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Reseña del libro Contra Cromagnon. Nacionalismo, ciudadanía,democracia de Félix Ovejero Lucas.
El economista y sociólogo Félix Ovejero aborda en este ensayo las razones por las que un sector de la izquierda española se ha aliado con formaciones nacionalistas en una estrategia para arrinconar al Partido Popular. Actualmente abundan los libros acerca de misterios esotéricos, sectas diabólicas, enigmas de otros mundos (aunque están en éste), conspiraciones rocambolescas, templarios varios y otros secretos indescifrables. Pero la obra que aquí reseñamos versa sobre un jeroglífico más impermeable al sentido común que cualquiera de ellos: la abducción de la izquierda hispánica por los nacionalismos separatistas, cuanto más radicales mejor. A diferencia de otros raptos extraterrestres, éste suele ser negado por quienes lo han sufrido: protestan que ellos no son en absoluto nacionalistas, todo lo contrario, aunque -eso sí- apoyan a los nacionalistas, hablan como los nacionalistas, votan junto a los nacionalistas, forman "mayorías de progreso" (sic) con los nacionalistas, aborrecen a los adversarios del nacionalismo y, pese a que ellos son de izquierdas pero no nacionalistas, aceptan que los nacionalistas son de izquierdas... o más de izquierdas que quienes no son nacionalistas. Mysterium tremendum! De los pocos rasgos inequívocos que tenía la izquierda en nuestro país -el antinacionalismo y el anticlericalismo, dos insignias de cordura histórica en España- ya ha perdido clamorosamente la primera y puede que la segunda, Alá mediante, se desvanezca en altares multiculturales dentro de no mucho. Aún les queda, eso sí, la nacionalización de la banca, pero últimamente se les oye hablar poco del asunto.
A tratar esta insoluble perplejidad, entre otros temas anexos, va dedicado este libro, cuyo título alude a una genial viñeta de El Roto que figura como epígrafe. Su autor, Félix Ovejero, es economista y sociólogo de la política: desde hace veinte años profesor en la Universidad de Barcelona, antes lo fue también en Estados Unidos. Pero además es uno de los promotores de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía y Contra Cromagnon puede considerarse, entre otras cosas, como una fundamentación teórica de la posición frente al nacionalismo de este imprescindible nuevo partido político. En esta clave les vendría bien leerlo para despejar telarañas mentales a los que siguen preocupados por el "españolismo rancio" de quienes se oponen al disparate separatista, tanto en su versión hard como light (me encanta ese calificativo, "rancio", para descalificar a los adversarios del regreso a Cromagnon).
El libro se abre con demorados ensayos sobre el nada transparente concepto de "nación" (que la moda estatutaria española otorga a voleo) y las principales posturas teóricas sobre el asunto: la del liberalismo, que establece las fronteras como límites de propiedad y considera al Estado-nación un club de propietarios; el comunitarismo, que establece las fronteras según la identidad y trascendentaliza el demos como destino compartido ("unidad de destino en lo universal", dijo un precursor); y el republicanismo, cuyas fronteras son cimientos para asegurar justicia y libertad, es decir, ciudadanía. Esta última es la postura que evidentemente prefiere Félix Ovejero, heredero de una tradición ilustrada y marxista bien asimilada.
El marco genérico de estas reflexiones está enriquecido constantemente por análisis más concretos y pormenorizados de bastantes de las polémicas del día. Es saludable la contundencia argumental con que desmonta algunos de los más tontiformes lugares comunes, como la beatería multicultural ("si importan las culturas es porque importan las personas. No al revés. Que una cultura deba preservarse simplemente porque existe, no puede ser nunca un argumento atendible para quienes constatan que buena parte de las ’culturas’ humanas han estado asentadas en la discriminación y en la explotac
... (... continúa)Al conmemorar, el pasado julio, el 230º aniversario de la Independencia de Estados Unidos, el presidente Bush observaba que los patriotas que lucharon por la independencia creían que todos los hombres nacen iguales y con unos derechos inalienables. Y más adelante declaraba que debido a esos ideales, Estados Unidos "sigue siendo un rayo de esperanza para quienes sueñan con la libertad y un ejemplo resplandeciente para el mundo de lo que puede conseguir un pueblo libre". Pero al mismo tiempo que hacía esas declaraciones, su Gobierno retenía en la base cubana de Guantánamo a unos 400 prisioneros. Algunos de éstos llevan hoy más de cinco años recluidos, y ninguno ha sido juzgado todavía.
Una fuente de información de la máxima fiabilidad confirmaba el mes pasado que los presos de Guantánamo están padeciendo algo más que detención indefinida. La Oficina Federal de Investigaciónsacó a la luz documentos que demostraban, entre otras cosas, que un agente del FBI había visto "en varias ocasiones" a detenidos "encadenados por los pies y las manos al suelo, en posición fetal", sin un asiento, ni comida ni inodoro. En esas condiciones, "la mayoría se veía obligada a hacerse encima sus necesidades". Así se les dejaba durante 18 o 24 horas, cuando no más.
El agente continuaba diciendo en su informe que en una de estas ocasiones "el aire acondicionado estaba tan alto que el detenido, descalzo, temblaba de frío". En otra ocasión, la celda carecía de ventilación alguna y la temperatura superaba los 38 grados. El detenido yacía en el suelo casi inconsciente, con un puñado de pelos a su lado: "Al parecer, se los había estado arrancando durante la noche".
"Tienes que ver esto", le dijo entre risas un contratista civil a otro agente del FBI. Y a continuación lo condujo a una sala de interrogatorios, donde el agente vio a un hombre de barba y pelo muy largo con una mordaza de cinta adhesiva que "le cubría gran parte de la cabeza". Cuando preguntó cómo le quitarían la cinta, no recibió respuesta.
Otro agente del FBI informó de que había visto prisioneros que permanecían sujetos con grilletes durante más de 12 horas, también expuestos al frío, que eran sometidos durante horas a unas luces estroboscópicas deslumbrantes y al sonido constante de música rap a un volumen atronador, o forzados a envolverse en la bandera de Israel. El informe del FBI constataba estos incidentes y añadía el siguiente comentario: "No parece excesivo dada la política del Ministerio de Defensa".
