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Tarancón, el trono y el altar

Tarancón, el trono y el altar


Todo empezó el 27 de noviembre de 1975. Millones de españoles escuchamos, a través de la radio y de la televisión, las palabras del entonces presidente de la Conferencia Episcopal Española y arzobispo de Madrid, el recordado cardenal Vicente Enrique y Tarancón, oficiante de la solemne ceremonia de entronización del nuevo Rey de España, don Juan Carlos I de Borbón, que se celebró en la iglesia de los Jerónimos de Madrid. Tan sólo siete días antes había fallecido el general Franco y España entera vivía emociones dispares, prevaleciendo sobre todo un claro sentimiento de incertidumbre. Más que nunca pesaba sobre todos los españoles el recuerdo de nuestra historia más reciente: la República, la Guerra Civil, la durísima posguerra y una larga dictadura de cuarenta años que, entre otras muchas culpas, tuvo la responsabilidad de mantener una cruel división entre vencedores y vencidos.

La iglesia de los Jerónimos no era solamente el escenario de la ceremonia religiosa tradicional de entronización de un nuevo Rey. Era la primera oportunidad para conocer cuál era la visión que dos instituciones tan claves en nuestra historia como la Corona y la Iglesia tenían sobre nuestro futuro. Cuando le llegó el momento al arzobispo de Madrid de pronunciar su homilía, los españoles, oyendo su voz inconfundible de fumador empedernido, comprendimos el porqué los ultras de entonces gritaban "Tarancón al paredón".

Días antes, el propio cardenal había anticipado su pensamiento con una gran valentía en la misa córpore insepulto que había oficiado en El Pardo ante el cadáver de Franco, en la presencia de sus allegados y sus más íntimos colaboradores. Allí el cardenal dijo: "Debemos formular la promesa de borrar todo cuanto pueda separarnos y dividirnos". Esta frase pasó desapercibida, ahogada por la conmoción del fallecimiento de Franco, pero para algunos marcó una gran esperanza al ver que, en un escenario y en un momento tan difícil, Tarancón era consecuente con las actitudes y las posturas que bajo su presidencia había tomado la Iglesia española en los últimos años de la dictadura, reclamando libertad y reconciliación.

El cardenal Tarancón, siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano, reclamó libertad, pidió participación, demandó justicia y solidaridad y respaldó al Rey para que lo fuera de todos los españoles porque, como dijo: "Españoles son todos los que se sienten hijos de la Madre Patria". En nombre de la Iglesia, el cardenal subrayó que no pedía para ella ningún tipo de privilegios, tan sólo la libertad para predicar el Evangelio, pero siempre en beneficio de los interesesdel país y en la defensa de los más necesitados, "aquellos a quienes nadie parece amar".

El futuro de España, según el presidente de los obispos españoles, debía nacer de la colaboración y de la participación de todos, sin exclusiones, para así construir un camino de paz, de progreso y de libertad nacido de la reconciliación nacional. Conforme don Vicente hablaba, España entera se daba cuenta de que la dictadura había terminado y de que los nuevos tiempos nacerían desde la participación y el acuerdo de todos los españoles y con el apoyo de la Iglesia.

La homilía del cardenal sería posteriormente reforzada por las propias palabras del Rey de España, pronunciadas en el almuerzo del Palacio de Oriente, celebrado en honor de los altos dignatarios extranjeros asistentes a la ceremonia que rompían un aislamiento de cuarenta años y venían a España en un gesto inigualable de solidaridad y de apoyo hacia el Rey y hacia los españoles. Juan Carlos I expresó en su alocución rotunda y claramente su voluntad de trabajar para que España entrara a formar parte del concierto de naciones cuya convivencia se basa en los principios de la libertad y de la democracia, definiendo su voluntad de ser el Rey de todos.

Treinta y dos años después, es de justicia recordar aquel día, el momento en el que se visualizó el inicio de la ruptura con el régimen anterior. El ejemplo y la toma de posición que "el trono y el altar" tomaron aquel jueves 27 de noviembre en la iglesia de los Jerónimos fueron determinantes para sentar las bases de nuestra democracia.

Hace pocos días, la Iglesia española, a través del presidente de su Conferencia Episcopal, monseñor Ricardo Blázquez, pronunciaba nuevamente palabras de perdón y de reconciliación, ganándose el respeto y la aquiescencia de todos. Continuaba el "sermón de los Jerónimos" en una apertura coincidente con el magisterio del actual papa Benedicto XVI, siempre preocupado por establecer puentes de diálogo. Permanentemente en sus escritos y en sus discursos el Pontífice expresa su búsqueda de conciliación entre la fe y la razón, su apertura al diálogo con los sectores laicos y su defensa de los valores comunes que en nuestra cultura nacen de la integración del pensamiento cristiano con el pensamiento clásico, superando así cualquier tentación de asentarse en la confrontación y consiguientemente en el aislamiento. Hoy son momentos para el diálogo y para el acuerdo, en Roma y en Madrid.

