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Ahora que la noche es tan pura,
Y que no hay nadie más que tú,
Dime quién eres.
Dime quién eres y por qué me visitas,
Por qué bajas a mí que estoy tan necesitado
Y por qué te separas sin decirme tu nombre.
Dime quién eres tú, que andas sobre la nieve;
Tú que, al tocar las estrellas,
las haces palidecer de hermosura;
Tú que mueves el mundo tan suavemente,
Que parece que se me va a derramar el corazón.
Dime quién eres, ilumina quién eres;
Dime quién soy también,
y por qué la tristeza de ser hombre;
Dímelo ahora que alzo hacia ti mi corazón,
Tú que andas sobre la nieve.
Dímelo ahora que tiembla todo mi ser en libertad
Ahora que brota mi vida y te llamo como nunca.
Sostenme entre tus manos;
sostenme en mi tristeza,
Tú que andas sobre la nieve.
José Luis Blanco Vega, sj

Ahora chirrían en España las disonancias verbales de algunos ilustres prelados. Pero no todos los derechos democráticos pueden ser utilizados como evangélicos. Por ejemplo, recomendar la desobediencia civil.
Me siento cercano al diagnóstico de Américo Castro: "España es la historia de una creencia". Viene a cuento una experiencia del sacerdote Tarancón cuando contaba 30 años, en plena guerra civil. La sublevación le sorprendió en Tuy. Como era inevitable, allí se dejó contagiar por los primeros fervores de aquel acontecimiento que, a su juicio, tenía "aires de cruzada". Le llamó desde Burgos su amigo Emilio Bellón, que había logrado reunir a un grupo de jóvenes que fundaron la revista católica Signo. El de Burriana llevaba ya en Galicia casi dos años, aislado de sus amigos de Madrid. Corrió cuanto antes a la capital castellana. Cuarenta y seis años más tarde, jubilado en su retiro de Villarreal, escribía Recuerdos de Juventud. Uno de los pasajes más elocuentes de estas páginas es aquel en el que anota su sorpresa por el trueque de papeles que observó entre el Capitán General y el Arzobispo de Burgos. Al final de una gran manifestación patriótica, habló primero el Capitán General. "Sus palabras fueron como una oración. Dio gracias a Dios porque ayudaba descaradamente a las fuerzas nacionales. Pidió que el pueblo español conservase su fidelidad a la fe y al evangelio para continuar mereciendo la protección del Señor". En cuanto al discurso de monseñor Castro, "fue una auténtica arenga en la que pedía al pueblo que ayudase a los militares para vencer definitivamente a los enemigos de Dios y de la patria". A los jóvenes de Acción Católica les reprochó el excesivo entusiasmo por el Alzamiento que se reflejaba en la revista Signo. Según sus palabras, "corríamos el riesgo de hacer imposible la tarea de reconciliación que la Iglesia había de asumir ineludiblemente cuando terminase la contienda".
Cuando todavía en el 38, antes del final de la guerra, Tarancón se encarga de la parroquia y del arciprestazgo de Vinaroz le sorprende, y así lo hace notar en sus Recuerdos, que los curas liberados de la zona republicana reconocieran la mayoría de los errores cometidos en su práctica pastoral durante la República y ahora se aferrasen al poder del nuevo Estado. Entonces, observa don Vicente, se perdió la gran ocasión de hacer "una reflexión seria y profunda en aquellos momentos que podían ser decisivos para el futuro del cristianismo en nuestra patria. Demasiado fácilmente nos acogimos a las seguridades que nos ofrecía la victoria militar".
Le tocó después, a lo largo de 10 años de presidente de la Conferencia Episcopal, enfrentarse al intervencionismo de los políticos en las cosas de la Iglesia y más de una vez advirtió a ministros que se profesaban muy católicos que no se preocuparan tanto por las instituciones eclesiásticas ya que el obispo era él y, como tal, el encargado de defenderlas. El Concilio Vaticano II fue para él la luz definitiva, especialmente cuando votó a favor de la Constitución sobre "La Iglesia y el mundo actual" y del Decreto sobre "La libertad religiosa". Parece que había quedado claro que "la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno" (76).
