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Los países ricos no escaparán a las consecuencias del fracaso de la Ronda de Doha
Intermón Oxfam asegura que la ruptura de las negociaciones incrementará la pobreza de los países en desarrollo
La Unión Europea y Estados Unidos se equivocan gravemente si piensan que la suspensión de las negociaciones en la Organización Mundial del Comercio (OMC) les dará ‘carta blanca’ en el comercio internacional, asegura Oxfam Internacional, Intermón Oxfam en España.
La preocupación y el malestar provocado por unas reglas comerciales injustas y las dañinas políticas de Estados Unidos y la UE, se intensificarán con la ruptura de las negociaciones de esta semana. "La Ronda de Doha ha abierto los ojos de muchas personas ante el hecho de que el comercio mundial puede ayudar a millones de campesinos y trabajadores rurales, pero las políticas comerciales de los países ricos están en su contra", asegura Gonzalo Fanjul, coordinador de investigaciones de Intermón Oxfam.
La Unión Europea y Estados Unidos se han desacreditado y está ampliamente reconocido que ellos son los que deben afrontar las reformas. Incluso si las negociaciones se congelan, sus subsidios agrícolas son vulnerables ante determinadas acciones legales como las que Brasil ya ha ganado contra los subsidios al algodón y al azúcar.
Los dos bloques económicos también enfrentarán una oposición creciente si tratan de obligar a los países en desarrollo a abrir sus mercados a través de acuerdos comerciales regionales y bilaterales. "La UE y Estados Unidos deben cambiar sus posiciones y empezar a hacer reformas significativas que promuevan el desarrollo", asegura Fanjul.
El contragolpe del fracaso
La suspensión indefinida de las negociaciones significa que las oportunidades de alcanzar un acuerdo a corto plazo son improbables, porque se acerca un periodo de elecciones en algunos países clave y porque el año que viene finaliza la autoridad para negociar acuerdos comerciales que el Congreso de Estados Unidos concedió a su gobierno.
"Se trata de un golpe muy duro para las personas pobres, como los productores de algodón, que no ganan lo suficiente para tener una vida digna. Si las negociaciones se alargan durante años, todo el sector algodonero de África occidental podría desaparecer", dice Fanjul.
Para Intermón Oxfam, la suspensión de la Ronda de Doha significará que:
+ Los países ricos seguirán llevándose el pastel más grande del comercio internacional.
+ Podrán mantener sus prácticas de dumping, dejando a los países más pequeños mínimas posibilidades de detenerlos, excepto ante los tribunales.
+ Negará a los países en desarrollo un mejor acceso a los mercados del Norte.
+ La UE y Estados Unidos volverán sus ojos a los acuerdos comerciales bilaterales para abrirse un camino en los mercados de los países en desarrollo.
La Ronda de Doha comenzó para corregir las reglas que permitían a los países ricos llevarse el 70% de los intercambios comerciales, valorados en 20 billones de dólares, mientras los países pobres y en desarrollo, que tienen el 81% de la población mundial, sólo obtienen el 30%. De hecho, África solo recibe el 2,6%.
"Estas negociaciones estaban pensadas para lograr un crecimiento económico en igualdad de condiciones para todos los países. Es una inversión a largo plazo para los intereses de todo el mundo, especialmente de Estados Unidos y la UE. Sin embargo, en los últimos cinco años, ambos se han comportado como si la Ronda de Doha fuera un sacrificio para ellos", afirma Fanjul.
Esta suspensión significa que la comunidad internacional puede haber perdido la única opción diplomática para lograr reformas, por medio de negociaciones, en la Farm Bill de Estados Unidos y en la Política Agraria Común (PAC) europea.
Aunque las opciones legales todavía son una posibilidad. Int
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EL PAÍS - Opinión - 27-07-2006
Pocas cosas reflejan mejor el cambio, lento pero imparable, que se ha producido en la escena política española estos últimos años que las visiones cambiantes de nuestra historia próxima que se han ido sucediendo en ella. Porque, aunque pueda sonar a boutade, nada hay más cierto que la afirmación de Michael Oakeshott de que la historia práctica es una reflexión sobre el presente. Es nuestra comprensión de éste la que determina la reconstrucción del pasado como un relato que justifique nuestras definiciones actuales.
