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Problemas y cosas a aclarar

Un problema es una cuestión dudosa que se trata de aclarar o un conjunto de circunstancias que dificultan la consecución de un fin. Lo que tenemos en España son problemas: cosas que aclarar (el uso de las lenguas oficiales, por ejemplo) y circunstancias, por ejemplo, económicas, que dificultan nuestros fines. Situaciones que no se resuelven con pesimismo ni con optimismo, sino con estadísticas, razonamientos ordenados que despejen dudas, y, claro está, con medidas adecuadas que, por lo menos, atenúen las circunstancias adversas.

Nadie dice que sea fácil, pero desde luego suele ser menos difícil si se va al centro del asunto y no se pierde demasiado tiempo en discusiones periféricas, poco relacionadas con los problemas en cuestión.

En el caso español, se diría que hay cada vez más asuntos enfocados de manera periférica y muy poco interés, no sólo por parte de los políticos, sino también de otros sectores de la sociedad, por promover debates públicos sobre esos asuntos centrales que, bien mirado, son los que más afectan a la vida de los ciudadanos.

Quienes creemos que la transparencia ayuda a atraer la atención sobre debates importantes, estamos de acuerdo con la publicación de las balanzas fiscales. Es bueno que quienes vivimos en una u otra zona del territorio español sepamos dónde está la riqueza y cómo se mueven los flujos para reducir las disparidades económicas y sociales. Es bueno que se abra un debate público sobre cómo compaginar los legítimos intereses de comunidades autónomas que son ricas, como Cataluña (pero también como Madrid o Baleares), con comunidades que precisan, también legítimamente, un fuerte trasvase de fondos, sin el que no sería posible garantizar la cohesión territorial del conjunto del Estado.

El problema en España no es que se publiquen las balanzas fiscales, sino que no se publiquen más estadísticas y balanzas sobre esas y otras cuestiones. El problema es que el Ministerio de Sanidad se niega a publicar las listas de espera para operaciones quirúrgicas por comunidades, que los diferentes ministerios no promueven ni proporcionan estadísticas comparables sobre la vida y la situación de los ciudadanos en diferentes territorios del Estado.

A lo mejor con todos esos datos en la mano desaparecerían muchos debates falsos y muchos políticos especialistas en calcular a ojo de buen cubero. Seguro que un extremeño comprendería (es un ejemplo hipotético, no un dato) que no es razonable que un catalán espere tres veces más que él para operarse de una cadera o que un catalán estaría de acuerdo en que se dedicaran más recursos a la enseñanza en Andalucía, en el caso de que sean muchos más los jóvenes andaluces que abandonaran la enseñanza superior que los jóvenes catalanes. (Y si no estuvieran de acuerdo, por lo menos se les podría reprochar, con toda razón, su falta de solidaridad).

Lo mismo sucede en el caso del uso de las diferentes lenguas oficiales del Estado. El debate central no es quién decide si en Cataluña se deben estudiar dos o tres horas de español a la semana, sino si los ciudadanos que viven en Cataluña quieren que sus hijos aprendan bien el español, su gramática y su literatura en la escuela pública. ¿Alguien les ha preguntado a los expertos si reducir su enseñanza a dos horas pone en peligro ese correcto conocimiento? Una cosa es que los niños hablen español en el patio del colegio (¿por qué inquieta eso tanto a la Generalitat?) y otra que aprendan a escribirlo y a disfrutarlo.

El aprendizaje de dos lenguas en el sistema escolar no debería formar parte de los dogmas políticos. El bilingüismo es una cuestión muy estudiada, aunque en España, Cataluña incluida, no existan aún suficientes informes técnicos sobre los resultados de nuestras propias políticas lingüísticas. Es muy probable que si unos y otros aceptáramos planteamientos más científicos, la enseñanza de las dos lenguas dejaría de ser tan polémica y tan discutida.

La realidad es que el debate central que se está planteando, de forma muy encubierta, no es el bilingüismo, sino saber si se quiere imponer identidades nacionales a través de la disciplina que supone el uso preferente de una lengua u otra o si se aceptan identidades plurales. Los catalanes hablan indistintamente en cualquiera de las dos lenguas oficiales y es evidente que entre ellos no existe problema para el uso de español. Los inconvenientes, que sí existen, no los ponen los ciudadanos, sino sus representantes políticos. Sin preguntarles siquiera su opinión.

Soledad Gallego-Díaz

Sudán como chivo

Sudán como chivo


Ante un mundo impasible, Sudán se desangra en Darfur. No es la única herida de África, donde la impunidad reina. La Corte Penal Internacional quiere procesar al presidente sudanés. ¿El mejor camino?

África no es inocente. Es decir, buena parte de los dirigentes africanos no son inocentes de las atroces injusticias que sufren sus pueblos. El caso de Sudán es paradigmático: la población “africana” (cristianos y animistas al sur, musulmanes al oeste, en el martirizado Darfur) ha sido sometida a una férrea dictadura militar, trufada de islamismo, que para sus políticas de exterminio ha gozado del respaldo de potencias como Rusia y sobre todo China, ávida del petróleo que atesora el subsuelo del país más grande de África. La ONU ha vuelto a mostrar la inoperancia que dio vía libre al genocidio ruandés, acaso todavía lastrada por el estrepitoso fracaso de Somalia, donde puso en marcha una intervención militar humanitaria que acabó como el rosario de la aura y dejó al Cuerno de África abandonado a su suerte. La Corte Penal Internacional (CPI), cuya constitución en Roma hace una década desató grandes expectativas de poner coto a la impunidad de tantos líderes que desprecian a sus pueblos, todavía no ha juzgado a nadie. Vivero de tantas desgracias, la CPI ha lanzado sus acusaciones contra tres líderes guerrilleros (otros dirían terroristas, porque el terror ha sido en gran medida su instrumento político): los congoleños Jean Pierre Bemba y Thomas Lubanga y el ugandés Joseph Kony. Omar al Bashir, el presidente sudanés, es el primer presidente en ejercicio puesto en la picota por el fiscal jefe de la Corte, Luis Moreno-Ocampo, que acusa al responsable del golpe de Estado de 1989 de genocidio y crímenes de guerra, no en vano el régimen de Jartún es el instigador, maestro armero y genio maléfico de los “yanyauid” (diablos a caballo), que han causado la muerte de al menos 300.000 almas en Darfur y convertido a 2,5 millones de sudaneses en refugiados o desplazados, como Koultuuma Abdelkarím, de 37 años, masalit de la aldea de Bigbekar, con nueve hijos, que lleva cinco años refugiada en el campo de Ryad junto a otros miles de sudaneses «africanos” como ella. Pero hay más figuras en el parque jurásico africano –como Robert Mugabe, de Zimbabue- que merecerían disfrutar de la atención de un tribunal que nació con la intención de que los responsables de crímenes atroces no tuvieran que responder más que ante Dios y ante la historia antes de que la parca les cierre los ojos. La decisión de Moreno-Ocampo, sin embargo, ha desatado cierta controversia. Como mostraba Itziar Ruiz-Giménez en “Las ‘buenas intenciones’. Intervención humanitaria en África”, donde analizaba el caso somalí, queriendo hacer un bien a veces se causa un mal mayor.