El Evangelio rechaza, como tentación diabólica, que el poder político sea utilizado para evangelizar. Joseph Ratzinger en su libro Jesús de Nazaret comenta así la victoria de Jesús sobre la tercera tentación, cuando el diablo le ofrece todo el imperio sobre la tierra: "El auténtico contenido de esta tentación se hace visible cuando constatamos cómo va adoptando siempre nueva forma a lo largo de la historia. El imperio cristiano intentó muy pronto convertir la fe en un factor político de unificación imperial. El reino de Cristo debía, pues, tomar la forma de un reino político y de su esplendor. La debilidad de la fe, la debilidad terrena de Jesucristo, debía ser s
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Intermón Oxfam pide 15.000 millones de dólares más para ayudar a los países afectados por la subida de los precios de alimentos
Se necesitan cerca de 15.000 millones de dólares extra para conseguir dar asistencia inmediata a las, como mínimo, 290 millones* de personas amenazadas por la escalada de los precios de los alimentos que viven en los países pobres. Esta cantidad es pequeña en comparación con los más de 1 billón de dólares que la Reserva Federal de los EEUU y el Banco Central Europeo han inyectado en los sistemas financieros para intentar evitar la crisis económica de los últimos seis meses. Esta es una de las principales conclusiones del informe `La hora de la verdad´ que Intermón Oxfam ha presentado antes de la cumbre de emergencia de la ONU en Roma sobre alimentos y cambio climático.
Intermón Oxfam considera que los líderes mundiales deben coordinar en esta reunión un plan de acción global para las próximas semanas, que dé respuesta a las necesidades inmediatas, pero también contemple medidas a largo plazo y que vaya más allá de la estricta ayuda humanitaria.
El informe denuncia que la ayuda anual para agricultura, que ahora suma unos 4.000 millones de dólares, es una miseria en comparación con los 125.000 millones de dólares que los países ricos dieron a sus propios agricultores en forma de subsidios en el 2006. Se reconoce que la falta de inversión es una de las causas de la inseguridad alimentaria, y sin embargo la ayuda global para la agricultura se ha reducido a la mitad entre 1980 y 2005. Así pues la comunidad internacional debe apoyar una mayor inversión en agricultura para hacer frente a los problemas de la pobreza rural crónica y las malas cosechas, y ayudar a los pequeños productores a beneficiarse de los precios más altos.
“En los países donde trabajamos estamos viendo el impacto negativo del encarecimiento de los precios de alimentos en las personas pobres, quienes ya gastan más de la mitad de sus ingresos en alimentos y están afectados por el cambio climático”, ha dicho José A. Hernández de Toro, portavoz de Intermón Oxfam para agricultura. “Este es un reto enorme para el liderazgo y la legitimidad de las instituciones multilaterales del mundo, pero también una oportunidad única para emprender las reformas necesarias desde hace mucho tiempo.”
Oxfam sostiene en su informe que la respuesta debe ir más allá de la ayuda humanitaria. Los gobiernos de los países pobres deberían recibir ayuda para llevar a cabo esquemas de protección social que ayuden a los más pobres, como garantías de salario mínimo, semillas y fertilizantes gratis para los agricultores pobres, y rebaja de los impuestos sobre los alimentos.
También se necesitan cambios políticos a largo plazo. En primer lugar, una revisión urgente de los objetivos obligatorios de biocombustibles en los países ricos para frenar el impacto inflacionario. Recientes estudios sugieren que el aumento de la demanda para biocombustibles explica el aumento de los precios de los alimentos en un 30%, mientras que cada vez hay más evidencias científicas que demuestran que los biocombustibles no contribuyen a mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático.
La crisis también debería incitar la reforma del sistema de ayuda de alimentos, promoviendo más ayuda en metálico o comprada en los mercados locales, en vez de ser enviada desde el extranjero. La OECD estima que se podría destinar 750 millones de dólares extra al año si los países ricos dieran ayuda de alimentos en metálico más que en especies.
En los términos planteados en la actualidad, completar un acuerdo de libre comercio global no ayudaría a resolver la situación. Los países en desarrollo necesitan ser capaces de responder a las crisis, pero las prop
... (... continúa)Padre Yoni

La depresión se vuelve epidemia en la medida en que las mayores expectativas encierran más frustraciones - ¿Exigimos demasiado a la vida?
"La tristeza en los países ricos se tiende a hacer cuestión patológica". El psiquiatra Luis Rojas Marcos da la clave con sólo 12 palabras. Uno de cada cinco españoles corre riesgo de sufrir mala salud mental, sobre todo depresión y ansiedad. ¿Vivimos deprimidos o le exigimos demasiado a la vida? Un especialista del hospital del Mar, Antoni Bulbena, contesta tajante: "No, no vivimos deprimidos, pero tal vez exigimos demasiado a la vida, en lugar de exigirnos a nosotros ser sencillamente nosotros". Diversos expertos coinciden en que existe una tendencia al aumento de los trastornos depresivos. Lo que es seguro es que aumenta la capacidad de detección y diagnóstico. Las sociedades desarrolladas delatan otra enfermedad: cada vez exigimos más y toleramos menos. El resultado: la frustración.
