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No problem. Aunque muera viviré

No problem. Aunque muera viviré

por Ana Vázquez Ponzone.

Durante la pasada Pascua vi a Jesús pasar. Le vi atravesando la carretera a Tánger, en Marruecos. Iba rápido, muy rápido.
De un borde al otro de la carretera, cargando una tela en la que guardaba todo aquello que pudo reunir antes de emprender su camino, y que necesitaría para los duros días que se le venían encima.

Era un Jesús de piel negra, era un Jesús vapuleado, maltratado, magullado, asustado y condenado por toda una sociedad que le acusa de tener demasiadas ganas de vivir y de luchar, demasiadas ganas de trabajar, demasiadas ganas de alcanzar una vida mejor para él y para los suyos. Cruzó muy rápido, pero me miró, y en su mirada me acusaba de no defenderle ante el mundo, de no defenderle ante la mentira y ante la injusticia. Me acusaba de tanta sangre y lágrima derramada en la roja tierra africana. Pero al mismo tiempo, me perdonaba, me decía ”No problem” –como siempre dice un buen africano- porque aunque muera viviré. Era un Jesús solo, muy solo. No tenía quién le ayudara a llevar su carga. Porque cualquiera puede denunciarte. Y eso no, otra expulsión de la tierra prometida no sabe si la aguantaría.
Iba solo, con su carga, camino del bosque que precede al otro mundo.

Pero antes de llegar tiene que atravesar la valla, esa valla doliente, inhumana, que grita y clama al cielo y a los hombres. Porque en este mundo nuestro, parece que no basta con ser un hombre o una mujer para caminar por la tierra. Se necesita tener y ser mucho más para cruzar las fronteras impuestas por la sinrazón. Se necesita papeles, una identidad adecuada, es decir, haber nacido en el lugar “correcto”. Pero Jesús no tenía nada de eso, y tenía que esperar a saltar la valla. Esa valla de alambres y espinas, esa doble valla de seis metros de altura y no sé cuantos kilómetros de larga, esa maldita valla que divide lo que Dios creó como algo único.

Y creo que allí se adentró, en soledad, esperando el viento que engaña los sensores, o el oleaje que relaje a los guardias de frontera. Porque la valla llega al mar, ese lugar de muerte donde 3.500 seres humanos murieron el año pasado en su intento de alcanzar un mundo mejor.

Pero el Jesús que yo vi también iba cargado de fe, de confianza, pidiéndole a su padre que le indicase sus caminos, que le enseñase sus sendas. Y le pedía a su padre que en su vida se abrieran caminos de paz y de bien, de justicia y de libertad. Pero antes de adentrarse en el denso bosque me gritó, fuerte, muy fuerte “¡No temas! Ve y avisa a mis hermanos y hermanas que vayan a verme a la casa de las hermanas Vedrunas en Ceuta, allí me verán”. Porque allí, el Jesús que yo vi, y todos los Jesús del mundo que consiguen cruzar la frontera tendrán un sitio donde descansar antes de seguir el camino.

pastoralsj.org

Los límites de la discrepancia

LOS efectos de la radicalización política de la pasada legislatura no van a desaparecer por arte de magia. Las formas, por el momento, han mejorado en alguna medida pero la situación sigue siendo preocupante. La idea de reproducir en esta legislatura, con el mismo «dramatis personae», la misma dialéctica, que hemos venido sufriendo durante largos años, genera desconsuelo, inquietud y sobre todo un profundo aburrimiento. Sería -no lo será- verdaderamente cansino.

La radicalización se ha instalado en el conjunto de la sociedad española con una sola e importantísima excepción que hay que destacar desde el primer momento: el diálogo social, un diálogo en el que los sindicatos y los empresarios vienen dando un esplendoroso ejemplo de convivencia civilizada y eficaz. Son dos estamentos que merecen un especial reconocimiento porque están ayudando de una forma decisiva a nuestro desarrollo económico. Sin el clima que han sabido crear -y recrear cuando ha sido necesario- nuestra situación actual no sería ciertamente la misma sino claramente peor. Mirando al futuro, ese buen diálogo, es uno de nuestros activos más sólidos y más serios.

Los ejemplos negativos desgraciadamente son muchos. Los más importantes afectan a tres áreas: lucha antiterrorista, política exterior y justicia. Vamos a ver si en todos ellos podemos cambiar la deriva actual porque si tuviéramos éxito, España daría un salto de gigante en todos los órdenes. ¿Cómo hacerlo? Empecemos por recordar que el derecho a discrepar, siendo como es un derecho básico en política, no es un derecho absoluto entre otras cosas porque ningún derecho lo es. Hay temas en los que, al estar afectado el interés público de una forma directa, clara, intensa y dramática, ese derecho a discrepar desaparece o se limita substancialmente. Tenemos que volver a recordar, en este sentido, que la democracia no es un sistema que permita que todos estamos de acuerdo, sino justamente a convivir en desacuerdo. Y en ese ejercicio de convivencia la obligación de consensuar habrá que respetarla y asumirla cuando llegue el momento. Y el momento ha llegado y parece, además, muy propicio.

