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In partes tres

In partes tres

¿Por qué desear que una historia se extienda más allá de su última frase? Quizás, como lectores, queremos que el autor nos diga si los protagonistas fueron de verdad felices, y si las perdices les cayeron bien o no.


Cuenta la leyenda que los libros de Homero deben su extensión no a la inspiración del poeta sino al tamaño de un rollo de papiro: terminado el rollo, acababa el capítulo. La invención del códex permitió infligir al lector volúmenes de capacidad obesa aunque no infinita. Esa desmesurada ambición está ahora a nuestro alcance gracias a la tecnología electrónica: el e-book, como aquel Libro del Mundo Soñado por San Agustín, no exige una última página.

Pero el infinito no es una medida humana: preferimos extensiones más modestas y libros que no nos aplasten cuando los leemos en la cama. Quizás para prevenir hernias y apoplejías, los novelistas del siglo diecinueve eligieron dividir sus mamotretos en tres volúmenes, dando lugar en Inglaterra a un oprobioso epíteto, la three-volume novel, para designar un extenso mamarracho sentimental. Las bibliotecas de préstamo y los puestos de librerías en las estaciones de tren del Reino Unido fueron inundados de indigestos tríos con títulos aristocráticos y seductores: El joven duque, El secreto de Lady Audley, Mrs. Armitage, Cecilio, Las aventuras de un necio, La hija de Lady Rose. Jane Austen, escribiendo en 1808, cuenta cómo su padre y su hermano leen en voz alta para el resto de la familia las novelas de sus contemporáneos, Sir Walter Scott y Madame de Genlis entre otros, a medida que aparecen los tomos de cada obra. "¿Debiera gustarme el Marmion de Scott?", se pregunta Austen al recibir el segundo volumen. "Hasta ahora no es así", responde, no del todo desilusionada. Es que las trilogías novelísticas permiten al lector la esperanza de que el futuro volumen final redima las deficiencias de los dos primeros.

Como los inacabables culebrones de hoy, la novela tripartita tuvo (y tiene) sus ardientes defensores. "No hables con menosprecio de la novela en tres volúmenes", dice la severa Miss Prism (que en su juventud había escrito una) a su pupila en La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde. Pero a partir del siglo veinte, el entusiasmo por las trilogías disminuye, como así también el número de páginas de la mayor parte de las obras literarias. El crítico inglés F. R. Leavis observó que, entre las dos guerras mundiales, la extensión de la novela europea se redujo en proporción inversa a la velocidad de los medios de transporte, quizás porque los viajes más cortos ya no requerían lecturas tan largas.

Sin embargo, la nostalgia por la novela en tres volúmenes persiste entre ciertos lectores a quienes les gusta el mundo dividido in partes tres. Para estos entusiastas dispuestos a montar una biblioteca trinitaria moderna, nos atrevemos a sugerir algunos títulos: El señor de los anillos de Tolkien, la saga de Gormenghast de Mervyn Peake, La guerra carlista de Valle-Inclán, La espada del honor de Evelyn Waugh, La lucha por la vida de Pío Baroja, la trilogía de Deptford de Robertson Davies, Tu rostro mañana de Javier Marías, Regeneración de Pat Barker. No sé si podemos incluir la sangrienta crónica de Stieg Larsson, puesto que se trata en realidad de un cuarteto, cuyo cuarto volumen se halla escondido en las entrañas de un secuestrado ordenador.

Los antepasados de estas trilogías tienen credenciales prestigiosas. Nacen en la antigua Grecia, en el Festival de Dionisio en la Atenas de los siglos IV y V antes de Cristo, en el cual tres autores dramáticos debían presentar, a lo largo de tres días, tres piezas de un mismo tema, creando así en el espectador la ilusión de asistir al nacimiento, desarrollo y trágico fin de la historia. Con la decadencia del teatro griego, el número tres pierde casi por completo su autoridad en la creación literaria y adquiere en cambio, de manera misteriosa, una calidad mística, inquietante, singular y múltiple a la vez. Pocas son, a partir de la época romana, las trilogías célebres, pero las que recordamos no son obras menores: la Comedia de Dante y el Enrique IV de Shakespeare.

Es quizás la curiosa ambición de las trilogías la que las salve de la ejecución difícil. Sin la sólida coherencia de la creación única, sin el aparente y justo equilibrio de la obra binaria o del cuarteto, las trilogías parecen aspirar a algo más que integridad y a algo menos que infinitud. Si nunca segundas partes fueron buenas (como dijo el autor del Quijote con tanto desacierto), las terceras tampoco suelen ser malas, sólo más modestas. La tercera pirámide de Giza es por cierto la más pequeña; Talía, la tercera de las Gracias, es la menos eufórica; la tercera de las Furias, Maghera, se ocupa de vengar asuntos de celos, no de sangre o injusticia; la tercera de las Parcas, Atropos, tiene como única misión el último tijeretazo; el tercero de los dioses que rigen el Olimpo es Plutón, señor de los infiernos, región que sin duda tiene menos encanto que el cielo y el mar que rigen sus hermanos; de los tres mosqueteros, pocos se acuerdan de Aramis; El padrino III es menos logrado que sus predecesores.

