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Los horarios que nos están matando

Los horarios que nos están matando


Ahora que van a desaparecer definitivamente las corridas de toros en Barcelona sería el momento de acabar con los exóticos horarios españoles, que casi lo mismo es.

Y no sólo desterrarlos de los confines de la autonomía catalana sino del entero suelo nacional tan devastado por la erosión de las vigentes jornadas laborales que una mitad de las separaciones matrimoniales, una tercera parte de la delincuencia juvenil y la totalidad del cinismo en preescolar se hallan influidas por la atrabiliaria costumbre de comer a las dos y media, cenar a las diez y acostarse alrededor de la una.

El costumbrismo ibérico, que dentro del deje orientalista español, atrajo a los visitantes románticos, se ha convertido con los años en una patología familiar, profesional, gastronómica y clínica que hace demasiado incómoda la organización de nuestras vidas. Padres y madres que sólo ven a hijos dormidos, jóvenes que van y vienen agotados para comer con la familia, atascos en grandes, medianas y pequeñas ciudades con la sevicia del trastorno bipolar, las fatigas crónicas, la ansiedad, las malas digestiones y el sueño exiguo.

Con una ministra de Sanidad tan bragada como la señora Salgado ¿qué obstáculo insalvable traba una regulación cabal? Tanto o peor que el tabaco, el alcohol o la anorexia -que aborrecen hasta la histeria en el ministerio de Sanidad- es acaso el ajetreo por comer y llegar a tiempo. ¿Enfermedades coronarias? ¿Agresividades desplazadas? ¿Consumo de ansiolíticos, analgésicos, antipépticos, cafés y chupitos?

La muchedumbre se desplaza arriba y abajo cumpliendo una condena acampada fatalmente sobre esta tierra de María Santísima y sin aparente voluntad de desaparecer. Porque mientras los franceses, los ingleses, los norteamericanos o los alemanes, salen de trabajar como a las cinco y pueden ir de compras, al cine, al supermercado o sentarse en un sofá, los españoles ambulan sin tregua en el circuito laboral, compran aturulladamente y dan los biberones mirando el reloj.

Ni el folclorismo que tanto beneficio ha procurado al país con la atracción de millones de turistas, justifica el mantenimiento de esta rara periodificación agraria en plena era de urbanización. Ni siquiera a los verdaderos agricultores o a los extranjeros les hace gracia esto. Y mucho menos a los demás, porque si ya no bebemos porque conducimos ni fumamos porque no hay lugar ¿para qué necesitamos las solazadas o tremebundas sobremesas de tiempos pasados?

La jornada continua sería una continuidad de la democracia por otras vías. No una simple modernización, puesto que hacerse modernos ha caído en desuso, sino una sana liberación. El trabajo mata. Y tanto más cuanto peor se paga y más abusivamente se administra. No se entiende como la señora Salgado no toma cartas en el asunto. Una vez que ha ganado el recelo generalizado a propósito de sucesivas reglamentaciones severas, ¿no le convendría una orden sin grandes antipatías?

La compatibilidad entre familia y trabajo, tiempo laboral y tiempo libre, hogar y empresa, define el elemento capital en la calidad de la vida. Asunto de esta envergadura no debería soslayarse ni un minuto dentro de un gobierno que ha presumido de caridad con la ley de dependencia, de tacto con la super ley de género y de celo sexual con los matrimonios de cualquier clase. ¿Qué parte endurecida del corazón socialista le impide abordar una materia de cordialidad superior? ¿El electoralismo? ¿El continuismo? ¿El talante? ¿Lo diletante?

Lo mismo da. Con demasiada frecuencia lo más evidente resulta ser lo que peor se ve y el respeto acrítico de algunas costumbres crea vicios tan feos que ni siquiera permiten presumir de calaveras. Y, mucho menos, de cadáveres. Muertos antes de tiempo, en suma, si el ministerio de Sanidad y Consumo no hace prevalecer pronto la energía de su primer título y favorece en cambio las horas de nuestra consumación.

Vicente Verdú

La revolución del cambio climático

La revolución del cambio climático

El mundo se encuentra en medio de una gran transformación política y el cambio climático ha pasado a ocupar el centro de la actualidad nacional e internacional. Los políticos que insisten en negar la necesidad de actuar, como el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, el primer ministro australiano, John Howard, y el primer ministro canadiense, Stephen Harper, no tienen ya dónde esconderse. Los datos científicos están claros, los cambios provocados por el hombre en el clima están empezando a sentirse y en el electorado hay una exigencia creciente de que se lleve a cabo algún tipo de acción. Hoy tiene bastantes oportunidades de producirse algo que hace sólo pocos meses parecía poco probable: que de aquí a 2010 se llegue a un sólido acuerdo mundial, capaz de fijar el rumbo de actuación para varios decenios.

