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La píldora

La píldora


Un artículo de Pilar Rahola...

La píldora era controlada, gratuita y pública, y ahora será descontrolada, costosa y privada; ¿es un progreso?

Mi primera reacción, ante la noticia de la gratuidad de la píldora del día después, fue la de manual. ¡Bien!, me dije. Ahora los jóvenes estarán más protegidos ante el embarazo no deseado; es una medida avanzada, necesaria, bla, bla, bla. Es decir, reacción pavloviana, generada, no en la materia gris del cerebro, sino en algún recoveco de la zona reptiliana, allí donde habitan las obviedades y las consignas. Sin embargo, dos minutos después, superada la salivación automática, conseguí la conexión entre algunas neuronas indolentes y cometí el peor pecado de estos tiempos: me hice algunas preguntas. Veamos.

¿Realmente se trata de una decisión que evitará embarazos no deseados?; ¿es más avanzada socialmente que la situación que teníamos hasta ahora?; ¿se beneficiarán los jóvenes? Y más allá del hecho coyuntural, ¿esta medida ayudará a entrar en la sexualidad adolescente con mayor seguridad y madurez? Y a partir de aquí, desechadas las respuestas precocinadas, propias de los que dividen el mundo entre "progres y carcas", sin saber que el mundo es más transversal, y mucho más equívoco, a partir de aquí, decía, mis propias respuestas resultaron francamente incómodas. No. La decisión del Gobierno de permitir la compra sin receta de esta píldora ni me parece una medida útil, ni me parece progresista - es decir, no me parece un progreso para la sociedad-ni me parece nada buena para las jóvenes a las que va dedicada.

Primero, por la intención. Estoy convencida, y perdonen mi tendencia a mal pensar -es mi vacuna contra la propaganda-, de que esta medida es de la misma factura de otras que abundan últimamente. Es decir, tenemos una grave crisis económica, nadie del Gobierno sabe qué hacer, aparte de ir vaciando las arcas públicas, las encuestas envían el talante a la zona oscura de la fuerza, y ante la desesperación, algún brujo de Ferraz cree que ir sacando conejos provocadores de la chistera es una forma de desviar la atención, por la vía de cabrear a la derecha más irredente. A Zapatero siempre le han funcionado las tres patas del catecismo: meterse con la Iglesia, contentar a los colectivos gais y dar alegrías al lobby feminista.

Ello no significa que muchas de sus decisiones no sean acordes con el deseo de una sociedad más justa, pero es evidente que otras presentan el tufillo del oportunismo político. Debe de pensar ZP que, en tiempos de ahogo económico, buenas son las tortas ideológicas. A pesar de ello, si la medida fuera socialmente buena, tendría poco que decir. Pero no sólo me parece un burdo tactismo. También me parece una medida harto arriesgada. Estamos hablando de ofrecer una importante carga hormonal, nada inocua, sin receta ni control ninguno, a un colectivo especialmente joven. Hasta ahora teníamos una píldora controlada, gratuita y pública. Ahora tendremos una píldora descontrolada, costosa y privada. ¿Dónde está el progresismo? ¿En abandonar a las jóvenes a su suerte, sin ningún consejo ni control médico? ¿En enviar un mensaje que banaliza un medicamento hormonal, con el equívoco de que se trata de un método anticonceptivo? ¿O se trata de vender la idea de que la sexualidad es buena a cualquier edad y de cualquier manera, yel único problema es el embarazo? ¿Dónde dejamos, entonces, las enfermedades de sexual? Personalmente, la me parece otra, alejada del empacho de pijoprogresismo que nos afecta.

Primero, es necesario hacer una prevención pública contra el sexoinseguro, mucho más seria que la que se hace en la actualidad. Segundo, cualquier medicamento hormonal debe tener un mínimo control médico, especialmente si va dirigido a jóvenes. Y tercero, no es bueno banalizar las relaciones sexuales, y menos banalizar los riesgos. ¿Qué hay de malo en controlar los medicamentos? ¿No lo hacemos con aquellos que van dirigidos a los adultos? ¿Entonces? Por supuesto, hay que luchar contra los embarazos adolescentes. Pero nunca por la vía de descontrolar la medicación hormonal, convertirla en una especie de aspirina y dar una imagen banal de un gran problema. ¿Medida, pues, progresista? Sólo si el progresismo se basa en hacer progresar la irresponsabilidad.

Pilar Rahola en La Vanguardia.

En la campaña de Obama triunfó la comunidad

En la campaña de Obama triunfó la comunidad

Rahaf Harfoush, voluntaria de la campaña de comunicación ’online’ del ahora presidende de EE UU, explica la claves de su elección


"La campaña de Barack Obama fue innovadora de principio a fin. No sólo por el uso de los medios sociales en Internet sino por la capacidad que éstos tienen para conectar a la gente entre sí. La tecnología cambia nuestro comportamiento, pero sobre todo fortalece las relaciones", asegura Rahaf Harfoush. Esta joven siria de 25 años lo dejó todo para vivir "la mayor experiencia de mi vida" durante los meses que duró la campaña del candidato demócrata a la Casa Blanca y hoy presidente de EE UU. Afincada en Toronto, Harfoush llevaba a cabo un estudio sobre el impacto de las redes sociales entre los jóvenes cuando fue "fichada" para coordinar a los voluntarios en Internet desde el cuartel general del candidato en Chicago. "Éramos entre 30 y 60 personas, según la época. Éramos una mezcla de profesionales y voluntarios. Unos venían por dos semanas. Otros nos quedamos tres meses. Lo que más me sigue sorprendiendo es que tanta gente como yo fuera capaz de dejarlo todo (casa, trabajo...) para vivir esta situación".

Harfoush ha inaugurado este lunes la undécima edición del Bdigital Global Congress, que se celebra en el auditorio de CaixaForum de Barcelona hasta el próximo jueves. La joven ha desglosado las claves del éxito de una campaña que sólo por sus cifras abruma. Por ejemplo a nivel recaudatorio, donde se primaron las pequeñas donaciones. "Unas 24 horas después del discurso del cambio de Obama conseguimos 150 millones de dólares, el 67% exclusivamente por Internet. Y los cuatro últimos días de campaña recibimos tres millones de llamadas telefónicas con las que captamos otros 30 millones de dólares", dice. En total Barack Obama obtuvo 750 millones frente a los 350 de John McCain, el candidato republicano. En su opinión, "la gente se dio cuenta de que lo importante no era la cantidad enviada sino participar, formar parte de la comunidad". Para ello realizaron un uso masivo del correo electrónico. "Enviamos más de mil millones, pero todos hiper segmentizados por el Estado de residencia, código postal, eventos en los que había participado" el receptor de cada mensaje. Todo sin forzar la máquina, es decir, "evitando que la gente se sintiera obligada. El objetivo es que poco a poco ellos se fueran implicando cada vez más". Al final, asegura, la gente se sentía "socio de Obama y estaba convencida de que los mensajes que recibía con su firma se los había mandado realmente él".

