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La izquierda, de la igualdad a la diferencia

Salvo para quienes cultivan la superstición del centro, el trazo entre izquierda y derecha resulta nítido. Ahí va un criterio de tasación: la derecha nunca suscribiría dos de los principios que estaban en la trastienda de la renovación ideológica del PSOE en el 2001: el de libertad real para todos, según el cual, "toda persona puede llevar a cabo su proyecto personal de vida", y el de igualdad, entendida como "la garantía de que todas las personas tienen las mismas condiciones para poder desarrollar sus capacidades y potencialidades personales". Los dos principios, tal como están formulados, tienen sus problemas. Por ejemplo, el primero es irrealizable si no se acota, sometiendo los proyectos personales de vida a alguna criba, como el control democrático: hay proyectos de vida que no está justificado alentar ni favorecer, como puede ser el de viajar en naves espaciales para contemplar la Tierra desde el espacio. Pero, aunque la letra no está clara, sí lo está la música compartida: para que las personas dispongan de la misma libertad real necesitan recursos que han de redistribuirse atendiendo a sus particulares circunstancias. No parece discutible que una persona con una minusvalía necesita más medios que otra que no la padezca para poder desarrollar las mismas actividades y que una comunidad en donde predominan los ancianos requiere más recursos que otra donde priman los veinteañeros. A la luz de ese criterio, por cierto, resulta discutible el principio consagrado en el Estatuto de Cataluña según el cual, después de la redistribución, no se puede alterar el orden de los ingresos per cápita, esto es, no puede ser que aquellos que ingresan más que otros antes de la distribución ingresen menos después de ella.

La derecha no suscribiría tales principios. No por maldad esencial, sino por su diferente idea acerca de lo que es una sociedad justa y, por ende, de igualdad. A su parecer, una sociedad es justa cuando los beneficios y las posiciones sociales están abiertas a todos por igual, cuando las reglas del juego son las mismas para todos. El Estado debe limitarse a asegurar que todos puedan participar en la competición, sin que a nadie le prohíban jugar. En ningún caso debe contribuir a que los individuos "realicen sus potencialidades". Entre otras razones, dirán los conservadores, porque los únicos derechos que se pueden garantizar son los llamados "derechos negativos", que protegen frente a las intromisiones de los demás, incluidas las públicas, como sería el caso de los relacionados con la opinión o la propiedad. Para asegurarlos basta con una simple prohibición: no se puede robar, matar, impedir hablar. No cuestan más que la tinta empleada en escribirlos en papel oficial. Mucho más complicado resulta garantizar el "bienestar", los derechos positivos. Requieren recursos, siempre finitos, y no hay modo de saber cuándo están garantizados. Resultan "insaciables".

La izquierda, tradicionalmente, ha replicado a tales argumentos recordando que, bien mirado, todos los derechos requieren recursos, empezando por el derecho a la propiedad, que necesita de jueces y policías para su real garantía. Reconocer que todos los derechos cuestan dinero equivale a decir que todos son positivos, que no hay modo de asegurar absolutamente ninguno. Dicho de otro modo, la decisión es, finalmente, sobre prioridades, democrática, en el mejor de los casos: ¿es mejor asegurar la propiedad de unos que la salud de otros? También ahora hay que decidir, que hacer política. Las decisiones tendrán más o menos justificación, pero son, finalmente, decisiones sobre qué se protege y en qué medida. En realidad, cuando se dice que "los derechos positivos salen muy caros", lo que se está queriendo decir es "no estoy dispuesto a asumir la responsabilidad política de modificar la estructura impositiva".

Hasta aquí, todo clarito. La izquierda recordaba, en un nuevo contexto, que la universalidad de la justicia se queda en buenas palabras si no se completa con la igualdad material. Las reglas pueden ser iguales para todos, pero no podemos considerar justa una carrera en la que uno de los corredores arrastra un yunque atado a la pierna. Entre otras cosas, tomarse en serio esas ideas supone compensar circunstancias decisivas en la vida de las gentes, de las que no son responsables (pertenecer a una familia poderosa, socializarse en cierto ambiente cultural, venir al mundo en un pueblo de Tarragona o en uno de Cuenca), que, sin embargo, condicionan sus posibilidades de acceso a posiciones sociales e incluso el pleno ejercicio de los derechos. Otra cosa son las consecuencias derivadas de las propias decisiones, si uno es un gandul o tiene gustos lujosos. Una idea que quedaba condensada en el lema "ninguna desigualdad sin responsabilidad".

Ésa era, como digo, la herencia de la izquierda, que todavía encuentra algún eco prolongado en programas que a lo sumo sirven para entretener los cursos de formación de los militantes. Pero de un tiempo a esta parte, las cosas han cambiado. La izquierda ha pasado de la estrategia de la igualdad a la de la diferencia nacida en torno al llamado "debate multicultural". No se le quita el yunque al corredor, sino que se opta por crear un reglamento para corredores con yunque, una carrera aparte. En lugar de combatir las circunstancias que están en origen de los problemas (la desigualdad, una cultura discriminatoria en el caso de muchas "minorías"), se adoptan excepciones a los principios generales de justicia y se aboga por "derechos especiales". Una estrategia discutible que, por lo general, resulta de una debilidad intelectual anonadante. Las medidas excepcionales no pueden estar por encima del escrutinio democrático o de la aplicación de los principios compartidos de justicia. Si se aceptan, ha de ser como consecuencia de la aplicación de la justicia y la democracia. Y a sabiendas de su condición provisional. En ámbitos de representación política, algunas formas de discriminación positiva pueden estar circunstancialmente justificadas, pero sin olvidar que el objetivo es su desaparición por falta de razón de ser. Tomarse la igualdad y la justicia en serio supone ponerles fecha de caducidad. No sea que nos olvidemos de dónde están los problemas. Las medidas excepcionales no modifican las injusticias de origen; a lo sumo, su impacto. Vienen a ser como la aspirina, que no cura, pero alivia. Pero si uno se pasa la vida con aspirinas, no repara en la enfermedad, hasta que se muere.

