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por Fernando Savater
Según parece, la proyectada y ya menguante asignatura de Educación para la Ciudadanía incluirá lecciones dedicadas al diálogo y a la negociación. Nada puede resultar más oportuno, en vista de la fenomenal catarata de equívocos y malentendidos -creo que no todos inocentes- que rodean el frecuente uso de esos términos tan ensalzados como aborrecidos. En una democracia parlamentaria, elogiar el diálogo es un empeño tan aparatosamente ocioso como pasearse por un hospital cantando loores a la medicina. En ambos casos parece más útil indicar los requisitos para que uno y otra sean efectivos, así como señalar sus límites en el tratamiento de males especialmente graves. Para empezar por lo más obvio, se dialoga con los amigos y se negocia con los enemigos o adversarios. El diálogo supone aceptar una base común de valores, a partir de los cuales se discute para ver qué orientación común es preferible en tal o cual proyecto. En la negociación se contraponen fuerzas y se pretenden ventajas estratégicas: es un pulso, no un intercambio argumental. En ciertos casos, los más civilizados, puede aliviarse la brusquedad negociadora con la persuasión dialogante, combinando ambos métodos. Pero la presencia de la violencia o la amenaza contra una de las partes anula dramáticamente esa posibilidad.
Viniendo a lo que nos interesa, insistir en que el diálogo -así, sin más aditamentos ni matices- es la solución de los problemas creados por el terrorismo etarra (y de su rentabilización por el nacionalismo vasco radical, que también es parte del problema) constituye una patraña y un fraude. O, en el mejor de los supuestos, un malentendido. Pongamos que a mí, en una de esas encuestas de planteamiento tan poco convincente que suelen hacerse, me preguntan si me parece aceptable "un final dialogado" para el terrorismo de ETA. Interpretando a mi modo la cuestión, puedo responder afirmativamente. Supondré que el encuestador llama "diálogo" a negociar con ETA las condiciones de su rendición cuando los terroristas admitan que tienen que dejar las armas: hablar con ellos de cuestiones penales, garantías de desarme, situación legal de los aún no procesados sin delitos de sangre, etc. Es algo que ocurrirá antes o después y ojalá fuera pronto (aunque sólo depende de ETA, claro). De modo que respuesta afirmativa. Pero también puedo contestar negativamente. Sospecharé que mi interrogador considera "diálogo" establecer un foro político extraparlamentario que incluya a portavoces de los terroristas junto a los partidos legales, con el fin de negociar concesiones políticas al nacionalismo (otras no le interesan a ETA) que refuercen su hegemonía en la CAV e incluso en Navarra, blindándola ante posibles intervenciones del Estado de Derecho, según el esquema del plan Ibarretxe más o menos radicalizado para premiar el "final de la violencia". De modo que mi respuesta será "no". O sea que, según este planteamiento hipotético pero nada fantástico, soy a la vez partidario del diálogo y contrario al diálogo... y unos me juzgarán entreguista, mientras que otros me tacharán de intransigente. Pero la culpa la tiene la ambigüedad de la palabra "diálogo", no yo.
Esa ambivalencia no desanima, desde luego, a quienes -como el lehendakari, por ejemplo- siguen predicando la buena nueva del diálogo, cuyas genéricas virtudes nos ensalzan una y otra vez de un modo escolar hasta devolvernos a los felices días del parvulario. O como el socialista Torres Mora (al que algunos conceden rango de ideólogo gubernamental, algo así como el Suslov de nuestro régimen), que en una reciente entrevista en El Mundo, tras el acostumbrado panegírico del diálogo, acuña este dictamen prodigioso: "El diálogo no ha fracasado, han fracasado los terroristas en su intento de dialogar". ¡Toma ya! Es difícil ser más autocomplaciente y con menos motivos que esta gente, la verdad.