De las diferencias entre los medios online y offline, Harfoush considera que, pese a que el mensaje era el mismo en ambos lados, "las redes sociales nos permitían llegar mucho más rápido a la audiencia que los medios locales y tradicionales". Harfoush destaca entre todas las herramientas que pusieron al alcance de la comunidad una aplicación para el iPhone que "convertía a cada teléfono en una oficina de campaña, con toda la información disponible a un clic de ratón y conectada en tiempo real con los cuarteles generales". También un algoritmo que permitía conocer el nivel de actividad de cada participante (número de llamadas realizadas, posts colgados en los blogs, asistencia a eventos, donaciones...) . "A los más activos les dábamos puntos que les permitían acudir a charlas donde estaba Obama".

Finalmente Harfoush asegura que en lugar de perseguir a los que usaban sus contenidos, "aceptamos las interpretaciones de la gente sobre la marca que habíamos creado", fueran grafitos, pósteres o vídeos con los discursos musicalizados de Barack. Yes We Can, el vídeo más famoso de todos y en el que hasta cantó la actriz Scarlett Johansson, recibió 27 millones de visitas en YouTube.

El País

Consejeros

Consejeros

En Europa los políticos buscan en sus consejeros el consenso, no el debate abierto y sincero


Es alto y delgado, tiene los ojos pequeños y la mirada astuta. Con 82 años el paso es algo precavido, pero firme. La chaqueta blazer azul y las gafas Ray-Ban parecen haber estado siempre ahí; de hecho, da la impresión de que su aspecto no desentonaría nada en las calles de Saigón en los años sesenta. Se trata de Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter entre los años 1977 y 1981, toda una leyenda de la política exterior, alguien cuya fama sólo rivaliza con la de Kissinger, el consejero de Seguridad Nacional de Nixon.

Estamos en Estocolmo, donde el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores se ha reunido para analizar las consecuencias que la crisis está teniendo sobre la política exterior de la Unión Europea. Timothy Garton Ash resumió con su especial brillantez lo allí discutido, así que obviaré deprimir aún más al lector con los pronósticos sobre la irrelevancia de Europa que allí se manejaron.

Pero más allá de su análisis sobre el radical giro emprendido por Obama en política exterior (y las enormes dificultades que enfrenta), la personalidad de Brzezinski me lleva a una reflexión más general sobre el papel de los consejeros de Seguridad Nacional, esos hombres (y mujeres, en el caso de Condoleezza Rice) a quienes se ha descrito como "los arquitectos del poder americano", unas personas cuyo trabajo es asegurarse de que el presidente reciba todos los días la información que necesita para entender el mundo, los desafíos que enfrenta su política exterior, las opciones que tiene ante sí y, sobre todo, una visión clara de sus consecuencias.

Se trata quizá de uno de los puestos más difíciles de la Administración: no es el jefe de Gabinete, ni tampoco dirige los servicios de inteligencia o está al frente de los departamentos de defensa o exteriores, por lo que está obligado a navegar entre unos pesos pesados que pueden hacer enormemente difícil su trabajo. Cada consejero ha respondido a un estilo diferente: unos, como Kissinger, lograron un ascendiente sobre Nixon que nadie ha igualado, y otros, como Rice, han sido criticados por carecer de influencia. Sin embargo, parece evidente que cada tándem es único y que su carácter depende tanto de la personalidad del presidente como de la de su consejero, por lo que las combinaciones posibles son múltiples. Véase si no el contraste actual entre el presidente Obama, un afroamericano con un pasado como voluntario en los barrios más difíciles de Chicago, y James Jones, un general de marines que exuda disciplina militar por todos los poros.

Más allá de las personalidades, todos ellos tienen, en palabras de Brzezinski, una única obligación: "Ser brutalmente sinceros con el presidente". Se trata de una necesidad del puesto, forjada en los días de la guerra fría cuando su trabajo consistía en localizar al presidente a los cuatro minutos de haberse detectado un lanzamiento de misiles balísticos por parte de la Unión Soviética; junto con él, estudiar las opciones de respuesta y lanzar una represalia nuclear que, siete minutos después, sería imposible de detener, todo ello con pleno conocimiento de que provocaría unos cincuenta millones de muertos por cada lado.

En Europa carecemos de una tradición similar, en parte porque nuestros Gobiernos se rigen por una tradición administrativa en la que los políticos buscan en consejos y consejeros el consenso, no el conflicto entre diversas opciones y visiones. Ello repercute en instituciones de asesoramiento y análisis que carecen de valor alguno, por lo que languidecen o nunca son convocadas. En nuestro país, el Consejo de Política Exterior es un ejemplo claro: todos los Gobiernos han intentado hacer algo con él, para a continuación ignorarlo. El coste, sin embargo, es evidente: sin instituciones que canalicen la voz de los diferentes actores involucrados en un problema, que sean capaces de debatir abiertamente diferentes visiones y servir para el intercambio franco de opiniones contradictorias, la coordinación de la política exterior (como de cualquier otra) será débil y se producirá a posteriori. El resultado será una política fragmentada, que sólo puede ser analizada desde las decisiones adoptadas, nunca desde el diseño que inspiró dichas decisiones. La política así ejecutada se convierte en lo que Charles Lindblom describiera en un clásico trabajo de 1959 como "la ciencia de salir del paso".

José Ignacio Torreblanca en El País.

Cuando la poesía

Cuando la poesía


Cuando la poesía abre sus puertas
uno siente que el tiempo nos abraza
una verdad gratuita y novedosa
renueva nuestro manso alrededor
cuando la poesía abre sus puertas
todo cambia y cambiamos con el cambio
todos traemos desde nuestra infancia
uno o dos versos que son como un lema
y los guardamos en nuestra memoria
como una reserva que nos hace bien
cuando la poesía abre sus puertas
es como si cambiáramos de mundo.

Mario Benedetti

La burbuja más grande del mundo

La burbuja más grande del mundo

En Londres, los ejecutivos pierden dinero mientras las bacterias se agolpan en restaurantes de lujo y se apaga el runrún de los ’aston martins’. La otrora orgullosa capital financiera yace en la ansiedad


De las muchas jóvenes promesas de la gastronomía mundial que han rendido culto en el templo de El Bulli ninguno se ha contagiado más del espíritu del gran maestro, Ferran Adrià, que el inglés Heston Blumenthal. Por su invención, por su osadía, por su rigor, Adrià ha identificado a Blumenthal como su discípulo más amado. La fe de Adrià se ha visto justificada por la designación del restaurante de Blumenthal, The Fat Duck, como el segundo del ranking global después de El Bulli.