En el tema del terrorismo se ha llegado a límites de ceguera e irresponsabilidad absolutas. El símbolo más doloroso es la existencia de organizaciones rivales de apoyo a las víctimas que se han radicalizado aún más que los propios partidos políticos. Pero el problema más grave es, desde luego, la ausencia de un pacto contra el terrorismo, y es ahí donde deben centrarse todos los esfuerzos para un consenso amplio y sincero. Ya no es cuestión de buscar inocentes o culpables. La única cuestión es llegar a un acuerdo sin más excusas ni dilaciones. Lo exige la ciudadanía en su conjunto y en su consecuencia los dos partidos mayoritarios tendrán que ponerse a ello en el plazo más breve posible y si no logran el objetivo habrá que organizar, desde la sociedad civil con el apoyo de los medios de comunicación, la presión necesaria para recordarles, sin cesar, su compromiso. Tienen que sentirse forzados a hacer lo que irremediablemente tendrán que hacer. Es una obligación política y ética.

En materia de política exterior parece claro que es el Gobierno a quien corresponde fijar las prioridades y las estrategias pero aún así -y parece que se está en ello- tiene que buscarse un consenso en las áreas principales: apoyo a países subdesarrollados con especial atención a África e Iberoamérica; impulso a las relaciones con los países del eje del Pacífico que van a ser la clave económica decisiva en las próximas décadas; mayor y mejor presencia política en Europa; normalización completa de las relaciones con los EE.UU., un país con el que deberíamos colaborar en Iberoamérica, Europa y Medio Oriente de forma intensa; cuidado especial de los vínculos con nuestros países vecinos; acentuar el aspecto económico de nuestras relaciones exteriores; desarrollar por fin una diplomacia parlamentaria seria.

La politización de la justicia está creando situaciones aberrantes y peligrosas. No es, desde luego, un tema fácil de resolver pero al igual que en el caso de la lucha contra el terrorismo, los partidos políticos no tienen otro remedio que llegar a acuerdos estables y el estamento judicial tendrá que colaborar iniciando un proceso autocrítico profundo. Están sucediendo cosas que dañan todo el sistema institucional en su conjunto y generan una imagen triste de nuestro país. No podemos tolerar que las cosas continúen así. Si los partidos no son capaces de encontrar soluciones con prontitud habrá que buscar otros caminos que incluyan, por ejemplo, fórmulas de arbitraje.

Hay sin duda otros muchos temas (entre ellos emigración, nacionalismos, estrategia económica) en los que la radicalización política está generando daños a la convivencia ciudadana y al interés del país. Esa radicalización no es un ejercicio sin consecuencias. No es algo gratuito. La sociedad civil española tendrá que organizarse para evitar estos abusos del estamento político que parece incapacitado para reaccionar con un mínimo de sentido común y de grandeza. Para que se produzca alguna reacción positiva los medios de comunicación van a tener que cumplir un papel radicalmente diferente al actual y recuperar la pasión por lo objetivo y por lo justo. Se han convertido, sin excepción, en instrumentos multiplicadores de actitudes sectarias y mejoran con mucho la agresividad y la violencia verbal de los líderes políticos. Lo que agrava esta situación es que ni los medios de comunicación ni los partidos políticos toleran la más mínima neutralidad en el conflicto. O se está con ellos del todo dándoles la razón absoluta o se está contra ellos y se pagan -como ya saben algunos- las consecuencias. Un país como Alemania, al sentir que los problemas económicos y sociológicos complicaban su posición en el mundo, buscó en la «grosse koalitionem» una solución radical que, por el momento, les va dando resultados muy positivos. No es cuestión de sugerir una solución similar en España -aunque a mucha gente le gustaría- pero sí de plantearnos en serio cómo recuperar un funcionamiento político razonable. Vamos a vivir una época difícil. El largo proceso de crecimiento económico va a dar paso a una desaceleración cuya profundidad y consecuencias es muy difícil de valorar. Ello puede añadir -démoslo por seguro- más dificultades y más tensiones. No juguemos más con fuego. La ciudadanía española -lo digo con el mayor convencimiento- no se lo merece.

Antonio Garrigues Walker es jurista.

Una visita a Fleet Street

Una visita a Fleet Street

He leído estos días un interesante debate sobre el papel de los medios de comunicación en la sociedad británica y me he atrevido a resumirlo para esta columna. El debate apareció en las páginas el diario The Guardian, un periódico progresista de calidad acreditada.

La historia comenzó a primeros de este mes cuando Nick Davies, un periodista de reconocido prestigio, abrió fuego con un artículo que el diario resumía así en su título y sumario: "Nuestros medios de comunicación se han convertido en fabricantes masivos de distorsión. Un sector cuya tarea debería ser filtrar las falsedades se ha convertido en un conducto para la propaganda y las noticias de segunda mano".

Davies sostenía sus acusaciones en una investigación realizada para su libro, Flat Earth News, en el que llegó a la conclusión de que la tendencia a "reciclar la ignorancia es mucho peor que nunca". Davies había encargado una investigación a especialistas de la Universidad de Cardiff. Examinaron 2.000 informaciones en cuatro diarios de calidad -Times,Telegraph, Guardian, Independent- y Daily Mail. Las conclusiones eran devastadoras: al rastrear las fuentes de los "hechos", vieron que sólo el 12% de las informaciones contenían material que los propios periodistas hubieran investigado por completo. Con un 8% no podían estar seguros y con el restante 80% descubrieron que eran noticias elaboradas total o parcialmente con material de segunda mano, procedente de agencias de noticias y despachos de relaciones públicas. "El segundo dato fue que, al buscar pruebas de que se habían verificado exhaustivamente los ’hechos’, vieron que sólo había sido así en el 12% de los casos", afirmaba en su artículo.

