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Tres reflexiones de actualidad


Tres reflexiones en pastoralsj.org...

Fragilidad

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La fortuna es de vidrio; brilla, pero es frágil.

Cuánto esfuerzo dedicamos en la vida a intentar ser completamente autosuficientes. Ciframos nuestra valía en las aptitudes personales cuando el hombre, por si solo, no puede gran cosa. Nuestro ego nos impide aceptar nuestra fragilidad y busca compensar ésta con la buena fortuna. Sin embargo, la solución a todas nuestras humanas limitaciones está precisamente en aceptar que necesitamos a las personas que nos rodean. Y solo conseguiremos vivir en plenitud si desde nuestra fragilidad descubrimos que esas aptitudes que poseemos solo sirven para ponerlas al servicio de los demás. Tendríamos que cambiar la búsqueda de la autosuficiencia y la seguridad por la confianza y el agradecimiento.

Charles Evans

Nueva entrada para el Diccionario de Naufragios

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Desierto, entre Sudán y Chad.
Un mar de tierra quemada, miseria, dolor y desesperación. Terrible mundo en el que cabe la posibilidad de que sean tiburones, bajo sofisticados disfraces, los que acudan al rescate de los náufragos.

Ricardo Reis


Pensar para...

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Pensar para romper el círculo vicioso de una vida previsible, donde lo claro y lo empañado de nuestro hacer no tenga carácter inevitable

Pensar para comprender, comprender para estimar y así, amando, emprender transformaciones orientadas a la vida. Pensar para ganar en lucidez, para buscar los símbolos precisos que nos reconcilien con nuestras dudas y nos permitan traducir la hondura de lo real. Pensar para no abdicar en el sondeo de lo complejo, para no recaer en refugios propios tan inexpugnables como acríticos. Pensar para, a través de los estímulos nerviosos desencadenados por nuestras neuronas, provocar latidos potentes en el corazón. En definitiva, pensar prensando lo real, pensar sopesando lo valioso.

Luis Carlos

pastoralsj.org

El desplome del cuarto poder

El desplome del cuarto poder


Entre los europeos está muy extendida la idea de que lo que ocurre en Estados Unidos no tarda mucho en suceder en Europa. Desde 2000 ha sido espectacular el descenso de la prensa impresa. En Alemania no es menor la crisis por la que pasan los periódicos. Ha bajado el número de lectores, con la gravedad añadida de que es la población más joven la que les ha dado la espalda. Las causas son muy distintas, aunque la principal sea el impacto de la prensa digital. No en vano los grandes consorcios, como Axel Springer o Georg von Holtzbrinck, invierten cientos de millones en Internet. El periódico digital comunica con los lectores de manera mucho más rápida y, sobre todo, a un menor costo. Pero el cambio de formato implica también el de los contenidos.

En los años sesenta recuerdo que un publicista escribió que la libertad de prensa en Alemania era la de 200 ricos para expandir las ideas que mejor encajasen en sus intereses. En efecto, controlar un periódico proporcionaba una enorme influencia en distintos ámbitos, no sólo el político; en cambio, hoy corre el dicho de que ser propietario de un periódico es la forma más cómoda de arruinarse. No es extraño que grandes periódicos, como el Süddeutsche Zeitung de Múnich, estén a la venta. Los que los compran a bajo precio lo hacen, no para colaborar con un servicio público fundamental, ni siquiera para fortalecer una influencia política y social, que logran mejor por otros conductos, sino tan sólo para ganar dinero. Para ello no queda otro remedio que reducir los costos, adelgazando las plantillas, incluso a ser posible suprimiéndolas, encargando a pequeñas empresas que aporten los contenidos de las distintas secciones. Si en 1993 trabajaban 25.000 periodistas en la prensa alemana, hoy han disminuido a 17.000, incluyendo fijos, ocasionales y externos. La gran cantidad de periodistas en paro ha mermado drásticamente los sueldos. Según la Asociación de Periodistas Alemanes (DJV) una buena parte apenas superan los 1.000 euros mensuales, cantidad mínima que hay que acreditar para ser reconocido como profesional. Redacciones cada vez más exiguas y los bajos sueldos -muchos son los periódicos provinciales que no pagan las tarifas acordadas con los sindicatos- repercuten en la calidad de la prensa, que, al perder credibilidad e interés, pierde lectores.