A mi entender, el Gobierno en un principio planteó el "diálogo" con
... (... continúa)Me impulsa a publicar este artículo el que un punto esencial del problema vasco, pese a ser evidente, no suele reconocerse. Mi idea es ésta: la reivindicación de fondo que hoy plantean los nacionalistas vascos es el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de Euskadi, por lo que cualquier negociación que se inicie con ellos no podrá eludir este tema. La independencia es -aunque no se diga- el horizonte de todos los nacionalistas. Para un nacionalista -defensor del principio de que cada nación ha de tener su propio Estado- todo sucedáneo de la independencia anhelada no es sino un coitus interruptus. Hace más de veinte años, un colega de Bilbao me describió la situación de su tierra de un modo muy expresivo: "Entre los nacionalistas, los dirigentes son independentistas, pero saben que no puede ser; los militantes son independentistas, pero no saben que no puede ser; y los votantes están en un vaporoso estado de exaltación cordial en el que cabe todo".
Ahora bien, hoy no puede mantenerse que los dirigentes nacionalistas sigan viendo imposible la independencia de Euskadi. Las circunstancias internacionales han cambiado, cierta erosión de los viejos Estados a resultas de la globalización es evidente y, sobre todo, un cuarto de siglo de hegemonía nacionalista ha provocado un distanciamiento sentimental progresivo entre parte del País Vasco y el resto de España, que hace muy difícil pensar en proyectos compartidos e intereses comunes. Los intereses se ven distintos cuando no contrapuestos, por lo que, aun cuando puedan concertarse, no dejan de sentirse como diversos. ¿Cuántas veces hemos oído a dirigentes nacionalistas que los únicos intereses por los que se sienten concernidos son los particulares de Euskadi, haciendo caso omiso de los generales de España? Pero un Estado -también un Estado federal- es, recordémoslo, un ámbito donde el interés general de todos sus miembros prevalece en algunas materias sobre el particular de cualquiera de sus partes. En otro caso, no hay Estado sino todo lo más confederación de Estados.
Así las cosas, ¿qué opciones tiene hoy la España que se siente española a la hora de afrontar el problema vasco? Sólo dos, basadas ambas en el mismo presupuesto, a saber: que el Estado autonómico fruto de la Constitución, desarrollado con coraje y vigor hasta convertirlo en un auténtico Estado federal, es el único marco -no inmutable, sino modificable según sus propias reglas- que la nación española acepta como base de su proyecto común. Pues bien, sobre la base de esta estructura autonómica devenida federal, las dos opciones existentes frente a la perenne reivindicación nacionalista vasca son éstas:
Primera. Conllevar el problema -tal y como aconsejaba Ortega, refiriéndose a Cataluña- sin pretender solucionarlo. Dejar pasar el tiempo. Hay quien sostiene que existen dos clases de problemas: los que se resuelven solos y los que resuelve el tiempo. En esta línea y ciñéndose al ámbito vasco, se ha dicho por un conocedor del tema que ETA nunca será derrotada, pero se extinguirá con el tiempo. Por consiguiente, el camino a seguir sería modificar la Constitución en la medida precisa para desarrollar el Estado autonómico, hasta convertirlo en un Estado federal homologable y efectivo. Para ello sería preciso el acuerdo de los dos grandes partidos españoles, abierto a la participación constructiva -no sólo a la simple adhesión- de los demás partidos dispuestos a prestarla. Y hecho esto, clavar los pies en la arena, aguantar, aplicar la ley hasta el extremo -observata lege plene- y esperar a que escampe.
Segunda. Afrontar el problema vasco en busca de una solución pactada con los nacionalistas, lo que implicaría necesariamente admitir que este contencioso se concreta, para éstos, en el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de Euskadi. Todo lo demás son paños calientes. Intento justificar lo que digo.