Que los periodistas se hubieran convertido en procesadores de material facilitado por otras fuentes y no comprobado se debía, en opinión del autor y sus investigadores de la Universidad de Cardiff, a que los periodistas tenían que llenar hoy tres veces más de espacio del que llenaban en 1985. "En general, no buscan las noticias, ni comprueban su contenido, sencillamente porque no tienen tiempo". Y terminaba su artículo con una conclusión desoladora: "Si a ello se añaden los límites tradicionales con los que se encuentran los periodistas cuando quieren averiguar la verdad, es posible comprender por qué los medios de masas, en general, han dejado de ser una fuente fiable de información".

La respuesta, casi un contraataque, lo dieron en las mismas páginas de Guardian dos pesos pesados del periodismo británico. Peter Preston, que fue editor de Guardian durante veinte años (1975-1995), y Simon Jenkins, que fue editor del Times en los años noventa y ahora es columnista de Guardian.

Jenkins subrayó el cliché que supone afirmar que los periódicos están tan mal y han caído tanto que no merecen "ninguna defensa contra los bárbaros de Internet que asoman a sus puertas". Recordó que en los periódicos serios las quejas por el descenso de la calidad son una constante, lo que no significa que cualquier tiempo pasado fue mejor.Las hemerotecas son, en ese sentido, testigos implacables.

Jenkins no entraba a discutir los datos de los investigadores de la Universidad de Cardiff, y estaba dispuesto a aceptar que los periódicos son muchas veces chapuceros, llenos de errores y poco dignos, sin que ello empañase el papel que en su conjunto desempeñan como colectivo en la democracia británica. Y citaba a un sociólogo de Oxford, Stein Ringen, que había calificado la prensa de las islas como "independiente, irreverente, entretenida, a menudo divertida y, gracias a Dios, entrometida". Es decir, concluía Jenkins, que "esa diversidad de conjunto es más importante para la democracia que los fallos de las partes".

Por su parte, Paul Preston dio la réplica en una crítica al libro de Davis, Flat Earth News. Y no fue una crítica piadosa. Diseccionó con acidez las contradicciones que encontró en el texto y, en su opinión, los ajustes de cuentas personales del autor con el establishment de Fleet Street. "Un punto ineludible en relación con el periodismo es que, bajo o elevado, despiadado o idealista, es un lío, y siempre lo ha sido. Lo cual no debe impedir que intentemos limpiarlo poco a poco, problema a problema. No podemos permitirnos el lujo de no ser serios a propósito de nuestro serio oficio".

Traer a estas columnas una polémica de las páginas de Guardian tal vez denote una confesable envidia por la capacidad de discutir y polemizar sin que nadie se sienta personalmente descalificado. Tal vez, porque la libertad de prensa tiene siglos en el Reino Unido. El periodista más británico de la plantilla de EL PAÍS, John Carlin, definía así la libertad de prensa en un artículo publicado el pasado lunes en la sección Vida & Artes. "Lo que la libertad de prensa significa es el derecho a dar una visión amplia, sin límites y, dentro de lo posible, equilibrada de los hechos. Esto requiere que los periodistas publiquen los puntos de vista de todas las partes involucradas".

Pues eso.

José Miguel Larraya es Defensor del lector del diario El País.

El poder y la prensa


Recordemos un mitin famoso de la última campaña del actual presidente Bush. No era ni multitudinario ni definitivo, al aire libre, sobre un entarimado provisional, pero fácil de recordar porque las imágenes fueron emitidas una y otra vez por las televisiones españolas y los comentarios en la prensa repetidos hasta la saciedad. Bush vio, allí, detrás de sus seguidores, a un periodista del New York Times y no pudo aguantarse un comentario a quien le acompañaba en el estrado que resultó fácilmente reconocible: «Mira, allí está el cabrón este...». Dios santo, lo que se pudo escuchar y leer sobre el poco respeto del presidente a la prensa. «En España sería impensable», se escribió también. Si el norteamericano tiene mal genio, el comentarista español era un ingenuo a la vista de cómo son y en qué han derivado buena parte de las relaciones del poder con la prensa. Y si queremos juzgar al comentarista español con menos severidad, sólo se podría añadir que, en realidad, aquí no es necesario un exabrupto como el de Bush. En España, el acompañante del gobernante, un tanto despistado, sí podría comentar: «Cuidado con lo que dices que allí está el cabrón este...», pero el gobernante -más experimentado- podría responderle: «Tranquilo, tranquilo, acércate y recuérdale que estamos pendientes de decidir las licencias de radio y televisión... y que es muy complicado todo esto de la publicidad institucional. O, mejor, déjale en paz y recuérdaselo a su jefe».

La regulación española de radio y televisión y la arbitrariedad de las relaciones del poder con los medios de comunicación son una traba a la libertad de prensa que soportamos en la medida en que somos pusilánimes en la defensa de la democracia, que lo somos mucho. Escuché el otro día la broma de un escritor: «Antes había que afiliarse a un partido; ahora hay que hacerlo a un medio de comunicación». Visto desde dentro, el riesgo -junto al de la falta de educación- es que se borren las fronteras entre el periodismo y la política. No ha habido presidente del Gobierno en España en los últimos decenios que, directa o indirectamente, no haya querido crear o potenciar desde el poder «su» grupo mediático. Ahora se suman los presidentes autonómicos.