Varios de los detenidos expresaron a los agentes del FBI que no tenían relación alguna con el terrorismo y que no sabían por qué los habían secuestrado y conducido a Guantánamo. Muchos de los prisioneros no fueron capturados en la guerra de Afganistán. Algunos fueron detenidos en Bosnia, Indonesia, Tailandia, Mauritania y Pakistán.
El Gobierno de Bush afirma que los detenidos son "enemigos de guerra", prisioneros de la guerra global contra el terrorismo -una guerra que se está librando en el mundo entero y que podría durar varias décadas-. El comandante en jefe de las fuerzas especiales destacadas en Guantánamo, el contraalmirante Harry B. Harris, defendía recientemente el trato cruel al que se somete los prisioneros, diciendo que "todos ellos son terroristas; todos son enemigos de guerra".
Pero la CIA ya ha cometido errores antes. Con Murat Kurnaz, por ejemplo, el turco-alemán que quedó en libertad el pasado agosto después de cuatro años de prisión en la base de Guantánamo. Y el caso de Khaled el Masri, un ciudadano alemán de origen libanés, parece ser otro de esos errores. La CIA lo detuvo en Macedonia, lo trasladó a Afganistán y lo interrogó durante cinco meses, tras lo cual lo dejó en libertad sin cargos. Un tribunal alemán acaba de dictar una orden de detención de los implicados en su secuestro.
Si existen los derechos humanos, el derecho a no ser detenido indefinidamente sin ju
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"Mi ideal", dijo en París el estadounidense Richard Rorty ante un público joven, "es que el mundo fuera como el supermercado de mi barrio: bien pertrechado de mercancías y con entrada libre". Alguien que se decía comunista le replicó: "Señor, el problema del capitalismo no es que sea malo, es que no hay para todos".
La respuesta, proferida hace cuatro años en un congreso sobre globalización política, sonaba a salida ingeniosa. Hoy nos la tomaríamos al pie de la letra porque ha hecho camino la conciencia de que la tierra no puede con todo: sus recursos son limitados, hay daños irreversibles, sin olvidar la amenaza de destrucción por obra del hombre. Al Gore está conmoviendo la conciencia del mundo blandiendo los efectos del calentamiento global, que no es, por cierto, el único ni el mayor de los problemas que amenazan a la vida del hombre sobre la Tierra.
Es una situación nueva que merece ser considerada. Hasta ahora la conciencia crítica se cultivaba en cenáculos o seminarios minoritarios encelados en destripar los secretos de ese gran mito de nuestro tiempo que llamamos progreso. Allí podía uno enterarse de que la autoridad de que disfruta la debe a una triple engañosa propuesta: identificar progreso técnico con progreso moral; predicar que es inagotable y por eso todo el mundo acabará satisfaciendo sus deseos, y afirmar que es imbatible, de ahí que mejor estar de su parte que verse arrollado por su dinámica. Son propuestas engañosas porque, primero, a la vista está que nunca el mundo fue más rico y nunca tantas las desigualdades sociales; segundo, que hoy como ayer el mundo avanza sobre las espaldas de los más débiles, es decir, sigue creciendo el cúmulo de víctimas, y, tercero, esa marcha de la historia es imparable sólo en tanto en cuanto nadie se plantee interrumpirla.
De la campaña mundial del ex vicepresidente de Estados Unidos lo más revelador es haber sabido destapar el doble frente en el que combaten los defensores de ese progreso. Se pelea, por supuesto, donde se hace dinero, llámase pozos de petróleo, despachos de las grandes multinacionales, laboratorios o presupuestos del Estado; pero también allí donde se moldean la cabeza y el corazón de quienes pueblan el mundo que ellos construyen, es decir, en los medios de comunicación, en editoriales, universidades y centros de producción intelectual. Dos guerras simultáneas: una física y otra metafísica o hermenéutica tendente a difundir el mensaje de que no hay cambio climático o que si lo hay será benéfico o que es una fatalidad contra la que nada se puede hacer.
A estas alturas de la historia hay que constatar que el frente físico aguanta perfectamente: los beneficios crecen exponencialmente. Es en el frente hermenéutico donde se aprecian algunas grietas. Empieza a cundir el pánico porque nos sentimos en peligro, de ahí que se insinúe por primera vez la pregunta contra la que iba dirigida la metralla hermenéutica: ¿qué hacer? Porque algo hay que hacer.
Lo que haya que hacer depende de cómo se valore el peligro que amenaza. Los hay que, como el propio Al Gore, proponen una estrategia reformista. Se puede hacer con el calentamiento de la Tierra lo mismo que con los clorofluorocarbucos que minan la capa de ozono: un plan de choque que, sin que nadie lo note, acabe si no reduciéndolos sí estabilizándolos. El problema es que los nuevos daños al planeta Tierra -amenaza nuclear, daños irreversibles a la naturaleza, agostamiento de recursos, crecimiento exponencial de la humanidad, etcétera- están íntimamente relacionados con la economía global. No estamos hablando de efectos colaterales, sino de la misma lógica del sistema, por eso la terapia tiene que ser mucho más radical.
Alguien que entreguerras dedicó su extraordinario talento a perseguir en la historia las huellas de esa lógica "progresista", Walter Benjamin, dejó escrito a modo de testamento esta contundente fórmula: "Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de l
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Mientras las provincias de la costa se llenan de construcciones, la España del interior se despuebla. Esas son las verdaderas dos Españas y no las de Machado, pese a que todavía perviven (no hay más que ver nuestro Parlamento).
Desde hace varias décadas, España se resquebraja, y no políticamente, dividida en dos mitades, la de las regiones ricas y la de las regiones pobres, que el mapa marca perfectamente: las ricas son las que baña el mar y las pobres las que están lejos de él. Solamente Madrid es la excepción, por los motivos que todos conocemos.
