Bush en Camp David, persuadiéndole para que le ayude con sus exportaciones de etanol. Mientras la producción de petróleo de Venezuela ha caído por falta de inversión y PDVSA, la petrolera venezolana, es utilizada para importar pollos y exportar maletines llenos de dólares en jets privados a Argentina, su equivalente brasileña Petrobras logra, gracias a sus inversiones en tecnología, descubrir uno de los yacimientos petrolíferos más importantes de los últimos tiempos. Mientras Lula consigue que empresas brasileñas obtengan jugosos contratos en Venezuela, Chávez compra dos mil millones de dólares en armas rusas. Mientras Lula estrecha lazos con empresarios en las reuniones de Davos, Chávez estrecha lazos con Bielorrusia, Irán y Cuba.

Está claro: mientras Chávez se gasta los ingresos petroleros en promover la globalización política y militar de América Latina, Lula da Silva ya es el campeón de la globalización económica. Desde el día en que Lula fue electo en el 2002, la bolsa de Brasil ha ganado un 1.600%. En ese momento, Brasil era considerado un país de alto riesgo y se pensaba que Lula llevaría la economía al desastre. Para sorpresa de todos Lula privilegió la estabilidad económica que había conquistado su predecesor, el admirable Fernando Henrique Cardoso. Esta apuesta le ha dado resultados. Hoy, Lula es el presidente más popular que ha tenido Brasil en décadas. Las razones están a la vista y no sólo para los inversores. En los dos últimos años, 23 millones de brasileños han salido de la pobreza y, lo que es más, ahora tienen vivienda, auto y otros bienes. La desigualdad en el ingreso ha bajado y el país disfruta del mayor nivel de prosperidad en treinta años. Los niveles de consumo de comida, electrodomésticos y medicinas de las clases con menores ingresos no tienen precedentes.

Tanto Lula como Chávez son fieramente críticos de la globalización. Sin embargo, los dos la utilizan con gran provecho. Lula para estabilizar económica y políticamente a su país y Chávez para influir sobre sus vecinos. En Venezuela, el flujo de inversiones extranjeras ha caído a niveles insignificantes y hoy el país recibe menos inversiones extranjeras que algunos de los países más pequeños y pobres del mundo. Mientras tanto, Lula ha convertido a Brasil en destino obligado para los inversores.

Todo esto no quiere decir que Lula haya abandonado sus entusiasmos por el tipo de emociones políticas que provoca Chávez. Según el presidente brasileño, "Chávez es sin dudas el mejor presidente que Venezuela ha tenido en cien años". Esto sorprendió a los analistas que no encuentran en las políticas del presidente brasileño parecido alguno con las de Chávez. Pero los más sorprendidos fueron los millones de venezolanos que viven cada día con los resultados de la conducta del "mejor presidente que han tenido en cien años". Los venezolanos se preguntan: ¿Si a Lula tanto le gusta Chávez por qué no le imita? ¿O mejor aún: por qué no se lo lleva a Brasil?

Moisés Naím

El Dos de Mayo y la nación

El Dos de Mayo y la nación



Con sentimientos encontrados se está celebrando el segundo centenario del Dos de Mayo; los sentimientos son encontrados porque mientras los que lo celebran en general lo hacen atribuyéndole el origen del sentimiento nacional español, otros no lo celebran precisamente por esa razón: porque les parece que el nacionalismo español no es digno de encomio sino de execración. A las personas que, como yo, que creen que una nación es algo convencional cuya existencia debe obedecer a consideraciones racionales, tales celebraciones les parecerán deseables si estiman conveniente la existencia de tal nación. Conversamente, a las que no les parece conveniente no compartirán el júbilo de tales conmemoraciones.

En mi modesta opinión, los españoles que no se sienten tales y que quieren demoler o trocear el país son como los pasajeros de un barco que quisieran desguazar la nave en plena travesía y construirse ellos otra a su gusto con los materiales del desguace y con total indiferencia acerca de la suerte de sus compañeros de travesía, alegando con insuperable frivolidad que "no se sienten cómodos" en el navío que los transporta. Y los que los dejan hacer para no ser llamados centralistas, o para no herir susceptibilidades, se me antojan dignos tripulantes de "la nave de los locos".