“En mi opinión, estamos viviendo un momento histórico, que puede durar al menos una década, en la que colisionan el interés de reforzar los mecanismos internacionales de derechos humanos y el realismo que se necesita para finalizar algunos conflictos armados”, dice Vicenç Fisas, director de la Escuela de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona “En el caso de la actuación del CPI sobre un conflicto armado abierto, es inevitable la tensión que pueda producir algunas órdenes de detención, en la medida que reavivan las fidelidades del grupo que se siente acusado, con lo que puede intensificar sus acciones armadas y causar mayor sufrimiento. Sucede en Darfur y en Uganda, por ejemplo, de forma muy clara, y podría pasar en Zimbabue en un futuro”, subraya Fisas, que matiza: “Otra cosa es cuando la CPI ordena la detención de un dictador una vez ha finalizado el conflicto armado y este dictador no ocupa un cargo gubernamental importante. El impacto de su detención sería menor. Por tanto, en estos momentos hay que tener mucha precaución en este tema, pues hay que sopesar las dos cosas a la vez, las ventajas y los inconvenientes. Estamos también en una época en la que proliferan las experiencias de justicia transicional y de alternatividad penal, para que no impere la impunidad pero haya un camino donde la justicia reduce su intensidad a cambio de verdad y reparación. En el caso específico de Darfur, desgraciadamente puede empeorar las cosas. Es una penosa conclusión de quienes observamos los conflictos y las dificultades para que avancen los procesos de paz”.

No se aleja mucho de las impresiones de Fisas el autor de “Hierba alta. Historias de paz y sufrimiento en el norte de Uganda”, José Carlos Rodríguez: “En noviembre de 2003 empezamos a oír los primeros rumores sobre una posible intervención de la Corte Penal Internacional en el caso del norte de Uganda. La primera reacción de los que trabajábamos en iniciativas de paz fue bastante negativa, ya que temíamos que la entrada en escena de este nuevo actor complicaría más las cosas. Cuando el presidente ugandés, Yoweri Museveni, y Ocampo lo anunciaron formalmente el 29 de enero de 2004, afloraron cuestiones como que “la CPI sólo hablaba de juzgar a los líderes del Ejército de Resistencia del Señor (LRA es su acrónimo en inglés). Esto, y el hecho de que apareció en la conferencia de prensa con Museveni, dio una primera impresión muy negativa: que la CPI no era imparcial, ya que mostraba que no tenía intención de investigar crímenes de guerra cometidos por el otro bando, el gubernamental”. Rodríguez, que acaba de regresar a España después de dos décadas entregadas a Uganda, recalca, como Fisas, que “los tribunales para la antigua Yugoslavia, Ruanda y Sierra Leona han juzgado a criminales de guerra una vez que el conflicto había terminado, pero querer hacer esto cuando la guerra sigue aún en curso tiene dos inconvenientes: Primero, que no se puede llamar a un líder rebelde a la mesa de negociaciones y al mismo tiempo darle la señal de que “por cierto, y cuando venga usted vamos a detenerle”. Y es que nos guste o no, a veces teta y sopa no puede ser y justicia y paz a la vez suele resultar casi imposible de obtener. Segundo: la eterna cuestión de quién le pone el cascabel al gato, o quién detiene a un criminal de guerra aún en activo. Cuando le pregunté esto a Ocampo en marzo de 2005 me respondió sin dudarlo: “Lo hará el SPLA (siglas en inglés del Ejército Popular de Liberación de Sudán, que tras firmar la paz con Jartún forma parte del gobierno sudanés, aunque sus relaciones son muy tirantes)”. Cuando pregunté a un general del SPLA en Nimule a los pocos meses si podrían hacerlo ellos, me respondió: “Acabamos de firmar el acuerdo de paz con Jartún y según sus términos no estamos autorizados a realizar ninguna acción militar de ofensiva”. Esto Kony (el líder del ERS) lo sabe muy bien y por eso sabe que puede seguir jugando al gato y al ratón. Por supuesto, está muy a salvo en sus nuevas bases de Congo y República Centroafricana, donde sabe que los ejércitos de estos países nunca moverán un dedo por detenerle”.

Respecto a las acusaciones contra el presidente sudanés, José Carlos Rodríguez reconoce que “el Gobierno islamista de Jartún sólo suele reaccionar por presiones o cuando ven que algo les trae una gran ventaja (como ocurrió con la entrega de Carlos, “el Chacal”). Pero a veces demasiada presión es contraproducente y cuando un radical se ve acorralado puede ser más peligroso. En este sentido, Jartún ya ha declarado que esta acción de la CPI puede traer “consecuencias negativas” para el proceso de paz en el Norte de Uganda. Teniendo en cuenta que Kony se ha aprovisionado de armas desde hace algo más de un año con uno de los grupos rebeldes de Centroáfrica (apoyado a su ver por Jartún), esta insinuación parece apuntar a que Jartún podría intensificar su apoyo al ERS y hacer la vida más complicada a su vecino del sur (Uganda), a quien ve como de los más firmes aliados de la CPI en África”.

