Blogia
cuatrodecididos

portadas

El club de los 'milloneuristas'


Los 541 altos ejecutivos de las empresas del Ibex cobran unos 900.000 euros anuales de media

Las principales empresas cotizadas españolas están en manos de una élite de 541 directivos cuyo sueldo medio ronda los 900.000 euros, según los datos que las sociedades han terminado de hacer públicos esta semana. Los directivos han tenido su premio por la buena marcha de las empresas, que han encadenado varios ejercicios de beneficios récord y fuertes revalorizaciones bursátiles. Eso les ha permitido en muchos casos superar el umbral del millón de euros de paga anual. Hay grandes diferencias, no obstante, entre quienes están en lo más alto de la cúpula, los consejeros ejecutivos, y el resto de los altos directivos. En el primer grupo están incluidos los presidentes y consejeros delegados de las compañías. Son un selecto grupo de 92 ejecutivos cuya retribución media es de algo más de dos millones de euros. Incluso dentro de ese grupo hay grandes diferencias. Los sueldos más altos corresponden al sector financiero, con el presidente del BBVA y sus 9,8 millones a la cabeza, seguido por el consejero delegado del Santander, Alfredo Sáenz (8,1 millones) y el del BBVA, José Ignacio Goirigolzarri (8,1 millones). Esas cifras no incluyen el aumento de compromisos para pensiones (otros 10 millones para González y Sáenz y 5,5 millones para Goirigolzarri), pero sí un bono trianual en el caso de los ejecutivos del banco vasco.

Tras ellos figuran el presidente y el consejero delegado de Antena 3, José Manuel Lara y Maurizio Carlotti, que se reparten 11,8 millones gracias sobre todo a un premio plurianual por los resultados y la evolución en Bolsa. Incentivos por resultados y por la evolución en Bolsa han hecho que se disparen los sueldos de los consejeros ejecutivos de Ferrovial (seis millones de media) y de Enagás (3,3 millones). El listón de los tres millones lo superan también los presidentes de Iberdrola y Endesa, Ignacio Sánchez Galán y Manuel Pizarro. Es posible que también lo supere el presidente de Telefónica, César Alierta, el único de los presidentes de las principales empresas por valor en Bolsa que no hace pública su retribución, pese a que un accionista, emulando la famosa pregunta a Rajoy, le interrogó por ello en la junta. Antoni Brufau, presidente de Repsol, ganó 2,8 millones.

La retribución de los consejeros ejecutivos se ha distanciado de la de los altos directivos que no son miembros del consejo. Este se trata de un grupo heterogéneo, pues la definición legal sobre qué es la alta dirección permite que haya grupos como Telefónica que consideren que sólo tienen cuatro directivos de primer nivel y otros, como ACS, que tienen 50. En total, la etiqueta la llevan 449 directivos del Ibex, que se reparten 295 millones, a una media de 658.000 euros. Si se tienen en cuenta tanto a consejeros ejecutivos como a altos directivos, la retribución total es de 482 millones a repartir entre 541 directivos: 891.000 euros de media, con un crecimiento del 27% frente al año anterior.

En todo caso, las empresas que mejor pagan a sus consejeros ejecutivos son también las que remuneran mejor a sus otros altos directivos. BBVA abonó 6,8 millones de media a los primeros y 2,36 millones a los segundos y el Santander 4,7 y 3,9 millones, respectivamente. Telefónica es la tercera en la que el sueldo de los altos directivos no consejeros supera el millón de euros de media.

El sueldo de los consejos
En conjunto, la retribución de los consejos de administración de las empresas del Ibex 35 creció un 30,9% en 2006, hasta 250 millones de euros, debido al tirón en el sueldo de los consejeros ejecutivos, que se repartieron tres cuartas partes del total: 186,8 millones. Los consejeros dominicales cobraron 23 millones; los independientes, 27 millones, y otros consejeros externos, 11,7 millones, siempre según los datos de los informes anuales de gobierno corporativo registrados en la Comisión Nacional del Mercado de Valores

Santander, BBVA, Ferrovial, Telefónica y Antena 3 tienen los consejos mejor retribuidos, mientras que Cintra y Colonial son las que menos destinan a remunerarlos. BBVA y Repsol, con más de 300.000 euros, son los que mejor pagan e Iberdrola son los que más pagan a sus independientes. En el Popular, hacen su trabajo gratis.

ElPaís

Yo soy 'mileurista'

El término mileurista surgió no de un estudio sociológico sino de una carta al Director de ElPaís...



