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El cardenal que se atreve a pensar

El cardenal que se atreve a pensar


El cardenal Carlo Maria Martini es visto en amplios sectores como la última gran voz progresista de la Iglesia, la contrafigura de Joseph Ratzinger, su rival en la elección papal. A sus 81 años, retirado, enfermo de párkinson, sigue dando guerra. Su último libro ha levantado ampollas en el Vaticano


A un libro como el suyo, Martini no le hubiera aplicado su expeditivo método de lectura. Apenas una ojeada a la portada, a la introducción y al índice, en busca de la esencia. "El cardenal ha dicho siempre que cada libro tiene una sola idea. Él la encontraba enseguida". Lo cuenta Gregorio Valerio, un hombre alto y macizo que fue secretario personal de Carlo Maria Martini en sus últimos años como arzobispo de Milán. Valerio guarda en el despacho de su casa parroquial, en una barriada milanesa modesta, montones de libros, recuerdos variados y discos de música clásica regalados por su eminencia.

Lo mejor del cardenal lo conserva en la memoria. Por ejemplo, ese pasmoso método de lectura, gracias al cual leía en tiempo récord muchos de los libros que llegaban a diario al palacio arzobispal. Yendo al grano, dejando de lado lo superfluo. Un método inaplicable para su último libro, Coloquios nocturnos en Jerusalén, porque no contiene una única idea. Estamos ante el testamento espiritual y personal del hombre al que muchos consideran el máximo representante en la Iglesia de una línea liberal, dialogante, que apuesta por la comprensión de las sociedades laicas del siglo XXI y no por la contraposición.

En los coloquios redactados por Georg Sporschill, jesuita austriaco de 62 años, Martini habrá apreciado también ese impulso, orgé en griego, como le gusta decir al cardenal; esa cualidad vital que caracteriza a las obras inspiradas. Su publicación, en alemán, ha levantado ya la polvareda que suele acompañar a las declaraciones de Carlo Maria Martini, visto en muchos sectores de la Iglesia como la contrafigura de Benedicto XVI. Infatigable buscador de verdades, este turinés de buena familia parece conservar intacta a los 81 años la capacidad de escandalizar, de remover las aguas estancadas. Sin apenas levantar la voz, diciendo cosas que se alejan siempre del runrún oficial, de los lugares comunes, de los raíles particularmente rígidos de la institución a la que pertenece desde hace 56 años, la Iglesia Católica Apostólica Romana.

"El cardenal es simplemente un hombre que se atreve a pensar", dice el cirujano Ignacio Marino, que mantuvo con él un diálogo famoso, publicado por el semanario L’Espresso, en 2006. En él quedó patente el estilo Martini. El de un hombre dispuesto a escuchar las razones del otro, a buscar un punto de consenso, y sobre todo a no descalificar. Ahí está su sufrida aceptación de la investigación con ovocitos, antes de que las células que los constituyen comiencen a dividirse. O su rechazo al encarnizamiento terapéutico. Martini se ha esforzado por comprender el drama de los que practican la eutanasia, para evitar el sufrimiento a un ser querido, aun considerándolo un hecho terrible. Ante una de las bestias negras de la Iglesia, la homosexualidad, su postura es cuando menos humana. "Tengo conocidos que son parejas homosexuales, hombres muy estimados y muy sociables. Nunca se me ha pedido, ni a mí se me habría ocurrido, condenarles", declara en su último libro.

Ahí está también su crítica seria, erudita, nada reverencial al libro Jesús de Nazaret, publicado por Benedicto XVI el año pasado. "Un libro hermoso", declara el cardenal, aunque se ve claramente que su autor, "no ha estudiado directamente los textos críticos del Nuevo Testamento". O su rechazo a la misa en latín -"considero que el Vaticano II fue un paso adelante en la comprensión de la liturgia"- publicado en un diario económico poco después del motu proprio del Papa que autorizaba el viejo rito.

Martini ha tenido siempre un sello especial. El último libro, el último escándalo, no hace más que reforzar el mito de este estudioso atípico, autor de centenares de obras eruditas, muchas de ellas compendios de ejercicios espirituales, homilías y pláticas. Lo que dice el cardenal interesa. Aunque, ¿quién es realmente Carlo Maria Martini, el gran rival de Joseph Ratzinger en el último cónclave? ¿Quién es el jesuita que renunció a su estatus de príncipe de la Iglesia al jubilarse, para refugiarse en una austera residencia de la Compañía, cerca de Roma?

Gregorio Valerio, su fiel secretario, y Sandro, el chófer de toda una vida, le acompañaron a su nuevo domicilio un día de septiembre de 2002. Valerio recuerda todos los detalles. La habitación espartana, el estudio con una nevera vacía, el saco verde para meter la ropa sucia. El secretario se estremeció. "El cardenal suda mucho, me preocupaba que no tuviera ropa disponible. Aquella austeridad era algo tremendo. Los jesuitas, ya sabe como son", dice con gesto indescifrable. Felizmente supo antes de marchar que el cardenal -"aquí es padre Martini", había dicho uno de los internos- tendría baño propio. Cosas intrascendentes para quien cambió hace años una vida de comodidades por la severidad del mundo jesuita. Y además, Ariccia era sólo un lugar de paso. Su verdadero destino era Jerusalén.

"El cardenal era feliz allí", dice el cirujano Marino, senador del izquierdista Partido Democrático italiano, que le visitó hace un par de años en la Ciudad Santa para tres religiones. "Me citó un día temprano, para ir al Santo Sepulcro. Fue una experiencia única". Marino entorna un poco los ojos, y rememora. Serían las siete de la mañana. El árabe que custodia las llaves del sepulcro acababa de abrirlo. La soledad, el silencio, daban al interior un aire místico. "Martini me mostraba los restos arqueológicos con un dominio impresionante. ’Esto es histórico, esto otro no sabemos, aquello forma parte de la leyenda’. ¡Qué gran guía!". Y luego, al filo de las 10.30, como todos los días, el cardenal le llevó a la gasolinera, cerca del Instituto Bíblico, donde preparan el mejor espresso de la ciudad.

El sueño de Jerusalén quedó roto hace unos pocos meses. El párkinson que le atormenta hace progresos, y Martini tiene que someterse a un tratamiento en la residencia-hospital que los jesuitas tienen en Gallarate (a unos 30 kilómetros de Milán). Un caserón del siglo pasado rodeado por un jardín, donde el paciente lleva una vida rutinaria, sin renunciar al trabajo.

Corrige, cuando se encuentra con fuerzas, las pruebas de la versión italiana del libro de Sporschill, y avanza en el análisis de las anotaciones marginales, o escoria, del Códex Vaticano (el manuscrito que contiene la versión en griego más antigua que se conoce del Nuevo Testamento, junto al Códex Sinaiticus). ¿Podría recibir a la periodista? El cardenal no se encuentra con fuerzas. En un gesto que confirma su escaso apego a lo protocolario, Martini llama personalmente para disculparse. "Estoy en tratamiento médico. Mi salud falla. Siento mucho decirle que no, pero no estoy bien". Su voz suena infinitamente frágil a través del teléfono. Irreconocible. Imposible relacionarla con aquella voz imperiosa, remachando cada palabra, del arzobispo de Milán, en la entrevista que concedió a EL PAÍS nada más recibir el Premio Príncipe de Asturias, en 2000.

"Está aprendiendo a hablar otra vez. Trabaja con un logopeda", explica Franco Agnesi, una de las cuatro personas con las que Martini compartió vida en su etapa de arzobispo. Agnesi, que acaba de visitarle en Gallarate, cuenta que sigue añorando Jerusalén. "Le duele no estar allí, pero mantiene el sentido del humor. Yo le cité la frase del Evangelio de San Juan, del capítulo 21: ’Cuando seas viejo te llevarán adonde no quieres".

Carlo Maria Martini fue enviado adonde no quería siendo todavía un hombre joven. La decisión de Juan Pablo II de nombrarle arzobispo de Milán llegó en diciembre de 1979 y cayó como una bomba en los palacios obispales de Italia. ¿Quién era aquel jesuita, estudioso de las Sagradas Escrituras, sin experiencia pastoral alguna, que escalaba hasta lo más alto de la jerarquía nacional? ¿Qué sabía del mundo de la curia, de las obligaciones profesionales de un arzobispo, el estudioso y tímido Martini? A toda prisa, el papa le consagró obispo después del nombramiento con el que soñaban buena parte de los obispos de Italia. Él, el jesuita alto, de porte aristocrático, tímido y reservado, no aspiraba a la diócesis de San Ambrosio. Estaba a gusto como rector de la Universidad Gregoriana, un puesto en el que llevaba poco más de un año, después de casi nueve dirigiendo el Instituto Bíblico de Roma.