Extremadura, las dos Castillas, Aragón, el antiguo reino de León y las provincias interiores de Galicia se han ido así despoblando, aprisionadas entre las dos presiones que marcan el desarrollo de este país: la centrífuga de la periferia y la centrípeta de Madrid. Dos presiones combinadas que han arrastrado a sus habitantes hacia las regiones cálidas y con más posibilidades económicas o hacia la capital de España, que continúa ejerciendo un innegable atractivo para la mayoría de los españoles. Justo todo lo contrario que las viejas capitales y pueblos del interior, envejecidos y sin futuro para los jóvenes, a excepción de unos pocos casos. El resultado es un desolador paisaje, con provincias prácticamente deshabitadas y con comarcas enteras condenadas a la desaparición.
Pero, a lo que se ve, a nadie, salvo a los habitantes de esas regiones, parece preocuparle esa situación. Mientras media España se despuebla, mientras la mitad del mapa se desertiza delante de nuestros ojos condenada al ostracismo y al olvido por su situación geográfica, la otra mitad continúa creciendo sin importarle lo que le sucede a aquélla. Incluso despreciándola por su decadencia como en el colegio determinados alumnos aventajados hacen con los más torpes. No hay más que ver las reacciones suscitadas por las reclamaciones de algunas de esas provincias, como Zamora, Teruel o Soria, cuyos habitantes han tenido que manifestarse al grito de que existen para que les hagan caso.El problema viene de lejos. Viene de la época del desarrollismo de la dictadura, cuando comenzó la industrialización de determinadas zonas de la periferia, que provocó el primer éxodo de población interior, y se acentuó luego con el turismo, que atrajo hacia las costas cantidades ingentes de mano de obra en perjuicio de las regiones y las provincias del interior. Paradójicamente, la descentralización política propiciada por el llamado Estado de las autonomías, en lugar de corregir esa tendencia, la ha acentuado todavía más gracias a lo que los economistas llaman, con magnífica expresión, optimización de los recursos productivos nacionales y a la insolidaridad interregional. Todo ello, por supuesto, con la colaboración de los sucesivos gobiernos, más preocupados por complacer a las autonomías ricas, cuya mayor población les procura un mayor poder político, que por ayudar a las desfavorecidas. Justo todo lo contrario de lo que se reclama a Europa y de lo que hacen internamente otros países de nuestro entorno.
No seré yo quien explique aquí la importancia del equilibrio económico y demográfico de un país, no sólo para su desarrollo armónico, sino también para su bienestar global. Cualquiera sabe que un país desvertebrado, con grandes diferencias entre sus distintas zonas, repercute negativamente a la larga en todas ellas y no sólo en las perjudicadas. Como ocurre con un cuerpo en el que uno de sus órganos se desarrolla exageradamente más que los otros o con una familia en la que uno o varios de sus miembros medran a costa de los restantes, tarde o temprano empezarán a surgir los problemas para todos, puesto que, al malestar de los discriminados, se sumarán los derivados del hiperdesarrollo de los favorecidos, como ya se empieza a ver en nuestro país. Todos oímos continuamente las quejas de las regiones ricas en relación con la falta de agua o con la destrucción de su medio ambiente. Y es que, como dijo el sabi
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8 de marzo. Día de la Mujer
¿De dónde surge esa violencia de un hombre hacia su pareja? ¿Esa violencia podría haber sido dirigida con la misma intensidad hacia cualquier otra persona?
Si la respuesta es sí, quizás simplemente estemos hablando de un desequilibrado, sin más. Sabemos que hay personas proclives a la violencia, incluso a la violencia desmesurada. Pero si la respuesta es no, hay algo oscuro en todo esto. Porque hay algo que nos hace sospechar que está presente un sentimiento de posesión sobre la otra persona. Como no se trata de casos aislados, uno reflexiona sobre el origen de este comportamiento, de esta mentalidad. Hoy en día, muy a menudo, nos perdemos en vacíos debates sobre el género que finalmente sólo consiguen frivolizar con temas cuyas consecuencias diarias pueden acabar siendo trágicas. La construcción de género está tan asimilada en nuestro modo de ser que no nos damos cuenta de que nuestro comportamiento es notoriamente asimétrico con los hombres y las mujeres. Precisamente, en analizar con espíritu crítico nuestra actitud se encuentra la clave de progresar. Entiendo que muchas veces veamos esto como algo de importancia relativa, pero uniendo eslabones podemos darnos cuenta de que, a costa de unas ideas aceptadas tácitamente desde tiempos remotos, se cometen verdaderas aberraciones. Todos –sin excepción– somos con frecuencia cómplices de comentarios y burlas con un poso sexista. No sería mal comienzo que todos pensáramos también sobre qué hay detrás de todo eso, a qué responde y qué relación puede establecerse con esos terribles titulares que solemos leer cada semana en los periódicos.

Por Ignacio Camacho
VE a cuerpo limpio, como decía Celaya; ve a bañarte en el río de la libertad, a sentirte parte de ese caudal resuelto que corre por las calles y que esta tarde va a fluir con la fuerza de un torrente de rabia serena. Sin equipaje, sólo cargado de tus ideas claras, tus emociones nobles, tus sentimientos transparentes. Tu recta voluntad de hacerte oír cuando no te escuchan, tu incólume determinación de hacerte ver cuando te ignoran.
¿Sabes? A veces, en democracia también se vota con los pies. Ocurre cuando los que mandan cierran los ojos y se tapan los oídos, cuando el designio de la política choca con el parecer del pueblo. Cuando los gobernantes se sumergen en la oscuridad para muñir infamias a espaldas de los ciudadanos, cuando se parapetan tras las murallas del poder y tratan de dirigir la Historia ellos solos, cuando se enclaustran en la campana del sectarismo y la soberbia. Entonces, sólo queda la calle, el ágora abierta donde resuena el eco del descontento y de la queja.
Mira, ellos saben muy bien lo que tú piensas, lo que tú sientes. Lo desdeñan, pero lo saben. Por eso les molesta que lo expreses, porque la política es pensamiento y es acción, y juntos tienen en democracia una fuerza devastadora. Se llama participación, y es lo que más temen los chamanes que han convertido el ejercicio político en un sindicato de intereses y en una bitácora de despropósitos. Parecen blindados, pero no lo están; nadie lo está cuando los ciudadanos irrumpen en el campo abierto de la libertad. Cuando piensan y actúan sin miedo, cuando se rebelan para abrirse paso entre el silencio y el desprecio. Cuando son libres y saben recordarlo.
