Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2006.
El día de la Esperanza es la fiesta de la solidaridad de Intermón Oxfam.
Es un día para celebrar que creemos que las cosas pueden cambiar para conseguir un mundo más justo e implicarnos en su construcción.
Queremos explicar qué hacemos para defender los derechos fundamentales de las personas e invitamos a todos los ciudadanos a participar, porque su ayuda y apoyo son del todo indispensables.
Para conseguirlo, organizamos una gran fiesta que se celebra el mismo día en muchas ciudades de toda España, con la participación de más de 200.000 personas que disfrutan de juegos infantiles, actuaciones musicales, muestras de artesanía, gimcanas…
El éxito de esta gran fiesta no sería posible sin la participación de los más de 4.300 voluntarios que, con su esfuerzo e ilusión, la hacen posible año tras año.
Ir a la fiesta de la solidaridad Un Día para la Esperanza es una buena oportunidad para:
Conocer de cerca nuestros proyectos de desarrollo y ayuda humanitaria
Desde 1956 trabajamos junto a las personas de los países más pobres. En 1997, sumamos esfuerzos con Oxfam Internacional para conseguir más eficacia. Hoy, damos apoyo a 526 proyectos de desarrollo y ayuda humanitaria en África, América Latina y Asia. Infórmate más a fondo de nuestro trabajo y de cómo puedes colaborar.
Conocer el comercio justo
En este stand descubrirás lo que es el comercio justo y los diferentes productos importados del Sur. Además, con el aliciente añadido de que si vienes podrás degustar algunos productos de alimentación.
Conocer nuestras publicaciones editoriales y productos IO
Libros para todos los gustos y para todos los públicos, ideas solidarias para regalar, propuestas educativas para trabajar en clase...
Infórmate sobre nuestras campañas
Armas bajo control, Comercio con justicia, Pobreza cero, Objetivos del milenio... la movilización social fomenta valores y actitudes que generan cambios positivos. Conoce nuestras campañas y pregunta sobre ellas.
Lee el manifiesto
Para que la voz de las personas del Sur se escuche en el mundo entero, presentaremos un Manifiesto el día de la fiesta. Léelo y haz circular el mensaje de la Esperanza.
Participa en la acción simbólica
Ven a Un Día para la Esperanza y acércate a Nicaragua. Ven a compartir tu deseo con nosotros. Hincharemos miles de globos verdes, símbolo de esperanza, con los deseos de todos los participantes en la fiesta. Invita a tus amigos y familiares. Que te acompañen este día. Ayúdanos a llenar la fiesta de deseos de esperanza. ¡Ven!
Haz realidad el deseo de una familia nicaragüense
Una vez hayas hinchado tu globo en la acción simbólica, justo al lado, encontrarás varios deseos que responden a necesidades básicas de las familias de Nicaragua. Con una pequeña aportación, podrás hacer realidad muchos de esos deseos y nos ayudarás a llenar un gran panel de deseos conseguidos. ¡Ven y ayúdanos!
Participa en el juego Nicaragua: Tierra para vivir
Participa en el juego y, a través de diversas pruebas, podrás conocer algunas cosas de Nicaragua, cómo trabajan algunos productores de café siguiendo criterios de comercio justo, las mejoras de canalización y construcción de pozos de agua o la participación de las mujeres en su comunidad.
Diversión asegurada
Y, como no hay fiesta sin música ni gastronomía, todas estas actividades estarán acompañadas de actuaciones musicales de grupos de diferentes lugares, podrás probar las barritas de sésamo y, en algunas ciudades, habrá degustaciones de comida típica de diversas partes del mundo.
No, no te detengas.
Comenzar bien es una gracia de Dios.
Continuar por buen camino
y no perder el ritmo...,
es una gracia todavía mayor.
Pero la gracia de las gracias,
está en no desfallecer,
con fuerzas todavía o ya no pudiendo más,
hecho trizas o añicos,
seguir avanzando hasta el fin.
Helder Camara
¿Por qué seguir hoy sintiéndose parte de la Iglesia, aun percibiendo tantas contradicciones como tiene, aun sabiendo que tenemos muchas asignaturas pendientes y que hay muchas cuestiones que necesitan otras respuestas? ¿Cómo vivir con paz y con alegría la pertenencia a esta Iglesia nuestra, con sus luces y sombras?
Hay gente que está sistemáticamente en contra de todo lo que tenga que ver con la Iglesia, a la que reduce a tópicos muy trillados. En el extremo opuesto, hay otra gente que parece incapaz de admitir la menor crítica, de aceptar que hay muchas situaciones que requieren nuevos pasos y respuestas diferentes. Y hay otra mucha gente que estamos en tierra de nadie. Nos sentimos parte de esta Iglesia, vemos sus valores y nos inquietan sus inercias, y al tiempo la deseamos siempre mejor, siempre más evangélica. En este libro José María Rodriguez Olaizola,sj ofrece, partiendo de sus propias incertidumbres, inquietudes y esperanzas, algunas pistas sobre por qué seguir, cómo vivirse y crecer sintiéndose parte de la iglesia en esta tierra de nadie. Una propuesta que pude iluminar muchas de las búsquedas, los conflictos y las preguntas que bastantes personas nos hacemos a menudo.