Se pretende salir del hoyo bajando aún más la calidad, un círculo infernal con consecuencias catastróficas. Los periódicos que más venden han colocado en un primer plano sucesos, sexo y deportes, es decir, fútbol. Si se alcanza una tirada que supera el millón de ejemplares, como el Bild Zeitung, pequeñas dosis de política, expresadas en un lenguaje simplista, ejercen una enorme influencia, pero ya no como instrumento de orientación, sino de manipulación.

Una prensa, entendida como servicio público, que encauce la opinión por la vía de la información veraz y la reflexión sosegada y racional ha sido uno de los soportes básicos de la convivencia democrática. No en balde, las constituciones europeas protegen la libertad de prensa como uno de los principales puntales. Después de que el Parlamento, absorbido de hecho por el Ejecutivo, ha perdido su anterior centralidad, el desplome de una prensa libre y rigurosa, que no en vano habíamos llamado cuarto poder por su función principal de control del Gobierno, constituye el segundo gran golpe a la democracia establecida.

Ignacio Sotelo

Qué ciudad queremos

Qué ciudad queremos


Uno de los siempre interesantes artículos de Pilar de la Vega...


“La confusión está clarísima”. Es una de las muchas frases ingeniosas que dijeron los Luthiers en su última visita a nuestra ciudad. Desconozco si habían leído los periódicos antes de empezar su actuación en el Auditorio, pero al leerlos en los últimos días uno piensa y siente como ellos.

Hagan un ejercicio de memoria de los últimos días y concluirán que no sabemos dónde se va a construir la Romareda, o si se construye una nueva, porque tampoco está claro. Desconocemos cuánto va costar y, sobre todo, quién la va a pagar. Se acuerdan de cuantos proyectos se han realizado hasta ahora y cuál era su coste. Desconocemos los criterios de ubicación de la Ciudad de la Justicia. De repente nos enteramos por lo periódicos que quieren llevar todo el Campus universitario de San Francisco al meandro de Ranillas una vez concluida la Expo. ¡Qué difícil es que los ciudadanos podamos comprender todos esta serie de hechos!

Zaragoza concentra la mayor parte de la población de Aragón. Sin lugar a dudas, en ella están surgiendo y produciéndose decisiones políticas y económicas que afectan a toda la Comunidad. Nuestro crecimiento no nos puede hacer olvidar que nuestra ciudad debe de seguir siendo una sociedad organizada y regida por unas leyes.

Desde una perspectiva municipal el urbanismo es la dimensión más política y pedagógica que puede mostrarse ante los ciudadanos. El urbanismo tiene siempre tras de sí una teoría, una ideología y un modelo (o debe tenerlo). El resto del quehacer municipal o es algo instrumental o son servicios directos al ciudadano. De ahí el enorme atractivo que siempre ha tenido esta responsabilidad y el poder que sus detentadores siempre han querido ostentar y algunos han ostentado.

Me resulta difícil comprender como ha podido prosperar la idea de los expertos ultraliberales según los cuales todo el territorio de este país es edificable. Es como si España entera fuera un solar potencial. Argumentaban que ello abarataría el suelo y bajaría el precio de la vivienda. El resultado es evidente para todos nosotros: el suelo y la vivienda son más caros que nunca. A ello debemos añadir la pérdida de lo que era propiedad de todos para pasar a manos de unos pocos. Los ayuntamientos han buscado, a través de la recalificación de terrenos, fondos para financiar no se sabe que otra obras.

Pienso muchas veces dónde están esos responsables institucionales que luchaban por un urbanismo comprometido con la ciudadanía, con una forma de ser de la ciudad y de su entorno. Aquellos que creían en el patrimonio común y que pensaba que no era lo mismo que Zaragoza creciera por un lado que por otro, de una manera o de otra.