La tentación de proseguir una obra tiene un dejo de gula, de verborrea, de afán de gloria repetida. También de afirmación inapelable. "Lo que digo tres veces es cierto", dice Lewis Carroll en La caza del snark. Pero ¿por qué no contentarse con una sola creación individual? ¿Por qué desear que una historia se extienda más allá de su última frase? Quizás la razón (o la culpa) sea nuestra. Quizás, como lectores, nunca estamos del todo satisfechos con lo que un autor nos ofrece, sobre todo si es un autor de genio. Somos inagotablemente demandantes y curiosos. Queremos que el autor nos diga si los protagonistas fueron de verdad felices, y si las perdices les cayeron bien o no. Queremos saber si después de la muerte de Alonso Quijano, Sancho retomó la empresa de su señor, si los herederos del doctor Frankenstein abrieron una clínica de cirugía estética en Ginebra, si Ishmael se convirtió en miembro activo de Greenpeace. Queremos un tercer Fausto en el que el viejo doctor funde con Mefistófeles una compañía de inversiones financieras y un tercer volumen de Justine y su hermana Juliette de Sade, en el que Juliette encuentra empleo fijo en Guantánamo. Queremos estar seguros de que esos seres que tan bien hemos conocido no han desaparecido del todo, sino que siguen allí, en el mundo, después de cerrado el libro. La literatura no tiene en cuenta ni la inapelable mortalidad humana, ni los límites que nos impone el espacio y el tiempo. Por eso puede hacer que sus invenciones, sus artificios, sus fantasmas verbales, vuelvan al mundo con más fortuna que Lázaro, de cuya retomada vida nada sabemos, no sólo una segunda, sino también una tercera vez.

Alberto Manguel en Babelia.


Lo peor no es inevitable

Lo peor no es inevitable

La crisis se ha extendido como un pulpo a todos los ámbitos de la vida. Frente al temor de que el capitalismo sin reglas que ha provocado la Gran Recesión desemboque en una nueva burbuja, los ciudadanos han descubierto la prioridad de lo colectivo y la importancia de estar bien gobernados. Varios libros demuestran que el Estado vuelve a tener un lugar en el mundo.


De la crisis que está viviendo el mundo decía John Le Carré en estas mismas páginas de Babelia: "Es tan drástica e irreversible como el muro de Berlín (...) en estos momentos estamos divididos entre los que están afectados por la recesión y aquellos que simplemente la observan. Pero el acto final de todo esto será más igualitario (...) Ahora nos dicen que tengamos miedo...".

Para abordar estos acontecimientos contemporáneos que muy genéricamente se definen como crisis hay que partir de varias premisas metodológicas previas. La primera, que en tiempos de incertidumbre ser optimista es una cuestión de moralidad pública, como ha explicado el economista José Juan Ruiz (Retos ante la crisis). La economía se mueve por expectativas y el optimismo es una de ellas. Ser optimista no significa dejar de reconocer las dificultades, sino intentar superarlas. Aquí se puede utilizar certeramente la cita de Antonio Machado: "No podemos esperar que el viento sople sobre nuestras velas, queremos y debemos orientar las velas hacia donde sopla el viento".

La segunda premisa son los problemas de diagnóstico que hemos padecido respecto a la crisis: la ausencia de relato. Casi dos años después de iniciada, apenas nos ponemos de acuerdo con sus orígenes remotos -más allá de generalidades como la codicia- y mucho menos sobre su profundidad y duración. Decía Descartes que lo que se concibe claramente se enuncia claramente. Viceversa, podemos escribir en esta ocasión: lo que se concibe con opacidad se enuncia con oscuridad. Algunos analistas cuentan con ironía, pero con verdad, que la crisis financiera ha tenido tres fases: en la primera, el vendedor sabía lo que vendía y el comprador sabía lo que compraba; en la segunda, el vendedor sabía lo que vendía pero el comprador no sabía lo que compraba; en la tercera, el vendedor no sabía lo que vendía y el comprador no sabía lo que compraba. Así ha ocurrido que los pocos que intuyeron lo que iba a ocurrir fueron una especie de Casandra. Casandra era una sacerdotisa del dios Apolo al que éste concedió el don de la profecía; Casandra, casquivana, engañó a Apolo, y éste completó sus dádivas: podría determinar lo que iba a suceder pero nadie la creería. Por ejemplo, adivinó la guerra de Troya pero no la evitó.

La tercera premisa está vinculada directamente a la anterior: mucho antes que las burbujas tecnológicas, inmobiliarias, bursátiles, financieras, había una burbuja del conocimiento que duró ya al menos un cuarto de siglo, basada en una visión economicista del mundo, según la cual éste se autorregulaba sin intervención de los poderes públicos, la agregación del interés de cada uno generaba el interés común y no había límites a la acción humana sobre la naturaleza. Es muy significativo comprobar cómo el estallido de la crisis económica ha coincidido con la llegada a la sociedad del debate sobre el cambio climático, afortunadamente superado el círculo de los expertos.

La crisis actual posee dos características principales: tiene el potencial de ser la más destructiva para el planeta desde la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado; y es multidisciplinar, hace tiempo amplió sus códigos genéticos económicos y se extendió como un pulpo por la sociología de la vida y las condiciones de supervivencia de los ciudadanos, sean éstas políticas o sociales. Tener el potencial de ser tan destructiva no significa equipararla a lo sucedido en la primera parte del siglo pasado; afortunadamente el mundo ha establecido algunos cortafuegos para que no se repita lo peor de aquel relato, entre los cuales el más importante es la existencia del Estado de bienestar para la parte más minoritaria y afortunada de la humanidad (alrededor de 500 millones de personas sobre más de 6.000 millones del conjunto). Resulta muy conveniente releer ahora los tratados de historia del periodo entre los años 1919 y 1939 para establecer las analogías y diferencias respecto a la actualidad (por ejemplo, el recién publicado El camino hacia la guerra, de Richard J. Overy, o el clásico La crisis de los 20 años, de E. H. Carr).