Lo triste, ya lo sé, es que tengas que salir para esto. Para pedir que los asesinos cumplan su pena y para que las víctimas no se sientan solas. Para clamar contra una sinrazón tan manifiesta y para reivindicar una verdad tan sencilla. Malos son los tiempos en que hay que luchar por lo evidente, escribió un poeta. Pero mucho peor sería condescender con la arbitrariedad, transigir con la injusticia y acomodarse en un vago conformismo resignado. Darse por vencidos, encogerse de hombros, mirar para otra parte, delegar la conciencia y abandonar a los que se sienten humillados. Aceptar la ignominia como paisaje moral.
No será en tu nombre. Que la acepten otros, si quieren. Pero tú no saliste otras veces para llegar hasta aquí de este modo. No levantaste las manos cuando mataron a Tomás y Valiente, ni encendiste velas en la dramática vigilia de Miguel Ángel Blanco, ni guardaste tantos minutos de silencio para seguir callado ahora, cuando algunos pretenden que todo eso no sirvió para nada. No caminaste a través del viento y de la lluvia, con la cabeza alta y el corazón herido, para acabar renunciando a la justicia.
Porque es de eso de lo que se trata: de justicia. No de ira, ni de rencor, ni de discordia. Y sabes que mientras te guíe el afán de justicia, mientras te mueva un soplo de dignidad, nunca caminarás solo. Te acompañará, al menos, el aliento honorable de la decencia.
Ignacio Camacho
La clase política recibe un varapalo a propósito de los nuevos estatutos de autonomía SI SE TRATABA DE iniciar una segunda, auténtica, transición -ya que la primera, por lo visto, se llevó a cabo en una España aterrorizada, sumergida en el silencio y desorientada por la ablación de la memoria histórica-, entonces la clase política que se metió en faena con la promesa de nuevos estatutos ha recibido un merecido varapalo. Cuando vivíamos aterrorizados, silenciosos y amnésicos, salíamos masivamente a la calle por aquello de libertad, amnistía y estatuto de autonomía, un clamor suficiente como para que en tres años se sometieran a referéndum los estatutos, comenzando por el de Cataluña, enseguida el de Euskadi y después todos los demás.
Aquella transición, hoy tan denostada, se dio buena maña para desplazar en sólo cinco años al conjunto de la clase política franquista de sus posiciones de poder: gente nueva, nacida después de la Guerra Civil, ocupó el poder político en el Estado y en las comunidades autónomas. Gracias a los estatutos entonces aprobados se desarrolló una ingente obra de descentralización administrativa, desde luego, pero también política, que ha transformado por completo el Estado español, no ya el franquista, sino el Estado que salió, conducido por los moderados, de la revolución liberal con sus provincias y regiones.
Al mismo tiempo, los estatutos de la primera transición afincaron en sus territorios a unas nuevas clases políticas regionales, si se perdona el concepto, utilizado aquí sólo a efectos geográficos. Esa nueva clase dio a la cuestión secular de la estructura del Estado una respuesta que, no por pragmática, resultó menos eficaz. Como Cataluña, igual que en la República, tiró del carro autonómico, todos los demás se dieron prisa por saltar a él. Todos los demás es fácil de saber quiénes eran: los mismos que en los años setenta del siglo XIX se identificaron como Estados de un Estado federal; los mismos que en la República de los años treinta del siglo XX habrían llegado a ser en poco tiempo regiones autónomas de un Estado calificado de integral: Galicia, Andalucía, Navarra, Valencia, Aragón las dos Castillas, Vieja y Nueva... qué nombres de resonancias históricas, qué materia para formar un Estado federal.
¿No se atrevieron los constituyentes de 1979? Ése es el expediente de moda para dar cuenta del pasado, el más fácil y perezoso: atribuir a sensaciones las prácticas políticas. En realidad, el Estado español no salió federal de la transición porque los partidos nacionalistas no sólo no estaban interesados, sino que sentían verdadera repugnancia ante la idea de que todos aquellos fragmentos de Estado valieran igual en sus mutuas relaciones y en las de cada cual con el Estado. Admitir que todos eran iguales y que todos juntos podrían ser fragmentos de un Estado federal caía por completo fuera de su perspectiva de futuro; es más, negaba radicalmente su perspectiva de futuro.
En tal tesitura, que Andalucía haya sido -entre las presuntamente no históricas, destinadas a fundirse en un magma castellano- la primera en pegar el salto y decir aquí estoy yo, marcó el camino. Y ahora estamos en las mismas, sólo que 30 años después y arrastrando la fatiga -en el polisémico significado del término, que los andaluces conocen bien: sentir fatiga no es allí lo mismo que estar fatigado- del interminable debate identitario. No es extraño que la fatiga haya podido más que el talante y que la mayoría de la gente haya pasado en esta ocasión de las urnas. Cataluña ya había avisado: la participación no llegó al 50%, 11 puntos menos que en 1979. En Andalucía, donde la cuestión de ser o no ser nación no es la cuestión, la caída ha sido doble: 36%, 28 puntos por debajo de 1980. Y menos mal que ahora ya no estamos aterrorizados, silenciosos ni amnésicos, y contamos con un montón de rapsodas dispuestos a cantar las excelencias del Imperio Austro-Húngaro, en otro tiempo prisión de naciones.
<... (... continúa)Fernando Savater escribe sobre la medida tomada por el Gobierno a favor de De Juana Chaos
Las explicaciones que ofrece el Gobierno socialista para justificar su decisión de excarcelar (llamemos a las cosas por su nombre) a De Juana Chaos me recuerdan al viejo cuento del caldero prestado. ¿Se acuerdan? Un hombre presta su caldero al vecino y días más tarde éste se lo devuelve agujereado; ante sus protestas, el vecino responde: a) que el caldero no está agujereado; b) que ya tenía agujeros cuando se lo prestaron; c) que no le han prestado ningún caldero. Contradicciones interesadas del mismo calibre estamos oyendo estos días para explicar o tratar de hacer digerible ante una opinión pública cuyas tragaderas son anchas pero no hasta el infinito la cesión del Ejecutivo por razones políticas ante el chantaje del terrorista en huelga de hambre.
