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¿Una democracia sin valores?

¿Una democracia sin valores?

COMPRENDO y asumo el riesgo que entraña el título que he usado para encabezar estos párrafos. Quienes lo objeten estoy seguro de que acudirán con rapidez a dos argumentos. Primero, la propia Constitución, en su Preámbulo, es harto generosa en la declaración de principios y valores de la Nación española. Y segundo, su artículo primero declara abiertamente que España, constituida en un Estado social y democrático de Derecho, «propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político». Parece, por ello, que nada hay que objetar. En todo caso, la permanente duda sobre si la igualdad es algo realmente posible y mi personal opinión de que el pluralismo sea algo a conseguir y no una circunstancia previamente existente. Pero, en fin, no van por ese camino «meramente declarativo» las observaciones que aquí se traen a colación.

Y es que hay que comenzar por el sentido y significado de lo que la misma democracia supone. Tarea nada fácil, por supuesto. Entre otras razones porque la versión que a nosotros llega tiene su cuna en fechas no tan lejanas. Es al final de la Segunda Guerra Mundial cuando la clase de régimen practicado por los vencedores conoce «la mundialización» del procedimiento. Aunque en los momentos actuales parezca poco oportuno, a fuer de objetivos, hemos de recordar que en los años treinta del pasado siglo, dos pilares en que descansa la democracia (existencia de partidos políticos y soberanía del Parlamento) habían entrado en crisis. Para entonces, «lo moderno» era el totalitarismo. No es de extrañar, por ello, que no pocos de los expertos en Derecho Político hubieran publicado entre nosotros obras cuajadas de loas al sistema totalitario y, posteriormente, aparecieran como abanderados del sentir democrático: sencillamente, escribieron en línea con lo predominante en cada momento. No ha lugar a descalificaciones por ello.

El problema realmente surge cuando, por aquello de «tapar vergüenzas» y por obra de esa mundialización, es extensa la relación de países que se suman a la democracia como mera cobertura de carácter semántico: «Democracia orgánica», «democracia corporativa», etc., etc. Naturalmente, surge el debate (posiblemente no del todo cerrado todavía) sobre cuál es la esencia de la democracia, por utilizar la pregunta del gran Kelsen. Si viviéramos en un país como EE.UU., acaso el tema podría simplificarse a través de la llamada teoría elitista. Democracia es simple posibilidad de cambio de elites. Se alcanza el poder mediante el sufragio y, una vez que se posee, se responde de su uso ante el órgano sujeto de la soberanía: el Parlamento. Y esto es suficiente para ser demócrata, se defienda o no la integración racial y se esté o no de acuerdo con la aplicación de la pena de muerte. Nos puede resultar extraño, pero así es.

Ocurre, empero, que en la vieja y experimentada Europa, el asunto ya no es tan sencillo. Ante todo, no resulta del todo suficiente el hecho de que algunos valores democráticos «se proclamen» en un texto, por muy fundamental que éste sea. Podría ser el caso de nuestro actual sistema, como al principio de estos párrafos hemos expuesto. Hacen falta valores mucho más concretos (acaso derivados de la afirmación solemne) que sean asumidos y practicados por la mayoría de la ciudadanía. ¿Cuáles? Valgan los que siguen sintéticamente expuestos:

a) Asimilación del ingrediente de relatividad que toda política democrática conlleva. La consideración de que la verdad política absoluta (punto de partida de los regímenes totalitarios) no existe en democracia: si existiera, no habría nada que votar. Como no se vota la fórmula del agua o el resultado de una competición deportiva.

b) Valoración de la existencia de una sociedad pluralista, sea cual fuere el origen de ese pluralismo, que se considera no sólo como algo asumible, sino también como algo enriquecedor.

c) Comprensión de la democracia como valor y aun como utopía, en el sentido tantas veces apuntado entre nosotros por el maestro Aranguren. Democracia que es también forma de vida y que impregna el conjunto de la sociedad.

d) Presupuesto previo de un talante democrático, de una personalidad democrática como opuesta a la personalidad autoritaria. Sin olvidar lo que en otras ocasiones he formulado: no se nace demócrata, se hace uno demócrata. Los valores democráticos no caen del cielo, sino que se reciben en la gran cantidad de agencias de socialización o educación por las que la persona pasa a lo largo de su vida: la familia, la escuela, el grupo de juego, el sindicato, el partido, etc. De ahí saldrá un talante abierto al diálogo y la comprensión. El diálogo sustituye al monólogo y el discrepante nunca es el enemigo, incluso si se considera que está en el error.

e) Fomento de las virtudes públicas, que han de prevalecer sobre las privadas, sin que éstas estén condenadas a desaparecer. Con especial responsabilidad por y ante lo público.

f) Estimulación de la participación y de su utilidad. Lo público ha de ser visto como asunto que a todos interesa, precisamente porque es algo que a todos afecta y con la suma de ese «todos» se construye el camino a recorrer por gobernantes y gobernados.

g) Conciencia de la responsabilidad y ejercicio del control. Se responde ante quienes han delegado. Y quienes delegan, a su vez, deben asumir como valor el del control de sus representantes.

Esta relación, de cosecha propia y, por ende, absolutamente discutible, es la que, sustancialmente, puede expresar el catálogo de valores que perfilan un régimen. Valores que el sistema defenderá y que, a través de todas sus agencias, intentará que estén vigentes en la mentalidad y en el diario proceder de sus ciudadanos. Repito: y si así no es, sobran las solemnes declaraciones y el conocido veredicto de Marx puede que comience a hacer su aparición. Y hasta la misma libertad se pondrá en solfa. Lo recuerda con acierto la sentencia de Dahrendorf al llegar a esta conclusión: «La libertad del demócrata será, pues, una libertad a ejercitar en un marco de derechos y deberes que compartirá con los demás. El demócrata es el individuo que ha llegado con los demás al acuerdo de ser distinto a ellos».

En nuestro país hace tiempo que está viva y que, mejor o peor, viene funcionando la democracia en cuanto procedimiento: elecciones, sufragio universal, posibilidad de recambio de gobernantes, regulación de la responsabilidad política, variedad de controles, etc. Pero, una vez conocidos los supuestos anteriores, ¿se puede afirmar con certeza que estamos en la realidad ante una democracia integrada por demócratas convencidos y practicantes? Si se repasa lo sintetizado, creo muy sincera y penosamente que no. Que es mucho lo que todavía queda por hacer para poder afirmar una definitiva consolidación de lo establecido.
Algo que parece importar poco o nada. Y que mientras esos valores no estén plenamente arraigados y asumidos por los ciudadanos habrá que tener buen cuidado ante la aparición de cualquier vendaval. La afirmación de que la democracia y el Estado de Derecho se defienden solos está bien para los mítines. Pero no para la realidad.

Manuel Ramírez es catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza.

España, donde más subieron los precios en restaurantes y cafés con la introducción del euro


Entre 1998 y 2006, los precios aumentaron un 40%, más de diez puntos por encima del conjunto de la Eurozona

España sufrió durante los preparativos y la introducción del euro la mayor subida de los precios en restaurantes y cafés entre los países que se sumaron a la moneda única en 2002.

La subida fue de más del 40% entre finales de 1998 y 2006, según un estudio publicado en el último número de la publicación de la Dirección de Asuntos Económicos y Financieros de la Comisión Europea, bajo el título What drives inflation perceptions?.

El informe insiste en su inicio en la valoración habitual de los organismos europeos en el sentido de que el euro tuvo un impacto global apenas apreciable en los precios, estimado por Eurostat entre un 0,12% y un 0,29% a lo largo de 2002.

Sin embargo, y tras constatar que un Eurobarómetro de otoño de 2006 mostraba que un 90% de los europeos seguían pensando que la moneda común había encarecido sus vidas, el estudio procede a indagar los motivos de esa percepción.