Aquí están muchas personas cuya fe es más personal, que tienen reservas hacia la institución, que dudan ante las incoherencias que se perciben. Estamos muchos que no nos sentimos en paz con declaraciones tajantes para problemas culturales y sociales que requieren muchas consideraciones cotidianas; pero tampoco nos sentimos alineados con quienes meten en el mismo saco todas las reivindicaciones del mundo, ya se trate de familia, vida, investigación, como si todo valiese o como si todo fuese lo mismo… La tierra de nadie es ese espacio en el que viven divorciados que, tras un fracaso que ha podido ser inevitable, se sienten en la encrucijada de rehacer su vida (y sentirse apartados de la Iglesia), o quedar presos de una situación muy dura. Es el espacio donde viven los hombres y mujeres que aman a otros hombres y mujeres, respectivamente, y aman al Dios de Jesús, pero sienten que se les dice que uno de los dos amores no cabe en su vida o en su Iglesia. Donde teólogos que buscan nuevas formas de anunciar el mismo evangelio tienen miedo de buscar, porque equivocarse se iguala a atacar… pero si no se buscan nuevos caminos, aunque no haya error, tampoco avanzará la búsqueda de una verdad más plena. En la tierra de nadie están tantas mujeres que ven una cierta contradicción entre las afirmaciones que les dicen que pintan mucho en la Iglesia, y la masculinidad absoluta que hay en la toma de decisiones eclesial (no hay más que pensar en un cónclave). Y muchos jóvenes que necesitan una palabra de acogida y de sentido que les hable de sus vidas, sus problemas y sus límites hoy (y no hace cincuenta años, cuando la sociedad era otra, la cultura era otra, las imágenes y prácticas otras, el mundo otro). En la tierra de nadie, sin dramatismos, estamos los que nos llevamos bofetadas de unos (que nos acusan de pertenecer a una Iglesia muy encastillada), y de otros (que dicen que nos dejamos llevar por el mundo).
Vaya por Dios. Ahora resulta que nadie sabía nada. Que todos estaban en la inopia, mirando hacia otro lado. Hacia cualquier lado, claro, que no fuera aquel donde no convenía mirar. Ahora van y dicen, mis primos, esos centenares y miles de primos que moran, trabajan y votan en los pueblos y ciudades de esa Costa del Sol, de esa Costa Blanca o de tantos y tantos lugares con o sin costa, que mientras toda esa peña de notorios sinvergüenzas robaba a mansalva sin distinción de ideología, lengua o bandera, se repartía cada ladrillo y cada metro cuadrado urbanizable o por urbanizar y se zampaba mariscadas maquinando cómo llevárselo muerto por la patilla, todo eso, cada chanchullo, cada chantaje, cada mordida, ocurría –y sigue ocurriendo– bajo sus napias sin que nadie, nunca, se percatara de ello. Sin que nadie se extrañase porque camareros o fulanos en el paro estuviesen, al cabo de pocos años, conduciendo cochazos de quince kilos y construyéndose casas de película entre campos de golf. Sin que a ninguno de tantos miles de ciudadanos honrados y honorables le pusiera la mosca tras la oreja el hecho probado de que, en cualquier ayuntamiento español, la concejalía de Cultura te cae sin que la pidas, mientras que por la de urbanismo, que es donde se mueve la mortadela, hay bofetadas y navajazos sin piedad.
Vayan y pregúntenles. Me refiero a ellos, a los ciudadanos ejemplares que ahora mueven la cabeza y dicen hay que ver. Asombra lo poco que advertían el estado real de las cosas. Lo despistados que andaban con su buena fe entre tanto hijo de puta de ambos sexos. Me recuerdan, salvando las distancias –que en el fondo tampoco son muchas–, a todos esos buenos ciudadanos alemanes que, después de haber sacudido cada mañana, durante años, la ceniza de la ropa que tenían colgada a secar en el balcón, pusieron ojos como platos al enterarse, perdida la guerra, de que en las afueras de su puto pueblo había hornos crematorios. Me recuerdan también –salvando igualmente las distancias, faltaría más– a todos esos buenos ciudadanos vascos y vascas que después de tantos años tomándose los chiquitos a gusto, paseando el domingo con la familia y murmurando «algo habrá hecho» cuando se cruzaban con un fiambre o con alguien que hacía las maletas, mueven ahora la cabeza comentado «ya decía yo que las cosas terminarían arreglándose solas». Me recuerdan, en resumen, a toda esa buena y honrada gente que, como don Tancredo, nunca se entera de nada, nunca mueve un músculo, hasta que pasa el toro. Y luego, por supuesto, se indigna un huevo. Faltaría más. O se es persona o no se es.