El problema vasco sólo tiene dos salidas: o Estado federal o sece
... (... continúa)
La gente buena de Sierra Leona está encantada de que Hollywood haya hecho una película que cuente al mundo los horrores de su guerra civil, pero se lamentan de que el paisaje no se parece casi nada al original. No es una queja. Entienden que para producir una película de este calibre se requiere electricidad, agua corriente, carreteras transitables. Entienden que Sierra Leona, un país que sencillamente no tiene infraestructura, no estaba a la altura de las necesidades de semejante producción.
Lo lamentable, y lo que va al corazón de la tragedia de muchos países africanos, es que el país posee la riqueza natural suficiente como para dar vidas más que dignas a sus seis millones de habitantes. Posee diamantes. Y los ha poseído en abundancia. Desde que se descubrieron los primeros en los años treinta, el valor total de los diamantes extraídos es de miles de millones de dólares.
No fue hasta los años noventa que la riqueza proveniente de los diamantes, en vez de enriquecer a mercaderes extranjeros, se quedó dentro del país. La horrible ironía del caso, y el motivo por el que se creó la frase "los diamantes de la sangre", es que ese dinero se convirtió en armas. Los ejércitos en disputa vendieron los diamantes para abastecer una guerra que empezó en 1991, duró 11 años, cobró 50.000 vidas, generó miles de niños soldados que mutilaron y violaron a miles más, desplazó a dos millones de personas -un buen número de ellos llegó en pateras a España- y dejó una devastación económica de la que Sierra Leona apenas se ha empezado a recuperar.
La misma lógica perversa se aplica a los otros dos países que han sufrido las consecuencias de poseer algunos de los yacimientos de diamantes más abundantes del mundo. Angola y la República Democrática del Congo poseen una riqueza mineral exuberante. Pero, una vez más, la fecundidad de la naturaleza ha sido transformada no en bienestar para su gente, sino en hambre, terror y lágrimas. La guerra en Angola duró 30 años. Hubiera durado mucho menos, o hubiera sido un conflicto de mucha más baja intensidad, si Jonas Savimbi no hubiera utilizado los diamantes que controlaba para transformar su guerrilla, UNITA, en uno de los ejércitos más formidables del continente.
En el Congo los combates han disminuido y ya no hay tanta presencia de ejércitos de países vecinos como Zimbabue, Ruanda y Uganda, atraídos todos por los diamantes, y las posibilidades de pillaje que ofrecía el caos de la guerra.
Comparado con la situación catastrófica de hace cuatro años, Sierra Leona, Angola y el Congo están en paz. Pero en los tres países las secuelas de las guerras de los diamantes, que según Amnistía Internacional dejaron un total de 3,7 millones de muertos, siguen siendo nefastas. Tampoco en Angola y el Congo se podría rodar una película de Hollywood. Tan desesperante es la pobreza en esos países tan ricos, tan bondadosamente bendecidos por la naturaleza, que es casi inimaginable que se pueda hacer nunca. Los diamantes de la sangre son para siempre.
John Carlin

Los temas polémicos acostumbran a provocar irritación y malentendidos. Es casi normal que un artículo que plantea un debate enfade a algún lector, sea objeto de lecturas interlineales y dé lugar a juicios de intenciones. Hace poco, un artículo mío en estas páginas (¿Demasiada democracia? 20-11-2006) acerca de los peligros que pueden acarrear los excesos de la democracia provocó la protesta de uno, porque no se citaba a Franco donde le parecía oportuno, y de otro, porque veía en él una defensa del autoritarismo. Algunos me han dicho de palabra que cómo un viejo demócrata como yo escribía ahora "contra la democracia". Muchos pensarán, en vista de las airadas reacciones que provoca el intentar suscitar discusión, que el precavido y sensato debe evitar los temas polémicos. Nada más lejos de mi opinión. Yo creo que el deber de un articulista que se pretende "intelectual" es acometer temas controvertidos aun a riesgo de causar la ira de algunos, si con ello hace reflexionar a otros.