La investigación admite que en una serie de países fue "claramente visible" un "salto" en los precios en restaurantes y cafés en enero de 2002. Ese impacto inflacionista resultó efímero en países como Holanda o Alemania, pero en otros, como España, Italia, Francia y Bélgica, "un rápido ritmo de incrementos de precios en el sector de restaurantes y cafés se ha mantenido después de 2002".

De hecho, en España se venía produciendo ya una subida más acelerada en los años previos a la introducción física de los billetes y monedas de euro, pero fue con ésta cuando la brecha con los demás países se ensanchó.

En todo el periodo analizado (de finales de 1998 a 2006), los restaurantes y cafés subieron sus precios más de un 40% en España y menos del 30% en el conjunto de la Eurozona. En Alemania, la subida no llegó al 15%, en Bélgica y Francia no superó el 25%, y en Italia quedó por debajo de la barrera del 30%.

En el informe se señala, incluso, que la percepción de los ciudadanos es que los precios han subido todavía más de lo que indican las cifras.

Servimedia

La esencia de la Gran Manzana

La esencia de la Gran Manzana

El Metro de Nueva York

Fue en 1939 cuando el músico Duke Ellington conoció al que sería su más estrecho colaborador, Billy Strayhorn. Ellington, que ya por entonces era el duque, en un viaje a Pittsburgh quedó impresionado por el talento del joven pianista Strayhorn. Le invitó a ir a Nueva York y unirse a su banda. Duke lo vio tan inseguro que le hizo un plano con todas las indicaciones para llegar hasta su casa, que estaba en Sugar Hill, el Harlem elegante de aquel entonces. Billy Strayhorn se presentó al poco tiempo en la casa Harlem pero no con las manos vacías: llevaba la partitura de una melodía que había creado inspirándose en las indicaciones del maestro. A Duke Ellington le gustó tanto aquel Take the A train (Toma el tren A) que a partir de ese momento la tocaba siempre al comienzo de sus conciertos. La melodía se convirtió en canción y no hay cantante de jazz que se precie que no la haya interpretado, aunque es la voz de Ella Fitgerald la que la hizo más popular: "Tienes que tomar el tren A / para ir a Sugar Hill en lo más alto de Harlem / Si pierdes el tren A / descubrirás que has perdido la manera más veloz de llegar a Harlem / Rápido, móntate, ahora, está viniendo / escucha esos raíles retumbando. ¡Todos al tren! / Móntate en el A / pronto estarás en Sugar Hill en Harlem". El metro de Nueva York ha servido de inspiración para muchísimas canciones, pero es esta melodía, que parece llevar la velocidad escrita en las mismas notas de su partitura, la que encarna el alma de las venas subterráneas de la ciudad.

Hace tres años se celebró el centenario de la inauguración del metro. Dado que el metro ha vertebrado la ciudad moderna, para cualquier ciudad la efeméride es esencial, pero Nueva York es una de esas ciudades que está muy presente en la obra de sus artistas. Esa presencia se debe en gran parte a su condición indiscutible de ciudad inspiradora pero también a la marcada tendencia americana al realismo, a certificar con poemas, cuadros o novelas todo aquello que su tiempo les pone delante de los ojos. Y si Nueva York está presente en el arte popular, no se queda atrás el metro, que es el reverso de la ciudad, no menos vivo que la superficie y, por alguna razón poderosa, el lugar de donde brotan historias para no olvidar.

La primera piedra del metro de Nueva York se puso en mayo de 1900. Antes se habían hecho intentos de unir los barrios de la ciudad con trenes elevados, pero aumentaba el caos de una ciudad que se apiñaba insanamente en sus zonas bajas. El Lower East Side era a últimos de 1919 uno de los barrios más poblados del mundo. Los recién llegados, judíos, irlandeses, italianos, luchaban por sobrevivir en habitaciones inmundas de las que hoy hay muestra en el Museo de los Tenements, un diminuto pero interesantísimo recorrido para hacerse una idea de lo que era subsistir en aquel hormiguero. El metro trataba de buscar soluciones a esa brutal concentración humana e intentaba paliar los serios inconvenientes que Nueva York presentaba para convertirse en una ciudad ágil y comercial. Recorrer las ocho millas que van de Norte a Sur suponía una cantidad absurda de horas. Además, el Ayuntamiento de Nueva York miraba desde hacía tiempo con indisimulada envidia el ejemplo del metro de Londres. Como siempre ocurre en Estados Unidos, la voluntad del municipio no era suficiente, y fue gracias a la iniciativa de inversores privados que supieron imaginar astutamente el negocio en el que estaban invirtiendo lo que puso la obra en marcha. Cuatro años duró la construcción de esa primera línea, cuatro años en los que se movilizó a 12.000 hombres en su mayoría irlandeses e italianos, cuatro años que dejaron decenas de muertos y centenares de heridos. Una vez más, los neoyorquinos se mostraron conscientes de lo que esa vena abierta iba a suponer para las generaciones futuras, y hay imágenes de las obras que han pasado a formar parte de un documental realizado por la televisión pública para celebrar el centenario: obreros excavando tierra, obreros entre el cableado y las aguas y los gases subterráneos, señoras vestidas de época caminando por estrechas plataformas de madera, edificios apuntalados para evitar su derrumbe. El documental provoca envidia. El espectador puede asistir con bastante nitidez a la vida cotidiana de una ciudad en 1900 y nos permite imaginar el esfuerzo que supuso construir algo que hoy parece tan integrado en nuestra cotidianidad. Esas imágenes nos permiten también observar algo que hace del metro de Manhattan algo único. Los ingenieros no siguieron el modelo de excavación profunda que habían realizado los ingleses. La consecuencia es que el traqueteo de los vagones se oye en el silencio de las funciones teatrales, el metro se ve a través de las rejillas de las aceras y levanta las faldas de las mujeres, circunstancia que fue aprovechada golosamente por Billy Wilder.

En 1904 fue inaugurada esa primera línea: "¡De City Hall a Harlem, en sólo 15 minutos!". Los propietarios del The New York Times supieron calibrar cómo el metro ampliaba las fronteras de la ciudad, y trasladaron su redacción al edificio de la calle 42. Tenían una parada de metro a pie de calle que facilitaba la rapidísima distribución del periódico. La presencia del rotativo en la plaza se hizo tan popular que ésta pasó a llamarse Times Square, y no tuvo que pasar mucho tiempo para que fuera el lugar elegido por los ciudadanos para celebrar la llegada del año nuevo.

Pero el temperamento protestón tan singular de los neoyorquinos, enseguida les animó a demandar más líneas para que los otros barrios estuvieran también comunicados con Manhattan. En 1905, el metro llegó al Bronx; en 1908, a Brooklyn; en 1916, a Queens. Estas nuevas arterias provocaron una fiebre inmobiliaria que alivió al sur de Manhattan de su superpoblación y ayudó a la consolidación de los nuevos barrios. Muchos judíos encontraron en el Bronx el paraíso. Allí fue a parar León Trostki junto con su familia durante unos meses en 1917. Son curiosas sus palabras sobre este barrio. Trotski alaba las comodidades que presenta su apartamento en esa zona de clase obrera de Nueva York: ascensor, colector en cada piso para la basura, portero... Maravillas de los barrios nuevos que suponían entonces una promesa de futuro y en los que florecía una nueva conciencia de clase. Por su parte, un agente inmobiliario negro consiguió que gran parte de la población negra que malvivía en el sur de Manhattan se fuera trasladando a Harlem, que pasó a ser algo así como la capital negra del país y el centro neurálgico del jazz, lejos de ese Harlem deprimido de los setenta que ahora, tímidamente, va levantando cabeza tras los desoladores años en los que la droga y la delincuencia fueron las reinas de la vida del barrio.

