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Abecedario de una crisis

Abecedario de una crisis


Desde que el 8 de agosto de 2007 se desatara el torbellino de las hipotecas basura, nada ha vuelto a ser lo mismo. Nuevos líderes han tomado las riendas del mundo, viejos economistas han visto renacer sus recetas y los países más poderosos se han reunido en insólitos intentos de refundar el capitalismo. Pero, por encima de todo, si algo ha transformado el tsunami financiero es el lenguaje. Hoy, desde los más altos ejecutivos de Wall Street hasta las amas de casa despotrican del «subprime» y polemizan sobre los «bonus» con total normalidad. Porque, al igual que las palabras son la clave de la realidad, también lo han sido de la crisis.

AAA

¿Alguien habló de polémica? Se referiría, sin duda, a las agencias de calificación crediticia. La tupida red de intereses que fueron tejiendo con sus clientes les llevó a establecer su sello de calidad en función de principios muy alejados de lo teóricamente estipulado, lo que generó uno de los debates más intensos de esta crisis. La consecuencia más notoria fue la generalización de la AAA -máximo estándar de calidad otorgado por estas agencias- y un excesiva confianza de los inversores en estos «ratings», que llegaron a ser considerados como sinónimo de máxima calidad, aún prescindiendo de un mínimo análisis extra.

Bonus

Una auténtica rebelión se ha levantado contra los jugosos bonus de los directivos. Se trata de un movimiento social que ha llegado a tocar incluso la sensibilidad de Obama y que ha puesto en pie de guerra a la Comisión Europea al completo. El mayor escándalo fue el protagonizado por la aseguradora AIG que, tras esquivar la quiebra con 170.000 millones de dólares de ayuda directa de los contribuyentes estadounidenses, planeaba pagar 165 millones de dólares en bonus a sus directivos. Una reivindicación tras la que no sólo subyace un debate moral, sino el propósito de adoptar un nuevo esquema de retribución que no recompense las decisiones a corto plazo o arriesgadas.

CDS

Antes de la crisis, los «Credit Default Swap» (CDS) no eran más que un vocablo financiero. Hoy, sin embargo, son uno de los indicadores a seguir a pies juntillas. Se trata de unos seguros que cubren el impago de una letra o bono, es decir, garantizan la solvencia de un emisor, y son, por tanto, un termómetro de la salud financiera. Los CDS de España, Irlanda, Grecia o Portugal fueron de los más castigados por los mercados porque los inversores no se fiaban de la evolución de sus economías.

Déficit

El déficit es una de las pesadillas recurrentes de buena parte de los economistas españoles, incluido el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez. La remodelación del ala económica del Gobierno -con la Salida de Solbes y la entrada de Salgado- fue la puntilla que hizo saltar la alarma sobre el aumento del gasto que está por venir. La Comisión Europea, sin ir más lejos, prevé que el agujero público de nuestro país se duplique en 2009 y se aleje en 46.000 millones de euros del Pacto de Estabilidad.

Empleo

La destrucción de empleo es el principal problema de la economía de España y la primera preocupación de los españoles. Los últimos datos oficiales sitúan ya la tasa de desempleo en el 17,3%, lo que se traduce en más de 4 millones de parados. Además, siete comunidades autónomas tienen su mercado laboral en una situación de emergencia, pues su tasa de paro roza, o incluso supera, el 20%. Según la Comisión Europea, el país superará esta cifra en 2011. ¿Medidas al respecto? Ni están, ni se las espera.

FGD

Eran bien pocos los españoles que habían oído hablar del Fondo de Garantía de Depósitos (FGD) hasta hace no más de un año. Pero la crisis rompió la confianza de millones de españoles en la seguridad de sus depósitos -y de todo el sistema bancario en general- e hizo imprescindible una institución que hasta entonces era sólo preventiva. Y es que, aunque nuestro dinero pase la mayor parte del tiempo en el banco, en una situación de estabilidad la percepción del riesgo de impago prácticamente desaparece. En plena crisis, sin embargo, la condición de prestamistas de la banca se hizo angustiosamente presente para millones de clientes, lo que obligó a la Comisión Europea a elevar el mínimo de las garantías de 20.000 euros a 50.000 euros y, en España, hasta 100.000 euros.

Greenspan

Las raíces del «credit crunch» actual se remontan a otra burbuja de notables dimensiones: la tecnológica. Su estallido a finales de los 90 sumió a los mercados en una espiral de pérdidas que atizó sin piedad a la economía norteamericana. La Reserva Federal, con Alan Greenspan por entonces a la cabeza, bajó drásticamente los tipos de interés para limitar los daños. En medio de un mar de dinero, los créditos se abarataron, la demanda de viviendas se multiplicó y el precio de los pisos se puso por las nubes. Una burbuja que también explotó y que se llevó por delante la popularidad de Greenspan. Hoy lleva sobre sus espaldas el peso de ser considerado el culpable de la crisis.

Helicóptero

Ben Bernanke, profundo conocedor de la Gran Depresión y presidente de la Reserva Federal, es conocido en el mundo financiero como «Helicopter Ben». El origen del mote se encuentra en un discurso que pronunció en 2002, en el que insinuó la posibilidad de «tirar dinero desde un helicóptero» para espantar el fantasma de la deflación. La expresión, sin embargo, no es suya, sino del economista Milton Friedman. Ahora, las continuas rebajas en el precio del dinero a un lado y otro del Atlántico han vuelto a poner de rabiosa actualidad una de las políticas monetarias más clásicas.

Inmobiliario

El mercado inmobiliario ha sido la piedra angular de la crisis. Tanto en España como en el extranjero, el «boom» de la vivienda no ha dejado títere con cabeza. Pero en nuestro país -asociado por propios y extraños al ladrillo- la debacle está siendo especialmente dura: en sólo dos años han desaparecido el 75% de las agencias inmobiliarias, las ventas han caído más del 80% desde los máximos de 2006 y los precios no se han ajustado los suficiente como para estimular un mercado que se enfrenta, además, a una severa contracción del crédito.

Jornada 65

Estuvo a punto de entrar en las vidas laborales de todos los europeos pero, finalmente, la jornada no se ampliará a las 65 horas semanales. Tras cinco años de incubación, la crisis parecía la excusa perfecta para extender del 48 a 65 las horas laborables cada semana. Sin embargo, la falta de acuerdo entre la Eurocámara y los gobiernos de la UE ha enterrado este proyecto. Lo que sí sigue en pie, especialmente en nuestro país, es una fuerte corriente que urge a flexibilizar el mercado laboral.

Keynes

Vuelve Keynes. La crisis ha recuperado dos de los elementos fundamentales de la doctrina económica keynesiana, aparcada durante los años de crecimiento: el papel básico del Estado para el funcionamiento del mercado y el recurso al déficit. Esta es precisamente la receta con la que hoy experimentan Estados Unidos, la Unión Europea y China y que ha sido abrazada, incluso, por el Fondo Monetario Internacional (FMI), baluarte de la austeridad presupuestaria. Si bien, Keynes no ha convencido a todos los pensadores: la repulsa de los republicanos de EE.UU. a aceptar el paquete de estímulo de 825.000 millones de dólares que manejaba el presidente Obama, así lo demostró.

Lehman Brothers

El 15 de septiembre de 2008, tras 158 años de actividad, Lehman Brothers anunciaba su quiebra, dejando tras de sí la mayor sequía financiera desde que alcanza la memoria. La causa del derrumbe fue la falta de un socio que asumiera los 46.000 millones de dólares que Lehman poseía en títulos hipotecarios. En cuanto a las consecuencias, algunas aún se sufren en el mercado interbancario, como la falta de confianza; otras, han marcado la evolución de la crisis. El nefasto desenlace de la quiebra dejó claro un aspecto: la prioridad es rescatar al sector financiero.

Madoff

En medio de unas finanzas sin ley, no extraña que haya nacido el mayor fraude de la historia. El timo piramidal construido por Bernard Madoff salpicó de lleno a los gigantes de la banca mundial, con pérdidas propias y de clientes que alcanzaron los 10.000 millones de euros. El que fuera presidente del Nasdaq consiguió tejer una exclusiva red de contactos por todo el mundo, incluida España. La clave de su éxito descansó en la alta rentabilidad ofrecida -hasta el 12% anual- pero, sobre todo, en su prestigio y el aura de exclusividad que rodeaba a su estilo vida. En el fondo, Madoff no hizo más que explotar con habilidad una de las debilidades más comunes del ser humano: la codicia.

Ninja

En pleno bullicio de anglicismos y vocablos financieros, ha sido un español el autor de la mejor explicación del «crack» financiero. Leopoldo Abadía, consultor financiero y ex profesor del IESE, escribió una tarde de un domingo de enero un artículo sobre los acontecimientos que estaban resquebrajando las bases del sistema financiero mundial. La «Crisis Ninja» (acrónimo de «No Incomes, No Jobs and Assets», es decir, personas sin ingresos, sin trabajo y sin activos), fue el título. Pocos días después de distribuirlo entre sus clientes por correo electrónico, «la crisis ninja» era objeto de debates en las páginas más insospechadas de la red. Hoy, Leopoldo Abadía tiene su propio blog, que recibe cientos de miles de visitas de todos los rincones del mundo.

Offshore

Los paraísos fiscales («offshore financial centres») se han convertido en uno de los principales focos de lucha del G-20. Son países que ofrecen a individuos y empresas un refugio fiscal con una tributación muy baja, incluso inexistente, además de secreto bancario y una regulación más laxa que en el país natal del cliente. Obama, y su secretario del Tesoro, Timothy Geithner, han propuesto recientemente una serie de medidas para evitar que grandes multinacionales estadounidenses se beneficien de la utilización de los paraísos fiscales y eludan así el pago de enormes cantidades al erario público. Hay quien cree que nunca desaparecerán.

PIGS

«Pigs in muck» (cerdos en el barro). El pasado mes de septiembre, este artículo de la Biblia de la prensa económica, el «Financial Times», empujaba a España de bruces con la realidad. El texto, que levantó más de una ampolla, hacía un sarcástico balance de las economías portuguesa, italiana, griega y española -a las que se refería como «cerdos» (PIGS, por sus siglas en inglés)-: «Hace ocho años, los cerdos llegaron realmente a volar. Sus economías se dispararon después de unirse a la eurozona. (...) Ahora los cerdos están cayendo de nuevo a tierra», sentenció. El propio diario reconoció que «pigs» «es un apodo peyorativo, aunque refleja en gran medida la realidad» de estas economías.

Quiebra

Es el reflejo más crudo de la crisis. Las declaraciones de quiebra ya no afectan sólo a las empresas, también las familias se acogen a esta figura legal ante la imposibilidad de hacer frente a sus pagos. En lo que va de año, 200 familias se han declarado en quiebra, una triste cifra que supone un 203% más que hace doce meses. En cuanto a las empresas, y según los últimos datos del INE, más de 1.350 empresas se declararon en suspensión de pagos y quiebra durante el primer trimestre del año, un escalofriante 266,6% más que el año anterior y un 44% en comparación con el trimestre precedente.