Hay científicos sociales que al analizar la crisis actual introducen algunos elementos propios de las décadas de los veinte y los treinta del siglo pasado y hablan directamente de la "economía del miedo". Las crisis multiplican el miedo. No se trata del miedo al terrorismo (que permanece agazapado), sino el miedo al otro, al diferente, al inmigrante que viene de fuera y compite por nuestros escasos puestos de trabajo y por las prestaciones de nuestro welfare. El miedo como un ingrediente activo de la vida política de las democracias occidentales, como acaeció en otros momentos de la anterior y atormentada centuria (Sobre el olvidado siglo XX, de Tony Judd): el miedo a la incontrolable velocidad del cambio, a perder el empleo, a quedar atrás en una distribución de recursos cada vez más desigual. A perder el control de las circunstancias y rutinas de nuestra vida diaria. Y quizá, o sobre todo, miedo no sólo a que ya no podamos definir nuestras vidas sino también a que quienes tienen la autoridad (nuestros representantes elegidos) hayan perdido el control a favor de fuerzas que están más allá de su alcance.

En este contexto cobran más importancia que nunca las instituciones. De nuevo la historia nos muestra que cada vez que se genera una crisis tan extrema, los ciudadanos redescubren de forma aguda la necesidad de instituciones eficaces, la prioridad de lo colectivo, la importancia de estar bien gobernados, la significación de los servicios públicos y su buen funcionamiento, la centralidad de un Estado de bienestar lo más potente y eficaz que sea posible. Sólo que ahora, a diferencia de otras coyunturas históricas, hay que hacerlo en el marco de referencia de nuestra época: la globalización.

Así se redefine la visión del progreso. Por un lado, las causas del progreso de un país se identifican con la dotación y el uso de los factores productivos de que dispone (capital humano, tecnológico, físico, su geografía...): lo que se ha denominado el hardware de la economía. Pero también existe el software de la economía: la calidad del marco normativo y de las instituciones. Las instituciones, cuando funcionan bien, reducen la incertidumbre, aminoran los costes de transacción y facilitan la cohesión social.

Ese temor a lo desconocido estimula el cambio de paradigma económico. El Estado vuelve a tener un lugar en el mundo; se siente la necesidad de nuevas y más potentes regulaciones contra los abusos del mercado y contra los caníbales que lo han convertido en un casino, lo que significa el retorno de la política. Cuando hay dificultades se redescubre para qué sirve un Estado firme y con poderes. En EE UU, los ciudadanos han girado en masa su mirada hacia el Gobierno federal para que les ayude a salir de la crisis política y económica, en cuanto éstas han sobrevenido. Así se explica en buena parte la elección de Barack Obama y la barrida electoral a los neocons de Bush.

Una democracia saludable, lejos de estar amenazada por el Estado regulador, depende de él. El problema no era mucho Estado, como nos dijeron los dioses que -ahora lo sabemos- eran falsos, sino la ausencia del mismo. Después de todo, ¿cuál es la alternativa para evitar que una crisis económica devenga en una crisis sistémica, o en una crisis violenta, como la que se desarrolló en las tres décadas que pasaron desde el inicio de la Primera Guerra Mundial hasta el final de la Segunda?

Pronto se cumplirán dos años del estallido de esta crisis que ha sido más profunda y global que las anteriores. Es momento de poner las luces largas y concluir que quizá el historiador británico Eric Hobsbawm no tenía razón y el siglo XX no ha sido un siglo corto -"¿cómo hay que explicar el siglo XX corto, es decir, los años transcurridos desde el estallido de la Primera Guerra Mundial hasta el hundimiento de la URSS que, como podemos apreciar retrospectivamente, constituyen un periodo histórico coherente que acaba de concluir?" (Historia del siglo XX)-, sino un siglo largo que se inició con el estallido de la primera conflagración mundial y está concluyendo ahora, con esta crisis en la que se aprecia la ausencia de temor, la chulería, el bandidaje de aquellos que se aprovecharon de un capitalismo sin reglas, falsamente autorregulado, corrupto y corruptor, y extremadamente desigual, que nos ha conducido a esta Gran Recesión. Lo peor es que no se aprecia la suficiente ambición reformadora para volverlo a evitar y es lícita la sospecha de que en cuanto el planeta salga de las dificultades más abstrusas, los mismos sujetos se aprestarán a generar, para su beneficio, la siguiente burbuja.

Joaquín Estefanía en Babelia
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Iberoamérica 2020. Retos ante la crisis. Edición de Felipe González. Siglo XXI y Fundación Carolina. 436 páginas. 20 euros. El camino hacia la guerra. La crisis de 1919-1939 y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Richard J. Overy. Traducción de Carmen Martínez Gimeno. Espasa. 240 páginas. 21,90 euros. La crisis de los 20 años (1919-1939): una introducción al estudio de las relaciones internacionales. E. H. Carr. Traducción de Emma Benzal. Los Libros de La Catarata. 328 páginas. 21 euros. Sobre el olvidado siglo XX. Tony Judd. Traducción de Belén Urrutia. Taurus. 496 páginas. 22 euros. Historia del siglo XX. Eric Hobsbawm. Traducción de Jordi Auraud, Juan José Faci y Carme Castells. Crítica. 616 páginas. 24 euros.

Liderazgo en nuestros tiempos

Liderazgo en nuestros tiempos

La crisis ha hecho del liderazgo político el ’test’ fundamental de Zapatero y Rajoy. Buenos tácticos, ambos están absorbidos por su propia supervivencia. Les falta una visión de futuro articulada por una ideología


El liderazgo ha sido raramente empleado, fuera de invectivas partidistas, como medida para la evaluación de presidentes de Gobierno y jefes de la oposición españoles. Sin embargo, escasamente añorado en contextos benéficos, la crisis económica lo está convirtiendo en el test fundamental de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.