EL PAÍS - Opinión - 21-08-2005

El mileurista es aquel joven, de 25 a 34 años, licenciado, bien preparado, que habla idiomas, tiene posgrados, másteres y cursillos. Normalmente iniciado en la hostelería, ha pasado grandes temporadas en trabajos no remunerados, llamados eufemísticamente becarios, prácticos (claro), trainings, etcétera. Ahora echa la vista atrás, y quiere sentirse satisfecho, porque al cabo de dos renovaciones de contrato, le han hecho fijo, en un trabajo que de alguna forma puede considerarse formal, "lo que yo buscaba". Lleva entonces tres o cuatro años en el circuito laboral, con suerte la mitad cotizados. Y puede considerarse ya un especialista, un ejecutivo; lo malo es que no gana más de mil euros, sin pagas extras, y mejor no te quejes.

El mileurista hace tiempo que decidió irse de casa, y gasta más de un tercio de su sueldo en alquiler, porque le gusta disfrutar de la gran ciudad. Comparte piso con más gente, a veces es divertido, pero ya cansa. "Yo en 30 metros me apañaría".

El mileurista no ahorra, no tiene casa, no tiene coche, no tiene hijos, vive al día. A veces es divertido, pero ya cansa. El mileurista ha ido a "Europa" este verano, en uno de esos vuelos baratos donde te hablan de tú, y ha dormido en un hostal joven (qué divertido). El mileurista ha pagado lo mismo por un café, incluso menos por la comida, que en su ciudad. Pregunta, investiga y allí los alquileres son parecidos, y piensa que España está ya al nivel europeo.

Pero lo malo es que se ríen cuando dice que gana "nine hundred and ninety seven euros".-

Carolina Alguacil - Barcelona

En África he conocido el poder de la dignidad

En África he conocido el poder de la dignidad

"En África he conocido el poder de la dignidad"

Sebastião Salgado (Minas Gerais, Brasil, 1944) viajó por primera vez a África en 1971 para trabajar como economista de la Organización Internacional del Café. Nace entonces su amor por la fotografía y por todo lo que ve en el continente africano. Abandona el mundo de los números y se convierte en reportero gráfico.

Con su inseparable Leika, ha visitado centenares de veces el continente africano retratando todo aquello que le llama la atención por su dignidad. Una selección de las fotografías tomadas en estos viajes se exponen a partir de hoy en la sala de exposiciones del BBVA en Madrid, dentro del programa PHotoEspaña 2007.

En 56 imágenes de gran formato, siempre en blanco y negro, Salgado ofrece emocionantes miradas sobre niños y mujeres recolectando té en Ruanda, sobre nómadas en el desierto del Sáhara, sobre las consecuencias de las incontables guerras fratricidas y los intentos de migrar hacia Europa. Y siempre, espectaculares paisajes de un continente que revienta por las cataratas de sus ríos, por los cráteres de sus montañas. No podían faltar tampoco primeros planos de elefantes y gorilas.

"Esta exposición", explica Salgado, "es parte de mi vida. Todo lo importante me ha ocurrido mientras hacía estos viajes. ¿Qué he aprendido? He conocido el poder de la dignidad. Es un poder tan fuerte que tengo esperanzas de que acabe con la miseria, con las guerras, con la injusticia que sufre toda esta gente. África tiene una población muy trabajadora y, a cambio, no tienen casas, ni educación, ni sanidad. Es hora de que empiecen a recibir un poquito de lo mucho que se les ha quitado. Creo que es el momento de devolver algo de lo mucho que sale de allí".

Salgado reconoce que ha pasado momentos peligrosos mientras tomaba algunas de estas fotografías y muestra restos de mortero en el pecho y en un brazo. "El peor momento lo sufrí en Angola, durante un ataque de la guerrilla cuando viajaba acompañando a un grupo de soldados portugueses. También pasé mucho peligro perseguido por un elefante salvaje en Namibia".

¿Ha habido alguna situación cuya dureza le haya conmovido especialmente? "La situación más dura me ocurrió en Brasil. Tenía ante mí a un hombre, posiblemente trastornado, al que habían atado con unas cadenas a un muro. Su mirada me impactó tanto que no pude fotografiarle".

Salgado, considerado uno de los grandes de la fotografía en todo el mundo, habla con entusiasmo de su oficio y se considera un privilegiado. "Trabajar como reportero gráfico es un privilegio. Frecuentar el planeta buscando algo que luego recoges en una fracción de segundo es un lujo. Yo cuento lo que quiero a partir de historias de los otros, pero en esas fotografías está la historia de mi vida".