La historia de nuestro pasado más próximo (la República y la Guerra Civil) se construyó durante los años de la transición y del primer periodo de gobierno del PSOE bajo un paradigma, propuesto ya desde 1956 por el Partido Comunista. El de que esa historia era, ante todo, un desastre colectivo que sólo servía como negativo para construir una nueva realidad política. No se trató de una amnesia generalizada, como se afirma hoy a pesar de su radical contradicción con hechos perfectamente constatables (un editorial de este diario del 18-7-2006 insiste incomprensiblemente en la tesis de la amnesia), sino, como lo describió Santos Juliá, de un muy consciente y deliberado asumir y echar al olvido el pasado próximo. Hanna Arendt, en La condición humana, subrayó el valor fundacional del perdón, algo sobre lo que precisamente se construyó nuestra democracia actual. Perdonar el pasado fue la única forma para tener un presente.
Es obvio que este paradigma ha caducado, pero las razones de ello deben buscarse en el presente, no en una supuesta recuperación de una memoria histórica que habría estado reprimida hasta hoy. Desde luego, ha colaborado a ello el intento de la derecha española durante los mandatos de Aznar de reescribir el pasado en clave sedicentemente "liberal", recuperando para esa supuesta tradición propia tanto a la Restauración como a figuras señeras como Manuel Azaña. Una reescritura radicalmente imposible, sobre todo porque Aznar (y la mayoría del PP) siempre ha estado en las antípodas de la tradición liberal española. También ha influido, cómo no, el intento de esa misma derecha de congelar la evolución de la democracia, haciendo de la Constitución de 1978 y del consenso que la produjo un fetiche mágico que podía blandirse como arma contra cualquier adversario político. Y también ha influido, cómo no, el descubrimiento de la izquierda de que podía utilizar la memoria como arma para deslegitimar a los gobiernos de la derecha, un arma con enorme potencia simbólica y, por tanto, gran efectividad. Y así, un PSOE que no había considerado necesario durante sus 14 años de gobierno condenar expresamente al franquismo, decidió que había llegado el momento de poner fin a la regla no escrita de no utilizar el pasado en las luchas políticas del presente.
Pero no basta con estos argumentos, puesto que han pasado ya los gobiernos de la derecha y, sin embargo, continúa más activa que nunca la política de la memoria. En parte, claro está, por el cambio generacional, pues los nietos de la guerra no pueden verla igual que los hijos. Pero creo que hay más, mucho más: estamos ante una recomposición política del presente, que se redefine entre otras cosas echando mano de una nueva historia. Y el nuevo paradigma es el de la escisión básica, una escisión a la vez binaria y excluyente. En el anterior paradigma (el del fracaso colectivo), la derecha e izquierda actuales estaban dotadas de la misma legitimidad democrática de origen. El nuevo (la derecha culpable de haber abortado violentamente la primera democracia patria) excluye en principio a la derecha, que sólo podría relegitimarse pidiendo perdón por el pasado. La escisión se proyecta en forma simplista y maniquea al pasado, manoseando de nuevo el mito de las "dos Españas". Da igual que la estampa sea o no correcta desde el punto de vista histórico-científico, pero la República se nos aparece ahora como un añorado
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Las emergencias alimentarias en África se han multiplicado por tres en los últimos 20 años
Un informe de Oxfam Internacional cita los conflictos como la principal causa de estas crisis
El número de emergencias alimentarias en el África Subsahariana se ha triplicado en los últimos 20 años, pasando de poco más de cinco emergencias anuales a mediados de la década de los 80, a las más de 20 que se producen ahora. El informe “Las causas del hambre: una perspectiva de la crisis alimentaria en África” que hizo público Oxfam Internacional (Intermón Oxfam en España) sitúa los conflictos como causa número uno de estas crisis, seguidos de muchos otros factores como la pobreza, la falta de inversión en el desarrollo agrícola, las reglas comerciales injustas y la incidencia del VIH-Sida y el cambio climático.
