Blogia
cuatrodecididos

opinión

Las sorpresas de 2007

A continuación les ofrezco mi lista, corta, incompleta y arbitraria, de las sorpresas de 2007. Además de la sorpresa, el otro criterio que consideré para hacer la lista es que el impacto de los hechos que señalo se va a sentir más allá del lugar donde ocurrieron y también después de 2007.

- Terminó el debate: los humanos estamos recalentando el planeta.

Este año pasará a la historia como el momento histórico en el que el mundo dejó de debatir si estaba ocurriendo o no el cambio climático y aceptó que las alteraciones ambientales han sido y son causadas por nuestros patrones de consumo, reproducción, transporte, comercio, etcétera. El año 2007 también fue cuando la opinión pública mundial -y por lo tanto, los políticos- comenzaron a pensar que era necesario hacer algo al respecto. El debate no sólo terminó gracias a Al Gore. Si bien él tuvo gran impacto mediático, lo determinante fueron los nuevos datos científicos. A partir de 2007 los escépticos están condenados a defender su posición con base en supersticiones y creencias y no en hechos.

- Más de la mitad de la población mundial se muda a las ciudades.

Este año, y por primera vez en la historia del planeta, hay más gente viviendo en ciudades que en el campo. Vivimos en la época de urbanización más rápida que ha conocido la humanidad. Y la tendencia va a seguir: de acuerdo con Richard Burdett, un experto en el tema, en las próximas tres décadas el mundo experimentará el mayor movimiento poblacional del campo a la ciudad, especialmente en Asia y África.

- Comienza la crisis económica mundial.

Venía macerándose desde hace tiempo, pero en 2007 se hizo visible a través de un inesperado síntoma: la crisis de crédito en Estados Unidos producida por la bancarrota de empresas que especulaban en el mercado de préstamos para la compra de viviendas.

Aún queda por ver cómo se transmitirá esta crisis a otros mercados y a otros países e industrias, cuánto durara y cuán dolorosa será. Pero seguramente 2008 va a ser económicamente peor que los años precedentes. En 2007 también el mundo económico fue sorprendido por el precio de un barril de petróleo que rozó los 100 dólares y por el precio de un euro que rozo los 1,50 dólares. Ninguno de los dos precios llegó a esos niveles. Pero 2007 nos preparó para que eso no nos sorprenda. Y si llegan a ese nivel, estos dos precios van a cambiar al mundo.

- Los petroleros lo compran todo.

Los altos precios del petróleo, que se han triplicado desde 2002, han generado una inmensa acumulación de dinero en los países que lo exportan. Esto no tiene nada de nuevo y el reciclaje de petrodólares ha sido ya antes una fuente importante de controversias y ansiedad para los mercados financieros mundiales. Pero tanto la acumulación que ocurrió en 2007 como la manera en la cual estos países los están usando ha traído novedades. La acumulación es extraordinaria y los países exportadores de petróleo ya tienen más de 4.000 billones de dólares sólo en activos financieros. De acuerdo con la consultora McKinsey & Co, aun si el precio cae a 50 dólares por barril, estos países podrán cómodamente invertir mil millones de dólares al día. Y en 2007 eso hicieron. Algunos como Abu Dhabi, por ejemplo, han comprado recientemente una participación importante en Citigroup. Otros como Hugo Chávez, compran influencia política en países vecinos, y no tan vecinos. Todos vieron sus cofres estallar de dinero en 2007. Y los seguirán viendo en 2008

- El país más peligroso del mundo se vuelve aun más peligroso.