Riesgo inducido

El efecto más perverso de los seguros es el que induce al asegurado a actuar de una manera imprudente, es decir, a asumir riesgos que no asumiría con la excusa de que, pase lo que pase, al final «paga el seguro». Esto es el riesgo inducido. Un fenómeno que no sólo afecta al mundo de los seguros y que se ha extendido por el mundo financiero como una verdadera plaga. Un ejemplo de ello es el salvamento de una entidad por parte de un Banco Central, pues se fomenta un falso sentido de seguridad que puede acarrear graves consecuencias.

Subprime

Sin duda, las hipotecas más famosas de la historia, además de nombre y origen de la crisis financiera más grave y compleja del siglo XXI. Las «subprime» son aquellos créditos a la vivienda considerados de riesgo. Aunque en principio resultaban muy beneficiosos tanto para el banco como para el cliente, la subida de los tipos de interés hizo repuntar la morosidad hasta niveles históricos, desatando tras de sí la catástrofe. El problema fue que un impago que, en principio, sólo habría afectado a la entidad que había dado el préstamo, se extendió por todo el sistema financiero global porque las entidades en cuestión los habían titulizado. La buena calificación de estos productos -dada la baja morosidad durante los años de intereses relajados- sumada a su atractiva rentabilidad -no hay que olvidar que escondían productos de «alto riesgo»- alimentó una ingeniería financiera que ha marcado la historia para siempre.

Too big...

... to be rescued (demasiado grande para ser salvado). Es la evolución post-crisis del axioma económico «too big to fail» (demasiado grande para caer). Y es que sólo las deudas a corto plazo de la gran mayoría de los bancos comerciales superan con creces el PIB de sus países de origen. En Bélgica y Suiza la relación pasivos bancarios de corto plazo y PIB es de casi tres a uno; en Islandia es de dos a uno; en Gran Bretaña es de 1,5 a uno; en Italia y Francia de 0,7 a uno, y en EE.UU. de 0,15 a uno. La garantía gubernamental del 100% de los depósitos es, por tanto, imposible de materializar y se reduce, por tanto, a una medida preventiva y puramente psicológica.

UE

Hace cinco años, unas ceremonias llenas de esperanza daban la bienvenida a la Unión Europea a diez países del centro y este del continente. Hoy, sin embargo, la crisis ha afianzado los temores que algunos ya expresaron en su día: la ampliación ha hecho perder músculo al conjunto de la UE. Según el último Eurobarómetro, sólo el 48% de los europeos ven algún aspecto positivo en las nuevas incorporaciones, frente a más de un tercio de férreos detractores, entre los que se incluyen los pesos pesados de Francia y Alemania. Motivos para el rechazo no faltan: la crisis ha arrastrado a la cuasi quiebra a varios de estos países.

VPO

Las Viviendas de Protección Oficial (VPO) han sido una de las iniciativas de bandera del presidente Zapatero, incluso en plena crisis inmobiliaria. De hecho, buena parte de los recursos fiscales que se recaudarán a partir de 2011 con la desaparición de la deducción por la compra de vivienda serán reinvertidos en el mercado de alquiler y en la VPO.

Wall Street

Era el icono del éxito y la prosperidad, pero los excesos han cambiado radicalmente la imagen de Wall Street hasta el punto de encarnar con su declive el cambio de cultura hacia un modelo más sostenible. Así lo ha reconocido el propio presidente norteamericano, Barack Obama: «Wall Street continuará siendo una importante parte de nuestra economía, como lo fue en los 70 y los 80. Lo que ocurre es que no será la mitad de nuestra economía», dijo. En su opinión, es el momento de estimular sectores como la educación y las energías renovables. Se le pasó el turno a la alta ingeniería financiera.

X

Es la incógnita por despejar. ¿Cuándo saldremos de esta crisis? Las predicciones de organismos e instituciones bailan año arriba, año abajo aunque, para España, sólo hay una cosa clara: la recuperación llegará más tarde que para el resto de Europa.

Yeppies

En esta crisis ya no hay «yuppies», sino «yeppies». Treintañeros que aún viven en casa de sus padres, donde no aportan ni un euro de su nómina, la cual gastan al completo en vestir de Prada o Hugo Boss y en mantener una vida social inspirada en «Sexo en Nueva York». ¿Compromisos? Ni oír hablar de ellos. Su única preocupación es conseguir una vida estéticamente perfecta. Una raza social ahora en serio peligro de extinción por la aparición de un clima económico que ya no propicia el «dolce far niente».

Zapatero

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha convertido, para más de uno, en el icono nacional de la crisis económica. Los últimos conejos que ha sacado de su chequera-que no de la chistera- en el último debate sobre el estado de la Nación han hecho saltar las chispas entre los sectores a los que supuestamente beneficiaban, la oposición y buena parte de la clase media del país.

María Cuesta en Abc.

Los ordenadores no enseñan solos

Los ordenadores no enseñan solos


Digitalizar las aulas puede ser un revulsivo en un panorama de alto fracaso escolar - Pero es sólo un comienzo: sin formación de profesores y buenos contenidos, nunca será suficiente


Cuando en los años ochenta empezaron a aterrizar en las escuelas los hoy ya olvidados vídeos VHS, muchos creyeron que con ellos llegaba la revolución educativa. Pero esos aparatos nunca pasaron de ser un complemento, muchas veces marginal, de la manera clásica de enseñar y aprender. Así lo recordaba hace un par de años en el Congreso EducaRed el director de un instituto madrileño, para advertir, salvando las distancias, de que las herramientas tecnológicas, por sí solas, no significan nada, sobre todo en un aula.

Por eso, muchos expertos y docentes que llevan años trabajando en colegios e institutos con las nuevas tecnologías, cuando se les pregunta por el plan anunciado la semana pasada por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, para digitalizar el sistema educativo, ponen el énfasis en el cómo se van a usar los ordenadores e Internet, para ofrecer nuevas formas de aprender. Muchos docentes plantean numerosas dudas, sobre todo, porque aún no se conocen los detalles del plan, pero bien hecho, con los medios suficientes y una buena formación del profesorado, la implicación de esos docentes y de los centros, dicen, podría acabar siendo un revulsivo muy importante para el sistema educativo.

El plan prevé dar ordenadores portátiles a todos los alumnos de centros públicos y concertados de 5º de primaria a 4º de ESO, empezando el próximo mes de septiembre con los 420.000 estudiantes de 5º de primaria (10-11 años). Cada alumno podrá llevarse el ordenador a casa.

Ahora la ratio de alumnos por ordenador en colegios e institutos es de 5,7 en los públicos y de 10 en los privados; frente a ello, en los países más avanzados en este campo, como EE UU, Australia, Corea del Sur o Reino Unido, están en torno a tres, según un estudio de la OCDE de 2006. También incluye el plan llevar pizarras digitales y conexiones a Internet en las aulas. Ahora, sin datos oficiales, las estimaciones dicen que esas pizarras llegan a entre el 10% y el 20% de las aulas (en Reino Unido, en trono al 80%) y que hay Internet en la mitad de las aulas de secundaria y un 36% de las primarias, según el informe Las tecnologías de la información y la comunicación en la educación, publicado en 2007 por el centro de investigación educativa CNICE y la empresa pública Red.es.

Pero el Ministerio de Educación insiste en que el proyecto tendrá uno de sus pilares en esa formación de los docentes de un sistema educativo en el que hoy conviven métodos de enseñanza del siglo XIX -con profesores que se dedican a leer el libro de texto en clase-, métodos del siglo XXI -apoyados en esas nuevas tecnologías- y un inmenso grueso a mitad de camino. Educación dice que el objetivo, directamente, es dar un giro a la escuela, a la forma de enseñar y aprender, y reconoce que el cambio será gradual. La teoría más recurrente, repetida muchas veces en los últimos años, la resume Gaspar Ferrer, director del Centro Aragonés de Tecnologías para la Educación (Catedu): "Ya no es el profesor el que tiene la información y se la presenta a los alumnos para que la asuman, la organicen, la asocien en sus cabezas y la recuerden. Ahora es el alumno el que tiene acceso a mucha más información de la que el profesor hubiera soñado nunca poseer. Pero el acceso a la información no nos garantiza ningún tipo de aprendizaje. Hay que gestionar el acceso, el contraste, en su caso; la elaboración y discusión de esa información y la realización de actividades que desemboquen en un desarrollo de capacidades, habilidades y aprendizajes en los alumnos". Y todo esto lo debe dirigir el docente, añade Ferrer.

De 2005 a 2008 se ha pasado del 69% al 98% de los colegios españoles conectados a Internet con banda ancha, mientras la media europea es del 67%. Pero a pesar de esta mejora y de que hay numerosas iniciativas, al menos experimentales, en las comunidades autónomas, sólo uno de cada cuatro profesores utiliza el ordenador para dar clase, según CC OO. Además, más del 80% de los estudiantes de la ESO no usa nunca o casi nunca el ordenador en la mayoría de las materias, según el informe del CNICE. Jugar y escribir trabajos son las dos tareas principales para las que los alumnos usan los ordenadores en las escuelas. Y tampoco mucho: lo hacen habitualmente entre el 15% y el 24% de los de primaria y ESO.

Además, los docentes que ya están llevando a cabo los cambios metodológicos se quejan por carta al Ministerio (lo hizo a principios de este curso Lourdes Barroso) de la falta de apoyo que reciben. La profesora de secundaria Marta Pacheco, responsable de nuevas tecnologías en su instituto cordobés, el Averroes, resume algunas dudas de los docentes: los problemas del software -las licencias son caras y si trabajas con software libre se limitan las posibilidades, dice-, los de la conexión a Internet -"La nuestra es demasiado lenta, no sirve bien para dar clase"-, el mantenimiento y recambio de unos equipos que tendrán un considerable trajín en las manos entusiastas y a veces destructivas de niños y adolescentes. Por ejemplo, en las escuelas británicas está muy extendida la figura del técnico informático, no docente. En cuanto a las computadoras, también se han planteado dudas acerca de si serán gratis para todos los alumnos o si las familias tendrán que pagar algo, y si es así, si la aportación dependerá de los ingresos familiares, como ocurre por ejemplo con las becas de comedor.

La principal crítica que algunos sectores educativos (la asociación católica de padres Concapa o los sindicatos CSIF o USO) hicieron al plan presentado por Zapatero fue que la extensión de la tecnología está bien, pero no es la prioridad para mejorar el sistema, sobretodo el alarmante abandono escolar: un 30% de alumnos dejan de estudiar tras la educación obligatoria, buena parte de ellos porque no consigue el título de ESO.

"Claro que necesitamos un plan integral de formación que se haga en horario lectivo, pero creo que sí estamos preparados y que es lo que se debe hacer. Y creo que al final de esta legislatura se podrán empezar a ver resultados", dice José Campos, responsable de educación de CC OO, responde a las dos preguntas.

