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cuatrodecididos

Seguidores de Cristo

Hoy, en el foro digital de EL PAÍS

¿Qué significa el llamamiento del Papa a la lucha ideológica?

"Es la vieja ambición del Pontífice Romano de ser protagonista del poder civil. Los verdaderos seguidores de Cristo son hombres y mujeres anónimos, entregados a vivir el Evangelio en su cotidianidad, sin aspavientos, encarnados en la realidad social que les rodea, apóstoles del amor que saben leer las señales de los tiempos y ven a Cristo en los que están a su alrededor, sintiéndose parte de ellos, no aparte de ellos. Comprendiéndoles, no adoctrinándoles".

Resurrección

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Romanza

Romanza

Cristo escuchanos
Jesús ten piedad
somos pecadores
queremos cambiar.

Nuestro gran fervor
no se quebrará
Tú nos darás fuerzas
para no pecar.

Nos apena el ver
Virgen maternal
rodar las Lágrimas
por Tú Santa Faz.

Escuchanos pués
deja de llorar
siempre fuimos tuyos
Tú nuestra serás.

Es nuestro querer
pa los dos igual
Cristo descendido
Virgen por llorar.

El Cristo y la Virgen
nos confortarán
el Uno y la Otra
con su Gran Bondad.

Cristo Descendido
Virgen por llorar
quita los pecados
de la Humanidad.

Inocencio Lagranja

Cofradía del Descendimiento de la Cruz y Lágrimas de Nuestra Señora

Pedro Arrupe, entre la crisis y la incomprensión

Pedro Arrupe, entre la crisis y la incomprensión


Este año se cumple el centenario del nacimiento de dos insignes españoles que asumieron altas responsabilidades en la Iglesia: Vicente Enrique y Tarancón, que nació en Burriana el 14 de mayo de 1907, y Pedro Arrupe Gondra, en Bilbao el 14 de noviembre del mismo año. A ninguno de los dos se les puede acusar de haber provocado la crisis del cambio religioso. Por el contrario, tuvieron el valor de enfrentarse a fondo con ella, perseverando en una fidelidad que inevitablemente había de resultar conflictiva. Los dos buscaron la reconciliación y ambos fueron mal comprendidos por los bandos contendientes.

Permítame el lector que dedique estas reflexiones al que fue General de los jesuitas durante el periodo 1965-1983. Acabo de leer el libro de más de mil páginas Nuevas aportaciones a la biografía de Pedro Arrupe (Ediciones Mensajero y Editorial Sal Terrae), donde se recogen los trabajos de 24 especialistas. Al final de esta sustanciosa lectura, surge espontáneamente la pregunta: ¿quién fue verdaderamente el padre Arrupe? ¿Un santo que, por fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, abrió la Compañía de Jesús a las demandas del mundo moderno? ¿Cómo explicar su mandato en la Compañía y su influencia en toda la Iglesia? Esta cuestión interesa no solamente a los hijos de Ignacio de Loyola, sino a todos los creyentes cristianos y de otras confesiones sensibles al cambio religioso. Pero también a historiadores y hombres y mujeres del mundo de la cultura, incluso agnósticos, puesto que no se trató sólo de una crisis religiosa sino de humanidad, anterior a él y que aún continúa, y ante la que Arrupe se situó de forma ejemplar.

Llegó al gobierno de una de las órdenes religiosas más controvertidas cuando ésta tocaba el punto más alto de su "restauración". Pío VII rehabilitó el Instituto religioso después de cincuenta años de supresión. Retomaron la historia los supervivientes de aquella afrenta, hombres beneméritos que, a juicio de los historiadores, tenían ya poco de común con el pelotón de jóvenes universitarios ansiosos de grandes empresas y capitaneados por Ignacio de Loyola, que se ofrecieron al papa Pablo III en 1538. Todo sucedió en un momento y de un modo demasiado apremiantes. El historiador jesuita Jean Claude Dhotel hace notar que aquellos padres de 1814 vivían todavía recordando los reinados de Luis XIII y Luis XIV. Seguían ilusionados con poder gozar de la misma protección bajo los Borbones, sin caer en la cuenta de hasta qué punto había cambiado la sociedad francesa después de la Ilustración, la Revolución y su Imperio. El siglo XIX, escribe Andrea Riccardi, "fue el tiempo de la marginación del cristianismo de sus posiciones tradicionales en la sociedad europea..., el régimen de cristiandad, la alianza y la compenetración entre el trono y el altar parecían casi la única condición en que el cristianismo de Roma podía vivir influyente, libre de persecución y capaz de cumplir su misión. De lo contrario sobrevendría el caos".