No participa de la misma opinión el historiador congoleño Mbuyi Kabunda, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Basilea y miembro del Instituto de Estudios Africanos de la Universidad Autónoma de Madrid: “La orden de Ocampo de llevar al presidente sudanés y a medio centenar de sus colaboradores ante la CPI me parece acertada. Lo único que deploro es que ha intervenido muy tarde. Desde comienzos de 2003, Al Bashir, con su grupo de autoproclamados árabes, han cometido graves crímenes de genocidio, crímenes de guerra, y crímenes de lesa humanidad en el Darfur, por los “yanyauid” interpuestos, las famosas milicias progubernamentales, intentando presentar el conflicto como nacido de rivalidades entre ganaderos y agricultores, o entre sedentarios y nómadas, cuando en el fondo se trata de una agresión por un gobierno a su propio pueblo, el del Darfur. Se aprovechó durante mucho tiempo del carácter “ambiguo” del genocidio en el Darfur: unos negros que matan a otros negros, unos musulmanes que matan a otros musulmanes. Ya todo el mundo se ha dado cuenta de la jugada: los verdugos fueron armados y entrenados por el gobierno”. Kabunda cree que la medida adoptada por la CPI es acertada porque “en Darfur se caminaba hacia una solución a la ruandesa. La única diferencia con Ruanda, como decía el entonces representante de la ONU en Sudán, Mukesh Kapila, era el número de víctimas. El Gobierno militaro-islamista de Jartún pensaba que podría actuar en la impunidad total, rechazando todas las resoluciones de las Naciones Unidas sobre el Darfur con el apoyo de China y de Rusia, y bajo el pretexto de soberanía y asunto interno, hasta rechazar la presencia de los “cascos azules”, para seguir con su guerra de agresión en Darfur. Por ello, prefirió la ineficiente Misión de mantenimiento de la paz de la Unión Africana en Sudán (AMIS) que la presencia de las tropas de las Naciones Unidas. Tras cometer crímenes contra la población del sur de Sudán, y hoy en el Darfur, era ya hora de llevar Al Bashir ante la CPI y acabar con la impunidad”.

No desconoce Kabunda, autor de libros como “Derechos humanos en África: teorías y prácticas”, los posibles efectos perniciosos de la acusación contra el líder sudanés: “El único mal con esta orden de detención es que Al Bashir intentará perpetuarse o aferrarse al poder para no ser juzgado. Y por lo tanto, la perpetuación de la dictadura y de la agresión en el Darfur. Además, se ha rotado la base de una unidad futura de Sudán. Las víctimas no van a querer vivir juntos con sus verdugos acusados de genocidio. El lado positivo es que se ha enviado un mensaje claro a los dirigentes africanos: no pueden quedar impunes de sus crímenes y cinismo”. Unos dirigentes africanos que deberían dormir con un ojo abierto, ya que según Kabunda la lista de candidatos a ser sometidos al escrutinio de la CPI “sería muy larga. Se podría empezar con todos los jefes de Estado de la región de los Grandes Lagos, y algunos del África Central, que ya deberían comparecer ante la CPI por crímenes de guerra y crímenes económicos de saqueo”.

A Kabunda, que vive entre Suiza y España, le consta que “el Gobierno sudanés nunca ha preferido una solución negociada en el Darfur. Su estrategia ha consistido en dividir los movimientos rebeldes del Darfur y profundizar la dimensión étnica del conflicto, para desviar la opinión de la verdadera razón del conflicto: la lucha de los pueblos fur, massalit y zaghawa contra el colonialismo interno y la marginación económica y social por parte del poder central arabo-islamista. El gobierno de Al Bashir movilizó a las milicias progubernamental de origen árabe, los “yanyauid”, para agredir y acallar las reivindicaciones de las etnias de origen africano del Darfur. A partir de la propia Carta de las Naciones Unidas y de nuevos principios de la evolución de la noción de “seguridad colectiva” (el derecho de injerencia y el deber de proteger), hace tiempo que la ONU y la comunidad internacional deberían de haber intervenido en Darfur donde una población es agredida por su propio Estado”.

Human Rights Watch es una de las organizaciones de defensa de los derechos humanos que de forma más constante vigila los abusos que se cometen en buena parte de África, con especial interés en países como Chad, Sudán, Ruanda, Burundi y la República Democrática de Congo. Sus informes son un valioso instrumento para poner a los líderes africanos contra sus propias mentiras y contradicciones. Para José Miguel Vivanco, director de la división de las Américas en HRW, la orden de detención contra Al Bashir es también, como para Kabunda, “un paso importante para acabar con el clima de total impunidad de aquellos responsables de las atrocidades en Darfur. Human Rights Watch ha señalado que la responsabilidad de la campaña de “limpieza étnica” en Darfur la tienen los líderes de Sudan, incluyendo el presidente Omar al Bashir, el vicepresidente Ali Osman Taha y otros ministros y jefes de seguridad claves. Hasta la fecha, ningún funcionario de alto rango ha sido juzgado por estos crímenes y el Gobierno sudanés no se ha mostrado dispuesto a ponerle fin a sus ataques deliberados contra civiles en Darfur. Las acusaciones en contra del presidente por crímenes de lesa humanidad y genocidio muestran que nadie está por encima de la ley”.

Frente a las impresiones de Rodríguez y a las cautelas de Fisas, Vivanco recalca que “en el pasado, la estigmatización y marginalización de líderes bajo una orden de detención han reforzado el proceso de paz en otros países. Este es el caso, por ejemplo, de Charles Taylor en Liberia y Radovan Karadzic en Bosnia-Herzegovina. No obstante, es difícil predecir el efecto que esta petición pueda tener en el proceso de paz en Darfur, ya que este proceso ha estado paralizado por diferentes razones, incluida la falta de compromiso de las partes interesadas. En el caso de Al Bashir el desafío al que se enfrenta la oficina del fiscal es enorme. Los fiscales tendrán que demostrar crímenes de lesa humanidad y exhibir pruebas que convenzan a los jueces de la Corte Penal que se configuró el delito de genocidio, el cual es especialmente difícil de demostrar. Para comprobar genocidio, el fiscal debe demostrar que se cometió uno o más de los siguientes actos y que se lo hizo con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso: matanza, lesión grave a la integridad física o mental, sometimiento intencional del grupo a condiciones que lleven a su destrucción física, total o parcial, medidas destinadas a impedir nacimientos, y traslado forzoso de niños del seno grupo. Aquí lo que está en juego es la responsabilidad penal del jefe de estado. Esta última es básicamente definida en el Estatuto de Roma como responsabilidad individual o responsabilidad del mando. La responsabilidad individual aplica en situaciones en que se comete un crimen de la competencia de la corte individual o conjuntamente; se ordena, propone o induce la comisión de ese crimen; se facilita y encubre el crimen; o se contribuye a la comisión del crimen de otra forma. El principio de responsabilidad del mando se aplica cuando un jefe militar (o un civil en que actúe efectivamente como jefe militar) sabe sobre el crimen cometidos por fuerzas bajo su mando y no adopta las medidas necesarias a su alcance para prevenir o reprimir su comisión, o para hacer conocer el asunto a las autoridades competentes”.

