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El Metro de Nueva York
Fue en 1939 cuando el músico Duke Ellington conoció al que sería su más estrecho colaborador, Billy Strayhorn. Ellington, que ya por entonces era el duque, en un viaje a Pittsburgh quedó impresionado por el talento del joven pianista Strayhorn. Le invitó a ir a Nueva York y unirse a su banda. Duke lo vio tan inseguro que le hizo un plano con todas las indicaciones para llegar hasta su casa, que estaba en Sugar Hill, el Harlem elegante de aquel entonces. Billy Strayhorn se presentó al poco tiempo en la casa Harlem pero no con las manos vacías: llevaba la partitura de una melodía que había creado inspirándose en las indicaciones del maestro. A Duke Ellington le gustó tanto aquel Take the A train (Toma el tren A) que a partir de ese momento la tocaba siempre al comienzo de sus conciertos. La melodía se convirtió en canción y no hay cantante de jazz que se precie que no la haya interpretado, aunque es la voz de Ella Fitgerald la que la hizo más popular: "Tienes que tomar el tren A / para ir a Sugar Hill en lo más alto de Harlem / Si pierdes el tren A / descubrirás que has perdido la manera más veloz de llegar a Harlem / Rápido, móntate, ahora, está viniendo / escucha esos raíles retumbando. ¡Todos al tren! / Móntate en el A / pronto estarás en Sugar Hill en Harlem". El metro de Nueva York ha servido de inspiración para muchísimas canciones, pero es esta melodía, que parece llevar la velocidad escrita en las mismas notas de su partitura, la que encarna el alma de las venas subterráneas de la ciudad.
Hace tres años se celebró el centenario de la inauguración del metro. Dado que el metro ha vertebrado la ciudad moderna, para cualquier ciudad la efeméride es esencial, pero Nueva York es una de esas ciudades que está muy presente en la obra de sus artistas. Esa presencia se debe en gran parte a su condición indiscutible de ciudad inspiradora pero también a la marcada tendencia americana al realismo, a certificar con poemas, cuadros o novelas todo aquello que su tiempo les pone delante de los ojos. Y si Nueva York está presente en el arte popular, no se queda atrás el metro, que es el reverso de la ciudad, no menos vivo que la superficie y, por alguna razón poderosa, el lugar de donde brotan historias para no olvidar.
La primera piedra del metro de Nueva York se puso en mayo de 1900. Antes se habían hecho intentos de unir los barrios de la ciudad con trenes elevados, pero aumentaba el caos de una ciudad que se apiñaba insanamente en sus zonas bajas. El Lower East Side era a últimos de 1919 uno de los barrios más poblados del mundo. Los recién llegados, judíos, irlandeses, italianos, luchaban por sobrevivir en habitaciones inmundas de las que hoy hay muestra en el Museo de los Tenements, un diminuto pero interesantísimo recorrido para hacerse una idea de lo que era subsistir en aquel hormiguero. El metro trataba de buscar soluciones a esa brutal concentración humana e intentaba paliar los serios inconvenientes que Nueva York presentaba para convertirse en una ciudad ágil y comercial. Recorrer las ocho millas que van de Norte a Sur suponía una cantidad absurda de horas. Además, el Ayuntamiento de Nueva York miraba desde hacía tiempo con indisimulada envidia el ejemplo del metro de Londres. Como siempre ocurre en Estados Unidos, la voluntad del municipio no era suficiente, y fue gracias a la iniciativa de inversores privados que supieron imaginar astutamente el negocio en el que estaban invirtiendo lo que puso la obra en marcha. Cuatro años duró la construcción de esa primera línea, cuatro años en los que se movilizó a 12.000 hombres en su mayoría irlandeses e italianos, cuatro años que dejaron decenas de muertos y centenares de heridos. Una vez más, los neoyorquinos se mostraron conscientes de lo que esa vena abierta iba a suponer para las generaciones futuras, y hay imágenes de las ob
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Entre 1998 y 2006, los precios aumentaron un 40%, más de diez puntos por encima del conjunto de la Eurozona
España sufrió durante los preparativos y la introducción del euro la mayor subida de los precios en restaurantes y cafés entre los países que se sumaron a la moneda única en 2002.
La subida fue de más del 40% entre finales de 1998 y 2006, según un estudio publicado en el último número de la publicación de la Dirección de Asuntos Económicos y Financieros de la Comisión Europea, bajo el título What drives inflation perceptions?.