Carlos López-Cortiñas, su homólogo en FETE-UGT, dice que se han creado buenas expectativas, pero también retoma como prioridades educativas la lucha contra el abandono temprano y el impulso de la formación profesional. En cuanto al plan de digitalización, recuerda que lo prioritario son los planes de formación de los profesores "para no empezar la casa por el tejado" y resolver todas esas dudas que se plantean y que tienen "muy revolucionados a todos los profesores", en palabras de Marta Pacheco. "Debe presentarse dentro de un gran plan, de un acuerdo con las comunidades, dentro del diálogo social, de planes de formación para que no se reduzca sólo a dar ordenadores como el regalo de Reyes", añade López Cortíñas.

El caso es que el Gobierno no ha hablado aún de financiación (ese tema se tratará previsiblemente hoy en la reunión entre el Ministerio de Educación y las comunidades autónomas) ni de plazos (ídem). Por eso resulta bastante más que difícil aventurar valoraciones sobre la viabilidad del proyecto. Además, todo el mundo parece andar con pies de plomo, probablemente porque esto implica mucho dinero y muchas negociaciones y acuerdos con fabricantes de ordenadores y de software, con las editoriales (para la creación de materiales digitales), las operadoras de Internet o los sindicatos. La mayoría de los sectores implicados, en todo caso, se declaran preparados para ampliar lo que haga falta. Así lo dice un portavoz de la operadora de Internet Vodafone, y los fabricantes de equipos y de software dicen que ya tienen desarrollados productos y servicios adaptados a la educación.

Las editoriales de libros de texto también aseguran tener materiales y productos desarrollados para responder a esa digitalización, pero desde la asociación del sector, ANELE, plantean varias cuestiones que esperan que el Gobierno tenga muy en cuenta. "Nosotros estamos preparados, hemos estado y seguiremos estando a la vanguardia, pero habrá que fijar un calendario, buscar la manera de defender los derechos de autor de los contenidos digitales y tener un plan de financiación de los contenidos, porque para las editoriales va a significar un esfuerzo grande", expone José Moyano, presidente de ANELE.

Además, Moyano plantea que los profesores siguen demandando el libro de texto en papel y prevé un sistema en el que los contenidos digitales complementen los contenidos clásicos. Y tampoco está muy claro aún hasta dónde debe llegar el papel de esas nuevas tecnologías dentro de la clase. La mayoría de los expertos advierte de que no anulan todo lo demás. Incluso sus más entusiastas defensores, como el profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona Pere Marqués, señalan que tampoco conviene, en una situación ideal, pasar de "un 50%" de las horas de clase basadas en las nuevas tecnologías. "Aunque un alumno tenga un ordenador, no hay que estar todo el tiempo delante", advierte.

"El cambio tardará tiempo", continúa Marqués, que defiende un cambio gradual. Ya hay desarrollados, por ejemplo, muchos modelos de tareas dependiendo de la dificultad. Por ejemplo, desde el más básico (el apoyo visual en la exposición del profesor o pedir a los alumnos que busquen imágenes y se documenten en Internet antes de la explicación) hasta las más complejas (una videoconferencia con una escuela de otro país durante la que se presenten temas en otro idioma).

Lo bueno, como dice Marqués, es que no se parte de cero. Aparte de las redes que existen entre profesores innovadores -Aulablog, Planeta Educativo, la red social Internet en el Aula, El Tinglado-. Y aparte de iniciativas estatales como Internet en Aula (con una inversión de Gobierno y comunidades de 484 millones entre 2005 y 2008, entre otras cosas, ha llevado Internet de banda ancha al 98% de los colegios) o la digitalización de contenidos por parte del CNICE, varias comunidades autónomas se han puesto las pilas (las diferencias ya se notan en la provisión de ordenadores: 2,3 alumnos por computadora Extremadura frente a más de nueve en Madrid, Comunidad Valenciana o Canarias). El proyecto de ordenadores portátiles (Tablet PC) para los alumnos de 5º y 6º de primaria de Aragón quizá es el que más se parezca al que propone Zapatero.

Se trata de un proyecto en el que la comunidad ha invertido unos 14 millones de euros entre 2005 y 2008, explica el director de Catedu, Gaspar Ferrer, que consiste en que cada alumno tenga un tabletPC y cada clase, una pizarra digital y conexión a Internet. Y su puesta en práctica tiene mucho de la flexibilidad que reclama Marqués. Los centros se han apuntado libremente (ya ha llegado al 90% de los centros). Con planes de formación, creación de materiales didácticos y equipos de asesoramiento externo, "uno de los puntos fuertes en el proceso de implantación es la adecuación en cada centro, incluso en cada profesor, a su ritmo para asimilar la herramienta y los cambios que su uso produce en las aulas. Nos preocupa muchísimo más la calidad y la seguridad y confianza del trabajo en el aula, que la velocidad en que los equipos se usen", dice Ferrer. Además, los equipos son de los centros y son éstos los que deciden si los alumnos pueden llevárselos a casa siempre (lo que suele ocurrir en zonas rurales), nunca o sólo en algunas ocasiones.

"El horizonte es muy difícil de definir porque no podremos hablar de un nivel de integración total, con profundos cambios metodológicos en todas las aulas, en bastantes años", añade Ferrer, que insiste en que los docentes son la pieza clave: "Es cierto que para el profesorado, especialmente el primer año, le supone un esfuerzo importante y, para muchos, un cambio radical en su forma de trabajar en el aula. Pero, también es cierto que asumen la responsabilidad de formar a los ciudadanos de una sociedad en la que la información fluye de una forma completamente distinta a como lo hacía hasta hace sólo una década".

El instituto público Averroes, de Córdoba, lleva seis años en un proyecto de la Junta de Andalucía de introducción de tecnologías en el aula. Marta Pacheco es la coordinadora de esas tecnologías, e insiste en los incentivos para el profesorado, en la formación. Pero también dice que, si se va a hacer bien, "adelante", porque "la educación en España necesita un revulsivo". Como con todo cambio, aún se desconocen los resultados de éste, pero, ¿quién sabe?, podría ser ese revulsivo. Al fin y al cabo: con el ordenador, con Internet: "Hasta a los más trastos se les ilumina la cara", termina Pacheco.


Portátiles y conexiones a Internet

- Más de 125.000 estudiantes de primaria y secundaria disponen ya de un ordenador portátil para cursar sus estudios a raíz de los diversos proyectos puestos en marcha por varios centros educativos españoles, según fuentes del sector. Tomando estas cifras y las del alumnado de 5º de primaria a 4º de ESO de colegios públicos y concertados, el compromiso del Gobierno ascendería a unos 2,5 millones de ordenadores portátiles en los próximos dos años.

- La media de alumnos por ordenador en España (curso 2006-2007) es de 5,7 en la pública y 10 en la privada (lo que incluye a la concertada). En Liechtenstein, Estados Unidos, Australia, Corea del Sur, Hungría, Nueva Zelanda, Reino Unido, la región china de Hong Kong, Austria o Canadá hay al menos tres equipos por cada 10 alumnos, según un estudio de la OCDE publicado en 2006.

- En Reino Unido, en torno al 80% de las aulas tiene una pizarra digital. En España las estimaciones dicen que están entre el 10% y el 20% de las aulas.

- El 98% de los colegios españoles están conectados con banda ancha a Internet. La media europea es del 67%.

- El 51% de las aulas de secundaria y el 36% de las de primaria tiene acceso a Internet.

- El 80% de los alumnos de ESO no usa nunca o casi nunca el ordenador en la mayoría de las materias. El uso del ordenador más habitual entre los alumnos es jugar y escribir.

El País

Los buenos modales... en Facebook

Los buenos modales... en Facebook


Las personas estamos preparadas para convivir en sociedad. Esa preparación nos viene dada por la educación que recibimos de nuestros padres hippies, por lo que nos inculcaron en el colegio suizo, o simplemente por lo que nos enseñó la vida. Pero con la rápida evolución de la tecnología, se producen nuevas situaciones para las cuales nadie está preparado. Ésta situación se llama Facebook.

Facebook es una red social regulada en gran parte por sus usuarios. Las sociedades virtuales son algo tan novedoso que todavía no existe un código de conducta a seguir, por lo tanto, todo vale, o casi. Así que ha llegado el momento de establecer el uso correcto de las herramientas que este portal pone a nuestra disposición, y lo que no debemos hacer nunca si no queremos sufrir una muerte social. Lo que sigue es el nuevo «Facebook Etiquette».

La foto de perfil

SÍ. Cada usuario debe poner una foto para identificarse. Tiene que ser una foto actual, ya que su finalidad es que te reconozcan tus amigos del colegio desperdigados por el mundo, tus amigos actuales y la rubia con la cual ligaste en la discoteca anoche.

NO. Si eres mayor de 35, no vale engañar al personal y poner una foto de hace diez años. Tampoco una foto de la infancia. Los hombres que tienen una foto de pequeños en su perfil son peligrosos: chicas, hacedme caso. Cuando les veáis en la vida real, siempre tendréis en mente esa foto, y el subconsciente pensará «qué mono, si es un niño, no me va a hacer daño». Y cuando menos os lo esperéis, os decepcionaran. Si tienes novio, novia, marido o mujer y estáis los dos en Facebook, no vale ser empalagosos. En Facebook, como en la vida misma, cada uno debe valerse por sí solo, y no ser una extensión de su pareja.

El estatus o estado

SÍ. Cada usuario puede escribir una frase bajo su foto para que sus amigos la vean y comenten. Suele ser algo sobre el estado anímico de la persona -«con migraña»-, una frase de una canción -«my eyes don´t recognize you at all, for reasons unknown»-, lo que están haciendo es ese momento -«estoy ocioso»-, algo críptico -«be chupito my friend»-, o un link a una página web con un artículo curioso o un video de YouTube.


NO. No hace falta cambiar el estado cada hora: «me voy a comer», «he vuelto de la comida», «estoy trabajando», «reunión en 20 minutos». No se deben contar cotilleos, dar detalles escabrosos de la vida de los demás o usarlo como arma para dar pena «9». Sobre todo, siempre hay que tener mucho cuidado con las palabras. El status es algo muy delicado que siempre está abierto a ser malinterpretado.

Los amigos

SÍ. Puedes buscar amigos poniendo su nombre en el buscador o invitándoles a unirse a la web. Aunque la gente lo niegue, sí hay mucho ligoteo en Facebook.

NO. Más de 800 es un poco dudoso, menos de 50 muerte social. Aceptar a gente que no conoces no es recomendable, a no ser que no te importe cruzarte con algún que otro psicópata que te mande mensajes raros por chat o comente tus fotos de la infancia haciéndose el que te conoce «de toda la vida».

Hacerse fan

SÍ. Cada usuario puede darse de alta como fan de algo, de Oliver y Benji; de Pancho el perro de la primitiva; del diario ABC; Carmen Lomana (187 fans); de los ZATS; de Barney Stinson; de «irse de after a una casa, y mejor si no es la mía»; del Frigopie, etc.