Todas son increíbles o superfluas, pero algunas también resultan repugnantes porque juegan con la mala conciencia o la bobaliconería bondadosa que todos queremos tener en el corazoncito. Tal es el caso, por ejemplo, de insistir en supuestas razones humanitarias y en el valor supremo de la vida humana para los santos que nos gobiernan. Que la vida humana es un altísimo valor nadie lo pone en duda: por eso precisamente quien asesina a veintitantos seres humanos y no se arrepiente de ello ni nos da garantías de que no va a volver a empezar mañana cuando le suelten está mejor en la cárcel que en ninguna otra parte. ¿Humanitarismo? Una de sus características es respetar la libre voluntad de las personas, es decir, ayudarlas a vivir bien y, cuando prefieren morir, no obstaculizar tiránicamente su voluntad (caso de Ramón Sampedro o de la paciente granadina cuyo respirador va a ser desenchufado). Iñaki de Juana debía estar en la cárcel pero él prefería morir antes que seguir allí: lo humano hubiera sido respetar su voluntad y también la ley que le condena. Por cierto, el mismo día que se ‘alivió’ su prisión sacándole de ella (¿se ha molestado alguien en justificar por qué se le llevó al País Vasco si el caldito reconstituyente también pueden darlo en el Doce de Octubre de Madrid?) oí por la radio que una señora hospitalizada en La Paz con cuatro costillas rotas murió en un pasillo del hospital, probablemente mal atendida por la saturación del centro. Si el Gobierno acaba de descubrirse vocación humanitaria, no le faltará dónde ejercerla sin necesidad de plegarse a las exigencias de los asesinos.
Los que dicen que la excarcelación del etarra en huelga de hambre se debió a razones humanitarias -empezando por el propio Zapatero, la directora de Instituciones Penitenciarias y los propagandistas afines- mienten como bellacos: o peor, mienten como si fuésemos bellacos los ciudadanos y no nos mereciésemos más que mentiras. Pero, naturalmente, tras hablar de humanitarismo enseguida mencionan que así se han evitado otras muertes o situaciones de violencia en el País Vasco: es decir, conveniencias políticas. La nota oficial del Gobierno vasco auguraba que esto relajaría la tensión en Euskadi; y Patxi López, ni corto -bueno, un poco corto sí- ni perezoso proclamó ante la asamblea socialista que la excarcelación hacía que se viviera mejor aquí. O sea que la tensión, la crispación y la incomodidad se acaban cuando se da gusto a los violentos que tienen por héroe a un asqueroso ’serial-killer’. Que las víctimas, sus familiares, los que no han perdido aún el sentido moral por culpa de la obcecación política, es decir, los ciudadanos vascos decentes que todos éstos estén crispados y sientan que viven peor desde que el criminal y sus amigos se pavonean triunfantes ante ellos, eso no es un problema ni entra en consideración. Lo importante es que estén sosegados los que dan miedo, los demás ya se apañarán.
Y luego dice Miguel Buen (a quien los dioses, tras negarle los demás dones, le concedieron como compensación una ausencia total de sentido del ridículo) que a él le da más miedo
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Imagínese algo más del doble de la población de la Unión Europea. Unos 1.100 millones de personas. Las mismas que sobreviven con menos de un dólar al día; es decir, uno da cada seis seres humanos se alimenta, viste y atiende todas sus necesidades con 75 céntimos de euro al día, menos de lo que en España cuesta un café. La mayoría de estas personas vive en aldeas y suburbios de África, Latinoamérica y buena parte de Asia.
Las diferencias entre el Norte y el Sur resultan escandalosas: mientras el 20% de la población mundial disfrutamos del 85% de la riqueza del planeta, el 20% más desfavorecido tiene que sobrevivir con poco más del 1%. Sobran razones para pedir un reparto más justo de la riqueza.
Somos la primera generación que puede acabar con la pobreza extrema y el hambre en el mundo. Está en nuestra mano. Podemos hacer valer nuestro poder como consumidores, premiando o castigando con nuestras compras las prácticas empresariales; consumiendo productos de comercio justo, siendo voluntarios, socios o colaboradores de ONG de cooperación al desarrollo; finalmente como ciudadanos, adhiriéndonos a las campañas de movilización social, participando en concentraciones cívicas contra la pobreza; por último, y no menos importante, con nuestro voto.
La Coordinadora Española de Organizaciones No Gubernamentales para el Desarrollo (CONGDE) ha propuesto a los partidos de ámbito nacional un Pacto de Estado que incluye medidas para mejorar la cooperación al desarrollo: la cancelación de la deuda externa, un cambio en la política de comercio exterior y el aumento en la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). Son acciones necesarias para cumplir el octavo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, aprobados por Naciones Unidas.
Inspirándose en esta idea, la Alianza Aragonesa contra la Pobreza, que aglutina a 65 organizaciones sociales que apoyan la campaña PobrezaCero, ha propuesto a los partidos aragoneses la firma de un Pacto para la Comunidad Autónoma y un Pacto para el Ayuntamiento de Zaragoza, con medidas para aumentar la cantidad y calidad de la Ayuda Oficial. Además se trabaja en otro Pacto para el conjunto de las Entidades Locales.
Se propone aumentar la AOD hasta destinar el 0,7% del presupuesto de cada Administración a cooperación al desarrollo en el 2011, último año de la próxima legislatura. El objetivo es ambicioso pero posible, si hay voluntad política. Tanto la Unión Europea como el Gobierno español han comprometido cantidades y fechas concretas hacia el 0,7%. Numerosas Comunidades Autónomas avanzan en esa dirección. Sin embargo, Aragón es de las Comunidades Autónomas que menor porcentaje destina a cooperación: ocupamos el puesto número 14 de las 17 autonomías. El Ayuntamiento de Zaragoza prevé destinar este año el 0,36% de su presupuesto, muy lejos del 0,7% comprometido en el Pacto de Gobierno para esta legislatura.