El informe insiste en su inicio en la valoración habitual de los organismos europeos en el sentido de que el euro tuvo un impacto global apenas apreciable en los precios, estimado por Eurostat entre un 0,12% y un 0,29% a lo largo de 2002.
Sin embargo, y tras constatar que un Eurobarómetro de otoño de 2006 mostraba que un 90% de los europeos seguían pensando que la moneda común había encarecido sus vidas, el estudio procede a indagar los motivos de esa percepción.
La investigación admite que en una serie de países fue "claramente visible" un "salto" en los precios en restaurantes y cafés en enero de 2002. Ese impacto inflacionista resultó efímero en países como Holanda o Alemania, pero en otros, como España, Italia, Francia y Bélgica, "un rápido ritmo de incrementos de precios en el sector de restaurantes y cafés se ha mantenido después de 2002".
De hecho, en España se venía produciendo ya una subida más acelerada en los años previos a la introducción física de los billetes y monedas de euro, pero fue con ésta cuando la brecha con los demás países se ensanchó.
En todo el periodo analizado (de finales de 1998 a 2006), los restaurantes y cafés subieron sus precios más de un 40% en España y menos del 30% en el conjunto de la Eurozona. En Alemania, la subida no llegó al 15%, en Bélgica y Francia no superó el 25%, y en Italia quedó por debajo de la barrera del 30%.
En el informe se señala, incluso, que la percepción de los ciudadanos es que los precios han subido todavía más de lo que indican las cifras.
Sobre los límites de la libertad de expresión (a propósito del caso El Jueves)...
Es tal la quemazón que tienen muchos personajes conocidos ante la imposibilidad de defenderse de la agresión o el escarnio público que las reacciones ante la publicación de la célebre viñeta, al margen de las consideraciones legales, han caído como el lógico colofón a una época marcada por los excesos verbales. Existe la sensación de que la barrera ya se había traspasado hacía tiempo. No falta razón. La rampa de encanallamiento por la que venimos deslizándonos desde hace años, la impunidad con la que se han alimentado y amplificado mentiras hasta conseguir que un porcentaje nada desdeñable de la población las creyera, el vocabulario que trufa los programas de las teles a horas que serían de obligado respeto hacia la audiencia infantil y la idea peregrina de que el autocontrol es un término caduco cuando las puertas de la libertad absoluta están abiertas en internet, han generado un ambiente en el que no sabemos muy bien qué es lo que tenemos que opinar cuando de los límites de la libertad se trata. No creo que la Corona se tambalee por un dibujito más o menos soez (la célebre metáfora del tampax del príncipe Carlos recorrió el mundo) y es de esperar que el debate sobre el asunto, si es que tiene que producirse, se desencadene a la altura que el ciudadano merece; más bien la impresión que deja el hecho de ver a dos personas que representan a una institución del Estado (y que obviamente han de responder con el silencio) caricaturizadas en una postura buscadamente ordinaria, salvo cuando se practica en la intimidad, es que nadie está libre de la mofa hiriente. Y no es que ya no haya nada sagrado sino que sagrada debería ser la honorabilidad de cualquiera.
Tampoco cabe comparar el caso con las viñetas de Mahoma que ironizaban sobre una creencia y no sobre personas en concreto, ni con esos relatos de ficción que provocan iras irracionales. Por lo demás hasta a mí me habría sacudido una viñeta en la que aparecieran, por ejemplo, Mahoma y la Virgen María en la escena que nos ocupa. Debe ser que tengo mis límites o que me estoy haciendo mayor.
Pero no hay problema, los más osados saben que con eso sí que se juegan la vida.
DE TODA LA VIDA, el papel ha sido el campo en que se han librado las batallas por la libertad de expresión: las dictaduras y los Estados totalitarios han tenido en periódicos, panfletos y hojas volanderas su peor enemigo. Si circulaban libremente, los cimientos del despotismo comenzaban a resquebrajarse. Por eso, la conquista de la libertad de expresión ha dejado en el camino cientos, miles de lo que la tradición liberal canonizó como "mártires de la libertad". A nadie, a ninguna sociedad, se le ha regalado la libertad de escribir, de difundir las ideas, de denunciar privilegios. Menos que a nadie, a los españoles. Conquistada por vez primera en el Cádiz de la guerra y de la revolución, derogada luego y mil veces conculcada, los últimos combates dignos de nota tuvieron lugar en los años de transición a la democracia.
