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Miserables urbanistas

Miserables urbanistas


¿Estamos ante una corrupción urbanística generalizada? Seguramente, desde un punto de vista penal, no. Hay muchos ayuntamientos en los que la recalificación de terrenos no se hace buscando obtener fondos para la financiación extra, e ilegal, de los partidos políticos, ni para el provecho personal del alcalde, de los concejales y de todo tipo de sinvergüenzas añadidos. Pero una cosa es estar convencido de eso y otra, creer que en Mallorca y en Baleares no hay más casos de corrupción urbanística penalmente sancionable que los que ya se han detectado, como pareció anunciar el pasado miércoles el fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido. O bien el fiscal general padece un problema de facundia o sufre una repentina necesidad de congraciarse con todo el mundo, de cara a las fiestas navideñas. Cualquier cosa es posible, menos esperar que los ciudadanos crean que la Fiscalía Anticorrupción ya lo ha investigado todo, en Baleares como en otros lugares de España.

Pase lo que pase con esos graves casos de corrupción urbanística, es posible que lo más importante que ocurre hoy día en España no sea tanto ese tipo de delitos concretos como la extensión de algo que no es un crimen pero que tiene, incluso, consecuencias más desastrosas para el conjunto de la ciudadanía: la notable indecencia intelectual que padece desde hace ya bastantes años el urbanismo y la arquitectura en este país, con el resultado de un territorio cada vez más destrozado e irrecuperable.

Lo incomprensible es que haya prosperado casi sin oposición la feroz idea de los expertos ultraliberales, acogidos en el seno del PP, según los cuales todo el territorio de este país es edificable, salvo pequeñas parcelas perfectamente definidas que deben ser protegidas, bien sea por su valor paisajístico extraordinario o por otras circunstancias igualmente particulares y determinadas. El resto, decían, es un solar potencial. Así se abarataría el suelo y bajaría el precio de la vivienda.

El resultado está a simple vista de los ciudadanos: el suelo y la vivienda son más caros que nunca y, al mismo tiempo, sin beneficio alguno a cambio, el territorio está cada vez más destruido y arrasado. El resultado es Seseña, un páramo de Toledo donde se levantan miles de viviendas y donde, obviamente, no había ninguno de esos escasos bienes legales a los que, según los ultraliberales, cabe proteger. Desde luego, no el paisaje, un secarral de tomo y lomo. Tampoco primorosos cultivos agrícolas, puesto que aquellos fueron unos aburridos campos de cebada. Es posible que en Seseña, como en otras tantas catástrofes urbanísticas que padece España desde hace algunos años, no haya corrupción ni delito. Lo que sí hay es desvergüenza. Un urbanismo desvergonzado que construye donde no hay ni agua ni equipamientos ni, sobre todo, necesidad alguna. El mismo urbanismo descarado e insolente que cree que todo lo que se puede hacer, se debe hacer. El que quiere arrasar parte de Guadarrama o la ladera de los montes de Cee en la Costa de la Muerte, el que ya ha arrasado Los Cristianos, en Tenerife, o la costa valenciana.

El resultado de esa indecente idea es el deterioro de un bien irrecuperable e insustituible que era propiedad de todos nosotros. ¿Qué ha pasado con los alcaldes, urbanistas y arquitectos que en los años 80 advertían contra esa locura? ¿Qué ha sido de aquellos alcaldes y de aquellos especialistas que luchaban por un urbanismo comprometido con la ciudadanía, con una forma de ser de la ciudad y del paisaje? ¿Con aquellos concejales y consejeros de urbanismo que creían en el patrimonio común y en que no era lo mismo dejar que la ciudad creciera por un lado que por otro, de una manera que de otra? La gran mayoría estaba en la izquierda y, lamentablemente, fue la izquierda la que prescindió de ellos. Todos se contaminaron de esa otra visión burocrática, rutinaria y miserable del urbanismo que ahora sufrimos los ciudadanos y que nadie, ni tan siquiera aquellos urbanistas y arquitectos que en otros momentos levantaron la voz, parece hoy querer, ni saber, combatir.