El asesinato de Benazir Bhutto desestabiliza Pakistán y potencia la ya conocida capacidad de este país para irradiar peligros más allá de sus fronteras. Pero este asesinato culmina un año lleno de señales, atentados y accidentes que revelaron la tendencia a una violenta descomposición política del país. En 2007, Pakistán vivió una escalada de atentados terroristas suicidas, el reconocimiento de que los talibanes resurgentes ejercen más control sobre las zonas limítrofes con Afganistán que el Gobierno paquistaní, el debilitamiento político del presidente Musharraf, y el turbulento regreso del exilio de los líderes de la oposición. En 2007, el mundo vio asustado cómo un Pakistán con armas nucleares, fundamentalistas islámicos y una situación geopolítica de crítica importancia se acerca al despeñadero.

- Las buenas noticias de 2007.

Las hubo y muy importantes. Entre otras cabe destacar que la mortalidad infantil a nivel mundial llegó a un mínimo histórico. Tan sólo en América Latina la mortalidad infantil es hoy la mitad de lo que era en 1990. Y en África y Asia también el progreso es notable. Esto se debe en mucho a la mayor disponibilidad de vacunas, alimentos y atención médica, pero también a otra buena noticia: el número de personas que viven en pobreza extrema también está declinando.

Claro que falta mucho por hacer y que los problemas sobran. Pero, por ahora, sólo me queda desearnos a todos un 2008 lleno de sorpresas agradables.

Moisés Naím

¿Poseer o ser poseídos?

¿Poseer o ser poseídos?

Vivimos inmersos en una dinámica de consumo basada en desear algo, satisfacer ese deseo, y volver a tener otro deseo para repetir esta secuencia, no hasta la saciedad -que nunca llega- sino hasta el infinito. Si el placer se reduce al paso entre no tener algo y conseguirlo, al efímero instante entre dos deseos, ¿cuándo disfrutamos de lo que tenemos?

Pregunto entre mis amigos si poseen sus bienes materiales o más bien son sus bienes los que les esclavizan. Responden con unanimidad que poseen las cosas y no son poseídos por ellas. Por contextualizar, estoy hablando de una amplia clase media con las necesidades más básicas sobradamente cubiertas. También reconocen la maliciosa facilidad de nuestra sociedad para crear nuevas necesidades.

Miro el panorama a mi alrededor y encuentro personas que se pasan días descargando gigabytes de música de internet que nunca van a escuchar; personas que tardan demasiado en olvidar el cabreo por el primer rayón de su coche; personas que se amargan porque un año no pueden salir de vacaciones; personas incapaces de reconciliarse con su clase social aún cuando disponen de muchas cosas superfluas; y conozco algunas familias formadas por dos individuos que tienen cuatro retretes en casa.

Me pregunto si cuando uno ve un rayón en su coche es incapaz de recordar que hace no tanto tiempo iba felizmente a estudiar en autobús. Me pregunto si tan difícil es distinguir entre lo necesario y lo prescindible o sustituible –por muy deseable que sea-. Y ya puestos, me pregunto si tan difícil es trazar una línea clara entre gastar y malgastar, entre usar y derrochar, que es la misma línea que separa lo ético y lo indecente. Empezamos absolutizando la propia felicidad para acabar enredados en obsesiones y ansiedades, incapaces de disfrutar de las cosas.

Y por si fuera poco, tenemos que reconocer que somos limitados. No tenemos capacidad para todo y cuando concentramos nuestra energía en una cosa es para descuidar otras. ¿Alguna vez habéis conocido a alguien de aspecto impecable que pierde toda la magia en cuanto abre la boca? Tanta preocupación por la ropa y el pelo y la más absoluta dejadez por cultivarse. Lo mismo en proyectos que afectan a más de una persona: miro cómo se construye un matrimonio y llama la atención los esfuerzos que se ponen en la casa. Miro a los niños y me llama la atención el despliegue de material.

¿No se estará restando atención a otros aspectos? Si no podemos llegar a todo, ¿no habría que empezar por lo más importante?

Podemos decir que no somos poseídos por lo material, pero tendríamos que ser capaces de ver que somos poseídos por las apariencias, por la opinión de los demás y por el deseo de responder a expectativas y objetivos que no están justificados.