El trazado del metro de Nueva York, tal y como lo conocemos hoy, fue terminado en 1940, pero había cambiado la vida de sus habitantes mucho antes. Si la playa de Coney Island recibía antes de la llegada del metro a cientos de domingueros, después de la comunicación entre Manhattan y Brooklyn el número ascendió al millón. Las fotos de Coney Island en aquellos años tienen una cualidad cómica y alegre: una playa abarrotada por esa clase trabajadora que se apiña para disfrutar de la gratuidad del sol, del agua salada y del algodón dulce en los puestos de ese parque de atracciones que ahora parece estar en peligro de muerte por la revitalización inmobiliaria de la zona.

Después de tanto tiempo, 67, sin grandes mejoras ni nuevos trazados, ha sido este año cuando el alcalde, Michael Bloomberg, ha puesto la primera piedra de una nueva línea, la que recorrerá el lateral Este de la isla. Pero no es extraño el abandono en el que se encuentran muchas de las instalaciones del metro: Nueva York, que fue a principios del siglo XX la capital del mundo de las obras públicas, dejó desvanecer su capitalidad y hoy vive de las rentas, que son importantes, porque en sus aceras se levanta la arquitectura más prodigiosa del siglo pasado, pero no suficientes. La ciudad es bella y vieja. Dos cualidades que llevaron a Marcelo Mastroiani a definirla como la nueva Venecia. Curiosamente, también hace aguas, como la vieja ciudad italiana. Es tal la cantidad de lluvia que cae sobre sus aceras que al bajar a chorros por las bocas de metro desborda los colectores. Para que la isla no se inunde tiene que ser drenada continuamente por su cuatros costados. A veces parece como si la ciudad tuviera un responsable de mantenimiento chapucero que se dedicara a arreglar todas las averías parcheando aquí y allá. Para una mentalidad europea es milagroso que la ciudad resista sin más contratiempos de los que hay.

Nueva York está decrépita, y el metro es un buen ejemplo de ello. La sensación que provoca en el visitante cuando realiza su primera excursión subterránea es la de aturdimiento: del gran túnel negro entran y salen trenes que más que deslizarse por los cuatro carriles parecen acuchillarlos literalmente, tal es el ruido que hacen a su paso; por las vías negras corretean esas ratas suburbanas que han encontrado allí el hábitat soñado. El visitante las señala y se asusta. El neoyorquino asiste sin perturbarse a eso y a casi todo. Se puede distinguir a un residente de un forastero en la forma de mirar ese sorprendente espectáculo humano que el metro ofrece gratuitamente con la famosa Metrocard, el bonotransporte. Deslizas la Metrocard por la rendija y es como si hubieras pagado la entrada para la gran comedia humana. No se trata solamente de la diversidad racial, a la que uno puede asistir en otras ciudades; es algo más: el metro neoyorquino acoge a los locos urbanos, a mendigos sorprendentes, a buenos músicos que han de pasar examen para tocar en los andenes, a músicos falsos que se cuelan y aporrean las guitarras cantando corridos, a predicadores bíblicos, a una mendiga que se hace elegantísimos trajes de noche con bolsas negras de basura, pero, sobre todo, el metro es el lugar donde la segregación, tan poderosa incluso en Nueva York, se resquebraja. Pobres, ricos, viejos, adolescentes, negros, blancos, de Nueva Jersey, del Bronx o del Soho han de verse las caras bajo tierra. El metro es el elemento cohesionador de una ciudadanía acostumbrada al transporte público, que alquila un coche si es que quiere ir al campo.

Dado el continuo aluvión de viajeros que entran y salen de los vagones, se puede decir que el metro de Nueva York es un lugar seguro; es precisamente la presencia de la gente la que hace difícil que uno se encuentre en una situación arriesgada. Sobre estos asuntos escribió una mujer llamada Jane Jacobs un ensayo imprescindible en defensa de la vida ciudadana a principios de los sesenta. Curiosamente, no era una experta en urbanismo, ni arquitecta, ni ingeniera, ni política. Jane Jacobs fue una activista, vecina del Village, que se dedicó a observar la vida urbana. Y cómo lo hizo. La visión de Jacobs fue tan perspicaz que su libro, Vida y muerte de las grandes ciudades americanas, se convirtió de inmediato en la más poderosa respuesta intelectual a la tendencia de los grandes arquitectos a detestar la vida peatonal. Ellos habían fijado la fecha de caducidad de la vida de los barrios del centro a favor de espacios completamente acotados: el de ocio, el de trabajo y la vivienda. Jacobs despertó muchas conciencias; hay quien dice que el libro causó tal impacto que salvó en gran parte al Village de la garra de los especuladores. Los ciudadanos se movilizaron para defender la vida de las calles pequeñas, su esencia. Este libro, casi un manifiesto en contra de la segregación, se publicó en 1961, pero su mensaje se actualiza cada vez que en una ciudad se construye un barrio con el único objetivo de enriquecer a sus promotores, sin tener en cuenta la necesidad de relación que tendrán sus futuros habitantes. El texto de Jacobs habla de las aceras, pero sus conclusiones son extrapolables a la vida subterránea. El metro sirve porque es seguro; el metro enlaza unas realidades sociales con otras, es un arma contra el aislamiento; el metro permite vivir sin la esclavitud del coche, que ha destrozado ciudades como Miami o Los Ángeles. Su habitabilidad va pareja a la de las calles que tiene encima. Cuando en los años setenta y ochenta Nueva York era una ciudad a punto de tirar la toalla por el altísimo nivel de peligrosidad, el metro acusaba la misma realidad. El cine documentó aquel tiempo en el que todas las paredes de los vagones estaban inundadas de graffitis. Es el metro de la persecución de French Connection o la de aquel jovencísimo Travolta viajando de Brooklyn a Manhattan en Fiebre del sábado noche. Hay quien dice que Nueva York ha perdido su sabor, su esencia, que es ahora una especie de Venecia turística. Probablemente, los que lo dicen no han vivido nunca el desasosiego de la inseguridad. Sentir nostalgia de aquel metro inquietante es un tópico que suelta con relativa frecuencia ese tipo de gente relacionada con la cultura que suelta lugares comunes ignorando que lo son.

Yo me monté por primera vez en el metro neoyorquino en 1991. Ya era un lugar seguro, y aun así me alarmó la violencia del ruido y la visión de ese arca de Noé que transportaba a todas las especies posibles dentro de la humana. Han pasado casi dieciséis años, pero aún hoy cuando deslizo el filo de mi Metrocard sé que estoy pagando por algo más que el transporte. No es un sentimiento de forastera; al neoyorquino (que mira aunque no lo parezca) le ocurre igual. Cada vez que te encuentras con alguien es raro que la conversación no empiece con un: "¿Sabes lo que me ha pasado hoy en el metro?". Son historias que animan conversaciones, que inspiran cuentos o canciones. Una de esas historias, ya legendaria, se me viene a la cabeza: la figura triste de Charlie Parker en 1954, tras la muerte de su hija, tomando el metro para dejarse llevar a cualquier sitio, como uno de esos mendigos que dormitan recorriendo la ciudad, como ese hombre muerto del que los pasajeros, durante días, pensaban que estaba dormido.