Soledad Gallego-Díaz

Memorias

Memorias

En la derrota, altivez;
en la guerra, resolución;
en la victoria, magnanimidad;
en la paz, buena voluntad.

Winston Churchill

Mileuristas

Mileuristas

En Mileuristas (Ariel), su libro más reciente, Espido Freire nos ofrece una radiografía de una generación a quien da nombre su precariedad económica y profesional: veinteañeros ya talluditos o treintañeros que han de conformarse con sueldos exiguos que a menudo no alcanzan los mil euros. Una generación que se ha topado con la generación previa (mucho más copiosa, los Baby Boomers) taponando los puestos de responsabilidad y dispuesta a seguir taponándolos por mucho tiempo. Espido Freire acierta cuando se propone describir la tragedia de los mileuristas: han crecido en tiempos de cierta bonanza económica, incluso podría decirse que han sido formados –sibilinamente formados– para la sociedad de consumo; no han tenido que padecer las penalidades que sufrieron sus padres, no se han visto obligados a interrumpir sus estudios para incorporarse en la adolescencia al mercado laboral; y, sin embargo… llegada la hora de estrenar una vida adulta, se tropiezan con un panorama de una hostilidad ceñuda, que les impide independizarse o conseguir trabajos mínimamente remuneradores (y no me refiero tan sólo al significado puramente pecuniario de la palabra). Entre los rasgos distintivos que Espido Freire destaca de esta generación de mileuristas se cuenta su ‘preparación’, una preparación que en muchos casos deviene inútil o puramente ornamental: son jóvenes que se han formado concienzudamente para ocupar puestos de relieve, que han cursado estudios universitarios en una proporción nunca antes conocida, que incluso han complementado y prolongado esos estudios con másteres, becas en el extranjero y demás farfolla académica y que, sin embargo, han de resignarse a aceptar empleos poco acordes con su cualificación, con frecuencia sometidos a contratos basura. Enseguida se tropiezan, además, con un obstáculo insalvable, un acantilado que detiene sus posibilidades de emancipación: me refiero, naturalmente, a los precios inmoderados de la vivienda, inaccesibles para sus salarios, que los obligan a estirar hasta edades indecorosas la permanencia en el hogar paterno, o a empeñarse de por vida con una hipoteca.

Existe otro rasgo de los mileuristas que Espido Freire también menciona en repetidas ocasiones, aunque quizá no se atreva a desarrollar hasta sus últimas consecuencias. Los mileuristas han sido una generación habituada desde la niñez a poseer aquello que deseaba, una generación protegida por sus padres, «tan entretenida con lo que se le ofrecía» que a la postre iba a resultar una generación complaciente, incapacitada para la rebelión. Espido Freire sostiene que se trata de una generación desideologizada; no estoy plenamente de acuerdo con esta caracterización: más bien considero que los mileuristas han acatado la ideología vigente sin empacho; y cuando hablo de ideología no me refiero a las ideologías en el sentido tradicional –tan desfasadas–, sino más bien al pensamiento dominante, a los Principios del Régimen. Cada vez que se realiza una encuesta entre la juventud española, resulta espeluznante comprobar con cuán satisfecha estolidez aceptan el catecismo de la corrección política y cómo se allanan ante el relativismo moral y ante las presuntas ‘conquistas del progreso’ que les venden como panaceas universales. Inevitablemente, una generación formada –científicamente formada, incluso, me atrevería a decir– para no poner en tela de juicio la doctrina imperante se muestra incapaz de cuestionarla, interpelarla, refutarla. Y aunque la sociedad diseñada por esa doctrina imperante los excluya, o los relegue a los arrabales, allá donde sus decisiones no importan, o sólo importan en cuanto engrosan el número de votos de tal o cual partido, los mileuristas carecen de instrumentos eficaces para plantear una ‘revolución desde dentro’. Así surge un fenómeno que Espido Freire constata en diversos pasajes de su libro: el rencor. Un rencor estéril y esterilizante, a veces virulento, a veces disfrazado de espíritu crítico, que no es sino una manifestación más enconada de la proverbial envidia española. Pero el rencor, a la postre, es otra forma de complacencia: el mileurista, quizá porque ha sido concienzudamente diseñado para aceptar el orden de las cosas, quizá porque su aspiración inconfesada no es otra que prolongarlo (pero asumiendo roles de mando y prestigio social que hasta la fecha le son vedados), prefiere enquistarse en ese rencor inútil antes que subvertir los valores –o la falta de valores– que le han vendido. A lo mejor el día que se atreva a subvertirlos lograría descongestionar ese tapón que impide su crecimiento.