Todo ello no es óbice para que en ocasiones las manifestaciones que se hacen sobre la nación española y el Dos de Mayo me parezcan desorbitadas y algo pueblerinas. A menudo se habla y se escribe como si el único nacionalismo que hubiera aparecido sobre la faz de la Tierra a principios del siglo XIX fuera el español. En realidad se trata de un fenómeno universal, o casi. El término "nación" es utilizado por los revolucionarios franceses en un sentido muy diferente del que hoy se le concede: los revolucionarios contrastan "la nación" como conjunto de ciudadanos libres e iguales frente a la monarquía del Antiguo Régimen cuyos componentes eran súbditos no libres, sino sometidos a la voluntad de un monarca. El término "nación" de los revolucionarios franceses se asimilaba más al actual de "democracia" o de "ciudadanía" o de "pueblo" en el sentido de la Constitución de Estados Unidos (We, the People) que a la acepción tribal o comarcal, cuando no racista, que adquirió más tarde y que casi siempre tiene ahora.

Lo original del Dos de Mayo español y del alzamiento en armas que siguió fue que se luchó contra el invasor francés haciendo uso de los conceptos y la retórica que la Revolución Francesa había alumbrado. Cierto es que en el alzamiento hubo diferentes idearios, y que en unos dominó la xenofobia, el apego a la monarquía y la religión tradicional, mientras que para otros la nación española significaba un país moderno y constitucional de ciudadanos libres e iguales. Pero contradicciones hubo en todas partes: los propios franceses eran una mezcla de súbditos imperiales y republicanos jacobinos, y muchos de los que vitoreaban al Emperador poco después aceptaron de buen grado ser siervos de la monarquía restaurada. Lo mismo ocurrió en toda Europa: la simpatía hacia el igualitarismo y la libertad proclamados por la revolución se mezclaban con el odio al invasor y al héroe tornado déspota: recordemos que Beethoven dudó si dedicar o no su Sinfonía Heroica a Napoleón.

El Estado-nación es producto de la gran revolución moderna que se inicia en Holanda e Inglaterra en el siglo XVII y que se generaliza un siglo más tarde con la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa, que, en realidad, es una Revolución Europea. Todo esto ya lo establecieron hace medio siglo Louis Gottschalk y Jacques Godechot, entre otros. Lo interesante del caso español no me parece ser su pugna por ser una nación moderna en el siglo XIX. Eso les ocurre a todas, empezando por Francia, e incluyendo a las anglosajonas, donde también hay una larga y compleja pugna por la modernidad.

La originalidad española estriba en que, siendo un país atrasado económica e intelectualmente a comienzos del siglo XIX, lucha con una gallardía extraordinaria por preservar su identidad a la vez que se esfuerza por adoptar y adaptar lo mejor del programa revolucionario: el parlamentarismo, la Constitución, la soberanía popular, las libertades básicas. Lo que España logra en ausencia de Fernando VII y en nombre de ese "rey felón" es algo que se antoja muy por encima de sus flacas fuerzas económicas, sociales y militares: combatir a la potencia hegemónica con sus mismas armas intelectuales y políticas. Que la hazaña estaba por encima de su fuerza real lo prueba la dificultad con la que a lo largo del siglo XIX se alcanzó el ideal político de las Cortes de Cádiz, el continuo tejer y destejer constitucional y la propensión al golpe de Estado. La lentitud del progreso económico llevó consigo el estancamiento social y político.

La paradoja absurda es que hoy, alcanzada la madurez social y económica, contemplemos con indiferencia cómo se intenta derrocar piedra a piedra un edificio tan trabajosamente construido.

Gabriel Tortella es catedrático emérito de Historia Económica en la Universidad de Alcalá.