Añade que es optimista respecto a lo que se pueda hacer con una cámara en la mano y le agrada ver una cierta preocupación universal por el dolor que se vive en África. "Insisto en que a base de dignidad lograrán que se les reconozca la deuda que Occidente tiene con ellos".

¿Utilizará alguna vez una cámara digital? "Jamás", responde contundente. "Yo sólo trabajo en blanco y negro. En el gris tengo todos los colores del mundo. Eso no se consigue con una cámara digital. Es otro mundo, no el mío". Y habla de un último problema: escasea el tipo de papel que él utiliza para sus revelados. "Terminaré fabricando el papel y la película. Quedamos pocos trabajando así".

Sebastião Salgado

Entrevista en BBC Mundo

Un mundo de etiquetas

Un mundo de etiquetas

En el último libro de Paul Auster, un tal Mr. Blank se despierta en una habitación. No sabe dónde está ni cuánto tiempo lleva ahí. Las cosas que le rodean llevan una etiqueta adhesiva con su nombre escrito: pupitre, silla, ventana, etcétera.

Surrealista, ¿no? Quizá no tanto. Es alucinante cómo se ha disparado nuestra tendencia a etiquetarlo todo. Responde a una necesaria economía cognitiva. La mente tiene una capacidad limitada de almacenamiento, así que concedemos un solo atributo a cosas y personas: esa mesa es hortera; ese hotel es anticuado; fulano es un pesado; mengano es un lince.

Hasta aquí, de acuerdo. Lo que no es tan lógico es que esa simplificación se haya extendido a las habilidades y ocupaciones de las personas. Cuando nos presentan a alguien, nos suelen preguntar: "Y usted, ¿a qué se dedica?". Si respondemos médico, periodista, piloto de aerolínea o maestro?, no tendremos problema. El interlocutor nos pondrá una etiqueta como las de Mr. Blank y quedaremos catalogados en el gremio de los médicos o periodistas.

El problema aparece si se nos ocurre la imprudencia de dedicarnos, incluso profesionalmente, a algo más. Si quien dijo ser médico añade también profesor de artes marciales, se encontrará con una actitud muy distinta. Los demás no comprenderán muy bien esa doble cualidad y dudarán de sus competencias ¡tanto en medicina como en artes marciales! Lo que debería ser un mérito se convierte en extrañeza.

La explicación está en un fenómeno llamado ventaja comparativa, una teoría económica muy sencilla cuyo máximo exponente fue el economista inglés David Ricardo. Postuló que si un país era más eficiente que otro a la hora de crear un producto, tenía que dedicar sus recursos a éste y abandonar la producción de aquéllos donde era menos eficiente. Por ejemplo, si Portugal produce vinos con menor coste que Inglaterra y ésta fabrica barcos con más eficiencia que Portugal, es mejor que los astilleros lusitanos se reconviertan en enólogos y Portugal compre los barcos a los ingleses. Del mismo modo, es poco creíble que alguien pueda ser bueno, eficiente o competente en dos disciplinas. A nivel de individuo, eso se denomina especialización, que hoy se ha convertido en hiperespecialización. Ya no se trata sólo de ser médico o periodista o economista. En cada profesión han surgido especialidades dentro de las especialidades. Hay médicos especialistas en cardiopatías infantiles crónicas y periodistas especializados en política internacional árabe. Y ese médico o periodista, si pasa muchos años en una especialidad, difícilmente podrá pasarse a otra. ¿Cómo vamos a aceptar entonces que alguien sea bueno en otro campo, si ya es difícil destacar en una especialidad distinta dentro de la misma profesión?

Explico esto porque tenemos un grave problema. Las consecuencias del etiquetado de personas en lo profesional son uno de los principales inhibidores de la capacidad innovadora de una sociedad. En el Renacimiento, la familia Medici, como recoge Johansson en El efecto Medici, fomentó la intersección de disciplinas al mezclar en Florencia a escultores, científicos, poetas, filósofos, estadistas, financieros, pintores y arquitectos. Aprendieron unos de otros, derrumbando las barreras entre sus disciplinas, para alumbrar un mundo basado en ideas nuevas. La explosión y efervescencia creativa que entonces vivió Florencia fue una de las más fértiles de la historia.

Fomentar la intersección de disciplinas y culturas es esencial para la generación de nuevas ideas. Es lógico. Si uno se ciñe a una especialidad se convertirá en un experto en la materia, pero difícilmente podrá redefinir sus límites. Tomamos conciencia de la forma de un objeto cuando lo observamos desde fuera, no desde dentro.