Pero también hoy como ayer en las relaciones con la Iglesia no caben ni posturas preconcebidas ni lecturas sesgadas de la historia ni estereotipos decimonónicos. La izquierda debe respetar la libertad de la Iglesia para defender y enseñar sus principios y valores inamovibles, estrechando la colaboración en el ideario común de solidaridad, justicia e igualdad. No se puede asociar el progresismo al repudio de la fe porque ello constituye una declaración de incapacidad para entender el pluralismo de nuestra sociedad. La gran aportación de la izquierda siempre fue la de tomar posiciones de una manera positiva, huyendo de maniqueísmos y generalizaciones. Resulta muy empobrecedor asumir un catálogo de rechazos para poder definir la propia identidad política. En la España actual las identidades políticas se definen las más de las veces a la contra.

En las relaciones con la Iglesia olvidamos que muchos de los movimientos de oposición al franquismo e incluso dirigentes y cuadros de la actual izquierda surgieron de la militancia previa en organizaciones vinculadas a la Iglesia.

Cuando hace 32 años el cardenal Tarancón hablaba en los Jerónimos, lo hacía coincidiendo con el pensamiento de la gran mayoría de los españoles, y es bueno recordar hoy que sus palabras se convirtieron en hechos, hasta el punto de que con posterioridad, cuando llegaron las primeras elecciones democráticas, se negó rotundamente a que la Iglesia española apoyara la creación de un partido político confesional, defendiendo la neutralidad de la Iglesia para así garantizarse su independencia. Por eso es bueno recordar el protagonismo de la Iglesia en la recuperación de las libertades. La historia es la que es.

Francisco Vázquez y Vázquez es embajador de España ante la Santa Sede.

Vidas Minadas, diez años después

Vidas Minadas, diez años después

La muestra forma parte del proyecto ’Vidas minadas’, apoyado por Intermón Oxfam, Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras

El Instituto Cervantes expone desde el miércoles, 28 de noviembre, en su sede central de Madrid ’Vidas minadas: diez años después’, formada por un centenar de fotografías de Gervasio Sánchez sobre los estragos que causan las minas antipersona en todo el mundo.

"Vidas minadas" es un proyecto fotográfico de sensibilización que realiza el fotoperiodista Gervasio Sánchez desde 1995 con el apoyo de Intermón Oxfam, Manos Unidas y Médicos sin Fronteras, tres de las más de 1.400 organizaciones que en 90 países trabajan en la erradicación o en la asistencia de las víctimas de las minas. El esfuerzo de estas entidades fue recompensado en 1997 con el Premio Nobel de la Paz. La principal colaboradora es la compañía DKV Seguros, muy implicada en labores sociales y asistenciales.

Se trata de la continuación de un proyecto fotográfico presentado en 1997 que documentaba el calvario de las víctimas de las minas antipersona en países como Bosnia, Mozambique, Camboya, El Salvador, Irak, Angola, Afganistán, Nicaragua o Colombia.

Recorrido y presentación del libro

La muestra se inauguró el 27 de noviembre y permanecerá abierta al público en la sede central del Instituto Cervantes hasta el próximo 27 de enero. A lo largo de 2008 la exposición viajará por Barcelona, Valencia, Zaragoza, San Sebastián y Gerona, y también visitará la sede la Unesco en París coincidiendo con el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El próximo jueves, el filósofo José Antonio Marina, el juez Baltasar Garzón y la actriz Luisa Martín presentarán en el Instituto Cervantes a las 20 horas el libro Vidas Minadas, 10 años, publicado por la Editorial Blume El Instituto Cervantes también celebrará un ciclo de conferencias y mesas redondas sobre el impacto de las minas contra la población civil entre el 15 y el 23 de enero de 2008. Participarán escritores, periodistas y especialistas de varias organizaciones humanitarias que trabajan en países afectados por las minas antipersona.

167 millones de minas

Diez años después de la entrada en vigor del Tratado de Ottawa sobre la prohibición de minas antipersona, cuarenta países siguen negándose a firmarlo. Entre ellos, Estados Unidos, Rusia o China, principales productores mundiales de minas y con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Mientras, miles de personas pasan anualmente a formar parte de un impresionante ejército de mutilados.

El impacto de las minas es más profundo y devastador que los efectos de cualquier otra arma: no sólo cercenan miembros o vidas, también impiden el libre acceso de los campesinos a sus tierras, de las mujeres a los pozos de agua o de los niños al colegio. Como consecuencia de ello, muchas tierras se quedan sin cultivar y familias pobres ven mermados sus ingresos.

El desminado también supone un pozo sin fondo de gastos para los países más afectados. Camboya, uno de los países más minados del mundo, tendría que emplear el equivalente a su producto interior bruto de cinco años si desea eliminar totalmente las minas enterradas. Según la ONU, harían falta 1.100 años y 30.000 millones de euros para erradicar los 167 millones de minas existentes en 78 países de todo el mundo.