Juan Manuel de Prada

Nuestros nuevos amos

Muy "revertiana" su Patente de Corso de esta semana... exagerada pero que esconde una gran verdad.

A los españoles nos destrozaron la vida reyes, aristócratas, curas y generales. Bajo su dominio discurrimos dando bandazos, de miseria en miseria y de navajazo en navajazo, a causa de la incultura y la brutalidad que impusieron unos y otros. Para ellos sólo fuimos carne de cañón, rebaño listo para el matadero o el paredón según las necesidades de cada momento. Situación a la que en absoluto fuimos ajenos, pues aquí nunca hubo inocentes. Nuestros reyes, nuestros curas y nuestros generales eran de la misma madre que nos parió. Españoles, a fin de cuentas, con corona, sotana o espada. Y todos, incluso los peores, murieron en la cama. Cada pueblo merece la historia y los gobernantes que tiene.

Ciertas cosas no han cambiado. Pasó el tiempo en que los reyes nos esquilmaban, los curas regían la vida familiar y social, y los generales nos hacían marcar el paso. Ahora vivimos en democracia. Pero sigue siendo el nuestro un esperpento fiel a las tradiciones. Contaminada de nosotros mismos, la democracia española es incompleta y sectaria. Ignora el respeto por el adversario; y la incultura, la ruindad insolidaria, la demagogia y la estupidez envenenan cuanto de noble hay en la vieja palabra. Seguimos siendo tan fieles a lo que somos, que a falta de reyes que nos desgobiernen, de curas que nos quemen o rijan nuestra vida, de generales que prohíban libros y nos fusilen al amanecer, hemos sabido dotarnos de una nueva casta que, acomodándola al tiempo en que vivimos, mantiene viva la vieja costumbre de chuparnos la sangre. Nos muerden los mismos perros infames, aunque con distintos nombres y collares. Si antes eran otros quienes fabricaban a su medida una España donde medrar y gobernar, hoy es la clase política la que ha ido organizándose el cortijo, transformándolo a su imagen y semejanza, según sus necesidades, sus ambiciones, sus bellacos pasteleos. Ésa es la nueva aristocracia española, encantada, además, de haberse conocido. No hay más que verlos con sus corbatas fosforito y su sonriente desvergüenza a mano derecha, con su inane gravedad de tontos solemnes a mano izquierda, con su ruin y bajuno descaro los nacionalistas, con su alelado vaivén mercenario los demás, siempre a ver cómo ponen la mano y lo que cae. Sin rubor y sin tasa.

En España, la de político debe de ser una de las escasas profesiones para la que no hace falta tener el bachillerato. Se pone de manifiesto en el continuo rizar el rizo, legislatura tras legislatura, de la mala educación, la ausencia de maneras y el desconocimiento de los principios elementales de la gramática, la sintaxis, los ciudadanos y ciudadanas, el lenguaje sexista o no sexista, la memoria histórica, la economía, el derecho, la ciencia, la diplomacia. Y encima de cantamañas, chulos. Osan pedir cuentas a la Justicia, a la Real Academia Española o a la de la Historia, a cualquier institución sabia, respetable y necesaria, por no plegarse a sus oportunismos, enjuagues y demagogias. Vivimos en pleno disparate. Cualquier paleto mierdecilla, cualquier leguleyo marrullero, son capaces de llevárselo todo por delante por un voto o una legislatura. Saben que nadie pide cuentas. Se atreven a todo porque todo lo ignoran, y porque le han cogido el tranquillo a la impunidad en este país miserable, cobarde, que nada exige a sus políticos pues nada se exige a sí mismo.