The Fat Duck se convirtió en un símbolo de la opulencia y ambición de Londres, la capital financiera y cultural del mundo durante la última década, la expresión más dinámica, optimista y derrochadora de un boom de bienestar planetario que nos imaginábamos, en los países ricos, eterno. Los viejos y nuevos multimillonarios de la Tierra se instalaban en Londres, y, saciada su necesidad de ferraris y bentleys, y de hogares caros en los barrios de Mayfair y Belgrade, tiraban fortunas en champán, y potaje de caracol con jamón de jabugo, y nitrohelado de beicon y huevo, en el restaurante más rabiosamente de moda en la breve, pero espectacular, historia culinaria de las islas Británicas.

Del mismo modo que Londres simbolizó la llamada "exuberancia irracional" de los primeros ocho años del siglo XXI, su lamentable estado de salud actual, demostrado en que Gran Bretaña ha sido identificado por el Fondo Monetario Internacional como el país avanzado con peores perspectivas económicas, refleja de manera tristemente apropiada la crisis que asuela a la totalidad del planeta -tan apropiada, que fue el lugar elegido por el G-20 en su última reunión dedicada a buscar cómo resucitar la economía mundial-.

The Fat Duck ofrece a su vez una metáfora especialmente brutal de la enfermedad que ha devorado a Londres. En enero, clientes del restaurante empezaron a acusar síntomas de malestar estomacal, vómitos y diarrea. El mes pasado, la cifra de comensales que cayeron enfermos, aparentemente debido a un virus, superó los 500. Y Blumenthal se vio obligado a cerrar sus puertas.

Hoy las puertas se están cerrando en todo Londres; las de los restaurantes, las de las tiendas, las de los puestos de trabajo y las de la ilusión. Si el verano pasado la frase que definía a los londinenses era "viva la vida", la palabra que los define hoy es "ansiedad". La mayor concentración de ansiedad se encuentra en el sector financiero de Londres, la fuente de la riqueza de la ciudad, el motor que generó infinidad de puestos de trabajo para abogados, auditores, publicistas, inmobiliarias y cocineros, y donde se ganó dinero grotescamente, inflado a base de comisiones extravagantes y riesgos irresponsables. Jóvenes de 25 años recién entrados en compañías de inversiones se compraban Aston Martins o casas valoradas en dos millones de libras (2,6 millones de euros hace seis meses, un cuarto menos hoy) porque, por encima de sus sueldos de 65.000 libras, acumulaban primas anuales de 200.000. Un veterano de 35 o 40 que ocupaba un puesto ejecutivo medio tenía un sueldo fijo de 200.000, pero con frecuencia cosechaba bonus de cinco millones. Cuanto más dinero (de otras personas) arriesgaban, más ganaban. Ese dinero fluía por toda la ciudad. La excepción, no la regla, fue vivir en una casa valorada en un millón de libras, lo cual creó un clima de confianza tal, que se repartieron hipotecas como pintas de cerveza en un pub. Todo el mundo se imaginó rico y gastó como si lo fuera.

Román Zurutuza, un gestor de inversiones español que lleva 10 años en Londres, explicó que el error de muchos banqueros fue no limitarse a sus sueldos para cubrir los gastos básicos, como el coche, el teléfono, los colegios de los niños. "Soñaban que las primas eran una garantía de por vida y gastaban y se endeudaban en función de esa suposición. La especie humana suele extrapolar tendencias actuales al infinito. Y esa tendencia, esa debilidad psicológica, es lo que nos ha llevado al lío en el que estamos. Y Londres es el lugar del mundo donde tal tendencia se ha visto en su máxima expresión".

Y ahora, el brusco despertar. Robert Taylor, director general estadounidense del banco privado Kleinwort Benson, huele miedo en la ciudad a la que se mudó hace 15 años. "Era el centro del universo cuando llegué, el lugar donde estaba la acción y todo era posible", dice. "Hoy, la gente emite suspiros de alivio cuando ve que su nombre no figura en la lista de los que van a despedir, pero esa misma gente no deja de temer que el día siguiente la suerte le abandone. En el mejor de los casos, los sueños de futuro se han encogido. Las primas se han quedado en nada, mucha gente hasta hace poco rica no puede pagar sus hipotecas, los proyectos de tantos de retirarse y vivir en una casa en la costa española se han esfumado".

La oficina de Taylor se encuentra en Canary Wharf, una concentración de edificios altos de cristal al lado del Támesis, construidos durante los últimos 20 años para acomodarse a las necesidades del mundo financiero. En este periodo, el número de bancos internacionales en Londres ascendió de 73 a 479. Nueva York no se quedó atrás en cuanto a ganancias; pero, en cuanto a alcance y perspectiva global, Wall Street no competía. Por su situación geográfica, a mitad de camino entre Estados Unidos y Asia, por el idioma, por un sistema legal ameno para los negocios, por una tradición milenaria como centro comercial, Londres se convirtió en el gran imán del talento financiero mundial.

Y con el dinero vinieron el arte, la moda, la música, la arquitectura. Norman Foster y Richard Rogers, los dos grandes arquitectos ingleses contemporáneos, recibían cheques en blanco para cambiar de manera dramática la topografía de la ciudad. El mini-Manhattan de Canary Wharf, antigua zona portuaria abandonada hasta principios de los noventa, es el ejemplo más visible de esta costosísima transformación, inimaginable en cualquier otra antigua metrópoli europea. Pero hoy Canary Wharf tiene un aspecto casi sepulcral. Los altos edificios, como el de Citigroup, están semivacíos tras las masacres de despidos de los últimos meses; y se ve menos gente a mediodía en las amplias calles peatonales de la zona de la que antes deambulaba en plena noche por la misma zona. Las colas de taxis, que antes entraban y recogían pasajeros apenas sin parar, llegan ahora a sumar hasta 200 metros de longitud a la hora de la comida. (Media docena de taxistas consultados en Londres dijeron que su trabajo había bajado al menos un 30% desde hace un año).

Una analista estadounidense de uno de los grandes bancos de Canary Wharf comentó, irónica, en la cafetería Carluccio’s que los pocos clientes sentados a nuestro alrededor eran o banqueros todavía empleados con poco que hacer, o banqueros desempleados preparando entrevistas para puestos peor pagados. La analista mencionada añadió que de las ocho personas que había en su sección hace seis meses sólo quedaba ella. Incierta en cuanto a sus posibilidades, y las de su marido, para seguir trabajando, dijo que estaba pensando seguir el ejemplo de muchos extranjeros (sean estos ejecutivos o electricistas polacos) atraídos en los últimos años por la bonanza londinense: venderlo todo y mudarse con sus hijos a un país más barato y menos estresante. O, en el peor de los casos, irse a vivir con sus padres. La duda inmediata que tiene sobre la mesa es si sacar a los niños de sus colegios privados, preocupación inimaginable hace apenas seis meses que asuela hoy a muchos londinenses. Como explicaba Román Zurutuza, la inflación de la burbuja ha sido tal, que le cuesta más la guardería de su hija de cinco años que lo que pagaría por un master de dirección de empresas en el IESE.