La estrategia de la diferencia descuida las condiciones materiales. De hecho, sale muy barata. En cierto modo, parece recuperar la visión conservadora de que la igualdad sólo requiere el gasto de la tinta del BOE. Pero hay algo más: la estrategia del trato diferencial corre el riesgo de estigmatizar a quienes pretende ayudar, a que "la diferencia" se perciba como una suerte de incapacidad. Al final podría suceder que, en nombre de las diferencias, consagremos las desigualdades. Si se nos va la mano desandando historia, podemos acabar como en el Antiguo Régimen, cuando una complicada trama de relaciones jurídicas especiales hacía que cada cual se relacionara con el rey según su condición, según donde vivía y su clase social. Precisamente, aquella situación con la que acabaron las revoluciones democráticas en nombre de la igualdad, las que dieron origen a la izquierda.

Félix Ovejero Lucas

Aquí nadie sabía nada


Vaya por Dios. Ahora resulta que nadie sabía nada. Que todos estaban en la inopia, mirando hacia otro lado. Hacia cualquier lado, claro, que no fuera aquel donde no convenía mirar. Ahora van y dicen, mis primos, esos centenares y miles de primos que moran, trabajan y votan en los pueblos y ciudades de esa Costa del Sol, de esa Costa Blanca o de tantos y tantos lugares con o sin costa, que mientras toda esa peña de notorios sinvergüenzas robaba a mansalva sin distinción de ideología, lengua o bandera, se repartía cada ladrillo y cada metro cuadrado urbanizable o por urbanizar y se zampaba mariscadas maquinando cómo llevárselo muerto por la patilla, todo eso, cada chanchullo, cada chantaje, cada mordida, ocurría –y sigue ocurriendo– bajo sus napias sin que nadie, nunca, se percatara de ello. Sin que nadie se extrañase porque camareros o fulanos en el paro estuviesen, al cabo de pocos años, conduciendo cochazos de quince kilos y construyéndose casas de película entre campos de golf. Sin que a ninguno de tantos miles de ciudadanos honrados y honorables le pusiera la mosca tras la oreja el hecho probado de que, en cualquier ayuntamiento español, la concejalía de Cultura te cae sin que la pidas, mientras que por la de urbanismo, que es donde se mueve la mortadela, hay bofetadas y navajazos sin piedad.

Vayan y pregúntenles. Me refiero a ellos, a los ciudadanos ejemplares que ahora mueven la cabeza y dicen hay que ver. Asombra lo poco que advertían el estado real de las cosas. Lo despistados que andaban con su buena fe entre tanto hijo de puta de ambos sexos. Me recuerdan, salvando las distancias –que en el fondo tampoco son muchas–, a todos esos buenos ciudadanos alemanes que, después de haber sacudido cada mañana, durante años, la ceniza de la ropa que tenían colgada a secar en el balcón, pusieron ojos como platos al enterarse, perdida la guerra, de que en las afueras de su puto pueblo había hornos crematorios. Me recuerdan también –salvando igualmente las distancias, faltaría más– a todos esos buenos ciudadanos vascos y vascas que después de tantos años tomándose los chiquitos a gusto, paseando el domingo con la familia y murmurando «algo habrá hecho» cuando se cruzaban con un fiambre o con alguien que hacía las maletas, mueven ahora la cabeza comentado «ya decía yo que las cosas terminarían arreglándose solas». Me recuerdan, en resumen, a toda esa buena y honrada gente que, como don Tancredo, nunca se entera de nada, nunca mueve un músculo, hasta que pasa el toro. Y luego, por supuesto, se indigna un huevo. Faltaría más. O se es persona o no se es.

Pero es que, como digo, ellos no sabían nada. En un país de golfos donde quienes mandan de verdad no son los políticos –que ya sería una desgracia por sí misma–, sino los capitostes de la mafia del ladrillo con sus políticos a sueldo, todo cristo estaba en lo alto de un guindo. Y sigue estando, claro. De los escándalos ya conocidos o los cientos por conocer, nunca supo ni sabe nada el vendedor de coches de lujo que se frota las manos cada vez que don Fulano o don Mengano –antes del pelotazo, Fulanillo y Menganillo a secas– se dejan caer por el concesionario con los bolsillos abultados de fajos de billetes de quinientos euros, de esos que las autoridades económicas acaban de saber –los ciudadanos normales lo sabíamos desde hace mucho– que uno de cada cuatro, o más, circulan en España. No sabe nada el honrado comerciante que les vende los televisores y el deuvedé, ni el que les amuebla la casa, ni el que les instala los cuartos de baño con grifería de oro. No sabe nada el del vivero que les pone el césped, ni el tendero que les vende el caviar, ni quien consigue que, gracias a tal o cual favor o sumisión, su hijo, su cuñado o su nuera consigan curro en tal o cual sitio. Tampoco sabe nada el notario que se ocupa de sus contratos, ni el dueño del restaurante en cuyo reservado, a setecientos euros cada botella de gran reserva, se reúnen a comer con los socios y los amigos para recalificar esto o aquello. No sabe nada el empleado de la agencia que prepara los billetes para el safari, ni el del hotel que dispone la suite de costumbre. No saben nada el electricista, ni el fontanero, ni el panadero, ni la florista, ni el del kiosco que les vende el Marca, ni yo, ni usted, ni el vecino. Nada, oigan. En absoluto. Ninguno sabemos una puñetera mierda. Todos somos asquerosamente inocentes.