Los dirigentes políticos de los países que producen carbón, petróleo y gas -como Estados Unidos, Australia y Canadá- han pretendido convencernos de que el cambio climático no es más que una mera hipótesis. Durante varios años, el Gobierno de Bush intentó ocultar los datos al público: eliminó de los documentos oficiales las referencias al clima creado por el hombre e incluso trató de borrar declaraciones de importantes científicos del Gobierno. Hasta hace poco, ExxonMobil y otras compañías pagaban a profesionales de grupos de presión para que intentaran distorsionar el debate público.

Sin embargo, la verdad ha triunfado sobre las maniobras políticas. El propio clima está encargándose de transmitir un mensaje lleno de fuerza y, a menudo, devastador. El huracán Katrina mostró a los estadounidenses que el calentamiento global seguramente va a aumentar la intensidad de las tormentas. Igual que la gran sequía sufrida por Australia este último año ha dejado en ridículo la actitud despreciativa de Howard hacia el cambio climático.

Los científicos se han tomado con mucha seriedad el objetivo de educar al público. Podemos agradecérselo a Naciones Unidas. La ONU auspicia el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC), un organismo internacional en el que figuran cientos de especialistas en climatología que, cada pocos años, informan a la opinión pública sobre la ciencia del cambio climático.

Este año, el PICC publica su cuarta serie de informes, empezando por el que dieron a conocer a principios de febrero. La conclusión era inequívoca: en la comunidad científica existe el consenso de que la actividad humana, sobre todo la utilización de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) -además de la deforestación y otros usos de la tierra (como la extensión de los arrozales)- genera enormes emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, con la consecuencia de un cambio climático que está acelerándose y que representa graves riesgos para el planeta.

La mayor amenaza es la derivada de la producción y el consumo de energía para electricidad, transporte, calefacción y refrigeración de edificios. Pero los científicos e ingenieros de todo el mundo, y empresas líderes en tecnología como General Electric, también están mandando un mensaje muy claro: podemos resolver el problema con costes moderados si aplicamos nuestra máxima capacidad de reflexionar y actuar a la búsqueda de soluciones reales.

Si recurrimos a fuentes de energía alternativas, ahorramos consumo energético y capturamos y almacenamos de forma segura el dióxido de carbono producido por los combustibles fósiles, la sociedad podrá limitar sus emisiones de dióxido de carbono a unos niveles prudentes con un coste, se calcula, inferior al 1% de la renta mundial. El paso a un sistema de energía sostenible no será rápido y necesitará nuevos tipos de centrales eléctricas, nuevos tipos de automóviles y "edificios verdes", capaces de ahorrar consumo energético.

El proceso tardará muchos años, pero debemos empezar ya y actuar a escala mundial, mediante la implantación de impuestos sobre el carbono y licencias de emisión para crear incentivos de mercado que animen a las empresas y los individuos a hacer los cambios necesarios. Los incentivos tendrán un coste moderado y unos beneficios inmensos, y pueden diseñarse de tal forma que los pobres queden protegidos y los que carguen con el peso del cambio climático sean los que pueden permitírselo.

Es posible establecer un calendario razonable. Hacia finales de 2007, todos los gobiernos del mundo deberían entablar negociaciones sobre un sistema para abordar el cambio climático que entre en vigor cuando expire el Protocolo de Kioto, a partir de 2012. A lo largo de 2008 deberían fijarse unos principios básicos y en 2009 la comunidad mundial -incluidos los dos mayores productores de dióxido de carbono, Estados Unidos y China- debería estar dispuesta a firmar un acuerdo serio que tendría que estar firmado en 2010 y ratificado a tiempo de sustituir a Kioto.

El Protocolo de Kioto fue el primer intento de crear un sistema de ese tipo, pero sólo afectaba a los países ricos y sus objetivos eran muy modestos. Ni siquiera lo firmó el país más rico y máximo contribuyente al cambio climático mundial, Estados Unidos. Tampoco lo hizo Australia. Canadá firmó pero no ha hecho nada. Otros grandes consumidores de energía, China e India, que deberían formar parte de cualquier solución sustancial, no han hecho frente tampoco a sus responsabilidades en virtud del acuerdo de Kioto.

Todo eso tendrá que cambiar. Todos los países tendrán que asumir su parte de responsabilidad respecto al mundo y las futuras generaciones.

Existe ya una manera de que tanto los individuos como las empresas puedan hacer oír su voz. El Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia, que dirijo, ha acogido una Mesa Redonda Mundial formada por grandes empresas, grupos ecologistas y otras organizaciones internacionales para llegar a un acuerdo que esté presente en las futuras negociaciones. El resultado de la Mesa Redonda fue una importante Declaración de Principios y otra declaración general firmada por gran parte de las mayores empresas del planeta, con sedes en Estados Unidos, Europa, Canadá, China e India. También la han firmado muchos de los principales científicos del mundo.