Hay dos tipos fundamentales de liderazgo. Uno es el transformador, que permite a una comunidad solventar sus problemas y, al mismo tiempo, las causas de los mismos, mejorando su capacidad para afrontar retos futuros. Requiere sobre todo trabajo ideológico o de relato: hacer balance de dónde se está y señalar adónde se va. Requiere más legitimidad del líder y es más propio para contextos de dificultad.

El segundo es el transaccional, que capacita a una comunidad para solucionar sus retos corrientes. Se denomina así porque son el toma y daca, la negociación, el acomodo de intereses, los mecanismos habituales de acción en tiempos de bonanza.

Este país tiene ahora que solventar graves dificultades económicas, pero también la causa que ha provocado la impotencia de los gobernantes ante las mismas: la progresiva independencia de la economía respecto a la política, y la consiguiente incapacidad de lo público para influir en la primera. Es hora de examinar el liderazgo transformacional de nuestros políticos.

Todos nuestros presidentes de Gobierno ilustran aspectos clave del liderazgo político. Por ejemplo, pocas veces un político transaccional como Adolfo Suárez ha estado tan cerca de convertirse en líder transformacional. Su estilo se acomodaba perfectamente a la "reforma" como método de desmontaje del régimen franquista desde dentro. Pero Suárez es ejemplo de los riesgos del agente de cambio hipertáctico, sin ideología sostenida. El virtuosismo transaccional, el trabajo político en distancias cortas, acaba quemado cuando las rutinas de actuación son descubiertas, cuando las bases de poder se agotan de tanto usarlas, cuando por haber logrado buena parte de sus objetivos el líder es prescindible. Es entonces cuando los que cedieron ante el personaje, o se sintieron postergados o incluso subyugados por él, reconociendo su debilidad, dan rienda suelta a su resentimiento. El liderazgo transaccional, como el de Suárez, nunca es suficiente cuando los objetivos son transformacionales, y el final de los líderes transaccionales es la descalificación y acoso personal, porque es precisamente su estilo personal el que les hizo eficaces en su día.

En sus dos primeras legislaturas fue tal el capital político de Felipe González que fue capaz de conseguir objetivos transformacionales (europeización de España) sin necesidad de abusar de tácticas transaccionales. Pero con el tiempo, habiendo cumplido sus aspiraciones, acosado por los escándalos, sin mayoría absoluta, se adaptó mal a una presidencia a la baja, aislándose en Moncloa con fastidio ante unos tiempos que ya no sentía a su altura.

González, el modernizador, ejemplariza las dificultades psicológicas de asumir un cambio a menos del liderazgo, de transformacional a transaccional, pero también muestra el ímpetu de largo recorrido que proporciona haber iniciado la presidencia con aspiraciones transformadoras. El dicho afirma, con razón, que toda historia de poder acaba mal, pero la caída desde el liderazgo transformador, como la de González, aunque melancólica, es siempre más atenuada que desde el liderazgo transaccional.

José María Aznar fue, como González, un presidente vocacionalmente transformador, despreciador, todavía más, de lo transaccional. Pero mientras que al presidente socialista los tiempos le agraciaron con unos desafíos a la altura de sus ambiciones, al popular se los negaron. Aznar, versión española de Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Karol Wojtyla, los tres "grandes repudiadores" de la socialdemocracia y el liberalismo cultural, y a quien pareciera que le rebajasen política e íntimamente los compromisos y cesiones escasamente grandiosos que caracterizan las prácticas democráticas, buscó para sí, con espíritu político emprendedor, el reto que los tiempos no le proporcionaban: la emergencia de una nueva Europa frente a las viejas potencias continentales, un desafío propio de un Churchill, su exigente superego político. Las inesperadas consecuencias últimas de esta empresa son conocidas y Aznar, el más interesante psicológicamente de nuestros presidentes, acabó fracasando también en su intento de seguir mandando vicariamente en el país a través de Rajoy, sin necesidad de ser electoralmente responsable. El destino de Aznar enseña que sin un módico trabajo transaccional no hay política posible. Los liderazgos transformacionales y transaccionales no son excluyentes y, aunque todo líder tiene sus preferencias, necesita ser mínimamente activo en ambos modos de acción.

Zapatero es, con Leopoldo Calvo Sotelo, el presidente que ha llegado a Moncloa con menos capital político. Opuesto a un ciclo conservador dominante durante su primera legislatura en la escena internacional y nacional, estuvo bloqueado en sus iniciativas más importantes, como la negociación con ETA, por una oposición que mantenía el poder mediático, económico y judicial. Zapatero fue invirtiendo su escaso capital político en iniciativas de "ciudadanía", que garantizan estilos de vida plurales, pero no son transformadores para el general de la población. Y cuando se le viene encima una crisis económica histórica es incapaz de reaccionar, porque desde hace años la izquierda ha aceptado la premisa conservadora de que la cuestión económica está resuelta. Zapatero carece de un discurso de futuro que incluya de manera creíble la economía, lo que le permitiría incorporar a su proyecto a clases sociales con aspiraciones de movilidad vertical, que le siguen percibiendo demasiado enfocado en cuestiones de estilos de vida no centrales para esos grupos. Y su escaso capital político sólo le permite tácticas de resistencia, y éstas siempre son transaccionales.

Reducido en su capacidad de hacer política, apenas reteniendo el poder ante una derecha que, paradójicamente, debería estar en retirada por agotamiento de su modelo económico liberal, Zapatero, el político, está como Suárez sujeto a descalificaciones personales constantes, como el epíteto de mentiroso que Rajoy le dedica diariamente, o el "pinocho" que le ha adjudicado Artur Mas. Sin el respaldo de un partido disciplinado, su equilibrismo sería fatal.