La dureza de tanta batalla convirtió a la libertad de expresión en un bien sagrado, un tesoro con sangre conquistado, que no se podía malgastar. No cualquier cosa era libertad de expresión: para ser auténtica tenía que reconocer sus límites. Distinguir lo público de lo privado, considerar inviolable la intimidad de las personas, garantizar los derechos que asisten a cada individuo a no ser impunemente injuriado. Como escribía John Stuart Mill, encontrar y defender los límites contra la invasión en la esfera individual, en la independencia del individuo, es tan indispensable a una buena condición de los asuntos humanos como la protección contra el despotismo político.
Por eso resulta irónico -ironía: invocar una cosa seria para decir lo contrario de lo que se piensa, por definirla con Fontanier en sus Figuras del discurso- oír a los dibujantes de El Jueves, cuando entre nosotros las batallas por la libertad de expresión contra poderes despóticos son cosas del pasado, asegurar que su empeño al publicar la portada de marras consistía en "explorar los límites de la libertad de expresión". Hombres de frontera, nada menos, avanzando siempre en el filo de la navaja, asediados por los enemigos de la libertad, descubriendo y conquistando nuevos territorios: tal se presenta la heroicidad de unos periodistas recibidos en loor de multitud por sus colegas tras declarar durante diez minutos ante un juez reticente a comerse un marrón; tal es la única sátira de una historia que en sí misma nada tiene de satírica.
Lejos de ahí, esta historia es paradigmática de la carrera para alcanzar aquel nivel "cada vez más bajo" sobre el que Adorno advirtió hace décadas. Hoy, en efecto, cuando hemos recorrido un camino que ni el más pesimista de los sociólogos pudo imaginar, la lucha por la libertad de expresión, que en sus momentos heroicos siempre tuvo por compañera a la lucha por el reconocimiento de sus límites, ha culminado en la exaltación del principio de la libertad de mercado como único regulador de las relaciones humanas. En realidad, estos dibujantes saben bien que disfrutan de una irrestricta libertad de expresión y que su exploración se dirige a tantear las posibilidades ofrecidas por el mercado como norma suprema de lo que se puede o no se puede decir. Si una historia vende habrá que seguir ahondando. Lo prueba la televisión, que en multitud de programas ahonda y ahonda, hasta llegar -Adorno de nuevo- down to earth, a "vivir como los antepasados zoológicos antes de que comenzaran a alzarse".
Pero si la televisión abrió ventanas para arrojar por ellas a la decencia que, en la aurora del liberalismo, se consideraba inseparable de la libertad, Internet ha abierto posibilidades infinitas en la misma dirección. Ahí se ha convertido en pan de cada día no ya explorar, sino borrar los límites de la libertad de expresión, injuriando y calumniando a quien se ponga por delante en miles de blogs donde cada cual puede dar rie
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Quien emprende un viaje interior,
quien abre bien los ojos para apreciar las cosas
y descubrir el valor de las personas,
sabe que no camina solo.
Un día llegarás a sentir
que quien te llamó a hacer el Camino,
quien te dio fuerzas para el siguiente paso,
quien te acompañó por los senderos,
fue el mismo que llamó un día a Santiago
para que fuera pescador de hombres.
Uno de los fenómenos urbanos actuales más controvertidos y rechazados socialmente junto a la corrupción y a la especulación del suelo, es el desaforado desarrollo urbanístico que viene aconteciendo en España, sobre todo en la última década. Cierto es que no ocurre con la misma intensidad ni con el mismo modelo en todas las latitudes, pero la imagen social del mismo es la de rechazo generalizado.
Que ese desarrollo se puede valorar, cuando menos como desproporcionado, lo demuestra un explícito indicador: la "velocidad" que viene caracterizando la ocupación del suelo por la urbanización ocasionaría, de mantenerse, la duplicación en el plazo de 10 años de todo el suelo urbanizado "desde los romanos hasta hoy" (datos del Observatorio Nacional de Sostenibilidad de España).