A menudo he oído decir que tal persona es polifacética. Eso es una falacia. Los seres humanos somos polifacéticos por definición. Es la sociedad de la especialización y de la división del trabajo la que nos convierte en monotemáticos. Dominar otros campos no es sólo natural y positivo, sino que ayuda a innovar en la especialidad profesional donde se vivía encerrado.

Recientemente se está demostrando esta verdad. En el campo de la literatura, por ejemplo, hemos asistido a grandes novelistas que provenían de otros campos: José Luis Sampedro, de la economía; Albert Sánchez Piñol, de la antropología; Agustín Fernández Mallo, el autor de Nocilla Dream, es especialista en radiaciones nucleares para aplicaciones médicas; el grandísimo escritor portugués Miguel Torga fue médico, etcétera.

No se trata de si éstos son o no mejores que las personas que se dedican en exclusiva a la literatura, un debate tan peregrino como absurdo. La ignorada cuestión es cuánta de la innovación y creatividad de estas personas surgió de aplicar las técnicas y los estándares de sus otras profesiones a la escritura.

Eso se aplica en todos los sentidos y niveles. Ideo está considerada la mejor empresa de innovación del mundo. De ella surgió, por ejemplo, la Palm. Pues Ideo tiene en plantilla barrenderos, enfermeras, obreros, etcétera, para innovar en productos tecnológicos. Su modo de trabajar, pensar, actuar y decidir es tan distinto, que ayuda a los diseñadores industriales a desmarcarse de sus patrones habituales. La analogía es una de las herramientas creativas más potentes. Establecer analogías, por ejemplo, entre el comportamiento de las hormigas y el de las células cancerígenas puede inspirar en una nueva estrategia contra el cáncer. Pero eso obliga a que un investigador del cáncer comparta ideas con un biólogo de insectos, con el único objeto de abrir su mente.

Así que hay que olvidarse de ser el mejor en un área y nada más. Hay que dedicar tiempo y desarrollar habilidades en otras disciplinas. Sólo quienes huyen de su especialidad unas horas al día pueden redefinirla de forma radical.

Fernando Trías de Bes es profesor de Esade, conferenciante y escritor.

De qué voy

De qué voy

Que dice A. de León que yo elijo las cartas de los lectores según me conviene. Ahí le han dado. La lectora A. tiene toda la razón. La cosa es así: me levanto, a mi juicio muy temprano, y después de tomarme mi cafelito y de realizar mis naturales abluciones, me voy a la mesa de tortura bien limpia y compuesta para que ustedes me puedan imaginar igualita que en la foto que me han puesto en los papeles.

Entonces, leo las cartas: a veces me río, otras me aburro, otras me indigno, algunas me deprimo. Elijo aquellas que pienso pueden tener algún interés general, y para colmo, sigo dándole la razón a A., las maquillo antes de mostrarlas al público.

Pero lo que quiere decir A. es que se me nota a la legua que quiero favorecer a los míos. Sobre cuáles son los míos hay muchas opiniones, le diría yo a A., porque según sobre quién protagonice la columnilla recibo quejas en un sentido o en otro.

Las quejas casi nunca provienen de esos lectores que aceptan que el juicio y el cachondeo caiga sobre todos los candidatos, sino de aquellos que consideran inaceptable cualquier crítica que se dirija a los suyos.

En esto han tenido una mala pedagogía, los políticos son los primeros que, si pueden, acuden a la autoridad correspondiente para expresar su descontento; a ellos, aunque nunca se atrevan a decirlo, les gustaría tener sólo columnistas afines, y conste que lo entiendo, a mí personalmente también me gustaría eliminar al crítico que no me quiere, pero, maldita sea, no me atrevo, y eso que viendo los Soprano sé que hay crímenes perfectos.

Para que A. se haga una idea, las cartas más furibundas que este humilde buzón ha recibido han sido las de algún acérrimo seguidor del PSOE, cuando una servidora, inspirada por los propios lectores, insinuó que tal vez la Junta de Andalucía debía reconocer alguna responsabilidad, por pequeña que fuera, en los casos de corrupción de su comunidad.

Otra carta iracunda fue aquella en que se me decía que lo único que conseguía escribiendo sobre los capítulos de violencia contra socialistas y populares en el País Vasco era estigmatizar a los vascos, a lo cual contesté que si de estigmatizar se trata no necesitan ayuda, algunos vascos se estigmatizan solitos; alguna que otra carta cayó a raíz de un comentario que escribí sobre el amor del señorito Camps por la fórmula 1, al parecer estaba cantado que yo estaba aquí haciendo campaña por el PSOE.