El cambio climático mundial exige decisiones de alcance mundial, e iniciativas como la citada Declaración muestran que podemos encontrar áreas de consenso para emprender acciones enérgicas. Ha llegado el momento de que los políticos que hasta ahora seguían negándose se unan a ese esfuerzo.

Jeffrey D. Sachs es catedrático de Economía y director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia.

Convivencia y ciudadanía

Convivencia y ciudadanía


por Federico Mayor Zaragoza, Manuel Dios Diz y Calo Iglesias


Convivir significa compartir vivencias juntos; convivir es, por lo tanto, encontrarse y conversar, "dar vueltas juntos" (cum-versare). Si conversamos en la escuela, estamos construyendo la convivencia escolar; si lo hacemos en la sociedad, en la ciudad, estamos construyendo la ciudadanía, la convivencia democrática.

Aprender a convivir es una finalidad básica de la educación. Se trata de sumar esfuerzos para dar respuestas favorables, conscientes de que la educación para la convivencia democrática y la ciudadanía, para la igualdad entre hombres y mujeres, la educación intercultural, en definitiva, la educación para una cultura de paz, son desafíos que la escuela no puede obviar si quiere encontrar alternativas, positivas y constructivas, a los problemas escolares y sociales del siglo XXI. Jacques Delors lo expresaba muy bien en su libro La educación encierra un tesoro cuando insistía en la necesidad de aprender a ser y de aprender a vivir juntos.

Es cierto que la escuela, en cuanto que comunidad educativa, no tiene todas las respuestas, pero sí que tiene algunas, y necesita otras... porque estamos hablando de una colaboración estable e interinstitucional (socio comunitaria también), de respuestas compartidas con el resto de los agentes sociales, especialmente de aquellos que están más directamente involucrados con la llamada violencia escolar, es decir, la salud, justicia e interior, bienestar social, sin olvidar obviamente a los ayuntamientos y organizaciones de la sociedad civil.

Para dar respuestas positivas se están elaborando proyectos de planes integrales de mejora de la convivencia escolar en numerosas comunidades autónomas y en el propio Ministerio de Educación. Parece necesario y urgente elaborar un buen diagnóstico, actualizado y riguroso, sobre los principales problemas que están afectando a la convivencia escolar, para conocer sus causas, evolución, distribución territorial, por edades, por sexo... porque todo ello permitirá realizar una evaluación real del estado de la cuestión y, en consecuencia, activar y proponer, con visión prospectiva, las mejores medidas integrales de prevención y de intervención.

Un plan integral de mejora de la convivencia escolar y su necesaria adaptación y concreción en cada centro educativo, para no caer en la impunidad, tiene que especificar y desarrollar medidas de carácter formativo, anticipatorio y disciplinario, con protocolos bien detallados para una más oportuna actuación ante los agresores, las víctimas y los espectadores (activos o pasivos) de la violencia escolar. En cualquier caso, serán las propuestas de carácter educativo e integrado (no sólo las punitivas y sancionadoras) las que centren el marco general de las actuaciones.

Un plan de convivencia escolar tiene también que sensibilizar, prevenir y evitar. Debe interpelar directamente a las responsabilidades de cada sector de la comunidad educativa, a la sociedad en su conjunto, a los padres y a las madres o tutores, sobre la compleja problemática de la convivencia escolar, sin alarmismos, sin caer en sensacionalismos, informando sobre los problemas con rigor, de manera positiva, constructiva y esperanzada. Sensibilizar más y mejor a los padres y a las madres, como los primeros y principales responsables de la educación de sus hijos e hijas, precisamente, en el ámbito en donde se construye la primera cartografía de los afectos, el mapa de las emociones y de los sentimientos, la urdimbre afectiva, como el mejor antídoto contra la violencia, tal y como afirmaba Juan Rof Carballo en su celebrado libro Violencia y ternura.

Pero un plan integral de convivencia escolar que prevenga de manera efectiva contra la violencia debe significar también cambios en los centros educativos y en el profesorado, en los estilos docentes, en las relaciones interpersonales, en las metodologías y en el modelo de organización escolar, en la selección y estructuración de los contenidos curriculares. Estos cambios deberían tener su plasmación real (no sólo formal) en el proyecto educativo de centro y en las tutorías, en los servicios de orientación, en los equipos directivos...

En la actualidad existe una muy amplia coincidencia en reconocer las notables deficiencias en la formación inicial del profesorado de educación infantil, primaria y secundaria, sobre todo, en estas cuestiones tan relevantes, por lo que recibimos gratamente las propuestas de reforma del título de grado y el máster en formación del profesorado de secundaria, en los que se recogen, de forma genérica, aspectos como la diversidad, la educación en los valores cívicos y democráticos, la resolución pacífica de conflictos, la igualdad de género, los derechos humanos o la educación para una ciudadanía activa.