Ese puede ser el primer paso para transformar nuestra propia realidad y aspirar, en vez de a un trastero más grande, a cotas más altas de libertad personal que son razonablemente alcanzables.

María Jesús González Morales

Reforma de los estatutos y de la Constitución


Cuando se planteó el inicio de la reforma de los Estatutos de Autonomía, se manifestó en la vida académica y política española una opinión significativa a favor de la reforma de la Constitución. Si se trataba de poner al día el Estado de las Autonomías, la opción más racional, se argumentaba, era llevarla a cabo mediante el ajuste del texto constitucional. Contra esta opinión, se perfiló la de aquellos otros que veían en riesgo el carácter razonable de una opción que abría un debate político-constitucional de inciertos resultados. Mejor limitarse, si era inevitable la puesta al día de la organización territorial del Estado, a unas reformas estatutarias que introdujeran aquellos cambios institucionales y aclaraciones en materia de competencias que algunas Comunidades Autónomas demandaban.

La opción a favor de la reforma de los Estatutos necesitaba de la existencia de unos claros límites a la misma. No tratándose de una reforma constitucional, no podía verse erosionado un modelo de organización territorial del Estado realmente existente, por mucho que resulte condicionado por la vigencia de un principio dispositivo, no solamente en punto a la fijación de las propias Comunidades Autónomas, sino también por lo que hace a su nivel competencial. El proceso de reforma de los Estatutos necesitaba además unas precondiciones políticas que finalmente han estado ausentes en nuestra vida política. En primer lugar, el acuerdo de los dos grandes partidos políticos españoles actuando como tales, y no como fuerzas políticas confederadas, capaces de albergar en su seno distintos grupos políticos definidos a escala de las Comunidades Autónomas. En segundo lugar, resultaba indispensable la coincidencia en el mantenimiento de un federalismo cooperativo que cortase el camino al avance de las relaciones bilaterales entre el Estado central y diecisiete potenciales negociadores. En tercer lugar, era necesario el acuerdo sobre un sistema fiscal en que el principio de la solidaridad alcanzase toda la importancia concedida por la Constitución.

El no cumplimiento de estas precondiciones y la superación de los objetivos obvios y razonables de unas reformas estatutarias, son las razones que abren el camino a una hipótesis de reforma constitucional, no en la forma presentada en su día por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, sino con el objetivo más ambicioso de clarificar definitivamente el modelo de organización territorial de nuestro Estado. Los hechos parecen dar la razón a los partidarios de esta reforma. Si con los cambios estatutarios se pretende alterar los rasgos fundamentales del Estado autonómico, parece llegado el momento de adelantarse a un cambio propiciado por la iniciativa de las Comunidades Autónomas y plantearse directamente la reforma de las reglas de juego.

Mediante esta reforma se pretendería alcanzar objetivos bien concretos. El primero, impedir que la reforma de los Estatutos pueda afectar a la organización y competencias del Estado, ni siquiera por vía negativa o interpretativa. El segundo objetivo será fijar el núcleo esencial del poder del Estado, expresivo de su soberanía y de la organización unitaria indispensable para la vida del mismo. Como se ha señalado en distintas ocasiones, parece evidente que esta cuestión no puede quedar al arbitrio de los pactos y de las mayorías políticas coyunturales. Un tercer objetivo de la reforma constitucional habría de ser la especificación de las facultades de titularidad estatal que no pueden ser transferidas a las Comunidades Autónomas. Un cuarto y último objetivo mínimo, sería la especificación de las competencias atribuidas al Estado para dictar la legislación básica.

Los objetivos de esta reforma constitucional, presentes en las páginas del Informe del Consejo de Estado sobre la reforma de alcance más limitado propuesta por el Gobierno, podrían conseguir paliar la parcial desconstitucionalización en que se ha desarrollado la vida de nuestro Estado autonómico, corregir los riesgos del segundo efecto aludido del principio dispositivo en la vida de nuestras Comunidades Autónomas y reforzar el modelo de peculiar federalismo por el que ha optado España en el desarrollo de nuestra Constitución. Un federalismo en el que no caben otras asimetrías que las derivadas de los datos de la realidad social del país.