El salto entre un cargo y otro había sido casi imperceptible. La Gregoriana y el Instituto están casi puerta con puerta, en un rincón relativamente tranquilo del centro histórico de Roma. Martini pasó de una habitación austera a otra habitación austera. De una vida en comunidad -con baño compartido- a una vida en comunidad, un peldaño más arriba en el escalafón académico eclesiástico. Stephen Pirani, el jesuita estadounidense que fue su alumno y es hoy rector del Bíblico, recuerda cuánto lamentó su marcha. "Como profesor tenía una gran claridad de ideas. Era capaz de explicar admirablemente una cosa tan rara como es la Crítica Textual, su especialidad". Pirani ha mantenido el contacto con el cardenal desde los años setenta. Porque Martini no se apartó nunca, ni siquiera agobiado por el peso de la diócesis más grande de Europa, de su pasión por manuscritos y papiros bíblicos.

Cambió de ciudad y de vida, después de obtener el permiso del superior general de los jesuitas, Pedro Arrupe. Se instaló en el ala noble del palacio arzobispal, el que se asoma a la Via del Duomo. Y aprendió deprisa. Se percató enseguida del ritmo frenético de la ciudad. De la peculiaridad de su tarea pastoral en tiempos violentos. Los años de plomo daban sus últimos coletazos, con acciones terribles del terrorismo negro y de las Brigadas Rojas, que disparaban a las piernas a hombres de negocios y profesores universitarios. Condenó el terrorismo, pero no se negó a escuchar a los terroristas. Celebró funerales por las víctimas y bautizó en cierta ocasión a dos gemelos concebidos durante uno de aquellos juicios de alta seguridad contra brigadistas rojos. Martini visitó las cárceles, convencido de que en ellas no había espacio para la "rehabilitación de los presos"; recorrió hospitales y parroquias. Y desde el púlpito condenó el escándalo de Tangentópolis, el sistema de corrupción político-económica que acabaría por dinamitar la vida política italiana a comienzos de los años noventa.

Nada de esto le distinguió de los demás obispos. Fueron otras iniciativas las que dieron pie al mito Martini. La primera, leer el Evangelio a los jóvenes y dar espacio al silencio y a la meditación en sus vidas. La Escuela de la Palabra, como se denominó a estos encuentros mensuales, se revelaría todo un éxito. El Duomo registra llenos espectaculares en cada cita. Miles de jóvenes se reúnen ante el altar para escuchar los textos sagrados y meditar un rato sobre la propia vida.

En medio del frenesí diario de Milán -junto a Turín, motor económico de Italia-, Martini predica silencio y pausa. El segundo gran acierto del cardenal (Wojtyla le concede la birreta en 1983) llega en 1987. Y será bautizado como la cátedra de los no creyentes. Encuentros esporádicos con intelectuales laicos para debatir sobre las razones de la duda, de la fe, o de la falta de fe. Una frase del libro de Ratzinger Introducción al cristianismo, en la que reflexiona sobre el "no creyente que hay en todo creyente", le da la idea. El cardenal se inspira también en la sentencia del filósofo Norberto Bobbio: "Lo importante no es creer o no creer, sino pensar o no pensar". A partir de ahí, la cátedra despega. Martini debate con el semiólogo Umberto Eco y con decenas de intelectuales en aulas universitarias y salas de conferencias. Muchos de los coloquios se publicaron. No es casual que en 2000, tanto Eco como el cardenal reciban el Nobel español, el Premio Príncipe de Asturias.

A Martini le costó aceptar ese honor. Normalmente rechaza los premios. Le abruman los elogios, le interesan sólo los comentarios críticos, de los que aprende más. Ya lo dice el lema de su escudo cardenalicio: "Amar las cosas adversas por amor a la verdad", sacado de las reglas pastorales de san Gregorio Magno. Aunque Martini es, por encima de todo, un jesuita. Aprecia el silencio y las pausas en el ajetreo diario. Una regla de oro que mantuvo siempre en sus años de arzobispo. "Me obligó a dejar en blanco su agenda los jueves por la mañana", cuenta su secretario, Valerio. Salían en coche hacia la montaña. Una vez en el punto elegido, cada uno se iba por su lado. Eso sí, con el teléfono móvil en el bolsillo.

Sin ser un montañero, Martini conserva de su infancia la afición por las excursiones a los Alpes. Las largas vacaciones familiares se dividían entre las playas de Liguria y las montañas cercanas a Turín. Su padre prefería las marchas. De arzobispo, Martini se atrevía a escalar los picos alpinos. Casi siempre los de la vertiente de la Suiza italiana, para no ser reconocido. Luego, purificado por las alturas y la soledad, regresaba a la curia y retomaba su agenda.

Gregorio Valerio le recuerda siempre correcto, incapaz de una mala palabra, aunque siempre distante. "Es un hombre pasional, pero se domina. Lo consigue a fuerza de voluntad y entrenamiento". Vestía clergyman, salvo en las salidas pastorales. Moderado en las comidas, el cardenal seguía una dieta férrea, dirigida por un especialista, al menos un par de semanas al año. Motivos de salud o quizá un deseo de purificación física. Hay un lado curioso también en la personalidad del intelectual, biblista de fama internacional y pensador rebelde: sus dotes de catador de vinos. "Al arzobispado llegaban muchos regalos, a veces cajas de vino. Yo siempre me fiaba de la opinión del cardenal. Cuando decía: ’Éste es un excelente vino de mesa’, yo sabía que el vino no valía nada", cuenta su secretario.

El cardenal pasaba horas en su estudio privado, casi siempre con la puerta abierta. Cuando la cerraba era una señal de que no debían molestarle. Martini compartía mesa en el desayuno, comida y cena con sus colaboradores directos. El entonces número tres de la curia milanesa, Franco Agnesi, le define como un hombre con gran sentido del humor, aunque siempre contenido, distante. Una compostura que algunos feligreses interpretaban como insuperable frialdad. "Cuando te saludaba, después de las misas en el Duomo, era como una esfinge", cuenta un milanés devoto, que no oculta sus preferencias por el nuevo arzobispo, Dionigi Tettamanzi.

Martini siempre ha creído en la potencia de la razón, en perfecta armonía con su fe. Algo que le ocasionó en Milán algunos problemas. "Comunión y Liberación le hizo la vida bastante difícil", dice Agnesi. Era entonces un movimiento joven, muy ligado a la derecha política, en una fase de agresiva expansión. El cardenal encajó la situación con su autocontrol habitual. Sin dejar de apreciar por eso dos cualidades en estos movimientos. Por un lado, su redescubrimiento de Cristo; por otro, su capacidad de establecer relaciones muy intensas dentro del grupo.

Amigos y adversarios, colaboradores y meros observadores coinciden en considerar a Martini un hombre enormemente reservado. Su educación, su historia, los golpes de la vida han hecho de él una persona casi impenetrable. El segundo de tres hermanos, Carlo Maria Martini nació el 15 de febrero de 1927 en Turín, en una familia de la burguesía industrial. Leonardo, su padre, era un ingeniero con una boyante empresa constructora. Su madre, Olga, una católica extraordinariamente devota. El niño fue enviado al colegio de los jesuitas, uno de los más prestigiosos de la ciudad. Y allí surgió la vocación. "A mi padre no le gustó demasiado la idea", diría después Martini. Quizá tenía otros proyectos para él, pero su destino estaba marcado. Sería jesuita.

Los primeros años de formación coincidieron con la II Guerra Mundial, pero los Martini no pasaron especiales apuros. A los 25 años, Carlo Maria es ordenado sacerdote. Una década después, tras licenciarse en teología y filosofía y completar su formación de jesuita, ocupa la cátedra de Crítica Textual en el Instituto Bíblico de Roma. En 1972 conoce a Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, que le invita a visitar a los expertos bíblicos de su ciudad. Martini hizo el viaje en coche con su hermano mayor, Francesco. Fue el último que hicieron juntos. En octubre de 1972, su hermano muere de infarto cerebral. En apenas 18 meses, Martini pierde también a sus padres. La familia del cardenal se reduce ahora a su hermana menor, Maria Stefania, y sus sobrinos, Giulia y Giovanni.

Son golpes de la vida que le han marcado, como la enfermedad. El párkinson le acecha desde comienzos del nuevo milenio. Pese a los iniciales desmentidos oficiales, la noticia es del dominio público antes del cónclave de 2005. La muerte de Juan Pablo II ese año brinda una ocasión a la Iglesia para afrontar quizá la reforma que muchos desean. Los seguidores de Martini confían en sus posibilidades de ser elegido. "Habría sido peor", dice el vaticanista del diario conservador Il Giornale Andrea Tornielli. "Martini habría dividido a la Iglesia mucho más que Ratzinger". El cardenal se presenta en Roma apoyado en un bastón. Los expertos saben que el bastón significa "no me elijáis, estoy enfermo", en el metalenguaje vaticano.

Martini sufre el mismo mal que ha convertido en un infierno los últimos años de Juan Pablo II, aunque en un grado mucho menos agudo. Por eso, el cardenal sigue activo. Divide sus días entre Jerusalén y Ariccia. Acude a las reuniones de las congregaciones vaticanas de las que forma parte. Y sigue dirigiendo ejercicios espirituales. Los últimos, este mismo año, vuelven a ser motivo de polémica. El cardenal habla ante un grupo de sacerdotes, y denuncia la envidia "como vicio clerical por excelencia". Habla también de la calumnia. Recuerda que en sus años de arzobispo en Milán llegaban decenas de cartas anónimas repletas de calumnias contra sacerdotes y prelados que él mandaba quemar. "La mayoría procedentes de Roma".