Dotar de mayor entidad política a la cooperación, ése es el acuerdo central que deberían alcanzar nuestros políticos. Esto supondría, entre otras medidas incluidas en los pactos, aumentar los fondos destinados a los Países Menos Adelantados, fundamentalmente en África Subsahariana; apostar por la educación para el desarrollo y la sensibilización de la ciudadanía, así como la promoción del comercio justo y el consumo responsable; simplificar los procedimientos de gestión y justificación de los fondos; o una nueva gestión de la Ayuda Humanitaria.
Los Pactos contra la Pobreza que ahora se proponen pretenden situar a Aragón y a Zaragoza en la vanguardia de la cooperación internacional que realizan las CCAA y Entidades Locales. Un objetivo que creemos que se corresponde con el sentimiento solidario de la ciudadanía aragonesa y la mejor contribución que podemos hacer al objetivo último de erradicar la pobreza. Ahora, los partidos políticos aragoneses tienen la palabra.
Desconozco a qué partido vota mi empleada del hogar. Nunca se me ocurriría inquietarla con ese tipo de preguntas, aunque sí sé algo de sus profundas creencias religiosas. Desconozco cuál es la tendencia política del dueño de mi restaurante favorito, que tan amablemente me trata cuando llego a España, haciéndome sentir que el verdadero regreso no se produce hasta que no me pone delante su célebre tortilla "babosita". No entra dentro de mis curiosidades más urgentes saber de qué pie cojean mi asesor fiscal, los tenderos del mercado, los profesores de mi hijo, los que fueron sus maestros o sus canguros, el médico que le salvó la vida, mi ginecóloga, el camarero que me pone la caña, el dentista o incluso algunos profesionales del negocio del que vivo. No es falta de conciencia política, al contrario, es puro ejercicio democrático. Observas a la gente establecer sus relaciones diarias en base a cosas fundamentales como la honradez y la bondad (la vida depende de la gentileza de los desconocidos) o al interés económico o laboral. Finalmente, el mejor vecino se nos define por cómo se comporta, no porque te haga una declaración de principios en la escalera, como el inefable Juan Cuesta de la serie. La vida de la ciudadanía española vibra sobre un equilibrio que difícilmente se rompe, y es que, a pesar de todo, el interés general trata (todavía) de que aquello que nos une no se quiebre. Hay, según las encuestas, un hartazgo de política. Uno de los factores, señalan, es la desconfianza. Hace bien el ciudadano sensato en desconfiar de este ambientazo en el que cada noticia se presta de inmediato a un plebiscito mediático y los opinadores corren prestos a situarse enfrente del enemigo. Esa concordia a la que el ciudadano se aplica parece no significar nada para los que tienen presencia pública. Hoy la corriente ideológica dominante consiste en despreciar a cualquier individuo que no sea de tu pelaje. Exactamente lo contrario al esfuerzo que la mayoría de los ciudadanos practican. No sabemos dónde está el fin de esta tensión insoportable, pero lo preocupante es que los partidos y sus palmeros nos están contagiando. Dicen que no hablamos de política, cómo hablar si en estos momentos podríamos acabar a hostias.
Elvira Lindo

Gracias por poner palabras, a lo largo de las décadas, para expresar aquello que muchos necesitan que se diga.
Por Jose María R. Olaizola, SJ
Querido Jon:
Estoy seguro de que a lo largo de los años he tenido otras ocasiones para escribirte, y sin embargo nunca pareció urgente. Hasta ahora. La primera vez que te escuché era novicio jesuita, y acababan de asesinar a toda tu comunidad en El Salvador. Era una entrevista televisiva con Mercedes Milá, y en ella descubrí a un hombre bueno que hablaba desde el dolor, pero transmitía una fe profunda en el Dios de Jesucristo. Y me sentí orgulloso e ilusionado por tener compañeros así.
Con los años fui conociendo un poco más de ti. Un artículo, algunos libros, una reflexión… También los comentarios de compañeros que te conocían. Fui aprendiendo a intuir por detrás del nombre sonoro al teólogo, al jesuita, al cristiano, a la persona… que como todo hombre tiene sus luces y sus sombras, sus contradicciones, sus búsquedas y sus tropiezos, sus relaciones fáciles y difíciles.
Pero no pretendo hablar mucho de ti, ni glosar tu trayectoria intelectual o vital. Es imposible hacerlo en unos párrafos, y no te conozco tanto. Estoy seguro de que hay quien podría hablar con más hondura y autoridad. Lo que quiero hacer, en este momento, es comentarte tres sensaciones al hilo de la polémica de estas semanas, con motivo de la condena de algunos puntos de dos de tus libros.
Jon, lo primero que quiero decirte es: “Gracias”. Gracias por pensar y buscar, por formular el evangelio de un modo que hoy es acicate y propuesta. Por atreverte a bucear en los terrenos de lo que no es fácil, aun a sabiendas de que en ciertas alturas un exceso de prevención lleva a poner sordina a todo lo que pueda salirse de un guión excesivamente seguro. Gracias por no renunciar a pensar. Gracias por poner palabras, a lo largo de las décadas, para expresar aquello que muchos necesitan que se diga. Por hablar en nombre de los más silenciados, de los pobres, los excluidos de las mesas bien provistas. Testimonios como el tuyo impiden que nos durmamos en burbujas de bienestar aparente, y nos recuerdan que el Sermón de la Montaña sigue gritándose hoy en montes y llanos, en hondonadas y colinas, allá donde los bienaventurados siguen esperando que se derrame sobre ellos la bendición prometida, la justicia.