Sin embargo, en 1965, cuando los jesuitas eligen General a Pedro Arrupe, la Compañía había llegado a su máxima expansión. Eran 36.038, un número jamás alcanzado en la historia, y estaban presentes en más de 100 países articulados en 84 provincias. En el mundo católico y en la sociedad política y civil, la Compañía de Jesús era percibida como un gran cuerpo compacto, compuesto de teólogos, profesores de derecho, directores de casas de retiro, bioquímicos, astrofísicos, educadores, misioneros, confesores de papas, y hasta... un ministro de Estado y algún guerrillero. Aquella homogeneidad era sólo aparente. Por una parte estaban los pensadores, precursores del Concilio, como el antropólogo y científico Teilhard de Chardin, los teólogos Henri de Lubac y Karl Rahner, el escriturista, defensor y promotor del ecumenismo y de la libertad religiosa Agustín Bea y los pioneros del pensamiento social católico y del compromiso por la justicia e igualdad entre las razas John La Farge y Heinrich Pesch, por citar los más famosos. Y muy cerca de ellos todos los que sentían la necesidad de un diálogo sincero y evangelizador con un mundo profundamente transformado. Todo ese torrente caudaloso fue aprovechado por el Concilio.

Del Concilio recibió Arrupe la voluntad, a toda prueba, de llevarlo a la vida. Para él no había otro objetivo, en fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, que alcanzar a un mundo que se cree autosuficiente, que pretendiendo construirse a sí mismo a golpe de ciencia, de técnica y de ideologías, se despeñaba en divisiones profundas, ambiciones generadoras de injusticias, injusticias generadoras de pobrezas de todas clases. Ése fue precisamente el objetivo de Juan XXIII al convocar el Concilio.

Por otra parte, dentro de la misma orden, actuaban los defensores de la "antigua doctrina", la que había predominado en la segunda Compañía nacida el 1814. No es fácil comprender que un verdadero "discernimiento ignaciano" les hubiera llevado a concentrar su lucha contra la filosofía de las Luces. Obsesionados con los errores del marxismo, el evolucionismo y el laicismo, no podían mirar con sosiego el futuro de la Iglesia.

Fue, efectivamente, un problema de "mirada". Una mirada evangélica al mundo es la que situó y mantuvo a Arrupe en el esfuerzo por orientar y lanzar a la Compañía a las "fronteras" de ese mundo. Y no sólo a la Compañía, sino, en cuanto pudo, a la Iglesia y a todo hombre de buena voluntad. Sus mensajes a hombres y mujeres de todas las culturas fueron idénticos. Su insobornable optimismo brotaba de esa contemplación misericordiosa del mundo. "Soy optimista porque creo en Dios y en el hombre... En un hombre, que ha perdido la referencia con su Centro y se ha puesto a dudar de que ese Centro haya jamás existido, o que sea otra cosa para el hombre que el hombre mismo...".

Es ese optimismo el que le hace detectar las "fronteras" donde el ser humano se rompe, se destruye y destruye: motiva a los jesuitas a afrontar el desafío de la increencia. "¿Qué habéis hecho", les pregunta, "en materia de contactos con los no-creyentes? ...He notado que varios mostrabais cierta sorpresa al preguntaros sobre esto... Pues es vital cómo se sitúa la Compañía ante este desafío". O les lleva en masa hasta las fronteras de la injusticia y sus derivados: la pobreza, el racismo. "La acción a favor de la justicia, y la participación en la transformación del mundo, se nos presentan como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva. ¿Puede uno acceder a la mesa de la comunión sin tomar la decisión de actuar a favor de los que tienen hambre?". Una de sus últimas decisiones como General (noviembre 1980) fue movilizar a la Compañía en la "frontera" nueva -y desgraciadamente de hoy-, a nivel mundial, de los refugiados, incluso poniendo a su disposición locales de la propia curia generalicia: "Nuestra opción por los pobres y los sin voz nos lleva a los refugiados, que son los ’más pequeños’, según el evangelio".