Pienso que la ciudad es una realidad estrechamente unida a un modelo y sus posibilidades. El gobernante, siguiendo el ejemplo de la Atenas de Pericles, debe mostrar y discutir con los ciudadanos el modelo de ciudad que pretende y la planificación de su realización. Esa, y no otra, es la importancia que tiene un Plan General de Urbanismo, porque es la ocasión que se da cada ocho o más años, para revisar y perfeccionar el funcionamiento de la ciudad. Pero el urbanismo tiene también una característica de enorme transcendencia: la puesta en valor de unos terrenos sobre otros y la distribución de usos y equipamientos en la ciudad.

Por otra parte el hecho de que muchos terrenos son de propiedad privada, puede traer como consecuencia plusvalías enormes para algunos particulares por causa de decisiones políticas. Y aquí está la cuestión clave de la especulación, tráfico de influencias, compraventa de voluntades y todo tipo de comportamientos irregulares. Toda la información aparecida con ocasión de las últimas elecciones en algunas Comunidades y ciudades son un ejemplo magnífico, digno de estudio, del comportamiento irregular. Y si nos atenemos a dichas informaciones parece que sea habitual en la práctica política.

Considero fundamental recuperar la confianza y la ilusión de los ciudadanos en el trabajo de los políticos para ello es necesario que los responsables de hacer ciudad se sintieran como un demiurgo platónico: capaces de generar felicidad y bienestar a sus ciudadanos. Ellos tienen en sus manos el placer y el honor que supone que de sus decisiones se derive una ciudad con servicios y equipamientos. Y que éstos signifiquen dignidad y calidad de vida cotidiana para sus habitantes.

Si quieren emular a Pericles deben de procurar la participación de los ciudadanos en la creación de la ciudad. El gobierno de la ciudad tiene que estar próximo a sus ciudadanos y abierto a sus necesidades y demandas, buscando la participación de todos en obtener el bien común. Para lograrlo es necesario que se conozcan todos los desarrollos urbanísticos y deben estar sometidos al control público y al interés general. Apuesto por hacer una ciudad que busque su equilibrio ambiental y los nuevos espacios de centralidad, sin descuidar sus señas de identidad labradas a lo largo de su historia.

Pilar de la Vega

Saberme y sentirme en tus manos


www.youtube.com/turia5

Pedro Arrupe, sj

Momento y sentido del pos-arrupismo

Momento y sentido del pos-arrupismo


CIEN años atrás y tal día como hoy, nacía en Bilbao quien refundaría la Compañía de Jesús. Ni más ni menos. Porque Pedro Arrupe, como Superior General de los jesuitas desde 1965 hasta ese 1981 en que sufre la trombosis que le deja inutilizado para el cargo y es sustituido por el P. Paolo Dezza en su calidad de Delegado del Papa, este recio creyente vasco llevará el cuerpo entero de la Compañía de Jesús desde la seguridad a la utopía, es decir, desde una fidelidad desleída al pasado a un compromiso radical con el futuro. Ésta fue su gestión histórica, jurídicamente cerrada cuando en 1983 y reunida la Congregación General de la Compañía como máximo órgano legislativo, elegiría al holandés Peter Hans Kolvenbach como nuevo Superior General. Hasta hoy mismo.

Arrupe vivió en la enfermería de la curia romana de los jesuitas toda una década, desde 1981 a 1991, cuando fallecía entre la admiración y la reticencia de la sociedad eclesial, de la sociedad civil y, por supuesto, de la sociedad jesuítica, tras diez años de sufrimiento y de una degradación progresiva de sus capacidades intelectivas pero también emocionales. Mientras tanto, la Compañía de Jesús experimentaba su propia travesía del desierto, en un intento permanente por demostrar su incondicional vinculación a la Santa Sede, en función de su vinculación específica al Sucesor de Pedro. Hay que reconocerle al Superior General Kolvenbach una capacidad de perseverancia inquebrantable en esta tarea nada fácil, en medio de problemas sin cuento. Ésta es la verdad y de nada sirve evitarla, entre otras razones porque, llegado Joseph Ratzinger al Papado como Benedicto XVI, la relación ha alcanzado de nuevo cotas de normalidad efectiva y afectiva. No en vano, el Papa teólogo concedía recién llegado al Vaticano permiso al Superior General Kolvenbach para convocar una próxima Congregación General a comienzos del ya inmediato 2008, en la que presentaría su inusual renuncia tras 25 años de gobierno y, en consecuencia, se elegiría a su sucesor. Todo un detalle de confianza con este holandés de rito armenio, experto en silencios discutidos y en vinculaciones exigentes.