Nos han tomado perfectas las medidas, porque la incultura, la cobardía y la estupidez no están reñidas con la astucia. Hay imbéciles analfabetos con disposición natural a medrar y a sobrevivir, para quienes esta torpe y acomplejada España es el paraíso. Y así, tras la añada de políticos admirables que tanta esperanza nos dieron, ha tomado el relevo esta generación de trileros profesionales que no vivieron el franquismo, la clandestinidad ni la Transición, mediocres funcionarios de partido que tampoco han trabajado en su vida, ni tienen intención de hacerlo. Gente sin el menor vínculo con el mundo real que hay más allá de las siglas que los cobijan, autistas profesionales que sólo frecuentan a compadres y cómplices, nutriéndose de ellos y entre ellos. Salvo algunas escasas y dignísimas excepciones, la democracia española está infestada de una gentuza que en otros países o circunstancias jamás habría puesto sus sucias manos en el manejo de presupuestos o en la redacción de un estatuto. Pero ahí están ellos: oportunistas aupados por el negocio del pelotazo autonómico, poceros de la política. Los nuevos amos de España.

Arturo Pérez-Reverte

Oración de Javier

Oración de Javier

Por la conversión de los gentiles (Goa, probablemente en 1548)

Eterno Dios, Criador de todas las cosas,
acuérdate que tú solo creaste las almas de los infieles,
haciéndolas a tu imagen y semejanza.

Mira, Señor, cómo en oprobio tuyo se llenan de ellas los infiernos.
Acuérdate, Señor, que tu Hijo Jesucristo padeció por ellas,
derramando tan liberalmente su sangre.

No permitas, Señor, que el mismo Hijo tuyo y Señor nuestro
sea por más tiempo despreciado de los infieles;
antes aplacado por los ruegos de los santos, elegidos tuyos,
y de la Iglesia beatísima, esposa de tu mismo Hijo,
acuérdate de tu misericordia, y olvidado de su idolatría e infidelidad,
haz que también ellos conozcan al que enviaste
Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que es salud, vida y resurrección nuestra,
por el cual somos libres y nos salvamos,
a quien sea gloria por los infinitos siglos de los siglos. Amén.

San Francisco Javier

El SIDA en 2006

El SIDA en 2006

La OMS alerta de un aumento de los casos de sida en Europa del este y Asia

El informe anual ONUSIDA revela que cerca de 40 millones de personas viven con el virus en todo el mundo

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido de que la epidemia de sida continúa creciendo y ya hay 39,5 millones de infectados en todo el mundo. Además, alerta de un elevado crecimiento de casos en Europa del este y Asia, donde el número de infectados se ha multiplicado por 20 en los últimos 10 años.

Son datos del último informe sobre el sida en el mundo, Situación de la epidemia de SIDA 2006, del ONUSIDA/OMS. Según dicho informe, actualmente viven con el VIH alrededor de 39,5 millones de personas en el mundo. En 2006 se produjeron 4,3 millones de nuevas infecciones, de las cuales 2,8 millones (el 65%) corresponden al África subsahariana. Un total de 2,9 millones de personas han fallecido como consecuencia de enfermedades relacionadas con el sida en 2006. Según el director ejecutivo del ONUSIDA, Peter Piot, estos datos son "preocupantes", por la inversión de la buena tendencia. "Esto significa que los países no están actuando al mismo ritmo de sus epidemias", ha dicho, pidiendo “intensificar drásticamente la acción”.

Uno de los datos más llamativos del informe es el gran crecimiento de la enfermedad en Europa del este, especialmente Rusia y Ucraia, y Asia central, donde se observan algunos indicios de que las tasas de infección han crecido en más del 50% desde 2004. Según estos datos, 1,7 millones de personas viven actualmente con el virus en estas regiones, 20 veces más que hace 10 años. Un total de 270.000 personas se han contagiado en 2006, con 84.000 muertes, y sólo un 13% de los enfermos tiene acceso a tratamientos con retrovirales.