Las cifras hablan por sí solas: una de cada tres personas en África Subsahariana padece desnutrición, cifra que llega al 55 por ciento en el centro del continente. En el caso de un país como la República Democrática del Congo, con un conflicto que ya ha costado la vida a más de 3,5 millones de personas, la desnutrición afecta a 7 de cada 10 habitantes. En el norte de Uganda, donde la guerra dura ya 20 años, el 84% de la población depende de la ayuda humanitaria para sobrevivir.
El informe explica cómo los conflictos destruyen la actividad económica y las infraestructuras rurales, desvían la inversión a gastos militares e impiden que se cultiven los campos porque la población huye, es reclutada para la guerra o resulta herida o muerta. Por su parte, los altos niveles de extrema pobreza –que se ha duplicado en los últimos 20 años y afecta ahora a casi la mitad (46 por ciento) de la población– dificultan el que las personas puedan hacer frente a fenómenos como el VIH-Sida y a catástrofes naturales derivadas del cambio climático.
“Cuando se ven este tipo de datos, se tiende a pensar que estas crisis no tienen solución, pero sí la hay. Con la suficiente voluntad política por parte de los gobiernos implicados pueden tomarse medidas muy concretas para evitar que África siga sufriendo unas crisis que cada día son más graves y numerosas. Lo que no podemos hacer es cruzarnos de brazos y mirar hacia otro lado”, explica Irene Milleiro responsable de estudios sobre Acción Humanitaria en Intermón Oxfam.
En materia de conflictos, la Unión Africana, con el apoyo de los países ricos, debe abordar de una vez por todas los conflictos en África, invirtiendo en unas fuerzas de mantenimiento de la paz mejor dotadas, estableciendo un mayor control sobre el comercio de armas y una mayor vigilancia de la explotación de los recursos naturales que en muchos casos alimentan los conflictos.
Pan para hoy, hambre para mañana
Respecto a la reacción internacional a estas crisis alimentarias, el informe denuncia que, en general, la respuesta humanitaria sigue siendo pan para hoy y hambre para mañana, porque no aborda sus causas. El ejemplo es que mientras la ayuda humanitaria a África ha crecido de 946 millones de dólares en 1997 a 3.000 millones en 2003, la asistencia para la producción agrícola ha caído un 43% entre 1992 y 2002.
“Invertir en desarrollo para reducir la vulnerabilidad en especial de los pequeños propietarios, las comunidades dedicadas al pastoreo y las mujeres es esencial si queremos dejar de hablar del hambre en África”, añade Irene Milleiro.
La calidad de la ayuda de emergencia también tiene que mejorar porque, si no es adecuada, puede causar más daños que beneficios. En estos momentos el 79% de la ayuda alimentaria que se dona en las crisis viene de los países ricos. Esta ayuda suele tardar entre cuatro y cinco meses en llegar y los costes de transporte hacen que pueda salir hasta un 50% más cara que si
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Por ANTONIO GARRIGUES WALKER
| LA TERCERA DE ABC |
... La guerra de palabras en torno a los conceptos de nación, nacionalidad y autodeterminación ha llegado a sus cotas máximas y ha dado lugar a una dialéctica negativa y perversa...
QUE nadie se inquiete en exceso ni se deje invadir por el pesimismo. A pesar de los pesares y de las apariencias, las cosas en España acabarán yendo bien, e incluso muy bien.
Soy de los que piensan que el terrorismo, en todas sus formas y variantes, desaparecerá del País Vasco, en gran parte por la eficacia policial a lo largo de muchos años, y en parte por el proceso de paz que, gracias a esa eficacia, se ha puesto en marcha, pero también, y en estos momentos sobre todo, porque desde el 11-M se han producido cambios sociológicos profundos que han convertido en radicalmente inaceptables estas formas de barbarie, verdaderamente cobardes e indignas. Los terroristas ya no pueden seguir matando. Han perdido, para siempre, una «razón de ser» que se habían fabricado con auténtica desfachatez intelectual. No se puede excluir, desde luego, que alguna facción o algún fanático lo intenten o incluso que lo logren, pero serán acciones muy aisladas que provocarán una reacción contundente. En resumen: se logrará la liquidación definitiva del terrorismo, se alcanzará la normalización de la vida democrática en el País Vasco y surgirá entonces un nuevo marco político del que emanarán nuevas alternativas, y se mejorarán las oportunidades en todos los terrenos, incluyendo el económico. Es este un primer dato -y no ciertamente menor- para el optimismo.