"Hay datos que parecen sugerir que sí aumenta la depresión pero en el rango de los trastornos leves-moderados, no en los cuadros psiquiátricos graves", explica Fernando Cañas, portavoz de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. Cañas alerta: "No debemos patologizar la insatisfacción de la vida. A veces se consulta de manera muy poco adecuada por problemas que tienen que ver con la insatisfacción".
Las depresiones graves existen en todas las culturas y en todos los ámbitos, pero hay otros estados anímicos que son más socialesdependientes. La sociedad de hoy nos impone un ritmo. "Vamos apretados", dice un joven. "Y cuando pensamos que todo va bien, pam, todo se desmorona". Le pasó a María: perfecta amiga, perfecta esposa, perfecta trabajadora. Resultado: año y medio sin levantar cabeza porque un día, sin saber por qué, la relación con el trabajo y con su marido dejó de funcionar.
De la depresión clínica a la expresión "estoy depre" hay todo un camino. Y un cambio del lenguaje que lleva implícito el peligro de vulgarizar un término científico. El cambio formidable en el lenguaje se entiende en los jóvenes que describen sin pudor sus emociones. "El fenómeno de la depresión se convierte en casi una moda", alerta el catedrático Jordi Obiols. "Hay que distinguir los distintos tipos de depresión: la tristeza como sentimiento normal; los síntomas depresivos; la influencia del temperamento y la enfermedad depresiva. Una cosa es la depre que se relaciona con la dificultad de adaptarte a las cosas que suceden a tu alrededor y otra la enfermedad con base química, muy grave y difícil de entender", afirma Enric Álvarez, director del Servicio de Psiquiatría del hospital Sant Pau. "La vulgarización de los temas científicos nos lleva a este lío y al hecho de que se utilice el término para todo".
Ser mujer, vivir sin pareja, estar en paro o vivir en grandes ciudades, son algunos de los elementos que configuran el perfil de los sujetos que padecen depresión, según la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. ¿Por qué la diferencia de género? Las mujeres doblan en número los casos de depresión de los hombres y representan el 75% de los consumidores totales de somníferos o tranquilizantes. "Existe un enorme peso de los estilos de pensamiento. Las mujeres tienden a atribuirse más la culpa de cuanto sucede a su alrededor; en cambio, los hombres cortocircuitan más", afirma el catedrático de Psicopatología, Carmelo Vázquez.
Hoy nos reunimos con una decena de mujeres. No están bien. Abren sus libretas y desenfundan sus bolígrafos. "¿Cómo ha ido la semana?", pregunta la enfermera. Cascada de respuestas. Alguna voz entrecortada. Otra eufórica. "Yo bien"; "yo, mejor"; "no tengo muy buenos días"; "yo he tocado fondo esta semana, estaba colapsada". Estamos en el centro barcelonés de atención primaria Montnegre, donde desde hace dos años enfermeras con formación específica sobre depresión y ansiedad realizan grupos psicoeducativos. En total, 1
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En sus explicaciones sobre el pensamiento político del siglo XIX, José Antonio Maravall no ocultaba su simpatía por Francisco Pi y Margall. Su proyecto de organización federal de España, asentado sobre las reformas sociales, le parecía a largo plazo mucho más realista que la centralización y el nacionalismo español conservadores de Cánovas. Había sin embargo un punto débil. Pi no percibía la distinción entre federación y confederación, esto es, entre la articulación de sucesivos niveles de poder hasta configurar un centro último de decisiones, la federación, y la primacía reservada a la "soberanía" de cada uno de los Estados asociados sobre las competencias delegadas a un centro reducido a funciones de coordinación, la confederación.
La descentralización de competencias puede ser muy amplia en la federación, incluso en el nuevo federalismo cabe insistir en la importancia de las funciones compartidas entre el Estado central y los Estados federados, pero el núcleo de las decisiones políticas y la garantía de la igualdad de derechos permanecen en manos del Gobierno y las instituciones federales. La ventaja aparente de la confederación reside en "sentirse cómodos" (Maragall) y su gran inconveniente en que la paridad entre los componentes, así como la simple condición de mediador del centro, impiden que el Estado cree un mecanismo eficaz de resolución de los conflictos. Además, según advirtiera Hamilton en El Federalista, sobre la experiencia de los primeros pasos confederales en Norteamérica, el predominio de los intereses propios daba lugar a verse "alternativamente amigos y enemigos entre sí, con mutuos celos y rivalidades".
Las confederaciones han estallado en los dos últimos siglos una tras otra. Recordemos la trágica explosión de Yugoslavia al hacer valer Milosevic el predominio fáctico de Serbia sobre las reglas confederales establecidas por la Constitución de 1974, empezando por la rotación de la presidencia. En cuanto a la Confederación suiza, por la Constitución de 1999, se autodefine como Estado federal.