NO. No vale ser fan de todo. Eso demuestra muy poco carácter. Hay que ser selectivos. Hacerse fan de «Flight of the Concords», vale, hacerse fan del novio de Falete (1.362 fans), tiene un punto friki.


El wall

SÍ. Cada usuario tiene un «wall» o «muro» donde puede colgar fotos, videos y recibir mensajes de sus amigos que puede leer todo el mundo, o no, dependiendo del nivel de privacidad que determine el propio usuario.

NO. No hay que pasarse. Es patético el usar el wall de los demás como escaparate de tu vida. Hay gente que tiene conversaciones en los walls intencionadamente y con el único propósito de que lo vea un ligue, un familiar, o una ex amiga, etc. Hay cosas que deben mandarse por mensaje privado y punto. También se da el caso de personas que ponen comentarios en los walls de gente conocida o gente «cool», para que todos los demás piensen que son sus amigos. Yo lo llamo «wall spamming». Si eres víctima de esta práctica, no tienes más que darle a «delete» o «borrar» y quitar los comentarios que sobran. Un consejo amistoso: no te fíes de las personas que tienen los walls en modo «no visible», o que los borran a menudo, casi siempre esconden algo.

Álbumes de fotos

SÍ. Uno de los puntos más atractivos de Facebook es el poder compartir fotos con amigos. Cada usuario puede colgar fotos en un apartado de álbumes en su perfil. Estas fotos las podrá ver quien determine el usuario. Existen «settings» de privacidad para que las fotos personales las vean sólo determinadas personas, tus amigos, los amigos de amigos... o todos los usuarios de Facebook si es así como lo quieres.

Las fotos son muy delicadas ya que estás abriendo tu vida e invitando a la gente a diseccionarlas. Te importe o no, tienes que saber que no se pasará por alto ningún detalle, desde el reloj que usas, hasta el coche que conduces, pasando por la gente que frecuentas. A los ojos de los demás, las fotos que cuelgues definirán tu estilo de vida, te guste o no. Hay varios tipos de perfiles, los de los viajeros: fotos del viaje de mochileros por la India, de buceo en el Mar Rojo, de fin de año en Cabo Verde. Los familiares: fotos de los cumpleaños de los hijos, del primer día de colegio, la cena de navidad etc. La persona ultra sociable: montería, cacería, viaje a la finca de Mallorca, despedida de solteros en Ibiza, navidades en Baqueira.

NO. La persona «wannabe»: fotos casi diarias de su grupo de amigos compuesto de dos personas, más él, o ella, de juerga, copa y cigarillo en mano, con fecha del día y nombre del club. «Lunes 13/02 Buddha, jueves 16/02 Nells, viernes 17/02 Gabana, sábado 16/02 Pacha». Por supuesto que todas las fotos serán debidamente tageadas (llevarán el nombre de las personas identificándolas)... especialmente la gente que se ve en el fondo y de casualidad, con la finalidad de integrarse en un grupo «cool» que realmente no es el suyo. Además tageará a otros amigos que no estaban presentes, para que las fotos aparezcan en los walls de todo el mundo. También aparecerá una larga lista de comentarios entre dos personas debajo de las fotos, donde hablarán de dicha noche y se usarán las palabras «crack» «gordi» y «genio».

La traducción literal de Facebook lo dice todo: «libro de caras». Si tu rostro está entre ellas, lo primero que tienes que saber hacer es, precisamente, «dar la cara». Así que pon una foto de «profile» verdadera y empieza tu aventura online. Un último consejo: Facebook es un arma de doble filo. Los más listos lo usan en su justa medida. Hay que enseñar lo suficiente y esconder lo necesario. Como la vida misma pero en versión virtual.

Ana Ureña para Abc.


En la campaña de Obama triunfó la comunidad

En la campaña de Obama triunfó la comunidad

Rahaf Harfoush, voluntaria de la campaña de comunicación ’online’ del ahora presidende de EE UU, explica la claves de su elección


"La campaña de Barack Obama fue innovadora de principio a fin. No sólo por el uso de los medios sociales en Internet sino por la capacidad que éstos tienen para conectar a la gente entre sí. La tecnología cambia nuestro comportamiento, pero sobre todo fortalece las relaciones", asegura Rahaf Harfoush. Esta joven siria de 25 años lo dejó todo para vivir "la mayor experiencia de mi vida" durante los meses que duró la campaña del candidato demócrata a la Casa Blanca y hoy presidente de EE UU. Afincada en Toronto, Harfoush llevaba a cabo un estudio sobre el impacto de las redes sociales entre los jóvenes cuando fue "fichada" para coordinar a los voluntarios en Internet desde el cuartel general del candidato en Chicago. "Éramos entre 30 y 60 personas, según la época. Éramos una mezcla de profesionales y voluntarios. Unos venían por dos semanas. Otros nos quedamos tres meses. Lo que más me sigue sorprendiendo es que tanta gente como yo fuera capaz de dejarlo todo (casa, trabajo...) para vivir esta situación".

Harfoush ha inaugurado este lunes la undécima edición del Bdigital Global Congress, que se celebra en el auditorio de CaixaForum de Barcelona hasta el próximo jueves. La joven ha desglosado las claves del éxito de una campaña que sólo por sus cifras abruma. Por ejemplo a nivel recaudatorio, donde se primaron las pequeñas donaciones. "Unas 24 horas después del discurso del cambio de Obama conseguimos 150 millones de dólares, el 67% exclusivamente por Internet. Y los cuatro últimos días de campaña recibimos tres millones de llamadas telefónicas con las que captamos otros 30 millones de dólares", dice. En total Barack Obama obtuvo 750 millones frente a los 350 de John McCain, el candidato republicano. En su opinión, "la gente se dio cuenta de que lo importante no era la cantidad enviada sino participar, formar parte de la comunidad". Para ello realizaron un uso masivo del correo electrónico. "Enviamos más de mil millones, pero todos hiper segmentizados por el Estado de residencia, código postal, eventos en los que había participado" el receptor de cada mensaje. Todo sin forzar la máquina, es decir, "evitando que la gente se sintiera obligada. El objetivo es que poco a poco ellos se fueran implicando cada vez más". Al final, asegura, la gente se sentía "socio de Obama y estaba convencida de que los mensajes que recibía con su firma se los había mandado realmente él".

De las diferencias entre los medios online y offline, Harfoush considera que, pese a que el mensaje era el mismo en ambos lados, "las redes sociales nos permitían llegar mucho más rápido a la audiencia que los medios locales y tradicionales". Harfoush destaca entre todas las herramientas que pusieron al alcance de la comunidad una aplicación para el iPhone que "convertía a cada teléfono en una oficina de campaña, con toda la información disponible a un clic de ratón y conectada en tiempo real con los cuarteles generales". También un algoritmo que permitía conocer el nivel de actividad de cada participante (número de llamadas realizadas, posts colgados en los blogs, asistencia a eventos, donaciones...) . "A los más activos les dábamos puntos que les permitían acudir a charlas donde estaba Obama".

Finalmente Harfoush asegura que en lugar de perseguir a los que usaban sus contenidos, "aceptamos las interpretaciones de la gente sobre la marca que habíamos creado", fueran grafitos, pósteres o vídeos con los discursos musicalizados de Barack. Yes We Can, el vídeo más famoso de todos y en el que hasta cantó la actriz Scarlett Johansson, recibió 27 millones de visitas en YouTube.

El País

La burbuja más grande del mundo

La burbuja más grande del mundo

En Londres, los ejecutivos pierden dinero mientras las bacterias se agolpan en restaurantes de lujo y se apaga el runrún de los ’aston martins’. La otrora orgullosa capital financiera yace en la ansiedad


De las muchas jóvenes promesas de la gastronomía mundial que han rendido culto en el templo de El Bulli ninguno se ha contagiado más del espíritu del gran maestro, Ferran Adrià, que el inglés Heston Blumenthal. Por su invención, por su osadía, por su rigor, Adrià ha identificado a Blumenthal como su discípulo más amado. La fe de Adrià se ha visto justificada por la designación del restaurante de Blumenthal, The Fat Duck, como el segundo del ranking global después de El Bulli.

The Fat Duck se convirtió en un símbolo de la opulencia y ambición de Londres, la capital financiera y cultural del mundo durante la última década, la expresión más dinámica, optimista y derrochadora de un boom de bienestar planetario que nos imaginábamos, en los países ricos, eterno. Los viejos y nuevos multimillonarios de la Tierra se instalaban en Londres, y, saciada su necesidad de ferraris y bentleys, y de hogares caros en los barrios de Mayfair y Belgrade, tiraban fortunas en champán, y potaje de caracol con jamón de jabugo, y nitrohelado de beicon y huevo, en el restaurante más rabiosamente de moda en la breve, pero espectacular, historia culinaria de las islas Británicas.

Del mismo modo que Londres simbolizó la llamada "exuberancia irracional" de los primeros ocho años del siglo XXI, su lamentable estado de salud actual, demostrado en que Gran Bretaña ha sido identificado por el Fondo Monetario Internacional como el país avanzado con peores perspectivas económicas, refleja de manera tristemente apropiada la crisis que asuela a la totalidad del planeta -tan apropiada, que fue el lugar elegido por el G-20 en su última reunión dedicada a buscar cómo resucitar la economía mundial-.

The Fat Duck ofrece a su vez una metáfora especialmente brutal de la enfermedad que ha devorado a Londres. En enero, clientes del restaurante empezaron a acusar síntomas de malestar estomacal, vómitos y diarrea. El mes pasado, la cifra de comensales que cayeron enfermos, aparentemente debido a un virus, superó los 500. Y Blumenthal se vio obligado a cerrar sus puertas.

Hoy las puertas se están cerrando en todo Londres; las de los restaurantes, las de las tiendas, las de los puestos de trabajo y las de la ilusión. Si el verano pasado la frase que definía a los londinenses era "viva la vida", la palabra que los define hoy es "ansiedad". La mayor concentración de ansiedad se encuentra en el sector financiero de Londres, la fuente de la riqueza de la ciudad, el motor que generó infinidad de puestos de trabajo para abogados, auditores, publicistas, inmobiliarias y cocineros, y donde se ganó dinero grotescamente, inflado a base de comisiones extravagantes y riesgos irresponsables. Jóvenes de 25 años recién entrados en compañías de inversiones se compraban Aston Martins o casas valoradas en dos millones de libras (2,6 millones de euros hace seis meses, un cuarto menos hoy) porque, por encima de sus sueldos de 65.000 libras, acumulaban primas anuales de 200.000. Un veterano de 35 o 40 que ocupaba un puesto ejecutivo medio tenía un sueldo fijo de 200.000, pero con frecuencia cosechaba bonus de cinco millones. Cuanto más dinero (de otras personas) arriesgaban, más ganaban. Ese dinero fluía por toda la ciudad. La excepción, no la regla, fue vivir en una casa valorada en un millón de libras, lo cual creó un clima de confianza tal, que se repartieron hipotecas como pintas de cerveza en un pub. Todo el mundo se imaginó rico y gastó como si lo fuera.