Pero es que, como digo, ellos no sabían nada. En un país de golfos donde quienes mandan de verdad no son los políticos –que ya sería una desgracia por sí misma–, sino los capitostes de la mafia del ladrillo con sus políticos a sueldo, todo cristo estaba en lo alto de un guindo. Y sigue estando, claro. De los escándalos ya conocidos o los cientos por conocer, nunca supo ni sabe nada el vendedor de coches de lujo que se frota las manos cada vez que don Fulano o don Mengano –antes del pelotazo, Fulanillo y Menganillo a secas– se dejan caer por el concesionario con los bolsillos abultados de fajos de billetes de quinientos euros, de esos que las autoridades económicas acaban de saber –los ciudadanos normales lo sabíamos desde hace mucho– que uno de cada cuatro, o más, circulan en España. No sabe nada el honrado comerciante que les vende los televisores y el deuvedé, ni el que les amuebla la casa, ni el que les instala los cuartos de baño con grifería de oro. No sabe nada el del vivero que les pone el césped, ni el tendero que les vende el caviar, ni quien consigue que, gracias a tal o cual favor o sumisión, su hijo, su cuñado o su nuera consigan curro en tal o cual sitio. Tampoco sabe nada el notario que se ocupa de sus contratos, ni el dueño del restaurante en cuyo reservado, a setecientos euros cada botella de gran reserva, se reúnen a comer con los socios y los
... (... continúa)
EL debate público sobre la eutanasia suele descuidar un asunto medular. Me refiero al efecto desmoralizador que los alegatos en pro del suicidio asistido causan entre quienes sobrellevan una existencia signada por el dolor. Para ellos y para sus familiares, cada nuevo día pone a prueba su capacidad de resistencia, sus ganas de seguir viviendo y de seguir dando vida. Me parece una grave irresponsabilidad que estas personas que han hecho del sacrificio y el afán de superación una épica cotidiana, que se esfuerzan por mantener enhiestos los añicos de su maltrecho ánimo, reciban constantemente incitaciones al desistimiento. Me parece ignominioso que se haya impuesto la expresión «derecho a morir dignamente» para referirse a la eutanasia, como si la muerte de quienes deciden afrontar los innombrables sufrimientos que su enfermedad les acarrea fuese indigna; como si su vida, mermada en las facultades físicas, no mereciera la pena ser vivida. Me parece escandaloso, en fin, que cada vez que alguien decide poner fin a su existencia, en pleno uso de su voluntad o -como suele ser más frecuente- a impulsos de una voluntad gravemente viciada (por las penalidades que padece y por la propaganda ambiental), enseguida sea encumbrado a la categoría de héroe mediático. Cuando los verdaderos héroes, quienes de verdad demandan nuestro reconocimiento y gratitud, son los miles de personas que, aun en medio de la postración, mantienen invicto su deseo de morir cuando la naturaleza lo decrete. Que ésta es, por mucho que la propaganda cacaree lo contrario, la muerte más digna y valiente.
El reportaje que ayer publicaba María José Muñoz en este periódico daba voz a quienes habitualmente carecen de ella: esa infinita mayoría de tetrapléjicos que, pese al pedrisco de la propaganda, perseveran en su deseo de vivir. Son ellos, y los familiares que los atienden, quienes merecen -aparte de apoyo material y asistencial- el aplauso que insensatamente se tributa a quienes carecen de su entereza de ánimo. Quienes ponen fin a su vida, incapaces de soportar por más tiempo el diario tormento de una existencia mermada, deben merecer nuestro más hondo respeto; pero de ahí a entronizarlos como modelos media un largo trecho, sólo salvable para las sociedades que han dimitido de sus valores y declinado sus obligaciones. Porque preservar la vida de sus individuos es una obligación que compete a la sociedad; y cuando la sociedad declina esa obligación, o incluso la revierte, proclamando un demencial «derecho a la muerte», podemos afirmar, sin temor a errar el diagnóstico, que se trata de una sociedad enferma, poseída por un arrebato de automutilación.
Es regla general del Derecho que un principio jurídico no puede ejercerse para ser destruido o anulado: un hombre no puede utilizar su libertad para abdicar de ella y convertirse voluntariamente en esclavo; tampoco puede utilizarla para exigir el fin de su vida. La jurisprudencia del Tribunal Constitucional establece que «el derecho a la vida tiene un contenido de protección positiva que impide configurarlo como un derecho de libertad que incluya el derecho a la propia muerte». Y también que «la vida es un valor superior del ordenamiento jurídico constitucional» y un «supuesto ontológico sin el que los restantes derechos no tendrían existencia posible». Y, aunque estemos asistiendo a una destrucción acelerada del Derecho, conviene recordar que las sentencias del Tribunal Constitucional no pueden ser conculcadas por leyes adventicias regidas por la matemática parlamentaria. La obligación del Derecho (mientras aún exista) es proteger la vida, no facilitar la muerte. El primer paso en esa «protección positiva» de la vida podría consistir en impedir que la propaganda ambiental y sus promotores desmoralicen a quienes, en un acto supremo de dignidad, deciden seguir viviendo, sobreponiéndose al dolor.
Juan Manuel de Prada
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