Mariano Rajoy traslada a la política el estilo de su oficio original: registra la realidad, pero carece de proyecto de transformación. Su vocación y capacidades -y la de su equipo, altos funcionarios como él- es la mera administración de las cosas. Acosado desde 2004 por sectores de su partido ha ido resistiendo con resabios de funcionario experimentado. Pero si gana las próximas elecciones generales se puede encontrar con el pie cambiado respecto al ciclo político. Ni amado por sus bases, que siguen añorando el estilo de Aznar, ni temido por los adversarios -su desprecio hacia el presidente parece perjudicarle más a él mismo-, Rajoy difícilmente podrá, de ganar las próximas elecciones, sostener con mera gestión la previsible espiral de demandas sociales, contenidas ahora por el miedo al paro, que caracterizará el final de una crisis que ha hecho patente las desigualdades de oportunidades. Superviviente, como Zapatero, Rajoy, el administrador, es el más transaccional en objetivos y medios de los dirigentes políticos actuales.

En tiempos que requieren liderazgo transformacional, Zapatero y Rajoy están absorbidos en su propia supervivencia. Nunca en la España democrática ha habido tal desajuste entre necesidades objetivas y liderazgo disponible.

El problema no es un déficit particular de Zapatero o Rajoy, ambos eficaces líderes transaccionales. La elevación a liderazgo transformacional no lo dan las personas, sino una clara dirección de futuro articulada alrededor de una ideología a su vez reflejada en programas políticos. Y ese es un trabajo de partido. Salvo la excepción de Suárez, aquellos presidentes que han contado con una narración de futuro han impactado el país, como González y Aznar. Calvo Sotelo no la tuvo, Rajoy no la tiene y la de Zapatero es incompleta por carencia de economía política. Sin ideología no hay ni tracción, ni sostenibilidad políticas, ni autoridad, ni legitimidad para llevar a cabo los cambios necesarios.

José Luis Álvarez es doctor en Sociología por la Universidad de Harvard y profesor de ESADE.


Corazón coraza

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque este herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.


Mario Benedetti

Ten coraje


En todo ser humano hay algo noble, heroico y admirable. ¡Y son muy pocos los que obtienen el merecido reconocimiento! Casi todos obtienen infinitamente menos de lo que les correspondería. Y, en el fondo, todos somos conscientes de este destino amargo, de esta injusticia abismal, connatural a la existencia. Una injusticia metafísica, que ninguna revolución ni ninguna reforma pueden eliminar. De hecho, sólo puede ser redimida por el modo con que cada uno de nosotros se relaciona con el otro, respetando su dignidad, apreciando su trabajo y haciendo justicia a aquello que hay en él de elevado y valioso.

Francesco Alberoni en Ten coraje. Una exhortación a ser dueños de nuestro destino, editorial Gedisa.

Ni funcionarios ni precarios

Ni funcionarios ni precarios

Entre la temporalidad y el empleo fijo, cien economistas proponen una tercera vía para flexibilizar el trabajo - El coste del despido no es lo único que hay que revisar


El mercado laboral español es el más flexible de Europa. Y también el más rígido. Sí, a la vez. Por eso, quien más, quien menos, corrobora que el español es un mercado laboral enfermo. Diagnóstico: esquizofrenia. Cuando ha reinado la bonanza económica, ha sido capaz de generar a todo gas más de siete millones de puestos de trabajo en una década, la mayoría en sectores de baja productividad como la construcción. Pero en las fases recesivas, demuestra ser un globo fácil de pinchar, un bluf. De golpe, en un año, se ha evaporado más de un millón de empleos. En mayo hubo alivio, pero el listón de los cinco millones de parados sigue a la vista.

Gobierno, empresarios y sindicatos desean que, de esta ruina económica, el mercado laboral salga, si no completamente curado, sí al menos un poco más sano. El problema radica en que se pongan de acuerdo sobre la medicina a tomar. El objetivo del Ejecutivo es la cuadratura del círculo, una tercera vía que no entierre derechos sociales y que bendigan todas las partes. El manifiesto a favor de un contrato único (indefinido y con un coste de despido creciente con la antigüedad), respaldado por un centenar de economistas, se propone como esa tercera vía, aunque la iniciativa ha suscitado rotundo rechazo sindical y ya se ha gestado su correspondiente contramanifiesto.

El Gobierno se muestra abierto a la iniciativa, pero la condiciona a que suscite acuerdo entre las partes. Y no es el caso. "Sólo se hará aquello que acuerden los agentes sociales. Y está claro que desde posiciones extremas será difícil alcanzar un pacto", enfatiza la secretaria general de Empleo, Maravillas Rojo, que declina pronunciarse en concreto sobre un manifiesto del que es firmante el nuevo secretario de Estado de Economía, el profesor de IESE José Manuel Campa. "Toda propuesta necesita tener en cuenta lo que ya existe, debe refundirse, integrarse", añade Rojo, en alusión a las distintas tipologías de indemnizaciones vigentes ya en caso de ruptura de contrato y hasta 40 clases de bonificaciones que hay para incentivar la contratación.

Un ejemplo de algo que ya existe y que la secretaria de Empleo "vería bien ampliar" a más trabajadores: el contrato de fomento del empleo indefinido que, desde 1997, se ha ido introduciendo para varios colectivos -los de mayores de 45 años, los jóvenes de hasta 30 años, los parados que lleven seis meses sin empleo, todos los discapacitados, las mujeres contratadas en sectores copados por hombres o los contratos que pasen de temporales a fijos-. Este contrato, reforzado a raíz de la reforma laboral de 2006, y del que se firmaron 236.380 en 2008, tiene de gancho para el empresario un coste de despido de 33 días por año trabajado, con tope de 24 mensualidades, en lugar de los 45 días en caso de despido objetivo improcedente, con tope de 42 mensualidades.