Los dirigentes africanos han esgrimido con frecuencia la falta de desarrollo y sobre todo las heridas de la colonización para justificar las carencias o las desigualdades que sufren sus países. Raramente asumen sus propias responsabilidades. Basta comparar la ejecutoria de Nelson Mandena en Suráfrica con la de sus sucesor, Thabo Mbeki, o la manera tan diferente en que Botsuana (uno de los países modélicos en África) y Guinea Ecuatorial (una dictadura insaciable) han gestionado sus riquezas para darse cuenta de que seguir midiendo a los dirigentes africanos con un metro “ad hoc” es una forma de paternalismo y de racismo aunque se vista con ropajes izquierdistas.

“En el momento en el que el fiscal tiene pruebas suficientes acerca de la vinculación de cualquier persona con crímenes tan graves como los de genocidio, de guerra y crímenes de lesa humanidad, debe emprender las acciones correspondientes que, en este caso, ha llevado a cabo. Otra opinión merece el momento en que se ha producido esta acusación. Por un lado, es lógica la discusión suscitada acerca de sus consecuencias para la paz en Sudán. Por otro lado, llama la atención la rapidez con que el fiscal ha respondido con esta acusación al varapalo que significó el caso Lubanga, el pasado 3 de Julio, tras ser ordenada su liberación sin restricciones por los jueces de la Corte, decisión que luego sería apelada por el fiscal. Da la sensación de que se necesitaba demostrar la utilidad de la Corte, cuestión que no estaba en entredicho”. Son palabras de Vidal Martín, investigador del área de Paz, Seguridad y Derechos Humanos de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (FRIDE), quien recalca que “se trata de un paso más, de otro instrumento más entre los que utiliza la comunidad internacional para detener el genocidio en Sudán. Atajar el genocidio pasa por una combinación de esfuerzos dirigidos al cese de la violencia, a una atención eficaz a la población civil y a la lucha efectiva contra la impunidad. Se trata de procesos paralelos. La CPI tiene que reaccionar ante aquellas situaciones en las cuales el Estado afectado no pueda o no quiera llevar a cabo un proceso de rendición de cuentas. Su función es complementaria, si bien una solución a largo plazo siempre requerirá un trabajo profundo en las instituciones judiciales del país que acaba de atravesar un conflicto o aún está sumergido en él”.

Sobre los efectos indeseados a causa de una decisión que intenta hacer justicia por encima de todo, Vidal Martín dice que “es importante destacar la independencia que se le presupone a la CPI. Llegado este punto, se podrían vaticinar dos posibles escenarios para Sudán a consecuencia de esta decisión. En un escenario positivo, las víctimas estarían viendo un reconocimiento a la injusticia que están sufriendo y aquellos que están violando sus derechos fundamentales intuirían un preludio a lo que podría sobrevenirles a ellos. En un escenario negativo, crecerán los enfrentamientos en el seno de la sociedad sudanesa, afectando irremediablemente al clima de violencia existente, ya de por sí insostenible. De todos modos, no podemos olvidar que se trata de una decisión judicial y que la decisión política está en manos del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas”. El investigador hace hincapié en la necesidad de que la Corte Penal Internacional “amplíe sus criterios geográficos. Si bien todos los casos abiertos en África tienen su justificación, también lo son otros muchos casos por todo el mundo. Actualmente se baraja la posibilidad de que los siguientes casos se dirijan hacia Colombia o Afganistán. Un criterio de equidad no sólo exigiría apuntar a otros continentes, sino también tener en cuenta los crímenes que fueron cometidos por los países de Occidente y aún no han sido perseguidos”.