En ésta y en otras cuestiones, nuestra clase política no escapa a la calificación establecida por el arbitrista González de Cellorigo, quien en "el tiempo del Quijote" definía a España como "una república de hombres encantados", en estado de permanente disociación respecto de la realidad. Asuntos como la montaña de juicios sin tramitar o la increíble peripecia de los policías tipo Sed de mal en Coslada llevan a la pregunta de si tienen existencia real los ministerios y organismos competentes. Otro tanto cabe decir de los grandes especialistas que hubieran debido ir más allá del tema de la constitucionalidad formal de los nuevos Estatutos, catalán a la cabeza, preguntándose por el curso que iba a adoptar el propio Estado de entrar en vigor esta singular reforma del orden constitucional, socavando la estructura del mismo en nombre del principio de bilateralidad. El Consejo de Estado emitió un notable dictamen de alcance general al que nadie hizo caso. Luego, silencio.
España no se ha roto, pero la aplicación del criterio de la comodidad, un policentrismo de hecho, muestra cómo la deriva confederal introduce crecientes elementos de disociación. "A cada comunidad, su río", de manera que en tiempo de sequía el Estado tiene que acudir a solidaridades de partido y a eufemismos para que el agua disponible llegue a quien la necesita. No es cuestión de conferencias ni de buenas voluntades: la soberanía de una comunidad sobre tales recursos contradice el interés general. Otro tanto cabe decir de la reforma financiera interterritorial. Puede ser necesaria para quienes más pagan como Cataluña (o Baleares, o Madrid), pero lo grave es el planteamiento del president Montilla, que se limita a esgrimir frente al Estado la supuesta imposibilidad de que Cataluña soporte la situación actual, proponiendo la aplicación del principio que ya contenía la Constitución de los confederados en la guerra de Sece
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Los ojos italianos de Goya son la excusa de esta espléndida y abrumadora exposición, no sólo por el extraordinario número de obras expuestas, casi trescientas sesenta, sino por su calidad y carácter representativo de todo un universo cultural y artístico que afectó a Goya y a otros tantos artistas y arquitectos europeos que participaron en la fascinante aventura artística del siglo XVIII, época de cambios y de actitudes contradictorias, entre la razón y la sensibilidad, entre el tardobarroco -barocchetto, por usar una pertinente y expresiva palabra italiana- y el clasicismo, la pasión por la Antigüedad y la tradición académica, lo sublime y lo pintoresco, la tradición de la Arcadia y el prestigio de los modelos del Renacimiento y del Barroco.
El viaje a Italia de Goya se convierte en la excusa de la muestra y en una ocasión única para comprobar de qué modo lo italiano y la actividad de otros artistas extranjeros en Italia y en Roma, verdadero laboratorio internacional, pudo influir en el arte posterior del aragonés. La exposición es como si virtualmente pudiéramos hacer hoy ese viaje con él, atendiendo a las pocas noticias que sobre su estancia en la península italiana aún se tienen, aunque algunas sean tan considerablemente importantes como su ahora ya célebre Cuaderno italiano, dado a conocer en 1993 y publicado en edición facsímil por el Museo del Prado al año siguiente, y que reúne dibujos y apuntes de obras que le interesaron entre 1770 y 1771, además de otras anotaciones. Cuaderno que quedó abierto y siguió usando con otras observaciones y dibujos de índole personal y familiar, la mayor parte de las veces.
Gracias al Cuaderno podemos saber y deducir el itinerario seguido por Goya desde Zaragoza, así como las ciudades que más pudieron interesarle por su significado cultural y artístico, sus colecciones y su vida intelectual y social, lo que le permitió establecer relaciones con otros artistas, así como el acceso a museos y colecciones privadas, incluidas sus posibles vistas a la Accademia di San Luca o la del Nudo, en el Capitolio. Entre esas ciudades figura Roma, pero también fueron importantes sus estancias en otros centros en su transitar propio de viajero del Grand Tour, como Venecia, Módena, Bolonia, Génova o Parma, en la que participó en el premio de pintura convocado en 1771 por su Accademia di Belle Arti, con la pintura Aníbal vencedor, que por primera vez miró Italia desde los Alpes (1770-1771), presente en la exposición acompañada de dos preciosos bocetos.