O clarifica fronteras allí donde un celo no discernido desfigura la acción que un cristianopuede asumir desde el Evangelio. Así, a los Provinciales de América Latina, que se la piden, les ilumina con una certera carta sobre el análisis marxista. O actúa en directo en las fronteras nacidas de una evangelización contaminada de colonización, en África y Asia Oriental, haciendo suyas, y sobre todo haciendo realidad, las palabras históricas de Pablo VI en Uganda: "Vosotros, africanos, sois en adelante vuestros propios misioneros. La Iglesia de Cristo está realmente implantada en esta tierra bendita...". Y hace desembocar toda su propia experiencia misionera en una dinámica de "inculturación", que empieza por la inmersión personal del propio evangelizador en una cultura ajena sacrificando la propia. O, allí donde la debilidad humana ha creado fronteras religiosas, incluso dentro del cristianismo, se volcará y hará que se vuelquen los jesuitas en un diálogo ecuménico e interreligioso que es un camino en exploración.

Nada extraño que éstos y otros numerosos intentos, sembrados por el Concilio y asumidos, de corazón, por Arrupe, se vieran frenados por el desconcierto que producía el mero hecho de plantearlos y por las tendencias aislacionistas, vivas y activas en la Iglesia y en la Compañía desde los años cincuenta. Pero no fue ésta, sin duda, la mayor cruz de Arrupe, que había cargado en su vida con muchas, sino la de la duda o la sospecha sobre él, que había hecho de su fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al ser humano, su compromiso más total. Y que nunca puso resistencia en reconocer sus errores y los de la Compañía, al contrario. Eso sí: "No pretendemos", escribió a los Provinciales de América Latina en años muy difíciles, "defender nuestras equivocaciones; pero tampoco queremos cometer la mayor de todas: la de esperar con los brazos cruzados y no hacer nada por miedo a equivocarnos".

José María Martín Patino

Jon Sobrino, pata negra

Jon Sobrino, pata negra


Sobre la `notificatio´ de la Santa Sede a Jon Sobrino

El calificativo Pata negra, en su sentido estricto, se usa para distinguir a los jamones de una calidad superior. La gran afición por el citado alimento ha llevado a que se emplee, en sentido amplio, para resaltar a cualquier otro alimento por su calidad, o incluso a personas por su brillantez humana y profesional.

Éste es el caso del jesuita Jon Sobrino que no sólo ha dado un ejemplo de cristiano comprometido con sus semejantes sino que es, sin duda, uno de los más brillantes teólogos no sólo de Latinoamérica sino de toda la Iglesia.

Estamos hablando de un hombre que ha vivido el martirio de muchos de sus compañeros y amigos en El Salvador, donde reside y fue uno de los fundadores de la Universidad de Centro América, como el magnicidio de monseñor Óscar Romero; e incluso estuvo a punto de sufrirlo en su propio cuerpo, cuando se produjo el asesinato de Ignacio Ellacuría y otros tantos jesuitas y personal de la UCA , en 1980.

Su relación con la Congregación para la Doctrina de la Fe no ha sido pacífica (como ha ocurrido con tantos otros brillantes teólogos), pero debemos matizar algunas de los comentarios que sobre este tema se han vertido en los últimos días.

Jon Sobrino es autor de numerosas publicaciones pero la citada Congregación fija su atención en dos: Jesucristo Liberador (Trotta, 1991) y La fe en Jesucristo. Ensayo de las víctimas (Trotta, 1999). Ambos libros han sido traducidos a varios idiomas y han sido revisados por otros tantos teólogos expertos en Cristología, tal es así que el primero de ellos en su traducción al portugués recibió la autorización del Cardenal Arns.

La conclusión del ex Santo Oficio (Inquisición) no es que se falsifique la verdad de Cristo sino que no coincide en algún punto con la interpretación de la doctrina católica.
Seamos serios.

La iglesia es plural y en ella caben desde la Teología de la Liberación hasta los seguidores ultra-conservadores de monseñor Lefevbre. Más aún cuando se habla tanto de la unión con ortodoxos e incluso con la Iglesia Anglicana, con las cuales creemos que también habrá motivos de discusión teológica.

Uno de los puntos que se discute es la afirmación del citado jesuita sobre los pobres como lugar de hacer teología. Señores, tales son las posibilidades de interpretación que el mismo Juan XXIII ya hablaba de la Iglesia de los pobres y de la utopía para darles esperanza.

De todas formas la notificación no lleva aparejada sanción ni prohibición alguna, de suerte que algunos deberían mejorar sus fuentes de información.