Las víctimas

Cada año las minas antipersona provocan 15.000 nuevas víctimas. Colombia, Camboya, Afganistán, Angola, Bosnia o Irak destacan entre los 78 países afectados por esta dramática situación. Unos 300.000 supervivientes sufren algún tipo de mutilación. Desde 1997, los 151 países firmantes del Tratado de Ottawa sólo han dedicado un 10 por ciento de la cantidad necesaria calculada por las organizaciones especializadas para financiar los programas de atención y rehabilitación de las víctimas de las minas.

Prótesis

Las víctimas siguen padeciendo dolor físico y secuelas psicológicas. Quienes han sufrido la pérdida de una o dos piernas a edades tempranas necesitarán cambiar de prótesis unas 25 veces antes de morir. El coste económico es imposible de asumir para la mayoría de afectados que viven en países con rentas pér cápita inferiores a los 40 euros al mes.

Muchos de ellos se han tenido que construir sus primeras prótesis con los materiales más curiosos, incluidos envases de refrescos o carcasas metálicas.

Costes

El coste de una mina terrestre no llega a los tres euros mientras que localizarla, desactivarla y destruirla supera los 750 euros. Una superficie equivalente a un campo de fútbol, que se siembra de minas en una hora, obliga a tres meses de trabajo si se quiere garantizar su desminado total.

Con el actual ritmo de financiación, la ONU calcula que se necesitarán más de 1.000 años para desactivar los 167 millones de minas plantadas en 78 países de todo el planeta.

Exposición abierta al público:
Lugar: Instituto Cervantes (calle de Alcalá, 49, Madrid).
Fechas: Del 28 de noviembre de 2007 al 27 de enero de 2008
Entrada libre.

www.vidasminadas.com

Vidas al desagüe

Vidas al desagüe


FORZABAN los partos inyectando a las embarazadas sustancias químicas que provocaban fortísimas contracciones en el útero; a los fetos de siete u ocho meses, les inyectaban calmantes para evitar que pataleasen y luego, apenas asomaban la cabeza, los decapitaban, o les introducían un catéter por la región occipital que les succionaba el cerebro. Para desprenderse de sus cadáveres, los introducían en una máquina trituradora que los reducía a papilla orgánica y los arrojaban al desagüe. La truculencia de los métodos empleados en esos mataderos barceloneses que, misteriosamente, la prensa insiste en llamar «clínicas» ha servido para que, siquiera durante unas horas o días, la opinión pública se estremezca de horror. Por supuesto, se trata de un estremecimiento hipócrita, el repeluzno momentáneo del monstruo que no soporta contemplar su monstruosidad reflejada en un espejo; pero basta dar la espalda al espejo para que el monstruo pueda seguir viviendo plácidamente. En apenas unos días, nuestra memoria selectiva habrá borrado la reminiscencia de tanto horror; y se seguirá abortando a mansalva, con idénticos o parecidos métodos, ante la indiferencia de los monstruos.

A las tropas americanas y británicas que, en su avance hacia Berlín, iban liberando los campos de concentración donde se hacinaban espectros de hombres no les espantaba tanto el espectáculo dantesco que se desplegaba ante sus ojos como la pretendida ignorancia de los lugareños vecinos, que habían visto llegar trenes abarrotados de presos al apeadero de su pueblo, que habían visto humear las chimeneas de los hornos crematorios, que habían visto descender la ceniza de los cuerpos sobre sus tierras de labranza y, sin embargo, habían fingido no enterarse de lo que estaba sucediendo ante sus narices. Con esta nueva forma de holocausto que es el aborto ocurre lo mismo: mucho más horrendo que el crimen de esos matarifes que trituran fetos de siete u ocho meses y arrojan sus restos al desagüe es la connivencia silenciosa de una sociedad que vuelve la espalda ante tanta bestialidad, que ya no dispone de resortes morales para sublevarse contra semejante forma de muerte industrial, que finge que no le incumbe, que incluso formula justificaciones rocambolescas que la amparen. Y que, en el colmo de la vileza, urde simulacros compasivos que traigan placidez a su existencia de monstruos: quienes se encogen de hombros ante esta nueva forma de muerte industrial suelen ser los mismos que se erigen en paladines de los derechos de los animales, los mismos que se muestran atribulados ante las consecuencias del cambio climático, los mismos que se rasgan las vestiduras cuando se enteran de que en Guantánamo se dispensa a los reclusos un trato vejatorio.