Arturo Pérez-Reverte

Promesa incumplida


José Antonio Alonso

EL PAÍS - Opinión - 26-03-2006
En 1960, al inicio de la oleada descolonizadora de la posguerra, África subsahariana tenía una renta per cápita equivalente al 38% de la media mundial; en la actualidad, casi nueve lustros después, apenas supone el 23%. En términos relativos, África subsahariana es hoy indiscutiblemente más pobre de lo que era entonces. ¿Qué ha podido pasar? Es difícil obtener una respuesta plenamente satisfactoria: tal es la diversidad de factores que han contribuido a este resultado. La inquietud se acrecienta si se tiene en cuenta que, desde su independencia, los países africanos han recibido una sobredosis de asistencia internacional, con la implicación de reputados economistas, entre ellos algunos premios Nobel.

La crónica de este fracaso debiera llamar a la modestia a quienes ejercen como asesores económicos, incluidas las instituciones internacionales. Es poco lo que conocemos acerca de los factores que garantizan el desarrollo. Y, de hecho, la experiencia de los casos considerados más exitosos (Corea del Sur, Taiwán, Vietnam o China, entre otros) contiene una peculiar combinación de factores previsibles y de otros que contradicen la doctrina más canónica. No parece, pues, que exista nada parecido a una pragmática universal del éxito en este ámbito a la que nos podamos acoger.

Pese a que no conocemos a ciencia cierta qué genera desarrollo, sabemos algo mejor qué factores resultan abiertamente perjudiciales. Dos aparecen como muy relevantes para entender el caso africano. El primero alude a la ausencia de instituciones creíbles y legitimadas para articular la voz colectiva, proveer bienes públicos y garantizar el desarrollo de los mercados. En buena parte de África, el mandato de las instituciones públicas está lejos de asentarse en un contrato de mutuo compromiso con la ciudadanía: ni la sociedad sostiene a las instituciones, ni éstas se sienten obligadas frente a la ciudadanía. El segundo problema tiene que ver con la presencia recurrente de conflictos y guerras abiertas en la región: un mal que ha afectado a África de forma muy severa en las últimas dos décadas. Pues bien, la experiencia revela que sin un cierto grado de estabilidad y sin capacidad de gobierno es imposible el desarrollo. En la gestación de ambas carencias han tenido una responsabilidad indudable las potencias industriales que primero en la colonización y después en la guerra fría convirtieron a África en tablero de ajedrez de sus respectivos intereses.

A los problemas señalados han de sumarse otros dos que operan como pesados lastres para el futuro africano. El primero es la deuda externa acumulada por la región, cuyo pago compromete a más del 12% de los ingresos de exportación; el segundo, la virulencia con la que se ha extendido el sida en algunos países, que ha diezmado una generación y ha hecho retroceder parámetros sociales que se consideraban definitivamente asegurados.

Como consecuencia de este cúmulo de factores, África subsahariana se encuentra, en términos relativos, peor de lo que estaba al iniciar su independencia. Existen episodios singulares de éxito, pero su número mengua a medida que nos aproximamos a la actualidad. Todo ello alimenta ese espíritu de afropesimismo que flota en el continente. Si se recurriese a la antigua y poderosa heurística sugerida por Hirschman, habría que reconocer que en África es bajo el nivel de lealtad que suscitan las instituciones y limitada la capacidad de articular una voz colectiva que aliente el cambio. En estas condiciones para muchos no queda sino la salida individual como respuesta. La emigración masiva se conforma, entonces, como la única opción posible cuando no existe confianza en la acción colectiva; aunque para ello se arriesgue la vida y se nutran nuevos cementerios marinos.

No obstante, ni siquiera la salida individual es una opción al alcance de todos. Ni son los más pobres los que emigran, ni es de los países más pobres de donde dominantemente proceden. Incluso para emigrar es necesario tener un cierto patrimonio: de activos económicos para sufragar el viaje; y de recursos personales para poner en valor en el mercado de destino. La globalización ha generado por esta vía un nivel más extremo de exclusión: aquellos que ni siquiera tienen a su alcance el derecho a la movilidad, al desplazamiento.

Frente a ello ¿qué puede hacer la comunidad internacional? Hasta ahora la actitud de los países desarrollados ha venido regida por una contradictoria dualidad: desconsideración de África en el diseño de los marcos regulatorios a escala internacional, por una parte, y paternalista recurso a las fórmulas concesionales (incluida la ayuda) como mecanismo compensador, por el otro. Si con el primero se dificultan las oportunidades de desarrollo de los países africanos, con el segundo se pretende corregir levemente ese resultado, al tiempo que se alivian conciencias y se promueven lealtades y clientelismos de los gobiernos locales. Un ejemplo de este proceder lo proporciona la Unión Europea: por una parte, mantiene el severo tono proteccionista de su Política Agrícola y, al tiempo, ofrece a la región ayuda internacional y algunas concesiones preferenciales. Más allá de la distorsión de mercados que este proceder genera, es cuestionable su eficacia en términos de desarrollo. La experiencia lo demuestra: los países de África subsahariana son los que disfrutan de un trato preferencial más holgado por parte comunitaria, pero al tiempo son los que más cuota de mercado han perdido en la importación europea. En muchos casos, las preferencias no han hecho sino anclar más severamente a estos países en productos de limitado dinamismo comercial y bajo valor añadido.