Lorca, en Chinatown
Cuatro cosas tiene el hombre que no sirven en la mar: ancla, gobernalle y remos,y miedo de naufragar.
Antonio Machado

Uno de los poetas elegidos para ilustrar los vagones durante el centenario del metro fue Antonio Machado. Quien esto escribe leía con emoción estos versos cada mañana en mis viajes de norte a sur.El metro de Nueva York es el más extenso del mundo. Cuenta con 468 estaciones y funciona 24 horas al día los siete días a la semana. Aunque es conocido como el Subway, casi un 40% de su recorrido transcurre en la superficie, en raíles elevados, acueductos o puentes. Este año, el alcalde ha inaugurado las obras de la nueva línea que descongestionará la parte Este de la ciudad. El metro es, sin duda, uno de los elementos más significativos de Nueva York. Toda una cultura popular gira en torno a su poderosa presencia. Del metro han escrito los neoyorquinos y los visitantes. En 1929, Lorca escribe una carta a sus padres en la que cuenta la excitación que le produce equivocarse de parada y aparecer en Chinatown. El paso de este siglo ha quedado inmortalizado por la fotografía, desde los conmovedores retratos que hiciera Walker Evans en 1938 hasta los que hoy día siguen realizándose clandestinamente. La ropa y las costumbres han cambiado, pero hay un gesto común de ensimismamiento y cansancio que iguala a los pasajeros de todas las épocas.

Elvira Lindo

El día en que todos fuimos Miguel Ángel Blanco

El día en que todos fuimos Miguel Ángel Blanco


Hoy se cumplen 10 años del secuestro y posterior asesinato del concejal del PP en Ermua, que unió a España contra el chantaje de ETA

Un reportaje de José Luis Barbería...


Son las cuatro de la tarde en la vaguada del barrio de Azobaka (Lasarte), el lugar en el que el 12 de julio de 1997, a esta misma hora, ETA asesinó al concejal del PP de Ermua (Vizcaya) Miguel Ángel Blanco e hizo estallar en llanto y rabia a millones de españoles. Aunque han pasado 10 años, quienes conozcan a fondo la historia no podrán adentrarse en este espacio sin experimentar la turbación que conlleva aproximarse al punto exacto en que se consumó la tragedia.

Se comprende que Consuelo Garrido, la madre de Miguel Ángel Blanco, encontrara aquí cierta paz, la del camposanto, el día que quiso visitar la última tierra hollada por los pies de su hijo. Pero no es posible permanecer en este lugar sin preguntarse cuánta fue la angustia del condenado, qué pensó cuando le sacaron del maletero, maniatado y vendado de ojos y boca, qué sintió al pisar la hierba y notar el roce de las zarzas, qué olores, qué sonidos, penetraron en su cerebro. En esta corta ladera arbolada sin nombre, el rumor del tráfico de la autopista Bilbao-Behobia, invisible desde la hondonada, es tan intenso a las cuatro de la tarde que hay que cerrar los ojos y concentrarse en la escucha para percibir el murmullo del agua de la regata Oztaran que discurre a pocos metros del lugar del asesinato.

No hay placas, esculturas o crucifijos -la modesta cruz de palo que ensamblaron algunas manos en su día fue eliminada por los amigos de los asesinos-, pero alguien ha grabado la señal de la cruz sobre la corteza del roble a cuyo pie Miguel Ángel Blanco fue abandonado, moribundo, cumplidas puntualmente las 48 horas que ETA dio al Gobierno para que acercara a sus presos a Euskadi.

Los terroristas ejecutaron aquí el experimento del chantaje emocional masivo más depurado, y depravado, de su historia. Se trataba de hacer que España entera se identificara con una víctima propiciatoria: un chico joven, hijo de inmigrantes gallegos, buena persona y concejal de una pequeña población obrera. En línea con lo establecido en la "ponencia Oldartzen (acometiendo)" de "socializar el sufrimiento", se trataba de que todas las gentes de bien comulgaran con la persona de Miguel Ángel Blanco, le transfirieran sus sentimientos más nobles y se colocaran mentalmente en su lugar. Se trataba de llevar al conjunto de la población española al banco de pruebas de un chantaje inhumano con desenlace inminente, comprobar si podían dividirla y sojuzgarla, y luego matarnos a todos un poco con esos dos tiros en la cabeza que acabaron con la vida de su rehén.

"Amatxo (mamá), si a mí me pasara algo así, yo prefería que me mataran", comentó Miguel Ángel, en vísperas de su secuestro, ante las fotografías de prensa que mostraban el rostro cadavérico de José Antonio Ortega Lara, liberado por la Guardia Civil tras haber padecido un cautiverio de 532 días en uno de los zulos, "ataúdes vivientes", que ETA reserva a sus rehenes.

"Miguel era un chico muy nervioso y activo, bastante extrovertido. Contaba chistes con frecuencia y tenía un carácter fuerte, de esos que perseveran en los objetivos. Le gustaba tanto la música [era batería del grupo Póker, con el que amenizó algunas bodas, y admirador rendido de Héroes del Silencio] que la anteponía a sus estudios", comenta su hermana, Marimar.

Según reza la sentencia de la Audiencia Nacional dictada el pasado año, el 10 de julio de 1997, después de comer en su casa, Miguel Ángel Blanco Garrido, de 29 años, licenciado en Empresariales y concejal del PP de Ermua, cogió el tren de las 15.20 horas para volver a su trabajo en la empresa Eman Consulting de la vecina Eibar. A las 15.30, nada más salir de la estación, fue abordado por Irantzu Gallastegi Sodupe, Amaya y Nora, y conducido hacia un vehículo de color oscuro estacionado en una calle adyacente que también ocuparon Francisco Javier García Gaztelu, Txapote y Jon, y el (después) fallecido José Luis Geresta Mujika, Oker. Tres horas más tarde, ETA telefoneó a su radio amiga, Egin Irratia, para comunicar que Miguel Ángel Blanco sería ejecutado si el Gobierno no trasladaba a sus presos a las cárceles del País Vasco antes de las cuatro de la tarde del sábado 12 de julio.

Un escalofrío recorrió la geografía española, a medida que la noticia se propagaba por los hogares, los centros de trabajo, los bares, las calles. El nombre del joven concejal de Ermua saltaba de boca en boca, incluso entre personas desconocidas que esperaban el autobús, que coincidían en un ascensor, como si todos y cada uno de los habitantes de España estuvieran personalmente concernidos. Miguel Ángel Blanco parecía irremisiblemente condenado, no sólo porque semejante chantaje resultaba inadmisible para el sistema democrático, sino también porque, como sabía perfectamente ETA, tampoco había tiempo material para que en el plazo de 48 horas el Gobierno, cualquier Gobierno, pudiera llevar a cabo una operación de la envergadura administrativa y judicial que requiere el traslado de cuatro centenares de presos.

Todo el mundo quería hacer algo para salvar la vida del secuestrado y el ejemplo lo dio el mismo pueblo de la víctima. Si Ermua pudo dar ese ejemplo, fue también porque desde tiempo atrás su Ayuntamiento venía aplicándose a la tarea de contestar a la lógica de la intimidación y el miedo articulando una respuesta social y política al terrorismo. A la media hora de difundirse la amenaza de ETA, los vecinos, movilizados a través de altavoces por la guardia municipal, ya ocupaban las calles, ya gritaban "Todos somos Miguel Ángel", ya mostraban en alto sus manos desnudas, desarmadas, manos de trabajadores y de estudiantes, de amas de casa y de jubilados.

El ejemplo cundió rápidamente por toda España. "Si somos muchos, no se atreverán, no tendrán la desvergüenza, el cuajo, la impudicia, de matarlo", se decía el pueblo, que desfiló un día sí y otro también en los municipios españoles. ¿Un millón de ciudadanos serían bastantes, dos millones, tres millones? Se calcula que seis millones de españoles salieron a la calle durante el angustioso compás de espera colectivo de aquellas 48 horas.