Alfonso Armada

Por qué lo harías



Por qué lo harías
by ignaciosj


El toro y Manhattan

El toro y Manhattan


La calle 14. Si ha habido alguna vez un lugar en Nueva York en el que vibrara algo parecido a una colonia española, sucedió alrededor de la calle 14. Aún quedan restos de aquellos locales en los que Cuba, España y México se daban la mano. En parte, porque hay una cercanía evidente, y en parte, porque los dueños de restaurantes se tomaron al pie de la letra la confusión que tienen los americanos con el mapa, y en los restaurantes populares, de esos en los que el menú se escribe con tiza, se anunciaban la paella y los tacos, como si tal cosa. México y España inventaron la comida fusión, en esa zona de Chelsea, mucho antes incluso de que existiera el concepto tan pijo para la comida oriental, que también nació, por cierto, de nuestra incapacidad para distinguir a un chino de un vietnamita. Propongo un nuevo término, comida con-fusión, y un movimiento culinario, el con-fusionismo. Pero a lo que iba, la colonia española se extinguió, aunque aún quedan los ecos. Hay un eco en el hotel Chelsea, con ese restaurante Don Quijote que Andy Warhol entendía como la celebración máxima de lo kitsch, pero que para usted y para mí, que hemos padecido una infancia de bares de carretera, es una suerte de paroxismo cañí: el mítico gotelé (goterones tan grandes que rozarte contra ellos es dejarte la piel a tiras), bodegones posvelazqueños, vírgenes de esas que consiguieron que odiáramos a Murillo, cuando el hombre no tenía la culpa de nada, y unos molinos con aspas giratorias como si fueran ventiladores. La decoración llama a pedirse un bocadillo de calamares goteando aceite y una sangría, bebida que, por cierto, se ha puesto de moda este verano; es la bebida estrella de esta tendencia con-fusión. Te la sirven en cualquier antro hispano, y te coges una toña, a lo tonto, que yo calificaría como "toña de chiringuito". Saben de lo que les hablo. Hay otro punto de la antigua colonia, La Nacional, una especie de bar, restaurante y punto de encuentro desde 1863, que en estos días ve amenazada su existencia y está intentando recabar apoyos para que continúe abierta. El domingo, después del brunch, esa comida americana que suena tan fina en la que se comen cosas tan bastas (huevos, salchichas, hamburguesas y bizcochos), el eco de la 14 nos llegó al corazón. Hablo en plural porque éramos un grupo de españoles de todas las Españas deseando encontrar un bar para unirnos así a esa especie de catarsis que ha supuesto la final de la Eurocopa. Con nosotros iba el más español de todos, ese al que llamamos Boris, pensando que es un seudónimo, pero que en realidad se llama así porque fue un capricho de su mamá, en homenaje a Boris Godunov. Boris era para nosotros como Casillas para la selección. Tras él entramos en La Nacional, abarrotada de gente fundamentalmente joven que en algún lugar de su anatomía lucía una bandera española. Estudiantes, científicos, médicos, arquitectos, ancianos de la vieja colonia, turistas..., todo el abanico de la presencia española en la ciudad estaba allí sudando, saltando, bebiendo cerveza, y en medio, nuestro Boris, que se dejó fotografiar, sin perder la sonrisa, con toda esa sudorosa afición. Boris por aquí, Boris por allá. Había una especie de locura, que se acentuaba por la falta de aire acondicionado. El gol llegó, y tras él los momentos de tensión hasta el último minuto. Una lluvia de goterones gordos, una ducha literal, cayó del cielo, y la gente salió a oxigenarse y a cantar la victoria. Yo, refugiada en un rincón, no daba crédito. Un grupillo de gente joven empezó a cantar Que viva España (la canción, por cierto, que más odia Manolo Escobar), y un hombretón sacó a bailar a Boris el pasodoble. Reconozcamos, de una puñetera vez, que después de tantos años de evitar decir la palabra España, de considerar la bandera como símbolo franquista, de ser incapaces de vivir con naturalidad el hecho de ser españoles, que no es un orgullo, sino una evidencia, un pasaporte, una cercanía familiar con toda su diversidad, aunque sólo sea porque, coño, somos un país más pequeño que Tejas; reconozcamos, digo, que las escenas del domingo fueron inauditas y tuvieron algo de liberadoras. Los jóvenes llevaban toros de Osborne en las banderas. ¡Toros! Dios mío, hace sólo tres meses me llamaron de un periódico italiano para preguntarme a qué se debía ese rechazo a un símbolo popular carente de ideología. Se debe, dije, a que somos como somos. Un coñazo, francamente.

La selección entró por la Castellana celebrando la victoria, pero yo me llevé la milésima parte de ese triunfo porque entraba en las tiendas manhatteñas y era felicitada en cuanto un comerciante advertía que era española. Un zapatero egipcio me dijo: "¡Hombre, no va a apoyar un egipcio a Alemania!". Mi portero, o mi superintendente, como dicen aquí, ese hombre que en el telefonillo se anuncia como "Súper Jiménez" (¿no es increíble?), me tuvo una hora en la calle explicándome el golazo; hablándome del Xavi, del niño Torres o de Casillas como si fueran sus primos. Me dijo: "Hicimos barbacoa en Nueva Jersey para ver ganar a España. No conozco a nadie en mi entorno que apoyara a Alemania". "En el mío, sí", le dije, "Urkullu". Pero el hombre no lo entendió. -

Elvira Lindo

Una Italia a la medida de Goya

Una Italia a la medida de Goya

Los ojos italianos de Goya son la excusa de esta espléndida y abrumadora exposición, no sólo por el extraordinario número de obras expuestas, casi trescientas sesenta, sino por su calidad y carácter representativo de todo un universo cultural y artístico que afectó a Goya y a otros tantos artistas y arquitectos europeos que participaron en la fascinante aventura artística del siglo XVIII, época de cambios y de actitudes contradictorias, entre la razón y la sensibilidad, entre el tardobarroco -barocchetto, por usar una pertinente y expresiva palabra italiana- y el clasicismo, la pasión por la Antigüedad y la tradición académica, lo sublime y lo pintoresco, la tradición de la Arcadia y el prestigio de los modelos del Renacimiento y del Barroco.

El viaje a Italia de Goya se convierte en la excusa de la muestra y en una ocasión única para comprobar de qué modo lo italiano y la actividad de otros artistas extranjeros en Italia y en Roma, verdadero laboratorio internacional, pudo influir en el arte posterior del aragonés. La exposición es como si virtualmente pudiéramos hacer hoy ese viaje con él, atendiendo a las pocas noticias que sobre su estancia en la península italiana aún se tienen, aunque algunas sean tan considerablemente importantes como su ahora ya célebre Cuaderno italiano, dado a conocer en 1993 y publicado en edición facsímil por el Museo del Prado al año siguiente, y que reúne dibujos y apuntes de obras que le interesaron entre 1770 y 1771, además de otras anotaciones. Cuaderno que quedó abierto y siguió usando con otras observaciones y dibujos de índole personal y familiar, la mayor parte de las veces.

Gracias al Cuaderno podemos saber y deducir el itinerario seguido por Goya desde Zaragoza, así como las ciudades que más pudieron interesarle por su significado cultural y artístico, sus colecciones y su vida intelectual y social, lo que le permitió establecer relaciones con otros artistas, así como el acceso a museos y colecciones privadas, incluidas sus posibles vistas a la Accademia di San Luca o la del Nudo, en el Capitolio. Entre esas ciudades figura Roma, pero también fueron importantes sus estancias en otros centros en su transitar propio de viajero del Grand Tour, como Venecia, Módena, Bolonia, Génova o Parma, en la que participó en el premio de pintura convocado en 1771 por su Accademia di Belle Arti, con la pintura Aníbal vencedor, que por primera vez miró Italia desde los Alpes (1770-1771), presente en la exposición acompañada de dos preciosos bocetos.