Pero la gravedad del problema no está tanto en la cantidad, que también, sino y sobre todo, en la "cualidad" del modelo de ocupación. La exacerbada demanda ocasionada por la consideración del suelo como activo financiero -entre otras razones-, junto a la nefasta concepción del "todo urbanizable" y la enervada competitividad entre municipios para acoger actuaciones urbanizadoras (cuanto más "importantes" mejor) que posibilitaran presumibles generaciones de riqueza y empleo y una subida en el ranking urbano que les permitiera "colocarse en el mapa", ocasionaron la ruptura de las exclusas del planeamiento urbanístico. Y abrieron el territorio a la implantación de actuaciones dispersas, normalmente de baja densidad, inconexas con la ciudad preexistente; que, sobre la coartada, en ocasiones, de la defensa de un sedicentemente "moderno" modelo polinuclear pretendidamente compaginador de la antinomia campo-ciudad, emboscan un modelo de cittá sconfinatta (sin confines) totalmente extraña a la ciudad compacta mediterránea. Es un modelo territorial metastático que se desarrolla discontinua y desreguladamente sobre el territorio, que lo hace tributario fundamentalmente del transporte privado y del exacerbado consumo energético; un modelo que invade "tumoralmente" un recurso escaso e insustituible como es el suelo natural, mientras que, paradójicamente, se margina y se abandona la ciudad histórica preexistente, generándose un doble e irresponsable despilfarro: el del suelo natural y el del urbano existente.
Pues bien, si como responsables inmediatos de esta lamentable situación aparecen los Ayuntamientos como receptores y autorizadores de las propuestas urbanizadoras del sector privado, no es menos cierto que los responsables finales del proceso son las Comunidades Autónomas, competentes exclusivas en la definición de su modelo territorial y autorizadoras definitivas de las eventuales reclasificaciones de suelo. Parafraseando el conocido aforismo clintoniano, "es la ordenación territorial, estúpido", el ámbito sobre el que recae la responsabilidad final del escenario generado. Téngase en cuenta que nos encontramos en un marco socioeconómico globalizado, en el que la "ciudad real" trasciende los meros límites administrativos de la "ciudad municipal", que las demandas urbanas y su eventual satisfacción se realizan en el escenario de un nuevo sistema urbano que llega a conformar, en ocasiones, espacios conurbanos y en el cual, la toma de decisiones debe adoptarse desde un ámbito más acorde a su dimensión espacial supramunicipal. Que la frontera entre "urbanismo" y "territorio" se encuentra cada día más difuminada.
Este espacio decisional debe apoyarse, tal como demanda la función pública de la ordenación urbanística, en la formulación de un planeamiento territorial "macro", que analice los problemas desde esa óptica y plantee las respuestas de manera simétrica, impulsando la localización de actividades en las nuevas áreas espaciales de oportunidad y frenando o reconduciendo su ubicación en aquellas otras que ya se encontraran saturadas o fuera exigible su conservación medioambiental.
Obviamente, la disposición de este tipo de medi
... (... continúa)El día menos "urbano" del año, reflexiones sobre la ciudad...
El clima es el problema, la ciudad la solución. Así podría resumirse el espíritu del más ambicioso programa urbano de eficacia energética lanzado en Estados Unidos. Promovido por la ciudad de Cambridge, en Massachusetts -sede de universidades como Harvard o MIT-, el plan parte de la premisa que de "muchos de los más difíciles desafíos medioambientales del planeta pueden ser abordados y resueltos por las ciudades". Sus impulsores, Douglas Foy y Robert Healy, defienden en el Herald Tribune que, frente a la visión convencional que asocia sostenibilidad y naturaleza, la ciudad densa es más verde que la construcción dispersa, porque es más eficaz en el uso de la energía, el agua y el territorio: la ciudad de Nueva York consume menos energía per cápita que cualquier Estado de la Unión. Si la principal causa del cambio climático son las emisiones de CO2 en la combustión de carbón, petróleo o gas para producir energía que se consume en edificios -casi la mitad del total- o el transporte -un tercio-, parece razonable concentrar el esfuerzo de ahorro en las ciudades, "la Arabia Saudí de la eficacia energética", abandonando el modelo despilfarrador de las urbanizaciones residenciales de baja densidad.