Muerte en las fronteras de la UE


A Canarias llegan más de nueve millones de turistas al año y unos miles de inmigrantes en barcas. Pero lo segundo es descrito como una invasión. Aceptamos una escandalosa deshumanización del inmigrante


Algunos datos. Las islas Canarias cuentan con aproximadamente dos millones de habitantes. De media, el archipiélago recibe entre nueve y diez millones de turistas cada año. Estas cifras evidencian la existencia de una industria turística que aporta el 32% del PIB generado en el archipiélago, y denotan, sin duda, una importante multiplicidad humana y cultural.

Las cifras que vienen a continuación son, en todos los aspectos, inferiores a las citadas anteriormente: En los últimos años, se han contabilizado en el archipiélago canario entre 20.000 y 30.000 personas llegadas en cayuco procedentes de África y, en proporción creciente, de Asia. Las últimas estimaciones de la UE hablan de 10.000 personas que perdieron la vida en los últimos años tratando de alcanzar las costas canarias. Mientras, en las costas del Mediterráneo, las autoridades italianas interceptan anualmente entre 20.000 y 30.000 personas. La mayoría llegan a Sicilia y a la isla de Lampedusa. Otros quedan atrapados en Calabria, Puglia y Cerdeña.

Ahora nos hacemos la siguiente pregunta. ¿En base a qué razones nos convertimos en un centro de visitantes para el primer grupo y un centro de retención para el último? ¿Por qué levantamos un monumento para los muertos en el primer grupo -por ejemplo, el monumento erigido en 2007 en memoria de las víctimas holandesas que perdieron la vida en el accidente aéreo de Tenerife, en 1977- y no para los viajeros africanos y asiáticos sin papeles que perdieron la vida durante sus viajes? ¿Qué legitima esta distinta valoración de vidas humanas?

Lo que está en juego aquí es el problema de clasificación y de purificación basados en un consenso sobre una diferencia no igualitaria de carácter político. El factor diferencial en este caso es el interés. El interés no tiene nada que ver con la igualdad o con la indiferencia, pero la necesidad del interés político está relacionada con una protección no igualitaria. La diferencia entre turistas buenos y malvados inmigrantes se percibe como normal e inherente. Los turistas son viajeros de estancia corta, que vienen a disfrutar del Mediterráneo y del Atlántico. Como contraste, los inmigrantes ilegales son vistos a priori como bárbaros a los que temer, un sujeto sospechoso y de no interés, supuestamente en grandes cantidades y amenazando el orden público y la seguridad.

Nada más ilustrativo que los términos abierta e imprudentemente utilizados en los medios de comunicación tales como riadas, corrientes, masas e incluso tsunamis contra los que hay que construir muros que prevengan inundaciones.

Lo realmente preocupante es que el pánico moral se basa en la representación de una sucesión de ignominias que nada tienen que ver con la realidad social o con la evaluación científica sobre la migración global contemporánea. A pesar de la implacable conceptualización utilizada de riadas y tsunamis, sólo un pequeño subconjunto de la humanidad es inmigrante. Es la mayoría de la población la que compone el subconjunto de turistas. Por tanto, la diferencia moral construida entre ambos subconjuntos está basada en esta dudosa representación secuencial. Los medios de comunicación piden ayuda para las islas del sur de Europa sin mencionar una palabra sobre los millones de turistas acogidos. Esta atención mediática no ha dejado inalterada la política europea, forzada desde entonces a reaccionar de forma anticipada por el temor a dichas masas.

Por el temor a los refugiados que huyen en barco hacia las islas se han definido y fortificado kilómetros de líneas de aguas territoriales a un nivel superior. Las fronteras externas de la UE que bordean el Mediterráneo se han convertido en auténticos escollos. Con estos hechos, la política de la diferencia demanda un peaje horroroso. Los viajeros en cayuco son héroes locales en sus países de origen mientras que se transforman en infiltrados, impuros, perturbadores en el país de destino. Ellos son de facto considerados como desechos inevitables y aceptables del sistema de producción de la prosperidad europea.

Las vidas desechadas no tienen ni cara ni nombre. Son numeradas, recibidas en centros de retención -vertederos humanos para muertos civiles- y consecuentemente deportadas. Por tanto, la representación en sí misma se ha tornado en la cruda realidad.