Román Zurutuza, un gestor de inversiones español que lleva 10 años en Londres, explicó que el error de muchos banqueros fue no limitarse a sus sueldos para cubrir los gastos básicos, como el coche, el teléfono, los colegios de los niños. "Soñaban que las primas eran una garantía de por vida y gastaban y se endeudaban en función de esa suposición. La especie humana suele extrapolar tendencias actuales al infinito. Y esa tendencia, esa debilidad psicológica, es lo que nos ha llevado al lío en el que estamos. Y Londres es el lugar del mundo donde tal tendencia se ha visto en su máxima expresión".

Y ahora, el brusco despertar. Robert Taylor, director general estadounidense del banco privado Kleinwort Benson, huele miedo en la ciudad a la que se mudó hace 15 años. "Era el centro del universo cuando llegué, el lugar donde estaba la acción y todo era posible", dice. "Hoy, la gente emite suspiros de alivio cuando ve que su nombre no figura en la lista de los que van a despedir, pero esa misma gente no deja de temer que el día siguiente la suerte le abandone. En el mejor de los casos, los sueños de futuro se han encogido. Las primas se han quedado en nada, mucha gente hasta hace poco rica no puede pagar sus hipotecas, los proyectos de tantos de retirarse y vivir en una casa en la costa española se han esfumado".

La oficina de Taylor se encuentra en Canary Wharf, una concentración de edificios altos de cristal al lado del Támesis, construidos durante los últimos 20 años para acomodarse a las necesidades del mundo financiero. En este periodo, el número de bancos internacionales en Londres ascendió de 73 a 479. Nueva York no se quedó atrás en cuanto a ganancias; pero, en cuanto a alcance y perspectiva global, Wall Street no competía. Por su situación geográfica, a mitad de camino entre Estados Unidos y Asia, por el idioma, por un sistema legal ameno para los negocios, por una tradición milenaria como centro comercial, Londres se convirtió en el gran imán del talento financiero mundial.

Y con el dinero vinieron el arte, la moda, la música, la arquitectura. Norman Foster y Richard Rogers, los dos grandes arquitectos ingleses contemporáneos, recibían cheques en blanco para cambiar de manera dramática la topografía de la ciudad. El mini-Manhattan de Canary Wharf, antigua zona portuaria abandonada hasta principios de los noventa, es el ejemplo más visible de esta costosísima transformación, inimaginable en cualquier otra antigua metrópoli europea. Pero hoy Canary Wharf tiene un aspecto casi sepulcral. Los altos edificios, como el de Citigroup, están semivacíos tras las masacres de despidos de los últimos meses; y se ve menos gente a mediodía en las amplias calles peatonales de la zona de la que antes deambulaba en plena noche por la misma zona. Las colas de taxis, que antes entraban y recogían pasajeros apenas sin parar, llegan ahora a sumar hasta 200 metros de longitud a la hora de la comida. (Media docena de taxistas consultados en Londres dijeron que su trabajo había bajado al menos un 30% desde hace un año).

Una analista estadounidense de uno de los grandes bancos de Canary Wharf comentó, irónica, en la cafetería Carluccio’s que los pocos clientes sentados a nuestro alrededor eran o banqueros todavía empleados con poco que hacer, o banqueros desempleados preparando entrevistas para puestos peor pagados. La analista mencionada añadió que de las ocho personas que había en su sección hace seis meses sólo quedaba ella. Incierta en cuanto a sus posibilidades, y las de su marido, para seguir trabajando, dijo que estaba pensando seguir el ejemplo de muchos extranjeros (sean estos ejecutivos o electricistas polacos) atraídos en los últimos años por la bonanza londinense: venderlo todo y mudarse con sus hijos a un país más barato y menos estresante. O, en el peor de los casos, irse a vivir con sus padres. La duda inmediata que tiene sobre la mesa es si sacar a los niños de sus colegios privados, preocupación inimaginable hace apenas seis meses que asuela hoy a muchos londinenses. Como explicaba Román Zurutuza, la inflación de la burbuja ha sido tal, que le cuesta más la guardería de su hija de cinco años que lo que pagaría por un master de dirección de empresas en el IESE.

Si Carluccio’s tenía un ambiente depresivo, este local vibra de energía positiva comparado con Sumosan, un restaurante asiático en el barrio más rico del centro de Londres, Mayfair, elegido por un banquero extranjero para comer. Hace un año, decía el banquero, había que pelear para conseguir mesa. En esta ocasión, el 90% por ciento estaban vacías. El banquero dijo que no le sorprendía, en un contexto en el que mucha gente anteriormente rica sobre el papel se había quedado sin nada. "Conozco a varias personas que habían invertido los ahorros de su vida a lo largo de 15 años. Y ahora ese dinero vale el 20%, el 10% o el 0% de lo que valía el año pasado. Hay casos así por un tubo". "Como también hay casos abundantes", señalaba el banquero, basándose en datos publicados en la prensa británica, "de divorcios provocados por la crisis económica, particularmente en matrimonios en los que el marido operaba en el mundo financiero y había depositado toda su confianza en ganar dinero como un futbolista de la Premier League, o más, toda su vida. Y ’esto no es para lo que yo había firmado’, es lo que están diciendo muchas esposas de banqueros. Se habían acostumbrado a una vida de lujo tremendo. Ven que eso se acabó, y se van".

El divorcio entre el sector financiero y el resto de la capital, o la ruptura del cordón umbilical que los unía, implica que Londres se queda sin lo que sus habitantes llaman the lifeblood, la sangre de la vida. No hay más que darse una vuelta por Mayfair, un barrio del que podía suponerse que iba a aguantar la embestida de la crisis mejor que otros. En la calle de Piccadilly, donde se ven carteles que anuncian liquidaciones, trabajadores de la venerable marca de porcelana Wedgwood estaban desalojando su más emblemática tienda. La Princes Arcade, un paseo peatonal de tiendas de lujo a 100 metros de Piccadilly Circus -el centro geográfico de la ciudad-, da pena: la mitad de sus 20 tiendas han cerrado. En la elegante Saint James’ Street, a cinco minutos a pie del palacio de Buckingham, un lujoso bar y restaurante llamado Just James ofrece algo desconocido hasta hace muy poco, pero común de repente en toda la ciudad: un menú de almuerzo barato, en este caso, dos platos por 8,95 libras (10 euros).

El mismo ambiente apagado, las mismas escenas se ven en barrios de clase media como Shepherd’s Bush, donde la mitad de los restaurantes que había hace un año han dejado de existir. Un guionista de cine que vive allá, Henry Fitzherbert, acaba de constatar que incluso el mercado laboral de las canguros para niños ha sido diezmado. "Hace un año pusimos un anuncio y en tres días respondieron veinte", recuerda Fitzherbert. "Esta semana hicimos lo mismo y respondieron 90 en 24 horas, algunas de ellas con títulos universitarios de posgrado".

Cualquier persona con la que se hable en Londres conoce a gente que nadaba en la abundancia y que, de la noche a la mañana, ha caído en la desesperación. Entre otros, Fitzherbert menciona el caso de una pareja con casa en el acomodado barrio de Richmond. "Ella estudió en Cambridge, él, en Oxford. Hasta diciembre, ella trabajaba en un alto puesto de la BBC, él, en un banco. Los dos se han quedado sin trabajo y no saben qué hacer o por dónde buscar. Es muy duro. Los que todavía tenemos ingresos damos gracias cada día".

Y hay otro problema de fondo que quizá explique en parte los disturbios que se registraron en Londres como respuesta a la reunión de los líderes del G-20, y que da motivos para pensar. La analista entrevistada en Carluccio’s cree que el conflicto social va a incrementarse. Las enormes ganancias del sector más rico de la ciudad han producido grandes recaudaciones tributarias, pero el dinero de las arcas del Estado se verá drásticamente reducido, lo cual dificultará la tarea de seguir cuidando las necesidades de los que no trabajan, los que habitan las periferias más pobres de las ciudades del Reino Unido.

¿Renacerá Londres? ¿Volverá a ser la capital más potente de Europa, o incluso del mundo? ¿Recuperará las glorias de la época prevomitiva del Fat Duck? La media docena de banqueros o de hombres del mundo financiero entrevistados para este reportaje opinaban que en unos años, sí. Que había demasiado talento, energía y experiencia acumulada en la ciudad para pensar otra cosa. Algunos decían que incluso ya veían luz al final del túnel. Se trata de gente claramente muy capaz, con lo cual existe la tentación de creerla. Pero, como decía un columnista de The Observer hace poco, las previsiones económicas hechas por los expertos a lo largo de los últimos años las podría haber hecho con igual acierto una familia de chimpancés: así que, lo que no está del todo claro es si esa luz emana del sol o de una locomotora de tren acercándose en dirección opuesta a gran velocidad.

John Carlin en El País.

Le Carré ante el fin de una era

Le Carré ante el fin de una era

El autor británico vive al sur de Inglaterra, aislado y a la vez pendiente de todo lo que acontece en un mundo dominado por el miedo y una crisis "tan drástica e irreversible como la caída del muro de Berlín". El hombre más buscado es su nueva novela.

"No paro de decirles a mis nietos que tienen mucha suerte de estar vivos en un momento como éste. Es radical y revolucionario"


La vida y la obra de John Le Carré giran en torno a un gran tema: la lucha de un hombre por permanecer moral en un mundo amoral. Y como ocurre con Albert Camus o George Orwell, la mezcla de talento con una visión política del mundo, la unión del compromiso y la experiencia, han producido una literatura gigantesca, pero también un referente moral más allá de las letras. Basta con pasar la primera media hora con él en su casa de Cornualles para darse cuenta de que Le Carré, seudónimo de David Cornwell, está incluso por encima de su leyenda. Es un hombre sabio, generoso, divertido, afable, que mira la vida desde la constante preocupación por el otro. Vive aislado, a pocos kilómetros del Land’s End del suroeste de Inglaterra, el fin del mundo, en un lugar llamado Tregiffian, que quiere decir algo así como "un refugio junto al mar". Pero el aislamiento es sólo físico: está perfectamente informado, pregunta por Zapatero, Aznar y la situación en el País Vasco. Tiene el estudio lleno de novedades literarias, desde el Larsson, que todavía no ha leído, hasta McMafia, de Misha Glenny. Su último libro, El hombre más buscado, es buena prueba de ello. Es una gran novela sobre el mundo posterior al 11-S, ambientada en Hamburgo. Es un puro Le Carré: hay espías, muchos, de varios países y agencias; víctimas del sistema; inmigración ilegal, Chechenia; banqueros con las cuentas poco claras, héroes cansados que seguramente ni siquiera lo sean y, cómo no, personas que tratan de sobrevivir a todo esto sin vender su alma.