Quiere decirse que, con esta convocatoria, la Compañía de Jesús se enfrenta de verdad al post-arrupismo, pues probablemente la gobernará un jesuita mucho menos determinado por la persona del líder carismático que fuera el bilbaíno Arrupe. El centenario de su nacimiento, así, coincide con una alternativa jesuítica de gran calado, de la misma manera que el mundo se ha transformado en esta centuria y la Iglesia experimentaba fluctuaciones profundas a lo largo del pontificado de Juan Pablo II: ya no es el mismo contexto que presionó la acción de Arrupe, y quien resulte elegido como Superior General de los jesuitas tendrá que enfrentarse a desafíos diferentes a los que viviera aquel hombre de nariz aguileña y ojos desafiantes. Tras los años intermedios de Kolvenbach, habrá llegado el momento de organizar la refundación arrupista como respuesta selectiva de las posibles acciones evangelizadoras, pero también como revisión de las articulaciones intrajesuíticas para alcanzar el dinamismo exigido por el momento histórico.

Entonces, ¿qué aporta Pedro Arrupe a esta cita histórica que quienes fueron sus jesuitas deben enfrentar con decisión y generosidad? En una reciente carta escrita por Jon Sobrino a Ignacio Ellacuría, como si éste permaneciera entre nosotros una vez muerto, le dirige estas palabras: «De la profundidad subjetiva de esa fe, nada puedo decir argumentativamente. Creo que el Padre Arrupe se puso siempre ante un Dios siempre mayor y siempre nuevo, y le dejó ser Dios». Probablemente, es lo mejor que el vasco tozudo y sencillo haya legado a sus sucesores: una fe en Dios tan radical que siempre esté por encima de todo, de todas las personas y de todas las eventualidades, como último argumento para hacer lo que se haga en la sociedad y en la Iglesia. Porque tal fe en Dios será, como ya sucediera con el mismo Arrupe, motivo de fidelidad al hombre en su ponerse histórico, sin evitar las complicaciones que la historia conlleve en todas las dimensiones de la vida: la fe en Dios es el trabajo por el ser humano donde esté y como esté, como ámbito donde refulge el rostro de un Dios hecho carne humana en Jesucristo. Quienes solicitan de los jesuitas un permanente compromiso histórico, harían bien en desear para ellos un correlativo compromiso metahistórico. Cuando ellos, en un desmedido afán de modernidad, se desvinculen de Dios, también lo harán de los hombres y de las mujeres del momento. Ahí, precisamente, radicaba el misterio de un Arrupe que, creyente radical, dejaba a Dios ser Dios, siempre, en cada instante de su vida como individuo y como gobernante.

¿Dónde quedaba, entonces, la Iglesia en cuanto tal en el imaginario de Arrupe? ¿Dónde situaba este intuitivo histórico las relaciones que vinculan a la Compañía de Jesús con el Sucesor de Pedro como signo de la unidad eclesial? Arrupe siempre declaró ser «fiel hijo de la Iglesia» e insistía a sus jesuitas para que lo fueran con absoluta transparencia en su vida y en sus actuaciones. Más todavía, si Pedro Arrupe pasó lo que pasó, que fue muchísimo, se debió a una profundísima vinculación a la Iglesia, a la que intentó servir desde una obediencia tan leal como inteligente, tan adherida como objetivante, tan filial como fraternal: un conjunto de matices que, más tarde, Kolvenbach definirá como fidelidad creativa. Y si pecó de ingenuidad, que muy probablemente pecó, se debió a que nuestro hombre pensaba que los demás vivían, procedían y deseaban con la misma puridad con que lo hacía él. Tal ingenuidad puede que le provocara actitudes y soluciones imprudentes desde un punto de vista político, pero precisamente este hecho obliga a reflexionar muy seriamente sobre la naturaleza evangélica de una posible ingenuidad cristiana. Se trata de entenderlo o no entenderlo.

Y desembocamos en la utopía, donde siempre se movió Pedro Arrupe como pez en el agua. Una utopía cristiana, de sabor muy tehilardiano y todavía más ignaciano, que le llevó a desear siempre más en el servicio de Dios en los demás, pero también que le condujo, como hemos intentado significar, a una vinculación eclesial cada vez más profunda desde la libertad. Pero vivir así, desde la utopía, exige una puridad interior tremenda, la puridad de los grandes santos, incluso de esos santos laicos con quienes tantas veces nos cruzamos los creyentes. Los jesuitas del futuro, como decía el gran Kart Rahner, serán místicos o no serán. Estarán tan afincados en lo nuclear de Dios, estarán tan relacionados con él que, sin poder evitarlo, optarán por las causas aquellas en que Dios se juega más y más en la historia humana, es decir, en las causas donde la urgencia de com-pasión adquieran dimensiones más fuertes. Una utopía creyente que produce compromiso con la justicia.

Este hombre tan baqueteado por unos y por otros alcanza los cien años cuando su Compañía de Jesús, según escribíamos antes, se encuentra ante un instante decisivo: la Congregación General que comenzará cuando 2008 despunte. Con ella verá la luz el pos-arrupismo histórico, según decíamos. Pero una cosa es que los jesuitas asuman este novedoso momento de su historia, y otra muy diferente que pasen página del legado espiritual y cristiano heredado de forma providencial: legado de divina utopía, con los pies del todo en la tierra de todos, camino de una sociedad y de una Iglesia más auténticas en el servicio y en la libertad. O tal vez, en el servicio de la libertad. Es decir, en fe de Jesucristo.

Norberto Alcover es profesor de Comunicación en la Universidad Pontificia Comillas

Arrupe, testigo y protagonista

Arrupe, testigo y protagonista


HOY se cumplen cien años del nacimiento en Bilbao del padre Pedro Arrupe, superior general de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1986. Arrupe fue un auténtico testigo del siglo XX, y no sólo en sentido metafórico. Pocos años después de ingresar en la Compañía, sufrió la disolución de la orden por parte de la II República española y el consiguiente destierro. Enviado a Japón, en la estela de Francisco Javier, vivió en aquellas tierras lejanas el desarrollo de la II Guerra Mundial; fue encarcelado bajo la acusación de espionaje y aportó luego lo mejor de sí mismo al servicio de los afectados por la bomba atómica. Elegido prepósito general en una época decisiva para la Iglesia, fue un verdadero «profeta de la renovación conciliar», como bien expresa el título de la conferencia que hoy pronunciará en Bilbao su sucesor, el padre Kolvenbach. Arrupe llevó al núcleo mismo de su orden la idea de que, para el cristiano, la fe en Dios es indisociable de la lucha infatigable contra las injusticias. Cualquier lectura política de este planteamiento pecaría de simplismo y parcialidad. Se trata más bien de un punto de vista rigurosamente espiritual, que conlleva el compromiso solidario de los creyentes con la realidad de un mundo moderno en el que, a su juicio, un amor eficaz debe estar basado en los postulados de la justicia.

Como todo testigo profético, el jesuita bilbaíno fue discutido en su tiempo y no siempre bien comprendido. Solía decir con una expresión muy gráfica que el mundo es un «caserío planetario», y él mismo procuró siempre anticiparse a los desafíos de su época. Con motivo del centenario se reeditan algunas biografías suyas y, sobre todo, aparecen libros colectivos que investigan en profundidad el significado de esta gran personalidad del siglo pasado.

La Compañía de Jesús ha tenido y tiene un papel determinante en la historia de la Iglesia, y es fácil advertir que las exageraciones de uno y de otro signo han impedido muchas veces juzgarla con objetividad. Arrupe encarna en su propia persona la grandeza de una orden religiosa dispuesta a vivir en plenitud no sólo la faceta espiritual del cristianismo, sino también su proyección intelectual y social. Por eso el centenario que hoy se conmemora es un acontecimiento de singular relevancia, en el que se conjugan manifestaciones literarias, artísticas y musicales en homenaje a un personaje singular. Fue un español situado en la primera línea de la historia universal, y es lógico por ello que se consagre a su figura la atención que merece no sólo en su tierra vasca, sino en el conjunto de España. Superadas las polémicas coyunturales, incluido el complejo proceso sucesorio derivado de su enfermedad, es el momento de valorar en sus justos términos la trayectoria vital y espiritual de quien fue, ante todo y sobre todo, un gran hombre de Iglesia.

Editorial del Abc

El Rey en su sitio


HAY momentos de la vida española en los que, cuando todos se ausentan, cuando nadie está en su sitio, cuando lo que debería funcionar no funciona, aparece el Rey. Con su autoridad moral y su jerarquía histórica manda, templa y para. Para un cuartelazo de unos militares sonacas, templa el desconsuelo de las víctimas del terrorismo o el diapasón crispado de una política fratricida, y manda callar a un gorila botarate que está insultando a un expresidente de España. Cuando el Gobierno se pierde o se achica en un mundo que su inepcia vuelve cada vez más ancho y ajeno, allí está el Rey. Cuando se necesita una mediación silenciosa o un arbitraje discreto que acolche un conflicto institucional, allí está el Rey. Cuando urge una gestión para que se ponga al teléfono alguien que no se lo descuelga a Zapatero, allí está el Rey. Cuando el Estado necesita una figura de prestigio que le otorgue la solvencia perdida en una política de vuelo pequeño y triste, allí surge el Rey como «ultima ratio» para sostener el respeto, el honor y la autoestima de una nación zarandeada.

Pero por más orgullo que esto produzca, por más serenidad que el quite real aporte a una mermada acción de Estado, por más ascendiente que la Corona se gane entre una ciudadanía que la valora muy por encima de la clase dirigente, las cosas no deberían ser así. La defensa de los intereses de España corresponde al Gobierno de España. La protección de la dignidad de los españoles es una responsabilidad del Gobierno que los españoles hemos elegido. Y si un golpista bananero insulta a una personalidad española, o si un grupito de dictadorzuelos mal reciclados descargan su matonismo chantajista sobre los intereses de las empresas españolas en América, o si un racimo de demagogos populistas se ciscan en el nombre de España para granjearse las simpatías de una chusma exaltada, el que tiene que poner pie en pared es el Gobierno de España. El que tiene que mandarlos callar es el presidente del Gobierno de España, al que se le llena la boca hablando del Gobierno de España, pero que se pone estupendo con el talante y las buenas maneras y los rodeos balbucientes de tolerancia, diálogo y buen rollito cuando se trata de defender al anterior presidente del Gobierno de España.

Y claro, pues queda el Rey. Para levantar el dedo y decir «tú te callas». Para irse de una mesa en la que un puñado de fantoches con guerrera, a los que nuestra diplomacia acostumbra a tratar con una humillante deferencia, ofende la honorabilidad de una nación democrática, de sus empresarios y de sus dirigentes públicos. Para erigirse en referencia de respeto. Para poner al país, con un par, en el sitio en el que no lo sabe situar su Gobierno.

Y ahora que vengan los tiquismiquis ventajistas o los fanáticos victimistas a sugerir que no pinta nada, a prenderle fuego a su retrato o a protestar de que no lo hemos elegido. Que sí lo elegimos: fue refrendado en la Constitución vigente. Ése no es el problema. El problema consiste en que a los que de verdad hemos votado para representarnos no saben estar a la altura que les corresponde.

Ignacio Camacho

Cobertura Agencia Efe

¿Quién teme al Tribunal Constitucional?


Es habitual en los sistemas políticos descentralizados la existencia de una instancia jurisdiccional supra partes que asegure el equilibrio constitucional y garantice que el reparto de competencias no se altere a través de la actuación extralimitada de nadie. Ese papel corresponde en nuestro sistema al Tribunal Constitucional, hoy en el centro de atención pública sobre todo por tener entre manos un pronunciamiento sobre la constitucionalidad de diversos Estatutos de Autonomía, comenzando por el de Cataluña.

Trataré de argumentar sobre la pertinencia de la intervención jurisdiccional y de las razones que, de acuerdo con su trayectoria, hay para esperar una actuación adecuada por su parte; pero para ello deberá sortear con buen tino una doble circunstancia adversa. En relación con las abstenciones y recusaciones de sus miembros sería bueno que, una vez planteadas, se decida sobre ellas con criterio bien estricto, habida cuenta de la imposibilidad de efectuar una sustitución en la composición del Tribunal y la dificultad para encajar los supuestos de parcialidad o interés directo a que se refiere la ley como causa de recusación en los litigios no privados.

También creo que el Tribunal debe hacer lo posible para no diferir su pronunciamiento. Los asuntos que el Tribunal tiene ante sí, además de delicados son de enorme complejidad, y dicha instancia ha debido dedicar parte de su precioso tiempo a resolver demasiados incidentes procesales. Sin embargo, el interés general y su propio prestigio institucional demandan del Tribunal un esfuerzo para que su sentencia tenga los plenos efectos que el ordenamiento les atribuye, lo que exige la oportunidad en el tiempo de la decisión constitucional.

Lo que el Tribunal tiene ante sí es un problema constitucional: asegurar el atenimiento de un Estatuto a la Norma Fundamental, garantizando la supremacía de ésta en el ordenamiento, del que forman parte importante los Estatutos de Autonomía, pero, como es obvio, a la que están sujetos. El TC es el garante de la constitucionalidad del orden jurídico y para cumplir esta misión ha recibido sus competencias, se trate de invalidar lo inconstitucional o de proponer una comprensión determinada de lo que de otra forma habría de considerar contrario a la Constitución.

En un Estado de derecho la congruencia constitucional no admite excepciones o quiebras. Por eso, una intervención del Tribunal si se advirtiese una infracción por parte de ese Estatuto, es inevitable. No importa que el Estatuto haya sido aprobado por el cuerpo electoral de la comunidad autónoma: el pueblo de Cataluña ha recibido sus atribuciones estatuyentes, limitadas, de la Constitución y no puede ejercer un poder que no tiene: el de modificar el orden constitucional.

La actuación del TC, de otro lado, se produce para guardar el equilibrio que la reforma estatutaria implica. El Estatuto, que es una ley orgánica de naturaleza paccionada, se reforma a partir de la iniciativa de la comunidad autónoma, que fija el contenido de dicha modificación, y que puede retirarla en el curso de su tramitación; a la comunidad le corresponde también la decisión final, con la posibilidad de rechazar el texto aprobado en las Cortes si no fuere de su agrado. El procedimiento pone de relieve la posición preeminente de la comunidad en la reforma de su Estatuto, y de ahí que para equilibrar el proceso esté prevista una actuación del TC en caso de recurso. Una intervención en términos de control de constitucionalidad que no debe verse como una pretensión desorbitada del Estado, sino como una respuesta a la necesidad de garantizar el carácter acordado de los Estatutos de Autonomía, que integran actuaciones, en igualdad de condiciones, del Estado y la comunidad autónoma.

A su vez, la actuación del Tribunal únicamente es admisible a condición de encarecer su condición limitada y especial, pues el Tribunal sólo puede manejar criterios técnicos y obrar con absoluta imparcialidad. No puede admitirse que los magistrados carezcan de puntos de vista propios, incluso políticos, pero cabe esperar que sus posiciones personales se abran a las consideraciones de sus compañeros de Tribunal y su pronunciamiento final sea como miembros del colegio que integran y a cuyas exigencias institucionales han de plegarse. En el caso del Tribunal Supremo de Estados Unidos, un análisis empírico de los votos de los magistrados demuestra que sus pronunciamientos no guardan relación con el origen presidencial de su nombramiento, y muestra por comparación la frivolidad de la distinción que se ha impuesto aquí entre magistrados conservadores y progresistas.

Finalmente, la contribución del Tribunal al funcionamiento del sistema es exclusivamente jurídica: es un juicio de constitucionalidad lo que se espera del Tribunal, no un veredicto político. La responsabilidad política la exige el Congreso, la opinión pública o la conciencia de los gobernantes, pero nunca el Tribunal Constitucional. Entonces, ¿quién teme al Tribunal Constitucional?

Juan José Solozábal