También la formación del profesorado en servicio necesita de una reforma en profundidad, tanto en los contenidos como en las metodologías, privilegiando la formación en los propios centros de trabajo para que tenga una repercusión real en la práctica docente de cada día.

Consideramos muy urgente la puesta en marcha de equipos de mediación y de tratamiento de los conflictos en cada centro educativo, de carácter mixto e interdisciplinar, integrados por profesorado, alumnado, padres y madres, y profesionales como psicólogos, educadores sociales, psicoterapeutas, con espacios y tiempos, en los que el trabajo cooperativo, la colaboración entre iguales, la atención individualizada, la ayuda en propuestas de diversificación curricular, la comunicación y el diálogo sean la norma y no la excepción.

De igual modo nos parece acertada la creación de Observatorios de la Convivencia Escolar, con funciones precisas y composición plural, con autoridad moral y autonomía suficiente, con la financiación adecuada, para investigar, analizar, sensibilizar, ayudar, programar, orientar y evaluar, así como para hacer propuestas de mejora de los respectivos planes de convivencia.

Somos conscientes de no haber agotado el tema. Tan sólo nos queda insistir en que los valores de ciudadanía y los derechos humanos se aprenden, se deben de aprender como un valor en sí mismo. No como una necesidad reactiva derivada de los problemas puntuales que surjan, como un objetivo constitucional y como una de las finalidades máximas de la educación. Y aprendemos a convivir interactuando, dialogando, escuchando activamente, asumiendo responsabilidades, compartiendo vivencias y propuestas, debatiendo, intercambiando ideas y opiniones diferentes, acordando, encontrando aspectos comunes, reflexionando, produciendo pensamiento crítico... porque la educación para la convivencia, la educación para la ciudadanía y los derechos humanos es, como sabemos, una educación en valores prosociales, imprescindibles en una sociedad democrática de auténticos ciudadanos y ciudadanas libres, conscientes y responsables.

Aquellas autoridades religiosas que objetan de una formación ciudadana deberían pensar muy bien si imponer credos indiscutibles y dogmáticos es el mejor camino para difundir los mensajes de amor, solidaridad y dignidad humana en los que se basan las religiones, de los que son fundamento, precisamente, los principios esenciales de la educación ciudadana.

Suscriben también este texto Juan José Tamayo, Dionisio Llamazares, Mariano Fernández Enguita, Miguel Ángel Santos Guerra, Joan Pagés, Luís Acebal Monfort, Jurjo Torres Santomé, Miguel Zabalza Beraza, Xosé Antón Caride Gómez, Ramón Sánchez Rodríguez, Moisés Lozano Paz, Elvira Landín Aguirre, Manuel Armas Castro, Felicia Estévez, Xulio Rodríguez López, Xosé Manuel Sabucedo, Elena Vázquez Cendón, Pedro Badía, Fernando Lezcano...

www. sgep.org

Pedro Arrupe, entre la crisis y la incomprensión

Pedro Arrupe, entre la crisis y la incomprensión


Este año se cumple el centenario del nacimiento de dos insignes españoles que asumieron altas responsabilidades en la Iglesia: Vicente Enrique y Tarancón, que nació en Burriana el 14 de mayo de 1907, y Pedro Arrupe Gondra, en Bilbao el 14 de noviembre del mismo año. A ninguno de los dos se les puede acusar de haber provocado la crisis del cambio religioso. Por el contrario, tuvieron el valor de enfrentarse a fondo con ella, perseverando en una fidelidad que inevitablemente había de resultar conflictiva. Los dos buscaron la reconciliación y ambos fueron mal comprendidos por los bandos contendientes.

Permítame el lector que dedique estas reflexiones al que fue General de los jesuitas durante el periodo 1965-1983. Acabo de leer el libro de más de mil páginas Nuevas aportaciones a la biografía de Pedro Arrupe (Ediciones Mensajero y Editorial Sal Terrae), donde se recogen los trabajos de 24 especialistas. Al final de esta sustanciosa lectura, surge espontáneamente la pregunta: ¿quién fue verdaderamente el padre Arrupe? ¿Un santo que, por fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, abrió la Compañía de Jesús a las demandas del mundo moderno? ¿Cómo explicar su mandato en la Compañía y su influencia en toda la Iglesia? Esta cuestión interesa no solamente a los hijos de Ignacio de Loyola, sino a todos los creyentes cristianos y de otras confesiones sensibles al cambio religioso. Pero también a historiadores y hombres y mujeres del mundo de la cultura, incluso agnósticos, puesto que no se trató sólo de una crisis religiosa sino de humanidad, anterior a él y que aún continúa, y ante la que Arrupe se situó de forma ejemplar.