La prensa tiene, sin embargo, la posibilidad de zafarse de muchas presiones y cortapisas para ejercer su papel vigilante. No hay dioses al otro lado de las páginas, de los micrófonos o de las cámaras, y a nadie se le puede pedir la utopía absurda de ser «objetivo». Pero sí se puede reclamar, en medio de una maraña política en la que las denuncias tienen más peso que las propuestas, en las que la tensión juega un mayor papel que la pedagogía de las ofertas, la necesaria cuota de honradez. Si hay que elegir entre salirse con la suya (y con los intereses coyunturales) y ser razonable, dice el filósofo alemán Robert Spaemann, la ética del debate público, y de la información, exige elegir el intento de ser razonable. Es decir, huir del dogmatismo y del grito, contemplar las cuestiones candentes con la cuota necesaria de escepticismo e ironía que evita la ceguera, saber que hay cosas sencillas («una noticia es lo que sabemos hoy y no sabíamos ayer», como dicen en la redacción del Washington Post) y otras complicadas que no se pueden obviar: que a veces faltan noticias porque hay quien desea ocultarlas, que a menudo hay noticias que «no nos convienen», que el periodista es depositario de un derecho que es de los ciudadanos, el que tienen a la información y no representa, sin embargo, partidos y políticos.

En 1972, un congreso internacional de periodistas en Roma recordaba otra frase famosa, la de Walter Williams, el decano de la primera escuela de periodismo en Estados Unidos: «no escribas como periodista lo que no dirías como caballero». Cuando no hay caballerosidad en el debate ni en la voracidad pública, no estaría de más que lo hubiera en la prensa.

Germán Yanke

África

Esta semana fue Chad. La semana pasada fue Kenia. Y Darfur lleva años recordándonos que el ¡nunca más! prometido después del holocausto europeo no era en serio. Y antes de Darfur fueron Congo, Costa de Marfil, Liberia y Ruanda, por sólo mencionar algunas de las matanzas que el resto del mundo se ha acostumbrado a observar con una vergonzosa mezcla de espanto y pasividad.

La violencia política en Kenia, uno de los países más exitosos de África, ha producido en pocas semanas más de 1.000 muertos y 300.000 refugiados. La situación de Chad repite tragedias ya conocidas. Desértico y sin acceso al mar, Chad es uno de los países más pobres del planeta y, de acuerdo con la organización Transparencia Internacional, también es el país más corrupto del mundo.

Hace cinco años sus problemas aumentaron: comenzó la explotación de petróleo. Paradójicamente, esta nueva riqueza aumentó las miserias de Chad. El petróleo potenció aún más la corrupción, aumentó el dinero disponible para comprar armas y financiar mercenarios y exacerbó los incentivos para tratar de capturar el botín. El botín, por supuesto, es el Gobierno. Controlarlo garantiza la posibilidad de convertir el dinero del país en dinero propio.

Desgraciadamente, éste es un patrón común: si no es petróleo, es oro y si no, diamantes, uranio, maderas o cualquier otra materia prima que el resto del mundo quiere y África exporta. Casi siempre el papel de descubrir, explotar y exportar esas riquezas naturales -y capturar el mayor margen de ganancias- lo desempeñan empresas extranjeras. Antes, éstas eran casi exclusivamente europeas y estadounidenses, pero ahora se les han unido empresas chinas, rusas, hindúes, coreanas, taiwanesas y hasta algunas latinoamericanas.

La tragedia de Chad, claro está, no es única. Su desastrosa combinación de ingredientes se repite en otras partes de África: abundantes recursos naturales rodeados de un desierto institucional donde tribunales, parlamentos, policías, escuelas, hospitales o ejércitos no funcionan y en vez de ayudar al país lo hunden; un jefe de Estado fuerte, rodeado de un voraz círculo de ladrones que se mantiene en el poder gracias a la represión y al apoyo de intereses económicos y políticos extranjeros. Y una población cada vez más numerosa, pobre, enferma e ignorante.

Olara Otunnu, quien fuera uno de los líderes de la oposición a Idi Amin en Uganda y luego ha dedicado su vida a luchar por los niños víctimas de las guerras africanas, tiene claro que uno de los problemas de su continente son sus élites. Conversando sobre esto me dice: "En demasiadas partes de África, el poder lo concentra una élite poscolonial que se comporta de manera brutalmente colonial con los pobres de su país. Estas élites usan diatribas anticolonialistas y nacionalistas; pero al final lo único que les interesa es su enriquecimiento personal".