Desde nuestra Comunidad damos todo nuestro apoyo a Jon Sobrino y nos reafirmamos en la idea de que la Iglesia debe estar ante todo con los pobres y los marginados, y centrar su esfuerzo en eliminar estas situaciones.

Por el bien de todos. La Iglesia es un lugar de encuentro y de paz. Antes de ver la paja en el ojo ajeno hay que ver la viga en el propio.

Jorge Emperador Bartumeus y el resto de miembros de la Comunidad de Vida Cristiana Pignatelli.

Moral e ideales cristianos


EN una carta publicada en Abc, don Joaquín Silos Millán me acusaba un tanto truculentamente de «haber perdido el equilibrio mental y la elegancia» por afirmar, en un artículo sobre las repulsivas fotitos publicadas en un catálogo sufragado por la Junta de Extremadura, que «las jerarquías eclesiásticas actúan de mamporreros en trifulcas políticas que benefician a la derecha». Don Joaquín me aclara superfluamente el significado de la palabra «mamporrero», que yo en aquel artículo utilizaba en un sentido figurado. Y me ratifico en la afirmación: aquel catálogo, ofensivo para las creencias de los católicos y de una sordidez estética impronunciable, fue publicado originariamente en 2003; que cuatro años después de su publicación, y en vísperas de unas elecciones, provoque el escándalo de la facción opositora me hace sospechar que dicho escándalo no sea del todo sincero. Convendría recordar que, hace algún tiempo, se estrenó en el Círculo de Bellas Artes, con subvención de la Comunidad de Madrid, una piltrafa teatral escrita por un cuñadete o primo de Esperanza Aguirre en la que también se ofendía -cito a don Joaquín- a «Dios nuestro Padre, Creador del Universo entero, como sabemos y sentimos quienes nos consideramos cristianos»; y, sin embargo, no se exigieron entonces dimisiones, ni se le reclamaron a Aguirre tantas explicaciones como en estos días se han reclamado a Rodríguez Ibarra.

Dicho lo cual no hará falta que reitere la opinión que me merecen tan abyectas fotitos. Pero en su carta al director don Joaquín introducía asuntos de mayor calado. Sostenía que, cuando aludía a la utilización política que se estaba haciendo de las jerarquías eclesiásticas, imaginaba que me estaba refiriendo «a la emisora de radio conocida por la COPE, que aun dependiendo de la Conferencia Episcopal está dirigida por seglares, con total libertad dentro de la moral e ideales cristianos». Para ser más precisos, don Joaquín, me estaba refiriendo tan sólo a unos pocos programas de dicha emisora. Programas que no sólo acampan extramuros «de la moral e ideales cristianos», sino que abiertamente los refutan y pisotean. Quiero recordarle a don Joaquín Silos que, desde dichos programas, se han proferido brutalidades sobre los inmigrantes y apologías del liberalismo económico más desenfrenado contrarias a la doctrina social de la Iglesia, y aun al concepto de justicia natural que Dios nuestro Padre inscribió en el corazón del hombre. Quiero recordarle también que en tales programas se ha defendido la Guerra de Irak, que Su Santidad Juan Pablo II condenó sin ambages, como no podía ser de otro modo, tratándose de una guerra injusta. Quiero recordarle, en fin, que desde tales programas se incita al odio y se vierten expresiones de una brutalidad mucho más sangrante que la venial inelegancia que yo deslizaba en aquel artículo; incitaciones y expresiones que, más allá de consideraciones ideológicas, constituyen una negación del ideal de misericordia cristiana, que de forma tan sublime ilustra el pasaje del Evangelio de San Juan que mañana se proclamará en las iglesias católicas, las mismas iglesias que los responsables de dichos programas no pisan ni de casualidad.

Creo, como decía en aquel artículo que ha provocado la indignación de don Joaquín, que las jerarquías eclesiásticas están alimentando un monstruo que apartará a muchos católicos españoles de la Iglesia, a la vez que contribuirá a dar alas a una derecha sin Dios al menos igual de adversa a «la moral y los ideales cristianos» que esa izquierda anticlerical y laicista que soy el primero en combatir. Y creo, además, que las jerarquías eclesiásticas están dejando pasar una ocasión apasionante, en la que los valores cristianos, en su inabarcable Belleza y apetito de Verdad, podrían conquistar a mucha gente desnortada que necesita encontrar un sentido trascendente a sus días. A cambio, sólo encuentran enconamiento e hipótesis rocambolescas sobre el 11-M. Y es que, como nos advirtió Jesús, «el hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca».