Al día siguiente, la homilía de Martini está en el diario La Repubblica, y es la comidilla en los corrillos vaticanos. "Creo que el cardenal es un poco ingenuo. A veces dice cosas sin comprender que pueden ser utilizadas erróneamente", opina el obispo Vincenzo Paglia, amigo personal de Martini. "No es un hombre de izquierdas, aunque se empeñan en convertirlo en el anti-Papa. No tiene una visión política, sino una visión evangélica de la Iglesia. Es cierto que habla con libertad, pero muchas veces se le malinterpreta".

No sólo sus amigos y antiguos colaboradores coinciden en lamentar la "distorsión" mediática que ha convertido al cardenal en un personaje de izquierdas dentro de la jerarquía católica. También quienes le contemplan con más distancia, como el vaticanista Tornielli, creen que el personaje Martini es una invención de algunos periodistas. "Se empeñan en eso, como se empeñaron en afirmar que Ratzinger fue elegido en el último cónclave gracias a su apoyo. Lo cual es absolutamente falso". Martini no es un liberal, cree Tornielli, que se ha molestado en recopilar muchas de las intervenciones del purpurado, a su juicio contrarias a esa aureola, en un libro titulado La scelta de Martini (La elección de Martini). "Como buen jesuita, dice y no dice", apunta el vaticanista.

Tornielli no encuentra, sin embargo, motivo de escándalo en las últimas intervenciones de Martini. Ni siquiera en el libro del jesuita Sporschill. "No se ha publicado aún en italiano. El cardenal está jubilado. Sus palabras ya no escandalizan. Lo que dice lo dice porque está obligado a mantener su personaje", insiste.

Muchos seguidores del cardenal liberal esperan este texto con expectación. Saben, por los resúmenes publicados, que recoge una conversación sin reservas con Georg Sporschill. Los dos se conocieron hace un par de décadas, en Viena. "El cardenal daba un cursillo para sacerdotes y trabajadores sociales de cárceles", recuerda el autor. A partir de ahí surgió la amistad. Sporschill admiraba al cardenal, y Martini siempre se interesó por el trabajo del austriaco, que se ocupa de los niños de la calle de Bucarest. Así, entre los dos, fue tomando cuerpo la idea de un encuentro a tumba abierta sobre las grandes cuestiones de la Iglesia, y las opiniones más personales del cardenal. "Le visité en Jerusalén tres semanas, a lo largo de varios meses. Cuando estaba allí, nos veíamos diariamente, conversábamos horas y horas, siempre que su salud lo permitía", precisa Sporschill a través del correo electrónico.

El resultado es un libro delgado, pero de contenido denso, y polémico. Martini confiesa en él las dudas que le han atormentado durante años. Su dificultad de comprender las razones de Dios para hacer sufrir a su Hijo en la cruz. Siendo ya obispo, Martini considera insoportable, a veces, la contemplación de un crucifijo. Tampoco era capaz de aceptar la muerte, hasta que un día comprendió. "Sin la muerte no nos entregaríamos totalmente a Dios. Nos quedarían salidas de emergencia abiertas". El cardenal emérito confiesa que soñó durante años en la posibilidad "de una Iglesia en la pobreza y la humildad, independiente de las potencias del mundo". Hoy ha dejado de soñar. Aun así, pide valor a la Iglesia para transformarse. Para aceptar que el mundo cambia. Aunque sólo fuera por puro pragmatismo, tendría que abrir los brazos a los sacerdotes casados, valorar la hipótesis de la ordenación de mujeres.

Martini reconoce también que la encíclica de Pablo VI, Humanae Vitae, en la que el magisterio de la Iglesia condena el uso de anticonceptivos, está superada. A Ignacio Marino, cirujano y senador, que considera a Martini "una de las grandes personalidades de nuestro tiempo", no le ha sorprendido la sinceridad del cardenal, aunque lamenta que sus palabras sean casi siempre piedra de escándalo. "Siempre ha hablado con libertad, pero ama a la Iglesia y es enormemente fiel al Papa". ¿Es un cardenal de izquierdas? "Decir eso sería una simplificación".

El rector Pirani teme que la imagen de Martini haya sido distorsionada por los periodistas. "Muchas veces me ha comentado que le molesta que intenten enfrentarlo al Papa o a otros cardenales". Para este jesuita no hay enigma alguno ni contradicción en la personalidad del cardenal. La cosa es simple. "En él se conjuga una gran fidelidad a la Iglesia con el valor de hacer preguntas". Es lo mismo que opina el obispo Vincenzo Paglia, que le conoció en los años setenta, cuando era rector del Instituto Bíblico, y vivía angustiado por su falta de contacto con los pobres. La Comunidad de San Egidio era entonces una experiencia nueva, y a Martini le interesó. Primero acudió a ayudar a un anciano enfermo que vivía en la miseria, luego amplió el alcance de su actividad pastoral. "Iba a celebrar misa a una barriada pobre, en el Alessandrino. Recuerdo que oficiaba en una antigua pizzería, y preparaba el sermón, los sábados, con dos de los muchachos de la comunidad", cuenta Paglia.

Biblia y fe religiosa son un todo en Carlo Maria Martini. Él mismo ha relatado su infatigable peregrinación por las librerías de Turín, su ciudad natal, siendo un adolescente, en busca de un ejemplar en italiano del Antiguo y el Nuevo Testamento, traducidos del griego. La Biblia, que conoce de pe a pa, tan poco presente en la formación de los católicos, es la verdadera base de la espiritualidad de Martini. Para responder a cualquier pregunta, para resolver cualquier problema, el cardenal echa mano de las Escrituras. Sin miedo a quedarse solo. "Sigue la máxima de san Ignacio: ’Solo y a pie", añade Franco Agnesi, su antiguo colaborador, que añora los años pasados junto al cardenal, al que todavía pide consejo. Ése fue el motivo de su última visita: preguntarle qué hacer ahora, que le trasladan de parroquia. El cardenal le escuchó y le aconsejó. Y fue capaz de dominar la nostalgia cuando se habló, de pasada, de Jerusalén. La ciudad donde quería morir. En la que tenía reservada una sepultura. Ahora esa posibilidad es remota. El propio Martini se lo dijo: "Jerusalén es un buen sitio para morir, pero un mal sitio para un moribundo".

Un reportaje de Lola Galán para El País.


Llegará la tormenta


Acaba la Expo Zaragoza 2008: debates, exposiciones, espectáculos... al final, llegará la tormenta...


Me han dicho que has vuelto por fin a tu casa
¿Qué has visto en tu viaje por tierras lejanas?

Caí entre la bruma de doce montañas
Vagando por seis autopistas cortadas
En medio de siete bosques callados
Perdido en las costas de negros océanos
Subí a diez mil millas hasta un camposanto

Y llegará, llegará, llegará,
llegará la tormenta
Que anuncia el cielo

Me han dicho que has vuelto por fin a tu casa
¿Qué oíste en tu viaje por tierras lejanas?

El ruido de un trueno preludio del miedo
La última ola al final de los tiempos
Tambores sonando en la linea de fuego
Y tantos susurros que no escucha nadie
Oí carcajadas y llantos de hambre
La triste canción del poeta en la calle
La voz de un payaso cubierto de sangre

Y llegará, llegará, llegará,
llegará la tormenta
Que anuncia el cielo

Me han dicho que has vuelto por fin a tu casa
¿Y qué harás ahora que el viaje se acaba?

Volver antes de la lluvia de estrellas
A lo más profundo de lo desconocido
Donde hay multitudes sin nada en las manos
Allí donde el sol ha secado los ríos
Donde eres esclavo o un pobre fugitivo
Que ha visto los ojos de un hombre sin rostro
Donde todas las almas han sido olvidadas
Donde negro es el color y el número no existe
Gritaré hasta que quede grabado en el viento
Y mi voz se refleje desde ésta montaña
Aunque tenga que andar encima de las aguas
Hasta que ésta llamada sea escuchada

Y llegará, llegará, llegará,
llegará la tormenta
Que anuncia el cielo
Y llegará, llegará, llegará,
llegará la tormenta
Que anuncia el cielo.

Amaral

Uno de cada cinco euros en España escapa a los controles

Uno de cada cinco euros en España escapa a los controles


El Gobierno prepara un plan especial contra el dinero negro

Cualquier comprador de vivienda se habrá topado, en algún momento de su búsqueda, con frases como "se puede escriturar por menos dinero" o "el precio final dependerá de cuánto se ponga en A y en B". Es quizá la manifestación más común de un fenómeno que contamina casi todos los ámbitos de la economía española: el dinero negro y, de forma más amplia, la economía sumergida. La opacidad se traslada a las cifras: apenas existen datos fiables. Los más precisos, elaborados por la Unión Europea, sitúan a España por encima de otros socios comunitarios -salvo Italia-, con un 20% de su actividad sumergida. El Banco Mundial le atribuye un 23%.