En todo esto no hay nada nuevo. Lo nuevo son algunos de los milagros de progreso que florecen en medio de este desastre. Después de una larga guerra civil plagada de atrocidades, hoy en día Liberia es gobernada por una extraordinaria mujer, Ellen Johnson-Sirleaf, quien no sólo es la primera mujer democráticamente electa en Liberia, sino en toda África. Mientras tanto, su predecesor en la presidencia, Charles Taylor, está en la cárcel mientras es juzgado como criminal de guerra por el Tribunal Penal Internacional de La Haya. Tanto la elección democrática de una mujer en un país que hasta hace poco era un infierno, como el encarcelamiento de un ex jefe de Estado procesado por crímenes contra la humanidad en una corte internacional son hechos sin precedentes. Y casi milagrosos. Pero también pueden ser señales tempranas de nuevas tendencias que comienzan a aparecer en África. Otras señales de este tipo son las flores de Kenia y Zimbabue o las camisetas de Lesoto. El 39% de las flores naturales que se venden en Europa provienen de Kenia. Otro 12% viene de Zimbabue. Estos sorprendentes volúmenes han crecido a gran velocidad y se han mantenido a pesar de los graves problemas que aquejan a estos dos países. Otro ejemplo es Lesoto, que se ha convertido en un importante exportador de confecciones textiles. Las exportaciones de productos textiles a EE UU han aumentado siete veces desde 2002. Y los volúmenes podrían ser aún mayores si no fuese porque las ventas a Europa han venido cayendo debido al proteccionismo de la UE.

Por supuesto que los problemas de África, como el sida, la violencia armada, la falta de empleo, la corrupción y muchos otros, son abrumadores. Pero también hay cambios positivos e inesperados. Algunas de las nuevas tendencias sucumbirán asfixiadas por el mal ambiente que las rodea. Otras terminarán siendo sólo buenas noticias pasajeras que no cambian nada. Pero otras crecen y se están transformando en positivas anomalías que vale la pena entender. Y que no hay que perder de vista, ya que pueden llegar a transformar el desconsolador panorama africano.

Moises Naim

Los empates nunca llegan


La campaña electoral que se avecina parte de una situación poco frecuente en la vida política española: los sondeos de opinión reflejan, por el momento, un empate técnico entre las expectativas de voto del PSOE y del PP, los dos grandes partidos nacionales. El precedente más claro sería la campaña de 1993, en la que Felipe González y José María Aznar arrancaron muy empatados, con la diferencia de que entonces el PSOE llevaba más de 10 años ininterrumpidos en el poder y ahora José Luis Rodríguez Zapatero cumple una legislatura.

También es verdad que desde que los socialistas perdieron la hegemonía política, las empresas de sondeos de este país no han acertado prácticamente nunca el resultado de unas elecciones generales. Probablemente, porque en España la victoria o fracaso de un partido depende en buena manera de la participación de sus propios simpatizantes, algo muy difícil de medir, especialmente mudable hasta los últimos momentos, sobre todo en el centro-izquierda. Por encima del 75% de participación (como ocurrió en 2004, 1996 y 1993, por ejemplo), el PSOE se mueve con mayor facilidad, mientras que por debajo del 70% encuentra serios problemas (en 2000, los populares consiguieron mayoría absoluta con una participación del 68,7%)

La realidad es que, hasta ahora, y afortunadamente, esos empates no se han mantenido, y que, llegado el momento, los resultados han permitido siempre formar mayorías de apoyo al gobierno de turno razonablemente claras. Nunca ha habido un empate o una victoria por un solo escaño, lo que es muy de agradecer porque hubiera configurado un Congreso muy complicado y una gestión política muy difícil de manejar.

Lo que si parece claro, de momento, es que los dos partidos llegan a las elecciones más bien con un catálogo de ofertas bajo el brazo, para cada grupo de ciudadanos, que con un discurso político global, cohesionado y claro. El programa del presidente José Luis Rodríguez Zapatero en 2004, con su promesa de acercar al ciudadano la cosa pública y de modificar el talante crispado y de puro enfrentamiento político, ha quedado desvaído y resulta insostenible cara a este nuevo periodo. La evidencia es que esos cambios sólo son posibles con el acuerdo de la oposición y, en el caso del PP, ya existe la seguridad de que ni ha aceptado, ni va a aceptar, la menor relajación en ese sentido.

Mariano Rajoy, por su parte, sólo parece capaz de encontrar su mensaje en una visión catastrófica del presente y, ofertas concretas al margen, en un proyecto de sociedad más claramente conservador (en su sentido reduccionista de falto de innovación) que nunca.

Puestas así las cosas, parece que a los ciudadanos se nos va a pedir que vayamos a las urnas con un objetivo muy simple, restrictivo y poco atractivo: impedir que gobierne el que menos nos guste. El PP moviliza a su gente al grito de "Fuera Zapatero" y el PSOE, a los suyos, con la amenaza del prematuro regreso del PP al poder, y, encima, en la misma versión que la que perdió en 2004.

Son argumentos de peso, sin duda. A veces, evitar un mal puede ser el mayor bien. Pero no está claro que electoralmente este tipo de llamamientos dé los resultados que algunos creen. Una campaña falta de auténtico contenido político, reducida a la lista de ofertas más o menos teledirigidas por sectores y al puro miedo al contrario, puede terminar por hastiar a los ciudadanos, cada vez más hartos de una idea de la política limitada a un simple juego de intereses.

Si las cosas siguen como están, lo que no tendría por qué suceder, lo previsible sería una campaña en la que gana quien comete menos errores. Una campaña en que el máximo riesgo lo correrán los dos partidos en los debates cara a cara entre sus dos candidatos y no en su búsqueda de un contrato político con la sociedad. Una campaña centrada en la capacidad de los dos candidatos presidenciales para no meter la pata y para puntuar en la cara del contrario. Mediáticamente puede resultar muy atractiva, pero desde el punto de vista del contenido de la próxima legislatura no querrá decir gran cosa.