Lo segundo, aunque te parecerá extraño, es un cierto alivio. En la prensa se especuló con una condena tajante, de ti y de toda tu obra. Cuando se ha clarificado la notificación, que se centra únicamente en aspectos concretos de dos de tus libros, he respirado, pues la rumorología hacía creer que ibas directo a la hoguera. Y aunque dicha notificación sigue siendo motivo de pesar, al menos podemos entrar en el terreno del matiz, algo que siempre es importante. Sólo la ignorancia, o la mala intención, pueden querer leer en esa nota una condena a tu persona o a toda tu teología
La tercera sensación es más difusa, pero muy real. Siento dolor porque a veces creo que en nuestra Iglesia estamos equivocando el camino y los modos. Porque me inquietan estas formas de silenciar la diferencia, cuando siempre la ha habido. Siento dolor porque a veces me parece que en esta Iglesia se está imponiendo una uniformidad que no solo no es normal, sino que es impensable en una institución viva, donde lo que tiene que haber es tensiones, fuerzas contrapuestas, diálogos fecundos… y es en medio de esas tensiones, fuerzas y diálogos donde crece imparable la verdadera comunión, esa que nace del evangelio.
Y al hilo de esto, lo me asalta es la duda sobre cómo responder cuando algunas cuestiones son al tiempo polémicas y urgentes. ¿Hay que callar? ¿Hay que alzar la voz? ¿Cuál es la verdadera fidelidad en y a la Iglesia? ¿la que acata o la que habla? ¿la que teme o la que ama? ¿No estamos callando demasiado?
Nos sentimos parte de una Iglesia común, santa y pecadora,
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El 22 de Marzo se celebra el Día Mundial del Agua. Un día en el que todos deberíamos reflexionar sobre la utilización de este bien que cada día es más escaso, sobre todo en algunos de los países del Sur.
Para luchar contra esta situación, Intermón Oxfam y cientos de organizaciones trabajamos para alcanzar uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio en el 2015: reducir a la mitad el número de personas sin acceso a agua potable.
Visita la página Hagamos su sueño realidad. Contiene vídeos, testimonios, acciones de calle, consejos para practicar un consumo responsable del agua...

HOY se conmemoran los cincuenta años de la fundación de Europa como comunidad y como unidad. En marzo de 1957 se firmaron los Tratados de Roma (Comunidad Económica Europea y Comunidad Europea de la Energía Atómica), que junto al Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero conforman los documentos constitutivos de las Comunidades Europeas. Desde entonces, más de 480 millones de ciudadanos que viven en 27 países distintos han creado una nueva realidad política de manera democrática.
El historiador Tony Judt, en su monumental Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 (editorial Taurus), recuerda que la Europa de hoy, con un Estado del bienestar que constituye su seña de identidad más poderosa, no nació del proyecto optimista, ambicioso y progresista que los euroidealistas imaginan, sino que es el fruto de una insegura ansiedad: acosados por el fantasma de la historia, sus líderes llevaron a cabo reformas sociales y fundaron nuevas instituciones como medida profiláctica para mantener a raya el pasado (dos guerras mundiales en 20 años, con decenas de millones de víctimas).
Medio siglo es tiempo suficiente para detectar las carencias de lo creado. Alemania, como presidente de turno de la UE, habrá de poner en pie una declaración consensuada que conmemore ese 50º aniversario y actualice los valores y los procedimientos de Europa en la era de la globalización. Entre esas carencias está la imposibilidad de una Constitución; la necesidad de una política exterior y de seguridad común; el hecho de haber creado las instituciones para el funcionamiento de una moneda única (el Banco Central Europeo y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento), pero no haber cerrado el círculo de la consolidación del mercado único; o que siendo el mercado más importante del mundo, no se disponga de una política energética común y se padezca la dependencia del gas y el petróleo exterior. Recién ingresados Rumania y Bulgaria, todavía no sabemos cuáles son las fronteras exteriores de la Unión. Nuestra economía crece menos de su potencial, tiene paro y la inversión en I+D (que define el paso de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento) es mucho más pequeña que la de nuestros principales competidores. El Estado del bienestar está pendiente de redefinición por motivos objetivos: el envejecimiento de la población; cada vez hay más personas que demandan protección social al tiempo que disminuye el número de contribuyentes. Urge un nuevo pacto actualizado entre socialdemócratas y democristianos para avanzar.
Cuando se abre el 50º aniversario de la creación de la UE se cierra el de los 20 años de la entrada de España en ese club privilegiado, que constituye tan sólo el 7,5% de la población mundial. Durante tres cuartas partes del siglo XX, nuestro país fue una economía periférica: un país menor. La vinculación con la UE es una historia de éxito. En 1986, cuando se entró en la UE, la renta per cápita española era tan sólo el 68% de la media europea; hoy es el 98% -¡30 puntos más en sólo dos décadas!- debido al crecimiento económico superior, a las ayudas europeas y al efecto estadístico de haber pasado de una Europa de 15 miembros a una de 27. El vicepresidente económico, Pedro Solbes, acaba de declarar en la presentación del Programa de Estabilidad 2006-2009 que en 2010, España superará de modo holgado la media europea de riqueza per cápita.
Sería injusto que el balance de la entrada de España en la UE se hiciera sólo en términos económicos. Políticamente, nuestro país se halla a la cabeza de los de libertades civiles y políticas más avanzadas (como manifiesta el índice de calidad de la democracia, publicado por el semanario The Economist). El punto negro de la integración se encuentra en el gasto social, que sigue estando muy por debajo de la media europea. En términos absolutos y en términos per cápita.
Joaquín Estefanía
EN una carta publicada en Abc, don Joaquín Silos Millán me acusaba un tanto truculentamente de «haber perdido el equilibrio mental y la elegancia» por afirmar, en un artículo sobre las repulsivas fotitos publicadas en un catálogo sufragado por la Junta de Extremadura, que «las jerarquías eclesiásticas actúan de mamporreros en trifulcas políticas que benefician a la derecha». Don Joaquín me aclara superfluamente el significado de la palabra «mamporrero», que yo en aquel artículo utilizaba en un sentido figurado. Y me ratifico en la afirmación: aquel catálogo, ofensivo para las creencias de los católicos y de una sordidez estética impronunciable, fue publicado originariamente en 2003; que cuatro años después de su publicación, y en vísperas de unas elecciones, provoque el escándalo de la facción opositora me hace sospechar que dicho escándalo no sea del todo sincero. Convendría recordar que, hace algún tiempo, se estrenó en el Círculo de Bellas Artes, con subvención de la Comunidad de Madrid, una piltrafa teatral escrita por un cuñadete o primo de Esperanza Aguirre en la que también se ofendía -cito a don Joaquín- a «Dios nuestro Padre, Creador del Universo entero, como sabemos y sentimos quienes nos consideramos cristianos»; y, sin embargo, no se exigieron entonces dimisiones, ni se le reclamaron a Aguirre tantas explicaciones como en estos días se han reclamado a Rodríguez Ibarra.