Tras varias décadas de debate sobre lo que llaman sprawl -el crecimiento en mancha de aceite de la ciudad-, los norteamericanos han redescubierto la ciudad compacta europea como un ejemplo de sostenibilidad. Los nuevos urbanistas encabezados por Andrés Duany y Elizabeth Plater-Zyberk diseñaron en 1979 Seaside -una promoción en la costa de Florida donde después se rodaría El show de Truman- para propugnar una alternativa de mayor densidad frente a la suburbanización dispersa que ha caracterizado el último medio siglo: esa que retrata en sección el itinerario de Tony Soprano cuando conduce de Manhattan al interior de Nueva Jersey en los créditos de presentación de la serie televisiva, o la que caricaturizan los 45 segundos de casas repetidas, coches repetidos y personajes repetidos que introducen los capítulos de Weeds. Pero la reforma de los nuevos urbanistas estaba lastrada por su tradicionalismo estético, y no ponía en cuestión la nostalgia arcádica de la ciudad jardín; sólo ahora, cuando las medidas para controlar el sprawl han figurado prominentemente en las campañas electorales, y cuando el cambio climático se ha convertido en una cuestión capital de la polémica política, se ha comprendido que la ciudad compacta es el único camino.
En España, la conjunción de la burbuja inmobiliaria y la corrupción urbanística ha demonizado las grúas, la densidad y la altura como signos sulfurosos del Maligno, y los políticos se abrazan a los árboles con tanto fervor como abjuran del asfalto, siendo así que ellos y nosotros hemos votado con los pies a favor del cemento. Por más que el aterrizaje suave de los precios de la vivienda y la catarsis áspera de los escándalos municipales templen las ambiciones de los ediles y recorten los proyectos de los promotores, la alternativa a los bloques unánimes de Paco el Pocero no puede ser el paisaje exánime de los adosados periurbanos, suburbanos o exurbanos. La oferta electoral de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que propone limitar a tres plantas y ático la altura de todos los nuevos desarrollos residenciales, es una promesa tan difícil de materializar en el terreno jurídico como disparatada de mantener en el territorio físico, porque impondría como único modelo de crecimiento urbano el más incompatible con la sostenibilidad: una ciudad dispersa que consume grandes cantidades de suelo, agua y energía, tanto en su construcción como en el mantenimiento de sus edificios y redes de transporte; una ciudad, por tanto, que contribuye al calentamiento global con una carbon footprint (huella de carbono) desmesurada; y una ciudad, en fin, que siendo retóricamente verde es la menos verde de todas.
Todas las ciuda
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En uno de los chistes de Forges de estos últimos días, un señor que lee una noticia económica de un periódico, se dirige a dos jóvenes diciéndoles: "¡Falsos: con 23.000 euros de renta per cápita y haciéndose pasar por mileuristas!". Es una de las paradojas de nuestra realidad sociolaboral. Una renta per cápita que alcanza la media europea, pero unos salarios que pierden poder adquisitivo. "La paradoja es que el sueldo real medio baja, pero todos ganan", decía Fernández Ordóñez aludiendo a algo incuestionable como es la mejora que experimentan amas de casa y jóvenes que se incorporan al mercado laboral y pasan de ganar cero euros a mileuristas o los inmigrantes que ganan el triple que en su país, aunque unos y otros reducen el salario real medio de los españoles un 4% en los últimos diez años, según ha señalado la OCDE.
Hablemos de salarios y hablemos de paradojas. ¿O deberíamos llamarlas injusticias? Nuestra boyante economía está produciendo algunos efectos contradictorios. El primero es la creciente dualización del mercado laboral. El importantísimo crecimiento del empleo en esta última década (ocho millones de empleos nuevos desde 1994, de los cuales cuatro son mujeres) ha generado una nueva "clase laboral" integrada por los trabajadores menos cualificados en los sectores económicos que más han crecido estos años: construcción, servicios, pequeño comercio, agroalimentario, etc. Junto a los inmigrantes, ese amplio colectivo laboral, está situado en niveles salariales bajísimos, separándose crecientemente de los trabajadores del conocimiento, como llama Alvin Toffler a los licenciados y trabajadores intelectuales en general.
Se consideran bajos salarios los que no alcanzan el 60% del salario medio del país. Pues bien, hoy y aquí esa cifra son 730 euros y aproximadamente dos millones y medio de nuestros trabajadores, el 12% de nuestra población ocupada, están por debajo de ese umbral. Es por eso que hasta Forges se equivoca en su denuncia llamando mileuristas a esos jóvenes ya que muchísimos de ellos no llegan a esa cifra extraordinaria. Se calcula que el 70% de los nuevos empleos de estos últimos años, son inferiores al salario promedio. Los bajos salarios no son sólo consecuencia de la baja cualificación profesional. Van también asociados a la población laboral precaria (más del 30%) y joven (seis de cada diez jóvenes son eventuales, el doble que la media de la OCDE). La precariedad impone menores niveles salariales, menor protección social y nula capacidad de denuncia a la vulneración de los derechos laborales mínimos.