El tiempo pasaba lentamente porque todo el mundo se mimetizó afectiva, emocionalmente, con el secuestrado. Después de tantos años de atentados tremendos, los españoles se habían acostumbrado a encajar el impacto de las muertes fulminantes del tiro en la nuca y el coche bomba, pero no a la ansiedad que produce la agonía programada, ni a la impotencia de comprobar que toda la esperanza estaba en manos de unos sujetos con poder sobre la vida y la muerte. Si el primer día el clamor de libertad emplazó a los terroristas en términos casi respetuosos -Marimar Blanco les decía ante los micrófonos y las cámaras que todo se puede arreglar con buena voluntad-, el segundo dio paso a manifestaciones esporádicas de ira, rotos ya los diques emocionales por la espiral de la tensión. Algunos manifestantes pusieron cerco a las sedes de Batasuna -"¡asesinos, sin pistolas no sois nada!"-, pero incluso en ese momento los amigos de los terroristas contaron con la contención ejercida por otros manifestantes, más templados, que impidieron agresiones físicas y ataques: extintor en mano, el alcalde de Ermua, Carlos Totorica, evitó el incendio de la sede batasuna en su municipio. Y con la segura protección de la Ertzaintza y de la Guardia Civil. "No les protejáis, que luego os matarán", les gritaban los manifestantes a los policías. La gente se abrazaba a los ertzainas y éstos se quitaban el verduguillo y mostraban sus rostros, como si el encuentro entre ciudadanos y policías anticipara el final del miedo vasco.

Ahí, en la ocupación del espacio público abandonado por los huidizos militantes de Batasuna, nacieron el espíritu de Ermua, el Foro Ermua y Basta Ya, la vigorosa reacción ciudadana que marcaría la última década de la lucha contra ETA. Y también, el miedo del nacionalismo institucional vasco a ser desbordado por una oleada de indignación popular que reclamaba otra política, otra estrategia antiterrorista. El miedo a perder el poder y a entrar en una dinámica de confrontación directa con ETA hizo reverdecer en el PNV y EA la vieja tentación del pacto nacional abertzale, consumado posteriormente con el concurso de la IU vasca, en el acuerdo de Estella-Lizarra, que consagraba la exclusión de los no nacionalistas.

"Este tipo de ekintzas (atentados) hay que valorarlas a un año vista", comentó Txapote durante la charla que, meses después del asesinato, mantuvo con el colaborador del comando y ex concejal de Batasuna de Ermua, Ibon Muñoa, que les había alojado en su casa mientras preparaban el secuestro y les había facilitado placas de matrícula falsificadas, además de prestarles su propio vehículo. "Los contactos con el PNV fueron más fáciles que nunca después de la acción contra Miguel Ángel Blanco", escribió ETA en su boletín interno Zutabe.

Convocadas por Gesto por la Paz y por algunas órdenes religiosas en Euskadi y en otras muchas poblaciones del resto de España, la noche del 11 de julio decenas de miles de personas velaron la angustia general rezando a Dios e implorando a ETA. Rezaba el Papa y la madre de Miguel Ángel Blanco: "Virgen mía, cuídamelo, que ahora está en tus manos y ya es tuyo"; rezaba y lloraba el pueblo de Ermua. España entera oraba, cada uno a su manera, aunque no fuera a dios alguno. Que no amanezca, que no llegue el alba, que se congele la noche, que la piedad prenda en el corazón de piedra de los terroristas, rezaban mentalmente en euskera y en español, en catalán y en gallego, las buenas gentes reunidas en la vigilia de la noche de las velas.

Como dijo el fiscal de la Audiencia Nacional en el juicio celebrado el año pasado, "pocas veces un asesino ha tenido tantos motivos para no llevar a cabo el asesinato. Resulta inexplicable no haber oído el clamor de una sociedad que reclamaba clemencia. Los gritos debieron oírse en todo el País Vasco, incluso en la bajera donde permaneció secuestrado Miguel Ángel Blanco". Claro que, entretenidos como estaban en la animada charla de sonrisas que mantenían en el banquillo de los acusados, Txapote y Amaya (Irantzu Gallastegi) tampoco pudieron escuchar las palabras del fiscal. La piedra en el corazón y el cemento en el cerebro parecían intactos nueve meses después de haber cargado con el peso de la muerte de Miguel Ángel Blanco.

El alba del 12 de julio de 1997 llegó y con ella la sensación de que todo estaba decidido, porque la policía no tenía rastro alguno del comando y porque Batasuna no había mostrado el mínimo atisbo de piedad. "No le matéis", titulaba a primera plana un periódico, imploraban cientos de organizaciones y asociaciones, pedían los criminales en las cárceles. A las 4 de la tarde del 12 de julio, España entera contuvo el aliento. "¿Cómo voy a comer si están matando a mi hijo?", decía Consuelo Garrido.

Cuando los relojes dieron la hora, no pocos españoles creyeron oír los disparos y hasta sintieron el impacto de la bala en la nuca. No así, por lo visto, los vecinos que habitan las casas más próximas al lugar del asesinato, en la loma de la vaguada del barrio de Azobaca. De hecho, Miguel Ángel Blanco fue encontrado, casualmente, a las 16.40, por un grupo de perros del vecindario que habían sido soltados en la zona para que se bañaran en la regata Oztaran. "Perdimos de vista a los animales cuando nos acercábamos a ese paraje y como les llamábamos y les llamábamos y no obedecían, nos pusimos a buscarles. Los encontramos allí, junto al cuerpo de un chico joven que parecía dormido", contaron los dueños de los perros.

El concejal de Ermua estaba tumbado boca abajo, tenía las manos atadas por delante con un cable eléctrico y un zapato fuera. Respiraba todavía. Durante unas horas, pareció que el milagro se había realizado. "Tiene una herida en la cabeza, pero es superficial", le comunicó una ertzaina exultante de alegría a la hermana de Miguel Ángel Blanco. La gente recuperó el aliento, pero el respiro duró poco porque, como constataron rápidamente los médicos, la realidad era muy diferente. El joven vasco tenía alojado en la cabeza un segundo proyectil que había destruido centros vitales de su cerebro. Su estado era prácticamente irreversible.

Murió a las tres de la mañana del 13 de julio, aunque los médicos y la dirección del hospital tardaron casi dos horas en certificar y comunicar el fallecimiento. Nadie quería dar carta de naturaleza a noticia tan desgraciada. Las gentes besaban la fotografía de Miguel Ángel Blanco, que poblaba, omnipresente, las calles, y escribían sobre ella palabras hermosísimas cargadas de amor y de tristeza, y también de determinación. España tenía el corazón roto y los ojos enrojecidos. Fue un asesinato a cámara lenta que provocó la catarsis ciudadana, el llanto y quebranto de la nación de las personas de bien, la explosión de las emociones más puras y la forja de una renacida voluntad por acabar con esos sujetos tan despiadados.

El calvario imaginado se confirmó enseguida, a la vista de las uñas ensangrentadas y de la acusada deshidratación de la víctima. Porque Miguel Ángel Blanco exudó enormemente durante su secuestro, sudó lágrimas, pero, sobre todo, sudó el miedo y la angustia del que se sabe condenado a muerte. Desde el lugar en el que se consumó el crimen, es fácil suponer los movimientos de los terroristas. Cumplida la hora, los asesinos debieron de sacar a Miguel Ángel de su lugar de cautiverio, situado probablemente en el mismo municipio de Lasarte o sus proximidades, y lo trasladaron en coche por la pista forestal que serpentea junto a la regata Oztaran y comunica con la vecina Urnieta. Detuvieron el vehículo a pocos cientos de metros del casco urbano, sacaron del maletero al concejal y después de caminar con él unos pasos ladera abajo, le dispararon por la espalda dos tiros en la cabeza.

Según los hechos probados en la sentencia dictada por la Audiencia Nacional el 30 de junio del año pasado, Irantzu Gallastegi permaneció dentro del coche en actitud vigilante, mientras José Luis Geresta sujetaba a Miguel Ángel Blanco y Txapote realizaba el primer disparo. "¿Estaba consciente la víctima cuando recibió el segundo tiro?", preguntó el fiscal a los médicos que practicaron la autopsia. "Entendiendo la consciencia como un estado de alerta, sí", contestaron. Con el primer disparo, Miguel Ángel Blanco perdió el equilibrio e hincó sus rodillas en tierra, pero continuó erguido. Seguramente, también él intentó echarse las manos a la cabeza o levantarlas al cielo implorando clemencia, mientras esperaba el tiro de gracia. Durante el juicio, la madre de Miguel Ángel Blanco no pudo apartar la vista de las manos del asesino.