Dicho lo cual no hará falta que reitere la opinión que me merecen tan abyectas fotitos. Pero en su carta al director don Joaquín introducía asuntos de mayor calado. Sostenía que, cuando aludía a la utilización política que se estaba haciendo de las jerarquías eclesiásticas, imaginaba que me estaba refiriendo «a la emisora de radio conocida por la COPE, que aun dependiendo de la Conferencia Episcopal está dirigida por seglares, con total libertad dentro de la moral e ideales cristianos». Para ser más precisos, don Joaquín, me estaba refiriendo tan sólo a unos pocos programas de dicha emisora. Programas que no sólo acampan extramuros «de la moral e ideales cristianos», sino que abiertamente los refutan y pisotean. Quiero recordarle a don Joaquín Silos que, desde dichos programas, se han proferido brutalidades sobre los inmigrantes y apologías del liberalismo económico más desenfrenado contrarias a la doctrina social de la Iglesia, y aun al concepto de justicia natural que Dios nuestro Padre inscribió en el corazón del hombre. Quiero recordarle también que en tales programas se ha defendido la Guerra de Irak, que Su Santidad Juan Pablo II condenó sin ambages, como no podía ser de otro modo, tratándose de una guerra injusta. Quiero recordarle, en fin, que desde tales programas se incita al odio y se vierten expresiones de una brutalidad mucho más sangrante que la venial inelegancia que yo deslizaba en aquel artículo; incitaciones y expresiones que, más allá de consideraciones ideológicas, constituyen una negación del ideal de misericordia cristiana, que de forma tan sublime ilustra el pasaje del Evangelio de San Juan que mañana se proclamará en las iglesias católicas, las mismas iglesias que los responsables de dichos programas no pisan ni de casualidad.
Creo, como decía en aquel artículo que ha provocado la indignación de don Joaquín, que las jerarquías eclesiásticas están alimentando un monstruo que apartará a muchos católicos españoles de la Iglesia, a la vez que contribuirá a dar alas a una derecha sin Dios al menos igual de adversa a «la moral y los ideales cristianos» que esa izquierda anticlerical y laicista que soy el primero en combatir. Y creo, además, que las jerarquías eclesiásticas están dejando pasar una ocasión apasionante, en la que los valores cristianos, en su inabarcable Belleza y apetito de Verdad, podrían conquistar a mucha gente desnortada que necesita encontrar un sentido trascendente a sus días. A cambio, sólo encuentran enconamiento e hipótesis rocambolescas sobre el 11-M. Y es que, como nos ad
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Sobre la `notificatio´ de la Santa Sede a Jon Sobrino
El calificativo Pata negra, en su sentido estricto, se usa para distinguir a los jamones de una calidad superior. La gran afición por el citado alimento ha llevado a que se emplee, en sentido amplio, para resaltar a cualquier otro alimento por su calidad, o incluso a personas por su brillantez humana y profesional.
Éste es el caso del jesuita Jon Sobrino que no sólo ha dado un ejemplo de cristiano comprometido con sus semejantes sino que es, sin duda, uno de los más brillantes teólogos no sólo de Latinoamérica sino de toda la Iglesia.
Estamos hablando de un hombre que ha vivido el martirio de muchos de sus compañeros y amigos en El Salvador, donde reside y fue uno de los fundadores de la Universidad de Centro América, como el magnicidio de monseñor Óscar Romero; e incluso estuvo a punto de sufrirlo en su propio cuerpo, cuando se produjo el asesinato de Ignacio Ellacuría y otros tantos jesuitas y personal de la UCA , en 1980.
Su relación con la Congregación para la Doctrina de la Fe no ha sido pacífica (como ha ocurrido con tantos otros brillantes teólogos), pero debemos matizar algunas de los comentarios que sobre este tema se han vertido en los últimos días.
Jon Sobrino es autor de numerosas publicaciones pero la citada Congregación fija su atención en dos: Jesucristo Liberador (Trotta, 1991) y La fe en Jesucristo. Ensayo de las víctimas (Trotta, 1999). Ambos libros han sido traducidos a varios idiomas y han sido revisados por otros tantos teólogos expertos en Cristología, tal es así que el primero de ellos en su traducción al portugués recibió la autorización del Cardenal Arns.
La conclusión del ex Santo Oficio (Inquisición) no es que se falsifique la verdad de Cristo sino que no coincide en algún punto con la interpretación de la doctrina católica.
Seamos serios.
La iglesia es plural y en ella caben desde la Teología de la Liberación hasta los seguidores ultra-conservadores de monseñor Lefevbre. Más aún cuando se habla tanto de la unión con ortodoxos e incluso con la Iglesia Anglicana, con las cuales creemos que también habrá motivos de discusión teológica.
Uno de los puntos que se discute es la afirmación del citado jesuita sobre los pobres como lugar de hacer teología. Señores, tales son las posibilidades de interpretación que el mismo Juan XXIII ya hablaba de la Iglesia de los pobres y de la utopía para darles esperanza.
De todas formas la notificación no lleva aparejada sanción ni prohibición alguna, de suerte que algunos deberían mejorar sus fuentes de información.
Desde nuestra Comunidad damos todo nuestro apoyo a Jon Sobrino y nos reafirmamos en la idea de que la Iglesia debe estar ante todo con los pobres y los marginados, y centrar su esfuerzo en eliminar estas situaciones.
Por el bien de todos. La Iglesia es un lugar de encuentro y de paz. Antes de ver la paja en el ojo ajeno hay que ver la viga en el propio.
Jorge Emperador Bartumeus y el resto de miembros de la Comunidad de Vida Cristiana Pignatelli.
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