Mi impresión es que, en los próximos meses, crecerá el ambiente favorable a este tipo de reforma constitucional. Y que perdida la oportunidad de un proceso razonable de reforma de Estatutos, cada vez existirán menos argumentos que oponer a sus defensores. A la espera de la decisión del Tribunal Constitucional sobre el recurso de inconstitucionalidad en relación al Estatuto de Cataluña, lo cierto es que el sistema parece reclamar una revisión que tiene su vía más efectiva en el cambio del texto constitucional. Los partidos nacionalistas cada vez acentúan más los rasgos radicales de su comprensión de la vida de España. Quizá sea llegado por ello el momento de que el grueso de la sociedad española ofrezca una alternativa a una deriva que amenaza a medio plazo la estabilidad indispensable del Estado y la nación de los españoles.

Andrés de Blas Guerrero es catedrático de Teoría del Estado en la UNED.


Vidas al desagüe

Vidas al desagüe


FORZABAN los partos inyectando a las embarazadas sustancias químicas que provocaban fortísimas contracciones en el útero; a los fetos de siete u ocho meses, les inyectaban calmantes para evitar que pataleasen y luego, apenas asomaban la cabeza, los decapitaban, o les introducían un catéter por la región occipital que les succionaba el cerebro. Para desprenderse de sus cadáveres, los introducían en una máquina trituradora que los reducía a papilla orgánica y los arrojaban al desagüe. La truculencia de los métodos empleados en esos mataderos barceloneses que, misteriosamente, la prensa insiste en llamar «clínicas» ha servido para que, siquiera durante unas horas o días, la opinión pública se estremezca de horror. Por supuesto, se trata de un estremecimiento hipócrita, el repeluzno momentáneo del monstruo que no soporta contemplar su monstruosidad reflejada en un espejo; pero basta dar la espalda al espejo para que el monstruo pueda seguir viviendo plácidamente. En apenas unos días, nuestra memoria selectiva habrá borrado la reminiscencia de tanto horror; y se seguirá abortando a mansalva, con idénticos o parecidos métodos, ante la indiferencia de los monstruos.

A las tropas americanas y británicas que, en su avance hacia Berlín, iban liberando los campos de concentración donde se hacinaban espectros de hombres no les espantaba tanto el espectáculo dantesco que se desplegaba ante sus ojos como la pretendida ignorancia de los lugareños vecinos, que habían visto llegar trenes abarrotados de presos al apeadero de su pueblo, que habían visto humear las chimeneas de los hornos crematorios, que habían visto descender la ceniza de los cuerpos sobre sus tierras de labranza y, sin embargo, habían fingido no enterarse de lo que estaba sucediendo ante sus narices. Con esta nueva forma de holocausto que es el aborto ocurre lo mismo: mucho más horrendo que el crimen de esos matarifes que trituran fetos de siete u ocho meses y arrojan sus restos al desagüe es la connivencia silenciosa de una sociedad que vuelve la espalda ante tanta bestialidad, que ya no dispone de resortes morales para sublevarse contra semejante forma de muerte industrial, que finge que no le incumbe, que incluso formula justificaciones rocambolescas que la amparen. Y que, en el colmo de la vileza, urde simulacros compasivos que traigan placidez a su existencia de monstruos: quienes se encogen de hombros ante esta nueva forma de muerte industrial suelen ser los mismos que se erigen en paladines de los derechos de los animales, los mismos que se muestran atribulados ante las consecuencias del cambio climático, los mismos que se rasgan las vestiduras cuando se enteran de que en Guantánamo se dispensa a los reclusos un trato vejatorio.