Le Carré (Poole, Dorset, 1931) concede a los visitantes todo el tiempo que necesiten. Tras cinco horas de encuentro, uno abandona Tregiffian con la certidumbre de haber conocido a uno de los hombres del siglo, de éste y del pasado, con la extraña sensación de que a veces, sólo a veces, la palabra, la literatura, tienen la fuerza y la estatura moral que queremos concederles.

PREGUNTA. La inmensa avaricia de las grandes corporaciones y de los bancos ha sido uno de los temas centrales de sus últimos libros, incluido El hombre más buscado.

¿Ha sido ésa la causa de la crisis que padecemos?

RESPUESTA. Es un sistema imposible de mantener... Hay grandes corporaciones cuyos presupuestos son superiores a los de algunos países, y tienen una influencia enorme. Una parte de la globalización consistía en dar a la industria y al comercio un gran poder. La idea era que podría haber un crecimiento ilimitado en un mundo ilimitado y que eso sería sostenible desde el punto de vista ecológico y financiero. Traería lo que mucha gente creía que era prosperidad y felicidad. Allí donde he viajado del mundo en desarrollo, he visto que los efectos de la globalización no eran precisamente ni la felicidad ni la prosperidad universal.

P. Pero supongo que nunca intuyó que contemplaría el final del sistema bancario tal y como lo conocemos.

R. Es casi como un movimiento popular. Y es tan drástico y tan irreversible como la caída del muro de Berlín. No paro de decirles a mis nietos que tienen mucha suerte de estar vivos en un momento como éste. Creo que es mucho más que la revisión de la historia económica. Esto es radical y revolucionario. Y es muy posible que los resultados sean positivos. En los últimos años, he tratado de escribir sobre cuáles fueron las disciplinas que han reemplazado a las que nos fueron impuestas durante la guerra contra el comunismo. Hubo un vacío, necesitábamos un nuevo enemigo, lo encontramos en el islam, necesitábamos una nueva excusa. Puede ser que estemos ante un momento revisionista, no creo que todos nos convirtamos en socialistas de la noche a la mañana, pero sí que se inventará una nueva forma de respeto mutuo.

P. ¿Y no cree que en cierta medida el socialismo está regresando?

R. Ha vuelto la era de los Gobiernos fuertes. Durante muchos años el Gobierno era el enemigo, en la época del capitalismo ilimitado, en la era de Bush. Se ha demostrado que eso era un tremendo error. El futuro es imposible de prever, puede funcionar o puede que no. Pero no creo que sea un futuro negro. Puede ser, insisto, en mi país, positivo. En mi caso, la literatura me ha convertido en un hombre rico, pero la distancia entre los ricos y los pobres es terrible y en este momento estamos divididos entre los que están afectados por la recesión y aquellos que simplemente la observan. Pero el acto final de todo esto será mucho más igualitario.

P. Otro de los temas centrales de su último libro es la inmigración y la integración de las minorías musulmanas en Europa. ¿Es uno de los mayores problemas a los que nos enfrentamos?

R. En los británicos hay dos almas: aquellos que creen que nuestro pasado imperial nos ha hecho responsables de la inmigración y que, como explotamos sus países, ellos pueden venir aquí. Pero está la otra rama, nacionalista e insular, que es totalmente extraña a aceptar a otra gente. Pero ahora uno de cada cinco ciudadanos británicos es de raza mixta, lo que quiere decir que algo está pasando. Quizá hacen falta más generaciones. La experiencia de Rushdie y la declaración de una guerra cultural contra el islam ayudaron a esta polarización. Tras el 11-S no era seguro tener un tipo de piel en áreas urbanas y toda la retórica fácil sobre el islam ayudó a demonizar a esta gente. Lo que más me preocupa de la reacción tras el 11-S, y creo que es la ansiedad que he expresado en El hombre más buscado, es lo que eso nos hace a nosotros, mucho más de lo que les hace a ellos. Nos hace peores. Nos olvidamos de lo cerca que estamos en las sociedades occidentales de la tortura: la practicamos, a escondidas, o invitamos a otra gente a hacerla por nosotros. Haber organizado Guantánamo, tener cerca de 27.000 prisioneros secretos, porque Guantánamo sólo es la punta del iceberg, el efecto es tan degradante hacia nuestras propias normas de comportamiento que no puedo pensar que no vaya a tener repercusiones sobre nosotros.

P. ¿Cree que Barack Obama va a ser capaz de arreglarlo?

R. Los que protestamos contra Guantánamo, contra la violación del hábeas corpus y de los derechos humanos pensamos que Obama sería capaz de parar todo esto. Tenemos que esperar y ver hasta qué punto este Gobierno es liberal en la realidad, hasta qué punto se puede permitir serlo porque su primera preocupación es la economía. Tiene que seleccionar prioridades. No puede luchar contra todo a la vez.

P. La guerra fría estuvo marcada por la paranoia, pero el mundo posterior al 11-S también. ¿Qué periodo es peor?

R. Eso es lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos. Ha vuelto, nos hemos vuelto a encarcelar a nosotros mismos. Es como si tuviésemos que alimentar un apetito, una adicción a la paranoia. Hemos olvidado que durante la guerra fría éramos constantemente conscientes de la amenaza nuclear, pasamos por crisis como el muro de Berlín o los misiles en Cuba, y siempre pensamos que estábamos a un paso de la destrucción nuclear. No sé si tenemos más miedo ahora o entonces, porque ahora nos dicen que tengamos miedo.

P. ¿Entonces cree usted que es un miedo fomentado desde el poder?

R. Estuve entre los muchos británicos que estaban en contra de la guerra de Irak y entre los que habían votado a Blair y se avergonzaban de haberlo hecho. Supongo que recordará cómo durante una alarma en el aeropuerto de Heathrow rodearon la zona con tanques, era una forma de decir que tengamos miedo. Es verdad que padecimos el terrible 7-J y ustedes el todavía peor 11-M y que esas cosas ocurren, y nos ocurrieron una y otra vez en los tiempos del IRA. Pero en esa época nunca alcanzamos este grado de paranoia y nos decíamos a nosotros mismos: éste es el precio que pagamos por ser una sociedad libre, y nuestra principal defensa ante estos ataques es ser una sociedad abierta y democrática, atractiva para los demás, la mejor que podamos. La consecuencia del caso Rushdie fue que podíamos acabar con toda la tolerancia hacia el islam. Era muy fácil en esos tiempos ser un héroe cultural si te sumabas a la cruzada contra el islam, y usted lo sabe mejor que yo viviendo en un país católico, hasta qué punto Aznar tenía motivos religiosos. Y eso da mucho miedo: que Bush y Blair fuesen en el fondo tan cristianos, y no me refiero a la religión. Si vas a Dios para justificar tus acciones, eso no es fe... Se está reproduciendo el esquema de la guerra fría: la gente inventa enemigos a la medida de su imaginación, es una guerra entre fantasmas. De acuerdo, hay unos cuantos miles de personas que forman Al Qaeda y hay una parte de la sociedad islámica que les apoya, es verdad, eso es la realidad, pero imaginar que Amaniyedad es Hitler...

P. ¿Y otro fantasma de la guerra fría no cree que es el poder que está alcanzando el antiguo KGB en Rusia?

P. No podemos pensar que por un lado está el Kremlin, por otro el nuevo KGB, por otro el crimen y por otro los oligarcas. Todo forma parte de la misma pieza. Sería imposible distinguir el crimen de la riqueza soviética, a los oligarcas de la Mafia. Tenemos que ver a Putin como el oligarca en jefe y como alguien que quiere acumular tanta riqueza y poder como sea posible para controlar Rusia desde cualquier posición, ése es el punto de partida en el que está. Creo que acumula poder para el futuro. Y cuando elimina a oligarcas como Jodorkovski, son realmente guerras entre facciones del poder.

P. ¿Está usted trabajando ahora en algo relacionado con los oligarcas?

R. Bueno, interpretan un papel. Estoy escribiendo una novela y aparecen en un rincón.

P. Creo que si hay un gran tema en sus 21 libros, es que relatan la historia de hombres morales que tratan de sobrevivir en un mundo inmoral. ¿Está de acuerdo?

P. Sí, es así, y además tiene que ver con lo que estoy escribiendo ahora mismo. No es suficiente, además hay que organizar una trama; pero creo que es el momento en que los lectores se identifican con la historia porque la mayoría de la gente quiere tomar el camino decente. Y el problema es cómo tomar la opción decente en una situación compleja. Naturalmente, el patriotismo y la idea del patriotismo son muy cuestionables para cualquier persona porque están muy cerca del racismo. La opción decente es algo que también marca mi propia vida. En primera instancia sobre qué hacer con mi padre cuando me di cuenta de que era un estafador. ¿Qué hacía? ¿Avisar a la gente de que no tratase con él? Mi solución fue escapar a Suiza a los 16 años. Y luego entré muy rápidamente en la experiencia de la guerra fría. Me empezaron a decir desde muy joven: "Éste es un trabajo sucio, David, pero alguien tiene que hacerlo, y porque hacemos el trabajo sucio somos héroes". Ésa es otra asunción muy peligrosa. Detesto que midamos la fuerza de un país por la fuerza de sus servicios secretos, es totalmente antidemocrático.

P. He visto que tenía en su despacho Legado de cenizas,

el libro de Tim Weiner en el que afirma que todo lo que hizo la CIA fue un tremendo desastre. ¿Está de acuerdo con él?

R. Es un libro muy bueno y muy útil, fracasaron en muchas de las cosas que hicieron y nosotros también la fastidiamos en la mayoría de las cosas que hacemos. El problema es que el acierto ocasional lo justifica todo, como en el periodismo. Hay cuestiones que analiza muy bien. Por ejemplo, en mi país no podemos organizar de manera eficaz un servicio de salud, los bancos están hechos pedazos, mi Gobierno no sabe si es de izquierdas o de derechas, nuestra policía está corrupta. ¿Por qué tengo que creer que nuestro servicio secreto es brillante, cómo puede existir este Rolls Royce en ese mundo tan caótico?

P. Y hubo momentos surrealistas durante la guerra fría, como que el amigo íntimo de Angleton, el hombre más poderoso de la CIA, fuese Philby y ni siquiera se diese cuenta de que era un agente de Moscú. Supongo que si usted pone algo así en una de sus novelas, nadie le hubiese creído.

R. Lo sé, es totalmente delirante. Angleton se volvió loco después y fue el mayor creador de teorías de la conspiración. Cuando estaba en el servicio secreto, su gente venía constantemente a Inglaterra para decirnos que cada parte de nuestra Administración estaba horadada por los comunistas y fastidiaron muchas operaciones. La atmósfera creada por el macartismo en Estados Unidos tuvo unas enormes consecuencias sobre nosotros. E incluso, más que la guerra contra el terror, nos puso en una posición de estás con nosotros o contra nosotros. Existen ecos muy curiosos entre el macartismo y la guerra contra el terror. Lo que sí es cierto es que (y se ríe) Moscú tenía muy buenos espías... Acertó, pero por las razones equivocadas.