También alerta el informe de que existen "indicios preocupantes" de que en algunos países que tenían tasas de infección por VIH estables o en retroceso han vuelto a aumentar. En este sentido, destaca la importancia de sostener o adaptar los programas de prevención a la evolución de la enfermedad, ya que donde no se ha hecho, las tasas se mantienen estables o vuelven a subir, como es el caso de América del Norte y Europa occidental, donde el número de nuevas infecciones se ha mantenido invariable. Y en algunos países, como Uganda, donde se habían logrado reducir las nuevas infecciones, se ha frenado el descenso o han aumentado. Así, tan sólo en unos pocos países de ingresos bajos y medianos se han reducido verdaderamente las nuevas infecciones.

Desde el lado positivo, el informe reconoce que se observan descensos en las tasas de infección en algunos países, así como tendencias positivas en el comportamiento sexual de los jóvenes en zonas de especial riesgo, con un mayor uso del preservativo, un aplazamiento del inicio sexual y un descenso de la promiscuidad. Es el caso de países como Botswana, Burundi, Costa de Marfil, Kenia, Malawi, Ruanda, Tanzania y Zimbabue.

Onusida

Si soñaras siempre, si amaras

Si soñaras siempre, si amaras
olvidándote, abandonándote...
Pensaría por ti las cosas
dejando que me las soñases.
Con mi velar y tu soñar
el camino sería fácil.
Yo daría los nombres justos
a los sueños que deshojases.
Encontraría para ellos
la voz que los encadenase,
la forma exacta, la palabra
que los llena de claridades.
Me acercaría hasta ti como
si fueses una orilla madre.
Y qué descanso dar al alma
sombras que el alma apenas sabe.
Yo no diría de ti: era
blanca y hermosa y joven y ágil;
tenía bellos ojos tristes
abiertos sólo a realidades
Yo diría de ti: es mi fresca
raíz que de los sueños nace,
la música de mis palabras,
el hondo canto inexplicable,
la prodigiosa primavera
que en las hojas recientes arde,
el corazón caliente que ama
olvidándose, abandonándose.
Tú lo sabrás un día. Entonces
será demasiado tarde.

José Hierro

Lo urgente y lo importante

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Un experto asesor de empresas en Gestión del Tiempo quiso sorprender a los asistentes a su conferencia.

Sacó de debajo del escritorio un frasco grande de boca ancha. Lo colocó sobre la mesa, junto a una bandeja con piedras del tamaño de un puño y preguntó:
"¿Cuantas piedras piensan que caben en el frasco?".

Después de que los asistentes hicieran sus conjeturas, empezó a meter piedras hasta que llenó el frasco. Luego preguntó:
"¿Está lleno?".

Todo el mundo lo miró y asintió. Entonces sacó de debajo de la mesa un cubo con gravilla. Metió parte de la gravilla en el frasco y lo agitó. Las piedrecillas penetraron por los espacios que dejaban las piedras grandes. El experto sonrió con ironía y repitió:
"¿Está lleno?".

Esta vez los oyentes dudaron:
"Tal vez no".

"¡Bien!".

Y puso en la mesa un cubo con arena que comenzó a volcar en el frasco. La arena se filtraba en los pequeños recovecos que dejaban las piedras y la grava.
"¿Está lleno?" preguntó de nuevo.

"¡No!", exclamaron los asistentes.

"Bien", dijo, y cogió una jarra de agua de un litro que comenzó a verter en el frasco. El frasco aún no rebosaba.

"Bueno, ¿qué hemos demostrado?", preguntó.

Un alumno respondió:
"Que no importa lo llena que esté tu agenda, si lo intentas, siempre puedes hacer que quepan más cosas".

"¡No!",concluyó el experto:
"lo que esta lección nos enseña es que si no colocas las piedras grandes primero, nunca podrás colocarlas después. ¿Cuales son las grandes piedras en tu vida?. Tus hijos, tus amigos, tus sueños, tu salud, la persona amada.... Recuerda, ponlas primero. El resto encontrará su lugar".