También la escultura. El Cuaderno mismo, como guía desordenada del viaje, nos permite comprobar algunas de las obras de arte y pintores que le interesaron, desde Guido Reni, Tiziano o Correggio a Guercino, Carracci, Maratti, Rubens y Rafael, sin olvidar su interés por la escultura clásica, que pudo contemplar en diferentes palacios y museos de Roma, como ocurrió con el Farnesio o Pio-Clementino, recién fundado en El Vaticano. En Roma, también la pintura religiosa y la obra de maestros como Giordano o Corrado Giaquinto le interesaron profundamente, estando como estaban más próximos a su formación y convicciones, si bien pronto pudo contemplar también las novedades clasicistas y a la antigua que artistas e intelectuales habían ido construyendo desde unos años antes, de Mengs a Winckelmann, de G. Hamilton a A. Kauffmann, además de poder contemplar obras de famosos vedutistas como Gaspare van Wittel o Panini, retratos como los de Batoni, sin que dejara de prestar atención a artistas cavaraggiescos o desmesurados y coloristas como Salvatore Rosa o Gaspare Traversi. Este nuevo, rico e intenso universo de alternativas, al que habría que añadir la monumentalidad de la ciudad y la vida de sus calles, la presencia de las ruinas y de la Antigüedad, así como la cultura visual que, por medio del grabado, el dibujo o las vedute, consolidaban su memoria y se convertían en memoria del Grand Tour, debió conmocionar al joven Goya, llegado de l
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La calle 14. Si ha habido alguna vez un lugar en Nueva York en el que vibrara algo parecido a una colonia española, sucedió alrededor de la calle 14. Aún quedan restos de aquellos locales en los que Cuba, España y México se daban la mano. En parte, porque hay una cercanía evidente, y en parte, porque los dueños de restaurantes se tomaron al pie de la letra la confusión que tienen los americanos con el mapa, y en los restaurantes populares, de esos en los que el menú se escribe con tiza, se anunciaban la paella y los tacos, como si tal cosa. México y España inventaron la comida fusión, en esa zona de Chelsea, mucho antes incluso de que existiera el concepto tan pijo para la comida oriental, que también nació, por cierto, de nuestra incapacidad para distinguir a un chino de un vietnamita. Propongo un nuevo término, comida con-fusión, y un movimiento culinario, el con-fusionismo. Pero a lo que iba, la colonia española se extinguió, aunque aún quedan los ecos. Hay un eco en el hotel Chelsea, con ese restaurante Don Quijote que Andy Warhol entendía como la celebración máxima de lo kitsch, pero que para usted y para mí, que hemos padecido una infancia de bares de carretera, es una suerte de paroxismo cañí: el mítico gotelé (goterones tan grandes que rozarte contra ellos es dejarte la piel a tiras), bodegones posvelazqueños, vírgenes de esas que consiguieron que odiáramos a Murillo, cuando el hombre no tenía la culpa de nada, y unos molinos con aspas giratorias como si fueran ventiladores. La decoración llama a pedirse un bocadillo de calamares goteando aceite y una sangría, bebida que, por cierto, se ha puesto de moda este verano; es la bebida estrella de esta tendencia con-fusión. Te la sirven en cualquier antro hispano, y te coges una toña, a lo tonto, que yo calificaría como "toña de chiringuito". Saben de lo que les hablo. Hay otro punto de la antigua colonia, La Nacional, una especie de bar, restaurante y punto de encuentro desde 1863, que en estos días ve amenazada su existencia y está intentando recabar apoyos para que continúe abierta. El domingo, después del brunch, esa comida americana que suena tan fina en la que se comen cosas tan bastas (huevos, salchichas, hamburguesas y bizcochos), el eco de la 14 nos llegó al corazón. Hablo en plural porque éramos un grupo de españoles de todas las Españas deseando encontrar un bar para unirnos así a esa especie de catarsis que ha supuesto la final de la Eurocopa. Con nosotros iba el más español de todos, ese al que llamamos Boris, pensando que es un seudónimo, pero que en realidad se llama así porque fue un capricho de su mamá, en homenaje a Boris Godunov. Boris era para nosotros como Casillas para la selección. Tras él entramos en La Nacional, abarrotada de gente fundamentalmente joven que en algún lugar de su anatomía lucía una bandera española. Estudiantes, científicos, médicos, arquitectos, ancianos de la vieja colonia, turistas..., todo el abanico de la presencia española en la ciudad estaba allí sudando, saltando, bebiendo cerveza, y en medio, nuestro Boris, que se dejó fotografiar, sin perder la sonrisa, con toda esa sudorosa afición. Boris por aquí, Boris por allá. Había una especie de locura, que se acentuaba por la falta de aire acondicionado. El gol llegó, y tras él los momentos de tensión hasta el último minuto. Una lluvia de goterones gordos, una ducha literal, cayó del cielo, y la gente salió a oxigenarse y a cantar la victoria. Yo, refugiada en un rincón, no daba crédito. Un grupillo de gente joven empezó a cantar Que viva España (la canción, por cierto, que más odia Manolo Escobar), y un hombretón sacó a bailar a Boris el pasodoble. Reconozcamos, de una puñetera vez, que después de tantos años de evitar decir la palabra España, de considerar la bandera como símbolo franquista, de ser incapaces de vivir con naturalidad el hecho de ser españoles, que no es un orgullo, sino una evidencia, un pasaporte, un

Ante un mundo impasible, Sudán se desangra en Darfur. No es la única herida de África, donde la impunidad reina. La Corte Penal Internacional quiere procesar al presidente sudanés. ¿El mejor camino?