Quien canta las excelencias de la democracia en un país democrático donde la inmensa mayoría se proclama demócrata sin duda cosechará parabienes, pero contribuirá muy poco a estimular la actividad mental de los lectores y, por ende, a resolver los innegables problemas de esa democracia que tanto se ensalza. Plantear los problemas de la democracia durante la dictadura de Franco hubiera agradado a muchos entonces, pero hubiera sido abyecto. Correlativamente, cantar ditirambos democráticos en la España de hoy se me antoja, por decirlo suavemente, superfluo. Ya va estando uno un poco hastiado de estos intrépidos progresistas que combaten el franquismo con treinta años y pico de retraso.
Un articulista responsable, en lugar de hacer leña en árboles caídos, debe defender posiciones minoritarias, debe tratar de convencer antes que de agradar; en definitiva, debe escribir "contra la corriente"; y contra lo corriente, que viene a ser lo mismo.
Yo creo, parafraseando a Churchill, que la democracia es un mal sistema de gobierno, pero que las alternativas son aún peores. Ello quiere decir que hay que apoyarla, pero sin excesivas ilusiones. Al fin y al cabo, la sociedad de los hombres dista mucho del Jardín del Edén y su gobierno no puede ser todo luz y armonía. Creo también que no hay una, sino muchas formas de democracia, que unas son mejores que otras, y que estudiar sus defectos y problemas no sólo no perjudica a la institución, sino que puede fortalecerla.
Decir que se corre el peligro de un exceso de democracia no significa reclamar un aumento del autoritarismo, sino recomendar medidas que incrementen la estabilidad de la institución democrática, dotándola de un mejor y más potente sistema de límites y contrapesos (los checks and balances anglosajones, sobre los que teorizó "el celebrado Montesquieu", como le llamaba James Madison). Abundan los ejemplos históricos en que un exceso de democracia puso en peligro la continuidad del régimen. Ocurrió así con las dos repúblicas españolas (1873-1875 y 1931-1936), por mucha simpatía que tales regímenes nos inspiren a muchos. En el Chile de Allende, del que tanto se ha hablado últimamente con motivo de la muerte de Pinochet, los excesos democráticos crearon un ambiente enrarecido que favoreció el golpe del general y dejó aislados a los grupos que lo resistieron. Se podrían aducir muchos más, pero el contraejemplo de la naciente república norteamericana es interesante. La rebelión contra la monarquía inglesa en 1776 provocó en las ex colonias tal revulsión anti-autoritaria que las trece se proclamaron soberanas e independientes, y la mayoría de ellas se dieron regímenes asamblearios, con ejecutivos y judicaturas muy débiles. Los excesos democráticos debilitaron seriamente al esfuerzo bélico contra Inglaterra. Si la guerra duró casi ocho años y exigió la ayuda decisiva de Francia y España, fue por el caos fiscal que la organización ultrademocrática causó. Consumada la independencia,
... (... continúa)Señor, que vea…
…que vea tu rostro en cada esquina.
Que vea reír al desheredado,
con risa alegre y renacida
Que vea encenderse la ilusión
en los ojos apagados
de quien un día olvidó soñar y creer.
Que vea los brazos que,
ocultos, pero infatigables,
construyen milagros
de amor, de paz, de futuro.
Que vea oportunidad y llamada
donde a veces sólo hay bruma.
Que vea cómo la dignidad recuperada
cierra los infiernos del mundo
Que en otro vea a mi hermano,
en el espejo, un apóstol
y en mi interior te vislumbre.
Porque no quiero andar ciego,
perdido de tu presencia,
distraído por la nada…
equivocando mis pasos
hacia lugares sin ti.
Señor, que vea…
… que vea tu rostro en cada esquina.