Llegó al gobierno de una de las órdenes religiosas más controvertidas cuando ésta tocaba el punto más alto de su "restauración". Pío VII rehabilitó el Instituto religioso después de cincuenta años de supresión. Retomaron la historia los supervivientes de aquella afrenta, hombres beneméritos que, a juicio de los historiadores, tenían ya poco de común con el pelotón de jóvenes universitarios ansiosos de grandes empresas y capitaneados por Ignacio de Loyola, que se ofrecieron al papa Pablo III en 1538. Todo sucedió en un momento y de un modo demasiado apremiantes. El historiador jesuita Jean Claude Dhotel hace notar que aquellos padres de 1814 vivían todavía recordando los reinados de Luis XIII y Luis XIV. Seguían ilusionados con poder gozar de la misma protección bajo los Borbones, sin caer en la cuenta de hasta qué punto había cambiado la sociedad francesa después de la Ilustración, la Revolución y su Imperio. El siglo XIX, escribe Andrea Riccardi, "fue el tiempo de la marginación del cristianismo de sus posiciones tradicionales en la sociedad europea..., el régimen de cristiandad, la alianza y la compenetración entre el trono y el altar parecían casi la única condición en que el cristianismo de Roma podía vivir influyente, libre de persecución y capaz de cumplir su misión. De lo contrario sobrevendría el caos".

Sin embargo, en 1965, cuando los jesuitas eligen General a Pedro Arrupe, la Compañía había llegado a su máxima expansión. Eran 36.038, un número jamás alcanzado en la historia, y estaban presentes en más de 100 países articulados en 84 provincias. En el mundo católico y en la sociedad política y civil, la Compañía de Jesús era percibida como un gran cuerpo compacto, compuesto de teólogos, profesores de derecho, directores de casas de retiro, bioquímicos, astrofísicos, educadores, misioneros, confesores de papas, y hasta... un ministro de Estado y algún guerrillero. Aquella homogeneidad era sólo aparente. Por una parte estaban los pensadores, precursores del Concilio, como el antropólogo y científico Teilhard de Chardin, los teólogos Henri de Lubac y Karl Rahner, el escriturista, defensor y promotor del ecumenismo y de la libertad religiosa Agustín Bea y los pioneros del pensamiento social católico y del compromiso por la justicia e igualdad entre las razas John La Farge y Heinrich Pesch, por citar los más famosos. Y muy cerca de ellos todos los que sentían la necesidad de un diálogo sincero y evangelizador con un mundo profundamente transformado. Todo ese torrente caudaloso fue aprovechado por el Concilio.

Del Concilio recibió Arrupe la voluntad, a toda prueba, de llevarlo a la vida. Para él no había otro objetivo, en fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, que alcanzar a un mundo que se cree autosuficiente, que pretendiendo construirse a sí mismo a golpe de ciencia, de técnica y de ideologías, se despeñaba en divisiones profundas, ambiciones generadoras de injusticias, injusticias generadoras de pobrezas de todas clases. Ése fue precisamente el objetivo de Juan XXIII al convocar el Concilio.

Por otra parte, dentro de la misma orden, actuaban los defensores de la "antigua doctrina", la que había predominado en la segunda Compañía nacida el 1814. No es fácil comprender que un verdadero "discernimiento ignaciano" les hubiera llevado a concentrar su lucha contra la filosofía de las Luces. Obsesionados con los errores del marxismo, el evolucionismo y el laicismo, no podían mirar con sosiego el futuro de la Iglesia.

Fue, efectivamente, un problema de "mirada". Una mirada evangélica al mundo es la que situó y mantuvo a Arrupe en el esfuerzo por orientar y lanzar a la Compañía a las "fronteras" de ese mundo. Y no sólo a la Compañía, sino, en cuanto pudo, a la Iglesia y a todo hombre de buena voluntad. Sus mensajes a hombres y mujeres de todas las culturas fueron idénticos. Su insobornable optimismo brotaba de esa contemplación misericordiosa del mundo. "Soy optimista porque creo en Dios y en el hombre... En un hombre, que ha perdido la referencia con su Centro y se ha puesto a dudar de que ese Centro haya jamás existido, o que sea otra cosa para el hombre que el hombre mismo...".