Otra gran brecha salarial se está produciendo en el abanico salarial de las empresas. Ejecutivos, directivos y consejeros de las grandes compañías han multiplicado sus salarios abriendo este abanico hasta cifras inéditas. Hace veinte años un abanico de uno a diez o a veinte era relativamente normal. Hoy, sin embargo, es frecuente que los máximos directivos cobren hasta cien o doscientas veces más que el salario más bajo de la empresa. Y si añadimos salarios en especie, pólizas de seguro, fondos de pensiones y similares, ese abanico puede llegar a ser de uno a mil. Sólo el año pasado las retribuciones de los consejeros de las empresas cotizadas crecieron un 28% y la de los directivos, un 20%. Cuando se publicó hace unos meses la retribución del presidente de uno de los dos grandes bancos españoles (9’78 millones de euros, unas 500 veces el sueldo medio español, más 10 millones anuales para su fondo de pensiones) respondí a una pregunta de un periodista afirmando que tales cantidades rozaban el límite de lo moralmente aceptable. Más allá de valoraciones morales, Peter Drucker decía que un directivo que cobra veinte veces más que el trabajador de más baja categoría, sobrevalora su contribución al éxito de la empresa en oposición a la labor del más humilde de sus empleados.
Por último, interesa destacar la progresiva reducción del peso de los salarios en la renta nacional. E
... (... continúa)Gomaespuma ha creado un método para aprender inglés que ríete del profesor Maurer y sus mil palabras...
En la lechón 11, Juan Luis Cano y Guillermo Fesser se ocupan del inglés para opositores. Sin palabras...
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El debate protagonizado por John F. Kennedy y Richard Nixon en las elecciones presidenciales norteamericanas de 1959 suele ser citado como ejemplo de la primera vez en que la televisión interviene de modo decisivo a la hora de determinar un resultado político. Lo cierto es que sólo unos meses antes, el 16 de julio, ese genio de la comunicación que es Fidel Castro había dado ya el aldabonazo de convertir la televisión en palanca de poder, nada menos que ejecutando un golpe de Estado desde la pantalla, con el efecto inmediato de provocar la deposición del presidente Urrutia. La alocución televisada de Fidel constituyó el núcleo de una maniobra iniciada en la mañana del mismo día jugando con otro medio, la prensa, al anunciar desde la primera plana de Revolución su dimisión como primer ministro -no como jefe de las Fuerzas Armadas, por si acaso-, para desencadenar la movilización de masas en torno al palacio presidencial, cuyos fundamentos serán proporcionados por el líder guerrillero en su intervención televisada, sin que por supuesto Urrutia tenga oportunidad de acceder al medio. Sólo le quedará huir y buscar refugio en la Embajada de Venezuela, mientras Fidel ponía en marcha su interminable monopolio de poder. Fue la muestra de que una eficaz manipulación de los nuevos medios, al conjugar el manejo de las masas por el líder con una implacable censura ejercida sobre el discurso del oponente, podía crear la ficción de una nueva forma democrática, la democracia de la plaza pública y de su difusión por la imagen, una falsa democracia que en la práctica arrancará de cuajo las raíces de la libertad política.
La entrada en escena de la televisión, a mediados del pasado siglo, es también un ejemplo del peso ejercido por los cambios tecnológicos sobre el ejercicio y los límites de esa libertad. Los conceptos de fondo permanecen inmutables desde la polis griega. Las dos condiciones para la existencia de la democracia son, en primer término, la isonomía, la capacidad de los ciudadanos para intervenir activamente en el proceso de toma de decisiones, y en segundo, la isegoría, el acceso a la palabra, que en las sociedades modernas incorpora el derecho a una información veraz. A lo largo de la historia, la isegoría irá experimentando mutaciones en el citado plano técnico, desde la intervención oral en la asamblea al blog, así como en cuanto al marco económico y organizativo en el cual se inscribe la comunicación, y, en fin, su contenido se verá afectado por la incidencia de las censuras. Y es preciso hablar de censuras en plural, ya que tan censoria es la interferencia del gabinete de censura clásico o de la Inquisición que veta la emisión de un mensaje o procede contra el mismo una vez emitido, como la llamada telefónica del asesor del ministro al editor de un telediario, o la oscura e implacable acción permanente dentro de un periódico del personaje encargado de garantizar la publicación de artículos y mensajes ajustados a los intereses económicos y políticos de la empresa. La primera censura es en gran medida visible; la segunda, críptica por naturaleza, rara vez descubre sus cartas al exterior. Ambas responden en sus actuaciones a la leyenda relativa a las horas de la vida, observable en el viejo reloj de la iglesia vasca de Urruña, que evocara Pío Baroja: todas hieren, la última mata.