Esa falta de precisión sobre el contenido político de los próximos cuatro años es curiosa, porque si en algo está todo el mundo de acuerdo es en que el periodo 2008-2012 va a ser radicalmente distinto al que acabamos de pasar. Y no sólo en el caso de que se produzca un cambio, sino también si el PSOE revalida su triunfo.

La dureza de la legislatura que ahora acaba ha dejado muchas enseñanzas. Un segundo Gobierno de Zapatero sería, probablemente, muy diferente al actual, con la lupa colocada en puntos muy distintos y con una autonomía, de líneas políticas y de ministros, muy superior a la actual. Sobre todo, si la victoria del PSOE es compatible no sólo con una mejora de sus propios resultados sino, especialmente, con una disminución del de los partidos nacionalistas.

Soledad Gallego-Díaz


La tensión entre nacionalismos en España

La tensión entre nacionalismos en España

El mayor riesgo que amenaza la convivencia y la estabilidad institucional en España tiene como causa las tensiones entre nacionalismos. Sea cual sea la opinión que merezca, lo cierto es que nuestro antiguo problema consume una gran parte de energías colectivas, condiciona ampliamente la agenda política, genera notables tensiones sociales y proyecta sombras de incertidumbre respecto al futuro. Viene derivado de nuestra ya histórica incapacidad para alcanzar un marco aceptable de convivencia en un Estado que alberga varias naciones internas, en acertada definición de Joan Subirats. Incluso parece que, de nuevo, las distancias entre las expresiones nacionalistas se agrandan. Desde el nacionalismo democrático vasco y catalán se asiste a un renovado esfuerzo por acentuar las reivindicaciones en favor de un reconocimiento más explícito al hecho plurinacional. Se habla con más claridad que nunca de derecho a decidir, de autodeterminación o de independencia. Incluso se anuncia de forma unilateral una consulta al pueblo vasco. De otro lado, desde el nacionalismo español también se enfatizan posiciones de repliegue, de estigmatización y de rechazo al "otro".

Tampoco en esto somos originales. Otras democracias maduras como Bélgica, Reino Unido o Canadá se enfrentan a situaciones similares y en todos los casos el reto colectivo es muy parecido: cómo integrar lo que Charles Taylor definiera como la "diversidad profunda" en el seno de sociedades cada vez más complejas, mestizas, diría Sami Naïr. Pero cuando se afirma que los nacionalismos constituyen, hoy como en el pasado, el mayor peligro para garantizar la estabilidad y la cohesión de nuestras sociedades, sugiero que se piense en plural. Como muy bien ha señalado Michael Billig, cuando se proyectan teorías sobre el nacionalismo muy frecuentemente suele restringirse el término "nacionalismo" a la ideología de los "otros", al que se le atribuyen signos de peligro y de extremismo. El "nuestro", nuestro nacionalismo banal, cotidiano, rutinario, es omitido, olvidado, e incluso negado. De ese modo "nuestro" patriotismo parece "natural", y por tanto invisible, mientras que el "nacionalismo" es considerado propiedad de "otros".

Es comprensible que en los países en los que se da esta circunstancia se instale el cansancio, el hastío e incluso la irritación entre amplios sectores de la ciudadanía. Máxime si tenemos en cuenta la gran cantidad de energías colectivas que estas cuestiones hacen consumir a la sociedad, en detrimento de otras prioridades muy relevantes. Pero eso no soluciona nada. Las naciones culturales están ahí y seguirán presentes en el nuevo contexto globalizado, porque la globalización no diluye esos fuertes sentimientos. Desconocer o negar la evidencia no ayudará a sentar bases sólidas de convivencia que supongan algún avance respecto de la modesta aspiración orteguiana de "conllevarse dolidamente los unos con los otros". La simple lectura de encuestas del CIS basta para saber de la existencia de estos sentimientos de pertenencia a una nación cultural en Cataluña, el País Vasco y, en menor grado en Galicia. Pero no debe desconocerse que quienes así se manifiestan sólo constituyen una parte de esa sociedad, puesto que la sociedad vasca y catalana también son plurales. De otra parte, ese sentimiento no necesariamente ha de traducirse en la existencia de una voluntad mayoritaria de separarse de una comunidad política mayor como la española.

Nuestro mayor desafío colectivo sigue siendo ser capaces de dejar atrás ese desencuentro histórico en el actual contexto de creciente complejidad e interdependencia en nuestras sociedades. Pero no será fácil. Porque, como dice Imanol Zubero citando a Kymlicka "todos los grupos nacionales son extremadamente partidarios de reivindicar y, siempre que sea posible, construir un sistema de protecciones externas (de las que la más desarrollada es el Estado-nación) que garantice su existencia y su identidad específica frente a las posibles influencias debilitadoras de la misma procedentes de las sociedades con las que se relacionan o en las que están necesariamente englobadas. Sin embargo, estos mismos grupos nacionales no suelen ser tan sensibles ante la existencia en su seno de pertenencias o identidades distintas de la nacional hegemónica, pero igualmente necesitadas de reconocimiento. Frente a la demanda de protecciones externas que estos subgrupos realizan, la respuesta del grupo nacional dominante suele ser la imposición de restricciones internas en nombre de la solidaridad grupal". Se trata de superar esas posiciones desde el (re)conocimiento.