El segundo se centra en el desarrollo del modelo territorial, que acabará siendo substancialmente mejor que el que tenemos actualmente porque los nuevos estatutos acentuarán y multiplicarán los decisivos impulsos políticos, económicos, sociológicos y culturales que se han producido en todas las autonomías. El modelo autonómico -ya nadie lo niega, ni siquiera los agoreros del desastre en aquella época- ha sido el mejor instrumento para un desarrollo democrático intenso y serio. Ahora se trata de profundizar en ese modelo, de buscar nuevas fórmulas de solidaridad, de establecer objetivos más amplios, de generar un clima de competencia y exigencia que aumente la eficacia y las oportunidades de las distintas comunidades, sin que ninguna de ellas abuse de su posición o se quede dormida en su pobreza o en sus laureles. Todo eso se puede hacer, y así estaremos en el camino correcto. Es mucho mejor, infinitamente mejor, tener una nación multipolar al estilo federal alemán que una nación centralista al estilo francés.
La guerra de palabras en torno a los conceptos de nación, nacionalidad y autodeterminación, ha llegado a sus cotas máximas y ha dado lugar a una dialéctica negativa y perversa que ha acabado convirtiendo este tema en uno de los ingredientes básicos de la radicalización política. La razón inicial es muy simple: ni los nacionalistas han iniciado aún un mínimo proceso antidogmático y autocrítico -a pesar de que se han pasado, en verdad, muchos pueblos- ni los no nacionalistas y los centralistas acaban de entender el modo inteligente de relacionarse con personas y partidos que piensan, en parte con razón, que para poder existir tienen que mantener procesos reivindicativos permanentes. Como consecuencia de ello y de otros temas, la ciudadanía no ha tenido la menor oportunidad de escuchar debates mínimamente cultos y civilizados sobre unas cuestiones sin duda complejas, pero perfectamente explicables y entendibles. Las vulgaridades, los simplismos y las necedades que hemos tenido que soportar han llegado a límites dramáticos, de un lado, y cómicos de otro. Ha sido una auténtica vergüenza.
La buena noticia es que la ciudadanía ha sabido responder siempre con inteligencia y con sensatez a todas esas situaciones y es lógico pensar que lo seguirá haciend
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Tres pasiones, sencillas pero tremendamente fuertes, han regido mi vida: el deseo de amar y ser amado, la búsqueda del saber y una compasión, superior a mis fuerzas, por el sufrimiento de la humanidad. Estas pasiones, como vientes potentes, me han zarandeado de aquí para allá, en navegación tortuosa, por el océano profundo de la angustia, hacia el borde mismo de la desesperación.
Busqué primero el amor, porque trae consigo el éxtasis -éxtasis tan grande que muchas veces hubiera sacrificado yo el resto de mi vida por unas pocas horas de su gozo-. Lo busqué, también, porque el amor alivia la soledad -esa terrible soledad en la que el tembloroso ser que tiene conciencia de sí mismo se asoma al borde del universo y ve un frío abismo sin fondo y sin vida-. Y lo busqué, finalmente, porque en la unión que es amor he visto, como en mística miniatura, la visión anunciadora de ese cielo que los santos y los poetas han imaginado. Eso es lo que busqué y, aunque parezca demasiado gozo para el hombre, eso es lo que -al fin- he encontrado.
Con el mismo apasionamiento busqué el saber. He deseado entender el corazón del hombre. He querido saber por qué brillan las estrellas. Y he intentado apoderarme del poder pitagórico gracias al cual el número triunfa sobre el flujo. Algo de esto, aunque no mucho, he conseguido.