Modernidad y manipulación enlazaron muy pronto, yendo más allá de las formas de periodismo de masas, cuya ilustración más conocida fuera recreada por Orson Welles en su Ciudadano Kane. Correspondió a los fascismos ensayar con éxito la configuración de un espectáculo permanente, de falsa interactividad, a efectos de ejercer un control absoluto sobre la mentalida
... (... continúa)Después de cada guerra alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas, digo yo.
Alguien debe echar los escombros a la cuneta
para que puedan pasar los carros
llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un cristal en la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso de fotogénico tiene poco, y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya a otra guerra.
A reconstruir puentes y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará asintiendo
con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces encuentre
entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar a los que saben poco.
Y menos que poco. E incluso prácticamente nada.
En la hierba, que cubra Causas y consecuencias,
Seguro que habrá alguien tumbado con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.
Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte
Eres joven y guipuzcoano, según deduzco por tu carta y el remite. Escribes como lector reciente de la última aventura de nuestro amigo Alatriste, contándome que es el primer libro de la serie que cae en tus manos. Te ha gustado mucho, dices, excepto el hecho «poco riguroso» y «poco creíble» de que una galera española estuviera tripulada por soldados vizcaínos que combatían al grito de Cierra, España; en referencia a la Caridad Negra, que en los últimos capítulos combate a los turcos, en las bocas de Escanderlu, llevando a bordo a la compañía del capitán Machín de Gorostiola. Y añades, joven amigo –lo de joven es importante–, que eso no disminuye tu entusiasmo por la historia que has leído; pero que el episodio de los vizcaínos te chirría, pues parece forzado. «Metido con calzador –son tus palabras– para demostrar que los vascos (y no los vascongados, don Arturo) estábamos perfectamente integrados en las fuerzas armadas españolas, lo que no era del todo cierto.»
Son las siete últimas palabras del párrafo anterior las que me hacen, hoy, escribir sobre esto; la triste certeza de que realmente crees en lo que dices. Te gusta la novela, pero lamentas que el autor haga trampas con la Historia real; la auténtica Historia que –eso no lo cuentas, pero se deduce– te enseñaron en el colegio. Así que, con buena voluntad y con el deseo de que yo no cometa errores en futuras entregas, me corriges. Debería, a cambio, escribirte una carta con mi versión del asunto. El problema es que nunca contesto el correo. No tengo tiempo, y lo siento. Esta página, sin embargo, no es mala solución. La lee gente, y así quizá evite otras cartas como la tuya. De paso, extiendo mi respuesta a la cuadrilla de embusteros y sinvergüenzas de los sucesivos ministerios de Educación, de la consejería autonómica correspondiente, de los colegios o de donde sea, que son los verdaderos culpables de que a los diecisiete años, honrado lector, tengas –si me permites una expresión clásica– la picha histórica hecha un lío.