P. ¿Y ve el servicio secreto, el mundo de los espías, en su literatura como un gran teatro del mundo, como una metáfora de la vida?

R. Creo que hay universalidad en esas organizaciones, intento que el mundo secreto hable por el mundo que no es secreto, hace que los problemas sean más interesantes y más visibles para la gente. Puedo contar una historia de amor siempre que alguno de los dos sea un espía.

P. Uno de los momentos que mejor definen sus novelas es cuando a Smiley le dicen que ha ganado y él responde con infinita tristeza: "¿Sí? Seguramente

...". ¿Tuvo esa impresión cuando terminó la guerra fría?

R. Smiley sabía que había utilizado los métodos del absolutismo para derrotar a Karla y sintió que había sacrificado su propia humanidad, que se había traicionado a sí mismo. No fui capaz de celebrar con intensidad el final de la guerra fría. Naturalmente fue maravilloso que el comunismo se acabase, pero no tenía muy buenas corazonadas sobre el futuro. El comunismo se destruyó a sí mismo, no a causa de los espías, sino por la imposibilidad de gobernar una sociedad cerrada en un mundo que se estaba abriendo a gran velocidad. Pero ahora no tenemos la más mínima idea de cómo controlar el capitalismo.

P. ¿Y no tiene la tentación de volver a escribir sobre aquellos viejos tiempos, aunque sólo sea para que sus nietos lleguen a entender cómo fue todo aquel mundo?

R. Es la única cosa que me tienta para escribir una autobiografía. Vistos desde ahora, fueron unos tiempos completamente locos. Era una comedia de los hermanos Marx. ¿Ha leído En la corte del zar rojo, de Sebag Montifiore? Es un libro terrorífico sobre la vida bajo Stalin. Molotov estaba casado con una mujer de origen judío, que hablaba demasiado y que molestaba mucho a Stalin. Y un día no estaba allí: la había mandado a los campos. Toda la época en que Molotov fue ministro de Exteriores soviético su mujer estaba en Siberia y Krutchev, tras la conferencia del partido de 1956, trajo a esta anciana y se la devolvió a Molotov. Es increíble.

El hombre más buscado. John Le Carré. Traducción de Carlos Milla Soler. Plaza & Janés. Barcelona, 2009. 416 páginas. 22,90 euros. www.johnlecarre.com

Guillermo Altares en Babelia.

Otra política (y II)

Otra política (y II)

Continuación de otro post anterior de hace mucho tiempo...

La función principal de la política es la producción y distribución de los bienes colectivos necesarios para el desarrollo de una sociedad, para lo que se requiere adoptar una serie de decisiones, en un tiempo limitado, con escasez de datos y recursos, en un medio extremadamente complejo que las nuevas condiciones sociales no parecen sino embarullar. El perfil que define la competencia profesional del político es una capacidad especial para tomar decisiones colectivas en situaciones de elevada complejidad. La política es un ámbito de innovación y no sólo de gestión. Y la creatividad tiene mucho que ver con el hallazgo de un lenguaje apropiado para hacerse cargo de lo nuevo. Aquí podríamos encontrar un nuevo eje para delimitar la izquierda de la derecha, un indicativo para reconocer el progreso frente a la tradición. Lo innovador es la capacidad de descubrir problemas, nombrarlos y hacerles frente; lo conservador sería la seguridad indiscutible que oculta la dificultad y disimula las propias perplejidades. Es avanzada aquella política que recoge las preguntas incómodas que la pereza mental no quiere hacerse por miedo a tener que cuestionar sus cómodos esquemas, sus prácticas habituales y su falta de atención hacia las cosas que se mueven, La verdadera demarcación política es la que distingue a los que no encuentran más que motivos para confirmar cuanto sabían frente a los que son capaces de incertidumbre. Las nuevas situaciones recuerdan a la política que ante cada reforma ha de plantearse la pregunta de si está ante problemas que simplemente puede solucionar o si se trata de transformaciones históricas que exigen una nueva manera de pensar. La innovación procede siempre de que alguien se preguntó si lo hasta entonces dado por válido se ajustaba a las nuevas realidades. Quien sea capaz de concebir el cambio como oportunidad, verá cómo la erosión de algunos conceptos tradicionales, de su rigidez y angostura, hace nuevamente posible la política.

La política consiste, fundamentalmente, en hacerse una idea del conjunto y compatibilizar en lo posible los elementos que están en juego. Para ello es necesario disponer de una visión general (o imaginársela, actuando un poco a ciegas, tentativamente, asumiendo riesgos, como suele ser el caso). Las circunstancias lo han puesto todo más complicado porque esta abarcabilidad es el recurso más escaso en una sociedad que se ha vuelto más opaca, en la que se ha multiplicado casi todo: los niveles de gobierno, los sujetos que intervienen en los procesos sociales, los escenarios sociales, las exigencias contradictorias (economía, política, cultura, seguridad, medio ambiente...), las materias que son objeto de decisión, los impactos de cada intervención. Aunque haya todavía quien encubre su perplejidad con retóricas simplificadoras, nuestros problemas no se solucionan buscando un culpable porque no se deben a la mala voluntad de unas elites conspirativas, a la maldad de la clase dominante o a la ignorancia culpable de quienes gobiernan. Todos los agentes colectivos padecen de una cortedad de vista. Muchos son los motivos que avalan la dificultad de conseguir un orden social inteligente e inteligible.

No es extraño que, estando así las cosas, la mayor aceleración social coincida con el menor interés por ensayar fórmulas innovadoras; cuando las cosas cambian demasiado, la gente no se mueve, huye de la experimentación. Precisamente una de las características más decepcionantes de nuestra práctica política es su estancamiento casi ritual, el temor a salirse de las fórmulas convencionales que han funcionado hasta ahora. De ahí su tendencia a la tecnocratización, el convencionalismo y la inmovilidad. Es llamativo que en el mismo mundo convivan la innovación en los ámbitos financieros, tecnológicos, científicos y culturales con una política inercial y marginalizada (Vallespín). El repliegue de la política frente al vigor de la economía o al pluralismo del ámbito cultural es un dato que merece ser tomado como un punto de partida de cualquier reflexión acerca de la función de la política en el momento actual.

Hasta la enumeración de los males es muy poco original. Hace ya tiempo que se insiste en llamar la atención sobre las dificultades que proceden de los límites de la política, los costes de la burocracia y la inestabilidad de la economía. En el mundo avanzado se da la paradoja de que el desarrollo de la ciencia y de la técnica producen una realidad social menos gobernable. Y quizá sea ésta una de las claves para entender lo que nos pasa. En otras sociedades la catástrofe ha sido algo ocasional; la desestabilización, una amenaza eventual y pasajera. En las sociedades contemporáneas los procesos adoptan configuraciones inestables e incluso caóticas. La democracia y el mercado son instituciones que viven en medio de las crisis y desequilibrios. Por eso la incertidumbre y la inestabilidad son características normales de los actuales procesos políticos, sociales y económicos. Y por eso mismo se debilitan los instrumentos clásicos del gobierno, que ya no sirven para una sociedad radicalmente desordenada e inordenable.

Las vías de solución más clarividentes apuntan hacia la conveniencia de pasar del ideal de un gobierno fuerte a lo que podría llamarse “un gobierno débil del cambio social”. Toda fórmula de gobierno fuerte (soberano, del centro hacia la periferia, de arriba hacia abajo, directo) es pretenciosa y poco realista. “Las potencias vinculadas al dinero y a la tecnología prevalecen y modifican el papel de la política. Si bien ello libera a las sociedades más desarrolladas de la pesadilla de tentaciones autoritarias y planificadoras del cambio, las deja también relativamente indefensas ante esas fuerzas que conjugan dinero, mercado global y tecnología” (Donolo). Pero en este concepto no desaparece la política; tan sólo se desvanece la posibilidad de confiarlo todo en el recurso a sus mecanismos tradicionales: control, protección homogeneizadora, domesticación social. La riqueza de un gobierno está en otra parte: en su capacidad de promover la cooperación, en su atención a criterios como la sostenibilidad y la compatibilidad. Por esta línea parece discurrir la posibilidad de dar con el sentido de la política en una sociedad en que se han multiplicado los procesos de autoorganización y fraccionamiento social.

Un mundo que está pidiendo ser interpretado nos exige contemplar la política de forma no convencional, abrir nuestra mirada a una realidad mucho más compleja. Para lo cual resulta útil el consejo de Hirschman de “abordar causas públicas con entusiasmo, pero son el arrebato y las expectativas milenaristas que garantizan el fracaso y la decepción generalizada”.

Si es verdad que estamos obligados a pensar de nuevo la función de la política en el siglo XXI, la primera tarea consiste en volver a pensar los lugares comunes, el concepto que nos hemos forjado del oficio político. La primera parte de este libro examina precisamente esas prestaciones básicas que esperamos de la política: su capacidad de tramitar posibilidades, oportunidades y compromisos, su función mediadora y de atención al bien común, la necesidad que tiene de limitarse a sí misma y generar una ética interna. En la segunda parte se inspeccionan algunos rasgos de la sociedad contemporánea que invitan a una transformación de la política. Determinadas modificaciones del pluralismo o la identidad, así como los cambios generados por las nuevas funciones de la opinión pública, por las dificultades planteadas en materia de seguridad o el tratamiento político de la naturaleza parecen estar exigiendo un replanteamiento de los tópicos habituales de la política. Esa nueva cultura política –tal es el tema del que trata la tercera parte del libro- supone una transformación en la manera de entender el estado y el gobierno, así como una nueva diferenciación ideológica entre la derecha y la izquierda que posibilita síntesis inéditas y altera no pocas de nuestras cómodas instalaciones. Es imposible hablar de política de manera imparcial, como un notario que registrara meramente lo que pasa, sin introducir valoraciones y juicios, que en estos asuntos adquieren siempre una cierta dimensión de adivinación del futuro. El tratamiento filosófico de los temas políticos no se sitúa al margen de esa parcialidad. Su contribución no consiste en hablar desde alguna posición privilegiada, sino en justificar y argumentar. La filosofía política tiene además una especial obligación de atender para entender lo que pasa. En un mundo que parece más complejo e incomprensible que los anteriores, comprender es un bien escaso. En otras épocas, interpretar la realidad era una pérdida de tiempo, una distracción de las exigencias de la praxis; ahora es un modo de actuar sobre la realidad, una verdadera actividad política que comienza desenmascarando aquellas formas de pseudoactividad cuya aceleración y firmeza se deben precisamente a que no se tiene ni idea de lo que pasa.

Daniel Innerarity en Introducción a La transformación de la política.