Como parte de esta respuesta, se ha alimentado también una perversa dependencia del continente respecto a la ayuda internacional. En los últimos cuatro años, África subsahariana (700 millones de habitantes) recibió 15 veces más ayuda que India (algo más de 1.000 millones de habitantes). En cerca de 22 países africanos la ayuda internacional llega a suponer más del 10% del PIB nacional; y en 18, la ayuda supone más del 50% de los recursos totales del Estado. En estos casos es difícil que las autoridades no terminen tentadas por prestar más atención a los donantes que a sus respectivas sociedades, degradando la calidad de las instituciones.

En todos estos problemas tienen una responsabilidad manifiesta las élites y gobiernos africanos, pero, también, la comunidad internacional. Europa está obligada a cambiar el diseño de su política respecto a África, si no quiere enfrentarse a problemas de mayor calado en el futuro. La ayuda es, sin duda, necesaria, pero no debe constituir ni un sustituto de la voluntad de desarrollo de los países, ni un paliativo a unas relaciones internacionales que, en conjunto, niegan aquello que la ayuda dice promover. Un mayor grado de coherencia en las políticas de los países industriales será necesario si se quiere que el desarrollo de África deje de ser una elusiva promesa.

Contra toda esperanza..

Contra toda esperanza..

A veces, la única manera de “entender” lo que es velar y estar atentos es cuando tenemos que “velar–atender a un enfermo” en el hospital. No podemos dormir: hay que vigilar el “goteo”, la hora de las pastillas, la respiración...
Pero no es de esto a lo que el evangelio nos invita cuando nos urge a “velar”. Vigilar y velar para el Evangelio es poner todo lo que hay de mejor en nosotros para apercibirnos de los signos de presencia de Dios a nuestro lado. No es éste de nuestros días un momento sin Dios, por mucho que muchos lo piensen. No estaba Dios antes más presente en el mundo o en la Iglesia de lo que ahora está. Es cierto que quizás haya “elementos” que caen. Caen porque ya no son mediación de Dios, de su presencia o con capacidad suficiente para sospechar (=ser interrogados) que detrás de ellos Alguien tenía que estar.

Dios hoy está abriendo nuevos caminos de presencia... y no nos damos cuenta. Dios hoy está viniendo de nuevo, como ayer, como siempre, y no nos damos cuenta. Dios hoy está haciendo señales y guiños para ser reconocido, y algunos sí que se dan cuenta mientras otros viven esperando (¡o promoviendo!) la “repetición” los signos de ayer...

Hoy es momento de novedad, es momento de susurro, es momento de intimidad... Los íntimos de Dios saben que Dios no nos ha abandonado.

Es momento de novedad. Dios nos sorprenderá. Seguro que no nace, que no viene por los caminos que le marcamos. Dios no quiere que el hombre le marque caminos. Dios siempre inaugura él mismo los caminos por los que llega.

A los que se sienten acobardados y lamentan “otros tiempos donde todo parecía mejor”, a los que se sienten como abandonados de Dios porque esto “está muy cambiado y parece que Dios no tiene sitio en nuestra Sociedad”, a los que se frotan las manos porque, por fin, en vez de Dios hay dioses (cada uno los suyos), a éstos y a todos los demás, hay que anunciarles: que el Dios de la Biblia está vivo, que el Dios de Jesús sigue vivo, que el Dios de ayer sigue sin morir y han muerto los que anunciaron su muerte, que el Dios de nuestros padres, sigue empeñado en su pacto de fidelidad, que el Dios de Jesús, el Salvador, el Hijo de Dios no ha desaparecido de nuestras ciudades...

Habita, como en la primera Navidad, en lugares donde hay sencillez, acogida, sorpresa, aliento nuevo, sensibilidad para lo verdaderamente humano, lo profundamente humano.

Cuando os canséis de mirar la luz artificial, colorida y zigzagueante, dirigid la mirada reposada, pausada, discreta y descubrid: hay hombres que rezan, que callan, que se dan, que buscan, que no se dejan enganchar por la corriente, que aman la verdad, que aman al otro, que lo defienden, que entregan la vida, que irradian alegría, que no miden el amor, que esperan contra toda esperanza, que esperan en la noche... Por ahí, por ellos, en lo de ellos, Dios está llegando.
Dios está presente.

Álvaro Ginel

Rebajas: menos por menos

Rebajas: menos por menos

«Todas las cosas, nacidas o fabricadas, humanas o no, son hasta nuevo aviso prescindibles. Un espectro se cierne sobre los moradores del líquido mundo moderno y sobre todas sus labores y creaciones: el espectro de la superfluidad»

Zygmunt Bauman

Tender puentes: PSOE y mundo cristiano

José Luis RODRÍGUEZ ZAPATERO
Secretario General del PSOE

A la hora de prologar este libro “TENDER PUENTES. PSOE y Mundo Cristiano” me ha venido a la memoria un hecho que contaba Ramón Rubial. La historia era la siguiente: “Un odontólogo vizcaíno, del municipio de Sestao, hombre de comunión diaria, hombre que estudió la carrera trabajando las minas, y que su sitio de comunión era el Patronato de Sestao. El Patronato de Sestao a los vizcaínos les sugiere el hecho de que era el reclutador de todos los esquiroles para yugular las huelgas que los trabajadores vizcaínos declarábamos en aquella época. Pidiendo aquel hombre el ingreso en la Agrupación Socialista de Sestao en el año 31, se lo denegaron por los antecedentes que tenía por ser hombre de comunión diaria y comulgarse en un sitio donde había sido la recluta de esquiroles. Este hombre recurrió a la Comisión Ejecutiva vizcaína y le denegaron también el ingreso. Recurrió a la Nacional. El Partido Socialista de entonces lo presidía [Largo] Caballero y aún recuerdo algún concepto vertido en la carta a la Agrupación Socialista de Sestao diciéndoles que cómo eran tan brutos, si no sabían que el Partido Socialista no había hecho jamás una declaración de ateísmo, y por el hecho de que un hombre tuviera esas concepciones no podría pensar en socialista. Le dieron el ingreso. Como tributo, el primer fusilado cuando entraron las tropas franquistas en Vizcaya fue Vitorino Martín, que así se llamaba aquel hombre”.