Si Carluccio’s tenía un ambiente depresivo, este local vibra de energía positiva comparado con Sumosan, un restaurante asiático en el barrio más rico del centro de Londres, Mayfair, elegido por un banquero extranjero para comer. Hace un año, decía el banquero, había que pelear para conseguir mesa. En esta ocasión, el 90% por ciento estaban vacías. El banquero dijo que no le sorprendía, en un contexto en el que mucha gente anteriormente rica sobre el papel se había quedado sin nada. "Conozco a varias personas que habían invertido los ahorros de su vida a lo largo de 15 años. Y ahora ese dinero vale el 20%, el 10% o el 0% de lo que valía el año pasado. Hay casos así por un tubo". "Como también hay casos abundantes", señalaba el banquero, basándose en datos publicados en la prensa británica, "de divorcios provocados por la crisis económica, particularmente en matrimonios en los que el marido operaba en el mundo financiero y había depositado toda su confianza en ganar dinero como un futbolista de la Premier League, o más, toda su vida. Y ’esto no es para lo que yo había firmado’, es lo que están diciendo muchas esposas de banqueros. Se habían acostumbrado a una vida de lujo tremendo. Ven que eso se acabó, y se van".

El divorcio entre el sector financiero y el resto de la capital, o la ruptura del cordón umbilical que los unía, implica que Londres se queda sin lo que sus habitantes llaman the lifeblood, la sangre de la vida. No hay más que darse una vuelta por Mayfair, un barrio del que podía suponerse que iba a aguantar la embestida de la crisis mejor que otros. En la calle de Piccadilly, donde se ven carteles que anuncian liquidaciones, trabajadores de la venerable marca de porcelana Wedgwood estaban desalojando su más emblemática tienda. La Princes Arcade, un paseo peatonal de tiendas de lujo a 100 metros de Piccadilly Circus -el centro geográfico de la ciudad-, da pena: la mitad de sus 20 tiendas han cerrado. En la elegante Saint James’ Street, a cinco minutos a pie del palacio de Buckingham, un lujoso bar y restaurante llamado Just James ofrece algo desconocido hasta hace muy poco, pero común de repente en toda la ciudad: un menú de almuerzo barato, en este caso, dos platos por 8,95 libras (10 euros).

El mismo ambiente apagado, las mismas escenas se ven en barrios de clase media como Shepherd’s Bush, donde la mitad de los restaurantes que había hace un año han dejado de existir. Un guionista de cine que vive allá, Henry Fitzherbert, acaba de constatar que incluso el mercado laboral de las canguros para niños ha sido diezmado. "Hace un año pusimos un anuncio y en tres días respondieron veinte", recuerda Fitzherbert. "Esta semana hicimos lo mismo y respondieron 90 en 24 horas, algunas de ellas con títulos universitarios de posgrado".

Cualquier persona con la que se hable en Londres conoce a gente que nadaba en la abundancia y que, de la noche a la mañana, ha caído en la desesperación. Entre otros, Fitzherbert menciona el caso de una pareja con casa en el acomodado barrio de Richmond. "Ella estudió en Cambridge, él, en Oxford. Hasta diciembre, ella trabajaba en un alto puesto de la BBC, él, en un banco. Los dos se han quedado sin trabajo y no saben qué hacer o por dónde buscar. Es muy duro. Los que todavía tenemos ingresos damos gracias cada día".

Y hay otro problema de fondo que quizá explique en parte los disturbios que se registraron en Londres como respuesta a la reunión de los líderes del G-20, y que da motivos para pensar. La analista entrevistada en Carluccio’s cree que el conflicto social va a incrementarse. Las enormes ganancias del sector más rico de la ciudad han producido grandes recaudaciones tributarias, pero el dinero de las arcas del Estado se verá drásticamente reducido, lo cual dificultará la tarea de seguir cuidando las necesidades de los que no trabajan, los que habitan las periferias más pobres de las ciudades del Reino Unido.

¿Renacerá Londres? ¿Volverá a ser la capital más potente de Europa, o incluso del mundo? ¿Recuperará las glorias de la época prevomitiva del Fat Duck? La media docena de banqueros o de hombres del mundo financiero entrevistados para este reportaje opinaban que en unos años, sí. Que había demasiado talento, energía y experiencia acumulada en la ciudad para pensar otra cosa. Algunos decían que incluso ya veían luz al final del túnel. Se trata de gente claramente muy capaz, con lo cual existe la tentación de creerla. Pero, como decía un columnista de The Observer hace poco, las previsiones económicas hechas por los expertos a lo largo de los últimos años las podría haber hecho con igual acierto una familia de chimpancés: así que, lo que no está del todo claro es si esa luz emana del sol o de una locomotora de tren acercándose en dirección opuesta a gran velocidad.

John Carlin en El País.

Euskadi, tiempo de descompresión

Euskadi, tiempo de descompresión

El Gobierno de Patxi López deja atrás el paradigma de la identidad y se centra en la ciudadanía


El nuevo Gobierno Vasco ha sido recibido por muchos, y no sólo en Euskadi, como un experimento fundado una vez más sobre lo identitario, sólo que esta vez invertido en su sentido habitual. Para estos críticos, la entente que soporta el Gobierno se basaría sólo en el antinacionalismo vasco.

Éste es un diagnóstico que, incluso cuando se formula de buena fe, resulta superficial y apresurado, porque desconoce la lenta pero sostenida evolución del pensamiento y del sentimiento no nacionalista en el País Vasco. Una evolución que les ha llevado a alejarse de antiguos planteamientos antinacionalistas primarios y puramente negativos para profundizar en el valor de la ciudadanía como vínculo primario de la esfera pública. Patxi López no presenta hoy la ciudadanía como una alternativa al sentimiento nacional vasco, sino como una praxis capaz de integrar este tipo de sentimientos, aunque sea trascendiéndolos a otro plano diverso. Por eso, resulta probablemente más correcto leer el nuevo Gobierno como un ejercicio de verdadera descompresión identitaria que como uno de mera sustitución de hegemonías de esa naturaleza. El socialismo vasco puede hacer lo que el catalán no ha sabido llevar a cabo, salir del paradigma absorbente de la identidad, quizás porque su maduración ha sido más áspera, más lenta y más exigente.