El amor y el saber, en cuanto me fueron posibles, me levantaron hacia arriba, hacia los cielos. Pero la compasión me devolvió siempre a la tierra. Ecos de gritos de dolor reverberan en mi corazón. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos inválidos que son sólo una carga odiada para sus hijos, y todo ese mundo de soledad, pobreza y sufrimiento convierte en burla lo que la vida humana debería ser. Aspiro con toa mi alma a aliviar el mal, pero no puedo, y sufro.
Esta ha sido mi vida. La juzgo digna de vivirse y, si se me diera la oportunidad, volvería a vivirla con gusto.
Bertrand Russell
Prólogo de la Autobiografía
La seguridad surge cuando uno asume su mas radical inseguridad
He aquí una persona que sabe que dentro de dos semanas tiene que operarse. En ese intervalo no siente dolor físico alguno, tiene comida abundante, está rodeado de amigos y de cariño, sigue haciendo un trabajo que de ordinario le interesa mucho. Pero el miedo le ha quitado la capacidad de disfrutar de esas cosas. No tiene ojos para las realidades cercanas a su alrededor. Su mente está preocupada con algo que aún no ha llegado. No es como si estuviera pensando en el asunto en plan práctico, tratando de decidir si se opera o no, o haciendo planes para su familia y sus negocios en caso de muerte. Estas decisiones ya se han tomado. Está sencillamente pensando en la operación de manera totalmente inútil que echa a perder la alegría del momento presente y no contribuye nada en absoluto a resolver ningún problema. Pero no puede remediarlo.
Es un problema típicamente humano. El objeto que inspira miedo no hace falta que sea una operación a corto plazo. Puede ser el problema del alquiler del mes que viene, o la amenaza de guerra y calamidades sociales, la duda de poder ahorrar suficiente para la vejez o, finalmente, la muerte. Lo que le agua la fiesta a la persona puede que no sea tampoco el miedo al futuro. Puede que sea algo pasado, el recuerdo de alguna pena, alguna falta o indiscreción, que envenena el presente con el resentimiento o la culpabilidad. El poder de la memoria y de la expectación es tal que, para la mayor parte de los seres humanos, el pasado y el futuro no son tan reales, sino más reales que el presente. No podemos vivir felizmente el presente hasta no haber limpiado el pasado e iluminado en promesa el futuro.
No cabe duda de que el poder de recordar y prever, de poner en orden el caos disparatado de momentos aislados, es un logro maravilloso del sentir humano. En cierto modo, es el mayor logro del cerebro humano, que le da al hombre una fuerza extraordinaria para sobrevivir y adaptarse a la vida. Pero la manera como de ordinario utilizamos este poder hace que más bien destruya todas las ventajas que trae. De poco sirve poder recordar y prever, si eso nos hace incapaces de vivir plenamente el presente.
¿De qué sirve poder preparar de antemano los menús de la semana que viene, si luego no puedo disfrutar de la comida cuando llega? Si estoy tan ocupado en pensar qué voy a comer la semana que viene que no puedo disfrutar del todo con lo que estoy comiendo ahora, tendré el mismo problema cuando las comidas de la semana que viene se conviertan en ahora.
Si mi felicidad en este momento consiste, en gran parte, en pasar revista a memorias y esperanzas felices, sólo puedo estar muy débilmente en contacto con el presente cuando las maravillas que esperaba lleguen a suceder. Porque para entonces me habré acostumbrado a mirar adelante y atrás, y me habré incapacitado a mí mismo para ocuparme del aquí y ahora. Si al estar en contacto con el pasado y el futuro pierdo contacto con el presente, ha llegado el momento de preguntarme si es que vivo o no de veras en el mundo real.
A fin de cuentas, el futuro no tiene sentido ni importancia, a no ser que, más pronto o más tarde, haya de pasar a ser presente. Planear para un futuro que no va a convertirse en presente es tan absurdo como planear para un futuro que, cuando llega, me encuentra "ausente", mirando por encima de su hombro, en vez de mirarlo a la cara.