África no es inocente. Es decir, buena parte de los dirigentes africanos no son inocentes de las atroces injusticias que sufren sus pueblos. El caso de Sudán es paradigmático: la población “africana” (cristianos y animistas al sur, musulmanes al oeste, en el martirizado Darfur) ha sido sometida a una férrea dictadura militar, trufada de islamismo, que para sus políticas de exterminio ha gozado del respaldo de potencias como Rusia y sobre todo China, ávida del petróleo que atesora el subsuelo del país más grande de África. La ONU ha vuelto a mostrar la inoperancia que dio vía libre al genocidio ruandés, acaso todavía lastrada por el estrepitoso fracaso de Somalia, donde puso en marcha una intervención militar humanitaria que acabó como el rosario de la aura y dejó al Cuerno de África abandonado a su suerte. La Corte Penal Internacional (CPI), cuya constitución en Roma hace una década desató grandes expectativas de poner coto a la impunidad de tantos líderes que desprecian a sus pueblos, todavía no ha juzgado a nadie. Vivero de tantas desgracias, la CPI ha lanzado sus acusaciones contra tres líderes guerrilleros (otros dirían terroristas, porque el terror ha sido en gran medida su instrumento político): los congoleños Jean Pierre Bemba y Thomas Lubanga y el ugandés Joseph Kony. Omar al Bashir, el presidente sudanés, es el primer presidente en ejercicio puesto en la picota por el fiscal jefe de la Corte, Luis Moreno-Ocampo, que acusa al responsable del golpe de Estado de 1989 de genocidio y crímenes de guerra, no en vano el régimen de Jartún es el instigador, maestro armero y genio maléfico de los “yanyauid” (diablos a caballo), que han causado la muerte de al menos 300.000 almas en Darfur y convertido a 2,5 millones de sudaneses en refugiados o desplazados, como Koultuuma Abdelkarím, de 37 años, masalit de la aldea de Bigbekar, con nueve hijos, que lleva cinco años refugiada en el campo de Ryad junto a otros miles de sudaneses «africanos” como ella. Pero hay más figuras en el parque jurásico africano –como Robert Mugabe, de Zimbabue- que merecerían disfrutar de la atención de un tribunal que nació con la intención de que los responsables de crímenes atroces no tuvieran que responder más que ante Dios y ante la historia antes de que la parca les cierre los ojos. La decisión de Moreno-Ocampo, sin embargo, ha desatado cierta controversia. Como mostraba Itziar Ruiz-Giménez en “Las ‘buenas intenciones’. Intervención humanitaria en África”, donde analizaba el caso somalí, queriendo hacer un bien a veces se causa un mal mayor.
“En mi opinión, estamos viviendo un momento histórico, que puede durar al menos una década, en la que colisionan el interés de reforzar los mecanismos internacionales de derechos humanos y el realismo que se necesita para finalizar algunos conflictos armados”, dice Vicenç Fisas, director de la Escuela de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona “En el caso de la actuación del CPI sobre un conflicto armado abierto, es inevitable la tensión que pueda producir algunas órdenes de detención, en la medida que reavivan las fidelidades del grupo que se siente acusado, con lo que puede intensificar sus acciones armadas y causar mayor sufrimiento. Sucede en Darfur y en Uganda, por ejemplo, de forma muy clara, y podría pasar en Zimbabue en un futuro”, subraya Fisas, que matiza: “Otra cosa es cuando la CPI ordena la detención de un dictador una vez ha finalizado el conflicto armado y este dictador no ocupa un cargo gubernamental importante. El impacto de su detención sería menor. Por tanto, en estos momentos hay que tener mucha precaución en este tema, pues hay que sopesar las dos cosas a la vez, las ventajas y los inconvenientes. Estamos también en una época en la que prol
... (... continúa)Un problema es una cuestión dudosa que se trata de aclarar o un conjunto de circunstancias que dificultan la consecución de un fin. Lo que tenemos en España son problemas: cosas que aclarar (el uso de las lenguas oficiales, por ejemplo) y circunstancias, por ejemplo, económicas, que dificultan nuestros fines. Situaciones que no se resuelven con pesimismo ni con optimismo, sino con estadísticas, razonamientos ordenados que despejen dudas, y, claro está, con medidas adecuadas que, por lo menos, atenúen las circunstancias adversas.