La sociedad vasca ha vivido sometida a una fortísima presión identitaria, ejercida desde el poder político nacionalista con un doble objetivo: por un lado, el de hacer creíble una demanda incremental de autogobierno que culminaba en la autodeterminación de facto; para ello era necesario que la población percibiera como urgente y trágico lo que en realidad era más que opinable en su conveniencia y más bien aburrido en su administración. Por otro lado, las políticas fuertes de construcción nacional insistían machaconamente en los rasgos diferenciales a costa de los comunes, en lo concreto a costa de lo abstracto. Los últimos diez años han sido así la apoteosis de una sobretensión inducida desde el Gobierno, en gran parte de naturaleza artificial e impostada.

El nuevo Gobierno aporta, por el contrario, una bajada de tensión. Las acusaciones de que en el fondo practicará la política desde otra identidad diversa (la cruzada de que habla Ibarretxe) parecen responder más a una frustración que proyecta sus sentimientos en el otro que a una predicción verosímil. En realidad, es el nacionalismo el que corre el riesgo de constituirse en cruzada de oposición étnica. Porque la orientación socialista, más que en el frentismo identitario, se inspira en la teorización de Mario Onaindía acerca del posnacionalismo, considerado como una etapa en la que Euskadi se ha constituido por fin como comunidad política autogobernada en la que las tradicionales demandas nacionalistas han hallado satisfacción y cauce razonable para ejercerse en plenitud.

Por otro lado, éste es un Gobierno marcado por la necesidad, tanto en su origen como en su futuro. En su origen, porque los resultados electorales no dejaban a socialistas y populares otra posibilidad que la adoptada, salvo la de suicidarse políticamente. Y en su desarrollo, la necesidad aparece como némesis amenazante: difícilmente volverá a existir una segunda oportunidad para demostrar que el País Vasco puede gobernarse desde el no nacionalismo. Por tanto, PSE y PP se la juegan a una sola carta, no caben errores, y lo que es más importante, lo saben. No ya porque los partidos nacionalistas serán implacables en la denuncia de cuanto les disguste, que lo serán en todo caso (clamarán incluso contra lo que les guste); sino sobre todo porque la ciudadanía vasca está harta de sobretensión y sectarismo, y espera árnica identitaria. En pocas ocasiones como aquí y ahora se cumplirá tan a rajatabla la idea de que la política es el arte de hacer bien lo que de todas formas es lo único que se puede hacer.

¿Un Gobierno débil? Todos los Gobiernos desde hace muchos años han sido minoritarios en Euskadi, lo que quita peso a la acusación. Por mucho que amague en esa dirección, difícilmente se embarcará el PNV en una política de tierra quemada o de apoyo a un polo soberanista de oposición sistemática. Por ahí nada tiene que ganar, sino sólo aplazar y emborronar un debate interno siempre pendiente. Apelar a la mayoría sociológica vasca como argumento para contradecir a la mayoría democrática es tanto como aceptar que ETA y sus acólitos cuentan como ciudadanos normales, y que el PNV puede liderar a tan arriscados socios. Una ilusión sin recorrido político real. Al final, el placer por exhibir músculo patriota puede volverse en contra del nacionalismo, como la próxima huelga convocada por el sindicalismo soberanista y apoyada por Batasuna probablemente demostrará. La sociedad vasca está cansada de intransigencia, y eso se va a aplicar al nuevo Gobierno (cómo no), pero también a la oposición.

Descompresión identitaria, respeto por la legalidad y por los consensos básicos que se pretendieron superar alocadamente a golpe de referéndum, poner a trabajar a la Ertzaintza a tope en lo que sabe y puede hacer, y utilizar los márgenes de maniobra que el Cupo permite para orientar una recuperación económica. Con esos pocos mimbres se puede hacer un buen Gobierno. Un Gobierno que sea capaz de reconocer humildemente qué es lo necesario, en lugar de encandilarse con lo deseable. Pura ética de la responsabilidad.

José María Ruiz Soroa es abogado.

Le Carré ante el fin de una era

Le Carré ante el fin de una era

El autor británico vive al sur de Inglaterra, aislado y a la vez pendiente de todo lo que acontece en un mundo dominado por el miedo y una crisis "tan drástica e irreversible como la caída del muro de Berlín". El hombre más buscado es su nueva novela.

"No paro de decirles a mis nietos que tienen mucha suerte de estar vivos en un momento como éste. Es radical y revolucionario"


La vida y la obra de John Le Carré giran en torno a un gran tema: la lucha de un hombre por permanecer moral en un mundo amoral. Y como ocurre con Albert Camus o George Orwell, la mezcla de talento con una visión política del mundo, la unión del compromiso y la experiencia, han producido una literatura gigantesca, pero también un referente moral más allá de las letras. Basta con pasar la primera media hora con él en su casa de Cornualles para darse cuenta de que Le Carré, seudónimo de David Cornwell, está incluso por encima de su leyenda. Es un hombre sabio, generoso, divertido, afable, que mira la vida desde la constante preocupación por el otro. Vive aislado, a pocos kilómetros del Land’s End del suroeste de Inglaterra, el fin del mundo, en un lugar llamado Tregiffian, que quiere decir algo así como "un refugio junto al mar". Pero el aislamiento es sólo físico: está perfectamente informado, pregunta por Zapatero, Aznar y la situación en el País Vasco. Tiene el estudio lleno de novedades literarias, desde el Larsson, que todavía no ha leído, hasta McMafia, de Misha Glenny. Su último libro, El hombre más buscado, es buena prueba de ello. Es una gran novela sobre el mundo posterior al 11-S, ambientada en Hamburgo. Es un puro Le Carré: hay espías, muchos, de varios países y agencias; víctimas del sistema; inmigración ilegal, Chechenia; banqueros con las cuentas poco claras, héroes cansados que seguramente ni siquiera lo sean y, cómo no, personas que tratan de sobrevivir a todo esto sin vender su alma.

Le Carré (Poole, Dorset, 1931) concede a los visitantes todo el tiempo que necesiten. Tras cinco horas de encuentro, uno abandona Tregiffian con la certidumbre de haber conocido a uno de los hombres del siglo, de éste y del pasado, con la extraña sensación de que a veces, sólo a veces, la palabra, la literatura, tienen la fuerza y la estatura moral que queremos concederles.

PREGUNTA. La inmensa avaricia de las grandes corporaciones y de los bancos ha sido uno de los temas centrales de sus últimos libros, incluido El hombre más buscado.

¿Ha sido ésa la causa de la crisis que padecemos?

RESPUESTA. Es un sistema imposible de mantener... Hay grandes corporaciones cuyos presupuestos son superiores a los de algunos países, y tienen una influencia enorme. Una parte de la globalización consistía en dar a la industria y al comercio un gran poder. La idea era que podría haber un crecimiento ilimitado en un mundo ilimitado y que eso sería sostenible desde el punto de vista ecológico y financiero. Traería lo que mucha gente creía que era prosperidad y felicidad. Allí donde he viajado del mundo en desarrollo, he visto que los efectos de la globalización no eran precisamente ni la felicidad ni la prosperidad universal.