La Universidad gratis es posible: pagan los vagos

La Universidad gratis es posible: pagan los vagos

Los estudiantes tardan dos años más en acabar la carrera de lo que deberían, pero sólo abonan el 10% de lo que vale cada curso - Los expertos aconsejan combatir la alta permanencia, ajustar los precios y dar más becas - El gobierno busca un modelo más eficiente

Que lleguen todos los posibles, pero que no se eternicen allí más tiempo de la cuenta. Porque la querencia de miles de alumnos a las aulas universitarias hace que las cuentas no cuadren. Ellos no tienen la culpa. Es del sistema financiero en el que está basada la Universidad española, que se lo permite. Ni es eficiente ni está pensado para incentivar al estudio y al esfuerzo. La educación superior gratis para los que aprueben la carrera entera en primera matrícula, como planea el Gobierno, sirve de punto de partida para un debate más amplio sobre los cambios estructurales y financieros que necesita la Universidad española, no sólo para ser más eficiente, sino también más racional. La inminente puesta en marcha del espacio europeo de educación superior, que arranca oficialmente en 2010, contemplado en la declaración de Bolonia, es una oportunidad para revisar la situación.

Los expertos hablan de las diversas opciones que existen. Mientras unos son más partidarios de que paguen los vagos, encareciendo las segundas y terceras matrículas, otros advierten que esta medida tendría que ser muy estudiada y controlada. En lo que coinciden todos es en que no hay que olvidarse de que, ante cualquier revisión de precios o de exigencias académicas, hay que proteger debidamente a los pobres. Se echa de menos la puesta en marcha de una vez por todas de un potente sistema de becas.

Al entrar en el análisis de la situación se ve que un relevante tema es cómo influyen en el rendimiento de los alumnos la docencia y la evaluación de los profesores. Hay carreras (las técnicas, sobre todo) y universidades en las que incluso los estudiantes mejores suspenden y pierden la beca. La consecuencia es que se produce una selección natural, según la cual los que necesitan una beca para estudiar (los alumnos de familias con menos renta) descartan de partida las carreras con más índice de suspensos. El resultado: muchas profesiones no se mueven de estrato social.

El cambio del modelo de financiación para dar a los estudiantes que aprueben o incluso a otros, como los que trabajan o los que proceden de familias con pocos recursos, la posibilidad de estudiar gratis es perfectamente posible. Un sistema combinado de gratuidad por rendimiento, de ayudas a los que trabajan y de becas adaptadas a la situación de cada alumno (según la universidad, la carrera en la que esté, y la exigencia media que esté habiendo en ese centro).

Una de las opciones más claras la expone en un informe el economista, experto en financiación universitaria, Juan Hernández Armenteros, que es el autor de los diversos estudios La Universidad española en cifras en la Conferencia de Rectores. Hernández Armenteros ha realizado un estudio sobre la financiación de los centros públicos presenciales por comunidades autónomas entre 1996 y 2004, en el que concluye que la situación es poco racional e "ineficiente" y sugiere como solución precisamente un sistema de gratuidad según los resultados académicos.

Este economista llama a su propuesta "sistema de gratuidad en las enseñanzas universitarias de grado para un comportamiento académico responsable" y dice que supondría la reducción a medio plazo de las "elevadas tasas de ineficiencia que, salvo en la excepción de un destacado número de titulaciones de ciencias de la salud, se vienen dando en las universidades españolas, con lo que se mejoraría el nivel de gasto por estudiante".

Hernández Armenteros propone que para que el sistema sea más eficiente se premie el rendimiento académico devolviendo el dinero a los estudiantes que aprueben en la primera matrícula toda la carrera (que en la actualidad son el 10%) e ir encareciendo progresivamente a lo largo de varios cursos las segundas y terceras matrículas hasta que la segunda represente el 50% del coste real de los estudios y la tercera el 100%. En la actualidad, los alumnos pagan de media alrededor del 10% del coste real de sus estudios, la segunda matrícula les sale por un 30% más que la primera y la tercera y sucesivas por aproximadamente un 50% más.

Como referencia, si el sistema de gratuidad que plantea Hernández Armenteros se hubiera aplicado en las universidades de Andalucía en el curso 2005-2006, éstas hubieran facturado un 66% más de lo que obtuvieron. El cálculo en Andalucía (que agrupa el 20% del sistema universitario español y ofrece todo tipo de titulaciones) es extrapolable, según el autor de este informe, a toda España.

Cualquier reforma de la financiación del sistema debería ir acompañada, según los especialistas, de un refuerzo de la política de becas a medio plazo. Con dos objetivos: fomentar la movilidad (para que el lugar de residencia no sea un impedimento para estudiar una carrera) y compensar las desigualdades (que todo alumno que tenga una renta baja familiar o personal tenga una beca "compensatoria" que le permita vivir, similar al salario mínimo interprofesional).

España destina a becas sólo un tercio (el 0,08% del PIB) de lo que dan de media los países de la Unión Europea (0,24% del PIB) del PIB, según los últimos datos oficiales (de 2006). Este porcentaje puede haber aumentado en los últimos dos años a alrededor del 0,11%, lo que sigue estando muy alejado de la referencia europea.

La primera medida sería aumentar la cuantía de las llamadas becas compensatorias para que sean verdaderos salarios. Esta ayuda ahora representa unos 2.200 euros al curso, lo que impide a muchos alumnos mantenerse con ella. Para evitar este problema tendría que ser similar al salario mínimo interprofesional.

"Las dos medidas, la de incentivar el rendimiento y la modificación de los precios públicos, deben ir unidas a una importante revisión de las políticas de becas", considera otro de los principales expertos españoles en financiación universitaria, el catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Barcelona, Jorge Calero. "Es bueno que los usuarios sepan hasta qué punto está subvencionada su plaza, de su coste real, y esto ya se especifica en el impreso de matrícula de algunas universidades, como la de Barcelona. Como principio general está bien enfocado que se quiera incentivar la eficacia, pero también hay que tener en cuenta que no es indiferente cómo se haga", advierte Calero. "En un mundo ideal se dice que si se suben las matrículas para los que suspendan se cubrirá a los que lo necesiten porque tengan pocos recursos con becas, pero ya sabemos que el impulso de éstas está tardando en llegar, y no hay que olvidar que lo primero es preocuparse por la situación de los estudiantes sin recursos que puedan perder oportunidades de seguir la carrera".

El catedrático introduce más elementos de precaución. "Es verdad que con el sistema de encarecer las siguientes matrículas el sistema se ahorraría un montón, pero éste tendría que ser un proceso muy estudiado, con mucha cautela. Habría que estudiar a fondo, antes de poner en marcha un sistema de ese tipo, las situaciones particulares, saber qué tipo de estudiante puede estar afectado por esta medida".

Respecto al rendimiento, José Antonio Pérez -economista, gerente de la Universidad Politécnica de Valencia y economista que conoce bien estas cuestiones- apunta un interesante dato: "Se habla mucho del bajo rendimiento de los universitarios españoles, pero si se compara con los resultados de otros países de la OCDE es discutible que sea un problema diferencial de España respecto a los sistemas universitarios en conjunto. Es decir, es verdad que estamos en rendimiento peor que Reino Unido, Suecia, Noruega o Australia, que están entre los mejores, pero Alemania, Francia e Italia, por ejemplo, están peor que nosotros".

A este economista le parece "un buen mensaje" el de incentivar a los estudiantes con mejor rendimiento con la gratuidad de la matrícula. "La responsabilidad social y el esfuerzo es para todos, también para los estudiantes", argumenta. "Pero prácticamente en toda Europa los estudiantes pagan poco por sus matrículas, excepto en el Reino Unido, desde que Tony Blair subió las tasas a cerca de 2.000 libras [unos 2.200 euros]. Otra cosa es el ejemplo de Estados Unidos, donde tienen un sistema de ayudas brutal tanto para estudiar en una universidad pública como privada, pero claramente ligado al rendimiento".

José Antonio Pérez sí está a favor de que se suban las tasas. "Estoy totalmente de acuerdo con que haya incentivos por rendimiento, pero me inclino por un sistema en el que a la vez la gente sepa lo que cuesta de verdad su carrera, en que se suban las tasas, todas, pero complementado con un sistema de becas potentísimo. La gente que trabaja y estudia a la vez debería tener una beca-salario y tendría que haber amplios programas de ayudas a los estudiantes de ámbito estatal, autonómico y local".

¿Un precio alto de las matrículas no perjudicaría a los estudiantes de un entorno familiar y social de pocos recursos que no tienen los mismos referentes y apoyos culturales y sociales que otros jóvenes? Pérez es rotundo. "El que llega a la Universidad es porque quiere ir y ha pasado ya esa mili". Es cierto que donde más se pierden por el camino los estudiantes de estratos bajos es justo antes, en el Bachillerato y la FP.

También está de acuerdo con los incentivos al rendimiento otro experto en esta cuestión, el profesor del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad de Granada, José Sánchez Campillo. "Incentivar la eficacia y también hacer que la duración real de las carreras se aproxime a la teórica son importantes, pero ante cualquier reforma de este tipo no hay que perder de vista una cuestión: en los estudios sobre el acceso de los alumnos se ve que a determinados estudios más caros los que más acceden son los de las clases sociales medias y altas, y muchas de esas carreras (como las técnicas) son de las más caras. Es decir, la parte que paga el Estado por ellas es mucho mayor que en las titulaciones menos experimentales (las de humanidades, por ejemplo). Así, no se justificaría la ampliación de las subvenciones por rendimiento a esas clases sociales medias y altas".

Campillo detalla más el análisis. "Quien tiene que estudiar con una beca no elige carreras que sabe ya que son muy exigentes, sino otras en las que cree que puede no perder la beca. La realidad es que se produce un proceso de autoselección que se ve en los datos de acceso a las carreras: las clases humildes escogen carreras de ciclo corto o muy vinculadas al sector productivo que creen que pueden acabar con beca", es decir, con más fácil salida laboral. "Donde hay que impulsar la equidad, es logrando que más estudiantes sin recursos completen los estudios posobligatorios (Bachillerato y FP)", resalta este experto. La conclusión es la ya apuntada por otros. "Esto sólo hay manera de compensarlo, con una política de becas muy generosa en los niveles posobligatorios y en el acceso a la Universidad y habría que analizar si los requisitos académicos deben de seguir siendo globales para todo el país".

Aparte de las ayudas, otra de las cuestiones que puede mejorarse es la tasa de evaluación, es decir, la cantidad de alumnos matriculados que se presentan a examen. En la mayoría de las universidades no les corre convocatoria (la de junio y septiembre, o la de febrero en algunas materias cuatrimestrales). Las universidades tienen autonomía para decidir si corre convocatoria aunque no se presenten al examen. Tienen seis oportunidades para aprobar cada materia de la carrera, que serían dos por curso si les corriera automáticamente a los matriculados, se presenten o no.

Hernández Armenteros cuenta un ejemplo real. En la clase de introducción a la economía de la carrera de Turismo de la Universidad de Jaén se han matriculado este curso 130 estudiantes, se han presentado al examen 61, de los cuales han aprobado 47. Estas proporciones no son excepcionales, son habituales en numerosas materias y titulaciones. ¿Son razonables? Para la mayoría de los expertos, en absoluto. No sólo por cuestiones económicas. La cultura del esfuerzo también importa.

Susana Pérez de Pablos en El País.