José M. R. Olaizola
La madre del etarra De Juana fue cuidada antes de morir por la viuda de un comandante del Ejército asesinado por ETA
por Pablo Ordaz
Todas las tardes, dos mujeres mayores se sientan frente a frente en el salón de un piso del barrio de Amara de San Sebastián. Son vecinas y consuegras. Una de ellas le va dando con una cucharilla y mucha paciencia un yogur de café a la otra, enferma de Alzheimer. La primera es viuda de un comandante asesinado por ETA en 1977. La segunda es la madre del terrorista Iñaki de Juana Chaos.
La escena se repite cada día durante el último año y medio hasta que, el 27 de enero, Esperanza Chaos Lloret muere. Tenía 83 años y había nacido en Tetuán, donde su padre, un militar del Ejército español, estaba destinado entonces. Luego se casaría con un médico, Daniel de Juana Rubio, oriundo de Miranda de Ebro (Burgos), que también hizo la guerra como teniente asimilado en las tropas de Franco, por lo que fue condecorado con una medalla de campaña, dos cruces rojas y una cruz de guerra. De todo ello da fe un carné de Falange Española y de las Jons expedido el 16 de octubre de 1943 donde aparece sonriente a sus 35 años. Daniel de Juana y Esperanza Chaos tuvieron dos hijos, Altamira y José Ignacio, que nacieron y se criaron en una casona de Legazpia donde el doctor pasaba consulta a los trabajadores de Patricio Echeverría, una de las principales acerías de Guipúzcoa. La vivienda estaba al lado de la casa cuartel de la Guardia Civil y por las tardes José Ignacio jugaba al fútbol con los hijos de los guardias.
-Soy Chacho, hola mamá.
Durante las dos últimas décadas, unas veces los lunes y otras los miércoles, el terrorista Iñaki de Juana Chaos, encarcelado en las prisiones más alejadas de Euskadi por asesinar a 25 personas -entre ellas 17 guardias civiles-, empleaba esa fórmula, casi siempre la misma, para iniciar la conversación con su madre. Los cinco minutos reglamentarios de charla versaban sobre cuestiones banales, el tiempo o un jersey verde que el terrorista quería que su madre le hiciera llegar, pero jamás hablaban de política y mucho menos de ETA. Sencillamente porque Esperanza Chaos, a la que en familia llamaban Nina, nunca justificó los crímenes de su hijo ni formó parte del colectivo de apoyo a los presos de ETA. Tampoco llegó a saber jamás qué o quiénes influyeron en él para que, a principios de los 80, abandonara su trabajo en la Ertzaintza y se fugara a Francia.
Cuentan personas que la quisieron mucho que Esperanza se cayó redonda al suelo el 16 de enero de 1987 cuando le contaron que a su hijo lo acababan de detener en Madrid. La fotografía que al día siguiente vio publicada en los periódicos no se parecía en nada a las que de él guardaba en el álbum familiar. En ellas aparece de corbata en el bautizo de su sobrina o jurando marcial la bandera española tras el periodo de instrucción en Alcalá de Henares. Nada en la trayectoria del hijo hacía presagiar un futuro cercano a ETA. Más bien al contrario. Cuando De Juana regresó del servicio militar llevaba consigo un diploma, expedido por el Ayuntamiento de Madrid el 27 de mayo de 1977, en reconocimiento por su valiente lucha contra un incendio que sufrió la capital entre el 15 y el 20 de abril de aquel año. Más tarde, ingresó en la segunda promoción de la policía autonómica vasca. "Aún faltaban unos años", recuerda un familiar, "para que De Juana, muy propenso siempre a los amoríos, se ennoviara con una enigmática mujer llamada Helena y residente en Bayona".