Con el paso de los años, la construcción de las fronteras externas de la UE ha producido un atroz coste de varios miles de vidas, especialmente en y alrededor del Mediterráneo y, desde el 2005, en el Atlántico, aunque no solamente allí. Muchos de los inmigrantes han muerto por ahogamiento, otros por asfixia durante la travesía en barcos o camiones, mientras que un significativo número de personas ha cometido suicidio asediadas en el umbral entre la deportación y la nacionalización, es decir, en los centros de retención.

Concluimos. Mantengamos la máxima de que la multiplicidad humana de cualquier tipo consiste en lo mismo en al menos tres sentidos. 1. Todas las personas son igualmente valiosas moralmente. 2. Las personas deben poder opinar sobre los principios políticos que tienen impacto sobre sus vidas. 3. Una política de admisión basada en la fe del origen de nacimiento es una discriminación inmoral en contra de la igualdad del valor moral de las personas.

Cuando abrazamos máximas y las aplicamos a las prácticas fronterizas de la UE, debemos concluir que la UE viola los tres principios igualitarios de un régimen moralmente justo. La UE hace una distinción moral entre personas, no incluye a las personas en la construcción de unas fronteras por las que se ven afectadas y politiza la fe en las personas en base al lugar de nacimiento. La UE construye una distinción entre el refugiado nombrable e innombrable, en otras palabras, entre un viajero bienvenido y un enemigo político sobre la base de su origen y de su valor económico.

Esto conlleva una carga de deshumanización y una retórica redundante que no conduce más que a un racismo populista. El resultado es una máxima absurda: si te has librado de una situación por necesidad vital o por mejorar tu estatus social o incluso has salvado la vida poniendo en peligro tu vida, eres categorizado como un bárbaro desechable. Al mismo tiempo, no lo debemos olvidar, la mayoría de los denominados inmigrantes ilegales, una vez que han alcanzado los dominios de la UE, encuentran trabajo.

Construyen carreteras, limpian, sirven y nutren las casas de trabajadores de la UE. Y, para no olvidarlos, junto a los inmigrantes ilegales se producen subconjuntos innombrables en la fábrica de progreso neoliberal: los mendigos, sin techo, personas que se encuentran bajo el imperativo moral de "víctimas" en vez de bárbaros. Ellos llegan a los bulevares y playas de las islas turísticas para sobrevivir y nada más por las mismas razones. Es la particularidad política dentro de la UE quien crea sus propios extraños y, finalmente, sus vidas desperdiciadas. Las consecuencias de la producción del siempre deseado Nosotros y del eterno indeseado Ellos es una agitación creciente del pánico moral al que la política se agarra agradecidamente en su lucha por los votos. Este temor moral injustificado a un planeta a la deriva se convierte en una situación alarmante de viajeros irregulares hacia la UE. Es la desigualdad creada por esta política de la diferencia por la que las personas con sus barcos tambaleantes, que amenazan en masa con inundar "nuestro" territorio, son víctimas. Ellos son empujados a la categoría no elegida de inmigrante sin nombre. Esta particularidad es la diferencia política dentro de la UE, que se opone a la categoría buena, la del nombre políticamente claro en la democracia liberal por la que los turistas son una categoría de interés y la innombrable categoría mala, los inmigrantes ilegales cuya pena imaginamos como resultado de su falta de desarrollo.

La frontera de la UE discrimina injusta e injustificadamente a las personas en base al país de origen y en base a los papeles. El resultado es una diferencia vergonzosa en el colorido de los mares europeos. Mientras que para algunos, los turistas, el Mediterráneo y el Atlántico tienen una imaginativa pureza y color azulado, para algunos otros el color de la línea divisoria de las aguas de Europa es rojo sangriento.

Firman este artículo Noemí Padrón-Fumero, Henk van Houtum y Freerk Boedeltje, del Departamento de Economía de las Instituciones, Estadística y Econometría de la Universidad de La Laguna y del Nijmegen Centre for Border Research, Department of Geography, Radboud University Nijmegen, respectivamente.