Los expertos coinciden en que tanto el dinero negro (el que se oculta al fisco) como la economía sumergida (actividad sin declarar) son difíciles de medir. A esa hipótesis se acoge el Gobierno español, que no asume ninguna de las cifras estimadas. "No hay forma de constatarlo", aseguran en el Ministerio de Economía. Con datos o sin ellos, el Ejecutivo es consciente de que el dinero oculto juega un gran papel en la economía y se ha propuesto combatirlo con más ahínco, especialmente ahora que la crisis esquilma las arcas públicas y resulta urgente recuperar ingresos.

La Agencia Tributaria está elaborando un nuevo plan de prevención del fraude fiscal que prestará "especial atención a la economía sumergida", según una portavoz del Ministerio de Economía. Frente al proyecto de la anterior legislatura, más centrado en las tramas de IVA o en el fraude del impuesto de matriculación, el nuevo primará fenómenos más ocultos, como las operaciones fraudulentas de billetes de 500 euros. El plan estará listo el próximo otoño.

El mejor ejemplo de que asomarse a la economía sumergida supone transitar por terreno escurridizo reside en el Eurobarómetro que lanzó la Comisión Europea el pasado mes de octubre. Preguntados los ciudadanos europeos sobre si han comprado algún bien o servicio proveniente de la economía sumergida en los últimos 12 meses, sólo un 6% de los españoles reconocen haberlo hecho, frente al 27% de los daneses. La brecha entre ambas nacionalidades resulta difícil de creer. "Las encuestas directas tienen a infravalorar el fenómeno. Esos datos no son muy fiables", admite una fuente de la Dirección General de Empleo de la Comisión Europea.

Otro trabajo reciente, elaborado por el Observatorio Europeo del Empleo, cifra el trabajo no declarado en el 12,3% del producto interior bruto (PIB). "El porcentaje parece haberse incrementado desde 2002", reza el informe, publicado el pasado mes de mayo. "No se ve una disminución. Desde luego, es un problema que no está resuelto", corrobora la fuente comunitaria. El informe lo considera "un fenómeno fuertemente enraizado en la economía española" y acusa a las autoridades de "falta de interés" para ofrecer datos.

Los motivos por los que la economía sumergida florece en España son diversos. La UE lo atribuye a que "muchos trabajadores aceptan trabajos irregulares para obtener más ingresos de los que obtendrían con una relación laboral ordinaria". Y es que los salarios españoles están "muy por debajo de la media". También influyen la burocracia que implica el trabajo formal, los impuestos y las sanciones.

Más allá de estos motivos, perviven razones culturales. "Entra dentro de la pillería latina; el ciudadano no recrimina el fraude", sentencia José María Peláez, inspector y portavoz de la organización Inspectores de Hacienda del Estado. Peláez cree que el fraude está "generalizado" en casi todos los sectores, aunque aprecia un cambio fundamental en los últimos años: de los mecanismos más sencillos se ha pasado a un auge del fraude organizado, que reviste mayor gravedad. Destacan las tramas de IVA y sobre todo los delitos de tipo urbanístico.

El dinero negro se ha multiplicado al calor del boom inmobiliario que ha vivido España. El sindicato de técnicos de Hacienda Gestha cifra en casi 9.000 millones de euros al año las irregularidades en este terreno, una cantidad similar al coste del plan de choque que aprobó el Gobierno en abril para hacer frente a la desaceleración. "Hacen falta manos", reclama José María Mollinedo, secretario general de esa organización, que reclama más competencias para atajar el fraude.

Aunque desde el punto de vista del empleo la construcción se ha hecho más transparente tras la regularización extraordinaria de inmigrantes realizada en 2005, según el Observatorio Europeo del Empleo, no ha ocurrido lo mismo en todos los ámbitos. La acumulación de billetes de 500 euros, principalmente en el sector inmobiliario, ha demostrado que gran parte de la riqueza escapa a los ojos del fisco.

Con la crisis que vive el sector, el flujo de billetes de 500 que circula por España ha empezado a estancarse. "Todo lo relacionado con el inmobiliario, incluidos los intermediarios que cobraban comisiones, ha caído vertiginosamente", explica Luis del Amo, director del Registro de Economistas Asesores Fiscales. Lo más relevante para Del Amo es el número de firmas que ya no tendrán que camuflar beneficios para pagar menos al fisco, pues la crisis los está liquidando. "En época de vacas flacas hay menos incentivo a la economía sumergida", concluye.

Otros analistas discrepan. Su argumento es que la atonía económica impulsa a algunas empresas a sumergir parte de su actividad para ahorrar costes. "La economía sumergida tiene un componente anticíclico: crece cuando la ordinaria va mal. Esto puede estar ocurriendo en la construcción, aunque no está demostrado", opone con cautela Santos Ruesga, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid y uno de los pocos autores que se ha atrevido a teorizar sobre este fenómeno.

Más allá de la construcción, la economía en la sombra prolifera en la hostelería, la agricultura, el servicio doméstico... incluso en la enseñanza. La organización Educa-systems cree que las clases particulares mueven 1.800 millones de euros anuales en negro. "Se da donde mejor se puede ocultar, principalmente en pequeñas empresas y en autónomos", añade Ruesga.

Por zonas, el arco mediterráneo es especialmente propicio a las actividades opacas. "No sólo por la construcción, también por el textil y el calzado", muy localizados en esa zona, opina Miguel Gómez de Antonio, del Departamento de Hacienda Pública y Sistema Fiscal de la Universidad Complutense de Madrid. Este profesor es coautor del único estudio elaborado en España sobre economía sumergida por provincias. El trabajo, publicado en 2003 por el Instituto de Estudios Fiscales -dependiente del Ministerio de Economía-, levantó una auténtica polvareda política al revelar un alza continuada de este fenómeno desde 1980. En 2000, último año abarcado por el estudio, alcanzó el 20,9% del PIB. Desde entonces ninguna institución pública se ha atrevido a hacer cálculos similares.

El problema no estriba en la falta de datos. "El nivel de información de la Agencia Tributaria es superior al de los países del entorno comunitario; en Francia las personas físicas ni siquiera tienen NIF", argumenta Ramón Palacín, antiguo trabajador de la Agencia y actualmente socio responsable del área de Precios de Transferencia de Ernst & Young Abogados. El miedo a la repercusión política de las cifras retrae a las autoridades a la hora de profundizar en este fenómeno.

Independientemente de la información, los expertos consultados descartan que la ley española incentive las actividades soterradas por ser laxa respecto al fraude. "Las sanciones fueron muy duras, pero se empezaron a reducir desde 1998 porque se consideró que al ser tan altas incentivaban más el fraude", explica Palacín. Su compañera Rocío Ingelmo, directora de Tributación de Empresas de Ernst & Young Abogados (antes también trabajó en la Agencia Tributaria, en el departamento de Recaudación), añade: "La filosofía se basa en minorar las sanciones para favorecer el cumplimiento voluntario".

El País

187 millones de muertos en nombre de las utopías

187 millones de muertos en nombre de las utopías


Rafael del Águila analiza el papel de la gente de la calle en los horrores del siglo XX


El historiador británico Eric Hobsbawm calculó que la cifra global de muertos de manera violenta durante el siglo XX era de 187 millones. Contaba ahí a los que murieron en los frentes de la Primera Guerra Mundial (8,5 millones) y a los que entonces cayeron en la retaguardia (10 millones), a los que fueron fulminados durante la revolución rusa y en la guerra civil posterior (cinco) y a los masacrados después durante la represión (el "archipiélago Gulag" liquidó a varias decenas de millones). En ese monto están incluidos los 35 millones de víctimas que costó la Segunda Guerra Mundial..., y se podría seguir la espantosa relación durante varios párrafos (Camboya, Corea del Norte, las dictaduras del Cono Sur de Latinoamérica, Guatemala, El Salvador, Ruanda, los Balcanes, Oriente Próximo...). El caso es que Rafael del Águila (Madrid, 1953), catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid, considera en su nuevo ensayo, Crítica de las ideologías. El peligro de las ideas (Taurus), que Hobsbawm se queda corto.

Decía Stalin que "un muerto es una tragedia; un millón, una estadística". Y esas cifras espantan, pero con mucha frecuencia se quedan en una abstracción que no revela el dolor concreto, e insoportable, que la pérdida de un hombre o una mujer supone para cuantos lo trataron, para sus prójimos. Se pasa por alto también que ninguno de esos horrores ocurrió por generación espontánea. "Hubo quien movió mediante la palabra, quien se movilizó, quien perpetró, quien organizó, quien aplaudió, quien miró para otro lado...", escribe Del Águila. "Hubo asesinos, administradores, torturadores, científicos, políticos, gente normal que buscaba un porvenir en medio del horror...".