Nadie dice que sea fácil, pero desde luego suele ser menos difícil si se va al centro del asunto y no se pierde demasiado tiempo en discusiones periféricas, poco relacionadas con los problemas en cuestión.
En el caso español, se diría que hay cada vez más asuntos enfocados de manera periférica y muy poco interés, no sólo por parte de los políticos, sino también de otros sectores de la sociedad, por promover debates públicos sobre esos asuntos centrales que, bien mirado, son los que más afectan a la vida de los ciudadanos.
Quienes creemos que la transparencia ayuda a atraer la atención sobre debates importantes, estamos de acuerdo con la publicación de las balanzas fiscales. Es bueno que quienes vivimos en una u otra zona del territorio español sepamos dónde está la riqueza y cómo se mueven los flujos para reducir las disparidades económicas y sociales. Es bueno que se abra un debate público sobre cómo compaginar los legítimos intereses de comunidades autónomas que son ricas, como Cataluña (pero también como Madrid o Baleares), con comunidades que precisan, también legítimamente, un fuerte trasvase de fondos, sin el que no sería posible garantizar la cohesión territorial del conjunto del Estado.
El problema en España no es que se publiquen las balanzas fiscales, sino que no se publiquen más estadísticas y balanzas sobre esas y otras cuestiones. El problema es que el Ministerio de Sanidad se niega a publicar las listas de espera para operaciones quirúrgicas por comunidades, que los diferentes ministerios no promueven ni proporcionan estadísticas comparables sobre la vida y la situación de los ciudadanos en diferentes territorios del Estado.
A lo mejor con todos esos datos en la mano desaparecerían muchos debates falsos y muchos políticos especialistas en calcular a ojo de buen cubero. Seguro que un extremeño comprendería (es un ejemplo hipotético, no un dato) que no es razonable que un catalán espere tres veces más que él para operarse de una cadera o que un catalán estaría de acuerdo en que se dedicaran más recursos a la enseñanza en Andalucía, en el caso de que sean muchos más los jóvenes andaluces que abandonaran la enseñanza superior que los jóvenes catalanes. (Y si no estuvieran de acuerdo, por lo menos se les podría reprochar, con toda razón, su falta de solidaridad).
Lo mismo sucede en el caso del uso de las diferentes lenguas oficiales del Estado. El debate central no es quién decide si en Cataluña se deben estudiar dos o tres horas de español a la semana, sino si los ciudadanos que viven en Cataluña quieren que sus hijos aprendan bien el español, su gramática y su literatura en la escuela pública. ¿Alguien les ha preguntado a los expertos si reducir su enseñanza a dos horas pone en peligro ese correcto conocimiento? Una cosa es que los niños hablen español en el patio del colegio (¿por qué inquieta eso tanto a la Generalitat?) y otra que aprendan a escribirlo y a disfrutarlo.
El aprendizaje de dos lenguas en el sistema escolar no debería formar parte de los dogmas políticos. El bilingüismo es una cuestión muy estudiada, aunque en España, Cataluña incluida, no existan aún suficientes informes técnicos sobre los resultados de nuestras propias políticas lingüísticas. Es muy probable que si unos y otros aceptáramos planteamientos más científicos, la enseñanza de las dos lenguas dejaría de ser tan polémica y tan discutida.
La realidad es que e
... (... continúa)La primera vez que sales a estudiar al extranjero llamas a casa a cobro revertido. Basta con conectar con la operadora, darle el número del teléfono y esperar a que mamá diga “acepto”, cuando la operadora le pregunte: “fulanito solicita llamada a cobro revertido, ¿acepta la llamada?”.
Es fácil la vida a cobro revertido, tienes todos los beneficios (de la distancia, de la independencia, del contacto sin roce) y ningún coste.
Pero ¿es posible la vida a cobro revertido? Durante un tiempo piensas que sí, que no hay nada más evidente y más fácil. Además todo el mundo te invita a vivir a cobro revertido: compra sin pagar, paga sin trabajar, trabaja sin sudar, suda sin sufrir… El problema es cuando te pasan la factura, porque, desengañémonos, todas las cosas en este mundo se acaban cobrando y siempre hay alguien que tiene que acabar pagando.
Queremos carreteras y plazas públicas a cobro revertido. Queremos estudios universitarios a cobro revertido. Queremos sanidad pública de calidad a cobro revertido.