Reconocer la existencia de diversas naciones en España no supone que se tenga que ser nacionalista. Muchos españoles no somos nacionalistas, pero eso no impide saber de un proceso que hunde sus raíces en nuestra(s) historia(s), más o menos fabulada(s) e interesada(s), y en la incapacidad de articular un proyecto colectivo capaz de integrar a distintos pueblos que se sienten diferentes. Precisamente ahí radica la diferencia fundamental entre quienes son nacionalistas y quienes no lo somos. Para algunos sectores del nacionalismo democrático vasco o catalán, el objetivo perseguido será conseguir que su nación se convierta en un Estado-(nación) o aspirar a algún tipo de asociación confederal, confundiendo de paso la parte con el todo en su propio ámbito cultural y negando la realidad crecientemente multicultural allí existente. Los riesgos y los costos de iniciar ese camino, poco realista a mi juicio, son tan importantes como imprevisibles. Por su parte, un nacionalista español procurará negar toda opción a las otras culturas sociales minoritarias. Persistir en esa posición, negando la diversidad y el reconocimiento en serio de hechos diferenciales, es igualmente indefendible e insostenible.

Lo más sensato, a mi juicio, sería hacer posible que las naciones encuentren mejor acomodo en una comunidad política integrada en un Estado compuesto. Manteniendo un exquisito equilibrio entre igualdad y pluralidad, distinguiendo con claridad, como decía Antoni Comín, entre ciudadanía e identidad, "garantizando la simetría en los derechos de ciudadanía de tipo social, cívico y político -y de las competencias, así como de las necesidades financieras que de ellos se derivan- y la asimetría en todas aquellas competencias y disposiciones simbólicas que afectan a la plurinacionalidad del Estado, así como su carácter pluricultural y plurilingüístico".

No deben descartarse nuevas y desconocidas tensiones. El camino recorrido demuestra que hasta ahora han sido sorteadas con éxito, generosidad e inteligencia política durante tres décadas. Como bien ha subrayado Juan José Solozabal en afirmación que comparto plenamente, "la clave del éxito del sistema autonómico ha sido evitar los argumentos identitarios en las diferencias entre los poderes centrales y autonómicos. Lo que ha conseguido el Estado autonómico es ni más ni menos que los conflictos territoriales no se hayan presentado en términos esencialistas, con una colisión entre identidades y lealtades, sino como disputas competenciales, aducidas en términos jurídicos y en ellos solubles por los tribunales, y específicamente ante el Tribunal Constitucional".

Los esfuerzos ahora, si todavía se está a tiempo de evitar tensiones mayores, debieran encaminarse a argumentar que el respeto a las reglas de juego constitucionales es uno de nuestros mejores activos como comunidad política y como sociedad plural y debiera ser uno de nuestros mejores legados; a convencer a la mayoría de que el mantenimiento de la identidad propia no necesariamente debe adentrarse por la vía arriesgada de la secesión, sino que formar parte de un Estado plurinacional es mejor que verse obligado a decidir, aunque fuera posible, entre nacionalismos o entre una de las identidades posibles; a defender los valores positivos de una comunidad política multinacional, multicultural y multilingüe; a exigir a los poderes públicos avances sustanciales en el terreno del reconocimiento simbólico de la diversidad existente en España. En definitiva, a perfeccionar el Estado autonómico en clave federal y a integrar mejor la España plurinacional.

Joan Romero es catedrático en la Universidad de Valencia y autor del libro España inacabada.

Las tres dimensiones de la Congregación General

Las tres dimensiones de la Congregación General


Una "tercera" de Abc sobre la Congregación General 35 de la Compañía de Jesús...

ESTA mañana y en la Iglesia madre del Gesú, los 218 electores de la Congregación General XXXV de la Compañía de Jesús, reunidos para elegir nuevo Superior General y tratar las cuestiones urgentes que afectan a los compañeros de Ignacio de Loyola, concelebrarán la eucaristía, presididos por el cardenal Robin, Presidente de la Sagrada Congregación para Religiosos y Religiosas. De esta manera, unidos en torno al misterio de muerte y de resurrección al que se aboca el misterio navideño que acabamos de celebrar, e inmediatamente después de una Epifanía universalmente evangelizadora, estos hombres, provenientes de los cinco continentes, se comprometerán a trabajar como lo que son: compañeros de Jesús, en la estela de una sólida tradición ignaciana que les vincula a la Iglesia y muy en especial al Obispo de Roma por medio del Cuarto Voto, para evangelizar donde sea y como sea, según el texto con el que hemos abierto este artículo que ojalá resulte guía de caminantes para los interesados en el acontecimiento.