El caso es que Esperanza Chaos jamás volvió a ver a su hijo en libertad. Ya por entonces viuda, inició una difícil carrera por mantener viva su relación con su hijo al tiempo que rechazaba una y otra vez las invitaciones para integrarse en el colectivo de apoyo a los presos de ETA. La madre del terrorista más famoso recorrió más de 300.000 kilómetros en coche -le aterrorizaba el avión- para ver a su hijo preso. Su
... (... continúa)Por Juan Manuel de Prada
ME ha parecido, lisa y llanamente, espectacular la entrevista a Joaquín Leguina que Ángel Collado publicaba ayer en las páginas de este periódico. A la intención del entrevistador se suma la inteligencia afilada y levantisca del entrevistado, y el resultado no puede resultar más suculento; tanto que, por momentos, el lector -habituado a rumiar la insípida alfalfa de los políticos, tan predecibles siempre-tiene que pellizcarse a cada poco, para confirmar que no está soñando. No he cultivado la amistad de Leguina, pero en las escasas ocasiones en que hemos compartido conversación, y sobre todo en la lectura de sus novelas, he descubierto a un hombre leal a sus convicciones, de una honradez intelectual que resulta chocante tanto entre políticos como escritores; un hombre capaz de enjuiciar la realidad desde el conocimiento profundo de la naturaleza humana y, desde luego, un socialista a la antigua usanza, probo y cultivado, como uno se imagina que debieron de ser los institucionistas. Aunque en sus declaraciones a la prensa pueda parecer a veces mohíno o escocido por haber sido apartado de la primera línea política, siempre me ha parecido que íntimamente agradece -aunque cultive cierta pose gruñona- este apartamiento, que le permite dedicar más tiempo a su vocación literaria. Quizá ejemplifique mejor que nadie la incompatibilidad entre el vuelo de la inteligencia y la cerrazón mental que postula el sistema de partidos.
En la entrevista de Ángel Collado ensarta algunas afirmaciones que aúnan lucidez y socarronería. Dispara sus venablos contra el partido de la oposición y también contra el Gobierno, o, por mejor precisarlo con sus propias palabras, «el grupo de Rodríguez Zapatero». En algunos pasajes demuestra una envidiable disposición para el aforismo sarcástico: «Algunos políticos no quieren entrar en la historia, sino en el libro Guinness». Reflexionando sobre las escasas posibilidades electorales de algunos candidatos socialistas, desliza una maldad antológica: «Proceden de la misma cantera, la de los amigos del presidente del Gobierno. Una cantera interesante, sobre todo para Zapatero». Toda la entrevista es un festín de la inteligencia díscola, la inteligencia que no se deja apacentar y prefiere pastar en prados sin alambradas.
Pero donde Leguina muestra mayor capacidad crítica es cuando enjuicia la degeneración de la casta política: «Una persona que se dedica a la política tiene que tener alguna experiencia fuera de la política, tiene que haber cotizado a la Seguridad Social por cuenta ajena o propia, tiene que saber cómo funciona una empresa o una institución pública, haber hecho unas oposiciones o trabajado de albañil o ingeniero de caminos. Eso de meterse desde niño a cobrar de un partido y llegar hasta arriba no es bueno». Este juicio tan atinado podría entenderse malévolamente como una diatriba contra Zapatero, que encarna a la perfección tan lastimoso modelo, pero Leguina pica mucho más alto: está denunciando el mal que corrompe nuestra democracia, la enfermedad que cada día la hace más vulnerable y acabará provocando el hastío y el desentendimiento de los ciudadanos.