Y es que cristianos y socialistas podemos pensar y hacer muchas cosas juntos. Nuestra pasión por la igualdad, por la justicia o por la libertad tienen correspondencia con la búsqueda de la solidaridad o del amor al prójimo que está incorporada a las creencias religiosas del cristianismo. No me cabe la menor duda. Quizá hay una forma de aproximarse a este tipo de colaboración que sea plantear los dos polos de la ecuación cristianos y socialistas, partido socialista y mundo cristiano o cristianismo y socialismo, como algo contrapuesto. No es ese mi punto de vista. No son dos mundos contrapuestos. Hay una alteridad radical entre el PSOE y el Cristianismo, uno es un partido político, lo otro es una religión cuya referencia es la trascendencia. Pero hay también una historia común que este hecho que contaban en el Partido de Bilbao pone de relieve. En los tiempos de la República ya hay quienes unen en su persona el ser cristiano y el ser socialista. Incluso en aquellas épocas tan enconadas, preludio de una guerra civil, que se quiso presentar como cruzada, hay una dirección socialista que defiende la posibilidad de que un cristiano de comunión diaria pueda pensar en socialista.
El cristianismo es una realidad entremezclada con el partido socialista que no conocemos bien. Es más, a veces la distorsionamos porque la vemos por apariencias que no son reales, por prejuicios heredados o por pretendidos intérpretes de lo que es el colectivo de cristianos y cristianas en España, que no reflejan realmente la realidad. En el PSOE hay muchos miles de afiliados que son a la vez cristianos, como G. Peces Barba, F. Pons, P. Sauquillo o J.M. Eguiagaray, y hay millones de votantes socialistas que se declaran a sí mismos cristianos. Por lo tanto no estamos a mi modo de ver, ante dos creencias contrapuestas sino que hay muchísima gente dentro de nuestro partido, y sobre todo en la sociedad española, dentro de nuestro electorado, que comparte ambas condiciones, la de socialista y la de cristiano. Se ha mostrado en la práctica aquello que se decía en el Congreso del PSOE de 1967: “no es verdad que exista esa escisión maniquea entre un mundo ateo y materialista y un mundo religioso y espiritualista. Socialismo y cristianismo, en tanto que religión de amor al prójimo, son absolutamente conciliables”.

Me pregunto por qué en el imaginario social, incluso en el imaginario del partido, sigue funcionando una especie de asociación natural entre religión y derecha. ¿Acaso no representa el PSOE de modo público y suficiente el vínculo entre socialismo y cristianismo? Es posible que no lo hayamos expresado con la suficiente organicidad y permanencia. En mi opinión es de justicia reconocer el hecho y la calidad del compromiso de tantos cristianos socialistas en el pasado y en el presente del partido. Es necesario proyectar con significación histórica esta intersección entre cristianismo y socialismo.
Creo un acierto la publicación de este libro. Significará para el lector algo de lo que es el propio partido socialista y que sin embargo permanece escondido. Lo “cristiano socialista” forma parte de nuestra identidad. Así hemos de reconocerlo. El cristianismo constituye una de las culturas sociales que apoyan el socialismo en España. Como dice F. Pons, si fuese incompatible el apoyo al socialismo y la condición de católico en España, “tendrían que cerrar la mitad de las iglesias o tendría que cerrar el partido socialista”.

Sin embargo creo que la afirmación de la compatibilidad práctica entre cristianismo y socialismo no es la aportación fundamental que ha de resaltarse. Lo que quiero decir es que hoy de manera decidida iniciamos algo nuevo; esto es, la aceptación, por el partido socialista de la creencia religiosa y en particular del cristianismo como un hecho positivo para un proyecto de izquierda. Esta es la tarea pendiente: sustituir la negación del valor de lo religioso o una actitud de indiferencia, por un reconocimiento y valoración positiva del mismo.

Soy agnóstico y pertenezco a un partido laico, que quiere e impulsa una sociedad laica. Sin embargo ello no implica, que como responsable de un partido político haya dejado de observar lo que acontece en la sociedad y lo que en ella se mueve en la dirección del socialismo y la democracia. Sé cómo ha evolucionado la expresión social del cristianismo. Recuerdo especialmente la decisiva contribución de tantos cristianos en la oposición al franquismo y en la transición democrática. Y, mirando hoy a la sociedad, es obvio que ese suelo común de valores de solidaridad y de dignidad de la persona tiene en el cristianismo una de las más importantes matrices culturales. Es más, en el trabajo de base que realizamos en barrios, pueblos y ciudades, vemos cómo numerosas asociaciones y movimientos sociales que trabajan por la paz y los derechos humanos, contra la exclusión social y por la solidaridad Norte-Sur, se reclaman de origen e iniciativa religiosa, en particular, cristiana.

Es de gran interés para un partido socialista colaborar con este mundo del cristianismo social. Abre la sensibilidad de la sociedad de tal manera que hace posibles políticas de izquierda que de otra manera pueden ser inviables. Desde su cercanía a los problemas elabora y anticipa soluciones que luego el Estado va a poder apoyar o hacer propias. Es parte viva de la sociedad civil que transforma la sociedad desde la vida cotidiana en la dirección de los valores del ideario socialista. Un colectivo pluriforme que necesitamos para conformar esa mayoría social que nos permite gobernar. Es un desafío para nosotros ser interlocutores y referentes del mismo, que nos vean como los mejores aliados para traducir políticamente sus demandas.