Esta modalidad de vivir en la fantasía de la esperanza, en vez de la realidad del presente, es la especialidad desastrosa de esos hombres de negocios que viven exclusivamente para hacer dinero. Muchas personas adineradas entienden mucho más sobre cómo hacer y ahorrar dinero que cómo usarlo y disfrutarlo. No llegan a vivir, porque siempre se están preparando a vivir. En vez de ganarse la vida, se están ganando gananci
... (... continúa)El autor sostiene que, ante cualquier discrepancia, debe salvaguardarse la pacífica convivencia común, eje de la democracia misma.
EL PAÍS - España - 26-08-2006
Debo el título de este artículo a la generosidad de mi amiga Rosa Montero, que con esa frase terminaba hace poco una de sus estupendas columnas de EL PAÍS. Lo único que no puede permitirse la democracia española es la demagogia y el sectarismo. Conviene reparar en el sentido hondo de la palabra sectarismo para comprender toda su extensión. El sectarismo es conducta, o palabra, propia de los sectarios; es decir, de aquellos que profesan y siguen a una secta, sus secuaces, los fanáticos e intransigentes, normalmente energúmenos, que se dan tanto en la derecha como en la izquierda española. Y no sólo en nuestras organizaciones políticas, lo cual es muy grave, sino en la actitud incivil por excelencia que consiste en enfrentar, dividir, romper, coaccionar y sentenciar la voluntad de vivir juntos; esto es, el ejercicio político esencial de la democracia: la inquebrantable voluntad de no romper por nada, ni por nadie, la concordia civil.
Entendámonos: podemos no estar de acuerdo, en todo, menos en la indomeñable determinación de seguir juntos. Porque ésa es la esencia democrática de la nación: la permanencia buscada, querida, amparada y practicada de la concordia política. Concordia es la inquebrantable voluntad de vivir juntos los españoles. Con independencia de no estar de acuerdo, o precisamente por ello, porque hay cuestiones en la vida pública, política, intelectual, etcétera, en la que no es posible estar de acuerdo, es el desacuerdo democrático el bastión que hace posible que, pese a disentir, no exista entre nosotros, los ciudadanos españoles, enfrentamiento alguno que perjudique y ponga en jaque la concordia de la polis, el arte delicado, inteligente y culto de la convivencia en común; o sea, de la democracia misma.
Todo lo dicho, naturalmente, implica en la actual hora de España, el ejercicio de una añeja virtud: la finura de espíritu. No es planta que crezca muy espontánea entre los linderos de nuestra historia. Pero la ha habido, ha crecido alguna vez, y con ella se ha hecho posible lo mejor de nuestro presente: el establecimiento, tras la dictadura de Franco, de un régimen democrático para todos los españoles, amparado por la Constitución.
Creo que hoy día la política española está sufriendo un grave ataque de sectarismo, como si fuese la gota, imputable a quienes así se comportan, sólo a ellos, y en absoluto aplicable, como crítica, a toda nuestra clase política y mucho menos a la ciudadanía. En otras palabras: no todo lo que dice el Partido Popular es absolutamente retrógrado, reprobable, apocalíptico, fuera de control, exento de sentido, cruel, signo inequívoco de la bestia y la maldad de los tiempos. Ni, naturalmente, todo lo que propone el Partido Socialista sirve únicamente al cultivo morboso de la herejía, ni a los intereses inconfesables y malolientes de las cloacas.
No todo es horrible. No todo arrasa con todo en este momento de la hora de España. No todo sirve para tirárselo a la cabeza en cada sesión del Parlamento, y no estaría nada mal pensarlo ahora -a la sombra si es posible-, precisamente que hemos concluido el actual periodo de sesiones.
No todo sirve para convertir el Parlamente en circo, escándalo o espectáculo escasamente edificante. No, el Parlamento español, el Congreso de los Diputados y el Senado, las Cortes Generales de España, son algo muy serio, tanto para el Gobierno como para lo oposición, que debe ser en democracia un contrapoder del Estado. Son la sede de la soberanía nacional de los españoles, de todos ellos, incluso de los que no quieren serlo pero tienen en ellas su representación parlamentaria perfectamente legítima y digna; y guardarles al Congreso y al Senado el debido respeto y la compostura como instituciones claves de la representación democrática del pueblo español,
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