José Luis Barbería

Fundación Miguel Ángel Blanco

29 Jornadas Educativas de centros jesuitas

La Compañía de Jesús en España se plantea, por coherencia evangélica, aumentar el número de inmigrantes en sus centros


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Las próximas jornadas educativas de los colegios jesuitas de España tendrán como tema central “Misión educativa e inmigración” y en ellas se reflexionará sobre los retos que la inmigración en nuestro país está planteando con urgencia a la educación, en general, y en concreto, a los centros educativos jesuitas. Uno de estos retos es el aumentar el número de inmigrantes en los centros. Del 9 al 12 de julio, directores y profesores participarán, este año en Granada, en estas jornadas que se celebran anualmente.

El Provincial de España de la Compañía de Jesús, Elías Royón, S.J. ya dejó claro, en la última asamblea de directores de Centros (septiembre 2006) que la inmigración interpela al actual sistema educativo jesuita a reflexionar sobre “nuestro compromiso, como educadores, con la inmigración”. Considera Royón que: “Nuestros Centros educativos, no pueden permanecer ajenos al fenómeno de la inmigración y a sus consecuencias de ser factor de cambio hacia una sociedad cada vez más multicultural”. Así, señala como uno de los retos, la sensibilización: “es un auténtico reto a la solidaridad de todos, para la que hay que formar a nuestros alumnos y sensibilizar a sus familias con el sufrimiento de cientos de miles de personas que viven tan cerca de nosotros. Un sentimiento de compasión y solidaridad que debe traducirse en ayuda material, acogida humana, vivienda, sanidad, un trabajo digno y justamente remunerado, etc”. Pero, añade que el fenómeno de la inmigración “no puede quedarse reducido a la compasión y solidaridad”, porque “hablar de inmigración es hablar de integración” a pesar de las dificultades que esto supone. En este camino de sensibilización e integración, considera una responsabilidad el “educar a nuestros alumnos y alumnas para ‘saber vivir juntos’ en una sociedad cuyo horizonte debería ser la interculturalidad”. Pero, se pregunta “¿Será posible educar para esta convivencia plural sin que esa pluralidad se halle presente en los mismos Centros?”

Analiza también el Provincial de España cómo al haber asumido la Compañía de Jesús como una de sus prioridades apostólicas la inmigración “el fenómeno inmigratorio, nos interpela de un modo particular, como escuela (…) La educación ofrece esperanza a los inmigrantes: una esperanza que les abre al futuro, en cuanto es fuerza de integración y desde donde pueden aprender a desarrollar su personalidad”. Y por ello concreta que los centros SJ deberían incluir no solo la atención a la “diversidad como desigualdad”, sino también como “pluralidad cultural”. Señala Royón, como otro reto “eclesial de primer orden”, el factor religioso: “Un coeficiente importante de la inmigración es de origen latinoamericano y de países de la Europa del este; tenemos pues una responsabilidad de cara a las familias católicas de estos flujos migratorios, para evitar una descristianización, como la acaecida en España en el éxodo rural de hace treinta o cuarenta años. Preocupación por los alumnos católicos procedentes de la inmigración que deben ser compatibles con la atención a la diversidad religiosa que comporta una escuela abierta a todos”. En consecuencia, con todas estas reflexiones, el Provincial de España se pregunta “si no deberíamos disponernos a iniciar un proceso de reflexión sobre las posibilidades de acoger en nuestros Centros un mayor número de alumnos de los colectivos que constituyen la inmigración. Una reflexión acompañada de un proceso de sensibilización, e, hipotéticamente, de una decisión, que por coherencia con los objetivos evangélicos y el sentido del ‘magis” ignaciano que motiva y fundamenta nuestra misión educativa, debería completar y profundizar lo que ya hacemos y aquello que las Administraciones, estatal y autonómicas, han establecido en esta materia”.

Este reto, que sin lugar a dudas, plantea numerosas dificultades no es para la Compañía de Jesús algo nuevo porque ya existen centros SJ con experiencias consolidadas en este campo y donde una parte importante del alumnado procede de la inmigración. En ellos se han elaborado y aplicado muy buenos programas de atención a la diversidad y a la multiculturalidad, que han recibido merecidos elogios. Veánse como ejemplos: el St. Pere Claver de Barcelona donde la mitad de los alumnos (un 49,58 %) son inmigrantes; el Centro de Formación Padre Piquer en Madrid, con alumnos de más de 20 nacionalidades distintas y con un porcentaje de inmigración del 31% en Secundaria; todas las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia (SAFA) de Andalucía con un total de 419 alumnos y donde destaca la SAFA de Málaga con 115 alumnos extranjeros de 20 nacionalidades distintas; o las Escuelas San José de Valencia que destacan por su gran oferta (hasta 13 grupos) de atención a la diversidad.

Jornadas
Este análisis previo del Provincial de España será el telón de fondo de estas jornadas en las que, junto con la reflexión, el diálogo, la realización de diversos talleres, y la escucha de testimonios de inmigrantes, se escucharán las siguiente ponencias:

-“La escuela ante una sociedad multicultural”, por Ximo García Roca.
-“El profesor y la inmigración. Retos en la enseñanza y en la tutoría”, por María García Amorena y Gema Etxezuri Malo.
-“La inmigración y la misión educativa de la Compañía”, por José M. Margenat, S.J.
-“Educar para la convivencia intercultural e interreligiosa: Pentecostés frente a Babel”, por Julio Martínez, SJ.
-“La inmigración en el modo de proceder de un centro educativo de la Compañía de Jesús”, por Fernando de la Puente, S.J.

Compañía de Jesús

"España pinta poco aquí"

"España pinta poco aquí"


La democracia ha quedado en suspenso en Ondarroa. Los ediles, menos el del PP, no han tomado posesión por el miedo y las presiones


España es algo ajeno, un imperativo legal, para la mayoría de los 9.800 habitantes del puerto pesquero de Ondarroa, que habla euskera, piensa en euskera, baila el aurresku y resume sus aspiraciones en la pintada del dique fluvial con letras gigantescas: "Autodeterminazioa".La democracia fue secuestrada en este municipio vizcaíno porque 12 de los 13 concejales electos, todos vascohablantes, no recogieron sus credenciales al no soportar el hostigamiento de ANV, que reclama la alcaldía, sus concejales y la independencia de Euskadi. Este partido niega haber secuestrado la democracia porque, sencillamente, rechaza la legalidad española. "Aquí lo que se ha usurpado es la voluntad del pueblo vasco", subraya un militante, aparentemente afable.

-Hombre, pero apoyar a ETA, que mata y...

El periodista es abruptamente atajado: -¿Tú eres de Madrid, o qué?

Germán López, elegido concejal en la lista del Partido Popular, es el único de los 13 ediles que ha recogido su credencial para ejercer su cargo en el Ayuntamiento de Ondarroa. Vive en Bilbao y casi le parten la crisma cuando entró en el consistorio. "Me llamaron de todo: ¡fascista! ¡asesino! Lo de siempre". ANV reclamó como propios los 2.195 votos nulos, que traducidos en válidos hubieran supuesto la mayoría absoluta. La formación abertzale ya había anticipado sus intenciones antes de la jornada electoral: pidió, por escrito, al PNV, EA y EB que renunciaran a sus escaños al ser obtenidos en una consulta "antidemocrática". Y sobrevolando todo, incluido el ánimo del nacionalismo moderado, el regreso de ETA, el miedo al terrorismo.