P. Pero supongo que nunca intuyó que contemplaría el final del sistema bancario tal y como lo conocemos.

R. Es casi como un movimiento popular. Y es tan drástico y tan irreversible como la caída del muro de Berlín. No paro de decirles a mis nietos que tienen mucha suerte de estar vivos en un momento como éste. Creo que es mucho más que la revisión de la historia económica. Esto es radical y revolucionario. Y es muy posible que los resultados sean positivos. En los últimos años, he tratado de escribir sobre cuáles fueron las disciplinas que han reemplazado a las que nos fueron impuestas durante la guerra contra el comunismo. Hubo un vacío, necesitábamos un nuevo enemigo, lo encontramos en el islam, necesitábamos una nueva excusa. Puede ser que estemos ante un momento revisionista, no creo que todos nos convirtamos en socialistas de la noche a la mañana, pero sí que se inventará una nueva forma de respeto mutuo.

P. ¿Y no cree que en cierta medida el socialismo está regresando?

R. Ha vuelto la era de los Gobiernos fuertes. Durante muchos años el Gobierno era el enemigo, en la época del capitalismo ilimitado, en la era de Bush. Se ha demostrado que eso era un tremendo error. El futuro es imposible de prever, puede funcionar o puede que no. Pero no creo que sea un futuro negro. Puede ser, insisto, en mi país, positivo. En mi caso, la literatura me ha convertido en un hombre rico, pero la distancia entre los ricos y los pobres es terrible y en este momento estamos divididos entre los que están afectados por la recesión y aquellos que simplemente la observan. Pero el acto final de todo esto será mucho más igualitario.

P. Otro de los temas centrales de su último libro es la inmigración y la integración de las minorías musulmanas en Europa. ¿Es uno de los mayores problemas a los que nos enfrentamos?

R. En los británicos hay dos almas: aquellos que creen que nuestro pasado imperial nos ha hecho responsables de la inmigración y que, como explotamos sus países, ellos pueden venir aquí. Pero está la otra rama, nacionalista e insular, que es totalmente extraña a aceptar a otra gente. Pero ahora uno de cada cinco ciudadanos británicos es de raza mixta, lo que quiere decir que algo está pasando. Quizá hacen falta más generaciones. La experiencia de Rushdie y la declaración de una guerra cultural contra el islam ayudaron a esta polarización. Tras el 11-S no era seguro tener un tipo de piel en áreas urbanas y toda la retórica fácil sobre el islam ayudó a demonizar a esta gente. Lo que más me preocupa de la reacción tras el 11-S, y creo que es la ansiedad que he expresado en El hombre más buscado, es lo que eso nos hace a nosotros, mucho más de lo que les hace a ellos. Nos hace peores. Nos olvidamos de lo cerca que estamos en las sociedades occidentales de la tortura: la practicamos, a escondidas, o invitamos a otra gente a hacerla por nosotros. Haber organizado Guantánamo, tener cerca de 27.000 prisioneros secretos, porque Guantánamo sólo es la punta del iceberg, el efecto es tan degradante hacia nuestras propias normas de comportamiento que no puedo pensar que no vaya a tener repercusiones sobre nosotros.

P. ¿Cree que Barack Obama va a ser capaz de arreglarlo?

R. Los que protestamos contra Guantánamo, contra la violación del hábeas corpus y de los derechos humanos pensamos que Obama sería capaz de parar todo esto. Tenemos que esperar y ver hasta qué punto este Gobierno es liberal en la realidad, hasta qué punto se puede permitir serlo porque su primera preocupación es la economía. Tiene que seleccionar prioridades. No puede luchar contra todo a la vez.

P. La guerra fría estuvo marcada por la paranoia, pero el mundo posterior al 11-S también. ¿Qué periodo es peor?

R. Eso es lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos. Ha vuelto, nos hemos vuelto a encarcelar a nosotros mismos. Es como si tuviésemos que alimentar un apetito, una adicción a la paranoia. Hemos olvidado que durante la guerra fría éramos constantemente conscientes de la amenaza nuclear, pasamos por crisis como el muro de Berlín o los misiles en Cuba, y siempre pensamos que estábamos a un paso de la destrucción nuclear. No sé si tenemos más miedo ahora o entonces, porque ahora nos dicen que tengamos miedo.

P. ¿Entonces cree usted que es un miedo fomentado desde el poder?

R. Estuve entre los muchos británicos que estaban en contra de la guerra de Irak y entre los que habían votado a Blair y se avergonzaban de haberlo hecho. Supongo que recordará cómo durante una alarma en el aeropuerto de Heathrow rodearon la zona con tanques, era una forma de decir que tengamos miedo. Es verdad que padecimos el terrible 7-J y ustedes el todavía peor 11-M y que esas cosas ocurren, y nos ocurrieron una y otra vez en los tiempos del IRA. Pero en esa época nunca alcanzamos este grado de paranoia y nos decíamos a nosotros mismos: éste es el precio que pagamos por ser una sociedad libre, y nuestra principal defensa ante estos ataques es ser una sociedad abierta y democrática, atractiva para los demás, la mejor que podamos. La consecuencia del caso Rushdie fue que podíamos acabar con toda la tolerancia hacia el islam. Era muy fácil en esos tiempos ser un héroe cultural si te sumabas a la cruzada contra el islam, y usted lo sabe mejor que yo viviendo en un país católico, hasta qué punto Aznar tenía motivos religiosos. Y eso da mucho miedo: que Bush y Blair fuesen en el fondo tan cristianos, y no me refiero a la religión. Si vas a Dios para justificar tus acciones, eso no es fe... Se está reproduciendo el esquema de la guerra fría: la gente inventa enemigos a la medida de su imaginación, es una guerra entre fantasmas. De acuerdo, hay unos cuantos miles de personas que forman Al Qaeda y hay una parte de la sociedad islámica que les apoya, es verdad, eso es la realidad, pero imaginar que Amaniyedad es Hitler...

P. ¿Y otro fantasma de la guerra fría no cree que es el poder que está alcanzando el antiguo KGB en Rusia?

P. No podemos pensar que por un lado está el Kremlin, por otro el nuevo KGB, por otro el crimen y por otro los oligarcas. Todo forma parte de la misma pieza. Sería imposible distinguir el crimen de la riqueza soviética, a los oligarcas de la Mafia. Tenemos que ver a Putin como el oligarca en jefe y como alguien que quiere acumular tanta riqueza y poder como sea posible para controlar Rusia desde cualquier posición, ése es el punto de partida en el que está. Creo que acumula poder para el futuro. Y cuando elimina a oligarcas como Jodorkovski, son realmente guerras entre facciones del poder.

P. ¿Está usted trabajando ahora en algo relacionado con los oligarcas?

R. Bueno, interpretan un papel. Estoy escribiendo una novela y aparecen en un rincón.

P. Creo que si hay un gran tema en sus 21 libros, es que relatan la historia de hombres morales que tratan de sobrevivir en un mundo inmoral. ¿Está de acuerdo?