También la escultura. El Cuaderno mismo, como guía desordenada del viaje, nos permite comprobar algunas de las obras de arte y pintores que le interesaron, desde Guido Reni, Tiziano o Correggio a Guercino, Carracci, Maratti, Rubens y Rafael, sin olvidar su interés por la escultura clásica, que pudo contemplar en diferentes palacios y museos de Roma, como ocurrió con el Farnesio o Pio-Clementino, recién fundado en El Vaticano. En Roma, también la pintura religiosa y la obra de maestros como Giordano o Corrado Giaquinto le interesaron profundamente, estando como estaban más próximos a su formación y convicciones, si bien pronto pudo contemplar también las novedades clasicistas y a la antigua que artistas e intelectuales habían ido construyendo desde unos años antes, de Mengs a Winckelmann, de G. Hamilton a A. Kauffmann, además de poder contemplar obras de famosos vedutistas como Gaspare van Wittel o Panini, retratos como los de Batoni, sin que dejara de prestar atención a artistas cavaraggiescos o desmesurados y coloristas como Salvatore Rosa o Gaspare Traversi. Este nuevo, rico e intenso universo de alternativas, al que habría que añadir la monumentalidad de la ciudad y la vida de sus calles, la presencia de las ruinas y de la Antigüedad, así como la cultura visual que, por medio del grabado, el dibujo o las vedute, consolidaban su memoria y se convertían en memoria del Grand Tour, debió conmocionar al joven Goya, llegado de la Zaragoza en la que se había formado con José Luzán y atendido a las soluciones de Francisco Bayeu y sus hermanos.

Inesperado Cicerone. Dividida en quince expresivos apartados, la exposición se convierte así en un imaginario viaje del Grand Tour con Goya como inesperado cicerone. Joan Sureda, como comisario de la muestra, ha sido el diseñador de este sugerente itinerario, reconstruyendo con obras magníficas la Italia y la Roma que Goya pudo ver, lo que pasaba o lo que le pudo sorprender -tan decisivo en su evolución posterior-, y añade pequeños y delicados paréntesis conceptuales que permiten, por medio de coloquios íntimos entre obras de diferentes artistas, estableces actitudes y convicciones plásticas y estéticas que Goya pudo haber compartido, o que al menos debieron afectarle, pero que, en cualquier caso, forman parte de un viaje artístico paralelo al propio de la memoria del Grand Tour. Se reconstruye así no sólo el viaje, sino que incluso se logra pasear con Goya, intentando comprobar sus relaciones, desde las hipotéticas con Piranesi, no confirmadas documentalmente, a sus recorridos por el Trastevere, o su atención por las costumbres populares romanas.

De sala en sala. Las quince secciones mencionadas se inician con su formación en Zaragoza y la de los pintores de su entorno, para continuar con su llegada a Roma, ilustrada con imágenes pintadas y grabadas de la ciudad, con la cartografía real de la planta de Nolli y la imaginaria de otros intérpretes poéticos de Roma. Siguen salas destinadas a su aprendizaje en Roma, presentando obras que pudo contemplar y otras que se estaban haciendo en el momento de su visita y su posible repercusión en su formación. El resto de las secciones plantean su retorno a Zaragoza y Madrid, y la presencia de lo aprendido en sus obras posteriores, incluidos los nuevos temas y problemas que contemporáneamente afrontó, de la tradición de la Arcadia al mundo del clasicismo antiguo; de la nueva consideración de la naturaleza y del retrato a su interpretación renovada de la pintura religiosa; de los sueños y los monstruos al sueño poético de la muerte, para acabar con la exposición de los Caprichos, acompañados en la misma sala por las Carceri de Piranesi, dos obras maestras del grabado al aguafuerte y fin simbólico del viaje, cuando el sueño de la razón produce monstruos.

Son tantas y de tan elevada calidad y significación las obras expuestas y los autores de las mismas, de David a Canova, de Füssli a Tiépolo, Mengs o Petitot, además de los mencionados, que detenerse en ellas sería como volver a contar un viaje ya contado con pulcritud e infinidad de guiños enormemente sugerentes en esta extraordinaria exposición sobre la Italia de Goya. Tanto que el viaje reconstruido bien merece el nuestro.

Delfín Rodríguez

El síndrome confederal

El síndrome confederal

En sus explicaciones sobre el pensamiento político del siglo XIX, José Antonio Maravall no ocultaba su simpatía por Francisco Pi y Margall. Su proyecto de organización federal de España, asentado sobre las reformas sociales, le parecía a largo plazo mucho más realista que la centralización y el nacionalismo español conservadores de Cánovas. Había sin embargo un punto débil. Pi no percibía la distinción entre federación y confederación, esto es, entre la articulación de sucesivos niveles de poder hasta configurar un centro último de decisiones, la federación, y la primacía reservada a la "soberanía" de cada uno de los Estados asociados sobre las competencias delegadas a un centro reducido a funciones de coordinación, la confederación.

La descentralización de competencias puede ser muy amplia en la federación, incluso en el nuevo federalismo cabe insistir en la importancia de las funciones compartidas entre el Estado central y los Estados federados, pero el núcleo de las decisiones políticas y la garantía de la igualdad de derechos permanecen en manos del Gobierno y las instituciones federales. La ventaja aparente de la confederación reside en "sentirse cómodos" (Maragall) y su gran inconveniente en que la paridad entre los componentes, así como la simple condición de mediador del centro, impiden que el Estado cree un mecanismo eficaz de resolución de los conflictos. Además, según advirtiera Hamilton en El Federalista, sobre la experiencia de los primeros pasos confederales en Norteamérica, el predominio de los intereses propios daba lugar a verse "alternativamente amigos y enemigos entre sí, con mutuos celos y rivalidades".

Las confederaciones han estallado en los dos últimos siglos una tras otra. Recordemos la trágica explosión de Yugoslavia al hacer valer Milosevic el predominio fáctico de Serbia sobre las reglas confederales establecidas por la Constitución de 1974, empezando por la rotación de la presidencia. En cuanto a la Confederación suiza, por la Constitución de 1999, se autodefine como Estado federal.

En ésta y en otras cuestiones, nuestra clase política no escapa a la calificación establecida por el arbitrista González de Cellorigo, quien en "el tiempo del Quijote" definía a España como "una república de hombres encantados", en estado de permanente disociación respecto de la realidad. Asuntos como la montaña de juicios sin tramitar o la increíble peripecia de los policías tipo Sed de mal en Coslada llevan a la pregunta de si tienen existencia real los ministerios y organismos competentes. Otro tanto cabe decir de los grandes especialistas que hubieran debido ir más allá del tema de la constitucionalidad formal de los nuevos Estatutos, catalán a la cabeza, preguntándose por el curso que iba a adoptar el propio Estado de entrar en vigor esta singular reforma del orden constitucional, socavando la estructura del mismo en nombre del principio de bilateralidad. El Consejo de Estado emitió un notable dictamen de alcance general al que nadie hizo caso. Luego, silencio.