Podemos diseccionar estas prácticas éticas respecto de sus motivaciones religiosas. Sin embargo algo me dice que esto no es honrado con la realidad. La expresión social de este mundo no puede ser reducida con planteamientos materialistas o neopositivistas. Nuestro partido es el partido laico por excelencia en España. La laicidad ha sido, es y seguirá siendo una de nuestras señas de identidad. Consecuencia de ella resultó, en un contexto histórico determinado, un anticlericalismo probablemente justificado. Pero los tiempos han cambiado, también a este respecto. Reivindicamos y defendemos un Estado aconfesional. Sin embargo la laicidad, en este nuevo contexto, no puede convertirse en el argumento para un dogmatismo antirreligioso. La defensa del pluralismo y de la democracia no puede hacerse sobre la indiferencia o el rechazo a la religión. La religión puede ser un complemento valioso de la democracia. Y la democracia es el mejor marco para el ejercicio de las religiones. Así lo dice la Asamblea del Consejo de Europa, en un informe redactado por nuestro compañero Luis M. Puig: “la democracia y la religión no son incompatibles; todo lo contrario, la democracia proporciona el mejor marco a la libertad de conciencia, al ejercicio de la fe y al pluralismo de las religiones. Por su parte, la religión, por su compromiso moral y ético, por los valores que ella defiende, por su sentido crítico y por su expresión cultural puede ser un complemento valioso de la sociedad democrática”.

La creencia religiosa no es ajena a la esfera pública. Es un asunto privado, pues es opción personal la elección de uno u otro credo o la ausencia del mismo. Con la democracia han acabado los tiempos de la imposición religiosa. No obstante, en cuanto hecho compartido por una amplia ciudadanía, con indudables efectos en la vida cotidiana, en las referencias éticas, incluso en el comportamiento político, es preciso tomar la religión como un asunto público. Un asunto que es preciso examinar desde los valores constitucionales. En este sentido han de apoyarse aquellas formas religiosas que contribuyen a un desarrollo de la ciudadanía democrática y de una sociedad justa. Por el contrario, deben combatirse aquellas formas fundamentalistas que atenten contra la libertad de la persona y la tolerancia que debe caracterizar la vida democrática. La relevancia pública del cristianismo, para los socialistas, radica en su capacidad para inculcar en la conciencia humana valores comunes que también han constituido, desde hace siglos, el objetivo de la lucha social de la izquierda.
Quiero hacer, y así concluyo, una llamada a los cristianos al compromiso político, al quehacer político. Creo que es necesario que trabaje en política gente que tiene unos valores y que tiene una forma de ver su inserción en la sociedad que va más allá de un mero interés egoísta y de una mera apetencia de bienes materiales. La liberación de los seres humanos se tiene que realizar en esta tierra, y depende sustancialmente de la política. Creo que somos siempre pocos los que podemos arrimar el hombro en una tarea tan importante como es la de ayudar a hombres y mujeres a superar sus angustias, a superar sus problemas, a salir de la marginación, a garantizar sus derechos y a permitirles avanzar hacia un futuro mejor. Es verdad que no es lo mismo una religión que una creencia política, es verdad que nos tenemos que mover en planos distintos, pero también lo es que el PSOE no solo no cierra las puertas a nadie que crea en el progreso, en la justicia y en la libertad, sino que tiene las puertas abiertas a muchísima gente y entre otros a los cristianos y a lo que puedan colectivamente representar.

José Luis Rodríguez Zapatero
Madrid, 5 de junio de 2001

Contra los reduccionismos


EL PAÍS - Opinión - 10-11-2005
Desde la caída del Muro de Berlín ha habido una tendencia predominante en diversos círculos a un fuerte reduccionismo en el entendimiento de la democracia y la economía de mercado. Algunos, invocando a Hegel, auguraron que se había terminado la historia, y que las ideas ganadoras eran el mercado y la democracia. Que había terminado la necesidad del cambio; los hechos podían seguir, pero serían anecdóticos.

Sin embargo, nada parece impedir que el flujo de las ideas continúe. Porque, ¿qué significaban la democracia y el capitalismo en el mundo real? ¿Eran metas ya alcanzadas por algunos y que los demás deberíamos copiar? ¿Quién otorgaba patentes de demócrata y de amigo del mercado?

Cada país, según sea su tradición, su grado de desarrollo y los problemas más urgentes que deba abordar, tiene que decidir con responsabilidad, pero también con autonomía, cómo lleva adelante la alianza entre democracia y economía de mercado.

En primer lugar, en muchos análisis llevados a cabo desde 1989, se tendió a codificar la política y la democracia en términos de gobernabilidad. Pese a su carácter general, esta palabra expresaba una idea precisa: el papel de la democracia, conquistada o recuperada, era el de subordinarse a un proceso de reformas económicas.

Había llegado el momento de sacrificar muchas demandas inmediatas de la ciudadanía por la segura obtención de un futuro de crecimiento económico. Se tendía a subordinar así el ejercicio de la ciudadanía a un mercado predicado en cualquiera de sus formas; algunas primitivas, otras casi inexistentes.

En el caso chileno hemos enfatizado que las sociedades requieren reglas previsibles y que cumplan, que las instituciones funcionen. Y que esa dimensión de la gobernabilidad es fundamental. Pero también hemos dicho que los ciudadanos deben determinar la sociedad que quieren, aunque los objetivos planteados se alejan de cierta ortodoxia, o "modelo". Y que ésta es una divisoria de aguas entre una concepción humanista y otra deshumanizadora.