Frente a la costumbre de valorar positivamente a los que tienen ideales, Rafael del Águila toma distancias. "Los ideales son peligrosos, no lo duden", reza la primera línea de su libro. "Todo empezó con el atentado del 11-M", explica. "Detrás de todo ese horror había unos señores, los fundamentalistas islámicos, que creían en lo que habían hecho. Les parecía bien. Así que me puse a analizar ese vínculo íntimo que existe entre los ideales y la capacidad de provocar políticas de exterminio". Hay una cita muy reveladora de Robert Musil que recoge en su ensayo: "Sólo los criminales se atreven hoy día a hacer daño a los demás hombres sin filosofar".

Conviene pues tomar conciencia de que detrás de esas terribles magnitudes no sólo hay unos cuantos tipos malvados. Hubo mucha gente que participó y que lo hizo porque tenía unos ideales. "Los había que ponían el énfasis en el futuro. En la emancipación humana de las injusticias y la dominación. Con una utopía al final del trayecto y la convicción, científica para algunos, de que se alcanzaría la sociedad perfecta después de una revolución". Rafael del Águila comenta que ese acicate les permitió justificar todas las barbaridades, y entre estos estuvieron anarquistas, socialistas revolucionarios, comunistas...

"Hubo otros, en cambio, que sostenían sus creencias en el pasado", continúa Del Águila. "En un ideal de autenticidad. Hay un ’verdadero ser que somos’, pero estamos sometidos a una poderosa degeneración. Así que hay que salvar el mundo de cuantos han pervertido esa vieja pureza y recuperarla". En ese grupo entran los nazis y los fascistas, los nacionalistas, los fundamentalistas religiosos, los indigenistas... "El ideal de pureza racial que reivindicaban los nazis, y que produjo el genocidio de los judíos, da una vuelta de tuerca al horror. El objetivo de sus campos de concentración es simplemente exterminar a una raza considerada inferior".

Y en nombre de ideas, como la de la democracia, se siguen perpetrando disparates. "Bush y los neoconservadores creyeron que con imponer la democracia en Irak con las armas los países del entorno iban a convertirse a la buena nueva". No ha ocurrido tal cosa. "La deriva, que he llamado monista, de la democracia es muy peligrosa. Una sola fe, un solo pueblo, una sola nación: cuando se refuerza el sentimiento de fraternidad (los iguales) en torno a un ideal, la capacidad de destrucción es mayor que cuando éste se impone de forma vertical".

Así que nada de ideales. Rafael del Águila es pesimista, y no cree en la supuesta bondad del ser humano, pero no renuncia a librar batallas que sirvan para combatir la injusticia, para proteger el entorno, para conquistar espacios de libertad. "Siempre en política las decisiones son trágicas. Siempre se tiene que elegir el mal menor. Vivimos en una zona de grises. No existe ni la perfección ni el mal absoluto. Así que hay que actuar lejos de las abstracciones de las ideologías, frente a situaciones concretas donde existen individuos concretos".

José Andrés Rojo en El País.

Tres banderas

Tres banderas


Las sociedades occidentales modernas han planteado como meta deseable el surgimiento de proyectos vitales autónomos (libertad),a través de la equiparación de derechos u oportunidades (igualdad), y en un contexto comunitario que nos vinculara al otro con la responsabilidad que se manifiesta en las relaciones de parentesco (fraternidad).

200 años más tarde...

* El liberalismo ha enarbolado con orgullo la primera bandera, y sin duda ha profundizado en el reconocimiento de la propia valía y capacidad individual. Lamentablemente, sus formas de concreción socio-económica actualmente vigentes conllevan la preeminencia de un mercado global opresor y alienante para muchos individuos. Enferma la Libertad, ¡viva la Libretá!.

* La segunda bandera ha sido tarea prioritaria del socialismo, contribuyendo de forma inexcusable a la dignificación de la vida para minorías y grupos sociales previamente muy marginados. Su expresión política posterior ha implicado, muy a nuestro pesar, bien el sacrificio de la individualidad a manos de lo colectivo, bien la pérdida progresiva de la identidad más propia. Aguada la Igualdad, ¡viva el Igual-dá!.

* Y finalmente, nos queda casi inédito el abordaje de proyectos políticos de envergadura que, basándose en la tercera gran bandera de la Ilustración, no descuide la relevancia de los dos anteriores. La iglesia de Cristo, tantas ocasiones punta de lanza en lo que a construcción de humanidad se refiere, peca otras veces de un clericalismo complaciente y poco preocupado por la promoción de la justicia, entendida como esperanza exclusiva para el "otro mundo". Pospuesta la Fraternidad, ¡viva la Frat-eternidad!.

Luis Carlos en pastoralsj.

Los inmigrantes salvan el Estado del bienestar

Los inmigrantes salvan el Estado del bienestar


Algunos dudan de que el sistema de servicios públicos sea sostenible en plena crisis tras el gran flujo de inmigración - Los extranjeros contribuyen al Estado más de lo que reciben de él.

En España, un inmigrante de un país pobre, en situación irregular, sin trabajo, viviendo en la calle, tiene acceso a servicios que no podría tener en su propio país trabajando normalmente. La sanidad y la educación son universales y gratuitas. Si tiene tarjeta de residencia, puede además acceder a una pensión, protección por desempleo, viviendas de protección oficial... ya no le diferencia nada de un español, en cuanto a ayudas se refiere. En los principales países de origen (Marruecos, Rumania o Ecuador), la clase media sufre para alcanzar un nivel de atención social que en España es accesible incluso sin papeles. Es evidente que el sistema gasta en los inmigrantes. Un estrato social de españoles percibe que los servicios públicos están copados por los recién llegados. Algunos partidos políticos europeos ya hacen campaña al grito de "¡No cabemos todos!". ¿No cabemos todos en el Estado de bienestar? La respuesta es sí.

Philippe Legrain, autor del libro Immigrants: your country needs them (Inmigrantes: tu país los necesita) realizó recientemente un estudio para el Consejo de la Globalización de Suecia. El Gobierno sueco se propone, al revés que media Europa, estudiar formas de atraer a más ciudadanos extracomunitarios. Legrain analizó el impacto de la inmigración en el sistema sueco de protección social, probablemente el más generoso del mundo, con este punto de partida: ¿Es compatible la inmigración libre con el Estado de bienestar europeo?

Dentro de este planteamiento general, Legrain se pregunta si la beneficencia de los países ricos es un imán para inmigrantes. Es decir, si se vive mejor de la beneficencia en los países ricos que trabajando en los países pobres, es una buena razón para emigrar. Y si emigran muchos, en un momento dado ese Estado benefactor será insostenible.

Para que eso sucediera, explica, se tendrían que dar ciertas condiciones: los emigrantes deben estar tan desesperados que los supuestos beneficios compensen el tremendo coste económico y psicológico de la migración; de todos los destinos posibles, tienen que elegir Suecia; los ingresos por la beneficencia sueca deben ser mayores que trabajando en sus países; y por último, deben conformarse con la beneficencia, en vez de aspirar a mayores ingresos trabajando en Suecia.

Los inmigrantes son "una minoría selecta" de sus países, explica Legrain. Son los jóvenes con más ganas de trabajar y mayor espíritu emprendedor. Pero si lo que quieren es vivir de la beneficencia, Suecia sería el mejor país para hacerlo. Según datos de la OCDE de 2005, un inmigrante sin permiso de trabajo recibe del sistema sueco 103.000 coronas (11.030 euros) al año. Si tiene dos hijos, 167.500 coronas (18.000 euros). La cifra es tres veces superior al salario medio en Marruecos y cuatro veces el de Pakistán.

La razón principal de que no haya "inmigrantes de beneficencia" es que, incluso si están mejor con subsidios en Suecia que trabajando en su país, les va todavía mejor trabajando en Suecia. Deben pagar su viaje, deben enviar dinero a sus países y deben garantizarse un futuro.

Ese debate se puede plantear en España. ¿La atención pública y gratuita es una atracción? "No existe ninguna prueba de que Suecia, que probablemente tiene el sistema de beneficencia más generoso del mundo, actúe como un imán benéfico, así que es extremadamente poco probable que eso ocurra en España, incluso si elevara su nivel de protección social", asegura Legrain por correo electrónico.

Josep Oliver, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona, sí cree que las ayudas suponen una atracción, pero no en España. "En el norte de Europa existe ese imán", dice Oliver. "Hay una parte de lo que llaman seekers [buscadores], atraídos por ese Estado de bienestar muy generoso. En nuestro caso, no vienen buscando unas ayudas, que no existen como en los países nórdicos. Vienen buscando trabajo, que es lo que hay".

Oliver destaca que "hasta la jubilación de los inmigrantes, toda la literatura económica mundial apunta a que, si te entran individuos jóvenes, contribuyen más de lo que se llevan. El saldo es favorable. Su contribución excede a los beneficios de ese Estado de bienestar. Las pensiones no las cobrarán hasta que se jubilen". Eso significa que, por ahora, "los inmigrantes se pagan su estancia".

En España había 2.357.000 extranjeros legales a finales de 2007. De ellos, 1.316.000 estaban afiliados a la Seguridad Social. Sólo con su contribución a la caja, se pagan 900.000 pensiones. Los inmigrantes aportan el 7,4% de las cotizaciones de la Seguridad Social y sólo reciben el 0,5% del gasto en pensiones.