"Una posible vía de solución sería extender esta modalidad de contratación indefinida (con 33 días de indemnización por despido y 24 mensualidades) al colectivo que en 2006 quedó fuera: hombres trabajadores entre 30 y 45 años de edad. ¿Por qué no? En 2006 hubo una vía de acuerdo que podría ampliarse", comenta Rojo, quien no aclara si eso va a ser una propuesta formal del Gobierno a las partes. En todo caso, el Ejecutivo asegura querer combatir la esquizofrenia, la "dualidad" del mercado laboral español. El alud de bonificaciones para la contratación indefinida a partir de 2006 ha ayudado a incorporar al mercado laboral a algunos colectivos "pero no está bastando para crear nuevo empleo", admite el Gobierno.

Recapitulemos. ¿Por qué afirman los sindicatos que el mercado laboral español es el más flexible? Cada mañana, casi un tercio de los ciudadanos que van al tajo penden de un empleo tan frágil como la choza de paja del cuento de Los tres cerditos, que, al primer soplido de crisis, se derrumba. Con el deterioro económico, la primera grasa que se quitan las empresas con problemas sobrevenidos de sobrepeso es la del empleo temporal, porque de esos contratos con fecha de caducidad es posible prescindir a cambio de muy poco dinero (ocho días por año trabajado); a veces, el coste es cero. Los temporales lo tienen difícil para alquilar un piso, no digamos para obtener un crédito. Carecen de estabilidad laboral y los empresarios no se sienten incentivados a invertir en formarles.

¿Por qué proclaman entonces los empresarios que el español es el mercado laboral más rígido? Cuestión de analizar qué ocurre con los restantes dos tercios de los trabajadores con nómina. Por seguir con el cuento de los cerditos, su casa está construida a prueba de enérgicos soplidos, a prueba de recesión. No es que, pase lo que pase, el empresario esté obligado a quedarse con la plantilla. "En la práctica, en España existe ya el despido libre, lo que ocurre es que es caro", resume José Antonio Sagardoy, presidente del despacho especializado en Derecho Laboral Sagardoy Abogados.

Romper un contrato indefinido sale más costoso en España que en la mayoría de países vecinos: son 45 días por año trabajado, con un tope de 42 mensualidades, a menos que se trate de despidos procedentes, en que la indemnización es de 20 días. Y jugar con requerir de más o menos manos en función de los vaivenes de la cambiante demanda se complica para las empresas, a lo que se suman los corsés de los que a veces peca la negociación colectiva. Sagardoy realizó hace un tiempo un estudio comparado sobre el coste del despido improcedente de un trabajador que llevara 10 años en la misma empresa, con una remuneración anual de 24.000 euros. La indemnización en España sería de 36.031 euros, frente a los 5.917 euros de Dinamarca, los 6.443,5 euros de Irlanda.

Holanda, donde el resultado no sería tan distinto (35.505 euros) introdujo el año pasado una rebaja del coste del despido a 15 días por año trabajado para los menores de 40 años, explica el profesor de economía holandés Marcel Jansen, que enseña en la Universidad Carlos III y que es uno de los promotores del manifiesto por el contrato único que ha acabado de caldear el debate sobre la reforma laboral. Fuentes de la negociación aseguran que, "para el Gobierno, no está archivado". Los sindicatos dicen no.

"Esta propuesta busca perpetuar la precariedad y detrás de ellas se esconde la pretensión de que España no puede salir de la crisis sin abaratar el despido. Si todos reconocen que el origen del problema no es laboral, una reforma sería un remedio que no produciría los efectos deseados", replica Toni Ferrer, secretario de Acción Sindical de UGT, para quien "hablar de rigidez laboral cuando pueden destruirse de un plumazo más de un millón de empleos es un chiste".

"En el mercado de trabajo español hay flexibilidad, pero es una flexibilidad muy mal repartida, insolidaria e injusta, porque recae sólo sobre los temporales. ¡Nunca vamos a cambiar de modelo productivo si no contamos con unas relaciones laborales estables!", enfatiza Jansen, molesto por el hecho de que el debate público sobre su propuesta se limite a lo que cuesta el despido. "No buscamos abaratar el despido, sino distribuir de forma más equitativa la situación y dar más flexibilidad al mercado laboral sin quitar derechos". Los sindicatos afirman lo contrario. "Éstos no tienen el monopolio de hablar del mercado laboral y no parece importarles mucho la situación de los temporales", espeta otro de los firmantes, Javier Díaz Giménez, profesor de IESE, quien enfatiza que, de los 19 millones de trabajadores, 11 millones son contratos "indefinidos extraprotegidos, casi blindados", frente a siete millones "en precario, muchos de ellos autónomos formales".

El manifiesto propone una única modalidad de contrato indefinido (hoy existen 17) para todos los nuevos contratos (no los vigentes). Pero el tope máximo para el aumento -progresivo- de las indemnizaciones en caso de rescisión se pide que quede por debajo de los 45 días. Propone incentivar la búsqueda de empleo graduando la prestación por paro de forma que sea mayor al principio y vaya menguando después. Durante lo peor de la crisis, propone alargar la protección de los parados. También sugiere abrir al sector privado las políticas activas para ayudar a recolocar a un desempleado, en competencia con el Inem, como en Dinamarca o los Países Bajos. O superar la negociación colectiva allí donde las empresas se pongan de acuerdo con sus trabajadores.