Por eso buscamos una democracia de la que podamos enorgullecernos; lograr la participación de los ciudadanos en todo el ciclo que va de la discusión de la agenda pública a los programas de gobierno y al diseño, gestión y evaluación de las políticas públicas.

Miremos a una dimensión especial de este tema, el de la memoria histórica sobre el período autoritario y de aguda violación de los derechos humanos. Un aspecto central de la democracia es el de la memoria como una manera de asumir, procesar y sobreponerse al pasado.

El enfoque de la gobernabilidad, en cambio, suponía olvidar y perdonar ese pasado. El argumento era que olvidar lo ocurrido permitiría centrarse en el futuro; recordarlo y entenderlo, en cambio, provocaría divisiones e intranquilidad.

Simplemente no creo que las violaciones de los derechos humanos puedan olvidarse sin ser asumidos por la sociedad. Esto puede tomar un tiempo, pero no hay mañana sin ayer. No somos más libres al crecer reprimiendo nuestros años pasados. Somos más libres cuando los reconocemos y buscamos entenderlos.

Un segundo ámbito en el que predominó también después de 1989 un concepto reduccionista fue respecto de la economía de mercado.

La libertad económica fue codificada como el mercado actualmente existente, o, simplemente, la libertad de precios y se tendió a convertir al mercado en paradigma del orden social. La disolución de toda otra forma de relación social para conformarse a la del mercado, planteada por Marx, parecía haber llegado, como una ironía de la historia. Pero, como sabemos, la palabra mercado tiene muchos significados, ya que las relaciones sociales se insertan siempre en aquellas preexistentes. El mercado significa, por ejemplo, una cosa distinta en China que en África.

En esta visión simplista el mercado fue reducido a una visión macroeconómica sesgada, ya que excluía objetivos importantes respecto del crecimiento y del empleo. Pero, además, excluía un tema central para toda sociedad, cual es el de la equidad.

El Consenso de Washington fue unas de las codificaciones del reduccionismo del mercado, una que tuvo gran impacto en América Latina. Es paradójico que Chile, que muchos consideran un "buen alumno" del Consenso de Washington, haya tenido éxito porque hizo las cosas de otro modo. Duplicamos el producto, pero disminuimos simultáneamente la pobreza a la mitad, gracias a nuestras políticas públicas.

Por lo demás, con la economía no basta. Queremos una sociedad más culta y pluralista. El ciclo de expansión de nuestra frontera espiritual pasa por cuidar nuestro patrimonio cultural, al tiempo que se fomente la creación cultural y el intercambio con la cultura mundial.

Reconocer y valorar la diversidad de las personas y las comunidades, al tiempo que se da alas a la subjetividad de los chilenos sobre un proyecto compartido: la mayor libertad de las personas y las comunidades hacia el Bicentenario de nuestro nacimiento como república.

De manera más reciente sucedió otro hecho que marcó un hito, también de las ideas y las políticas. Se trata del surgimiento de un nuevo terrorismo internacional, del cual la expresión más fuerte fue el ataque del 11 de septiembre del 2001 en Estados Unidos y, en el caso de España, el del 11 de marzo del 2004.

La reacción inicial al ataque en Nueva York permitió configurar por unas semanas, o quizás meses, una alianza amplísima, que condenaba el terrorismo y se proponía combatirlo. Pareció, por un espejismo de tiempo, que la agenda internacional podía ser fortificada con más apoyos, objetivos y medios adicionales.

En realidad, con el paso del tiempo parece haber un retroceso a concepciones unilaterales o de ataques preventivos, una desvalorización de las instancias multilaterales e incluso incumplimientos de acuerdos ya tomados.

Tenemos aquí un tercer esfuerzo reduccionista, esta vez de las relaciones internacionales y del sistema internacional. Se trataría de convertir a los países en actores globales de un solo tema. ¿Y los demás asuntos?, ¿deberían éstos ordenarse todos en torno sólo de esta preocupación, legítima y necesaria?

Mi convicción es que no podemos elaborar nuestras agendas exclusivamente en torno al terrorismo. Ni para concentrarnos sólo en combatirlo, en desmedro de otros temas; ni para polarizar el mundo en contra de quienes así lo entienden necesario.

Desde otro punto de vista, países como Chile requierencrear empleos decentes con una economía dinámica. En nuestra opción estratégica, el crecimiento de la economía depende tanto de una política fiscal equilibrada y contracíclica, que depende de nosotros, como de una integración diversificada y respetuosa con el medio ambiente a la economía mundial, cuya posibilidad no depende sólo de nuestros esfuerzos.

Si queremos que el mundo interdependiente llegue a ser una sociedad ordenada y pacífica, necesitamos priorizar los esfuerzos multilaterales que fomentan la paz y un sistema de amplia participación en el sistema de gobernabilidad global. Necesitamos fomentar mecanismos de negociación, compromisos y construcción de consensos.

Un proyecto así garantiza, simultáneamente, argumentos, métodos e incluso modalidades de intervención contra quienes lo ataquen con violencia. Y permite prevenir las luchas contra los enemigos que el presente desorden seguirá generando.

Me parece que los tres fenómenos de reduccionismo de las ideas que he señalado: democracia lejos de la ciudadanía, un tipo de economía de mercado como centro de las estrategias políticas y un sistema internacional centrado en la agenda antiterrorista, han sido perjudiciales, tanto para el desarrollo de nuestras comunidades, como para el desarrollo global.