España no se ha roto, pero la aplicación del criterio de la comodidad, un policentrismo de hecho, muestra cómo la deriva confederal introduce crecientes elementos de disociación. "A cada comunidad, su río", de manera que en tiempo de sequía el Estado tiene que acudir a solidaridades de partido y a eufemismos para que el agua disponible llegue a quien la necesita. No es cuestión de conferencias ni de buenas voluntades: la soberanía de una comunidad sobre tales recursos contradice el interés general. Otro tanto cabe decir de la reforma financiera interterritorial. Puede ser necesaria para quienes más pagan como Cataluña (o Baleares, o Madrid), pero lo grave es el planteamiento del president Montilla, que se limita a esgrimir frente al Estado la supuesta imposibilidad de que Cataluña soporte la situación actual, proponiendo la aplicación del principio que ya contenía la Constitución de los confederados en la guerra de Secesión americana: no aportar recursos para disminuir la desigualdad interterritorial. Es la afirmación más nítida de un principio de bilateralidad, que reposa sobre la lógica interna del Estatut, por encima de los remiendos para "constitucionalizarlo": hay una nación, Cataluña, y un Estado español, nunca España. De nuevo conferencias y tratos para salir del paso. Falta un mecanismo constitucional, de carácter federal, que aborde tales conflictos de decisiva importancia.

No hablemos de Ibarretxe. Incluso un hombre discreto como Montilla, ex ministro, acepta la falsa evidencia de que es posible pensarlo todo exclusivamente desde Cataluña, que resulta lógica la hegemonía impuesta al modo de Quebec hasta el límite en la enseñanza y en la expresión pública de la "lengua propia" sobre el idioma de todos, que la política de apoyo a los inmigrantes musulmanes, como explica el profesor Moreras, entregada a ERC, tenga por objetivo ganarles para la idea de la independencia de Cataluña, que la idea de solidaridad característica de la izquierda haya sido reemplazada por la defensa a ultranza de los propios intereses económicos.

Claro que Cataluña da muchos votos al PSC y que cualquier lector de su ponencia política puede apreciar el apego del PP a una concepción preconstitucional, unitaria, sin nacionalidades, de la nación española. Petición final: que Montilla, de un lado, y el ponente popular, de otro, dejen de mencionar el nombre de federación contradiciendo su significado.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.


¿Estamos más deprimidos o nos quejamos más?

¿Estamos más deprimidos o nos quejamos más?


La depresión se vuelve epidemia en la medida en que las mayores expectativas encierran más frustraciones - ¿Exigimos demasiado a la vida?


"La tristeza en los países ricos se tiende a hacer cuestión patológica". El psiquiatra Luis Rojas Marcos da la clave con sólo 12 palabras. Uno de cada cinco españoles corre riesgo de sufrir mala salud mental, sobre todo depresión y ansiedad. ¿Vivimos deprimidos o le exigimos demasiado a la vida? Un especialista del hospital del Mar, Antoni Bulbena, contesta tajante: "No, no vivimos deprimidos, pero tal vez exigimos demasiado a la vida, en lugar de exigirnos a nosotros ser sencillamente nosotros". Diversos expertos coinciden en que existe una tendencia al aumento de los trastornos depresivos. Lo que es seguro es que aumenta la capacidad de detección y diagnóstico. Las sociedades desarrolladas delatan otra enfermedad: cada vez exigimos más y toleramos menos. El resultado: la frustración.

"Hay datos que parecen sugerir que sí aumenta la depresión pero en el rango de los trastornos leves-moderados, no en los cuadros psiquiátricos graves", explica Fernando Cañas, portavoz de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. Cañas alerta: "No debemos patologizar la insatisfacción de la vida. A veces se consulta de manera muy poco adecuada por problemas que tienen que ver con la insatisfacción".

Las depresiones graves existen en todas las culturas y en todos los ámbitos, pero hay otros estados anímicos que son más socialesdependientes. La sociedad de hoy nos impone un ritmo. "Vamos apretados", dice un joven. "Y cuando pensamos que todo va bien, pam, todo se desmorona". Le pasó a María: perfecta amiga, perfecta esposa, perfecta trabajadora. Resultado: año y medio sin levantar cabeza porque un día, sin saber por qué, la relación con el trabajo y con su marido dejó de funcionar.

De la depresión clínica a la expresión "estoy depre" hay todo un camino. Y un cambio del lenguaje que lleva implícito el peligro de vulgarizar un término científico. El cambio formidable en el lenguaje se entiende en los jóvenes que describen sin pudor sus emociones. "El fenómeno de la depresión se convierte en casi una moda", alerta el catedrático Jordi Obiols. "Hay que distinguir los distintos tipos de depresión: la tristeza como sentimiento normal; los síntomas depresivos; la influencia del temperamento y la enfermedad depresiva. Una cosa es la depre que se relaciona con la dificultad de adaptarte a las cosas que suceden a tu alrededor y otra la enfermedad con base química, muy grave y difícil de entender", afirma Enric Álvarez, director del Servicio de Psiquiatría del hospital Sant Pau. "La vulgarización de los temas científicos nos lleva a este lío y al hecho de que se utilice el término para todo".

Ser mujer, vivir sin pareja, estar en paro o vivir en grandes ciudades, son algunos de los elementos que configuran el perfil de los sujetos que padecen depresión, según la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. ¿Por qué la diferencia de género? Las mujeres doblan en número los casos de depresión de los hombres y representan el 75% de los consumidores totales de somníferos o tranquilizantes. "Existe un enorme peso de los estilos de pensamiento. Las mujeres tienden a atribuirse más la culpa de cuanto sucede a su alrededor; en cambio, los hombres cortocircuitan más", afirma el catedrático de Psicopatología, Carmelo Vázquez.

Hoy nos reunimos con una decena de mujeres. No están bien. Abren sus libretas y desenfundan sus bolígrafos. "¿Cómo ha ido la semana?", pregunta la enfermera. Cascada de respuestas. Alguna voz entrecortada. Otra eufórica. "Yo bien"; "yo, mejor"; "no tengo muy buenos días"; "yo he tocado fondo esta semana, estaba colapsada". Estamos en el centro barcelonés de atención primaria Montnegre, donde desde hace dos años enfermeras con formación específica sobre depresión y ansiedad realizan grupos psicoeducativos. En total, 12 sesiones de dos horas donde se ayuda a las personas a identificar los síntomas, a controlar los pensamientos y las emociones negativos, y se ofrece información. La radiografía es similar entre las asistentes, aunque cada caso es un mundo: mujeres entre 50 y 60 años, la mayoría en tratamiento farmacológico, que plantean los problemas que tienen con sus maridos, sus hijos y el trabajo. Algunas tienen a su cargo personas con dependencia.