"Lo que ha pasado en Ondarroa no había pasado nunca, ni tan siquiera cuando se aplicó la Ley de Partidos hace cuatro años y Herri Batasuna no estaba legalizada. Estamos peor que entonces", dice Antonio Basagoiti, presidente del PP en Vizcaya. "La reacción de la gente del PNV la comprendo personalmente porque viven en el pueblo, donde la presión de los batasunos y del entorno de ETA es muy dura", agrega. Pero desde el punto de vista político, no la entiende. "El PNV tenía que haber sustituido a los concejales porque es legal", agrega Basagoiti. La ley autoriza la sustitución de cargos públicos bajo amenaza terrorista por relevos de otras localidades. "Yo espero que esto sirva para que el nacionalismo comprenda por qué ponemos paracaidistas, de Bilbao o de donde sea, en los pueblos donde tenemos votantes: porque les hacen la vida imposible".

La ecuación del conflicto desencadenado en el bastión nacionalista es ésta: prohibidas las listas de ANV por los tribunales, el Partido Nacionalista Vasco obtuvo 1.720 votos y nueve concejales; Eusko Alkartasuna, 347, y dos ediles; Ezker Batua Berdeak-Aralar, 194 votos y un concejal, y el PP, 191 sufragios y un edil.

El ayuntamiento trabaja casi de oficio. Hasta el nombramiento de un sustituto, el alcalde en funciones, Aitor Maruri (PNV), despacha los asuntos pendientes. Elude a la prensa. No quiere hablar. Tampoco el resto de concejales. "La situación es muy delicada y tratamos de desactivarla. No conviene que hagan declaraciones", justifica, desde Bilbao, un portavoz de la dirección peneuvista. El activismo de los independentistas es incesante y ubicuo. Carteles, textos, convocatorias y fotografías de presos de ETA nacidos en el municipio cubren las calles de Ondarroa y la empinada cuesta hacia el edificio municipal, coronado por la pancarta más visible del pueblo: "Euskal Presoak, Euskal herrira [Los presos vascos, al País Vasco]".

"Aquí seguimos trabajando, pero, claro, no es lo mismo", comenta el secretario del ayuntamiento, Agustín Olavarrieta. "No podemos abordar cosas nuevas. Estamos preparando las fiestas de agosto y contratando pero, quién sabe, igual a los nuevos se le ocurre traer a la Pantoja", ironiza. El desasosiego de un funcionario es de índole económico-laboral: "Imagínese que no nos pagan la paga extra de este mes".

El bloqueo del consistorio apenas distrae la rutina vecinal, ni el peloteo de cuatro chavales en el frontón contiguo al Ayuntamiento, cerca del río Artibai, que forma una marisma a la entrada del pueblo. Discretamente, sin identificarse como periodista de este diario, sino como pelotari aficionado, es posible acercarse a un espectador septuagenario y a las causas de su desafección con España:

- Yo vivo en Madrid y la verdad es que allí no se juega mucho a pelota vasca.

- Sí, en España no hay afición.

- Quien venga aquí de afuera, lo tiene difícil ¿eh? Las calles sólo están rotuladas en euskera y no en español.

- Es que España pinta poco aquí.

- ¿Y eso?

- No hay tradición. El franquismo nos castigó mucho. Y le voy a dar otra razón: tengo un conocido al que reventaron un riñón en una comisaría de Madrid.

- Pero eso sería con la dictadura.

- Bueno, vaya usted a saber...

La ofensiva abertzale contra su exclusión de las municipales, y contra los concejales participantes, ha sido dura e intimidatoria. Pasquines en las mejores fachadas y en las callejuelas más angostas publican los nombres y apellidos de las listas legales, junto a la bandera española, y las ilegalizadas de ANV, enaltecidas por la ikurriña: traidores frente a patriotas.

Varios plenos de la pasada legislatura debieron celebrarse a las ocho de la mañana, a escondidas. No pocas familias nacionalistas sólo hablan de la nefasta liga de la Real Sociedad y del Athletic de Bilbao, o de la importación del besugo de Tarifa, para no debatir, y reñir, discrepando sobre ANV, ETA o las amenazas. La marea nacionalista, social y política, arrincona a los españoles que se sienten españoles, apenas visibles, casi todos votantes, de tapadillo, del PP y del PSOE. Son mayores, marineros algunos del Canarias, el buque insignia de la Flota Nacional durante la Guerra Civil; inmigrantes gallegos otros, pescadores en los años del auge de capturas, vasco-españoles los demás. La mayoría votó por Germán López.

"Me molesta la imagen que damos. No es buena para el negocio", dice la dueña de un restaurante, votante del PNV. La última resolución del sindicato ELA, mayoritario en Euskadi, subraya sin ambages la esencia de su ideario: "Desembarazarse de la tutela de esta España hosca y autoritaria no es una de las menores razones para querer ser un pueblo soberano".

La presencia de España es menguante. Cuatro años atrás, cerró la casa cuartel de la Guardia Civil, y el 14 de mayo de 2003, Rosa Díez, cabeza de lista del PSOE en Ondárroa en aquellas municipales, experimentó la orfandad del constitucionalismo. Prácticamente la sacaron en volandas después de un mitin. Su amigo Carlos Martínez Gorriarán, filósofo e historiador, portavoz de Basta Ya, solidario acompañante en la plazoleta del desamparo, reseñó lo ocurrido: Veinte escoltas, una docena de afiliados socialistas, dos concejales y un parlamentario autonómico acudieron al acto de la socialista, "pero ni un solo vecino de Ondarroa". Díez no consiguió el escaño.

El batzoki, la sede social del PNV, también aguanta lo suyo. La bandera vasca, almidonada a huevazos, ondea en la puerta de entrada y una pedrada quebró la cristalera superior. "Ya la pagará el seguro. ¿Para qué la vamos a cambiar si la van a romper", dice el cantinero del local. "Por aquí, todo tranquilo. Ya lo ve, trabajando". "¿Tienes la acreditación de periodista?", pregunta otro. La permanente desconfianza hacia el desconocido. ¿Será acaso policía?

Los primeros de la lista de ANV, Unai Urruzunu y Loren Arkotxa, ex alcalde (1999-2003) encarcelado por Garzón hace cuatro años, también se encuentran trabajando, cuando se pregunta por ellos, en la herriko taberna del pueblo, un parque temático del graffiti independentista. La atiende una risueña chavala independentista, que pide la tarjeta al periodista "para que te llamen". No llamaron.

Las posiciones de ANV-HB, no obstante, son bien conocidas. El repliegue de los concejales les pareció correcto. "Mantienen abiertas las puertas del Ayuntamiento para formar un consistorio de acuerdo a la voluntad popular", declaró Urruzunu. Pero el enconamiento de la voluntad popular es, en ocasiones, descorazonador.

- ¿Tiene hora, por favor?

- Arratsaldeko ordu bat erdiak dira [la 1.30 de la tarde]".

- Perdone, pero no entiendo euskera.

- Pues aprende.

Juan Jesús Aznárez

Buenos días, España

Buenos días, España

NO inventó las mañanas, ni la radio, ni las tertulias, pero las mañanas, la radio y las tertulias en España serían distintas sin él, sin la sacudida incontenible de su voz de vértigo que al alba da los buenos días al país con el brío, la pujanza y la energía de quien acaba de inaugurar el mundo. Lo ha hecho ya 9.999 veces a lo largo de treinta y cuatro años, y ese saludo que es ya una costumbre nacional tronará hoy desde Zaragoza en el aire del recién nacido verano con la emoción de una efeméride y el orgullo de un récord. Porque hoy el protagonista de «Protagonistas» se llama Luis del Olmo Marote, tiene 70 años y cumple diez mil programas contando nuestra historia contemporánea.