Escribíamos el otro día que nuestra época había dejado de ser humana. Tal vez este proceso de deshumanización no sea irreversible; tal vez las generaciones que nos sucedan vuelvan a contemplarse en un espejo y reúnan el valor suficiente para renegar del monstruo que les hemos cedido en herencia. Tal vez esas generaciones futuras quieran saber cómo eran sus antepasados; y entonces se desplegará ante sus ojos el espectáculo dantesco del aborto, los millones de vidas que fueron trituradas y arrojadas al desagüe cuando ni siquiera podían defenderse. Pero no les espantará tanto ese cómputo innumerable como la impiedad de aquellos antepasados que consintieron tanta bestialidad. Y todavía les espantará más saber que aquellos mismos hombres que habían renegado de su humanidad maquinaron coartadas que les permitieran sobrellevar una vida plácida mientras la trituradora se atoraba, incapaz de deglutir tanta vida reducida a papilla. Les espantará hasta la náusea saber que mientras las trituradoras de la muerte industrial trabajaban a destajo sus antepasados lloriqueaban farisaicamente recordando a las víctimas de tal o cual guerra pretérita, organizaban telemaratones solidarios, participaban muy orgullosamente en manifestaciones contra el cambio climático: simulacros de fingida humanidad en una época que había dejado de ser humana.

A esas generaciones futuras sólo les restará un consuelo: saber que, mientras sus antepasados renegaban de su condición humana, había un Dios que abrazaba amorosamente tanta vida arrojada al desagüe.

Juan Manuel de Prada

Esto no es una taberna

"¿Qué tal ha estado?", preguntó el director a los periodistas que regresaban de una comida con el importante político. "Muy bien, a nuestra altura", respondió uno de ellos. "Pues a mí no me ha parecido que haya estado tan mal", matizó otro.

La opinión que los periodistas tienen de los políticos es similar a la que tienen de su propio gremio, pero algo mejor que la que los políticos tienen del suyo, según se deduce cómo se tratan entre sí. Un trato que obligó no hace mucho al presidente del Congreso, Manuel Marín, a aclarar: "Esto no es una taberna".

Marín, que ayer presidió un homenaje al diputado del PP Gabriel Cisneros, recientemente fallecido, se va ofendido por la falta de tacto de quienes le buscaron sustituto antes de tiempo y hastiado por el sectarismo que domina la política española. Apenas hay otro debate político que el mantenido, por persona interpuesta, en las tertulias de radio y televisión; pero también en ellas se ha impuesto el griterío de trinchera.

En todos los países hay broncas entre la derecha y la izquierda, pero existe un reconocimiento entre los adversarios: no se llaman fascista entre sí, ni a nadie se le ocurre comparar un recurso de inconstitucionalidad con un golpe de Estado. La banalización de esos términos es un síntoma del infantilismo dominante.

Falta sentido de la continuidad del Estado democrático. Aznar no es el sucesor de Carrero Blanco, sino el de Felipe González como presidente. Por eso, y con independencia de las objeciones que puedan plantearse en el ámbito de la política exterior, estuvo en su papel el Rey ("símbolo de la unidad y permanencia" del Estado) al exigir que se dejase hablar al presidente Zapatero precisamente cuando defendía que Aznar, su antecesor, no es ningún fascista. Y estuvo en el suyo Aznar al agradecer a ambos esa defensa.

En los dos bandos hay quienes se encuentran a gusto instalados en el sectarismo, pero también otros que comparten con muchos ciudadanos el hartazgo que les provoca. Apenas hay encuestas que indaguen sobre la dimensión de ese hastío, pero el principio de acuerdo sobre el modelo territorial alcanzado por Zapatero y Rajoy en enero de 2005 fue recibido con tanta satisfacción como decepción provocó su casi inmediata ruptura. En un estudio de la Fundación Víctimas del Terrorismo presentado la semana pasada, el 61% admite que las divisiones entre los partidos producen tensión en su entorno personal. El 85% de los votantes del PSOE y el 80% de los del PP consideran indispensable el acuerdo entre ambos partidos en política antiterrorista; pero sólo el 30% lo ve probable.