"Queremos evitar que estas situaciones se cronifiquen", explica Teresa Muñoz, la enfermera que hoy dirige el grupo. El tema de la sesión es la autoestima. Una de ellas explica una situación difícil que vivió el otro día: una ecografía mamaria. "Siempre piensas en negativo, tienes un malestar que no puedes afrontar". Teresa les cuenta que aceptarse es muy importante, conocer los límites físicos y psíquicos. Ellas escriben en sus libretas un ejercicio diseñado para ver dónde flaquea su autoestima. La mujer del jersey verde lamenta: "Mi miedo está en afrontar las cosas. ¿Qué haré cuando me quede sola?". Al acabar la clase, la otra enfermera, Carmen Herraiz, realiza unos ejercicios de relajación en colchonetas. Es el mejor momento.

Rojas Marcos retoma la pregunta y asegura que no vivimos deprimidos, aunque a veces le pedimos demasiado a la vida. Arranca su tesis con dosis de optimismo: "La mayoría de las personas no están deprimidas, sino que se sienten razonablemente satisfechas con su vida". A la pregunta de cuál es el grado de satisfacción con la vida de 0 a 10, común en algunas encuestas sociales, las puntuaciones suelen ser muy altas. "Aunque el que se da un 10 tiene que venir a verme", bromea. Rojas Marcos alerta: "No nos debemos dejar robar la tristeza que es un sentimiento normal ante una adversidad". El psiquiatra, desde Nueva York, asegura que en televisión hay un constante bombardeo de anuncios sobre "pastillas" para ser feliz o menos viejo: "La industria fomenta esta idealización". Aspiraciones que, si no se cumplen, desembocan en frustración.

No es el caso de Antonia, maestra. Ella ha sufrido una depresión durante más de ocho años que se desencadenó cuando a su madre le diagnosticaron alzhéimer. Primero recurrió al médico de cabecera, que le recetó un antidepresivo. No mejoró y acabó visitando al psiquiatra. "El principal mal que me diagnosticaron es que no sé decir que no". Antonia mejoró y luego volvió a recaer. En todo el proceso han pasado ya 10 años. "Ahora estoy bien, aunque tengo problemas de falta de concentración y de pérdida de memoria".

La línea de combate es la atención primaria, pero el instrumento son los psicofármacos. En España, los antidepresivos son el tercer grupo de medicamentos más vendidos, según datos del Ministerio de Sanidad de 2006. "Medicamos cualquier reacción humana y no siempre se resuelve", alerta el vocal del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, Pedro Rodríguez. En la lista de los 10 fármacos más solicitados el año pasado figuran los somníferos y los tranquilizantes. "Los psicofármacos han crecido extraordinariamente en los últimos 10 años y se ha multiplicado por cinco el gasto que supone para el sistema público de salud. Tiene que ver con el clima social que supone medicalizar las dolencias de la vida", explica Vázquez. "¿Por qué se absorbe tan bien? La idea de la medicalización supone una cierta desculpabilización".

Los ambulatorios constituyen la puerta de entrada. Sólo un 10% de los depresivos llegan al psiquiatra y hasta el 90% son atendidos en la atención primaria. Entre un 20% y un 30% de los pacientes de los ambulatorios presentan síntomas depresivos. ¿Están los médicos de familia haciendo de psiquiatras? "No, y además no es nuestro objetivo ser pseudopsiquiatras, pues si en algo es especialista el médico de familia es en personas", subraya María Jesús Cerecedo, coordinadora del grupo de trabajo de salud mental de SEMFYC. Los médicos de familia se forman específicamente en muchas áreas y la salud mental es una de ellas.

En la actualidad, la depresión es la cuarta causa de discapacidad mundial entre todas las enfermedades y se estima que en 2020 será la segunda, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). El 21,3% de la población de 16 o más años presenta riesgo de mala salud mental, según la Encuesta Nacional de Salud 2006 que por primera vez mide esta situación. A más edad, más riesgo de padecerla. "Los trastornos mentales en general han tendido a aumentar. Y uno de los factores es el aumento de la esperanza de vida. En España hay 450.000 personas con trastornos severos y el resto, hasta un porcentaje del 21%, están en zona de riesgo", explica Alberto Infante, director general de calidad del Ministerio de Sanidad.

La salud mental es una prioridad de todos los sistemas sanitarios del mundo. Y España no es menos. En marcha está una estrategia nacional aprobada en 2006 para fomentar la prevención y afrontar los nuevos retos. Sin embargo, Infante se permite también ofrecer algunos "elementos poderosísimos de prevención de los trastornos leves", como: hablar del tema con la familia y los amigos, disminuir la ingesta de tóxicos y practicar actividad física. "Si el trastorno no cede y es más duradero de lo que cabe esperar, consultar".

Más radical se muestra Eduardo Jáuregui, fundador de la consultora Humor Positivo: "Estamos ante una crisis de salud mental". Jáuregui cita algunos de los factores que considera que nos llevan a esta situación: una sociedad cada vez más atomizada con familias más pequeñas y personas más anónimas; una forma de concebir el mundo que se ha abierto como un melón y que ha perdido todo sistema de referencia; un ocio cada vez más pasivo. "Tendemos a dramatizar demasiado nuestra realidad ¿Por qué siempre dan los oscares a películas dramáticas?". Jáuregui se repone y recupera su humor: "No estamos tan mal en realidad como pudiera parecer".

Salud mental

- El 21,3% de la población de 16 años o más (15,6% de los hombres y 26,8% de las mujeres) presenta riesgo de mala salud mental. En el grupo de edad de 75 y más años, el 25,0% de los hombres y el 39,5% de las mujeres.- En Europa uno de cada diez ciudadanos padece en estos momentos algún tipo de problema de salud mental y un 1% sufre un proceso grave.- Sólo un 10% de los casos llega al psiquiatra. El resto de afectados acuden al médico generalista, a otros especialistas o no visitan a ningún facultativo.

Ana Pantaleoni

Pescador de mujeres y hombres


Padre Yoni