Es ese optimismo el que le hace detectar las "fronteras" donde el ser humano se rompe, se destruye y destruye: motiva a los jesuitas a afrontar el desafío de la increencia. "¿Qué habéis hecho", les pregunta, "en materia de contactos con los no-creyentes? ...He notado que varios mostrabais cierta sorpresa al preguntaros sobre esto... Pues es vital cómo se sitúa la Compañía ante este desafío". O les lleva en masa hasta las fronteras de la injusticia y sus derivados: la pobreza, el racismo. "La acción a favor de la justicia, y la participación en la transformación del mundo, se nos presentan como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva. ¿Puede uno acceder a la mesa de la comunión sin tomar la decisión de actuar a favor de los que tienen hambre?". Una de sus últimas decisiones como General (noviembre 1980) fue movilizar a la Compañía en la "frontera" nueva -y desgraciadamente de hoy-, a nivel mundial, de los refugiados, incluso poniendo a su disposición locales de la propia curia generalicia: "Nuestra opción por los pobres y los sin voz nos lleva a los refugiados, que son los ’más pequeños’, según el evangelio".

O clarifica fronteras allí donde un celo no discernido desfigura la acción que un cristianopuede asumir desde el Evangelio. Así, a los Provinciales de América Latina, que se la piden, les ilumina con una certera carta sobre el análisis marxista. O actúa en directo en las fronteras nacidas de una evangelización contaminada de colonización, en África y Asia Oriental, haciendo suyas, y sobre todo haciendo realidad, las palabras históricas de Pablo VI en Uganda: "Vosotros, africanos, sois en adelante vuestros propios misioneros. La Iglesia de Cristo está realmente implantada en esta tierra bendita...". Y hace desembocar toda su propia experiencia misionera en una dinámica de "inculturación", que empieza por la inmersión personal del propio evangelizador en una cultura ajena sacrificando la propia. O, allí donde la debilidad humana ha creado fronteras religiosas, incluso dentro del cristianismo, se volcará y hará que se vuelquen los jesuitas en un diálogo ecuménico e interreligioso que es un camino en exploración.

Nada extraño que éstos y otros numerosos intentos, sembrados por el Concilio y asumidos, de corazón, por Arrupe, se vieran frenados por el desconcierto que producía el mero hecho de plantearlos y por las tendencias aislacionistas, vivas y activas en la Iglesia y en la Compañía desde los años cincuenta. Pero no fue ésta, sin duda, la mayor cruz de Arrupe, que había cargado en su vida con muchas, sino la de la duda o la sospecha sobre él, que había hecho de su fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al ser humano, su compromiso más total. Y que nunca puso resistencia en reconocer sus errores y los de la Compañía, al contrario. Eso sí: "No pretendemos", escribió a los Provinciales de América Latina en años muy difíciles, "defender nuestras equivocaciones; pero tampoco queremos cometer la mayor de todas: la de esperar con los brazos cruzados y no hacer nada por miedo a equivocarnos".

José María Martín Patino

50 años de UE: la utopía factible

50 años de UE: la utopía factible


HOY se conmemoran los cincuenta años de la fundación de Europa como comunidad y como unidad. En marzo de 1957 se firmaron los Tratados de Roma (Comunidad Económica Europea y Comunidad Europea de la Energía Atómica), que junto al Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero conforman los documentos constitutivos de las Comunidades Europeas. Desde entonces, más de 480 millones de ciudadanos que viven en 27 países distintos han creado una nueva realidad política de manera democrática.

El historiador Tony Judt, en su monumental Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 (editorial Taurus), recuerda que la Europa de hoy, con un Estado del bienestar que constituye su seña de identidad más poderosa, no nació del proyecto optimista, ambicioso y progresista que los euroidealistas imaginan, sino que es el fruto de una insegura ansiedad: acosados por el fantasma de la historia, sus líderes llevaron a cabo reformas sociales y fundaron nuevas instituciones como medida profiláctica para mantener a raya el pasado (dos guerras mundiales en 20 años, con decenas de millones de víctimas).

Medio siglo es tiempo suficiente para detectar las carencias de lo creado. Alemania, como presidente de turno de la UE, habrá de poner en pie una declaración consensuada que conmemore ese 50º aniversario y actualice los valores y los procedimientos de Europa en la era de la globalización. Entre esas carencias está la imposibilidad de una Constitución; la necesidad de una política exterior y de seguridad común; el hecho de haber creado las instituciones para el funcionamiento de una moneda única (el Banco Central Europeo y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento), pero no haber cerrado el círculo de la consolidación del mercado único; o que siendo el mercado más importante del mundo, no se disponga de una política energética común y se padezca la dependencia del gas y el petróleo exterior. Recién ingresados Rumania y Bulgaria, todavía no sabemos cuáles son las fronteras exteriores de la Unión. Nuestra economía crece menos de su potencial, tiene paro y la inversión en I+D (que define el paso de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento) es mucho más pequeña que la de nuestros principales competidores. El Estado del bienestar está pendiente de redefinición por motivos objetivos: el envejecimiento de la población; cada vez hay más personas que demandan protección social al tiempo que disminuye el número de contribuyentes. Urge un nuevo pacto actualizado entre socialdemócratas y democristianos para avanzar.