Queremos que alguien haga por nosotros el “trabajo sucio” en el terreno de la política a cobro revertido.
Queremos gente que tire del carro de nuestras instituciones, nuestro club, nuestra asociación de vecinos, nuestra parroquia… a cobro revertido. Queremos tener hijos a los cuarenta, después de haber viajado mucho, después de haber salido mucho por las noches y de habernos realizado, y todavía los queremos a cobro revertido.
De acuerdo, sería genial, pero no es posible. Cuando llames hoy a mamá para ver cómo está el canario, para desahogarte del mal día que has tenido, para que te dé algún mimito de esos que levantan al ánimo, no te olvides de preguntarle cómo le va a ella y de darle algún mimito de los tuyos, y no te olvides tampoco de decirle al final: “Bueno mamá, ¿te has fijado que no te he llamado a cobro revertido? Hoy la llamada la pago yo”

Asistimos a la erosión del modelo social europeo. Se imponen las tesis ultraliberales anglosajonas. La decisión del Consejo de la UE sobre las 65 horas de trabajo semanales es un suma y sigue
La decisión mayoritaria del Consejo de la Unión Europea del pasado 9 de junio sobre la revisión de la directiva relativa al tiempo de trabajo no ha modificado el precepto básico de que la duración media del trabajo no exceda de 48 horas, incluidas las horas extraordinarias, por cada periodo de siete días. Pero al mantener la posibilidad de que por acuerdo individual entre el trabajador y el empresario se pueda superar dicho umbral, y al cifrar esa excepción en un tope de 65 horas a la semana, amenaza con vaciar de sustancia el límite legal de la jornada de trabajo, debilitar y condicionar la negociación colectiva y establecer un nuevo horizonte simbólico para la duración de la semana laboral.
El acuerdo del Consejo de la UE "britaniza" el derecho europeo del trabajo. El eslogan de Sarkozy, "trabajar más para ganar más", toma el relevo en Europa a la bandera sindical de "trabajar menos para trabajar todos". Todo un cambio de paradigma. Causa de enorme perplejidad y decepción para los que tienen en el mundo el modelo social europeo como referencia. Y una profunda incoherencia con el discurso a favor de la salud en el trabajo y de la conciliación laboral y personal.
Lo peor es que éste sólo es un síntoma más, que se añade a otros, en una Europa social que, en expresión del secretario general de la Confederación Europea de Sindicatos (CES), John Monks, se "bate en retirada". Y cuya superación depende básicamente de un binomio de cuestiones hoy por hoy inexistente: un proyecto político de Europa que prevalezca sobre las reglas económicas que rigen la vida comunitaria y una coalición de fuerzas capaz de llevarlo adelante.
La actual regulación europea de la jornada semanal ya es muy flexible. Establece que el periodo obligatorio de descanso diario será de 11 horas y el semanal de 24, con lo que, en realidad, se pueden llegar a trabajar 78 horas a la semana. La vigente directiva permite, además, un descuelgue -opt-out- individual, pactado entre el trabajador y el empresario, del máximo legal semanal. Y establece un "periodo de referencia" de cuatro meses durante el cual se pueden realizar más de 48 horas de trabajo a la semana, mediante una "ordenación irregular de la jornada" a lo largo de ese periodo, pactada en convenio.
Como consecuencia de todo ello, en el Reino Unido, principal valedor de los contenidos de la actual norma, cerca de cinco millones de personas trabajan más de 48 horas a la semana, y algunos centenares de miles llegan a las 78 con cierta frecuencia
Para evitar los abusos a que ha dado lugar el opt-out se esperaba que la Comisión y el Consejo derogaran el descuelgue individual de la jornada máxima semanal o, al menos, establecieran un periodo transitorio al cabo del cual se procediera a su extinción. Que ampliaran los tiempos de descanso obligatorio, diario y semanal, y propusieran que la superación del límite máximo de tiempo de trabajo semanal se acuerde exclusivamente por la vía de la negociación colectiva. Y adaptaran la directiva a varias sentencias del Tribunal de Justicia Europeo (TJE), cuyo contenido determina inequívocamente que los tiempos de guardia forman parte del tiempo efectivo de trabajo. Pero no ha sido así. El acuerdo del Consejo sigue manteniendo la posibilidad de derogación individual, aunque limitada por nuevos requisitos. En las guardias, se da carta de naturaleza a que los "tiempos inactivos" no se consideren tiempo de trabajo, salvo convenio o norma en contrario, y se establece la posibilidad, en uno de los supuestos sin acuerdo colectivo, de ampliar hasta 12 meses el periodo de referencia para la anualización de la jornada.
Todo ello implica una potencial amenaza para la duración máxima legal de trabajo en cada Est
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