Cada vez es más frecuente la figura del político de currículum huérfano. Haraganes que nunca han destacado en nada, que nunca se han tenido que ganar el pan con el sudor de su frente, chupópteros que desde la juventud se arrimaron a unas siglas para medrar, profesionales de la política sin oficio ni beneficio, una caterva de inútiles que cobijan su mediocridad en la burocracia de los partidos, sin más mérito que su adhesión ciega a unas consignas y su habilidad simultánea para la obediencia y el arribismo. Personajillos de escaso fuste que entienden la política como un enchufe vitalicio; alfeñiques que, como nunca han estado en contacto con la vida, terminan convirtiendo la política en un experimento de laboratorio y fabricando problemas artificiosamente allá donde no existí
... (... continúa)
La mitad de los jóvenes que empiezan a beber antes de los 14 años desarrollará dependencia
Los adolescentes han bebido alcohol durante siglos, pero el que hasta ahora había sido un debate social y moral podría no tardar en centrarse en la neurobiología. Los costes de un consumo elevado a una edad temprana parecen ir mucho más allá del tiempo que roba el alcohol a los deberes, el riesgo de peleas o accidentes y las dificultades que añade al crecimiento. Cada vez más investigaciones indican que el alcohol provoca más daños al cerebro en desarrollo de los adolescentes de lo que se solía creer, y les causa unas lesiones significativamente mayores que al cerebro de los adultos. Aunque son preliminares, los hallazgos han echado por tierra la suposición de que la gente puede beber mucho durante años sin sufrir lesiones neurológicas significativas. Y la investigación incluso apunta a que un gran consumo de alcohol a una edad temprana podría socavar precisamente las capacidades neurológicas necesarias para protegerse del alcoholismo.
Los nuevos descubrimientos pueden ayudar a explicar por qué las personas que empiezan a beber a una edad temprana corren un enorme riesgo de convertirse en alcohólicas. Según los resultados de un sondeo realizado en Estados Unidos entre 43.093 adultos y publicado el 3 de julio en Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine, un 47% de las personas que comienzan a beber alcohol antes de los 14 años desarrollan una dependencia en algún momento de su vida, en comparación con un 9% de aquellos que esperan como mínimo hasta los 21 años. La correlación se mantiene incluso cuando se tienen en cuenta los riesgos genéticos de alcoholismo.
La prueba más alarmante de daño físico proviene de experimentos de laboratorio con cerebros de ratas adolescentes sometidos a grandes cantidades de alcohol. Esos estudios observaron importantes daños celulares en el cerebro anterior y el hipocampo. Y, aunque no está claro hasta qué punto pueden aplicarse directamente esos hallazgos al ser humano, existen ciertas pruebas que indican que los alcohólicos jóvenes pueden sufrir déficit análogos. Por ejemplo, los estudios realizados durante los últimos ocho años por investigadores de San Diego descubrieron que los adolescentes alcohólicos obtienen malos resultados en pruebas de memoria verbal y no verbal, concentración y ejercicio de las habilidades espaciales, como las necesarias para leer un mapa o montar una estantería.
"Ahora no cabe duda de ello: el consumo excesivo de alcohol en la adolescencia entraña consecuencias cognitivas a largo plazo", afirma Aaron White, catedrático adjunto de investigación del departamento psiquiátrico de la Universidad de Duke y coautor de un estudio reciente sobre consumo extremo de alcohol en campus universitarios. "Evidentemente, hace cinco o 10 años no sabíamos que el alcohol afectaba al cerebro adolescente de forma distinta", señala White, que también ha participado en la investigación de Duke sobre los efectos del alcohol en ratas adolescentes. "Ahora existe una sensación de urgencia. La situación es la misma que cuando todo el mundo se dio cuenta de lo malo que era que las mujeres embarazadas tomaran alcohol".
Una de las dos zonas cerebrales que se sabe que se ven afectadas es el hipocampo, una estructura crucial para el aprendizaje y la memoria. En 1995, el grupo del neuropsicólogo Scott Swartzwelder del Duke y el Veterans Affairs Medical Center de Durham, al que pertenece White, observó que las ratas que se encontraban bajo los efectos del alcohol tenían muchos más problemas que las ratas adultas achispadas cuando se les pedía repetidamente que localizaran una plataforma sumergida en una bañera de agua turbia y que nadaran hasta ella.
Swartzwelder afirma que es probable que en adolescentes humanos unos mecanismos neuronales análogos expliquen las lipotimias, una pérdida de memoria para los acontecimientos que se prod
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