El sectarismo cruzado ha cuajado en mensajes excluyentes. Aparte de Ciutadans en Cataluña, el único partido constitucional es el PP, sostenía hace poco un muy conocido portavoz del Foro Ermua en un artículo periodístico. Si así fuera, no sería posible la democracia: no habría posibilidad de alternancia en el marco constitucional. Los intentos de condenar al ostracismo político al PP (incluso mediante compromiso ante notario) responden a la misma mentalidad excluyente.

No basta con determinar quién empezó la bronca o quién es más culpable de que siga; es exigible que ambos partidos (y no sólo el de los otros) se desarmen de tanto sectarismo y recompongan el consenso sobre las cuestiones básicas, como ocurre entre Gobierno y oposición en la mayoría de las democracias. Sin disenso y confrontación política no hay democracia, pero la que hay es muy imperfecta si no hay acuerdo sobre nada. El deseable entre PP y PSOE habría permitido evitar los desbordamientos del marco en las reformas estatutarias, lo que habría ahorrado muchas tensiones actuales.

De su aval a la teoría conspiratoria a sus recursos de inconstitucionalidad contra toda ley que no hubiera votado, el PP ha cometido grandes errores, pero tal vez el más grave haya sido su renuncia a hacer valer sus 10 millones de votos para exigir ser tenido en cuenta en la negociación de las reformas. Ha preferido oponerse a todo para poder denunciar luego el resultado con gran escándalo. Eso ha favorecido el sectarismo del núcleo duro del PSOE, que ha hecho más caso a las presiones de aliados inseguros (o de un concejal) que a las recomendaciones del Consejo de Estado sobre las reformas territoriales o sobre la denominación del matrimonio homosexual, por ejemplo.

Tanto Zapatero como Rajoy se han comprometido a no pujar por la presidencia si su partido no es el más votado. Rajoy ha explicado que ese compromiso implica el de facilitar la investidura del candidato rival, para que no dependa de "las exigencias nacionalistas". Por otra parte, ha planteado al PSOE un pacto para reformar la Constitución en el sentido de cerrar definitivamente la configuración del Estado autonómico.

Más que cerrar nada, lo que cabría es abrirla en ambas direcciones, como han hecho los alemanes. Que pueda haber mayor descentralización donde la experiencia lo aconseje, pero que también sea posible la recuperación pactada por el Estado de competencias cuya dispersión se ha revelado negativa. Un acuerdo PP-PSOE sobre una reforma en esos términos podría ser la base de un pacto de legislatura entre ellos; no para excluir a los nacionalistas, pero sí para poner freno por una temporada a su tendencia a ignorar los límites. España no es una taberna, y menos una herriko-taberna.

Patxo Unzueta

Qué ciudad queremos

Qué ciudad queremos


Uno de los siempre interesantes artículos de Pilar de la Vega...


“La confusión está clarísima”. Es una de las muchas frases ingeniosas que dijeron los Luthiers en su última visita a nuestra ciudad. Desconozco si habían leído los periódicos antes de empezar su actuación en el Auditorio, pero al leerlos en los últimos días uno piensa y siente como ellos.

Hagan un ejercicio de memoria de los últimos días y concluirán que no sabemos dónde se va a construir la Romareda, o si se construye una nueva, porque tampoco está claro. Desconocemos cuánto va costar y, sobre todo, quién la va a pagar. Se acuerdan de cuantos proyectos se han realizado hasta ahora y cuál era su coste. Desconocemos los criterios de ubicación de la Ciudad de la Justicia. De repente nos enteramos por lo periódicos que quieren llevar todo el Campus universitario de San Francisco al meandro de Ranillas una vez concluida la Expo. ¡Qué difícil es que los ciudadanos podamos comprender todos esta serie de hechos!