Escribíamos el otro día que nuestra época había dejado de ser humana. Tal vez este proceso de deshumanización no sea irreversible; tal vez las generaciones que nos sucedan vuelvan a contemplarse en un espejo y reúnan el valor suficiente para renegar del monstruo que les hemos cedido en herencia. Tal vez esas generaciones futuras quieran saber cómo eran sus antepasados; y entonces se desplegará ante sus ojos el espectáculo dantesco del aborto, los millones de vidas que fueron trituradas y arrojadas al desagüe cuando ni siquiera podían defenderse. Pero no les espantará tanto ese cómputo innumerable como la impiedad de aquellos antepasados que consintieron tanta bestialidad. Y todavía les espantará más saber que aquellos mismos hombres que habían renegado de su humanidad maquinaron coartadas que les permitieran sobrellevar una vida plácida mientras la trituradora se atoraba, incapaz de deglutir tanta vida reducida a papilla. Les espantará hasta la náusea saber que mientras las trituradoras de la muerte industrial trabajaban a destajo sus antepasados lloriqueaban farisaicamente recordando a las víctimas de tal o cual guerra pretérita, organizaban telemaratones solidarios, participaban muy orgullosamente en manifestaciones contra el cambio climático: simulacros de fingida humanidad en una época que había dejado de ser humana.

A esas generaciones futuras sólo les restará un consuelo: saber que, mientras sus antepasados renegaban de su condición humana, había un Dios que abrazaba amorosamente tanta vida arrojada al desagüe.

Juan Manuel de Prada

Declaración conjunta de partidos, sindicatos y empresarios

Declaración conjunta de partidos, sindicatos y empresarios


Líderes de todos los grupos parlamentarios y de las principales organizaciones sindicales y empresariales firmaron ayer esta declaración conjunta en el Congreso de los Diputados:

"En la mañana de hoy, la organización terrorista ETA ha cometido un asesinato en territorio francés, matando a un miembro de la Guardia Civil e hiriendo gravemente a otro. Expresamos nuestra condolencia y solidaridad a la familia de Raúl Centeno Pallón, asesinado mientras cumplía con su deber. Expresamos nuestro ferviente deseo de que Fernando Trapero Blázquez consiga recuperarse. Reiteramos nuestro apoyo a todas las víctimas del terrorismo".

- Condena. "Las organizaciones firmantes condenan y rechazan con toda su fuerza este nuevo crimen del terrorismo. ETA nunca conseguirá doblegar a la democracia. Lo único que pueden esperar los terroristas es que la acción de la justicia les haga pagar por sus crímenes".

- Apoyo a las fuerzas de seguridad. "Apoyamos y respaldamos a todas las fuerzas y cuerpos de seguridad y a todos los componentes de la Administración de justicia en la lucha contra el terrorismo. En esta jornada expresamos de forma especial nuestra solidaridad con los miembros de la Guardia Civil, a la que pertenecen las dos víctimas del crimen de hoy. Apoyamos y apoyaremos al Gobierno para derrotar a ETA".

- Colaboración internacional. "El hecho de que el acto criminal se haya cometido en territorio francés refuerza nuestra convicción de que la colaboración internacional, en especial la que mantienen los Gobiernos de España y Francia, es un instrumento esencial en la lucha antiterrorista".

- La unidad de los demócratas. "Al terrorismo sólo se le puede combatir y derrotar con la unidad de los demócratas y con la fuerza del Estado de derecho. Por todo ello, las organizaciones políticas y sociales llamamos a todos los ciudadanos a que expresen la repulsa por este acto criminal y la solidaridad con las víctimas, y les convocamos a una concentración de rechazo al terrorismo que se celebrará el próximo martes, día 4 de diciembre, a las 19 horas en Madrid".


Firmantes: PSOE, PP, CiU, ERC, PNV, IU-ICV, BNG, CC, Cha, EA, NaBai, NC, CEOE, CEPYME, CC OO, UGT y USO.

Luchar contra el SIDA

Luchar contra el SIDA


No será posible contener el avance del Sida si no se incrementa el número de médicos y enfermeras en los países del sur

Millones de personas afectadas por el VIH-SIDA en los países en desarrollo seguirán sin poder recibir los cuidados necesarios, a menos que se produzca un gran incremento en el número de trabajadores de la salud, según anuncia hoy Oxfam Internacional.

Oxfam Internacional trabaja en colaboración con cientos de organizaciones en más de 20 países para intentar aliviar la situación de millones de personas que viven con Sida o están infectados con el VIH. En la actualidad hay cerca de 33 millones de personas en el mundo viviendo con el VIH, la mayoría de ellos en el África subsahariana, aunque partes de Asia y América Latina están sufriendo un rápido incremento de las tasas de infecciones, y son las mujeres las más afectadas.

Como parte de su campaña de acceso a unos servicios sociales básicos de calidad, Oxfam Internacional pide a los países ricos que lideren la lucha contra la pandemia aportando todo el dinero comprometido al Fondo Global contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria de las Naciones Unidas, y apoyando a los países más pobres a construir sus sistemas de salud, incluyendo la contratación, formación y mantenimiento de más trabajadores de la salud.