Juan Manuel de Prada

50 años de UE: la utopía factible

50 años de UE: la utopía factible


HOY se conmemoran los cincuenta años de la fundación de Europa como comunidad y como unidad. En marzo de 1957 se firmaron los Tratados de Roma (Comunidad Económica Europea y Comunidad Europea de la Energía Atómica), que junto al Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero conforman los documentos constitutivos de las Comunidades Europeas. Desde entonces, más de 480 millones de ciudadanos que viven en 27 países distintos han creado una nueva realidad política de manera democrática.

El historiador Tony Judt, en su monumental Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 (editorial Taurus), recuerda que la Europa de hoy, con un Estado del bienestar que constituye su seña de identidad más poderosa, no nació del proyecto optimista, ambicioso y progresista que los euroidealistas imaginan, sino que es el fruto de una insegura ansiedad: acosados por el fantasma de la historia, sus líderes llevaron a cabo reformas sociales y fundaron nuevas instituciones como medida profiláctica para mantener a raya el pasado (dos guerras mundiales en 20 años, con decenas de millones de víctimas).

Medio siglo es tiempo suficiente para detectar las carencias de lo creado. Alemania, como presidente de turno de la UE, habrá de poner en pie una declaración consensuada que conmemore ese 50º aniversario y actualice los valores y los procedimientos de Europa en la era de la globalización. Entre esas carencias está la imposibilidad de una Constitución; la necesidad de una política exterior y de seguridad común; el hecho de haber creado las instituciones para el funcionamiento de una moneda única (el Banco Central Europeo y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento), pero no haber cerrado el círculo de la consolidación del mercado único; o que siendo el mercado más importante del mundo, no se disponga de una política energética común y se padezca la dependencia del gas y el petróleo exterior. Recién ingresados Rumania y Bulgaria, todavía no sabemos cuáles son las fronteras exteriores de la Unión. Nuestra economía crece menos de su potencial, tiene paro y la inversión en I+D (que define el paso de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento) es mucho más pequeña que la de nuestros principales competidores. El Estado del bienestar está pendiente de redefinición por motivos objetivos: el envejecimiento de la población; cada vez hay más personas que demandan protección social al tiempo que disminuye el número de contribuyentes. Urge un nuevo pacto actualizado entre socialdemócratas y democristianos para avanzar.

Cuando se abre el 50º aniversario de la creación de la UE se cierra el de los 20 años de la entrada de España en ese club privilegiado, que constituye tan sólo el 7,5% de la población mundial. Durante tres cuartas partes del siglo XX, nuestro país fue una economía periférica: un país menor. La vinculación con la UE es una historia de éxito. En 1986, cuando se entró en la UE, la renta per cápita española era tan sólo el 68% de la media europea; hoy es el 98% -¡30 puntos más en sólo dos décadas!- debido al crecimiento económico superior, a las ayudas europeas y al efecto estadístico de haber pasado de una Europa de 15 miembros a una de 27. El vicepresidente económico, Pedro Solbes, acaba de declarar en la presentación del Programa de Estabilidad 2006-2009 que en 2010, España superará de modo holgado la media europea de riqueza per cápita.

Sería injusto que el balance de la entrada de España en la UE se hiciera sólo en términos económicos. Políticamente, nuestro país se halla a la cabeza de los de libertades civiles y políticas más avanzadas (como manifiesta el índice de calidad de la democracia, publicado por el semanario The Economist). El punto negro de la integración se encuentra en el gasto social, que sigue estando muy por debajo de la media europea. En términos absolutos y en términos per cápita.

Joaquín Estefanía

Día Mundial del Agua


El 22 de Marzo se celebra el Día Mundial del Agua. Un día en el que todos deberíamos reflexionar sobre la utilización de este bien que cada día es más escaso, sobre todo en algunos de los países del Sur.

Para luchar contra esta situación, Intermón Oxfam y cientos de organizaciones trabajamos para alcanzar uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio en el 2015: reducir a la mitad el número de personas sin acceso a agua potable.

Visita la página Hagamos su sueño realidad. Contiene vídeos, testimonios, acciones de calle, consejos para practicar un consumo responsable del agua...