Zaragoza concentra la mayor parte de la población de Aragón. Sin lugar a dudas, en ella están surgiendo y produciéndose decisiones políticas y económicas que afectan a toda la Comunidad. Nuestro crecimiento no nos puede hacer olvidar que nuestra ciudad debe de seguir siendo una sociedad organizada y regida por unas leyes.

Desde una perspectiva municipal el urbanismo es la dimensión más política y pedagógica que puede mostrarse ante los ciudadanos. El urbanismo tiene siempre tras de sí una teoría, una ideología y un modelo (o debe tenerlo). El resto del quehacer municipal o es algo instrumental o son servicios directos al ciudadano. De ahí el enorme atractivo que siempre ha tenido esta responsabilidad y el poder que sus detentadores siempre han querido ostentar y algunos han ostentado.

Me resulta difícil comprender como ha podido prosperar la idea de los expertos ultraliberales según los cuales todo el territorio de este país es edificable. Es como si España entera fuera un solar potencial. Argumentaban que ello abarataría el suelo y bajaría el precio de la vivienda. El resultado es evidente para todos nosotros: el suelo y la vivienda son más caros que nunca. A ello debemos añadir la pérdida de lo que era propiedad de todos para pasar a manos de unos pocos. Los ayuntamientos han buscado, a través de la recalificación de terrenos, fondos para financiar no se sabe que otra obras.

Pienso muchas veces dónde están esos responsables institucionales que luchaban por un urbanismo comprometido con la ciudadanía, con una forma de ser de la ciudad y de su entorno. Aquellos que creían en el patrimonio común y que pensaba que no era lo mismo que Zaragoza creciera por un lado que por otro, de una manera o de otra.

Pienso que la ciudad es una realidad estrechamente unida a un modelo y sus posibilidades. El gobernante, siguiendo el ejemplo de la Atenas de Pericles, debe mostrar y discutir con los ciudadanos el modelo de ciudad que pretende y la planificación de su realización. Esa, y no otra, es la importancia que tiene un Plan General de Urbanismo, porque es la ocasión que se da cada ocho o más años, para revisar y perfeccionar el funcionamiento de la ciudad. Pero el urbanismo tiene también una característica de enorme transcendencia: la puesta en valor de unos terrenos sobre otros y la distribución de usos y equipamientos en la ciudad.

Por otra parte el hecho de que muchos terrenos son de propiedad privada, puede traer como consecuencia plusvalías enormes para algunos particulares por causa de decisiones políticas. Y aquí está la cuestión clave de la especulación, tráfico de influencias, compraventa de voluntades y todo tipo de comportamientos irregulares. Toda la información aparecida con ocasión de las últimas elecciones en algunas Comunidades y ciudades son un ejemplo magnífico, digno de estudio, del comportamiento irregular. Y si nos atenemos a dichas informaciones parece que sea habitual en la práctica política.

Considero fundamental recuperar la confianza y la ilusión de los ciudadanos en el trabajo de los políticos para ello es necesario que los responsables de hacer ciudad se sintieran como un demiurgo platónico: capaces de generar felicidad y bienestar a sus ciudadanos. Ellos tienen en sus manos el placer y el honor que supone que de sus decisiones se derive una ciudad con servicios y equipamientos. Y que éstos signifiquen dignidad y calidad de vida cotidiana para sus habitantes.

Si quieren emular a Pericles deben de procurar la participación de los ciudadanos en la creación de la ciudad. El gobierno de la ciudad tiene que estar próximo a sus ciudadanos y abierto a sus necesidades y demandas, buscando la participación de todos en obtener el bien común. Para lograrlo es necesario que se conozcan todos los desarrollos urbanísticos y deben estar sometidos al control público y al interés general. Apuesto por hacer una ciudad que busque su equilibrio ambiental y los nuevos espacios de centralidad, sin descuidar sus señas de identidad labradas a lo largo de su historia.

Pilar de la Vega