"En la respuesta global contra el Sida, la falta de médicos especializados, enfermeras y trabajadores de la salud en las comunidades es, sin lugar a dudas, la principal causa de freno en la lucha contra esta enfermedad. Para combatir efectivamente el VIH- Sida se necesita más y mejor formación, condiciones de trabajo decentes y salarios adecuados para decenas de miles de nuevos médicos y enfermeras. Esto sólo ocurrirá si los donantes destinan una porción más grande de la ayuda para la salud y si los países en desarrollo hacen de los servicios de sanitarios una prioridad en sus presupuestos nacionales", afirma Verónica Hernández, responsable del área de Servicios Sociales Básicos en Intermón Oxfam.

En cuatro provincias de Angola, Oxfam Internacional ha trabajado con grupos de apoyo de VIH. Dolmingas dos Saleios Correia es miembro de Accao Humana, una organización con la que colaboramos en Luada. Ella está afectada con el VIH y ha perdido a su marido y dos hijos por el Sida.

“Las cosas están mejorando en Angola. Los antirretrovirales son ya de libre acceso en forma de jarabe para niños. Sin embargo, sigue habiendo problemas”, afirma Dolmingas. “En hospitales públicos, por ejemplo, hay 10.000 adultos en tratamiento y sólo 10 médicos. También hay 15.000 niños que reciben antirretrovirales y sólo dos doctores. La necesidad de más trabajadores de la salud es urgente”.

En Malawi, uno de los países más afectados del planeta, dos de cada tres de los más de 187.000 afectados con VIH reciben tratamiento en la actualidad. Sólo cinco años atrás prácticamente nadie en Malawi recibía tratamiento. Las tasas de supervivencia son hoy de cerca del 70%, lo que supone un éxito según Oxfam Internacional.

Sin embargo, la falta de tratamiento y cuidados para decenas de miles de pacientes siguen siendo un gran problema. Según Ligalireni Mihawa, un especialista en Sida de Oxfam Internacional: “es muy triste cuando los más pobres de Malawi tienen que esperar demasiado tiempo para tener acceso a los antirretrovirales, y la principal barrera para esto se debe a la falta de doctores y enfermeras que los administren”.

"África subsahariana y sobre todo África del sur son las regiones más afectadas por el VIH y el Sida. Pero a pesar de que las cifras comienzan a descender en algunos países como Zimbawe o Kenia, la necesidad de invertir en formación de los profesionales de la salud es hoy en día más apremiante que nunca. La construcción de sistemas de salud que se encarguen también de la salud reproductiva es una inversión a largo plazo en el esfuerzo de frenar y revertir esta pandemia en el mundo", concluye Hernández.


Oxfam Internacional


IntermonOxfam

Blázquez, verdad con amabilidad

Blázquez, verdad con amabilidad


Cuando lo contemplas junto al retrato del siempre presente Cardenal Tarancón, quien parece mirarle con un toque de fina ironía levantina desde la solidez del báculo dominante, lo descubres investido de una evidente serenidad, como si el contexto en que se mueve este obispo español fuera otro absolutamente diferente al que le presiona sin descanso. Entre tantos gritos y voces crispadas a diestra y siniestra, tanto en la sociedad civil como en la eclesial, Ricardo Blázquez, Obispo de Bilbao y Presidente de la Conferencia Episcopal Española(CEE), se mantiene inalterable, como si hubiera puesto toda su seguridad en el Señor que le llamó a tales responsabilidades y él se limitara a instrumentalizar sus deseos históricos. Pero sobre todo, sus ojos, pequeños e insistentes, lanzan una mirada clara y distinta, capaz de afirmar quién sea él mismo sin veladuras, pero también el deseo de no transmitir prepotencia alguna a un posible interlocutor. Hay una cierta modestia en este icono episcopal, que le confiere una dominante dignidad. Y en este momento y en España, a muchos gusta una imagen episcopal tan discreta como serena.

Elegido Presidente de la CEE en el año 2005, tras una reñida votación con Monseñor Rouco como complementario protagonista, y tras unos años que coinciden con la llegada al poder del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, se planta el 19 del presente noviembre como líder de la CEE con un discurso de apertura de la XC Asamblea Plenaria, que suscita comentarios de todo tipo en la sociedad eclesial pero también en la civil. Con sus palabras, Monseñor Blázquez sobrevuela el ruido ambiental que a todos domina, incluidos determinados sectores eclesiales reacios al auténtico diálogo con los signos de los tiempos, y propone una serie de ítems absolutamente relativos al momento presente a todos los niveles pero muy expresamente a niveles eclesiales.

Propone con claridad, desarrolla con valentía y sugiere pistas de futuro pastoral que afectan a todos los católicos en cuanto tales: beatificaciones de los mártires de la guerra incivil, la Iglesia en España y su Pastoral de migraciones, el centenario del Cardenal Tarancón y, en fin, la visita que hace 25 años realizó Juan Pablo II a España. El presente más objetivo sin evitarse dominios resbaladizos, con un estilo literario transparente y una hondura de reflexión inapelable. Monseñor Blázquez ha dicho lo que deseaba decir en un momento delicado de la vida eclesial española. A nadie, pues, debiera quedarle duda sobre el dinamismo a desarrollar en el futuro. A no ser, como pudiera suceder, que se discrepe de todo lo dicho por este prelado de inteligencia dialogante desde la serenidad.