P. Sí, es así, y además tiene que ver con lo que estoy escribiendo ahora mismo. No es suficiente, además hay que organizar una trama; pero creo que es el momento en que los lectores se identifican con la historia porque la mayoría de la gente quiere tomar el camino decente. Y el problema es cómo tomar la opción decente en una situación compleja. Naturalmente, el patriotismo y la idea del patriotismo son muy cuestionables para cualquier persona porque están muy cerca del racismo. La opción decente es algo que también marca mi propia vida. En primera instancia sobre qué hacer con mi padre cuando me di cuenta de que era un estafador. ¿Qué hacía? ¿Avisar a la gente de que no tratase con él? Mi solución fue escapar a Suiza a los 16 años. Y luego entré muy rápidamente en la experiencia de la guerra fría. Me empezaron a decir desde muy joven: "Éste es un trabajo sucio, David, pero alguien tiene que hacerlo, y porque hacemos el trabajo sucio somos héroes". Ésa es otra asunción muy peligrosa. Detesto que midamos la fuerza de un país por la fuerza de sus servicios secretos, es totalmente antidemocrático.

P. He visto que tenía en su despacho Legado de cenizas,

el libro de Tim Weiner en el que afirma que todo lo que hizo la CIA fue un tremendo desastre. ¿Está de acuerdo con él?

R. Es un libro muy bueno y muy útil, fracasaron en muchas de las cosas que hicieron y nosotros también la fastidiamos en la mayoría de las cosas que hacemos. El problema es que el acierto ocasional lo justifica todo, como en el periodismo. Hay cuestiones que analiza muy bien. Por ejemplo, en mi país no podemos organizar de manera eficaz un servicio de salud, los bancos están hechos pedazos, mi Gobierno no sabe si es de izquierdas o de derechas, nuestra policía está corrupta. ¿Por qué tengo que creer que nuestro servicio secreto es brillante, cómo puede existir este Rolls Royce en ese mundo tan caótico?

P. Y hubo momentos surrealistas durante la guerra fría, como que el amigo íntimo de Angleton, el hombre más poderoso de la CIA, fuese Philby y ni siquiera se diese cuenta de que era un agente de Moscú. Supongo que si usted pone algo así en una de sus novelas, nadie le hubiese creído.

R. Lo sé, es totalmente delirante. Angleton se volvió loco después y fue el mayor creador de teorías de la conspiración. Cuando estaba en el servicio secreto, su gente venía constantemente a Inglaterra para decirnos que cada parte de nuestra Administración estaba horadada por los comunistas y fastidiaron muchas operaciones. La atmósfera creada por el macartismo en Estados Unidos tuvo unas enormes consecuencias sobre nosotros. E incluso, más que la guerra contra el terror, nos puso en una posición de estás con nosotros o contra nosotros. Existen ecos muy curiosos entre el macartismo y la guerra contra el terror. Lo que sí es cierto es que (y se ríe) Moscú tenía muy buenos espías... Acertó, pero por las razones equivocadas.

P. ¿Y ve el servicio secreto, el mundo de los espías, en su literatura como un gran teatro del mundo, como una metáfora de la vida?

R. Creo que hay universalidad en esas organizaciones, intento que el mundo secreto hable por el mundo que no es secreto, hace que los problemas sean más interesantes y más visibles para la gente. Puedo contar una historia de amor siempre que alguno de los dos sea un espía.

P. Uno de los momentos que mejor definen sus novelas es cuando a Smiley le dicen que ha ganado y él responde con infinita tristeza: "¿Sí? Seguramente

...". ¿Tuvo esa impresión cuando terminó la guerra fría?

R. Smiley sabía que había utilizado los métodos del absolutismo para derrotar a Karla y sintió que había sacrificado su propia humanidad, que se había traicionado a sí mismo. No fui capaz de celebrar con intensidad el final de la guerra fría. Naturalmente fue maravilloso que el comunismo se acabase, pero no tenía muy buenas corazonadas sobre el futuro. El comunismo se destruyó a sí mismo, no a causa de los espías, sino por la imposibilidad de gobernar una sociedad cerrada en un mundo que se estaba abriendo a gran velocidad. Pero ahora no tenemos la más mínima idea de cómo controlar el capitalismo.

P. ¿Y no tiene la tentación de volver a escribir sobre aquellos viejos tiempos, aunque sólo sea para que sus nietos lleguen a entender cómo fue todo aquel mundo?

R. Es la única cosa que me tienta para escribir una autobiografía. Vistos desde ahora, fueron unos tiempos completamente locos. Era una comedia de los hermanos Marx. ¿Ha leído En la corte del zar rojo, de Sebag Montifiore? Es un libro terrorífico sobre la vida bajo Stalin. Molotov estaba casado con una mujer de origen judío, que hablaba demasiado y que molestaba mucho a Stalin. Y un día no estaba allí: la había mandado a los campos. Toda la época en que Molotov fue ministro de Exteriores soviético su mujer estaba en Siberia y Krutchev, tras la conferencia del partido de 1956, trajo a esta anciana y se la devolvió a Molotov. Es increíble.

El hombre más buscado. John Le Carré. Traducción de Carlos Milla Soler. Plaza & Janés. Barcelona, 2009. 416 páginas. 22,90 euros. www.johnlecarre.com

Guillermo Altares en Babelia.

Treinta años gobernando la proximidad

Treinta años gobernando la proximidad


En abril de 1979 nacieron los ayuntamientos democráticos. Su trabajo en la mejora de las ciudades y pueblos de España ha sido crucial. Ahora afrontan muchas tareas nuevas sin los correspondientes recursos


Los gobiernos locales necesitan fondos propios que los emancipen de la economía del ladrillo

Es decisivo su papel en el empleo, la protección social y la integración de los inmigrantes


El 19 de abril de 1979 tomaron posesión los primeros alcaldes democráticamente elegidos en los más de 8.000 municipios españoles. Treinta años después estamos redescubriendo a los municipios. La pieza clave del Gobierno de Zapatero para combatir la crisis han sido los miles de millones de euros entregados a los gobiernos locales para animar y mantener la ocupación. Constatamos que lo que hacen los municipios tiene que ver cada vez más directamente con el bienestar de la gente. Y crece la convicción de que el factor de la proximidad es un elemento clave para mejorar la calidad y la eficacia de los servicios públicos.