Algo tienen en común estos mis lectores airados: sólo creen en las adhesiones inquebrantables y quieren saber de qué voy.

Yo, por sentirme cercana a alguien, me identifico con ese joven Rubén que me cuenta que hubo un tiempo en que tomó por costumbre ir a los mítines y no aplaudir, a ver qué pasaba. Y qué pasaba. "No veas, una vez casi me sacan a hostias".

Elvira Lindo

Tarancón, un cardenal reconciliador

Tarancón, un cardenal reconciliador

Por José María Martín Patino sj

Hace un siglo nacía en Burriana Vicente Enrique y Tarancón. Un muchacho travieso y vivaracho que desde los ocho años pensó en ser sacerdote y nada más que sacerdote. A los diez años ingresó en el seminario de Tortosa regido por los Operarios Diocesanos para quienes siempre guardó un gran afecto. No quiso ser misionero, ni jesuita, ni dominico, ni de ninguna orden religiosa. Dijo muy claramente a sus superiores que él sólo aspiraba a ser un cura como los demás. Su fino oído denunció pronto su facilidad y afición por la música. Le aconsejaron que dejara el piano para ser un cura «normal». Sin embargo, su primer nombramiento, una vez ordenado sacerdote a los 23 años, fue el de coadjutor-organista de la parroquia de Vinaroz. Andando los años, después de presenciar muchas entrevistas del cardenal con distintas personalidades, pude comprobar la admiración que suscitaba aquel «hombre esponja» que, sin pronunciarse sobre las cuestiones propiamente políticas, orientaba perfectamente a sus interlocutores. También, desde el comienzo, mostró una gran facilidad para expresarse por escrito y colaboró desde la adolescencia en el periódico tortosino «Times».

Los dos teclados, el de la máquina de escribir y el del piano, iban a marcar profundamente sus ratos de trabajo y de ocio dentro del agobio de los problemas acumulados. Los cientos de veces que acudí por oficio a su despacho, lo encontré entregado a uno de esos teclados. Cuando llegaron las horas difíciles, ya de cardenal de Madrid, yo le repetía la broma: «Haga gimnasia de hombros y no se preocupe tanto: usted sabe muy bien aparcar de oído». Esta costumbre de escuchar a todo el mundo, sin prodigar su propio parecer sobre la opinión del otro, fue uno de sus mejores recursos para ganarse muchos amigos.

Me bastan estos datos obligados para situar a Tarancón en la historia de la Iglesia española. Le han llamado «El Cardenal del Cambio» por sus intervenciones más sonadas como presidente de la Conferencia Episcopal y por tener que representar al Episcopado ante un Gobierno que mostraba una apreciable ceguera para entender el curso de la historia de la Iglesia. Quisiera destacar en esta memorable fecha centenaria su espíritu reconciliador.

Durante el último trienio de la Segunda República recorrió casi todas la diócesis españolas como propagandista de Acción Católica y miembro de la Casa del Consiliario, una obra ideada por D. Ángel Herrera, entonces presidente nacional de aquella organización distinguida por Pío X como participación en el apostolado jerárquico. Aquel mensaje optimista de un grupo de sacerdotes entusiastas chocaba con el pesimismo dominante en el clero español. «La Segunda República española brindó a la izquierda republicana y a su principal aliado político, el partido socialista, el momento que durante décadas habían estado esperando para hacer realidad sus sueños de progreso y modernización» (M. Álvarez Tardío). La fe en el progreso se presentaba como radicalmente incompatible con la cristiana. Tarancón llegó a persuadirse de que la guerra civil era inevitable. En vez de dialogar con la secularización y el laicismo, se quejaban de estos movimientos como si fueran huracanes de otros meridianos que atentaban contra la esencia de España.

Freno de exaltados

A Don Vicente le sorprendió la contienda en Tuy, donde suplía a su gran amigo Casimiro Morcillo en un curso de Acción Católica a sacerdotes. Allí se contagió, como el propio obispo de la diócesis, de los ideales de una supuesta cruzada que pretendía justificarse con argumentos medievales. En Galicia se mantuvo, sin embargo, a una cierta distancia. Pudo trasladarse a Burgos, donde su amigo Emilio Bellón había logrado reunir a un núcleo de jóvenes que trataba de dar nueva vida a la revista católica «Signo». En sus Recuerdos de Juventud destaca dos notas de esa breve estancia en la capital de la España nacional. Confiesa que tuvo que batirse en serio para serenar la exaltación de aquellos redactores: «La Acción Católica, como organización oficial de la Iglesia, no podía ser causa de división entre los cristianos y corríamos el riesgo de hacer imposible la tarea de reconciliación que la Iglesia había de asumir ineludiblemente cuando terminase la contienda».