Dice José Lorenzo, redactor jefe de VIDA NUEVA, que lo más llamativo, junto a la invitación a que la Iglesia pide/a perdón por cuanto hiciera mal en los feroces años treinta, es la reivindicación del Cardenal Tarancón, sobre todo cuando el centenario de su nacimiento ha resultado casi marginado en tantos sectores de nuestra Iglesia. Porque «entre los momentos históricos vividos por Tarancón y éstos que le han tocado a Blázquez se da una similitud profunda, si bien con matices distintos: en ambos casos se trata de momentos difíciles y lógicamente las tareas episcopal también son difíciles». Tan lejanos entre sí en temperamento y en personalidad, un Tarancón levantino y un Blázquez abulense, tan extrovertido el primero y tan tímido el segundo. Pero ambos hombres de Iglesia donde los haya, al servicio de la sociedad desde esa misma Iglesia.

Tres frases, en opinión de muchos observadores, concentran la sustancia del discurso del Presidente Blázquez:

Primera: «Deseamos más bien pedir el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba, estuvieran en uno u otro lado de los frentes trazados por la guerra».

Segunda: «Un inmigrante no es sólo mano de obra para producir; es, ante todo, una persona, miembro de una familia, hermano nuestro, hijo de Dios».

Tercera: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!» palabras de Juan Pablo II en su viaje a España en 1982.

Y las tres citas se consuman en esta otra referida a la figura emblemática del Cardenal Tarancón: «El Cardenal Tarancón buscó siempre la concordia, respetando la pluralidad y fomentando el diálogo. Con buen instinto, supo rodearse de valiosos colaboradores. Sin olvidar el pasado, miraba al futuro y por ello confiaba en las nuevas generaciones y les daba la palabra. Afirmaba que la Iglesia veía con buenos ojos la llegada de la democracia y el pluralismo que le es inherente».

Purificación de la memoria

Porque este discurso, además de la específica reflexión sobre las convulsiones provocadas durante nuestra guerra incivil, incluye una fortísima llamada a la reconciliacióde todos y de todas, mediante una purificación de la memoria para que ésta no resulte selectiva y, en consecuencia, reproduzca las confrontaciones que todos deseamos dar por cerradas de una vez entre los españoles. Y es en este sentido, sobre todo, en el que la referencia al Cardenal Tarancón es relevante. No en vano, el hombre de la transición eclesial, junto al siempre recordado Pablo VI, permanece como ejemplo del humanismo cristiano más dialogante, a la vez que firme defensor de los derechos de la Iglesia en momentos de grave tensión con las autoridades políticas. Seguramente y a imagen y semejanza del Cardenal ahora ya retratado en la sede de la CEE, Monseñor Blázquez se ofrece como un Presidente y obispo favorecedor de un diálogo transparente entre Iglesia y Estado, sin olvidar jamás los derechos de Dios en una sociedad secularizada y bastante secularista. Que ahí está la gracia de la sugerencia.

Y en esta dialéctica blazquiana, que probablemente es la dialéctica de la Encarnación del Cristo de Dios, se hacen presentes los inmigrantes como los más débiles del momento y el recurso a Jesucristo como referente definitivo: nuestros obispos como colectividad pero también como individualidades tienen la obligación de que la sociedad civil y hasta la política se sienta llamada a abrir las puertas a Cristo, porque ese Cristo les sea entregado por la Iglesia con su alto grado de exigencia pero también en plenitud de su inmensa misericordia. Lo que solamente puede conseguirse en un clima dialogante y fraterno. Después, tales sociedades verán desde su libertad. Pero Monseñor Blázquez insiste en las condiciones de posibilidad que dependen de la Iglesia y de los creyentes españoles, toda vez que ella y que ellos hayan abierto, previamente y sin miedo, sus propias puertas al Señor Jesús.

Queremos cerrar estas líneas sobre un discurso histórico, con dos testimonios de personas en la base de nuestra Iglesia, que han recogido las palabras del Presidente de la CEE. De una parte, las de Lucía Ramón, profesora de Teología en la Cátedra de las Tres Religiones en la Universidad de Valencia, que nos dice: «Aplaudo esta llamada al diálogo, si bien creo que Monseñor Blázquez lo tiene difícil... Seguramente y a través de sus repetidas experiencias en Euskadi, haya aprendido la urgencia y necesidad del diálogo, que en definitiva responde a ser capaz de hacerse cargo de la realidad y reaccionar con palabras constructivas para encontrar soluciones viables. En fin, estar lejos de Madrid, donde tantas cosas se cuecen, puede tener sus inconvenientes para un rol semejante, pero también crea la distancia necesaria para salirse de tanta crispación y contemplar las cosas con mayor objetividad. Lo más importante es que Monseñor Blázquez sepa que en esta tarea no está solo: muchos estamos con él».