La Oficina Económica de La Moncloa elaboró un informe en 2006 muy revelador sobre este punto. Los inmigrantes, según ese estudio, suponen el 8,8% de la población española, pero absorben sólo el 5,4% del gasto público. Consumen el 4,6% del gasto en sanidad y el 6,6% en educación. Pero su aportación es el 6,6% de los ingresos totales. En total, su presencia en España supone un beneficio neto para el país de unos 5.000 millones de euros.

La situación es parecida en todos los países, también con un bajo nivel de protección social. En Estados Unidos, un estudio de la National Academy of Sciences concluyó que un inmigrante recibe unos 3.000 dólares del Gobierno estadounidense en toda su vida. Sus hijos serán contribuyentes netos al sistema a razón de unos 80.000 dólares cada uno a lo largo de su vida.

"Nuestros inmigrantes tienen entre veinte y pico y cuarenta y pico años", explica Oliver. "En los próximos 20 años empezaremos a tener que pagar una parte de lo que nos han avanzado. Esto, teniendo en cuenta su vida individual. Pero hay que ver también qué deja detrás de él. Si deja hijos con una formación más elevada, ganarán más dinero que él" y contribuirán más al sistema. Hay mucha probabilidad de que esto suceda, ya que "los hijos no tienen que adaptarse, como hizo el padre".

Pero los extranjeros también se hacen viejos. Y se quedan sin trabajo cuando vienen mal dadas. En estos casos no aportan al sistema y empiezan a ser receptores netos de ayudas: pensiones y subsidio de paro. ¿Sufre el sistema de bienestar? "Tienen derecho a las ayudas, porque han pagado impuestos y han contribuido a la economía y la sociedad cuando las cosas iban bien", opina Legrain. Actualmente, con el paro subiendo, la tasa de actividad es un 19% más alta entre los extranjeros.

Pero, aparte de tener derecho, "en general, la literatura económica sugiere que incluso considerando el pago de pensiones el saldo final es favorable para el que recibe la inmigración", asegura Oliver, aunque reconoce que "el debate sobre qué pasará cuando se jubilen es muy complejo".

La supuesta crisis de pensiones sucederá en torno a 2025. "En un sistema en que los viejos viven del ahorro de los jóvenes, ¿qué pasará cuando haya más viejos que jóvenes? La inmigración es una entrada de población joven y trabajadora. En general, la crisis no se va a superar sólo con la inmigración, pero contribuirá a mitigarla", opina Oliver.

Admitido que los inmigrantes no abandonan su familia y su cultura y se juegan la vida a cambio de un bocadillo de la Cruz Roja y sanidad gratis. Admitido que no son una carga para el sistema, sino más bien todo lo contrario. Cabe una última pregunta, ¿está justificada la percepción de que copan todos los servicios sociales? En España, esto tiene mucho que ver con un tema tan de actualidad como laberíntico para el gran público: la financiación autonómica.

"Lo de los servicios es parcialmente cierto", admite Oliver. "Es un error del sistema de financiación que ahora se está discutiendo. No puedes tener, como en Madrid y Cataluña, aumentos de población de 15% y mantener los mismos ingresos. El gasto público para la inmigración está muy concentrado geográficamente, pero los ingresos que genera esa inmigración se van al Estado central. El Estado se lleva los ingresos y los gastos son de otros. Los beneficios son macroeconómicos y los problemas, microeconómicos".

Carlos Clemente, viceconsejero de Inmigración de la Comunidad de Madrid, lo dice con sus datos: "En integración de los inmigrantes nosotros invertimos 1.500 millones de euros y el Estado 40. Los extranjeros están aportando al Estado 8.000 millones de euros. Sólo 200 millones van a las comunidades, que somos los que damos la educación, la sanidad, la vivienda, etcétera".

Clemente aclara que "los inmigrantes no copan los servicios públicos, son las rentas más bajas las que copan los servicios públicos. Inmigrantes y españoles". Especialmente cuando la inmigración ya no es un fenómeno nuevo. "Hace 10 años era más así, pero no ahora. Algunos ya son empleadores, por ejemplo. Al final, son como los que vienen a Madrid de otras provincias".

La coordinadora de la Dirección General de Asistencia Sanitaria de la Junta de Andalucía, Carmen Escalera, asegura que "con los datos de 2006, la atención a la población inmigrante no regularizada es el 0,8% de las consultas de atención primaria" en Andalucía. "Es falso que colapsen los servicios sociales. Suponen un 0,6% de las visitas a domicilio y un 2,5% de las urgencias. En partos suponen un 4,6%. Eso nos viene hasta bien, porque es savia nueva".

¿Y cuando vayan envejeciendo? "Tendremos que ir adaptando el sistema", admite Escalera. Pero "se están dando reagrupaciones familiares, que se asumen la vida de aquí. A partir de ese momento, no se distinguen en nada de la población autóctona. Consumen los mismos recursos y a la vez generan la misma riqueza".

El Consejo Económico y Social se ocupa de este asunto en su Memoria 2007. El responsable del estudio, Jesús Cruz, dijo que España debe incrementar sus servicios sociales para toda la población para responder a "un imprevisible, rápido e intenso crecimiento, y está compuesta en un 10% por extranjeros".

Porque, como dice Josep Oliver, "al nativo que ve degradarse su barrio por un impacto migratorio muy grande, no se le puede explicar que la inmigración es buena para la economía". El catedrático da toda la razón a las comunidades que reclaman mayor financiación: "La garantía para que se integre y se quede la inmigración, que la necesitamos, es que se atiendan los gastos donde se producen, para que el bienestar de los nativos no se vea afectado. El dinero de la inmigración debe ser para el que se lo gana, para el que sufre ese impacto".

En una entrevista con EL PAÍS, el nuevo ministro de Trabajo e Inmigración, Celestino Corbacho reconocía que "un país en el que existe un contingente importante de inmigrantes no puede subsistir con un Estado de bienestar diseñado a la medida de cuando no los había".

Corbacho decía que el desarrollo económico "no es suficiente" para sostener el sistema, "porque el desarrollo económico necesita amplios contingentes de inmigración para sostenerse. Cuando a un país llega un amplio contingente de inmigrantes, el Estado de bienestar se debilita, a no ser que el Estado le inyecte más economía. Si no, puedes correr el riesgo de que el que llega se lleve la parte del Estado de bienestar porque su situación es peor que la del que está aquí, que su situación económica no ha cambiado, y éste deje de recibir lo que el Estado de bienestar le estaba dando. De ahí al conflicto, hay dos pasos". La solución, para Corbacho, sólo es una: "Poner más dinero".

Pablo Ximénez de Sandoval en El País.

La Vida a Cobro Revertido

La primera vez que sales a estudiar al extranjero llamas a casa a cobro revertido. Basta con conectar con la operadora, darle el número del teléfono y esperar a que mamá diga “acepto”, cuando la operadora le pregunte: “fulanito solicita llamada a cobro revertido, ¿acepta la llamada?”.
Es fácil la vida a cobro revertido, tienes todos los beneficios (de la distancia, de la independencia, del contacto sin roce) y ningún coste.

Pero ¿es posible la vida a cobro revertido? Durante un tiempo piensas que sí, que no hay nada más evidente y más fácil. Además todo el mundo te invita a vivir a cobro revertido: compra sin pagar, paga sin trabajar, trabaja sin sudar, suda sin sufrir… El problema es cuando te pasan la factura, porque, desengañémonos, todas las cosas en este mundo se acaban cobrando y siempre hay alguien que tiene que acabar pagando.

Queremos carreteras y plazas públicas a cobro revertido. Queremos estudios universitarios a cobro revertido. Queremos sanidad pública de calidad a cobro revertido.

Queremos que alguien haga por nosotros el “trabajo sucio” en el terreno de la política a cobro revertido.
Queremos gente que tire del carro de nuestras instituciones, nuestro club, nuestra asociación de vecinos, nuestra parroquia… a cobro revertido. Queremos tener hijos a los cuarenta, después de haber viajado mucho, después de haber salido mucho por las noches y de habernos realizado, y todavía los queremos a cobro revertido.

De acuerdo, sería genial, pero no es posible. Cuando llames hoy a mamá para ver cómo está el canario, para desahogarte del mal día que has tenido, para que te dé algún mimito de esos que levantan al ánimo, no te olvides de preguntarle cómo le va a ella y de darle algún mimito de los tuyos, y no te olvides tampoco de decirle al final: “Bueno mamá, ¿te has fijado que no te he llamado a cobro revertido? Hoy la llamada la pago yo”

Marc Vilarassau, sj

Sudán como chivo

Sudán como chivo


Ante un mundo impasible, Sudán se desangra en Darfur. No es la única herida de África, donde la impunidad reina. La Corte Penal Internacional quiere procesar al presidente sudanés. ¿El mejor camino?