Creo que estos reduccionismos tienen su origen en discursos complacientes respecto de conformaciones históricas de poder; discursos que tienden a redefinir los conceptos con los que pensamos la realidad de manera acomodaticia con las constelaciones de intereses de diversos tipos.

Frente a ellos necesitamos intelectuales alertas y comprometidos con sus respectivos países y con la suerte de la humanidad, no situados de espaldas a quienes gobiernan, pero tampoco echados en los brazos de éstos, los que constituyen una reserva de análisis crítico y de propuestas innovadoras a la que siempre es preciso atender.

Pero creo que también hay debilidades profundas del pensamiento contemporáneo, sobre las que convendría reflexionar.

En nuestras sociedades hay cada vez mayor información disponible sobre los temas de interés público, lo cual se da de la mano con una creciente mayor capacidad analítica de los ciudadanos para entender la realidad. Sin embargo, enfrentamos también dos fenómenos que entorpecen una mayor información y capacidad de examen de los ciudadanos. Uno es la simplificación en que a menudo incurren los medios al difundir asuntos de interés público de una manera que parece más preocupada de incrementar las audiencias que de ilustrar verdaderamente a éstas. Otro es la tecnificación de la discusión de los asuntos públicos, la que tiene lugar en pequeños grupos estratégicos que carecen muchas veces de representatividad y no rinden cuentas a nadie.

Por otra parte, la discusión pública también se empobrece como resultado de la renuncia al uso del razonamiento por grupos o sectores que prefieren posiciones apriorísticas, o que adoptan posiciones nihilistas. En la práctica, ellos se suman a quienes siempre desconfiaron de la razón.

¿Qué hacer? Yo veo aquí una gran posibilidad para el liderazgo político democrático, si es capaz de adoptar un enfoque de políticas públicas. Cuando las cosas se explican, cuando se evitan simplificaciones caricaturescas de la realidad, cuando se evitan polarizaciones sin sentido y se centra la discusión en los temas relevantes, la gente escucha.

Resistir los reduccionismos del entendimiento es una tarea necesaria porque ellos, bajo el pretexto de facilitar la administración de la realidad, lo que hacen es empobrecer nuestra visión de ella. Bajo el pretexto de la prudencia, los reduccionismos nos inmovilizan.

Al revés, ampliar el campo de lo posible es necesario si queremos transformar el mundo en un sitio donde las personas puedan ser libres de verdad.

Necesitamos encontrar, como señala Borges, Un tiempo caudaloso / donde todo soñar halla cabida.

Creo que en esa tarea estamos, unos en la universidad y otros en las luchas políticas y sociales de cada tiempo. Unos trabajando con el pensamiento y otros con la acción, pero tanto unos como otros entendiendo que no puede haber una disociación entre pensamiento y acción.

Sin un pensamiento que la sostenga y oriente, la acción es ciega; sin una acción que la siga, el pensamiento es estéril. Entonces, como nos ha sido propuesto reiteradamente desde la filosofía, tenemos que obrar como hombres de pensamiento y pensar como hombres de acción.

Ricardo Lagos

Bienaventuranzas del siglo XXI


Bienaventurados los sobrios, los austeros, los que consumen sólo lo necesario, los disponibles para los otros en sus necesidades, porque ellos son Justos.

Bienaventurados los que no contaminan, los que trabajan por conservar el planeta, porque ellos son verdaderos Hijos de la Tierra.

Bienaventurados los que se ponen en lugar de los otros, porque ellos sabrán acoger a los necesitados y serán llamados Hermanos.

Bienaventurados los que se esfuerzan y trabajan por establecer relaciones solidarias y estructuras democráticas, porque ellos abrirán nuevos caminos y serán llamados Hijos de la Paz.

Bienaventurados los que se afanan por buscar nuevas relaciones entre las personas, un nuevo modelo de organización social y un código ético para una civilización planetaria donde las fronteras sean caminos de entendimiento, porque son nuestros Poetas y Profetas.

Bienaventurados los que se arriesgan y padecen incomprensión por compasión con los marginados, porque ellos son Humanos.

Bienaventurados los que no se ocupan todo el día del negocio y ofrecen su tiempo sin pedir nada a cambio, los que no se corrompen, los que denuncian con grave riesgo de sus vidas la corrupción, el engaño, los abusos, las violaciones, los totalitarismos, porque ellos crearán las riquezas necesarias y son nuestros caminos.

Bienaventurados los que acogen al que tiene SIDA, al rechazado por inmigrante, por su color, etnia, pobreza, porque no tiene techo, por su orientación sexual, al que nadie presta, ni alquila casa, porque de ellos es el futuro de esperanza.

Bienaventurados los parados, los que tienen un contrato de esclavitud y un salario de miseria, los enfermos abandonados, los ancianos solos, las madres separadas y abandonadas que nadie quiere contratar, las mujeres maltratadas, los niños esclavos, los niños de la calle, los niños maltratados y violados, los pueblos oprimidos, las afectados por las guerras, los olvidados de esta tierra, los juzgados y encarcelados injustamente, los perdedores…, cuando oigamos sus gritos para exigir y luchar por un mundo justo, por otro mundo posible. Sin su justicia y rehabilitación no existe naturaleza humana posible, su urgente rehabilitación nos hará dignos y libres.

Bienaventurados los que ofrecéis información, los preocupados porque todos aprendan, los abiertos a las opiniones y al diálogo, porque vosotros hacéis posible la comprensión, la solidaridad y el amor.

No podemos servir a dos señores, estamos en una encrucijada y encontraremos el camino si tenemos un corazón humano y escuchamos el grito de los que sufren, el lamento de nuestra tierra violada.

Francisco Barco Solleiro
Eclesalia