Esta Congregación General XXXV tiene, según ya indicábamos, una finalidad prioritaria: decidir quién sucederá en el vértice de la Compañía al holandés Peter Hans Kolvenbach, tras 25 años de mandato y encargado de mantener en el tiempo histórico la herencia de Pedro Arrupe, carismático antecesor suyo. Si la Asamblea XXXII, en 1974, significó la adecuación de los jesuitas al mundo contemporáneo postconciliar, según el espíritu del vasco universal, y la XXXIV, en 1995, procuró aplicar tal espíritu a la vida concreta de la Compañía, ya desde la inspiración de Kolvenbach, la que comienza hoy mismo y que hace el número XXXV de las celebradas desde aquella primera que eligiera a Ignacio como primer Superior General de los jesuitas reunidos en Roma, tendrá que elegir al hombre más adecuado para confrontar todo este legado con las nuevas exigencias tanto eclesiales como sociales desde instancias nacidas con el siglo XXI que recién ha comenzado. Es, pues, un punto de llegada tras casi cincuenta años de reflexión corporativa, y es llegado el momento de afrontar con decisión los caminos de un futuro que, amanecido en la historia, está por realizar en virtud de la libertad humana y creyente.

¿Existen algunas dimensiones que, sin forzar la libertad de los reunidos, atravesarán en vertical los diálogos y discusiones previsibles en la reunión que ahora comienza? Pensamos que sí, y que su enumeración y consiguiente comentario puede ser la aportación más sustanciosa para comprender las noticias que vayan llegándonos en días siguientes sobre el devenir de la Asamblea jesuítica romana.

Tal y como hemos escrito, la dimensión dominante es de naturaleza electiva: elegir un nuevo Superior General, entre todos los jesuitas que hayan formulado sus Votos Solemnes y el concreto Cuarto Voto de obediencia al Santo Padre, que tiene que ver con«las misiones o encargos» que el Pontífice solicite cuando le parezca oportuno en beneficio de la Iglesia. El designado, que no puede rechazar la elección, estará al frente de veinte mil hombres con un alto sentido de las relaciones de obediencia, pero siempre en el contexto del «discernimiento ignaciano», pieza fundamental en la estrategia creyente de los Ejercicios Espirituales: el nuevo Superior General tiene que ser capaz de mandar, pero no menos de escuchar a sus Consejeros y, en definitiva, a todo jesuita que desee ponerse en contacto con él. La evidente verticalidad de la Compañía de Jesús está atravesada por instancias horizontales para asegurar una «obediencia discernida», humanamente respetuosa. El jesuita obedece pero nunca como un robot, siempre como persona libre que voluntariamente ha declinado un amplio margen de su libertad en la Compañía como cuerpo organizado. Este engranaje de enorme complejidad, encuentra en el Superior General su referente último, y el Superior General, a su vez, deberá estar referido en cada instante de su vida al Dios cuya mayor gloria debe procurar como líder espiritual del grupo. Para el elegido, nadie estará por encima de ese Dios. Al que deberá de encontrar en el misterio de la oración personal más transparente.

La segunda dimensión que atravesará de forma inevitable los debates de los reunidos, es el hecho de que, por primera vez en la historia de los jesuitas, serán mayoría los representantes del mundo en desarrollo (asiáticos, africanos y latinoamericanos) que aquellos provenientes del desarrollo (europeos, norteamericanos, a los que podemos añadir los canadienses). Queremos decir que, pueda gustar o disgustar el dato, la multiculturalidad ahora tan denostada desde ámbitos un tanto conservadores, estará presente en el aula y puede que resulte decisoria en momentos relevantes. Afirmar este detalle es lo mismo que repetimos una y otra vez en lo concerniente a la vida eclesial: es necesario conjugar unidad y pluralidad, un principio que se acepta hasta que llega el momento de practicarlo. Y de nuevo, aparece el discernimiento ignaciano como la sistemática para salir de toda posible contradicción que se produzca entre representantes de culturas tan diversas. Y, por primera vez, esta diversidad protagonizará el diálogo libérrimo entre los reunidos.

Y en fin, la tercera dimensión es algo que va todavía más allá de la multiculturalidad: los jesuitas de este siglo XXI están inmersos en una ambigua globalización, capaz de empobrecer al homogeneizar, pero también susceptible de nuevas alternativas apostólicas en función de las relaciones propiciadas por las tecnologías y las colaboraciones entre las diferentes Provincias jesuíticas. Desde esta tercera dimensión, tal vez se abran camino nuevas instancias jurídicas en la estructura tradicional del gobierno de la Compañía de Jesús. Los reunidos, como máximo órgano legislativo de la Orden, tienen la palabra al respecto. Pero es imposible permanecer insensibles a la revolución experimentada en las relaciones humanas y corporativas en una sociedad como la nuestra.

Las dimensiones comentadas, repetimos, pueden ayudar a medir el sentido de lo que se vaya comunicando de los debates y decisiones en el aula, que esperamos responda a las exigencias de una sociedad de la información, sin adulterar la discreción debida. Pero está claro que esta Congregación General XXXV, con una duración previsible de dos meses, tiene que ser valiente en sus decisiones para que el cuerpo jesuítico asuma con decisión su responsabilidad histórica.

El servicio a la justicia que brota de la fe como insobornable herencia arrupista, pasa por una universalidad discernida, tan capaz de correr riesgos como de permanecer unida esperanzadamente al Sucesor de Pedro, este Benedicto XVI que recibirá a los reunidos el 21 de febrero en audiencia especial. Entonces y sólo entonces, se cerrará de verdad el sentido conjuntivo de las tareas de la Congregación General XXXV, reunida, en último término, para «buscar, hallar y cumplir la voluntad de Dios». Como deseaba Ignacio.

Norberto Alcover sj es profesor de Comunicación en la Universidad Pontificia Comillas.