En esas tres décadas y media le ha blanqueado el pelo, se le ha ahondado la voz y le han salido canas en el alma, pero no le ha menguado un ápice el entusiasmo del primer día. Un tío que con su posición, su edad y su patrimonio se sigue levantando a las seis para trabajar es un ejemplo para esas generaciones de adolescentes que sueñan con ser funcionarios. Podría pasar el resto de su vida jugando al golf y mirando atardecer en Roda de Bará, convertido en un buda sedentario y mitificado como una leyenda de la comunicación española, pero lleva inoculado en la médula el veneno del periodismo, esa pasión insondable de navegar sobre la espuma de las noches y desembarcar cada mañana en la playa de las noticias, y la sangre le hervirá de rabia el día que tenga que poner la radio para enterarse de lo que pasa. Es de una raza aparte, una especie irreductible e ignífuga a la quemazón del tiempo, inmune a las rutinas, blindada contra el desencanto, el tedio y el desgaste.

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Ha pasado por casi todas las grandes cadenas, y en todas ha levantado el estandarte de la libertad. Ha dejado opinar a tirios y a troyanos, a obstinados izquierdistas y a derechistas montaraces; ha construido espacios de encuentro y ha marcado sus líneas de crítica sin insultar a nadie ni incendiar los amaneceres con soflamas sectarias. Es independiente, no neutral: ETA quiso matarlo ocho veces, y en alguna de ellas lo salvó el hilo delgadísimo del azar, pero no vive preso del rencor ni secuestrado por la amargura. Cuando se ha terciado ha bajado a las trincheras, pero nunca ha querido instalarse en ellas porque sabe que se humedecen los huesos y se anquilosa el espíritu. Hijo de la Transición, sigue creyendo en el consenso en medio de esta España banderiza; tiene piel de elefante y a estas alturas le resbalan los dogmatismos, las verdades absolutas y el adanismo de los que descubren ahora el mundo por el que él transitaba antes de que estuvieran puestas las calles.

Hace pocos años, a la edad en que otros se jubilan, se reinventó a sí mismo en una nueva aventura, la de Punto Radio, con la que hoy alcanza esta celebración que para él es sólo doblar por enésima vez el cabo de Buena Esperanza. No conoce el desaliento ni la quiebra. Mide casi dos metros, y su sombra viva de gigante se proyecta por la historia de la radio en España. Felicidades, Luis del Alma.

Ignacio Camacho

Refugiados, mares y muros

Refugiados, mares y muros

Entre los diez grandes problemas internacionales, nueve son continuamente tratados, desde el cambio climático a la pobreza extrema. Pero hay uno del que apenas se habla: los refugiados y desplazados. Quizás lo fagocita el debate migratorio. El 20 de junio, Día Mundial del Refugiado, recordamos a aquellos que huyen de guerras y persecuciones políticas, religiosas, étnicas o por su orientación sexual.

Con el crecimiento demográfico aumenta también el número de hombres y mujeres que se embarcan en un proceso migratorio: 191 millones en 2005 frente a 99 millones en 1980. Lejos de disminuir, las migraciones internacionales aumentan y aumentarán.

Sin embargo, el número de refugiados disminuye. Hoy hay 9,2 millones de refugiados en el mundo, la cifra más baja en los últimos 25 años. Más del 90% viven en países empobrecidos; un 60% son refugiados de larga duración: sudaneses, somalíes, o los 160.000 saharauis que desde 1975 sobreviven en Tindouf, en el Sáhara argelino. Cinco millones de palestinos llevan tres generaciones en el exilio.

Las causas que producen refugiados no han cambiado aunque su número haya descendido a escala global: hoy existen conflictos que provocan masivos desplazamientos forzosos; las violaciones de derechos humanos siguen y los regímenes sin credibilidad democrática persisten, en buena medida gracias al apoyo político de algunos países industrializados, y al respaldo económico (petróleo, minerales) de empresas multinacionales.

Sin embargo, las cifras de concesiones del estatuto de refugiado, motivadas por una más restrictiva interpretación de la definición de refugiado, también descienden. Entretanto se agudiza la crisis del derecho de asilo.

Los países ricos, obsesionados por reforzar su seguridad después del 11-S, frenan la llegada de inmigrantes "sospechosos" en detrimento del reconocimiento del derecho de asilo, un derecho que garantiza la vida de muchos. Cada vez son más los países que antes abrían sus puertas a los extranjeros y ahora las cierran.

Al descenso de refugiados se une el aumento de desplazados internos: en 2006 eran 25 millones los desplazados por causa de los conflictos que no pudieron cruzar las fronteras. Un caso crítico es Irak. A menudo son menos visibles: los medios de comunicación y las organizaciones humanitarias tienen menos acceso a ellos por razones de seguridad. No existen organismos internacionales que tengan el mandato de protegerles.

Dos son los principales desafíos ante la crisis del derecho de asilo: el primero de carácter legal, referido a la definición misma de refugiado contemplada en la Convención de Ginebra de 1951 y en la Ley de Asilo española de 1984. ¿Sigue respondiendo a la realidad después de 56 años? Cada vez hay más hombres y mujeres necesitados de protección internacional cuyas causas de desarraigo pueden no aparecer explícitamente en la Convención de 1951: eso podría llevarles a la desprotección. Una desprotección que puede encubrir graves injusticias. Ejemplo, las víctimas de los desastres naturales y del cambio climático. Más de 1.000 millones de personas viven bajo la doble limitación de la sequía creciente y la inestabilidad de los precios agrícolas, lo que agrava su pobreza. Si el proceso continúa, en 25 años más de 2.000 millones de africanos, asiáticos y latinoamericanos tendrán que dejar sus tierras.

Segundo desafío, político-policial. La tendencia a frenar los flujos migratorios en las fronteras de la Unión Europea a través de acuerdos con países terceros -la externalización de fronteras- genera nuevos sufrimientos. Y provoca un descenso en las solicitudes de asilo en toda Europa.

Las fronteras europeas son cada vez más impenetrables: algunas visibles como los muros de seis metros de doble alambrada en Ceuta y Melilla; otras menos visibles en el Atlántico. Miles de africanos que escapan de la miseria o la guerra quedan atrapados en Marruecos, Argelia o Libia. Allí los derechos de los refugiados no se garantizan, a pesar de que algunos países son firmantes de la Convención de Ginebra.Mostrando su documento de refugiado del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), un congoleño que huyó de su país y ahora vive en Rabat, pregunta: "Este papel no me protege de las expulsiones, ni me permite ir al hospital, ni mandar a mis hijos al colegio. ¿Para qué me sirve el estatuto de refugiado?". En este contexto, algunas actuaciones extraterritoriales pueden dar lugar a arbitrariedades: un caso reciente, el buque Marine I.

Si se blindan las fronteras, ¿cómo llegarán quienes necesitan protección internacional porque huyen de persecuciones o guerras y carecen de pasaporte porque su Gobierno es su agresor o les pide dinero a cambio?

El Gobierno español y la Unión Europea no pueden desentenderse de estos hombres y mujeres, ni de lo que ocurre detrás de sus fronteras. Hacen falta respuestas basadas en la inteligencia, el realismo y la justicia social. Algunas propuestas: actualizar la definición de refugiado de 1951; activar el mecanismo de protección temporal para los desplazados de guerra, hoy tan urgente para los iraquíes; garantizar el acceso al derecho de asilo a aquellos que son víctimas del cierre de fronteras, y, sobre todo, actuar sobre las causas que producen refugiados: miseria y opresión pueden desencadenar guerras y, por tanto, desplazamientos masivos.

Determinadas políticas occidentales -acuerdos comerciales, armas...- ayudan a desencadenar miseria y opresión. Un inmigrante marfileño que logró llegar a la isla canaria de Fuerteventura en un cayuco describía hace unos meses la guerra civil: "Mi país se partió en dos: el mundo debe saberlo. Miles de africanos viajan peligrosamente para salvar sus vidas".

Amaya Valcárcel es secretaria general de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR)