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Socialdemocracia en tiempos del populismo

La gran oportunidad para los socialdemócratas es evitar que después de la crisis todo siga igual


"Así no", ése es el mensaje que los electores europeos acaban de lanzar a la socialdemocracia de nuestro continente. "¿Entonces cómo?". Ésta debería ser la pregunta que se han de plantear con urgencia todos los partidos que se reclaman de esta ideología. Lo primero que han de hacer es superar la perplejidad derivada de no entender cómo en momentos de crisis, que afecta particularmente a su electorado natural, y después del espectacular derrumbe de la ideología neoliberal, no están ahí para recoger los frutos. Se ha sacudido el árbol pero otros se han llevado las nueces. De nada sirve que se diga que cada país es distinto y que las lecturas habría que hacerlas en todo caso a partir de cada una de las coyunturas nacionales particulares; ni que hay un amplio sector del voto de izquierdas que ha ido a otros partidos; o que las más simples y directas fórmulas de la derecha suelen tener una mayor capacidad de enganche en tiempos oscuros. Todo esto puede ser cierto, pero constatarlo sin más no va a sacar a la socialdemocracia de su letargo.

La ya acuñada tesis de que la izquierda ha perdido porque ha gobernado como la derecha o se ha aproximado en exceso a ella es verosímil pero tampoco es del todo exacta. Gracias a las políticas de Tercera Vía la socialdemocracia tradicional se recicló electoralmente en la época de la globalización y la crisis del modelo keynesiano. También al tomarse en serio las condiciones del marketing político en momentos de la democracia mediática. Ambas renovaciones fueron objetivamente necesarias y su éxito enseguida estuvo a la vista. Otra cosa es que muchos de estos partidos confundieran las prioridades y cayeran en las redes del spin, de las políticas de comunicación, más como un fin en sí mismo que como mero instrumento para transmitir su discurso. O que entraran en las rutinas electoralistas y sacrificaran principios a presuntos beneficios cortoplacistas siempre medidos exclusivamente a partir de supuestos estados de opinión. O que no ejercieran el liderazgo ni introdujeran la pedagogía necesaria para que los ciudadanos pudieran pensar la sociedad en términos distintos a como iba siendo definida por la derecha.

Sea como fuere, el hecho es que su discurso, ya bastante aligerado, acabó disolviéndose en las contingencias cotidianas de un sistema político más pendiente del pendenciero cuerpo a cuerpo de la lógica gobierno/oposición y otras rutinas de la política del día a día que de pensar en una auténtica alternativa. Más que identificarse con la derecha, sucumbió a las inercias sistémicas que gobiernan la forma de hacer política en las democracias actuales.

A pesar de todo, la situación está lejos de ser dramática. La crisis le ofrece una ocasión única para recuperar el brillo perdido. La gran oportunidad para la socialdemocracia es evitar que después de la crisis todo siga igual. Alguien tendrá que hacer un adecuado balance de lo que ha ocurrido, y promover e impulsar un nuevo contrato social ajustado a los nuevos datos de la realidad. Su gran baza consiste, además, en que es la única ideología política bien vertebrada internacionalmente y que bebe de un patrimonio valorativo que ofrece una magnífica guía para estos tiempos de desconcierto. Después de que todos los valores se hubieran reducido a una fórmula monetaria o a una miríada de particularismos identitarios, ahora en manos de un populismo de nuevo signo, la socialdemocracia tiene al menos un conjunto de ideas fuerza en las que se combina el respeto por la libertad y la iniciativa individual a un proyecto de cohesión y justicia social.

Su gran desafío consiste en redefinir los espacios que competen, respectivamente, al Estado y al mercado, en reorganizar las finanzas públicas para restañar las heridas abiertas en el grupo de los más desfavorecidos, en conectar las políticas nacionales a un compromiso con fines globales, en buscar alternativas viables al hasta ahora discurso único de la maximización de beneficios, en emancipar a la sociedad de los nuevos temores que tanto favorecen a los discursos populistas. No es poca cosa. Sobre todo, porque como se ha visto en las últimas elecciones europeas, un importante sector de los ciudadanos europeos les ha retirado su confianza. Y la confianza no se recupera sólo con discurso. Hacen falta también actitudes, una nueva forma de hacer política que no entre en contradicción con lo estipulado en la teoría. Ahí es donde está la causa de su declive y ahí es por donde debe empezar también su renovación.

Fernando Vallespín es catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.

Gobernar

Gobernar

La falta de dirección y de decisión está teniendo costes muy altos para este Gobierno y para este país


Por la mañana, el PSOE pacta con Izquierda Unida una subida de impuestos para las rentas más altas, seis horas más tarde cambia de opinión, para que CiU no se enfade. Un día el PSOE pacta con CiU una reforma del mercado laboral y al siguiente se retracta porque a los sindicatos no les gusta. Si lo mismo vale una medida que la contraria, en función de quién ofrece mejor compañía, ¿qué credibilidad puede tener una política que se mueve como una veleta según soplan los aires en el Parlamento?

Ayer, precisamente, el presidente Zapatero había dado una buena respuesta al director del Banco Central Europeo. Uno de los tópicos ideológicos más grotescos de los tiempos que corren es el mito de la independencia de los directores de los bancos centrales. Serán quizás independientes de los intereses políticos, pero son muy dependientes de los intereses económicos. Se les podría llamar independientes orgánicos del capital. Siempre están dispuestos a dar lecciones a los gobernantes. Como si su legitimidad fuera superior a la legitimidad democrática, proclaman o anticipan aquello que los dirigentes empresariales dicen en voz baja. Nunca se equivocan. Ayer, Trichet instó al Gobierno, cómo no, a la reforma laboral. Y Zapatero le puso en su sitio: "Una cosa es opinar como experto, otra gobernar para la ciudadanía".

Tiene razón el presidente. La pena es que no siempre actúe conforme a este criterio. Gobernar no es vacilar y entretener. Gobernar es dirigir y decidir. Dirigir quiere decir señalar una dirección, explicar el porqué de la ruta escogida a la ciudadanía, y conseguir la complicidad de ésta para recorrer el camino. Y si ésta no sigue, obrar en consecuencia democrática. Es así como se construyen las mayorías políticas: dando a un país objetivos y perspectivas que actúen como catalizador del impulso colectivo. Si todo vale, si un día se gira a la izquierda y el siguiente a la derecha, si al primer obstáculo se abandona el camino o se hace parada y fonda a la espera de momentos mejores, no hay dirección política, hay un movimiento circular que consigue que el país no se mueva de sitio, que pierda pulso por momentos y que cada cual se las arregle como pueda, con ventaja clara para los más fuertes.

Gobernar es además decidir. Con el camelo de la deliberación republicana se quiere justificar a veces lo que sólo es una elusión de responsabilidades. Está bien dar la voz a los actores y escucharles a todos. Pero la función del gobernante es tomar la decisión adecuada. Y en esto no puede ser suplantado por las partes, ni siquiera por el acuerdo entre las partes.

La falta de dirección y de decisión está teniendo costes muy altos para este Gobierno y para este país. Más todavía en la medida en que no hay recambio: la oposición se caracteriza por su incomparecencia. Los problemas se enquistan, con serio desgaste para el propio Gobierno, por no haber sabido conducirlos desde el momento inicial. Lo hemos visto en las medidas contra la crisis. Y ahí está el caso, que estos días ocupa buena parte del debate público, de la financiación autonómica y los flecos de las reformas estatutarias. El Gobierno ya ha conseguido con su irresponsable dejadez -que ha tenido la negociación paralizada casi un año- que el acuerdo de financiación, sea el que sea, provoque descontento generalizado. Y que al día siguiente de la nueva financiación estemos ya hablando de la próxima. Lo que hace un año podría haber sido considerado aceptable, a estas alturas, con tanto ejercicio de la confusión, sólo puede ser sospechoso. Donde unos verán un trato de favor hacia los catalanes, otros verán una injusticia con Cataluña y viceversa. Y después vendrá la sentencia del Estatuto, culminación de un proceso que Zapatero nunca lideró.

Se dirá que esto forma parte de la lógica estructural del Estado de las autonomías. Es cierto. Y cada día está más cerca el momento en que, para bien de todos, será conveniente hablar claro, dejar los eufemismos de lado, poner cada cual su programa de máximos sobre la mesa, y dejarse de dilaciones y falsos malentendidos. Pero, de momento, mientras vivamos en el régimen de conllevancia, lo que no tiene sentido es esperar que los problemas se resuelvan solos, sin dirección política. ¿Qué se hizo de la España plural? Lo ridículo es pretender contentar a todos inventando argumentos que alteran las elementales leyes del sentido común. Algunos lo llaman ya el teorema de Zapatero. Dice así: todas las comunidades autónomas quedarán por encima de la media. Será una revolución matemática, pero una confirmación de que no hay otra dirección política que ir vistiendo el muñeco, día a día.

Josep Ramoneda

In partes tres

In partes tres

¿Por qué desear que una historia se extienda más allá de su última frase? Quizás, como lectores, queremos que el autor nos diga si los protagonistas fueron de verdad felices, y si las perdices les cayeron bien o no.


Cuenta la leyenda que los libros de Homero deben su extensión no a la inspiración del poeta sino al tamaño de un rollo de papiro: terminado el rollo, acababa el capítulo. La invención del códex permitió infligir al lector volúmenes de capacidad obesa aunque no infinita. Esa desmesurada ambición está ahora a nuestro alcance gracias a la tecnología electrónica: el e-book, como aquel Libro del Mundo Soñado por San Agustín, no exige una última página.

Pero el infinito no es una medida humana: preferimos extensiones más modestas y libros que no nos aplasten cuando los leemos en la cama. Quizás para prevenir hernias y apoplejías, los novelistas del siglo diecinueve eligieron dividir sus mamotretos en tres volúmenes, dando lugar en Inglaterra a un oprobioso epíteto, la three-volume novel, para designar un extenso mamarracho sentimental. Las bibliotecas de préstamo y los puestos de librerías en las estaciones de tren del Reino Unido fueron inundados de indigestos tríos con títulos aristocráticos y seductores: El joven duque, El secreto de Lady Audley, Mrs. Armitage, Cecilio, Las aventuras de un necio, La hija de Lady Rose. Jane Austen, escribiendo en 1808, cuenta cómo su padre y su hermano leen en voz alta para el resto de la familia las novelas de sus contemporáneos, Sir Walter Scott y Madame de Genlis entre otros, a medida que aparecen los tomos de cada obra. "¿Debiera gustarme el Marmion de Scott?", se pregunta Austen al recibir el segundo volumen. "Hasta ahora no es así", responde, no del todo desilusionada. Es que las trilogías novelísticas permiten al lector la esperanza de que el futuro volumen final redima las deficiencias de los dos primeros.

Como los inacabables culebrones de hoy, la novela tripartita tuvo (y tiene) sus ardientes defensores. "No hables con menosprecio de la novela en tres volúmenes", dice la severa Miss Prism (que en su juventud había escrito una) a su pupila en La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde. Pero a partir del siglo veinte, el entusiasmo por las trilogías disminuye, como así también el número de páginas de la mayor parte de las obras literarias. El crítico inglés F. R. Leavis observó que, entre las dos guerras mundiales, la extensión de la novela europea se redujo en proporción inversa a la velocidad de los medios de transporte, quizás porque los viajes más cortos ya no requerían lecturas tan largas.

Sin embargo, la nostalgia por la novela en tres volúmenes persiste entre ciertos lectores a quienes les gusta el mundo dividido in partes tres. Para estos entusiastas dispuestos a montar una biblioteca trinitaria moderna, nos atrevemos a sugerir algunos títulos: El señor de los anillos de Tolkien, la saga de Gormenghast de Mervyn Peake, La guerra carlista de Valle-Inclán, La espada del honor de Evelyn Waugh, La lucha por la vida de Pío Baroja, la trilogía de Deptford de Robertson Davies, Tu rostro mañana de Javier Marías, Regeneración de Pat Barker. No sé si podemos incluir la sangrienta crónica de Stieg Larsson, puesto que se trata en realidad de un cuarteto, cuyo cuarto volumen se halla escondido en las entrañas de un secuestrado ordenador.

Los antepasados de estas trilogías tienen credenciales prestigiosas. Nacen en la antigua Grecia, en el Festival de Dionisio en la Atenas de los siglos IV y V antes de Cristo, en el cual tres autores dramáticos debían presentar, a lo largo de tres días, tres piezas de un mismo tema, creando así en el espectador la ilusión de asistir al nacimiento, desarrollo y trágico fin de la historia. Con la decadencia del teatro griego, el número tres pierde casi por completo su autoridad en la creación literaria y adquiere en cambio, de manera misteriosa, una calidad mística, inquietante, singular y múltiple a la vez. Pocas son, a partir de la época romana, las trilogías célebres, pero las que recordamos no son obras menores: la Comedia de Dante y el Enrique IV de Shakespeare.

Es quizás la curiosa ambición de las trilogías la que las salve de la ejecución difícil. Sin la sólida coherencia de la creación única, sin el aparente y justo equilibrio de la obra binaria o del cuarteto, las trilogías parecen aspirar a algo más que integridad y a algo menos que infinitud. Si nunca segundas partes fueron buenas (como dijo el autor del Quijote con tanto desacierto), las terceras tampoco suelen ser malas, sólo más modestas. La tercera pirámide de Giza es por cierto la más pequeña; Talía, la tercera de las Gracias, es la menos eufórica; la tercera de las Furias, Maghera, se ocupa de vengar asuntos de celos, no de sangre o injusticia; la tercera de las Parcas, Atropos, tiene como única misión el último tijeretazo; el tercero de los dioses que rigen el Olimpo es Plutón, señor de los infiernos, región que sin duda tiene menos encanto que el cielo y el mar que rigen sus hermanos; de los tres mosqueteros, pocos se acuerdan de Aramis; El padrino III es menos logrado que sus predecesores.

La tentación de proseguir una obra tiene un dejo de gula, de verborrea, de afán de gloria repetida. También de afirmación inapelable. "Lo que digo tres veces es cierto", dice Lewis Carroll en La caza del snark. Pero ¿por qué no contentarse con una sola creación individual? ¿Por qué desear que una historia se extienda más allá de su última frase? Quizás la razón (o la culpa) sea nuestra. Quizás, como lectores, nunca estamos del todo satisfechos con lo que un autor nos ofrece, sobre todo si es un autor de genio. Somos inagotablemente demandantes y curiosos. Queremos que el autor nos diga si los protagonistas fueron de verdad felices, y si las perdices les cayeron bien o no. Queremos saber si después de la muerte de Alonso Quijano, Sancho retomó la empresa de su señor, si los herederos del doctor Frankenstein abrieron una clínica de cirugía estética en Ginebra, si Ishmael se convirtió en miembro activo de Greenpeace. Queremos un tercer Fausto en el que el viejo doctor funde con Mefistófeles una compañía de inversiones financieras y un tercer volumen de Justine y su hermana Juliette de Sade, en el que Juliette encuentra empleo fijo en Guantánamo. Queremos estar seguros de que esos seres que tan bien hemos conocido no han desaparecido del todo, sino que siguen allí, en el mundo, después de cerrado el libro. La literatura no tiene en cuenta ni la inapelable mortalidad humana, ni los límites que nos impone el espacio y el tiempo. Por eso puede hacer que sus invenciones, sus artificios, sus fantasmas verbales, vuelvan al mundo con más fortuna que Lázaro, de cuya retomada vida nada sabemos, no sólo una segunda, sino también una tercera vez.

Alberto Manguel en Babelia.


Liderazgo en nuestros tiempos

Liderazgo en nuestros tiempos

La crisis ha hecho del liderazgo político el ’test’ fundamental de Zapatero y Rajoy. Buenos tácticos, ambos están absorbidos por su propia supervivencia. Les falta una visión de futuro articulada por una ideología


El liderazgo ha sido raramente empleado, fuera de invectivas partidistas, como medida para la evaluación de presidentes de Gobierno y jefes de la oposición españoles. Sin embargo, escasamente añorado en contextos benéficos, la crisis económica lo está convirtiendo en el test fundamental de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.

Hay dos tipos fundamentales de liderazgo. Uno es el transformador, que permite a una comunidad solventar sus problemas y, al mismo tiempo, las causas de los mismos, mejorando su capacidad para afrontar retos futuros. Requiere sobre todo trabajo ideológico o de relato: hacer balance de dónde se está y señalar adónde se va. Requiere más legitimidad del líder y es más propio para contextos de dificultad.

El segundo es el transaccional, que capacita a una comunidad para solucionar sus retos corrientes. Se denomina así porque son el toma y daca, la negociación, el acomodo de intereses, los mecanismos habituales de acción en tiempos de bonanza.

Este país tiene ahora que solventar graves dificultades económicas, pero también la causa que ha provocado la impotencia de los gobernantes ante las mismas: la progresiva independencia de la economía respecto a la política, y la consiguiente incapacidad de lo público para influir en la primera. Es hora de examinar el liderazgo transformacional de nuestros políticos.

Todos nuestros presidentes de Gobierno ilustran aspectos clave del liderazgo político. Por ejemplo, pocas veces un político transaccional como Adolfo Suárez ha estado tan cerca de convertirse en líder transformacional. Su estilo se acomodaba perfectamente a la "reforma" como método de desmontaje del régimen franquista desde dentro. Pero Suárez es ejemplo de los riesgos del agente de cambio hipertáctico, sin ideología sostenida. El virtuosismo transaccional, el trabajo político en distancias cortas, acaba quemado cuando las rutinas de actuación son descubiertas, cuando las bases de poder se agotan de tanto usarlas, cuando por haber logrado buena parte de sus objetivos el líder es prescindible. Es entonces cuando los que cedieron ante el personaje, o se sintieron postergados o incluso subyugados por él, reconociendo su debilidad, dan rienda suelta a su resentimiento. El liderazgo transaccional, como el de Suárez, nunca es suficiente cuando los objetivos son transformacionales, y el final de los líderes transaccionales es la descalificación y acoso personal, porque es precisamente su estilo personal el que les hizo eficaces en su día.

En sus dos primeras legislaturas fue tal el capital político de Felipe González que fue capaz de conseguir objetivos transformacionales (europeización de España) sin necesidad de abusar de tácticas transaccionales. Pero con el tiempo, habiendo cumplido sus aspiraciones, acosado por los escándalos, sin mayoría absoluta, se adaptó mal a una presidencia a la baja, aislándose en Moncloa con fastidio ante unos tiempos que ya no sentía a su altura.

González, el modernizador, ejemplariza las dificultades psicológicas de asumir un cambio a menos del liderazgo, de transformacional a transaccional, pero también muestra el ímpetu de largo recorrido que proporciona haber iniciado la presidencia con aspiraciones transformadoras. El dicho afirma, con razón, que toda historia de poder acaba mal, pero la caída desde el liderazgo transformador, como la de González, aunque melancólica, es siempre más atenuada que desde el liderazgo transaccional.

José María Aznar fue, como González, un presidente vocacionalmente transformador, despreciador, todavía más, de lo transaccional. Pero mientras que al presidente socialista los tiempos le agraciaron con unos desafíos a la altura de sus ambiciones, al popular se los negaron. Aznar, versión española de Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Karol Wojtyla, los tres "grandes repudiadores" de la socialdemocracia y el liberalismo cultural, y a quien pareciera que le rebajasen política e íntimamente los compromisos y cesiones escasamente grandiosos que caracterizan las prácticas democráticas, buscó para sí, con espíritu político emprendedor, el reto que los tiempos no le proporcionaban: la emergencia de una nueva Europa frente a las viejas potencias continentales, un desafío propio de un Churchill, su exigente superego político. Las inesperadas consecuencias últimas de esta empresa son conocidas y Aznar, el más interesante psicológicamente de nuestros presidentes, acabó fracasando también en su intento de seguir mandando vicariamente en el país a través de Rajoy, sin necesidad de ser electoralmente responsable. El destino de Aznar enseña que sin un módico trabajo transaccional no hay política posible. Los liderazgos transformacionales y transaccionales no son excluyentes y, aunque todo líder tiene sus preferencias, necesita ser mínimamente activo en ambos modos de acción.

Zapatero es, con Leopoldo Calvo Sotelo, el presidente que ha llegado a Moncloa con menos capital político. Opuesto a un ciclo conservador dominante durante su primera legislatura en la escena internacional y nacional, estuvo bloqueado en sus iniciativas más importantes, como la negociación con ETA, por una oposición que mantenía el poder mediático, económico y judicial. Zapatero fue invirtiendo su escaso capital político en iniciativas de "ciudadanía", que garantizan estilos de vida plurales, pero no son transformadores para el general de la población. Y cuando se le viene encima una crisis económica histórica es incapaz de reaccionar, porque desde hace años la izquierda ha aceptado la premisa conservadora de que la cuestión económica está resuelta. Zapatero carece de un discurso de futuro que incluya de manera creíble la economía, lo que le permitiría incorporar a su proyecto a clases sociales con aspiraciones de movilidad vertical, que le siguen percibiendo demasiado enfocado en cuestiones de estilos de vida no centrales para esos grupos. Y su escaso capital político sólo le permite tácticas de resistencia, y éstas siempre son transaccionales.

Reducido en su capacidad de hacer política, apenas reteniendo el poder ante una derecha que, paradójicamente, debería estar en retirada por agotamiento de su modelo económico liberal, Zapatero, el político, está como Suárez sujeto a descalificaciones personales constantes, como el epíteto de mentiroso que Rajoy le dedica diariamente, o el "pinocho" que le ha adjudicado Artur Mas. Sin el respaldo de un partido disciplinado, su equilibrismo sería fatal.

Mariano Rajoy traslada a la política el estilo de su oficio original: registra la realidad, pero carece de proyecto de transformación. Su vocación y capacidades -y la de su equipo, altos funcionarios como él- es la mera administración de las cosas. Acosado desde 2004 por sectores de su partido ha ido resistiendo con resabios de funcionario experimentado. Pero si gana las próximas elecciones generales se puede encontrar con el pie cambiado respecto al ciclo político. Ni amado por sus bases, que siguen añorando el estilo de Aznar, ni temido por los adversarios -su desprecio hacia el presidente parece perjudicarle más a él mismo-, Rajoy difícilmente podrá, de ganar las próximas elecciones, sostener con mera gestión la previsible espiral de demandas sociales, contenidas ahora por el miedo al paro, que caracterizará el final de una crisis que ha hecho patente las desigualdades de oportunidades. Superviviente, como Zapatero, Rajoy, el administrador, es el más transaccional en objetivos y medios de los dirigentes políticos actuales.

En tiempos que requieren liderazgo transformacional, Zapatero y Rajoy están absorbidos en su propia supervivencia. Nunca en la España democrática ha habido tal desajuste entre necesidades objetivas y liderazgo disponible.

El problema no es un déficit particular de Zapatero o Rajoy, ambos eficaces líderes transaccionales. La elevación a liderazgo transformacional no lo dan las personas, sino una clara dirección de futuro articulada alrededor de una ideología a su vez reflejada en programas políticos. Y ese es un trabajo de partido. Salvo la excepción de Suárez, aquellos presidentes que han contado con una narración de futuro han impactado el país, como González y Aznar. Calvo Sotelo no la tuvo, Rajoy no la tiene y la de Zapatero es incompleta por carencia de economía política. Sin ideología no hay ni tracción, ni sostenibilidad políticas, ni autoridad, ni legitimidad para llevar a cabo los cambios necesarios.

José Luis Álvarez es doctor en Sociología por la Universidad de Harvard y profesor de ESADE.


Las garrafas y el vino del periodismo

Las garrafas y el vino del periodismo

La cuestión sustantiva no es en qué soportes -pantalla o papel- leeremos, sino qué leeremos. La prensa cava su tumba al obsesionarse con los continentes desdeñando los contenidos. La opinión es su gran activo


Es muy probable que lo que solemos llamar periodismo amarillo o sensacionalismo no sea únicamente una deformación perversa y tardía de una prensa originariamente recta y objetiva, sino una de las tendencias naturales de la institución. Primero, porque parece mucho más verosímil que la rectitud y la imparcialidad sean un logro evolutivo conseguido tras grandes esfuerzos por neutralizar la mezquindad, y segundo, porque está en la naturaleza misma del periodismo, en cuanto invención de la ciudad industrial, el luchar contra la principal característica de los tiempos modernos (que supone a la vez una gran ventaja y un terrible inconveniente), a saber, que éstos son un prodigioso contenedor que admite en su interior toda clase de contenidos, siendo las limitaciones y prohibiciones puramente convencionales y contingentes.

Esta poderosa indiferencia respecto de los acontecimientos es la que el titular de prensa intenta combatir llamando la atención del lector potencial con el reclamo de que ha ocurrido algo extraordinario, algo fuera de lo corriente, cosa verdaderamente inaudita en una época en la cual todo se ha vuelto corriente. Incluso es posible que todos los titulares de prensa sean variaciones en torno a una proto-noticia que ningún periódico pudo ofrecer a los lectores en su momento, porque cuando se produjo aún no había diarios: la llegada de un tiempo nuevo, la inauguración de la modernidad (a este titular sólo se aproximan de verdad los "Ha estallado la guerra" o "La guerra ha terminado", que en los conflictos militares convencionales producen grandes tiradas).

De ahí que una y otra vez los periódicos hayan ensayado esta fórmula -la de la llegada de una nueva era- a propósito de cada cambio de Gobierno, de cada "fenómeno cultural" emergente o, con mucha más frecuencia actualmente, ante la aparición de cada novedad tecnológica o de cada gadget electrónico, del mismo modo que la publicidad comercial -que ha acompañado al periodismo a lo largo de todo su desarrollo histórico- ha hecho un uso exhaustivo y tedioso de esa misma herramienta, hasta prácticamente agotar su eficacia. Se trata, sin duda, de una lucha titánica y desesperada, pues no solamente los periódicos reproducen inconscientemente la misma condición de contenedor indiferente y omnívoro que ostenta el tiempo moderno, sino que constituyen uno de los mecanismos fundamentales a la hora de producir contenidos diarios para llenar ese inmenso recipiente vacío del calendario social, un recipiente cuya implacable ley es la de quedar de nuevo justa y relucientemente vacío cada 24 horas para provocar así la sed de noticias, la ansiedad de novedades característica de la existencia moderna, la necesidad de contenidos cualesquiera que rellenen el envase hasta su próxima e inminente evacuación.

Si a los periódicos nacientes se les escapó la gran noticia de la revolución moderna, los de hoy se preparan para dar en exclusiva su último y más sensacional titular a toda plana: el que anunciará la desaparición de la prensa escrita (y, por tanto, la llegada de una nueva época). Sólo se equivocan en una cosa: es un error confundir la edición digital con el cambio histórico, pues la llamada prensa electrónica, lejos de ser una novedad que anuncia una transformación cultural sin precedentes, es la simple consumación que lleva a término la tendencia de la que venimos hablando: si la prensa no es más que un dispositivo de producción de titulares llamativos, ¿por qué esperar 24 horas para el proceso de llenado-vaciado? ¿Por qué no dispensar los titulares en un régimen constante e ininterrumpido y dejar que las audiencias expresen su voluntad soberana pulsando digitalmente sobre aquellos enunciados que resulten más interesantes y abandonándolos a medida que su contenido les vaya aburriendo o decepcionando -lo que no tiene más remedio que ocurrir una y otra vez por la fuerza misma de las noticias, es decir, por su debilidad-? Ello no calmará la ansiedad de novedades, sino que la multiplicará infinitamente, actualizándola a cada instante y haciendo que cada segundo tenga que ser rellenado mediante un nuevo click informático.

Ahora bien, el hecho de que esta tendencia esté inscrita en la prensa periódica desde su aparición no significa que ésta sea su única función, que se trate de una simple máquina de producir noticias o de rellenar un tiempo cabalmente vacío para entretener a sus usuarios. Como es de sobra conocido, el periodismo -y en eso consiste el logro evolutivo al que nos referíamos al comienzo- ha desempeñado en la historia moderna la tarea de articular la opinión pública, es decir, de escenificar una esfera civil de autonomía en la cual los ciudadanos deliberan racional y discursivamente sobre las decisiones políticas, económicas o culturales que afectan a sus vidas y en la cual puede ejercerse la crítica acerca del comportamiento de los diversos poderes apoyándose en informaciones fiables sobre los mismos.

Como la opinión -es preciso recordarlo ante el notorio desgaste que ha sufrido este término- consiste siempre en un juicio argumentalmente justificado y expuesto a la discusión, y no en la simple emisión de gustos, intereses o preferencias presuntamente indiscutibles, ésta es la única función de la prensa que puede efectivamente contrarrestar la proclividad a la indiferencia y la amalgama que subyace al carácter amorfo de la temporalidad moderna, pues ella es la que produce inmediatamente jerarquías y vínculos conceptuales entre los contenidos, que obligan a distinguir unos de otros y que hacen imposible considerarlos a todos ellos iguales e igualmente prescindibles o renovables. Por tanto, es también la única función de la prensa capaz de distinguirse de la simple propaganda, del negocio o del ingenio publicitario, porque es la única que garantiza su autonomía con respecto a esas otras esferas de influencia de los poderes fácticos.

El hecho de que cuando hoy se debate sobre el porvenir del periodismo se trate casi únicamente de la cuestión de los contenedores (digital versus analógico, pantalla versus papel) y de la dimensión empresarial del negocio informativo (la búsqueda frenética de la publicidad), pero casi nunca de la de los contenidos, el hecho de que pocos cuestionen el modo como -sin que pueda culparse de ello a la crisis económica ni al desarrollo tecnológico- la prensa va paulatinamente dimitiendo de su función sistematizadora de la esfera pública, huyendo del juicio crítico, renunciando a la jerarquía de la información y asumiendo su dependencia con respecto a los poderes políticos y económicos, es un síntoma de que también en este caso puede que a los más adeptos al sensacionalismo se les vuelva a escapar la noticia-bomba del final de su profesión, es decir, de que el periodismo como máquina de producir titulares ha devorado al periodismo como articulación de la opinión pública en una sociedad democrática.

Y mientras nos entretenemos en debates sobre en qué soportes leeremos en el futuro, alejamos de nosotros la cuestión de qué es lo que leeremos, que es la única sustantiva, como aquellos aldeanos a quienes robaban el vino mientras disputaban sobre las garrafas en las que almacenarlo. Es cierto que esto pasa también en otros ámbitos: la mala noticia es que Internet no hará mejores a los periódicos, que la inmersión de los hogares en la banda ancha no elevará el nivel cultural de los españoles, que la introducción de ordenadores portátiles en el parvulario no resolverá el fracaso escolar y que la reconversión de las universidades públicas en institutos de secundaria mediante el plan Bolonia no aumentará la calidad de la investigación científica. Y la discusión acerca de qué podríamos hacer para mejorar el periodismo, el nivel cultural, las instituciones educativas o la investigación científica no puede celebrarse porque es una discusión de contenidos, y de momento estamos ocupadísimos con los contenedores y con la publicidad, con los portátiles, los móviles y las descargas caseras. Y no es por culpa de estos artilugios, sino de algunas decisiones políticas y profesionales, por lo que los periódicos, los libros, las escuelas y las universidades, que fueron hasta hoy los lugares naturales de estas discusiones, se están volviendo literalmente insoportables, es decir, inviables en cualquier soporte.

José Luis Pardo es catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

Cómo impulsar reformas en plena crisis

Cómo impulsar reformas en plena crisis

La recesión dificulta, más que favorece, las reformas. Las clases populares y medias temen que los poderosos, a los que culpan de la situación, les amarguen aún más la vida. Se precisa, pues, un liderazgo persuasivo


Es evidente que la economía española tiene cosas que no funcionan del todo bien. Los economistas les llaman "ineficiencias". Su efecto es aumentar los costes y reducir la productividad. Cambiarlas podría mejorar el crecimiento económico y el bienestar social.

Sin necesidad de ser experto, a cualquier ciudadano le es fácil identificar algunas de esas ineficiencias en instituciones como el mercado laboral, el sistema financiero, los impuestos, las pensiones, los servicios, la energía, la vivienda, la enseñanza, la justicia, las Administraciones, y así una larga lista que cada uno puede completar a su gusto.

La crisis, como hacen las lluvias de otoño con las setas, ha hecho que brote una verdadera plaga de reformadores. Expertos, académicos, economistas, empresarios o grupos de presión ofrecen sus recetas para reformar las reglas de juego con las que funcionan esas instituciones.

Pero, a la vez, está surgiendo un fuerte rechazo social y político. Los sindicatos han anunciado que las reformas serán casus belli. También en la Universidad y otras instituciones está surgiendo un malestar creciente contra las reformas. Pero el punto álgido ha sido el encontronazo entre el Gobierno y el gobernador del Banco de España a propósito de la reforma del mercado de trabajo y de las pensiones. Y particularmente la acusación de "chantajistas" que el presidente del Gobierno ha lanzado contra los reformadores.

Algo no funciona en el debate sobre las reformas. Pero, dado que es necesario mejorar el funcionamiento de nuestras instituciones, hemos de plantearnos cómo se podrían cambiar las cosas sin provocar ese rechazo.

La economía política ofrece enseñanzas útiles acerca de los factores sociales y políticos que hacen que una reforma sea políticamente posible y socialmente aceptada. Permítanme mencionar sólo cuatro, extraídas de la nueva teoría del crecimiento y de la moderna economía experimental.

1. Contrariamente a lo que se supone, la crisis actual dificulta, más que favorece, las reformas. La razón está en el resentimiento de las clases populares y la clase media contra la corrupción y la mala fe en los negocios y la concentración de la renta y la riqueza que se ha producido. En ese contexto y cuando se están dedicando enormes cantidades de fondos públicos para salvar bancos y empresas, las reformas sociales, como las del mercado de trabajo y las pensiones, son vistas por muchos ciudadanos como una forma de añadir injuria al dolor de la crisis. Algo que acentúa el resentimiento y la percepción de injusticia.

Hay que evitar el oportunismo reformador basado en el "cuanto peor, ¡mejor!". Algunos piensan que cuando el desempleo llegue a los cinco millones las reformas serán más fáciles. Aprovechar la crisis para imponer cambios en las reglas de juego institucional es una estrategia perversa. Este oportunismo provoca esa percepción sindical y gubernamental de estar sometidos a un chantaje de reformas.

Para vencer el resentimiento y la resistencia, las reformas en un ámbito concreto tienen que encuadrarse en el marco más general de una política que sea capaz de reconstruir el bien común y generar confianza en un futuro compartido.

2. En las democracias avanzadas como la nuestra, el marco institucional general, que regula los derechos y deberes y las relaciones entre los diferentes actores sociales, está consolidado y aceptado. No se necesitan grandes reformas institucionales, sino imaginación para innovar dentro de cada una de las instituciones existentes.

Tanto la evidencia empírica como la teoría económica nos dicen que las grandes reformas no funcionan ni en los países de bajo nivel de desarrollo ni en las democracias avanzadas, aunque por causas diferentes. Sólo en el caso de los países de desarrollo intermedio parecen tener cierto éxito. Ése fue el caso de las reformas económicas, sociales y políticas (Pactos de la Moncloa) llevadas a cabo en España en la Transición de los setenta y ochenta.

Por lo tanto, las democracias avanzadas no necesitan dictadores benevolentes que impongan a la sociedad reformas que ellos consideran beneficiosas para los ciudadanos, pero que éstos rechazan por violentar sus preferencias. Lo que necesitan son líderes del cambio, capaces de promover la innovación institucional y de persuadir a todos los actores que forman parte de esas instituciones -ya sea la empresa, la enseñanza o el sistema de pen-siones- para que orienten su conducta al cambio innovador. La reforma surge así de forma interna, mediante pequeños cambios graduales y acumulativos desde dentro de cada organización.

Los economistas, sin embargo, tienen un gen, no sé si innato o adquirido en las facultades, que les hace proclives a comportarse como dictadores benevolentes. Pero, en todo caso, acusen a los economistas de ser malos reformadores, no a la ciencia económica, que no tiene dogmas, sino una variada gama de instrumentos para el cambio.

3. Hay que tener en cuenta que las reformas provocan ganadores y perdedores. Los beneficios, si existen, son a largo plazo, mientras que los costes se manifiestan en el corto y están mal repartidos. De ahí que una buena estrategia de reforma debe distinguir el corto del largo plazo. En situaciones de crisis, cuando el desempleo provoca la pérdida de ingresos para muchas familias, hay que ir con cuidado con reformas que pueden acentuar esa pérdida de ingresos. De ahí la necesidad de contemplar mecanismos de apoyo a los más débiles para evitar su resistencia al cambio.

Por muy fuertes que sean las ineficiencias hay que evitar la ansiedad reformadora. Las reformas impuestas se vuelven como violento boomerang contra quien las impulsa. Recuerden la huelga general de 1988 contra la reforma laboral. Debilitó de forma permanente la capacidad de cambio del Gobierno de Felipe González, por más que permaneciese en el poder hasta 1996.

4. Por último, los reformadores deben evitar la tentación de querer solucionar las ineficiencias propias copiando de forma mimética las mejores prácticas de otros países. Acostumbra a ser un fracaso. La economía del desarrollo nos dice que lo mejor (las best practices) es enemigo de lo bueno (second best institutions). Y que lo bueno surge de la idiosincrasia y de las capacidades existentes a nivel local.

¿Qué podemos aprender de estas enseñanzas que nos ofrece la ciencia económica a la hora de buscar los remedios a nuestras deficiencias institucionales? Nos dicen que el camino del cambio no es ya tanto el de las grandes reformas propuestas por dictadores benevolentes e impuestas desde arriba, como el de un liderazgo institucional capaz de promover la imaginación para el cambio. Un liderazgo capaz de persuadir y de coordinar las motivaciones de todos los actores en la dirección de la mejora de la eficiencia de cada institución.

Dicho de otra manera, lo que necesita una democracia como la española para mejorar el funcionamiento de las instituciones no son ya grandes operaciones de cirugía reformadora. Necesita medicina homeopática que induzca el cambio desde dentro de cada institución. ¿Se imaginan lo que hubiese ocurrido en la SEAT de Barcelona si se hubiese impuesto desde fuera las reglas de flexibilidad y moderación salarial libremente negociadas y aceptadas por los trabajadores? Ése es el camino.

Los reformadores españoles no deben refugiarse en el fácil expediente de reclamar la intervención del Gobierno para que haga el trabajo sucio de la reforma. Es contradictorio querer flexibilizar las instituciones mediante el intervencionismo del Estado. Deben investigar cómo incentivar el liderazgo y la imaginación institucional, ya sea en el mundo laboral, la enseñanza o las pensiones.

Ahora bien, ese liderazgo innovador a nivel institucional ha de ir acompañado de un liderazgo político a nivel de Gobierno. Un liderazgo que marque el rumbo del cambio, que una y que restaure la esperanza. Vamos, una versión autóctona del "Yes, we can".

Antón Costas es catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona.

Patios traseros

Patios traseros

Las opciones de la Unión Europea no son ni muchas ni fáciles, y empeoran con el tiempo

Europa tiene un patio trasero. Y la verdad, no tiene muy buen aspecto. Como en todos los patios traseros, en él se amontonan sin mucho orden trastos viejos heredados del anterior propietario y regalos de dudoso gusto que uno no supo o no pudo devolver. El problema de este patio es doble. Para comenzar, en él viven 75 millones de personas, así que no se trata de ninguna minucia. Pero además, resulta que tenemos un vecino que tiene los ojos puestos en ese patio, y tiene toda la intención de atraer o mantener a esos vecinos hacia su órbita.

Hablamos del arco que se extiende desde Bielorrusia a Azerbaiyán, pasando por Ucrania, Moldavia, Armenia y Georgia. Son los seis vecinos orientales de la UE, algunos de los cuales no han terminado de volver del frío, con los que la UE se ha reunido sin mucho éxito este jueves pasado en Praga para intentar mejorar sus relaciones.

En Bielorrusia tenemos al último dictador de Europa, Alexandr Lukashenko, que ni siquiera se ha molestado en fingir un poco y así lograr un ingreso de su país en el Consejo de Europa que le legitime mínimamente ante la población. De hecho, en las últimas elecciones tuvo la genialidad de invitar a inspectores rusos como (únicos) observadores de la limpieza del proceso (algo así como poner a Madoff al frente de la caja de la Seguridad Social).

En Ucrania, la ilusión de la llamada revolución naranja se ha esfumado. El país se encuentra partido en dos, con una clase política que se ha repartido el país mucho antes de haber logrado que hubiera algo digno que repartir y una crisis económica descontrolada que pone en evidencia el sinnúmero de reformas pendientes de abordar.

La situación en Moldavia es incluso peor: el país está anclado en la lógica de la guerra fría, como si nada hubiera cambiado. Pero aquí, la división es física, con un territorio (Transdniéster) que continúa bajo ocupación rusa y una minoría rusófona que se niega a integrarse. Este mes pasado, los jóvenes moldavos, fanáticos de Internet, se han rebelado contra el continuismo y la falta de futuro y han asaltado el Parlamento, pero el régimen sigue ahí.

Saltando al Cáucaso, la situación no es mucho mejor. Armenia y Azerbaiyán mantienen desde hace años un conflicto irresuelto por el territorio de Nagorno Karabaj, un enclave armenio situado dentro de Azerbaiyán. Armenia, que necesita la protección de Rusia para sobrevivir, se encuentra completamente hipotecada ante Moscú, habiéndose convertido en su leal servidor. Por su parte, en Azerbaiyán, la familia Aliev ha logrado el sueño de todo tirano: una república vitalicia hereditaria con inmensos recursos petrogasísticos. No sólo no han tenido que preocuparse por ganar elecciones, sino que la estabilidad del régimen está descontada: Europa difícilmente levantará la voz ante alguien que ofrece una alternativa a su dependencia energética de Rusia y Moscú hará todo lo posible por halagar al Gobierno de Bakú.

Pero el colofón, sin duda, lo pone Georgia, un país que durante la revolución de las rosas nos hizo pensar que podía ser una democracia avanzada y modélica para toda la región, pero que ha entrado también en una espiral autodestructiva bajo el liderazgo mesiánico de Saakashvili, un presidente que puso en bandeja a Moscú la amputación de una parte significativa de su territorio (Abjasia y Osetia del Sur) y ha destruido lenta pero eficazmente sus credenciales y legitimidad democrática. Las opciones de la Unión Europea no son ni muchas ni fáciles y, además, empeoran con el tiempo. En la década de los noventa, Rusia estaba en declive y la Unión Europea en expansión, por lo que la visión dominante en Bruselas era que con pequeños incentivos, estos países se orientarían naturalmente hacia Europa. Pero ahora las cosas han cambiado. Rusia ha resurgido y pretende recuperar su influencia en la zona, para lo cual no duda en usar la coacción (económica o militar) aunque también los incentivos (inversiones o incluso becas). Por su parte, la Unión Europea ha retirado la promesa de la ampliación de la mesa y se muestra tacaña a la hora de conceder visados o pacata a la hora de apostar económicamente por estos países, lo que disminuye notablemente su atractivo y capacidad e influencia.

La asociación oriental nace, pues, con los mismos problemas que lastraron en su momento la Unión por el Mediterráneo: las suaves maneras posmodernas de Bruselas, basadas en el comercio, la cooperación técnica y la búsqueda permanente del consenso mediante un sistema de continuas negociaciones, todo ello bajo el principio de legalidad, chocan con las rudas maneras de estos vecinos, más pendientes de la supervivencia que del qué dirán y acostumbrados a un juego de poder clásico en el que la testosterona todavía no ha pasado de moda.

José Ignacio Torreblanca

Periodismo sin causa

Periodismo sin causa

La sociedad que se deja entretener por la prensa envilecida va hacia la esclavitud


Los defensores de todas las causas andan siempre reclamando el compromiso activo de la prensa, quieren enrolar a los medios de comunicación al servicio de esa empresa. Lo mismo da quienes se afanan en la lucha contra el sida, que los empeñados en la supresión de las barreras arquitectónicas, que los defensores del transporte público, que los antinucleares, que los partidarios de las energías limpias, que los profesores de lenguas clásicas, que los investigadores, que los editores, que los de acción contra el hambre, que los entregados a la erradicación de la malaria o que los hermanos de San Juan de Dios. Todos endosan la responsabilidad de los desastres a los medios de comunicación, se quejan de la desatención de la prensa hacia las justas causas de los pueblos oprimidos. Todos consideran que si tuvieran el favor de la prensa, si encontraran el eco merecido en sus páginas, la causa que ellos abanderan se abriría paso y lograría prosperar.

De forma que los periodistas están siempre solicitados para que desempeñen el papel de promotores, para que ofrezcan espacios de mayor relevancia a los asuntos con causa, como la cinta roja de los juzgados indica la prioridad de atención debida a las causas con preso. Pero esa solicitud sólo puede satisfacerse postergando a su vez otros asuntos que compiten por ese mismo privilegio. Porque sabemos que la atención es un bien escaso. De la imposibilidad de dar satisfacción a esa ingente demanda, resulta que todas las causas se sienten huérfanas del apoyo que en buena ley deberían recibir. Además, hay una hipersensibilidad característica de los beligerantes en busca de espacio público, según la cual, el elogio, incluso el más desmesurado, es siempre escaso, y la crítica, por muy benévola que sea, se percibe como excesiva.

En todo caso, como explica Eugenio Trías en su libro Tratado de la pasión hay sujetos que bajo esos efectos entran en un estado de entontecimiento cegador, mientras que a otros les provoca arrastres de la más extremada lucidez. Así sucede también en los periódicos, a los que debe negarse indulgencia alguna cuando al enamorarse de sus propias noticias acaban aturdidos y contagiando de aturdimiento a sus lectores. Porque los periódicos deben en última instancia cultivar la tendencia que les haga independientes incluso de sus propietarios y de sus periodistas. De modo que al procesar sus noticias, también las más exclusivas, deben hacerlo respetando las pautas de ponderación que merece siempre su audiencia. Porque la exclusividad en absoluto confiere de antemano a una información el valor de un titular en primera página a seis columnas. Porque muy por delante de esos aspavientos, destinados tal vez a elevar la moral de la propia tropa periodística, están los deberes imprescriptibles con aquellos a quienes el periódico se dirige.

Nos queda el ejemplo de Albert Camus en Combat, donde se negó a ejercer un poder injusto, resistió la tentación de banalizar la distribución de censuras y elogios y se opuso al culto de la moda y al espíritu de la época, además de desautorizar la denigración convertida en sistema. Supo siempre que la información decisiva exige la apuesta por interesar al lector y conseguir su fidelidad, haciéndole pensar sin halagar nunca el gusto por la pereza y la vulgaridad. Tuvo claro que una injusticia no se repara con otra y que la compasión para con la víctima en ocasiones amenaza con convertirnos en verdugos. En resumen, sucede como ha escrito el último de sus biógrafos, Jean Daniel, que todo cuanto degrada realmente la cultura acorta la distancia que nos separa de la servidumbre y que una sociedad que soporta ser entretenida por una prensa envilecida se desliza hacia la esclavitud, aunque lo haga en medio de las protestas de las personas que están contribuyendo a ese proceso.

Todo lo anterior para nada empece que odiemos ver una bendición en el fracaso, ni tampoco que con Camus enumeremos entre las desviaciones del periodismo el sometimiento al poder del dinero, la obsesión por agradar a cualquier precio, la mutilación de la verdad con un pretexto comercial o ideológico, el halago a los peores instintos, el gancho sensacionalista y la vulgaridad tipográfica. Es decir, el desprecio a los interlocutores. Aquellos órganos de prensa escrita que se vean arrumbados a la playa de la insignificancia, en expresión de Julio Cerón, no podrán culpar al viento de la historia o de las nuevas tecnologías, sino al abandono de su misión. Es decir, a su dimisión.

Miguel Ángel Aguilar