Arengas militares

Pudo asistir a una manifestación para celebrar la toma de una ciudad por las fuerzas nacionales y quedó muy afectado por el trueque de papeles que se manifestó en los discursos del Capital General y del Arzobispo. «Las palabras del primero fueron como una oración. Dio gracias a Dios porque ayudaba descaradamente a las fuerzas nacionales. Pidió que el pueblo español conservase su fidelidad a la fe y al evangelio para continuar mereciendo la protección del Señor El discurso del Arzobispo se pareció más a una arenga estrictamente militar y guerrera. Y pedía al pueblo que ayudase a los militares para vencer definitivamente a los enemigos de Dios y de la patria».

Cuando se abrió el frente por el Ebro y las tropas llegaron hasta Vinaroz, Tarancón consiguió colarse en un camión militar que le llevó desde Zaragoza. Allí en su antigua parroquia contempló de cerca el odio que se había despertado entre los vencedores y los vencidos. El templo se llenaba de gente, incluso de aquellos que antes presumían de no creer en las prácticas religiosas. Los cristianos vencedores no querían saber nada de los vencidos. El resentimiento había acantonado al pueblo. Le llamaron para que ayudara a los que iban a ser fusilados. Pidió que antes fueran juzgados por un tribunal. Pero le respondieron secamente que la guerra tenía sus normas propias. Aquella noche quedó grabada en su conciencia y más de una vez le oí narrar aquel trágico relato. Le perseguía la duda de si aquellos hombres conservaban todavía una fe infantil, que después se había transformado en resentimiento contra los eclesiásticos.

A los 38 años fue consagrado obispo de Solsona. El obispo más joven del episcopado español se atrevió a publicar en mayo de 1946, dos meses después de su entrada, una pastoral en la que lamenta la confusión reinante. «Hoy se ven nuestras iglesias más concurridas que antes de la guerra, pero se dan muchos más casos que antes de matrimonios desavenidos, de familias rotas, de maridos infieles, de inmoralidades públicas y de muchachas corrompidas». «Parecía como si aquella guerra, que tenía caracteres de verdadera cruzada, hubiese de producir un cambio notable en las convicciones de los hombres . Pero aquella reacción de tipo puramente sentimental pasó presto y las cosas, en el terreno particular y privado, siguieron el mismo rumbo que antes, acentuado, como es natural, por los gérmenes de desorden y desmoralización que lleva consigo toda guerra . Mientras no consigamos que el odio desaparezca completamente, que el abismo se cubra, que los hermanos se entiendan y se amen, no es posible pensar ni en la grandeza material de nuestro pueblo, ni en su reconstrucción espiritual y religiosa».

Horas difíciles en Madrid

Tras cinco años de arzobispo de Oviedo y tres de Primado en Toledo, Pablo VI le pidió personalmente querenunciara al honor de Iglesia Primada y viniera a Madrid, donde le esperaban las grandes tareas señaladas por el Concilio. Aquí tuvo que pasar sus horas más difíciles. Asumió la presidencia de la Conferencia Episcopal por la muerte de D. Casimiro Morcillo (30-5-1971). Fue elegido tres veces, la tercera con más de los dos tercios de los electores. Un récord que no se ha vuelto a repetir.

Si en 1931 la Iglesia mendigaba la libertad que se concedía a todos los ciudadanos, ahora el gobierno franquista se aferraba al Estado confesional. La defensa de la libertad de religión frente a la terquedad de algunos ministros le obligaron a soportar entrevistas en las que el representante del Estado pretendía darle lecciones de catolicismo. El año 1973 fue especialmente duro para él: comenzó con la publicación, el 23 de enero, de la Declaración Colectiva sobre la Iglesia y la Comunidad Política, siguió con la manifestación del 7 de mayo -¡Tarancón al Paredón!-, terminó con los tristes acontecimientos que siguieron al asesinato del Almirante Carrero Blanco y se prolongó hasta marzo de 1974 con los intentos de expulsar de España a Monseñor Añoveros.