África no es inocente. Es decir, buena parte de los dirigentes africanos no son inocentes de las atroces injusticias que sufren sus pueblos. El caso de Sudán es paradigmático: la población “africana” (cristianos y animistas al sur, musulmanes al oeste, en el martirizado Darfur) ha sido sometida a una férrea dictadura militar, trufada de islamismo, que para sus políticas de exterminio ha gozado del respaldo de potencias como Rusia y sobre todo China, ávida del petróleo que atesora el subsuelo del país más grande de África. La ONU ha vuelto a mostrar la inoperancia que dio vía libre al genocidio ruandés, acaso todavía lastrada por el estrepitoso fracaso de Somalia, donde puso en marcha una intervención militar humanitaria que acabó como el rosario de la aura y dejó al Cuerno de África abandonado a su suerte. La Corte Penal Internacional (CPI), cuya constitución en Roma hace una década desató grandes expectativas de poner coto a la impunidad de tantos líderes que desprecian a sus pueblos, todavía no ha juzgado a nadie. Vivero de tantas desgracias, la CPI ha lanzado sus acusaciones contra tres líderes guerrilleros (otros dirían terroristas, porque el terror ha sido en gran medida su instrumento político): los congoleños Jean Pierre Bemba y Thomas Lubanga y el ugandés Joseph Kony. Omar al Bashir, el presidente sudanés, es el primer presidente en ejercicio puesto en la picota por el fiscal jefe de la Corte, Luis Moreno-Ocampo, que acusa al responsable del golpe de Estado de 1989 de genocidio y crímenes de guerra, no en vano el régimen de Jartún es el instigador, maestro armero y genio maléfico de los “yanyauid” (diablos a caballo), que han causado la muerte de al menos 300.000 almas en Darfur y convertido a 2,5 millones de sudaneses en refugiados o desplazados, como Koultuuma Abdelkarím, de 37 años, masalit de la aldea de Bigbekar, con nueve hijos, que lleva cinco años refugiada en el campo de Ryad junto a otros miles de sudaneses «africanos” como ella. Pero hay más figuras en el parque jurásico africano –como Robert Mugabe, de Zimbabue- que merecerían disfrutar de la atención de un tribunal que nació con la intención de que los responsables de crímenes atroces no tuvieran que responder más que ante Dios y ante la historia antes de que la parca les cierre los ojos. La decisión de Moreno-Ocampo, sin embargo, ha desatado cierta controversia. Como mostraba Itziar Ruiz-Giménez en “Las ‘buenas intenciones’. Intervención humanitaria en África”, donde analizaba el caso somalí, queriendo hacer un bien a veces se causa un mal mayor.

“En mi opinión, estamos viviendo un momento histórico, que puede durar al menos una década, en la que colisionan el interés de reforzar los mecanismos internacionales de derechos humanos y el realismo que se necesita para finalizar algunos conflictos armados”, dice Vicenç Fisas, director de la Escuela de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona “En el caso de la actuación del CPI sobre un conflicto armado abierto, es inevitable la tensión que pueda producir algunas órdenes de detención, en la medida que reavivan las fidelidades del grupo que se siente acusado, con lo que puede intensificar sus acciones armadas y causar mayor sufrimiento. Sucede en Darfur y en Uganda, por ejemplo, de forma muy clara, y podría pasar en Zimbabue en un futuro”, subraya Fisas, que matiza: “Otra cosa es cuando la CPI ordena la detención de un dictador una vez ha finalizado el conflicto armado y este dictador no ocupa un cargo gubernamental importante. El impacto de su detención sería menor. Por tanto, en estos momentos hay que tener mucha precaución en este tema, pues hay que sopesar las dos cosas a la vez, las ventajas y los inconvenientes. Estamos también en una época en la que proliferan las experiencias de justicia transicional y de alternatividad penal, para que no impere la impunidad pero haya un camino donde la justicia reduce su intensidad a cambio de verdad y reparación. En el caso específico de Darfur, desgraciadamente puede empeorar las cosas. Es una penosa conclusión de quienes observamos los conflictos y las dificultades para que avancen los procesos de paz”.

No se aleja mucho de las impresiones de Fisas el autor de “Hierba alta. Historias de paz y sufrimiento en el norte de Uganda”, José Carlos Rodríguez: “En noviembre de 2003 empezamos a oír los primeros rumores sobre una posible intervención de la Corte Penal Internacional en el caso del norte de Uganda. La primera reacción de los que trabajábamos en iniciativas de paz fue bastante negativa, ya que temíamos que la entrada en escena de este nuevo actor complicaría más las cosas. Cuando el presidente ugandés, Yoweri Museveni, y Ocampo lo anunciaron formalmente el 29 de enero de 2004, afloraron cuestiones como que “la CPI sólo hablaba de juzgar a los líderes del Ejército de Resistencia del Señor (LRA es su acrónimo en inglés). Esto, y el hecho de que apareció en la conferencia de prensa con Museveni, dio una primera impresión muy negativa: que la CPI no era imparcial, ya que mostraba que no tenía intención de investigar crímenes de guerra cometidos por el otro bando, el gubernamental”. Rodríguez, que acaba de regresar a España después de dos décadas entregadas a Uganda, recalca, como Fisas, que “los tribunales para la antigua Yugoslavia, Ruanda y Sierra Leona han juzgado a criminales de guerra una vez que el conflicto había terminado, pero querer hacer esto cuando la guerra sigue aún en curso tiene dos inconvenientes: Primero, que no se puede llamar a un líder rebelde a la mesa de negociaciones y al mismo tiempo darle la señal de que “por cierto, y cuando venga usted vamos a detenerle”. Y es que nos guste o no, a veces teta y sopa no puede ser y justicia y paz a la vez suele resultar casi imposible de obtener. Segundo: la eterna cuestión de quién le pone el cascabel al gato, o quién detiene a un criminal de guerra aún en activo. Cuando le pregunté esto a Ocampo en marzo de 2005 me respondió sin dudarlo: “Lo hará el SPLA (siglas en inglés del Ejército Popular de Liberación de Sudán, que tras firmar la paz con Jartún forma parte del gobierno sudanés, aunque sus relaciones son muy tirantes)”. Cuando pregunté a un general del SPLA en Nimule a los pocos meses si podrían hacerlo ellos, me respondió: “Acabamos de firmar el acuerdo de paz con Jartún y según sus términos no estamos autorizados a realizar ninguna acción militar de ofensiva”. Esto Kony (el líder del ERS) lo sabe muy bien y por eso sabe que puede seguir jugando al gato y al ratón. Por supuesto, está muy a salvo en sus nuevas bases de Congo y República Centroafricana, donde sabe que los ejércitos de estos países nunca moverán un dedo por detenerle”.

Respecto a las acusaciones contra el presidente sudanés, José Carlos Rodríguez reconoce que “el Gobierno islamista de Jartún sólo suele reaccionar por presiones o cuando ven que algo les trae una gran ventaja (como ocurrió con la entrega de Carlos, “el Chacal”). Pero a veces demasiada presión es contraproducente y cuando un radical se ve acorralado puede ser más peligroso. En este sentido, Jartún ya ha declarado que esta acción de la CPI puede traer “consecuencias negativas” para el proceso de paz en el Norte de Uganda. Teniendo en cuenta que Kony se ha aprovisionado de armas desde hace algo más de un año con uno de los grupos rebeldes de Centroáfrica (apoyado a su ver por Jartún), esta insinuación parece apuntar a que Jartún podría intensificar su apoyo al ERS y hacer la vida más complicada a su vecino del sur (Uganda), a quien ve como de los más firmes aliados de la CPI en África”.

No participa de la misma opinión el historiador congoleño Mbuyi Kabunda, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Basilea y miembro del Instituto de Estudios Africanos de la Universidad Autónoma de Madrid: “La orden de Ocampo de llevar al presidente sudanés y a medio centenar de sus colaboradores ante la CPI me parece acertada. Lo único que deploro es que ha intervenido muy tarde. Desde comienzos de 2003, Al Bashir, con su grupo de autoproclamados árabes, han cometido graves crímenes de genocidio, crímenes de guerra, y crímenes de lesa humanidad en el Darfur, por los “yanyauid” interpuestos, las famosas milicias progubernamentales, intentando presentar el conflicto como nacido de rivalidades entre ganaderos y agricultores, o entre sedentarios y nómadas, cuando en el fondo se trata de una agresión por un gobierno a su propio pueblo, el del Darfur. Se aprovechó durante mucho tiempo del carácter “ambiguo” del genocidio en el Darfur: unos negros que matan a otros negros, unos musulmanes que matan a otros musulmanes. Ya todo el mundo se ha dado cuenta de la jugada: los verdugos fueron armados y entrenados por el gobierno”. Kabunda cree que la medida adoptada por la CPI es acertada porque “en Darfur se caminaba hacia una solución a la ruandesa. La única diferencia con Ruanda, como decía el entonces representante de la ONU en Sudán, Mukesh Kapila, era el número de víctimas. El Gobierno militaro-islamista de Jartún pensaba que podría actuar en la impunidad total, rechazando todas las resoluciones de las Naciones Unidas sobre el Darfur con el apoyo de China y de Rusia, y bajo el pretexto de soberanía y asunto interno, hasta rechazar la presencia de los “cascos azules”, para seguir con su guerra de agresión en Darfur. Por ello, prefirió la ineficiente Misión de mantenimiento de la paz de la Unión Africana en Sudán (AMIS) que la presencia de las tropas de las Naciones Unidas. Tras cometer crímenes contra la población del sur de Sudán, y hoy en el Darfur, era ya hora de llevar Al Bashir ante la CPI y acabar con la impunidad”.