Pero los gobiernos locales malviven con precariedad de recursos, acumulación de tareas sin el adecuado reconocimiento legal o financiero y trabajando sin red, cara a cara con los ciudadanos. Hace años que se viene hablando de configurar un nuevo escenario para el poder local. Se han sucedido ministros, comisiones y borradores de ley, y no se ha desatascado el tema. En este inicio de siglo, los municipios españoles siguen esperando un nuevo marco competencial y financiero que reconozca y potencie su papel central en el bienestar ciudadano. La gente sabe que tener un gobierno local eficaz y eficiente es garantía de mejor calidad de vida, y no es ajeno a ello que los gobiernos locales sean la esfera de gobierno mejor valorada por los ciudadanos.

En estos 30 años, después de reconstruir ciudades y pueblos abandonados durante décadas, la agenda municipal se ha ido complicando. A los clásicos temas de urbanismo y servicios se han añadido los problemas ambientales y la perspectiva de sostenibilidad, el impacto de la inmigración, la irrupción de las nuevas tecnologías y las carencias educativas, junto con exigencias de mayor participación social. Todo ello en un proceso marcado por la creciente individualización y la crisis de las estructuras familiares tradicionales. En todos estos temas han estado implicados los ayuntamientos, y a pesar de ello, sólo han sido noticia por problemas de corrupción política y urbanística. Problemas que eran el espejo administrativo en el que se miraba un "modelo" económico de desarrollo basado en el ladrillo y el pelotazo inmobiliario.

Es evidente que el poder próximo es también el más vulnerable. Las carencias presupuestarias de los ayuntamientos encontraron alivio en las recalificaciones y las plusvalías que generaban. Pero ese "círculo virtuoso" en el que todos parecían ganar, acabó generando espacios grises en los que ya nadie sabía a quién se estaba pagando, ni desde qué base legal. Se necesitan reformas institucionales que lo eviten, sin convertir a los ayuntamientos en menores de edad institucional. Y para ello es importante dignificar la estructura financiera municipal. Con fondos propios, no condicionados a la condescendencia coyuntural y graciable del Gobierno del Estado o de las Comunidades Autónomas.

La realidad es que los gobiernos locales deben hacer frente a nuevas necesidades sociales en las que concurren competencias de otras esferas de gobierno. Se van aprobando nuevas leyes y decretos que inciden en la autonomía municipal y en su capacidad de actuación. Existen infinidad de materias en las que intervienen el Estado, las Comunidades Autónomas y los gobiernos locales y el sistema de atribuciones competenciales deja casi siempre a los municipios a merced de normas sectoriales, estatales o autonómicas. Leyes sobre sanidad, educación, vivienda, ocupación, equipamientos comerciales, seguridad ciudadana, inmigración, por poner algunos ejemplos, provocan un debate político y social que olvida la realidad municipal. Los gobiernos locales, sin competencias formales específicas y significativas en muchos de esos campos, está constantemente bregando para hacer frente a las necesidades de la ciudadanía en estos terrenos, mientras se le va cargando con nuevas responsabilidades que no van acompañadas de los recursos suficientes. En este contexto, deberíamos descentralizar determinadas competencias a los entes locales, dando sentido a los principios de proximidad y de subsidiariedad, como han hecho algunos de los nuevos Estatutos de Autonomía.

No es sólo un problema de reequilibrar las esferas de gobierno y administración. Lo significativo es que los gobiernos locales ejercen una aportación específica y cualitativamente significativa en la reestructuración de los modelos de bienestar, y lo que reclaman es que ello se reconozca, formal y financieramente. En educación quién mejor que la esfera municipal para vincular formación y cohesión social, para adaptar la escuela al entorno y establecer alianzas sociales, para integrar la diversidad de recursos locales en el proceso educativo a lo largo de toda la vida. Igualmente, en el mercado de trabajo es innegable la conveniencia de la descentralización de las políticas activas de ocupación dada su dimensión integradora y su capacidad para aprovechar mejor las oportunidades de empleo, como reconoce el Plan Zapatero de inversión local. Igualmente, en política de vivienda el gobierno local debería tener más protagonismo, dada la estrecha relación que vincula proceso urbanístico y oferta de vivienda.

Asimismo, es en la esfera local donde se identifican mejor las situaciones de marginación y exclusión, muy relacionadas con problemas de degradación de barrios específicos. La experiencia de la llamada Ley de Barrios en Cataluña y sus secuelas en otras comunidades autónomas, muestran la potencialidad de la concertación entre gobiernos autonómicos y gobiernos locales en procesos integrales de regeneración urbana. Sin el esfuerzo de los ayuntamientos, la gran transformación que implicó la llegada súbita de millones de inmigrantes no hubiera sido manejable. Porque no hemos tenido políticas de inmigración, hemos tenido políticas de extranjería. Y sólo los gobiernos autonómicos, y sobre todo los locales, han asumido la tarea de articular día a día los procesos de acomodación e inclusión de los nuevos residentes, y ese papel debe ser reconocido institucionalmente.

Por otro lado, al lado de la mayoritaria España urbana, se precisan políticas específicas para los municipios rurales que aborden la baja densidad, la falta de economías de escala que hagan rentables inversiones de infraestructura o de comunicaciones, la baja cobertura técnica de sus instituciones o la necesidad de repensar su desarrollo. Y son también los municipios los principales bancos de prueba de metodologías de desarrollo comunitario y de nuevas formas de participación ciudadana.

Como reclama la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) en su declaración sobre el 30 aniversario de la democracia local, el debate sobre los ayuntamientos deberá no sólo establecer su papel institucional, sino también incorporar el tema de la financiación. Es necesario considerar fórmulas de financiación como la participación de los entes locales en el IRPF autonómico. Esta vía incrementaría la transparencia del sistema de financiación municipal y ayudaría a establecer una mejor vinculación del IRPF con los servicios que financia. Convendría, asimismo, que se les permitiera un endeudamiento controlado y que se les eximiera del IVA en ciertos casos, reforzando al mismo tiempo los incentivos a mancomunarse y los controles que sean necesarios.

Pero éste no es un asunto estrictamente español. El debate sobre la necesidad de fortalecer y mejorar el rendimiento del gobierno local para contribuir al bienestar y la cohesión social, tiene una dimensión global. Así se desprende del Primer Informe Mundial de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (www.cities-localgovernments.org), aparecido hace unos meses. En uno de sus trabajos, Amartya Sen afirma: "El indigente desesperado que desea simplemente seguir vivo, la mujer de hacer faenas que busca algunas horas de respiro, el ama de casa sometida que lucha por un poco de autonomía individual, probablemente todos ellos han aprendido a formular deseos que corresponden a sus situaciones". Sus deseos nos pueden parecer pequeños, pero, como concluye Sen, "en algunas vidas, los pequeños espacios, las pequeñas cosas, importan mucho". He ahí la clave del valor de la proximidad, y el valor diferencial que pueden aportar unos gobiernos locales, dispuestos a compartir protagonismo con la ciudadanía, dotados de competencias y recursos suficientes y de los controles necesarios.

Joan Subirats es director del Instituto de Gobierno y Políticas Públicas de la UAB.