Machín de Gorostiola es un personaje ficticio, como su compañía de infantería vizcaína. En efecto. Pero uno y otros deben mucho al capitán Machín de Munguía y a los soldados de su compañía, «la mayor parte vascongados», que, según una relación del siglo XVI conservada en el Museo Naval de Madrid, pelearon como fieras durante todo un día contra tres galeras turcas, en La Prevesa. En cuanto a lo de Cierra, España, ni es consigna franquista ni del Capitán Trueno. Quien conoce los textos de la época sabe que, durante siglos, ése fue usual grito de ataque de la infantería española –en su tiempo la más fiel, sufrida y temible de Europa–, que en gran número, además de soldados castellanos y de otras regiones, estaba formada por vizcaínos; pues así, vizcaínos, solía llamarse entonces a los vascos en general, «a veces cortos de razones pero siempre largos de bolsa y espada». Y guste o no a quien manipuló tus libros escolares, amigo mío, con sus nombres están hechas las viejas relaciones militares, de Flandes a Berbería, de las Indias a la costa turca. Los oprimidos vascos fuisteis –extraño síndrome de Estocolmo, el vuestro– protagonistas de todas las empresas españolas por tierra y mar desde el siglo XV en adelante. Ése fue, entre otros muchos, el caso de los capitanes de galeras Iñigo de Urquiza, Juan Lezcano y Felipe Martínez de Echevarría, del almirante Antonio de Oquendo, su padre y su hijo Miguel, o de tantos otros embarcados en las galeras del Mediterráneo o en la empresa de Inglaterra. Las relaciones de Ibarra, Bentivoglio, Benavides, Villalobos o Coloma sobre las guerras del Palatinado y Flandes, los asedios, los asaltos con el agua por la cintura, las matanzas y las hazañas, las victorias y las derrotas, hasta Rocroi y más allá incluso, están salpicadas de tales apellidos, sin olvidar las guerras de Italia: en Pavía, por ejemplo, un rey francés fue capturado por un humilde
... (... continúa)
COMPRENDO y asumo el riesgo que entraña el título que he usado para encabezar estos párrafos. Quienes lo objeten estoy seguro de que acudirán con rapidez a dos argumentos. Primero, la propia Constitución, en su Preámbulo, es harto generosa en la declaración de principios y valores de la Nación española. Y segundo, su artículo primero declara abiertamente que España, constituida en un Estado social y democrático de Derecho, «propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político». Parece, por ello, que nada hay que objetar. En todo caso, la permanente duda sobre si la igualdad es algo realmente posible y mi personal opinión de que el pluralismo sea algo a conseguir y no una circunstancia previamente existente. Pero, en fin, no van por ese camino «meramente declarativo» las observaciones que aquí se traen a colación.
Y es que hay que comenzar por el sentido y significado de lo que la misma democracia supone. Tarea nada fácil, por supuesto. Entre otras razones porque la versión que a nosotros llega tiene su cuna en fechas no tan lejanas. Es al final de la Segunda Guerra Mundial cuando la clase de régimen practicado por los vencedores conoce «la mundialización» del procedimiento. Aunque en los momentos actuales parezca poco oportuno, a fuer de objetivos, hemos de recordar que en los años treinta del pasado siglo, dos pilares en que descansa la democracia (existencia de partidos políticos y soberanía del Parlamento) habían entrado en crisis. Para entonces, «lo moderno» era el totalitarismo. No es de extrañar, por ello, que no pocos de los expertos en Derecho Político hubieran publicado entre nosotros obras cuajadas de loas al sistema totalitario y, posteriormente, aparecieran como abanderados del sentir democrático: sencillamente, escribieron en línea con lo predominante en cada momento. No ha lugar a descalificaciones por ello.
El problema realmente surge cuando, por aquello de «tapar vergüenzas» y por obra de esa mundialización, es extensa la relación de países que se suman a la democracia como mera cobertura de carácter semántico: «Democracia orgánica», «democracia corporativa», etc., etc. Naturalmente, surge el debate (posiblemente no del todo cerrado todavía) sobre cuál es la esencia de la democracia, por utilizar la pregunta del gran Kelsen. Si viviéramos en un país como EE.UU., acaso el tema podría simplificarse a través de la llamada teoría elitista. Democracia es simple posibilidad de cambio de elites. Se alcanza el poder mediante el sufragio y, una vez que se posee, se responde de su uso ante el órgano sujeto de la soberanía: el Parlamento. Y esto es suficiente para ser demócrata, se defienda o no la integración racial y se esté o no de acuerdo con la aplicación de la pena de muerte. Nos puede resultar extraño, pero así es.
Ocurre, empero, que en la vieja y experimentada Europa, el asunto ya no es tan sencillo. Ante todo, no resulta del todo suficiente el hecho de que algunos valores democráticos «se proclamen» en un texto, por muy fundamental que éste sea. Podría ser el caso de nuestro actual sistema, como al principio de estos párrafos hemos expuesto. Hacen falta valores mucho más concretos (acaso derivados de la afirmación solemne) que sean asumidos y practicados por la mayoría de la ciudadanía. ¿Cuáles? Valgan los que siguen sintéticamente expuestos:
a) Asimilación del ingrediente de relatividad que toda política democrática conlleva. La consideración de que la verdad política absoluta (punto de partida de los regímenes totalitarios) no existe en democracia: si existiera, no habría nada que votar. Como no se vota la fórmula del agua o el resultado de una competición deportiva.
b) Valoración de la existencia de una sociedad pluralista, sea cual fuere el origen de ese pluralismo, que se considera no sólo como algo asumible, sino también como algo enriquecedor.
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