En septiembre de 1971 tuvo que presidir la famosa Asamblea Conjunta (obispos-sacerdotes), el más valiente esfuerzo de diálogo de los obispos españoles con sus sacerdotes. Fue precedida de una encuesta con un cuestionario de 268 preguntas a la que respondieron 15.449 sacerdotes, un 85 por 100. Allí se hizo un diagnóstico que reflejaba la falta de formación del clero y su clara oposición al régimen franquista. No gustó nada al gobierno, que utilizó todos sus resortes clericales para lograr un informe que sólo fue desautorizado con una audiencia larga y sincera de Tarancón con Pablo VI y una carta clarificadora del Secretario de Estado.

Durante la transición, el cardenal fue consultado por la inmensa mayoría de los líderes políticos de izquierdas y de derechas. Su homilía ante el Rey en la Iglesia de los Jerónimos marcó la visión nueva del Concilio en las relaciones de la Iglesia con el mundo y el poder político. En varios artículos de la Constitución, pero sobre todo en el 16, se expresa el gran pacto secular entre el Estado Español y la Religión. Creíamos entonces que se había logrado solucionar la secular «cuestión religiosa». Debimos de equivocarnos, porque no ha sido así.

José María Martín Patino sj Presidente de la Fundación Encuentro. Fue secretario del cardenal Tarancón

Religión y política en América Latina

Religión y política en América Latina


Cuando George W. Bush acudió a Roma hace algo más de dos años, a los pocos días de la muerte de Juan Pablo II, no buscó sólo rendir el preceptivo homenaje al pontífice fallecido. Aprovechó la visita para reunirse con alrededor de una decena de cardenales norteamericanos que tenían derecho a participar en el cercano cónclave y, apelándoles a la defensa de los intereses de Estados Unidos, les solicitó que evitaran la elección, como nuevo Papa, de un prelado latinoamericano.

Debemos recordar que la inteligencia de Estados Unidos acusaba a la Iglesia católica, desde finales de la década de los 60, de convertirse en enemiga de sus intereses políticos y económicos en América Latina. El conocido informe Rockefeller y los documentos de Santa Fe, elaborados hace ya unos decenios, con el fin de orientar la política exterior de Estados Unidos en América Latina advertían del peligro que suponía la Iglesia católica, que salía renovada y comprometida con la justicia, después del Concilio Vaticano II (1962-5). Como respuesta, las arcas públicas de Estados Unidos optaron por financiar grupos protestantes -algunos de ellos de carácter sectario- en países de América Latina y en especial en Centroamérica, con la intención de arrebatar terreno al catolicismo.

Estados Unidos temía que los intereses de las corrientes políticas de izquierda -incluso marxistas- confluyeran con los de la Iglesia católica, en una época en que las teologías de la liberación estaban en auge. Pero este anticatolicismo no era nuevo en la historia de Estados Unidos, en donde las clases hegemónicas o dirigentes, los ‘wasp’, se han caracterizado siempre por ser de raza blanca, anglosajonas y protestantes. No olvidemos que una de las dificultades que John Fitzgerald Kennedy encontró para ganar las elecciones presidenciales en 1960 fue profesar la religión católica.

Al ser elegido Joseph Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II, Bush consiguió su propósito. Aunque estoy convencido de que todos los cardenales norteamericanos que le escucharon aquel día en Roma, en vísperas del cónclave, hicieron caso omiso a los deseos de su presidente. Es muy probable que algunos de ellos se decidieran a votar a un cardenal de América Latina. Y es un secreto a voces que en el pasado cónclave, por primera vez en la historia, un cardenal latinoamericano tuvo posibilidades reales de convertirse en Papa. El arzobispo de Buenos Aires, el jesuita Jorge María Bergoglio, estuvo a punto de bloquear la elección de Ratzinger. Lo que también anticipa que el próximo papa tiene ya muchas posibilidades de proceder, por fin, de América Latina. Algo que sería del todo lógico, si tenemos en cuenta que aproximadamente la mitad de los católicos de todo el mundo residen en países de esta región.

Hoy, el Papa Benedicto XVI comienza en Brasil su primer viaje a América Latina y fuera de Europa. Acude a participar en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que busca marcar las directrices de la Iglesia católica para los próximos años. La secularización de la sociedad de América Latina es un proceso que no se ha detenido en las últimas décadas, al igual que en el continente europeo. A lo que hay que añadir que, en tanto la Iglesia católica va perdiendo todos los años cientos de miles de fieles en estos países, las distintas iglesias protestantes los van ganando.