Cuando se abre el 50º aniversario de la creación de la UE se cierra el de los 20 años de la entrada de España en ese club privilegiado, que constituye tan sólo el 7,5% de la población mundial. Durante tres cuartas partes del siglo XX, nuestro país fue una economía periférica: un país menor. La vinculación con la UE es una historia de éxito. En 1986, cuando se entró en la UE, la renta per cápita española era tan sólo el 68% de la media europea; hoy es el 98% -¡30 puntos más en sólo dos décadas!- debido al crecimiento económico superior, a las ayudas europeas y al efecto estadístico de haber pasado de una Europa de 15 miembros a una de 27. El vicepresidente económico, Pedro Solbes, acaba de declarar en la presentación del Programa de Estabilidad 2006-2009 que en 2010, España superará de modo holgado la media europea de riqueza per cápita.

Sería injusto que el balance de la entrada de España en la UE se hiciera sólo en términos económicos. Políticamente, nuestro país se halla a la cabeza de los de libertades civiles y políticas más avanzadas (como manifiesta el índice de calidad de la democracia, publicado por el semanario The Economist). El punto negro de la integración se encuentra en el gasto social, que sigue estando muy por debajo de la media europea. En términos absolutos y en términos per cápita.

Joaquín Estefanía

Carta abierta a Jon Sobrino

Carta abierta a Jon Sobrino

Gracias por poner palabras, a lo largo de las décadas, para expresar aquello que muchos necesitan que se diga.

Por Jose María R. Olaizola, SJ

Querido Jon:

Estoy seguro de que a lo largo de los años he tenido otras ocasiones para escribirte, y sin embargo nunca pareció urgente. Hasta ahora. La primera vez que te escuché era novicio jesuita, y acababan de asesinar a toda tu comunidad en El Salvador. Era una entrevista televisiva con Mercedes Milá, y en ella descubrí a un hombre bueno que hablaba desde el dolor, pero transmitía una fe profunda en el Dios de Jesucristo. Y me sentí orgulloso e ilusionado por tener compañeros así.

Con los años fui conociendo un poco más de ti. Un artículo, algunos libros, una reflexión… También los comentarios de compañeros que te conocían. Fui aprendiendo a intuir por detrás del nombre sonoro al teólogo, al jesuita, al cristiano, a la persona… que como todo hombre tiene sus luces y sus sombras, sus contradicciones, sus búsquedas y sus tropiezos, sus relaciones fáciles y difíciles.

Pero no pretendo hablar mucho de ti, ni glosar tu trayectoria intelectual o vital. Es imposible hacerlo en unos párrafos, y no te conozco tanto. Estoy seguro de que hay quien podría hablar con más hondura y autoridad. Lo que quiero hacer, en este momento, es comentarte tres sensaciones al hilo de la polémica de estas semanas, con motivo de la condena de algunos puntos de dos de tus libros.

Jon, lo primero que quiero decirte es: “Gracias”. Gracias por pensar y buscar, por formular el evangelio de un modo que hoy es acicate y propuesta. Por atreverte a bucear en los terrenos de lo que no es fácil, aun a sabiendas de que en ciertas alturas un exceso de prevención lleva a poner sordina a todo lo que pueda salirse de un guión excesivamente seguro. Gracias por no renunciar a pensar. Gracias por poner palabras, a lo largo de las décadas, para expresar aquello que muchos necesitan que se diga. Por hablar en nombre de los más silenciados, de los pobres, los excluidos de las mesas bien provistas. Testimonios como el tuyo impiden que nos durmamos en burbujas de bienestar aparente, y nos recuerdan que el Sermón de la Montaña sigue gritándose hoy en montes y llanos, en hondonadas y colinas, allá donde los bienaventurados siguen esperando que se derrame sobre ellos la bendición prometida, la justicia.

Lo segundo, aunque te parecerá extraño, es un cierto alivio. En la prensa se especuló con una condena tajante, de ti y de toda tu obra. Cuando se ha clarificado la notificación, que se centra únicamente en aspectos concretos de dos de tus libros, he respirado, pues la rumorología hacía creer que ibas directo a la hoguera. Y aunque dicha notificación sigue siendo motivo de pesar, al menos podemos entrar en el terreno del matiz, algo que siempre es importante. Sólo la ignorancia, o la mala intención, pueden querer leer en esa nota una condena a tu persona o a toda tu teología

La tercera sensación es más difusa, pero muy real. Siento dolor porque a veces creo que en nuestra Iglesia estamos equivocando el camino y los modos. Porque me inquietan estas formas de silenciar la diferencia, cuando siempre la ha habido. Siento dolor porque a veces me parece que en esta Iglesia se está imponiendo una uniformidad que no solo no es normal, sino que es impensable en una institución viva, donde lo que tiene que haber es tensiones, fuerzas contrapuestas, diálogos fecundos… y es en medio de esas tensiones, fuerzas y diálogos donde crece imparable la verdadera comunión, esa que nace del evangelio.