Por su parte, Carlos García de Andoin, durante largos años Director de Formación de Laicos en la Diócesis de Bilbao, comenta: «Don Ricardo es la verdad con amabilidad. Siempre fiel a la doctrina eclesial definida, es capaz de ocupar el espacio restante, que es mucho, con espíritu dialogante y muchísimo sentido común. Don Ricardo sabe moverse perfectamente bien en ese ámbito que cae bajo el hálito de la prudencia... Profundamente creyente, vive su ministerio sin ambición de poder alguna y lejos de cualquier actitud mesiánica. Seguramente, hace suyas esas palabras tan bíblicas: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó», sin mayores dramatizaciones».

Por nuestra parte, cuanto llevamos escrito no pretende ni enfatizar la personalidad de Monseñor Blázquez de cara a futuras elecciones en el seno de la CEE, porque nos parecería mezquino en estos momentos, ni disminuir la de otros prelados también excelentes. Solamente hemos pretendido, y esto con evidente contundencia, hacer llegar a los lectores la trascendencia de un discurso, y por supuesto de su autor, que ojalá se repartiera en todas las iglesias españolas. Porque la práctica de la verdad con amabilidad se hace cada vez más urgente para todos. Creyentes y no creyentes.

Norberto Alcover, sj

Esto no es una taberna

"¿Qué tal ha estado?", preguntó el director a los periodistas que regresaban de una comida con el importante político. "Muy bien, a nuestra altura", respondió uno de ellos. "Pues a mí no me ha parecido que haya estado tan mal", matizó otro.

La opinión que los periodistas tienen de los políticos es similar a la que tienen de su propio gremio, pero algo mejor que la que los políticos tienen del suyo, según se deduce cómo se tratan entre sí. Un trato que obligó no hace mucho al presidente del Congreso, Manuel Marín, a aclarar: "Esto no es una taberna".

Marín, que ayer presidió un homenaje al diputado del PP Gabriel Cisneros, recientemente fallecido, se va ofendido por la falta de tacto de quienes le buscaron sustituto antes de tiempo y hastiado por el sectarismo que domina la política española. Apenas hay otro debate político que el mantenido, por persona interpuesta, en las tertulias de radio y televisión; pero también en ellas se ha impuesto el griterío de trinchera.

En todos los países hay broncas entre la derecha y la izquierda, pero existe un reconocimiento entre los adversarios: no se llaman fascista entre sí, ni a nadie se le ocurre comparar un recurso de inconstitucionalidad con un golpe de Estado. La banalización de esos términos es un síntoma del infantilismo dominante.

Falta sentido de la continuidad del Estado democrático. Aznar no es el sucesor de Carrero Blanco, sino el de Felipe González como presidente. Por eso, y con independencia de las objeciones que puedan plantearse en el ámbito de la política exterior, estuvo en su papel el Rey ("símbolo de la unidad y permanencia" del Estado) al exigir que se dejase hablar al presidente Zapatero precisamente cuando defendía que Aznar, su antecesor, no es ningún fascista. Y estuvo en el suyo Aznar al agradecer a ambos esa defensa.

En los dos bandos hay quienes se encuentran a gusto instalados en el sectarismo, pero también otros que comparten con muchos ciudadanos el hartazgo que les provoca. Apenas hay encuestas que indaguen sobre la dimensión de ese hastío, pero el principio de acuerdo sobre el modelo territorial alcanzado por Zapatero y Rajoy en enero de 2005 fue recibido con tanta satisfacción como decepción provocó su casi inmediata ruptura. En un estudio de la Fundación Víctimas del Terrorismo presentado la semana pasada, el 61% admite que las divisiones entre los partidos producen tensión en su entorno personal. El 85% de los votantes del PSOE y el 80% de los del PP consideran indispensable el acuerdo entre ambos partidos en política antiterrorista; pero sólo el 30% lo ve probable.

El sectarismo cruzado ha cuajado en mensajes excluyentes. Aparte de Ciutadans en Cataluña, el único partido constitucional es el PP, sostenía hace poco un muy conocido portavoz del Foro Ermua en un artículo periodístico. Si así fuera, no sería posible la democracia: no habría posibilidad de alternancia en el marco constitucional. Los intentos de condenar al ostracismo político al PP (incluso mediante compromiso ante notario) responden a la misma mentalidad excluyente.

No basta con determinar quién empezó la bronca o quién es más culpable de que siga; es exigible que ambos partidos (y no sólo el de los otros) se desarmen de tanto sectarismo y recompongan el consenso sobre las cuestiones básicas, como ocurre entre Gobierno y oposición en la mayoría de las democracias. Sin disenso y confrontación política no hay democracia, pero la que hay es muy imperfecta si no hay acuerdo sobre nada. El deseable entre PP y PSOE habría permitido evitar los desbordamientos del marco en las reformas estatutarias, lo que habría ahorrado muchas tensiones actuales.