"Toda la argumentación de una reforma laboral no puede basarse sólo en una comparativa sobre el coste del despido en Europa. No puede pasarse por alto toda la cultura de diálogo social de nuestro país", reflexiona el catedrático de Derecho del Trabajo Salvador del Rey, socio del área laboral, además, del bufete Cuatrecasas. Aun así, Del Rey considera "realistas" las propuestas que buscan "aproximar las indemnizaciones por despido entre el casi nada y el casi todo". Este catedrático coincide con el diagnóstico de los economistas, pero expresa algunas dudas de que un contrato único sea la respuesta adecuada "a un mercado cada vez más diversificado, que no requiere respuestas parciales, sino un enfoque global". Recuerda que existe un tipo de temporalidad vinculada a la precariedad. Pero también otra ligada a actividades estacionales como el turismo y la hostelería. Los pro-manifiesto replican que el contrato único puede ser a tiempo parcial para esos casos, que puede ser un contrato X por horas a la semana o al año.

El aspecto más polémico de la propuestas es éste: el contrato unificaría las causas del despido. "Sólo se mantendría la tutela judicial para los despidos por razones de discriminación en la empresa. Entonces, la ley ampararía al trabajador. Creemos que la improcedencia siempre viene de algún tipo de discriminación. Si la empresa tiene dificultades para sobrevivir, ¿de veras es improcedente recortar la plantilla?", apunta desde la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) el economista Jordi Caballé. Ramón Górriz, secretario confederal de Acción Sindical de CC OO, se echa las manos a la cabeza. "Si se aplica, no habría distinción entre despido procedente e improcedente. ¿No ve que se busca un despido sin causa ni control judicial?", pregunta, tras subrayar, como Ferrer, que lo que hace falta es mayor protección social y un nuevo modelo productivo en el que las empresas tengan más flexibilidad interna.

La CEOE, que ha propuesto un contrato indefinido con dos años de empleo temporal previo e indemnizaciones de 20 días por año trabajado, declinó participar en el reportaje. Sí remite al último discurso de su presidente, Gerardo Díaz Ferrán, en la Fundación Antares. Allí dijo que "debemos superar el exceso de temporalidad". Dio algunas ideas sobre el cómo: "Puede hacerse por la vía de alguna de las modalidades contractuales propuesta desde ámbitos académicos o empresariales".

Ariadna Trillas para El País.

Las garrafas y el vino del periodismo

Las garrafas y el vino del periodismo

La cuestión sustantiva no es en qué soportes -pantalla o papel- leeremos, sino qué leeremos. La prensa cava su tumba al obsesionarse con los continentes desdeñando los contenidos. La opinión es su gran activo


Es muy probable que lo que solemos llamar periodismo amarillo o sensacionalismo no sea únicamente una deformación perversa y tardía de una prensa originariamente recta y objetiva, sino una de las tendencias naturales de la institución. Primero, porque parece mucho más verosímil que la rectitud y la imparcialidad sean un logro evolutivo conseguido tras grandes esfuerzos por neutralizar la mezquindad, y segundo, porque está en la naturaleza misma del periodismo, en cuanto invención de la ciudad industrial, el luchar contra la principal característica de los tiempos modernos (que supone a la vez una gran ventaja y un terrible inconveniente), a saber, que éstos son un prodigioso contenedor que admite en su interior toda clase de contenidos, siendo las limitaciones y prohibiciones puramente convencionales y contingentes.

Esta poderosa indiferencia respecto de los acontecimientos es la que el titular de prensa intenta combatir llamando la atención del lector potencial con el reclamo de que ha ocurrido algo extraordinario, algo fuera de lo corriente, cosa verdaderamente inaudita en una época en la cual todo se ha vuelto corriente. Incluso es posible que todos los titulares de prensa sean variaciones en torno a una proto-noticia que ningún periódico pudo ofrecer a los lectores en su momento, porque cuando se produjo aún no había diarios: la llegada de un tiempo nuevo, la inauguración de la modernidad (a este titular sólo se aproximan de verdad los "Ha estallado la guerra" o "La guerra ha terminado", que en los conflictos militares convencionales producen grandes tiradas).

De ahí que una y otra vez los periódicos hayan ensayado esta fórmula -la de la llegada de una nueva era- a propósito de cada cambio de Gobierno, de cada "fenómeno cultural" emergente o, con mucha más frecuencia actualmente, ante la aparición de cada novedad tecnológica o de cada gadget electrónico, del mismo modo que la publicidad comercial -que ha acompañado al periodismo a lo largo de todo su desarrollo histórico- ha hecho un uso exhaustivo y tedioso de esa misma herramienta, hasta prácticamente agotar su eficacia. Se trata, sin duda, de una lucha titánica y desesperada, pues no solamente los periódicos reproducen inconscientemente la misma condición de contenedor indiferente y omnívoro que ostenta el tiempo moderno, sino que constituyen uno de los mecanismos fundamentales a la hora de producir contenidos diarios para llenar ese inmenso recipiente vacío del calendario social, un recipiente cuya implacable ley es la de quedar de nuevo justa y relucientemente vacío cada 24 horas para provocar así la sed de noticias, la ansiedad de novedades característica de la existencia moderna, la necesidad de contenidos cualesquiera que rellenen el envase hasta su próxima e inminente evacuación.