Eso sí, la Iglesia católica conserva, en América Latina, un prestigio y una presencia social mucho más relevantes que en Europa. La Iglesia católica emerge a menudo como máxima autoridad moral en buena parte de Latinoamérica, en donde los gobiernos corruptos y autoritarios no dejan de sucederse. Pese a todo, esto no ha evitado hace unos días, por ejemplo, la despenalización del aborto en México D.F. en las doce primeras semanas de gestación; a lo cual la Iglesia católica ha respondido, sin miramientos, anunciando la excomunión de los políticos que apoyaron esta iniciativa.

Benedicto XVI visita hoy un continente en donde la izquierda política está accediendo al gobierno de un número de países cada vez mayor. En algunos de ellos, como Venezuela o Bolivia, las relaciones con la jerarquía de la Iglesia católica pasan, con frecuencia, por momentos muy tensos. Lo que no es óbice para que dirigentes como Hugo Chávez, con su singular estilo, juren su cargo «por Cristo, primer socialista». En cambio, es impensable que un dirigente europeo de izquierdas tome de este modo posesión de su cargo.

Me parece que no es mera coincidencia que la crítica dirigida a las obras teológicas del jesuita Jon Sobrino, por parte de la Santa Sede, haya tenido lugar tan sólo unas semanas antes de la celebración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Sobrino es uno de los más destacados representantes de las teologías de la liberación y la notificación enviada por la Congregación para la Doctrina de la Fe reconoce la extensa divulgación en América Latina de las publicaciones de este jesuita de origen vasco.

Podemos estar de acuerdo o no con el contenido de la evaluación del Vaticano a las obras de Sobrino. Pero no podemos interpretar en ella una desatención de la Santa Sede a la causa de los pobres, como muchos se han apresurado a deducir y propagar durante las pasadas semanas. La opción preferencial por los más pobres no se agota en las teologías de la liberación, afortunadamente. No es necesario recurrir a ellas para comprometerse, por entero, con los colectivos sociales más desfavorecidos.

Las teologías de la liberación no son tampoco, ni mucho menos, un cuerpo doctrinal excesivamente específico o uniforme. Más que de la teología de la liberación, es necesario hablar de teologías de la liberación. A mitad de la década de los 80, el entonces cardenal Ratzinger ceñía su crítica, fundamentalmente, a la teología de la liberación que se alimentaba del pensamiento marxista. Por lo tanto, tampoco es justo acusar a la jerarquía de la Iglesia católica de oponerse a la teología de la liberación. En 1980 el general de la Compañía de Jesús, el bilbaíno Pedro Arrupe, también se oponía, en una de sus cartas hoy ya olvidadas, al empleo del análisis marxista en la teología. Sin embargo, los decretos de la Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús, cuya redacción el propio Arrupe lideró a mediados de los años 70, vinculados con la promoción de la fe y la justicia, es común identificarlos como textos inspirados en la teología de la liberación.

No me cabe la menor duda de que las teologías de la liberación han aportado más luces que sombras a la historia reciente de la Iglesia católica y de América Latina. Fernando Cardenal, jesuita y ministro de Educación en el Gobierno sandinista, reconocía los riesgos de las implicaciones políticas de las teologías de la liberación: «Es posible que esté equivocado, pero déjenme equivocarme en favor de los pobres, ya que la Iglesia se ha equivocado durante muchos siglos en favor de los ricos». Su hermano Ernesto, sacerdote, poeta y ministro de Cultura en el mismo Gabinete, fue amonestado públicamente por Juan Pablo II en su visita a Nicaragua, en 1983.

Mientras que Juan Pablo II se opuso con rotundidad a la participación directa de los sacerdotes en la vida política de América Latina, no se mostró ni mucho menos tan contundente en el caso de Polonia. El apoyo que Juan Pablo II y los obispos polacos brindaron al sindicato Solidaridad de Lech Walesa, en la lucha contra el comunismo, fue más que evidente. ¿Acaso lo que le preocupaba a Juan Pablo II era que los sacerdotes de América Latina tendían a participar más a menudo en movimientos políticos y sociales de corte izquierdista? Benedicto XVI no descubrirá hoy un continente tan convulsionado y una Iglesia tan dividida como los que su predecesor se topó en los primeros años de su pontificado. El Papa debe ayudar a la Iglesia católica a discernir cuál es su misión en América Latina, sabedora de que las líneas de actuación que se proponga asumir tendrán, como ya ha ocurrido en el pasado, una incidencia posterior en la trayectoria política, cultural y social de todo el continente.

Borja Vivanco Díaz es Doctor en Economía y Licenciado en Psicología