De su aval a la teoría conspiratoria a sus recursos de inconstitucionalidad contra toda ley que no hubiera votado, el PP ha cometido grandes errores, pero tal vez el más grave haya sido su renuncia a hacer valer sus 10 millones de votos para exigir ser tenido en cuenta en la negociación de las reformas. Ha preferido oponerse a todo para poder denunciar luego el resultado con gran escándalo. Eso ha favorecido el sectarismo del núcleo duro del PSOE, que ha hecho más caso a las presiones de aliados inseguros (o de un concejal) que a las recomendaciones del Consejo de Estado sobre las reformas territoriales o sobre la denominación del matrimonio homosexual, por ejemplo.

Tanto Zapatero como Rajoy se han comprometido a no pujar por la presidencia si su partido no es el más votado. Rajoy ha explicado que ese compromiso implica el de facilitar la investidura del candidato rival, para que no dependa de "las exigencias nacionalistas". Por otra parte, ha planteado al PSOE un pacto para reformar la Constitución en el sentido de cerrar definitivamente la configuración del Estado autonómico.

Más que cerrar nada, lo que cabría es abrirla en ambas direcciones, como han hecho los alemanes. Que pueda haber mayor descentralización donde la experiencia lo aconseje, pero que también sea posible la recuperación pactada por el Estado de competencias cuya dispersión se ha revelado negativa. Un acuerdo PP-PSOE sobre una reforma en esos términos podría ser la base de un pacto de legislatura entre ellos; no para excluir a los nacionalistas, pero sí para poner freno por una temporada a su tendencia a ignorar los límites. España no es una taberna, y menos una herriko-taberna.

Patxo Unzueta

En el Corazón de Arrupe

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por Graciela Amo (Entreculturas)

En estos dias celebramos que hace 100 años nació Pedro Arrupe. Sí, esa persona que cantaba zortzikos como un bilbaíno y servía té como un japonés.

El hombre que, viendo huir a miles de vietnamitas de la guerra sufriendo en los frágiles “cayucos” en que se arriesgaban y perdían la vida, “se le movió su corazón” y, no tranquilo con sus solas lágrimas, movilizó a la Compañía de Jesús para que dedicara a sus mejores hombres a gastar la vida con los más vulnerables entre los vulnerables. Así nació el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS).

Éste es mi testimonio de este verano con el JRS: “ESPERAR CONTRA TODA ESPERANZA”.

Hace ya tres meses que he vuelto de Kiziba (Rwanda) y mi reloj interno marca cada día las 06:30h, el momento en que allí amanece y, con la luz del sol, llegan los tres coches del JRS subiendo a los maestros y trabajadores sociales que acompañan, sirven y defienden a las casi 18.000 personas refugiadas que viven en el campo. Hace ya tres meses que he vuelto de Kiziba y mi reloj interno nota la llegada de las 18:35, hora en la que todo el año, inexorablemente, se pone el sol en el campo. Las personas del JRS bajan del campo con la llegada (¡tan rápida en el ecuador!) de la oscuridad. Y allí quedan las doce horas siguientes las casi 18.000 personas refugiadas que viven en el campo.

¿Qué fue lo que me llevó a Kiziba?, ¿por qué, desde hace tanto tiempo, mi imaginación y mi corazón se conmueven con los millones de personas que, dejando todo lo que tienen, se lanzan a los caminos huyendo de la guerra, del hambre, de las matanzas? Sólo el hambre y la sed de justicia. Y el entusiasmo que provoca en mí la misión del JRS: acompañar, servir, defender. Esa llamada tan clara a ser “otros Cristos”.

Los hombres, mujeres y ancianos llegaron a Kiziba hace más de doce años. Vienen de R. D. del Congo, huyendo de un genocidio que en 1994 acabó con la vida de 3,5 millones de personas. Congo no los quiere, ni garantiza su seguridad si vuelven. Rwanda no los quiere, ni les permite integrarse.

Allí han nacido los miles de adolescentes y niños que no conocen otra realidad, que dependen para todo de la ayuda externa. Y que se ríen, cantan y bailan sin parar, juegan con cualquier caja o plástico, estudian y preparan sus exámenes, se enamoran, se casan y tienen hijos que siguen creando vida. Porque, ¡hay tanta vida allí arriba, hay tanta alegría!

Hay muchos momentos en mi vida en que algún pasaje del Evangelio ha acompañado mi camino. El lavatorio de pies, siempre. Las bienaventuranzas, siempre. En Kiziba sólo he oído una voz, una voz fuerte y clara, que no se acalla, que no me deja. Es Yahvé hablándole a Moisés en la zarza que arde sin consumirse: “He visto el dolor de mi pueblo y he escuchado su clamor. Ve, yo te envío para que liberes a mi pueblo”.

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