Y al hilo de esto, lo me asalta es la duda sobre cómo responder cuando algunas cuestiones son al tiempo polémicas y urgentes. ¿Hay que callar? ¿Hay que alzar la voz? ¿Cuál es la verdadera fidelidad en y a la Iglesia? ¿la que acata o la que habla? ¿la que teme o la que ama? ¿No estamos callando demasiado?

Nos sentimos parte de una Iglesia común, santa y pecadora, humana en su fortaleza y su fragilidad. Pero hoy, desde una cierta tristeza, solo sé mandarte un fuerte abrazo. Y creo que es poco.

Jose María R. Olaizola, SJ

Pactos contra la Pobreza

Pactos contra la Pobreza


Imagínese algo más del doble de la población de la Unión Europea. Unos 1.100 millones de personas. Las mismas que sobreviven con menos de un dólar al día; es decir, uno da cada seis seres humanos se alimenta, viste y atiende todas sus necesidades con 75 céntimos de euro al día, menos de lo que en España cuesta un café. La mayoría de estas personas vive en aldeas y suburbios de África, Latinoamérica y buena parte de Asia.

Las diferencias entre el Norte y el Sur resultan escandalosas: mientras el 20% de la población mundial disfrutamos del 85% de la riqueza del planeta, el 20% más desfavorecido tiene que sobrevivir con poco más del 1%. Sobran razones para pedir un reparto más justo de la riqueza.

Somos la primera generación que puede acabar con la pobreza extrema y el hambre en el mundo. Está en nuestra mano. Podemos hacer valer nuestro poder como consumidores, premiando o castigando con nuestras compras las prácticas empresariales; consumiendo productos de comercio justo, siendo voluntarios, socios o colaboradores de ONG de cooperación al desarrollo; finalmente como ciudadanos, adhiriéndonos a las campañas de movilización social, participando en concentraciones cívicas contra la pobreza; por último, y no menos importante, con nuestro voto.

La Coordinadora Española de Organizaciones No Gubernamentales para el Desarrollo (CONGDE) ha propuesto a los partidos de ámbito nacional un Pacto de Estado que incluye medidas para mejorar la cooperación al desarrollo: la cancelación de la deuda externa, un cambio en la política de comercio exterior y el aumento en la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). Son acciones necesarias para cumplir el octavo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, aprobados por Naciones Unidas.

Inspirándose en esta idea, la Alianza Aragonesa contra la Pobreza, que aglutina a 65 organizaciones sociales que apoyan la campaña PobrezaCero, ha propuesto a los partidos aragoneses la firma de un Pacto para la Comunidad Autónoma y un Pacto para el Ayuntamiento de Zaragoza, con medidas para aumentar la cantidad y calidad de la Ayuda Oficial. Además se trabaja en otro Pacto para el conjunto de las Entidades Locales.

Se propone aumentar la AOD hasta destinar el 0,7% del presupuesto de cada Administración a cooperación al desarrollo en el 2011, último año de la próxima legislatura. El objetivo es ambicioso pero posible, si hay voluntad política. Tanto la Unión Europea como el Gobierno español han comprometido cantidades y fechas concretas hacia el 0,7%. Numerosas Comunidades Autónomas avanzan en esa dirección. Sin embargo, Aragón es de las Comunidades Autónomas que menor porcentaje destina a cooperación: ocupamos el puesto número 14 de las 17 autonomías. El Ayuntamiento de Zaragoza prevé destinar este año el 0,36% de su presupuesto, muy lejos del 0,7% comprometido en el Pacto de Gobierno para esta legislatura.

Dotar de mayor entidad política a la cooperación, ése es el acuerdo central que deberían alcanzar nuestros políticos. Esto supondría, entre otras medidas incluidas en los pactos, aumentar los fondos destinados a los Países Menos Adelantados, fundamentalmente en África Subsahariana; apostar por la educación para el desarrollo y la sensibilización de la ciudadanía, así como la promoción del comercio justo y el consumo responsable; simplificar los procedimientos de gestión y justificación de los fondos; o una nueva gestión de la Ayuda Humanitaria.

Los Pactos contra la Pobreza que ahora se proponen pretenden situar a Aragón y a Zaragoza en la vanguardia de la cooperación internacional que realizan las CCAA y Entidades Locales. Un objetivo que creemos que se corresponde con el sentimiento solidario de la ciudadanía aragonesa y la mejor contribución que podemos hacer al objetivo último de erradicar la pobreza. Ahora, los partidos políticos aragoneses tienen la palabra.

Fernando Pérez Valle