No desconoce Kabunda, autor de libros como “Derechos humanos en África: teorías y prácticas”, los posibles efectos perniciosos de la acusación contra el líder sudanés: “El único mal con esta orden de detención es que Al Bashir intentará perpetuarse o aferrarse al poder para no ser juzgado. Y por lo tanto, la perpetuación de la dictadura y de la agresión en el Darfur. Además, se ha rotado la base de una unidad futura de Sudán. Las víctimas no van a querer vivir juntos con sus verdugos acusados de genocidio. El lado positivo es que se ha enviado un mensaje claro a los dirigentes africanos: no pueden quedar impunes de sus crímenes y cinismo”. Unos dirigentes africanos que deberían dormir con un ojo abierto, ya que según Kabunda la lista de candidatos a ser sometidos al escrutinio de la CPI “sería muy larga. Se podría empezar con todos los jefes de Estado de la región de los Grandes Lagos, y algunos del África Central, que ya deberían comparecer ante la CPI por crímenes de guerra y crímenes económicos de saqueo”.

A Kabunda, que vive entre Suiza y España, le consta que “el Gobierno sudanés nunca ha preferido una solución negociada en el Darfur. Su estrategia ha consistido en dividir los movimientos rebeldes del Darfur y profundizar la dimensión étnica del conflicto, para desviar la opinión de la verdadera razón del conflicto: la lucha de los pueblos fur, massalit y zaghawa contra el colonialismo interno y la marginación económica y social por parte del poder central arabo-islamista. El gobierno de Al Bashir movilizó a las milicias progubernamental de origen árabe, los “yanyauid”, para agredir y acallar las reivindicaciones de las etnias de origen africano del Darfur. A partir de la propia Carta de las Naciones Unidas y de nuevos principios de la evolución de la noción de “seguridad colectiva” (el derecho de injerencia y el deber de proteger), hace tiempo que la ONU y la comunidad internacional deberían de haber intervenido en Darfur donde una población es agredida por su propio Estado”.

Human Rights Watch es una de las organizaciones de defensa de los derechos humanos que de forma más constante vigila los abusos que se cometen en buena parte de África, con especial interés en países como Chad, Sudán, Ruanda, Burundi y la República Democrática de Congo. Sus informes son un valioso instrumento para poner a los líderes africanos contra sus propias mentiras y contradicciones. Para José Miguel Vivanco, director de la división de las Américas en HRW, la orden de detención contra Al Bashir es también, como para Kabunda, “un paso importante para acabar con el clima de total impunidad de aquellos responsables de las atrocidades en Darfur. Human Rights Watch ha señalado que la responsabilidad de la campaña de “limpieza étnica” en Darfur la tienen los líderes de Sudan, incluyendo el presidente Omar al Bashir, el vicepresidente Ali Osman Taha y otros ministros y jefes de seguridad claves. Hasta la fecha, ningún funcionario de alto rango ha sido juzgado por estos crímenes y el Gobierno sudanés no se ha mostrado dispuesto a ponerle fin a sus ataques deliberados contra civiles en Darfur. Las acusaciones en contra del presidente por crímenes de lesa humanidad y genocidio muestran que nadie está por encima de la ley”.

Frente a las impresiones de Rodríguez y a las cautelas de Fisas, Vivanco recalca que “en el pasado, la estigmatización y marginalización de líderes bajo una orden de detención han reforzado el proceso de paz en otros países. Este es el caso, por ejemplo, de Charles Taylor en Liberia y Radovan Karadzic en Bosnia-Herzegovina. No obstante, es difícil predecir el efecto que esta petición pueda tener en el proceso de paz en Darfur, ya que este proceso ha estado paralizado por diferentes razones, incluida la falta de compromiso de las partes interesadas. En el caso de Al Bashir el desafío al que se enfrenta la oficina del fiscal es enorme. Los fiscales tendrán que demostrar crímenes de lesa humanidad y exhibir pruebas que convenzan a los jueces de la Corte Penal que se configuró el delito de genocidio, el cual es especialmente difícil de demostrar. Para comprobar genocidio, el fiscal debe demostrar que se cometió uno o más de los siguientes actos y que se lo hizo con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso: matanza, lesión grave a la integridad física o mental, sometimiento intencional del grupo a condiciones que lleven a su destrucción física, total o parcial, medidas destinadas a impedir nacimientos, y traslado forzoso de niños del seno grupo. Aquí lo que está en juego es la responsabilidad penal del jefe de estado. Esta última es básicamente definida en el Estatuto de Roma como responsabilidad individual o responsabilidad del mando. La responsabilidad individual aplica en situaciones en que se comete un crimen de la competencia de la corte individual o conjuntamente; se ordena, propone o induce la comisión de ese crimen; se facilita y encubre el crimen; o se contribuye a la comisión del crimen de otra forma. El principio de responsabilidad del mando se aplica cuando un jefe militar (o un civil en que actúe efectivamente como jefe militar) sabe sobre el crimen cometidos por fuerzas bajo su mando y no adopta las medidas necesarias a su alcance para prevenir o reprimir su comisión, o para hacer conocer el asunto a las autoridades competentes”.

Los dirigentes africanos han esgrimido con frecuencia la falta de desarrollo y sobre todo las heridas de la colonización para justificar las carencias o las desigualdades que sufren sus países. Raramente asumen sus propias responsabilidades. Basta comparar la ejecutoria de Nelson Mandena en Suráfrica con la de sus sucesor, Thabo Mbeki, o la manera tan diferente en que Botsuana (uno de los países modélicos en África) y Guinea Ecuatorial (una dictadura insaciable) han gestionado sus riquezas para darse cuenta de que seguir midiendo a los dirigentes africanos con un metro “ad hoc” es una forma de paternalismo y de racismo aunque se vista con ropajes izquierdistas.

“En el momento en el que el fiscal tiene pruebas suficientes acerca de la vinculación de cualquier persona con crímenes tan graves como los de genocidio, de guerra y crímenes de lesa humanidad, debe emprender las acciones correspondientes que, en este caso, ha llevado a cabo. Otra opinión merece el momento en que se ha producido esta acusación. Por un lado, es lógica la discusión suscitada acerca de sus consecuencias para la paz en Sudán. Por otro lado, llama la atención la rapidez con que el fiscal ha respondido con esta acusación al varapalo que significó el caso Lubanga, el pasado 3 de Julio, tras ser ordenada su liberación sin restricciones por los jueces de la Corte, decisión que luego sería apelada por el fiscal. Da la sensación de que se necesitaba demostrar la utilidad de la Corte, cuestión que no estaba en entredicho”. Son palabras de Vidal Martín, investigador del área de Paz, Seguridad y Derechos Humanos de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (FRIDE), quien recalca que “se trata de un paso más, de otro instrumento más entre los que utiliza la comunidad internacional para detener el genocidio en Sudán. Atajar el genocidio pasa por una combinación de esfuerzos dirigidos al cese de la violencia, a una atención eficaz a la población civil y a la lucha efectiva contra la impunidad. Se trata de procesos paralelos. La CPI tiene que reaccionar ante aquellas situaciones en las cuales el Estado afectado no pueda o no quiera llevar a cabo un proceso de rendición de cuentas. Su función es complementaria, si bien una solución a largo plazo siempre requerirá un trabajo profundo en las instituciones judiciales del país que acaba de atravesar un conflicto o aún está sumergido en él”.

Sobre los efectos indeseados a causa de una decisión que intenta hacer justicia por encima de todo, Vidal Martín dice que “es importante destacar la independencia que se le presupone a la CPI. Llegado este punto, se podrían vaticinar dos posibles escenarios para Sudán a consecuencia de esta decisión. En un escenario positivo, las víctimas estarían viendo un reconocimiento a la injusticia que están sufriendo y aquellos que están violando sus derechos fundamentales intuirían un preludio a lo que podría sobrevenirles a ellos. En un escenario negativo, crecerán los enfrentamientos en el seno de la sociedad sudanesa, afectando irremediablemente al clima de violencia existente, ya de por sí insostenible. De todos modos, no podemos olvidar que se trata de una decisión judicial y que la decisión política está en manos del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas”. El investigador hace hincapié en la necesidad de que la Corte Penal Internacional “amplíe sus criterios geográficos. Si bien todos los casos abiertos en África tienen su justificación, también lo son otros muchos casos por todo el mundo. Actualmente se baraja la posibilidad de que los siguientes casos se dirijan hacia Colombia o Afganistán. Un criterio de equidad no sólo exigiría apuntar a otros continentes, sino también tener en cuenta los crímenes que fueron cometidos por los países de Occidente y aún no han sido perseguidos”.

Alfonso Armada