Si a los periódicos nacientes se les escapó la gran noticia de la revolución moderna, los de hoy se preparan para dar en exclusiva su último y más sensacional titular a toda plana: el que anunciará la desaparición de la prensa escrita (y, por tanto, la llegada de una nueva época). Sólo se equivocan en una cosa: es un error confundir la edición digital con el cambio histórico, pues la llamada prensa electrónica, lejos de ser una novedad que anuncia una transformación cultural sin precedentes, es la simple consumación que lleva a término la tendencia de la que venimos hablando: si la prensa no es más que un dispositivo de producción de titulares llamativos, ¿por qué esperar 24 horas para el proceso de llenado-vaciado? ¿Por qué no dispensar los titulares en un régimen constante e ininterrumpido y dejar que las audiencias expresen su voluntad soberana pulsando digitalmente sobre aquellos enunciados que resulten más interesantes y abandonándolos a medida que su contenido les vaya aburriendo o decepcionando -lo que no tiene más remedio que ocurrir una y otra vez por la fuerza misma de las noticias, es decir, por su debilidad-? Ello no calmará la ansiedad de novedades, sino que la multiplicará infinitamente, actualizándola a cada instante y haciendo que cada segundo tenga que ser rellenado mediante un nuevo click informático.

Ahora bien, el hecho de que esta tendencia esté inscrita en la prensa periódica desde su aparición no significa que ésta sea su única función, que se trate de una simple máquina de producir noticias o de rellenar un tiempo cabalmente vacío para entretener a sus usuarios. Como es de sobra conocido, el periodismo -y en eso consiste el logro evolutivo al que nos referíamos al comienzo- ha desempeñado en la historia moderna la tarea de articular la opinión pública, es decir, de escenificar una esfera civil de autonomía en la cual los ciudadanos deliberan racional y discursivamente sobre las decisiones políticas, económicas o culturales que afectan a sus vidas y en la cual puede ejercerse la crítica acerca del comportamiento de los diversos poderes apoyándose en informaciones fiables sobre los mismos.

Como la opinión -es preciso recordarlo ante el notorio desgaste que ha sufrido este término- consiste siempre en un juicio argumentalmente justificado y expuesto a la discusión, y no en la simple emisión de gustos, intereses o preferencias presuntamente indiscutibles, ésta es la única función de la prensa que puede efectivamente contrarrestar la proclividad a la indiferencia y la amalgama que subyace al carácter amorfo de la temporalidad moderna, pues ella es la que produce inmediatamente jerarquías y vínculos conceptuales entre los contenidos, que obligan a distinguir unos de otros y que hacen imposible considerarlos a todos ellos iguales e igualmente prescindibles o renovables. Por tanto, es también la única función de la prensa capaz de distinguirse de la simple propaganda, del negocio o del ingenio publicitario, porque es la única que garantiza su autonomía con respecto a esas otras esferas de influencia de los poderes fácticos.

El hecho de que cuando hoy se debate sobre el porvenir del periodismo se trate casi únicamente de la cuestión de los contenedores (digital versus analógico, pantalla versus papel) y de la dimensión empresarial del negocio informativo (la búsqueda frenética de la publicidad), pero casi nunca de la de los contenidos, el hecho de que pocos cuestionen el modo como -sin que pueda culparse de ello a la crisis económica ni al desarrollo tecnológico- la prensa va paulatinamente dimitiendo de su función sistematizadora de la esfera pública, huyendo del juicio crítico, renunciando a la jerarquía de la información y asumiendo su dependencia con respecto a los poderes políticos y económicos, es un síntoma de que también en este caso puede que a los más adeptos al sensacionalismo se les vuelva a escapar la noticia-bomba del final de su profesión, es decir, de que el periodismo como máquina de producir titulares ha devorado al periodismo como articulación de la opinión pública en una sociedad democrática.

Y mientras nos entretenemos en debates sobre en qué soportes leeremos en el futuro, alejamos de nosotros la cuestión de qué es lo que leeremos, que es la única sustantiva, como aquellos aldeanos a quienes robaban el vino mientras disputaban sobre las garrafas en las que almacenarlo. Es cierto que esto pasa también en otros ámbitos: la mala noticia es que Internet no hará mejores a los periódicos, que la inmersión de los hogares en la banda ancha no elevará el nivel cultural de los españoles, que la introducción de ordenadores portátiles en el parvulario no resolverá el fracaso escolar y que la reconversión de las universidades públicas en institutos de secundaria mediante el plan Bolonia no aumentará la calidad de la investigación científica. Y la discusión acerca de qué podríamos hacer para mejorar el periodismo, el nivel cultural, las instituciones educativas o la investigación científica no puede celebrarse porque es una discusión de contenidos, y de momento estamos ocupadísimos con los contenedores y con la publicidad, con los portátiles, los móviles y las descargas caseras. Y no es por culpa de estos artilugios, sino de algunas decisiones políticas y profesionales, por lo que los periódicos, los libros, las escuelas y las universidades, que fueron hasta hoy los lugares naturales de estas discusiones, se están volviendo literalmente insoportables, es decir, inviables en cualquier soporte.

José Luis Pardo es catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

Cerrar los ojos

Cerrar los ojos


Cerremos estos ojos para entrar al misterio
el que acude con gozos y desdichas
así
en esta noche provocada
crearemos por fin nuestras propias estrellas
y nuestra hermosa colección de sueños
el pobre mundo seguirá rodando
lejos de nuestros párpados caídos
habrá hurtos abusos fechorías
o sea el espantoso ritmo de las cosas
allá en la calle seguirán los mismos
escaparates de las tentaciones
ah pero nuestros ojos tapados piensan sienten
lo que no pensaron ni sintieron antes
si pasado mañana los abrimos
el corazón acaso se encabrite
así hasta que los párpados
se nos caigan de nuevo
y volvamos al pacto de lo oscuro

Mario Benedetti